Chapter Text
—¡Procustes! ¡Te ordeno que regreses al sueño eterno!— Herneval había dicho con toda la determinación que no había mostrado en décadas, luego de que la araña atrapara a Frankelda.
—Ah, majestad, ¿tanto miedo le tiene a las pesadillas?— Procustes había preguntado tan altivo y jactanciosos como siempre.
—Duerme ya—. Herneval volvió a ordenar, ahora en un tono más bajo y amenazante (o eso esperaba) y usó su poder con el susto que, ahora, estaba fusionado con la casa misma en la que los había encerrado por tanto tiempo. Procustes aprovechó su colosal tamaño para alejarlo como a un insecto, pero el contacto había hecho efecto: estaba, lentamente, quedándose dormido.
—Ahhh—. El araditio pareció bostezar, y el libro se alegró (¡Su poder había sido lo suficientemente fuerte para dormirlo de inmediato!)
El libro aprovechó para ayudar a su amada a liberarse y huir de ahí; pero, por alguna razón, no pudo seguir a Frankelda tan cerca como quería. Ella se alejó del araditio fácilmente, pero él sentía como si fuera a desplomarse en cualquier momento, de repente la gravedad era más intensa (aún así, no pudo evitar sonreír un momento al ver a su amada libre; y a la araña, a punto de ser atrapado por siempre). Quizás, el esfuerzo de usar sus poderes por primera vez en tanto tiempo había sido muy grande; su encuadernado ser, ahora, se sentía como hecho de piedra (solo deseaba poder descansar sobre el regazo de Frankelda y cerrar los ojos). Aunque quería volar lejos con su amada lo más pronto posible, se quedó atrás muy fácilmente…
…por eso, Procustes lo atrapó…
Qué idiota.
La araña encontró una última forma de engañarlo, solo fingió haberse quedado dormido de inmediato. Herneval luchó y luchó para poder escapar de sus garras y, cuando menos se lo esperaba, sintió a Frankelda intentando ayudarle a liberarse también, pero Procustes era más fuerte. A ese paso, ambos volverían al cautiverio.
—¡Suéltame! ¡Huye!— Suplicó a su amada. La escritora lo ignoró. Claro, ella no quería dejarlo, pero él sabía que este había sido el mejor plan, el resultado había sido perfecto (o, bueno, casi). Una vez fuera, podían encontrar una forma de salir de ese sueño por completo (aunque, tal vez, él no), Frankelda encontraría la forma. Por el momento, lo mejor que él podía hacer era mantenerla a salvo.
Y no podría hacerlo si Procustes volvía a atraparla con él.
—¡Aau!— Frankelda se quejó. Herneval se sintió mal por haber tenido que morderla, pero había sido por un bien mayor; ahora se concentraría en soltarse del agarre de la araña.
—De este sueño…, nadie se escapa…— Lo oyó decir mientras el libro forcejeaba con las (pocas) fuerzas que le quedaban…
…y lo devoró.
No sabía qué esperar después de eso. Pudo sentir los dientes del araditio cerrándole las salidas dentro de su boca y, cuando las fuerzas le fallaron, se sintió caer. Realmente era muy difícil estar seguro si estaba cayendo o si solo estaba flotando en la oscuridad de las entrañas de la araña. Tampoco estaba seguro de si tenía los ojos cerrados o no, pero no moriría devorado por Procustes; al igual que Ceimut no murió devorado por Enkara.
Ceimut. Cierto, él le cortó el cuello a Enkara desde el interior...
No sabía si se trataba de alguna clase de epifanía que se tenía en los momentos previos a la muerte o si era una muestra de buena voluntad de parte quien fuera que le tuvo piedad en el plano superior; pero, ahora eso era exactamente lo que iba a hacer. Aunque sintiera que las fuerzas le faltaban, aunque estuviera flotando en medio de una infinita oscuridad, no dejaría sola a Frankelda (lo juró por la tinta en sus páginas). Tenía que escapar. Tenía que salir y encontrar a Frankelda; y cortaría la garganta de Procustes desde dentro con sus páginas, de ser necesario.
¡No le importaba si le tomaría otros ciento cincuenta años salir…!
Primero, intentó detener la sensación de caer y levantar su propio peso de nuevo. Era muy difícil, su cuerpo aún se sentía como si fuese un libro de piedra; pero, luego, se sintió levantarse levemente. Eureka. Podía moverse. Solo debía repetir lo que acababa de hacer con más fuerza.
Arriba.
El libro se sintió caer, y no era una caída sin fin, acababa de hacer contacto con una superficie sólida ¿Estaba dentro de la casa? Intentó abrir los ojos (que, ya se había dado cuenta, estaban cerrados), pero la luz a su alrededor era demasiado intensa, y aún se sentía muy pesado (¿por qué?), pero eso no importaba, debía ir con Frankelda.
—¡Arriba…!— Se dijo. —¡Vamos! ¡Arriba…!— ¡Oh! Sintió que se elevó un poco.
Ya casi.
—¡ARRIBA!
— | —
—¡Auch!— Cayó al suelo con un ruido sordo. Abrió los ojos y se encontró en medio de la oscuridad… pero de la habitación que compartía con Frankelda.
—¿Herneval?— El sonido había despertado a la fantasma, quien buscó a su esposo y luego se asomó al suelo del lado contrario a ella, hallando a su amado a unos tres pasos de la cama —¿Cómo llegaste hasta allá?
—No lo sé, pero me dolió—, admitió el libro. La escritora lo alcanzó y lo subió a la cama.
—¿Será que flotaste dormido?— Le preguntó mientras acomodaba las almohadas para sentarse más cómodamente, puso un cojín muy mullido sobre su regazo y colocó sobre este al pobre libro .
—¿Tal vez?— El príncipe de los sustos no iba a negar que la posibilidad era… muy alta; después de todo, despertó en el suelo, y estaba seguro de que, de haber caído de la cama, habría caído cerca de la cama. —Además…— Dudó un instante, ¿era realmente necesario contarle a Frankelda de su sueño…? Sí, si no lo hacía iba a estar distraído toda la mañana y ella lo interrogaría de todos modos. —estaba soñando con…, bueno, fue una pesadilla…
—¿Sobre qué?— La fantasma le preguntó con una ceja arqueada.
—Sobre el día que salimos de esa casa…— Herneval se tomó el tiempo para contarle un poco (y a grandes rasgos) de su mal sueño.
La escritora solo asintió y escuchó atentamente hasta el final. El príncipe notó la expresión de su escritora fantasma: parecía preocupada y algo pálida.
—¿Frankelda? ¿Qué estás pensando?— El príncipe preguntó cuando ella no dijo nada.
—Ah…—, su esposa negó rápidamente con la cabeza. —Nada. También tuve una pesadilla con Procustes hace unas noches. Dime: ¿también lo viste en traje de baño?
Al príncipe le tomó tres segundos que su mente entendiera aquello:
¿Procustes? ¿En traje de baño? Ay, no, qué horror, no quería ni ima…
Ay, no.
Un momento. No.
¡No!
La fantasma se rió a carcajadas antes de que esos tres segundos pasaran. Se rió tan fuerte que le dolieron las costillas (y, probablemente, sus carcajadas de desquiciada le habían espantado el sueño a alguien en algún sitio).
—¡No le veo la gracia!— Herneval se quejó, furiosamente sacudiéndose de lado a lado, como si el pensamiento pudiera salir de su mente de esa forma, parcialmente horrorizado con la imagen que apareció en su cabeza. —¡Amor, eso sí es espeluznante!
—A puesto a que te lo imaginaste con un traje de baño rojo—. El libro se alejó de la cama, aún imitando ese movimiento de negación, y comenzó a dar vueltas de un lado a otro frente a la ventana.
—¡Dejemos de hablar de…! Espera, ¿cómo supiste que…?— El príncipe estaba, visiblemente horrorizado; flotó más cerca del escritorio, aún moviéndose dramáticamente y con los ojos cerrados— ¡Noooo! ¡Está en mi mente!— Se quejó, y luego se elevó y dió unas vueltas alrededor de la cama —¡Ahora no voy a poder dormir!— Volvió a su lugar en la cama —¿Dónde están esos papeles de divorcio?
—No lo sé. Búscalos tú, ¿no tienes manos?— La escritora contestó, impávida.
Unos momentos de silencio después, ambos estaban riendo a carcajadas.
(Y, en algún sitio, alguien se despertó con un sobresalto)
⊹ ₊ ˚ ‧ ︵ ‿ ₊ 𐔌ᰔ 𐦯 ₊ ‿ ︵ ‧ ˚ ₊ ⊹
—Buenos días, niños—. Veritena saludó a los dos tórtolos que llegaron temprano al comedor para desayunar. —¿Durmieron bien?
—No después de la idea horrible que me dió Frankelda—. El príncipe contestó con un deje acusativo para la pesadillera que tomó asiento en ese momento.
—¿Cuál “idea horrible”?— La reina cuestionó, intrigada con la idea.
—No preguntes, mamá, no quieres oírlo—. El príncipe aseguró, aún sintiendo como si un escalofrío le recorriera la espalda (aunque no la tuviera) con solo evocar el recuerdo.
—¿Qué? Yo solo quería hacerlo reír—. Frankelda se defendió con una sonrisa inocente. —No es mi culpa que se haya imaginado a Procustes en traje de baño—.
—¡Urg!— Herneval volvió ha hacer la rutina de flotar de un lado a otro, como si la acción fuera a hacer que ese pensamiento saliera de su mente como una página suelta; mientras que la reina se cubría elegantemente los labios con una mano para tener la decencia de intentar disimular su risa.
—Tristemente, quien ha presenciado eso con sus propios ojos es Ficturo—. Herneval detuvo su errático circuito para ver a su madre con los ojos muy abiertos y una congelada expresión de sorpresa en su rostro. Frankelda se cubrió la boca con ambas manos, como si estuviera físicamente evitando que su mandíbula cayera al suelo. Ninguno se esperaba oír eso.
—¿Por cuánto sufrimiento ha tenido que pasar mi pobre padre?— Murmuró el libro.
—¿De qué tanto están hablando?
—¡De nada!—, el príncipe y la pesadillera exclamaron como lo harían unos niños haciendo travesuras mientras el rey se iba a sentar.
—Ah, solo de la mala fortuna que se puede tener a veces, cuando se ve algo que no se debe—, Veritena aseguró con una mirada que claramente intercambiaba varios mensajes a la vez con Ficturo: había picardía, confianza, empatía, alguno que otro arrepentimiento y entendimiento.
—Ah…, hablaban de uno de los momentos más terribles de mi vida…
—Juro que la idea de Procustes en traje de baño era solo una inocente broma—. Frankelda se apresuró a decir con las manos levantadas.
—No es tu culpa, linda—. La reina le aseguró a la pesadillera. —Es como cuando se mira por la ventana o el balcón: a veces uno puede toparse con vistas desconcertantes—. El rey cerró los ojos un momento y suspiró.
—O desagradables—. El rey se lamentó y se resignó a contar la historia. —Cuando era joven, cuando mis padres volvieron de su primer viaje para interceptar a los piratas de entreplanos, se me ocurrió pasar un par de noches con ellos en el navío, antes de que se fueran. Ya saben, quería pasar tiempo con ellos antes de que partieran. Esa mañana, como fuí el primero en despertar, se me ocurrió subir a cubierta a ver el amanecer y…— Ficturo negó con la cabeza, como si fuera su forma de decirse a sí mismo: “Pobre insensato” —Parece que Procustes había elegido justo ese día para ir a nadar a una de las pequeñas lagunas que están junto al camino hacia el muelle.
Los tórtolos se quedaron callados unos segundos.
—Siento tanto que hayas tenido que ver eso, papá—, el príncipe lamentó.
—Mis condolencias, suegro—, Frankelda no se quedó atrás. —Perdón por hacerlo recordar algo tan… desafortunado.
—Tranquilos, tengo suficiente trabajo pendiente para volver a olvidarlo rápidamente—. Les aseguró el monarca.
La puerta de la cocina se abrió y un sirviente con rasgos caninos vino con un carrito lleno de comida. Colocó en medio de ellos varios panes, fruta fresca y una jarra de agua. Para cada uno de los ahí sentados, había varios platos pequeños, uno con algo que parecía ser una pasta rosada con puntos rojos, algo que parecía algún potaje con arroz y un tercero en el que había algo que sí se le hacía familiar: carne de borrego (conocía perfectamente el olor del borrego cocido, después de todo, sus vecinos solían hacer barbacoa de horno cada mes para las fiestas de San Miguel).
—Huele muy bien—, la fantasma comentó.
—Lo sé, y se ve delicioso—, el príncipe comentó, flotando a su lado con una expresión relajada.
Herneval no podía probar aquello y, desde que volvieron, lo había puesto muy melancólico y triste la idea de ir con Frankelda al comedor (¿Qué se suponía que debía hacer?). Afortunadamente, la idea de estar separados mientras Frankelda acompañaba a sus padres en el desayuno no era algo que la escritora estuviera dispuesta a aceptar. La pesadillera insistió en que había muchos platillos que ella desconocía y que necesitaba saber de qué estaban hechos todos y cada uno de esos nuevos manjares que el plano tenía para ofrecer. Al principio, Herneval se sintió raro, pero… luego se dió cuenta de una cosa: aún podía oler la comida ¿Cómo? No tenía idea.
—¿Qué es esto? Parece un puré…
—Es paté de huesos con frutos secos—, Herneval explicó (claro, los reyes sabían muy bien el por qué sabía de esas cosas, después de todo, Hernevalito solía colarse a la cocina sin permiso). —Usualmente, se hace con la carne que queda pegada en los huesos, se mezcla con tubérculos blancos y luego se añaden…
⊹ ₊ ˚ ‧ ︵ ‿ ₊ 𐔌ᰔ 𐦯 ₊ ‿ ︵ ‧ ˚ ₊ ⊹
—Éste es el salón de los retratos—. El príncipe se adelantó al interior. El libro se elevó en un movimiento que parecía dibujar una pequeña espiral. Dentro de la cúpula de cristal, la luz que iluminaba todo el ámbito de la habitación circular bañaba cientos de retratos, todos con diferentes técnicas y estilos. —Es mi árbol genealógico en pintura.
—¡Guau!— Frankelda exclamó en cuanto reconoció el retrato de Herneval y sus padres—. ¿Qué edad tenías cuando pintaron este? ¿Fue antes de ir por mi?
—No, creo que ahí tenía catorce años—. Le aseguró el príncipe-libro.
—¡Qué injusto!— La pesdillera comentó. —¿Ya eras tan alto entonces?
—Es que siempre quise estar a tu altura—. El príncipe declaró con una sonrisa. Frankelda respondió dándole un beso en el broche en medio de sus ojos.
—¿Dónde crees que esté nuestro retrato de bodas?
—Probablemente esté en el fondo, no creo que tenga una cédula aún—. El libro hipotetizó y flotó un poco más lejos.
—Espera—, la fantasma lo detuvo. —Déjame saludar al resto de tu familia—. Bromeó mientras se acercaba a otro retrato y leía las cédulas debajo.
Por un largo rato, Herneval le habló a la escritora sobre los retratos de aquellos ancestros (lo mucho o poco que recordara que hubiera leído de ellos en los libros de historia). Claro, ayudaba que cada retrato tenía dos cédulas al lado: una breve descripción del momento en el que se había realizado la pintura, y otra en la que se presentaba el nombre del retratado con el epíteto con el que más se le conocía (“la reina artesana”, “la princesa caballero”, “el general de generales”)
—La reina consorte, Eleonoria…— La fantasma leyó una placa junto al retrato de una joven de apariencia mayormente humana, aunque de rostro y ojos claramente felinos. Estaba completamente cubierta por un vestido verde, su cabeza cubierta por un velo rosado (dejando libres sus orejas de gato), llevaba una corona muy simple, comparada con la de la reina Veritena (un ancho aro de oro con bajorrelieves de lo que parecían ser arañas), de su cuello colgaban múltiples collares de oro y gemas, y las largas mangas de su vestido eran ceñidas a sus muñecas por dos grandes brazaletes dorados. Parecía estar en una torre, si la vista del pueblo tras ella era pista suficiente. La habían retratado sentada, con un cofre sobre su regazo. —¿“Reina consorte”? ¿Ese es su epíteto?
—De hecho ese no siempre fue su epíteto. Leíste sobre ella en el libro de El ritual de la melodía tenebrosa, aparece como “La princesa mestiza”
—¿Es ella?—La pesadillera cuestionó con sorpresa. — ¿La que nunca completó el ritual? ¿Por eso su epíteto es solo “Reina consorte”?
—Es una historia intrigante y triste. En su tiempo, los sustos aún podíamos ir y venir al plano de la existencia. Ella perteneció a una de las últimas generación de sustos que se unían con humanos. Dicen que su padre era un susto que huyó al plano de la existencia, y su madre una humana ermitaña que lo acogió sin pedir nada a cambio. Tal vez, fue su alejamiento de la gente lo que permitió que el entonces príncipe, Eriverso, la conociera.
«Algunos textos dicen que él exploraba el plano de la existencia, vigilando que los sustos no crearan demasiados problemas, pero él procuraba mantenerse en las sombras, acampaba los bosques y las montañas donde los humanos no se atrevían a ir. Conoció a Eleanoria y se casaron en el topus terrentus.
—¿En serio? ¿Ella pudo cruzar sin problema?
—Sí, claro eran otros tiempos, pero, aunque la presencia de los humanos en el plano de los sustos no era exactamente desconocida, no era muy bienvenida. Por eso la llamaban “La princesa mestiza”, para recordarle a todos que también era un susto.
«Es triste que nunca haya podido completar el ritual. En aquel entonces, la familia real apenas se había consolidado, pero había mucha inestabilidad. Aún no se establecía el orden de los siete clanes y los sustos se agrupaban y formaban alianzas poco estables. Muchos en el plano estaban reacios a la idea de que los tecotias fueran los únicos que podían acercarse a la arparaña.
«Entre los sustos que intentaron atacar a la familia real, se encontraba un susto, mitad león y mitad oso, llamado Arasósmo, él se había quedado con el poder de un gran grupo de sustos luego de derrotar en combate a su líder anterior y a todos aquellos que se le oponían.
«Como ya dije, eran otros tiempos, el ritual de la melodía tenebrosa se realizaba solo una vez que el o la consorte demostraba su lealtad a la familia real. Ella solo tenía unos meses de haber venido al plano cuando Arasósmo y sus seguidores invadieron el palacio. Arasósmo aseguraba que las ideas pacifistas del príncipe Eriverso sobre no causar disturbios a los humanos y proteger a los hijos de sustos con humanos iban contra Enkara misma.
«Dicen que Arasósmo tomó a los reyes como rehenes y obligó al príncipe a jurarle lealtad, pero este se negó y Arasósmo lo hirió con una lanza envenenada, esperando que no sobreviviera. Como no quería una rebelión por parte de los sustos leales a la familia real, puso en el trono a Eleanoria como la reina, creyendo que así podría “fingir” que se había llegado a una alianza.
—Esa sí es una historia muy triste—. La pesadillera reconoció, sintiendo empatía por la mujer del retrato.
—Pero eso no es todo, querida—. El libro llamó su atención, emocionado como un niño al contar la historia. —No se saben los detalles de lo que pasó esa noche, ni tampoco el cómo era posible que sobreviviera al veneno, pero el príncipe mismo enviaba cartas a la población para contarles la verdad.
—¿Sobrevivió? ¿Y de verdad era él? ¿No era solo ella haciéndose pasar por su esposo en cartas?
—No, la guardia y los aliados de la familia reconocieron su forma de escribir. No solo me refiero a si letra, también a las palabras que usaba, sus expresiones…, todo lo que solo él y sus amigos sabían. Arasósmo interrogó en múltiples ocasiones a Eleanoria sobre el paradero de Eriverso. Especialmente después del nacimiento de su hijo. Ella respondió que él nunca se había ido, y Arasósmo hizo que su gente revisara diariamente todas las habitaciones del antiguo palacio. Nunca lo hallaron, pero sabían que él podía darle mensajes a su consorte, por ello fue confinada a su habitación, en lo alto de una torre y custodiada día y noche.
Frankelda suspiró. Aquello era tan característico de los cuentos medievalistas que daban ganas de reír…
—Típico ¿Qué más hizo? ¿Añadió una fosa? ¿Consiguió un dragón?
—No, pero, aunque lo hubiera hecho, sus esfuerzos fueron en vano. Eriverso seguía enviando cartas a la población, seguía viendo a Eleonoria y a su hijo, y también enviaba insultos para Arasósmo—. El libro se rió con ese detalle. —La rabia del invasor se convirtió en desesperación y paranoia, tanto que, por su vesania, cayó en la locura y lo llevó a la muerte.
—¿Cómo murió? ¿Comenzó a ver enemigos en todos lados hasta que le tuvieron miedo? ¿Lo traicionaron? ¿Sus allegados lo rodearon y apuñalaron por la espalda? ¿Se dejó morir por miedo a ser envenenado?— La pesadillera especuló, curiosa luego de recordar alguna de las muertes más absurdas que podía recordar de diferentes escritos.
—Es muy gracioso, de hecho, murió cuando fue a interrogar a Eleanoria. Las crónicas de ese tiempo dicen que ella había vuelto a decir que Eriverso estaba en el palacio y que se encontraba con ellos, en la torre en ese momento. Arasósmo comenzó a buscar en cada sitio en el que pudiera estar escondido, hasta que Eleanoria señaló a la única ventana. Arasósmo creyó verlo aletear afuera, corrió para atraparlo y cayó a su muerte. Sin su presencia, su grupo se desintegró; algunos dicen que fue una ilusión, otros que fue su locura; pero todos están seguros de que no había nadie frente a la ventana.
—Y Eriverso, ¿no asumió su papel como rey?
—Asumió el cargo, pero no quiso usar el título. Envió una carta en la que decía que Eleonoria debía llevar el título para asegurar que así sería respetada por la gente, quisieran o no a una reina mitad humana mitad susto. Se sabe que permaneció en el palacio, incluso vivió para conocer a sus nietos, pero nadie lo volvió a ver en el exterior. Seguía enviando cartas y mensajes a través de Eleanoria, pero nunca se mostró. Algunos especulan que el objetivo era ocultar su apariencia; muchos aseguraron que la daga envenenada le había quemado el rostro. Como sea, el único retrato de él que se tiene es una miniatura muy simple en un manuscrito de filosofía que escribió Eleanoria. Ella murió siendo una anciana, pero nadie nunca supo qué pasó con él. Otra razón para llamarlo “El príncipe oculto”.
Frankelda quedó maravillada con esa historia (debería recordar leer más sobre la historia del plano). No conocía mucho sobre la historia de la familia real (aún), pero ya tenía una historia favorita. “Júm, Eriverso suena bien…”. Pensó. ¡Ese nombre era magnífico!. Si pudiera, escribiría sobre un personaje que se llamase así en algún momento.
—¿Qué es eso?— Preguntó la pesadillera cuando notó un exhibidor lleno de rocas que, vistas con más detenimiento, parecían ser fragmentos de figuras. Algunas de ellas parecían tener garras, otras eran fragmentos de rostros.
—¿Recuerdas las estatuas de los jefes de los clanes? Estos son fragmentos de todas las estatuas anteriores.
—¿Fragmentos?
—Sí. Cuando el poder cambia de manos, la estatua del jefe anterior es destruida como una forma de señalar el final de un ciclo y el inicio de otro—. Explicó su esposo. —Es una ceremonia ritual antiquísima, tiene que ver con creencias sobre la renovación, el final de algo y los nuevos comienzos, por eso se conservan estos fragmentos como parte del registro. Debieron moverlas de lugar, usualmente están en una de las criptas que está designada para esto.
—Y ¿solo se realiza cuando hay nuevos jefes de los clanes?
—No exactamente. En sus orígenes, la ceremonia de las estatuas se realizaba periódicamente. Cada cierto tiempo se hacía una estatua que representaba al que sería el guardián, dicho guardián se encargaría de ayudar con cualquier problema que fuera el que tuviera el plano, ya fuera referente a la magia, el riego, cosechar… proteger a la gente; terminada su tarea, su estatua era destruida en señal de que había cumplido con su deber, y la estatua de un nuevo guardián era erigida. Cada clan tiene aún variantes de esta tradición, en el clan de la magia hay quienes lo hacen para las bodas; claro, son estatuillas, si uno de los esposos muere, entonces su estatuilla es destruida para desearle un buen descanso con los antiguos del más allá, como una forma de despedirlo y decirle que no se preocupe. En el clan de las sombras, si mal no recuerdo, cuando se tiene un deseo se hace una estatua o figura de algún tipo hasta que el deseo se cumple, entonces la figura se destruye.
—Es una lástima que no haya una estatua de Procustes que podamos romper—. Comentó la pesadillera.
—No, pero quizá podamos quemar su retrato. Seguramente todavía está en su casa.
—Hijo…— Veritena llamó la atención del libro, no se dieron cuenta de cuándo había entrado. —Me temo que hicimos cenizas esa cosa hace mucho tiempo, pero aún quedan sus otros retratos…
—¿Otros?—Frankelda cuestionó.
—Ni yo sabía que había más de uno—. Herneval añadió.
—Cuando asumió el puesto de pesadillero, no quedó satisfecho con su primer retrato y pidió que volvieran a hacerlo una y otra vez—. La reina contó con exasperación (quizá porque ella aún era la guardaespaldas de Ficturo en aquél entonces y tuvo que presenciar las horas interminables de quejas que le daba el joven araditio al entonces príncipe). —Despidió a todos y cada uno de los pintores hasta que, finalmente, alguien aceptó dejarlo “ayudarle” a completar la pintura. Todos los retratos previos están en el archivo real acumulando polvo.
—Eso suena a una galería del horror, no sé si yo me atrevería a entrar—, comentó la fantasma, haciendo reír a su esposo y a su suegra, mientras que la fantasma se distrajo con algo que captó su atención:
—¡Este eres tú cuando te ví en el maguey, Herneval!— La fantasma exclamó y se acercó a un retrato de la familia real en el que un pequeño Herneval estaba sentado en las piernas de su madre, mientras el rey Ficturo tomaba la mano de la reina Veritena. Frankelda se maravilló con lo pequeño que se veía.
—Oh, sí—. La reina comentó. —Ese es mi Hernevalito en toda su traviesa gloria, aunque pienso que hay otro retrato por aquí que será de tu interés…— La reina caminó unos pasos y señaló un retrato en la parte superior, la fantasma se emocionó y flotó para verlo más de cerca mientras exclamaba:
—¡Por Dios! ¡Eres tú de bebé!
—Ay…—, el libro flotó hacia ella, la iridiscencia de sus plumas mostrándose ahora muy rojiza. —Pensé que tenían ese retrato en su habitación—. Susurró para sí.
—Lo pintaron cuando cumplió tres meses—, Veritena explicó—¿No se ve adorable? Ficturo incluso sugirió hacer un retrato nuevo cada mes.
—Ma, no le digas que hay más—, suplicó el avergonzado libro.
—No son tantos, hijo. Además, los retratos oficiales son para conmemorar momentos importantes. Yo siempre he preferido los retratos pequeños; no son tan detallados ni perfectos, pero están llenos de vida. La belleza de los momentos cotidianos también merece ser reconocida e inmortalizada.
La pesadillera suspiró y miró el retrato de la familia una vez más, con una amplia y melancólica sonrisa.
—A veces quisiera tener algo para recordar a mis hermanos, a mi madre…, a mi padre y a mi abuela. Los momentos importantes nunca fueron agradables para mí; pero—, hizo una pausa, —las cosas pequeñas de diario siempre fueron gratas. A veces, los extraño.
—Entonces, píntalos con tus palabras—, la reina alentó a su nuera. —Cuéntanos más sobre ellos. Siempre los mencionas, pero casi nunca hablas de tu familia.
—Bueno, ah…, ¿por dónde empiezo?— Se preguntó con la mirada en la lejanía.
—Cuéntanos sobre las tortugas, querida.
—¿Tortugas?—Veritena interrogó con una expresión de diversión y extrañeza. La escritora rió entre dientes.
—¿Cómo es que recuerdas eso? Lo mencioné solo una sola vez, Herneval.
—Y es por eso que me imagino a la mitad de tus hermanos como tortugas.
—Bueno. Primero: ellos fueron hijos de la segunda esposa de mi padre…
—|—
Frankelda procedió a contar lo poco o mucho que sabía sobre su historia familiar. Empezando por el lado de su padre, Richard Straffon (una historia que no podía atreverse a decir que conocía bien, más bien: una narrativa que había reconstruido de las conversaciones de los adultos y las pocas veces en que sus hermanos mayores le hablaron del tema). Su padre había nacido en Inglaterra y llegó a México por un amigo irlandés que había migrado al nuevo mundo solo para desertar del ejército estadounidense y unirse al lado mexicano, ese amigo lo había inspirado a hacer su vida en otro país.
Claro, no salió de las islas británicas con las manos vacías: antes de partir, contrajo nupcias con la hija de una amiga de la familia, Miss Victoria Olivier, (y usaron su dote para instalarse en Real del Monte). Había conocido a la chica de toda la vida y, aunque al principio su unión se sintió más obligada que otra cosa (después de todo, su boda había sido por acuerdo mutuo de sus familias, ella ya era considerada una solterona poco atractiva (a pesar de ser solo tres años mayor que él; y a él, su familia le exigió tomar por esposa a una mujer “de su misma clase”), con el paso del tiempo (y la llegada de los hijos) sus lazos fueron estrechándose más y más, pasando de una renuente alianza a una amena amistad y a una cálida relación (los conocidos locales estaban seguros de que habían estado enamorados de toda la vida).
Desafortunadamente, lo que parecía una vida de ensueño terminó por un terrible accidente. La señora Straffon disfrutaba de salir a montar a caballo (como lo hacía en casa de sus padres, en Inglaterra) y una mañana ensilló su purasangre favorito y aprovechó para visitar a una modista en otro pueblo. El camino no era muy largo (quizá por eso había convencido a su esposo de dejarla cabalgar sola hasta allá) pero debía cruzar un pequeño puente de piedra; nadie se imaginó que el puente (que había sobrevivido por casi un siglo y resistido varios desbordamientos del río e inundaciones) colapsaría de un lado, o que el caballo se asustaría y dejaría caer a su jinete o que una atarantada Victoria Straffon, en su intento por calmar al equino, caería al riachuelo recién llenado por la temporada de lluvias.
Ese había sido el primer golpe que recibió la familia Straffon y, más específicamente, el corazón de Richard, quien sería conocido después, por todo el pueblo como “El platero viudo”. El hombre no podía, siquiera, mirar a sus hijos sin ver algo de sus esposa y culparse por no haberla detenido, por no haber sido más insistente en que alguien la acompañara. No había pasado ni un año, cuando decidió apostar un viaje para encontrar socios a quienes vender plata en el extranjero. Consideró que su hijo mayor, Cruz Marino, estaba en la edad adecuada para administrar sus negocios en el pueblo él solo (ya casi tenía quince años, lo haría bien), mientras que Richard necesitaba salir de Real del Monte (y de México en general).
Así que, sin pensarlo mucho, se fue con un amigo a Acapulco y cruzaron el Pacífico hasta las Filipinas.
Entonces, mientras exploraban un pueblo costero, conoció a Dolores, una mujer que, también, había quedado viuda a causa de un accidente (en su caso, había sido poco tiempo después de su boda). Ella era casi una década mayor que Richard, y se había mantenido soltera debido a que, al enviudar sin haber tenido hijos, cuidar de su madre (quien ya era algo anciana) se había vuelto su prioridad. Quizás era la tristeza aún en su ser, quizá era su belleza isleña o, quizá, tenía que ver que ambos veían en el otro a un extranjero interesante que comprendía su sentir, pero Richard sintió que cayó perdidamente enamorado de ella en poco tiempo.
Fue algo apresurado, pero contrajeron nupcias luego de un par de meses. Richard les hizo saber a sus hijos por medio de cartas de su nueva madrastra, quien llegaría con él en cuanto terminaran sus negocios en las islas. Luego, nacieron los mellizos y, después del tercero, Richard decidió que su “viaje de negocios negocios” había terminado y debía volver a México. Para ello, tomaría la ruta larga (solo para acompañar a su amigo en otros negocios por India, Madagascar y el Cabo de la Buena Esperanza).
En Real del Monte, los hijos mayores recibieron la noticia del próximo arribo de su madrastra (quien ya estaba preñada con su cuarto hijo) y sus otros hermanos infantes con sorpresa y algo de repelús, después de todo, todos conocían la reputación de las madrastras, en general (de hecho, habían tenido la esperanza de que su padre regresara cuando ellos pudieran irse de casa), pero se alegraron de que su padre regresaría pronto. Sin embargo, esa alegría por el regreso y esa renuencia hacia la nueva esposa no les duró mucho tiempo.
Pasaron los meses y, en medio de la travesía en altamar, llegó el aterrador día en el que le llegó el parto a Dolores. De haber estado ya en Real del Monte, los hijos mayores habrían ayudado y sabido qué hacer: enviar a alguien a buscar a la partera más cercana o al médico del pueblo vecino por si algo salía mal, pedir a las sirvientas que hirvieran agua y prepararan paños limpios, quedarse fuera de la habitación a consolar a los hermanos pequeños asustados, cuidar de los que aún no podían hablar. Sin embargo, estaban en un buque mercante, aún muy alejado de las costas del puerto de Veracruz, Todo lo que Richard Straffon pudo hacer igual que en el pueblo, fue ponerse a beber del miedo en su camarote. Luego de muchas horas, su hijo más reciente llegó al mundo, pero este no pudo conocer a su madre pues, a pesar de todos los esfuerzos del médico de a bordo, la segunda señora Straffon perdió demasiada sangre.
El platero viudo volvió al pueblo, doblemente viudo.
Richard se concentró en el negocio, en revisar cómo se había administrado el trabajo en las minas (Cruz Marino había hecho un trabajo más o menos decente, pero inaceptable; por lo que Richard tenía mucho que hacer), así conoció al señor José Íñigo Paredes Adrián, un contador muy respetable que tenía la particularidad de llevar consigo a su hija María Concepción, “Conchita”, cuando visitaba a sus socios y otros empleadores importantes. Cuando la jovencita venía de visita a su casa, disfrutaba de esperar a su padre mientras entretenía a los niños más pequeños de la familia (en alguna ocasión, trajo consigo lienzos pequeños y se puso a pintar lo que ellos pidieran: una rana, un conejo, las estrellas, un retrato de los cuatro)
Llevaban casi un año haciendo negocios cuando fue invitado a los quince años de la hija del contador Paredes. Claro, la invitación no lo tomó por sorpresa, lo que sí no se esperaba era que el contador le ofreciera la mano de su hija en matrimonio. El hombre le explicó que él ya era viejo y, luego de perder a siete hijos, le preocupaba mucho el futuro de su única hija (“Un hijo es el orgullo de su padre, señor Straffon; pero una hija, siempre será su felicidad”). El señor José Íñigo le explicó que Conbchita tenía “un alma delicada y dócil”, inclinada hacia las artes (tocaba el piano, disfrutaba mucho de pintar paisajes y hacer retratos de su familia, le encantaba leer poesía y cuentos de todo tipo, especialmente los espeluznantes); ciertamente, no dejaría que contrajera matrimonio con cualquier muchachillo del pueblo (¿qué padre, en su sano juicio, dejaría que su hija se fuera con un mocoso sin oficio ni beneficio?), pero le preocupaba que se casara con un hombre exigente, alguien que sofocara su bello espíritu (“Dios nos bendijo, a mi y a María, haciéndonos padres una última vez. Mi niña es mi tesoro, señor. Además, usted le simpatiza, confío en Dios que la tratará bien”).
Richard aceptó la propuesta y, al mes, la señorita María Conchita ya era la señora Paredes Diosdado de Straffon, más como un favor hacia un buen socio (y amigo) al principio; pero, al verla convivir con sus nuevos hijastros, algo en él despertó; una nostalgia, un recuerdo de cuando comenzaba a ver a Victoria como algo más, la misma esperanza que tenía de ver a Dolores con sus cuatro pequeños volvió. Así, poco antes de los 16 años, Conchita dio a luz a su primera y única hija: Francisca Imelda.
—Por San Francisco de Sales—, dijo Conchita cuando tuvo en sus brazos a su bebé, —es el santo patrono de los periodistas y los escritores. Así se llamaba mi mejor amiga.
—|—
—El primero de mis hermanos era Cruz Marino, el primogénito, él ya tenía 21 años cuando yo nací; seguían Galeno y Silvester, los gemelos, eran 16 años mayores que yo; después Luther, que era dos años menor que ellos; luego Timoteo, él era 11 años mayor que yo; Benjamin me llevaba 10 años. Ellos eran del primer matrimonio de mi papá. Del segundo, seguían los mellizos, Leandro y Raymundo, eran mayores que yo por cinco años; entre ellos y Donato había diez meses y, finalmente, Luis Ángel, que me llevaba un poco más de tres años. Esos cuatro eran “las tortugas”, y les decían tortugas porque siempre se quedaban atrás jugando por el camino a las minas. Bueno, ¿qué esperaban? empezaron a trabajar en las minas apenas cumplieron 12 años.
—Ah, por eso hablas de ellos más que de los demás—. Comentó la reina—. Pasaron más tiempo contigo durante tu infancia.
—Así es. Claro, todos tenían su forma de expresar cariño, aunque yo era solo una pulga que quería su atención, siguiéndoles a todos lados. Cruz, Silvester y Galeno solían llevarme en sus hombros cuando era muy pequeña. Timoteo solía fingir ser rudo; pero, en realidad, era una persona muy dulce, siempre me compartía dulces en los días de fiesta. Benjamin y Donato se la pasaban estudiando cuando estaban en el seminario, pero siempre tenían tiempo de explicarme o de hablarme de lo que leían cuando se los pedía. Raimundo y Silvester eran algo temperamentales, pero siempre estaban dispuestos a defender a la familia. Una vez, cuando uno de los niños del pueblo se robó mis libros, Raymundo me enseñó cómo darle un buen golpe.
—Ya me imagino la reacción de tu abuela—, dijo Herneval.
—Entonces, también te imaginarás la reacción de Leandro, él se preocupaba más que mi abuela por esas cosas, siempre estaba diciéndome que no anduviera corriendo o que tuviera cuidado al hacer el quehacer, incluso, cuando estaba en la casa me “ayudaba”, porque, según él, no lo hacía bien, y se ponía a mostrarme la forma correcta de hacer las cosas—. Frankelda suspiró de nuevo. —Y Luis Ángel era un nefelibata; siempre estaban cuidando que no se distrajera con algo. La verdad es que él era muy capaz cuando se lo proponía. Carecía del interés necesario para estudiar matemáticas o física formalmente, pero era muy bueno cuando se trataba de cosas de geometría o arquitectura. Desde que él estuvo a cargo de la ampliación de la mina, no hubo ni un solo accidente, incluso se encargó de guiar a los constructores cuando fue a ayudar a Luther a construir su casa.
—|—
La fantasma se perdió un momento en esos días que terminaron poco antes de que ella cumpliera diez años: noches en las que tenía pesadillas y, en lugar de ir a la habitación de sus padres, buscaba a sus hermanos que aún eran muy jóvenes para ir a la mina. Noches en las que visitaba a sus hermanos para contar historias y su madre venía a su habitación para recordarles a Leandro, Raymundo, Donato o Luis (o, en casos extremos, a Benjamin) que debían dormir. Tardes en las que la abuela los regañaba por no hacer sus respectivos quehaceres.
En ese punto, era muy grato recordar cuando los regaños tenían mensajes sobre estar “dándole un mal ejemplo a su hermana” o que “así no se porta una señorita”; en especial cuando Luis ángel respondía:
—¡Pero no queremos ser señoritas, Doña Imelda!
Esa afirmación siempre hacía despotricar a la abuela, y hacer reír a su madre (que le repetía a la abuela que Francisca era “solo una niña”). Unos años después, era Leandro el que suspiraba exasperado y le ofrecía a la abuela un té de manzanilla para calmar sus nervios:
—Gracias, hijo.
—No haga bilis, Doña Imelda, le va a hacer daño.
—¡Es que estos escuincles…!
—Sí, ya sé, son unos revoltosos… Ahorita me encargo. ¡Francisca, no hagas enojar a tu abuela!
A veces, Francisca se preguntaba si Leandro hubiera sido la nieta que a su abuela le hubiera gustado tener.
—No lo dudo—, Raymundo le dijo cuando se lo comentó. —Ni Cruz es tan altivo como este mequetrefe, y él es el mayor de todos, está en su derecho.
En algún momento, cada uno de ellos dejó el hogar para irse a las minas (como todos). Según su padre, era para que “aprendieran del negocio familiar” y para que “se enseñaran a trabajar como los hombres”. Poco a poco, terminaron los días en los que Leandro le preparaba el té a la abuela, Raymundo salvaba a Luis Ángel de la ira de las gallinas, Donato les hablaba de todas esas cosas que había aprendido con el profesor O’Riley (el químico y boticario del pueblo, así había logrado convertirse en el experto en explosivos cuando se requería dinamitar en las minas) y Luis Ángel no paraba de preguntar y dibujar lo que sucedería en en alguna historia.
Se sintió muy solitario el no tener a las tortugas en casa; pero, no había problema, aún tenía a su madre, (quien escuchaba todas sus historias con mucho interés, ya fuera mientras ayudaba con los quehaceres de la casa o pintaba algún cuadro para alguna amistad) o eso pensaba su ingenua mente de diez años.
Luego de aquél fatídico día (que nadie se esperaba, Conchita había estado en cama por un mes, pero esa mañana se había sentido con más fuerza que en mucho tiempo. Por eso no le negaron la posibilidad de salir cuando dijo que se sentía mejor), la ausencia de sus hermanos se hizo más notoria y marcada, especialmente por la órden de la abuela sobre no infortunados (“Vienen cansados de un largo día de trabajo, niña. Déjalos descansar, no molestes con tus nimiedades”).
Pasó el tiempo y, luego de cumplir doce años, llegaron rumores sobre políticos conservadores conspirando en un pueblo cercano y, (luego de lo que pasó con Maximiliano y la intervención francesa), Silvester el más fortachón de la familia, (y el más testarudo) se unió al ejército. Raymundo, quien era casi tan testarudo y también algo fortachón, lo admiraba (Su hermano mayor era su héroe, él había sido la pulga que siguió a Silvester a todos lados en su momento), su ejemplo a seguir; así que fue con él. Leandro, siendo el mellizo mayor, no quiso dejarlo solo y, como los hijos de la segunda esposa nunca se separaban, Donato y Ángel fueron con ellos.
Lo siguiente fueron meses en los que cartas fueron y vinieron con poca frecuencia. Solían enviar dos cartas en el mismo sobre: una para su padre y la otra para Francisca; una para contar sobre lugares en Puebla, en Veracruz, algunas campañas en el centro, y la otra con algunas anécdotas graciosas y otras dignas de una novela (a veces, pensaba que eran mejores contando historias que ella). También, por supuesto, había noticias curiosas, como el hecho de que todos en su batallón se enteraron de su sobrenombre (porque ella siempre escribía como destinatario “las tortugas”, antes de sus nombres; y ahora incluso su oficial al mando se refería a ellos como “tortugas”).
Hablaban mucho de un general conservador al que, no sabían cómo, ofendieron al punto de que se volvió su enemigo personal. No recordaba su nombre de pila, pero, de apellido, se llamaba Orozco Saurí. Según ellos, era: “un gachupín más criollo que una pera de agua”. No contaron muchos detalles de cómo fue, pero ese hombre los culpaba por perder su reputación entre los conservadores, sus posesiones, a su esposa y a su hija. Aunque, su familia estaba bien, no les había pasado nada malo, solo… lo abandonaron, (por lo que le contaron, él era mejor militar que esposo… o padre). Luego se volvió el líder de un grupo de bandidos y culpó a las tortugas de no haber tenido otra opción y haber “orillado al crímen a un hombre honrado”.
Había sido en las semanas previas a su horrorosa fiesta de quinceaños que las tortugas regresaron a casa; y, aunque en sus cartas hablaban de cosas peligrosas y peleas que les habían dejado cicatrices, seguían siendo los hermanos que tanto quería.
Raymundo la aconsejó sobre cómo causarle dolor a alguien si intentaba hacer algo inapropiado.
—Puedes darle un buen golpe, como te enseñé. A ver, pégame aquí, veamos si todavía te acuerdas.
Leandro le recordó todas esas cosas que “debía hacer una señorita”: tener cuidado que no se le vieran los pies, lo estar mucho tiempo donde estuvieran los caballeros, no estar sola por más de cinco minutos con un hombre que no fuera de su familia, no reirse estridentemente, no comer demasiado, bla, bla, bla…
—¡Te lo digo por tu bien, Francisca!
Donato le dió a la abuela una larga explicación sobre lo peligrosos que eran los componentes que usaban para hacer los maquillajes:
—Doña Imelda, no me importa si viene muy recomendado. Si contiene arsénico, la puede enfermar; prefiero una hermana fea que una hermana muerta—. (Lo quería mucho y era muy listo, pero a veces le daban muchas ganas de tirarle los dientes a golpes).
—Donato, no digas esas cosas, hijo.
—He trabajado con diferentes sustancias, y le digo que cualquier cosa, en la medida correcta, aunque sea la más mínima, puede ser veneno, y se puede absorber por la piel. Por cierto, le recomiendo que no toque esos alhajeros que trajeron los Mondragón; seguramente, el pigmento contiene plomo, si me permite hacer unas cuantas pruebas…
Fue la presencia de sus hermanos mayores lo que evitó que rompiera a llorar en medio de su fiesta de quince años, en frente de todos, luego de que la abuela la regañara por no poder bailar y haber pisado a todos los que habían pedido bailar con ella (“¿Cómo es posible que no puedas hacer una cosa bien, niña malcriada? ¿Por qué eres tan torpe?”). Tan silenciosamente como pudo, se alejó del patio de la casa, se encontró con Donato y este solo le hizo una seña de que subiera a su habitación, a lo lejos pudo oír a la abuela presumiendo a Leandro con todas las hijas de los conocidos de la familia y a Raymundo amenazando a un sujeto que bebió demás (“¡¿Qué dijiste sobre mi hermana, estúpido?!”)
—Ay, tranquila hermanita, doña Imelda exagera. De todos modos, ¿quién quiere ser una señorita?—La consoló Ángel.
—Nadie—. La jovencita contestó tímidamente, limpiando la humedad de sus ojos con un pañuelo que Ángel le ofreció.
—Exacto. Te lo digo yo que sigo sin querer ser una señorita—, aseguró con una risa. —Ah, salvo por Leandro, ¿sí te contamos de la vez en la que nos colamos a una fiesta para obtener información? Bueno, él se coló, Donato tenía que preparar una distracción y estaba ocupado con la pólvora, mientras Raymundo y yo desarmábamos a los guardias y, ¿recuerdas a la costurera que te hizo el vestido? ¡De ahí la conocemos! Resulta que el anfitrión era uno de los allegados de Orozco Saurí y nos estaba buscando, así que…
—|—
—Entonces, ¿decidió cazarlos así nada más?
—Al menos, eso fue lo que me contaron. Mi padre siempre dijo que solo querían llamar la atención o que solo querían hacer que sus aburridas guardias fueran más emocionantes. Benjamin dijo algo sobre “que la realidad superó a la ficción”, pero esa no es la parte divertida.
—¿Cuál es la parte divertida?— Preguntó la reina ¿Qué podría ser más divertido que la idea de tener a cuatro soldados a quienes los llamaran por su sobrenombre de la infancia?
—Que hasta el mismo Orozco Saurí los llamaba “tortugas”—. La pesadillera sonrió. —Ángel guardaba una carta que interceptaron, entre sus cosas, el destinatario era uno de sus hombres en otro estado. En ella, estaba claramente escrito: “quiero a esas tortugas, vivos o muertos”. Parece que su primer trabajo de espionaje, les trajo una reputación. Cuando volvieron a casa, Ángel presumía que eran los más silenciosos, “los que eran invisibles en la noche”, “los mejores espías”, “los hacedores de milagros”.
—Lo bueno es que eran humildes.
—Ángel siempre fue “increíblemente humilde”, querida suegra—. Le aseguró la fantasma.
—Y… ¿te gustaba tener tantos hermanos?— Cuestionó la reina, que había notado el entusiasmo de Frankelda al hablar de ellos.
—Bueno, ¿sí? Cada uno era especial para mí, la mayoría ya eran básicamente adultos en mi infancia y poco a poco dejaron de pasar tiempo en la casa, pero… Sí. Me hubiera gustado que no se alejaran tanto. Sé que todos tienen que hacer su vida y, quizá, irse de casa en algún momento, pero…
Frankelda se detuvo un momento. Pensar en el distanciamiento de su familia la ponía algo triste, en especial porque, desde muy pequeña, ella quería que todos pudieran estar en la casa, como en los días de fiesta; y, luego de que murió su madre, todos comenzaron a irse, poco a poco..
Un tiempo después de que Cruz se casara, tuvo una pelea con su padre sobre negocios, él quería no sólo extraer la plata, quería que crearan sus propias piezas de manera local, no solo ser la “Minera Straffon”, sino ser los “Plateros Straffon”, hacerse un nombre por la calidad de la plata, convertirse en el estándar del mercado; pero su padre insistió en que esa era una cruzada inútil porque: “la plata es plata” y no pensaba “seguir los consejos de un muchacho que no sabía nada del mundo” (aunque, para ese momento, Cruz ya tuviera 33 años). Tomó a su esposa y se fueron a Taxco, volvieron un par de años después, para bautizar a su hija (de la que Frankelda fue madrina), pero no se reconciliaron. Sus cartas se volvieron esporádicas, hasta el punto en que escribía solo en Navidad y para el cumpleaños de su hermana. Cosas similares pasaron con sus otros hermanos: Silvester, en cuanto se dió la oportunidad, se fue y se casó; Galeno hizo lo mismo. Frankelda estaba segura de que sus cuñadas eran la única razón por la que visitaban la casa para la fiesta del pueblo. Luther juntó dinero para comprarse un rancho en un lugar recóndito (sólo regresó para presentar a su prometida y casarse). Benjamin se hizo sacerdote y, aunque él no buscó “escapar” de Real del Monte, tuvo que irse cuando la autoridad eclesiástica lo envió a una diócesis que necesitaba urgentemente un sacerdote.
—¿Crees poder intentar dibujarlos de memoria?—, pidió Herneval al notarla más cabizbaja. —Sigo pensando en ellos como tortugas en lugar de humanos.
—Conociéndome, creo que terminaría dibujándolos a todos como sustos tortuga—, se bromeó la pesadillera.
Se escuchó que la puerta del salón se abrió, interrumpiendo la conversación.
—¡Ficturo!— Veritena exclamó para que la oyeran del otro lado de la habitación.
—¡Con que aquí estaban!—, comentó el rey apenas cruzó la puerta.
—¿No tenías trabajo que hacer?— La reina cuestionó en cuanto tuvo de frente al rey.
—Solo pensé que, tal vez, a los jóvenes les gustaría tener esto—. Les extendió un pequeño compendio de hojas. Frankelda las ojeó con Herneval a su lado y ahogó un grito cuando reconoció el texto.
—Esto es…
—¡Es el final de La fierecilla escondida!— La pesadillera gritó con emoción.
—Lo encontré entre las pertenencias de mis padres hace mucho tiempo—. Explicó el rey. — El pesadillero Escovelo le pidió a mi madre su opinión sobre el final antes de ponerse a editarlo. También hay una carta muy larga hablando de posibles situaciones que descartó y que dejaría con sus otras notas.
—¡Guau! Pero, si estaba terminada, ¿por qué no la editó?
—Desafortunadamente, por la fecha en las cartas, esto fue poco antes de su muerte, y no tuvo la oportunidad de hacerlo. Para ese momento, ya era muy anciano, después de todo. Tenemos un retrato suyo por aquí…— El rey voló hasta una hilera más alta de retratos, casi tocando el techo, en el que se veían retratos de diversos tamaños y se detuvo frente a uno que era pequeño como un libro. —Aquí está. Él solía compartir sus trabajos en progreso con mis padres cuando estaba muy emocionado.
La araña en el retrato era un araditio con una larga barba blanca y patas muy peludas, de piel verde muy pálida, con un par de diminutos cuernos torcidos hacia el frente y poco cabello blanco creciendo a los lados de su cabeza. Sus ropas eran de un intenso color bermellón; con abultadas mangas y un sombrero del mismo color con una borla amarilla, este cubría la cúspide de su parcialmente calva cabeza. El viejo pesadillero en el retrato portaba una mirada cansada y de aspecto triste, pero con una sonrisa amable (salvo por ser una araña, no se parecía en nada a Procustes).
—Muchas gracias por esta historia, pesadillero Escovelo—. La fantasma dijo e hizo una reverencia mientras flotaba frente al pequeño retrato, luego tomó a su esposo en sus brazos y salió a toda velocidad —¡Vamos Herneval!
⊹ ₊ ˚ ‧ ︵ ‿ ₊ 𐔌ᰔ𐦯 ₊ ‿ ︵ ‧ ˚ ₊ ⊹
—Ah…— Frankelda suspiró. Pasaron varias horas en la cama para leer a gusto el capítulo final (O, más bien: la otra mitad de la historia). —Ese… fue un final algo predecible, pero muy grato de leer. Se lo merecían todos.
—Sí, aunque me sentí mal por el virrey—. Herneval admitió. —Él genuinamente estaba enamorado de la virreina.
—Sí, pero ella traicionó su confianza y se aprovechó de su afecto para hacer lo que quería sin importar a quién afectaría; por no mencionar que luego intentó envenenarlo. Ella nunca lo amó a él, sino al poder de su posición. Se merecía que la juzgaran con mano dura.
—Sí, pero ahora, él tendrá que vivir con un corazón roto, pobre.
—Me gusta pensar que encontrará el amor otra vez. Ella fue su primer amor, pero no quiere decir que sea el último.
—Aaah, mi amor…—, el príncipe comenzó a decir en una forma suplicante, incluso parecía que se estaba arrastrando frente a la cama. —Entiéndeme, querida, ese es un miedo que yo tenía cuando era joven. La mayoría de los tecotias solo pueden enamorarse una vez en la vida. Por eso me alegra tanto que Mitelitas haya conocido a Galeytuno;
—Herneval, no es lo mismo enamorarse que amar. Ese es solo el primer paso para sentir amor, es como una locura temporal, creeme, lo ví en seis hermanos, pero…, espera—, la fantasma interrumpió su línea de pensamiento cuando otra idea se le cruzó: —¿Dices que le tenías miedo a que fuera verdad que los tecotias sólo se pueden enamorar una vez? Y aún así… ¿me elegiste a mi? ¿Te arriesgaste aunque no tenías certeza?
—La verdad es que ni siquiera me había dado cuenta de cuándo comenzó, pero tú no me dejaste elección; me sedujiste con tus historias y, cuando lo noté, ya era muy tarde—. Declaró el príncipe, dramáticamente. Frankelda se rió, feliz de verlo ser tan dramático (y de saber que él se enamoró de ella primero)
El príncipe miró el manuscrito que tenían sobre la cama, y cerró los ojos un momento, mientras Frankelda leía en voz alta las notas finales que había dejado el pesadillero Escovelo. Al parecer, por lo que contaba sobre algunos de los detalles que cambió en la historia y otros que añadió (porque, además, todo indicaba que los abuelos de Herneval habían sido los primeros en leer la historia) había empezado a escribirla poco antes de que muriera su esposa; él solo quería que fuera perfecta.
El príncipe sonrió para sí, mientras la voz de su amada lo arrullaba a un dulce espacio de ensueño.
—|—
El príncipe bostezó y abrió los ojos. Estaba posado sobre el regazo de Frankelda, y ella estaba sentada frente a la ventana, aprovechando la luz para leer mejor; aunque el sol vespertino ya estaba muy bajo (seguro que pronto anochecería).
—¿Descansaste?— La fantasma preguntó y acarició su portada con dulzura.
—Sí, de hecho sí. Creo que necesitaba esa siesta—. Contestó y luego flotó para que ella se acomodara en el diván—¿Qué estás leyendo?
—Algo sobre la historia del plano. Justo estaba leyendo sobre el príncipe oculto. No bromeabas cuando dijiste que todos se refieren a él por su epíteto en lugar de su nombre, aunque no me he encontrado con otro príncipe que se llamara Eriverso.
—Esa es la tradición—. Herneval explicó. —Todos los nacidos en la familia real tienen nombres únicos. Algunos tienen elementos que se repiten, pero ninguno es realmente igual a otro. Los epítetos son los que pueden llegar a repetirse.
—Me hace preguntarme cómo nos recordarán a nosotros. Tal vez… “El príncipe libro y la pesadillera” ¿Qué dices?
El príncipe se quedó callado y se alejó un poco de la escritora, se elevó y miró al cielo que ya se había pintado de índigo.
Rayos ¿Por qué su mente estaba tan… inclinada a hacerlo sufrir? Este tema no era nuevo, ya se había hecho esa pregunta antes, ¿por qué se estaba sintiendo tan… melancólico?
A Herneval siempre le habían fascinado los libros. Cuando leía historias de su propio plano, él sentía que era transportado a otros lugares y acompañaba a los personajes, y eso le gustaba (pero no mentía cuando, en su primer día en el Topus Terrentus, le dijo a Frankelda que se volvía alguno de sus cientos de personajes, eso era algo que solo ella conseguía). La historia y la literatura le permitían asomarse a otros sitios en el tiempo y el espacio; así supo de las leyendas del plano y sus orígenes, de los descubrimientos más increíbles (y casi olvidados) de los sustos del pasado y de los logros de su propia familia. Así fue como descubrió cómo aprovechar sus habilidades y traer a Frankelda al plano de los sustos.
Al explorar los textos de la biblioteca del palacio, conoció a miembros de su familia que nunca vería en persona, pero cuyas ideas, pensamientos, sueños y deseos para el futuro se quedaron plasmados en cartas, tratados, memorias y diarios. Así conoció el trabajo de sus abuelos contra los piratas de entreplanos (y se inspiró para explorar el plano), de su bisabuela Artisadna y sus múltiples conocimientos para mantener una buena relación con la clase noble de aquél entonces; y otros de sus muchos antepasados. Incluso halló un manuscrito antiquísimo que lo guió en la exploración de sus propios poderes.
Recordaba que aquel manuscrito formaba parte de una colección de rollos dentro de un cofre y que, presumiblemente, se le podían atribuir a un ancestro de la familia real. La mayoría estaban en buenas condiciones, pero la firma parecía haber sido deliberadamente arrancada de la parte inferior de cada rollo; solamente en uno podía identificarse un sello con un curioso escudo de armas: Un cofre cruzado con una lanza y una pluma: el sello del príncipe oculto, una figura de la que no se sabía mucho ni se podía estar seguro de su verdadera fecha de muerte (por algo era el príncipe oculto).
Fuera o no el príncipe oculto el autor de aquellos escritos, Herneval encontró en ellos descripciones de habilidades muy similares a las suyas propias, algunas curiosidades del tiempo en el que los sustos podían cruzar al plano de la existencia cuando quisieran, instrucciones y explicaciones sobre el funcionamiento de esos poderes que no cualquier tecotias podía manifestar, incluso métodos para tener acceso a habilidades nuevas que (con algo de empeño y práctica) cualquier susto podría despertar. Siempre se emocionaba cuando leía aquellos textos (aunque, quizás, sus constantes visitas a la escritora cuando era pequeño tuvieron algo que ver, después de todo, se benefició mucho de los conocimientos en ellos para poder cruzar con más eficiencia).
Esos rollos siempre terminaban de la misma forma: “Muy buena suerte, mi querido descendiente”.
—¿Sabes? Al crecer, acumulé muchos textos de diferentes tipos y múltiples autores. Noté que muchos de los más antiguos estaban escritos como cartas para el futuro. Muchos de esos autores esperaban ser leídos, sin importar qué, por sus descendientes. Algunos, incluso, crearon respuestas para sus ancestros con anotaciones para la siguiente generación que los leyera y… siempre me pregunté si, algún día, yo también viviría en alguno de esos libros y manuscritos. Pero…— El príncipe hizo una pausa y suspiró. —No sé, no me imagino a nadie que quiera leer la historia de un viejo libro que puso en peligro a todo el plano…, pero está bien, me lo merezco. Quizá hablen de el último príncipe y sus constantes errores.
—Herneval, creí que ya te había quedado claro: No eres un simple libro viejo, eres mi libro. Además, ¿a quién no le gustan los libros viejos?— Frankelda hizo una seña y Herneval vino a ella, la fantasma lo abrazó como siempre. —Seguramente amarán leer sobre “El intrépido príncipe libro y la escritora fantasma”, sé que yo lo haría. Pero, que conste, mi querido esposo: nadie te culpará por lo que pasó hace 150 años; y las nuevas historias que escriba en tus páginas, serán nuestros hijos. Esas historias vivirán cada vez que las lean, serán inmortales e inspirarán a incontables generaciones en el futuro.
El libro la miró con una sonrisa (extrañamente, sintió que se le escapó un ligero suspiro y su inexistente corazón se aceleraba). Ella siempre sabía qué decir para sacarlo del mar de la inseguridad. Si aún pudiera escribir, escribiría mil cartas a las futuras generaciones sobre todas las cosas que amaba de ella, sobre todas las ocasiones en las que se escabulló para leer sus historias, crónicas sobre su búsqueda para traerla al plano… (y, quizás, unos cinco tomos sobre su boda, pero …)
—Tienes razón, me conformaré con ser mencionado como el esposo de la princesa pesadillera. Solo espero que los futuros historiadores no especulen demasiado. Quizá no falte el que diga que por mi culpa te separaste de tu familia, estuviste encerrada por 150 años y lo mucho que me odiaste por eso.
—Pero yo nunca te odié. Me enojé contigo, eso es cierto, pero hasta las mejores parejas se pelean—. Frankelda se defendió.
—Uno nunca sabe, querida—. Respondió Herneval. —Tal vez se hagan una muy mala imagen de mí.
—Pues yo no lo voy a permitir, de la misma forma en la que no voy a permitir que te hundas en el mar de la inseguridad otra vez—. Declaró la fantasma. —Además…, tengo una idea que quiero escribir en tus páginas desde hace un tiempo... —Añadió con una sonrisa traviesa, luego lo alentó a abrir sus páginas para dejarla usar una en blanco. La escritora atrajo el tintero hacia sí y mojó su pluma, antes de darse cuenta, ya estaba escribiendo un poema:
Mi amado es un libro abierto,
él trae la corona en su sien.
Aunque él duda (lo sé muy bien),
juro que esto no es invento:
Si digo que amo a “uno entre cien”,
no lo creerá aunque es cierto,
conozco su pensamiento,
me dirá que no sabe a quién.
Él me pregunta: “¿a quién, quién?”
¡Al príncipe de los sustos!
Hablo de sus ojos venustos,
su dulce mirada de miel,
y al viento pregunta: “¿de quién, quién?”
¡Del príncipe de los sustos!
Amo su corazón justo
que solo busca hacer el bien;
y al cielo pregunta: “¿a quién, quién?”
¡Al príncipe de los sustos!
Desconfía de tu mente,
nunca te dejaré de amar.
Mis labios nunca te mienten:
a quien amo es a ti, Herneval.
Si alguien pregunta: “¿a quién, quién?”
¡Al príncipe de los sustos!
Finalmente, en cuanto comprobó que la tinta se había secado (con una caligrafía floreada a la que agregó muchos adornos) tituló al poema: “Yo amo a Herneval, príncipe de los sustos”; y lo firmó, lenta y cuidadosamente, asegurándose de que su firma fuera más grande que en sus escritos anteriores (por alguna razón, tuvo la sensación de estar firmando con sangre y la idea le hizo mucha gracia, porque querría decir que ella era de sangre azul en muchos sentidos). Entonces, se le ocurrió una idea. Poco a poco comenzó a añadir a la página pequeños adornos como si se tratase de un códice medieval: flores y vainas por un lado, la luna y las estrellas por el otro. La autora no pudo evitar pensar que se sentía como una adolescente enamorada y, aunque sintió algo de vergüenza (pues ni cuando era una adelescente se sintió nunca así), decidió hacer algo que completaría aquella comparación. Tomó su tintero, recogió una gota de tinta en su dedo índice, entintó su labios…
—¡Muá, muá, muá…!—, ...y terminó de adornar la página con marcas de besos.
Por un instante, su atención saltó brevemente a un recuerdo de su abuela, quien siempre dijo que el maquillaje era solo para “mujerzuelas y caza-maridos”, aunque luego se quejaba de que ella no usara nada para ocultar sus pecas….
«Así de pecosa y horrible como estás, nadie te va a querer», solía decirle cuando iban a algún sitio y se encontraban con alguna “persona respetable” del pueblo. «¡Mira nada más! ¡Qué vergüenza! A tu edad y sin marido ¡Ya estás muy vieja! Vas a terminar siendo una quedada. Entiende, niña malcriada: Los libros no te van a conseguir un marido, no te van a hacer respetar ¡Y no te puedes casar con un libro!»
La fantasma se regocijó pensando en cómo su abuela se quedaría irremediablemente callada (aguantándose las ganas de regañarla y disimulando con orgullo el no querer admitir que se había equivocado), si pudiera verla ahora: con los labios coloreados, con sus pecas (ahora azules) más visibles que nunca y besando a su esposo: un libro.
—¡Toma eso abuela!— Pensó la escritora.
—¡F-Frankelda!— El libro se alejó cuando estaba marcando el último beso. No parecía incómodo, así que la acción no le había resultado desagradable, de hecho (aunque se estaba sacudiendo un poco de lado a lado) estaba riéndo. —¿Qué haces…?— El príncipe se sacudió en el aire con unas cuantas risitas antes de mirarla de frente y fijarse en el toque extra de color en su amada. —¿Tienes… tinta en…?— Un par de engranes se movieron en su mente, sus cejas se elevaron un poco y adquirieron una intensa iridiscencia rosada de repente; no parecía que Herneval fuera capaz de mirarla a los ojos. —Ah…,— carraspeó, —entonces ahora tengo…
—Un total de seis besos en esa página, así es—. La autora se adelantó, orgullosa de sí misma.
—Qué raro—, el libro comentó, genuinamente extrañado, pero aún sin poder mirarla a los ojos. —Estoy seguro de que son siete.
—Bueno, el último no quedó muy bien estampado, estaba casi seca la tinta…— aclaró, señalando a sus labios, donde la poca tinta que quedó se secó. —Y, además, huiste.
—Es que… hace cosquillas…— Su esposo admitió alegremente, aún con las plumas de sus cejas muy rosadas.
—Ah, ¿en serio…?— La fantasma contestó, pero ya con un plan macabro desarrollándose en su mente: atrapó a su esposo con una sonrisa traviesa y…
—¡Ah! ¡Espera! ¡No!— Volvió a la página del poema y, aunque ya no podía dejar marcas de tinta, añadió más besos a la página, mientras el libro temblaba en sus manos. —¡Já, já, já, já!— Se rió a carcajadas apenas su amada lo dejó ir (Frankelda se preocupó un poco de que no pudiera respirar); y terminó en los brazos de Frankelda, incapaz de seguir flotando luego de semejante ataque de risa. Frankelda sonrió, complacida.
—¿Te gustó el poema?— Preguntó luego de que el príncipe se recuperara.
—Me encanta—. Respondió, finalmente mirándola a la cara, y con estrellas en sus ojos. —Pero…, algún día, espero que lejano, dejaré de ser el príncipe…
—Bueno, cuando sea el momento, escribiré un nuevo poema.
La fantasma abrazó al libro contra su pecho y se recostó en la cama, mirando al techo del dosel, (no era como el interior del de su propia cama en el plano de la existencia. Este estaba adornado con cristales y otros objetos que reflejaban la luz del amanecer y el atardecer; y, con la cantidad adecuada de luz, por la noche, podían simular un cielo estrellado). El topus terrentus era un lugar maravilloso, de haber podido explorarlo siendo niña, habría sido muy feliz. Quizás, habría podido acompañar a Herneval en sus travesuras y tenido aventuras inolvidables (aunque dichas hipotéticas aventuras fueran solo robar postres de las cocinas o contrabandear dulces a la biblioteca).
Herneval cerró los ojos, sintiéndose en paz con el nuevo poema en sus páginas y los “sellos” que había estampado su escritora. Si bien, antes se había estado preguntando si es que alguien leería sobre ellos, ahora se preguntaba qué dirían las futuras generaciones si llegaban a ver esa página ¿Dirían que era el libro más amado de la historia? ¿El príncipe más afortunado? ¿Le tendrían envidia…? No, esperen, qué vergüenza… Se preguntó muchas cosas que lo hicieron reír internamente (también estaba cuestionando cómo era que las mariposas en el estómago habían vuelto a atacarlo)
Permanecieron un largo rato así: en silencio, perdidos cada uno en sus cavilaciones y disfrutando de la compañía del otro, hasta que un pensamiento aleatorio, que debía ser compartido, llegó a la escritora:
—Si pudiéramos tener hijos…, creo que habrían sido iguales a ti cuando eras niño. Igual de tiernos con esos enormes ojos adorables, escondiéndose para leer sus historias favoritas y aterrorizando a todos.
—Estoy seguro de que, si tuviéramos hijos, pagaría por todas las travesuras que hice y todas las preocupaciones que les di a mis padres en mi infancia—. Admitió el príncipe.
—No eras taaaaan travieso ¿o sí?— La pesadillera cuestionó con una sonrisa
—Ah…—, el príncipe se detuvo un momento, tratando de encontrar las palabras más sinceras mientras evadía la mirada acusadora de su amada esposa—. Estoy seguro de que Mitelitas te dará una respuesta más sincera—. Admitió con derrota. —Solo diré que, de todos los libros y manuscritos de mi estudio…, no estoy seguro de dónde llegaron… muchos de ellos.
—Tu madre no exageraba cuando dijo que tomabas libros para tu colección privada ¿eh?— Se rió la pesadillera.
—Puede que el archivista real y el bibliotecario se hayan quejado un… par de veces—, confesó, muy seguro de que Frankelda comprendía lo que realmente quería decir con “un par de veces”. —Pero ¿sabes? A mi me hubiera encantado tener hijas. Así, sería más probable que se parecieran a tí.
—¿A mí?—Frankelda expresó algo sorprendida. Este no era un tema de conversación que hubiera tenido antes, claro, pero nunca pensó que nadie querría que sus hijos se parecieran a…, pues…, ella. De hecho, lo más parecido que podía evocar en sus memorias eran las múltiples ocasiones en las que su abuela hizo algún comentario negativo sobre su futuro:
“Ojalá que tus hijos sean tan rebeldes como tú. Si algún día te casas, más te vale que tu marido tenga la paciencia para criar a tanto salvaje igual a ti. ”.
“No sé qué será de tus hijos cuando los tengas. Contigo como madre, ¿qué vida les espera? Tus hijos seguro vivirán en las cantinas y tus hijas, en los campamentos de los soldados. Serán igual de irresponsables, de desobligados y tu marido te dejará ¡Entonces, sabrás lo que es amar a Dios!”.
“Pobre de ti el día que te toque tener hijos, con esos horrores que te la pasas escribiendo, seguro que todos serán adefesios demoníacos”
“Yo no sé qué hice para tener que cargar con una descarriada como tú. Lo bueno es que m’hija se murió antes, para que no la mataras de la decepción”.
Y, claro, su padre, ni hablar. Él solo comentó en alguna ocasión: “Quiera Dios que se parezcan a su esposo”.
—Sí, a tí—, insistió el príncipe. —Tendrían tu pasión, tu imaginación, tu tenacidad, tu habilidad…, tu gran corazón. De hecho, me habría gustado que tuviéramos tantas hijas como fuera posible. Así, el plano entero podría ver todo lo que amo de ti. Y, cuando ellas tuvieran sus propias familias, y en los libros de historia quedara su genealogía, los sustos del futuro verían lo mucho que nuestro amor siguió creciendo.
Las mejillas de la escritora se volvieron rosadas. ¿Herneval acababa de decir que quería tener hijas? ¿Con ella? ¿Y quería que fueran como ella? Eh, bueno, que…, que le habría gustado tener muchas hijas ¿Iguales a ella? La autora reprimió sus ganas de reír tontamente como una niña con un flechazo (sero no pudo evitar sonreír). Se quedó sin aliento y tosió un par de veces cuando las palpitaciones de su corazón (que estaba latiendo aceleradamente) parecieron querer ahogarla (Rayos y centellas. ¡Chispas y chispazos! ¡Santa Bárbara, una ayuda! ¿Por qué estaba pensando tonterías como una muchachita de trece años? ¡Ella ya era una mujer casada!) . No obstante, sonrió de oreja a oreja.
—Y, ejem, ¿de cuántas hijas estamos hablando?— La escritora cuestionó con poca seriedad, esperando no haberse sonrojado en extremo —¿Una decena…? ¿Una docena…? ¿Una veintena…? ¿O todo un regimiento?
—Ya no soy tan intrépido como antes, querida—, declaró el príncipe, con falsa tristeza. —Me conformaría con media docena—. Frankelda soltó una carcajada.
—¡Herneval!
—Hablo en serio. Sería muy difícil criar a una legión de niñas traviesas y obstinadas.
—Sí, sería todo un desafío—, la pesadillera pensó por un momento, —pero yo creo que a Mitelitas no le molestaría ayudar con sus sobrinas.
—Y deberían tener edades cercanas. Como tus hermanos tortugas. Así podríamos evitar que se distancien con el tiempo.
—Eso le pasó a mis hermanos porque mi padre nunca nos enseñó cómo mantenernos unidos—. Frankelda le aseguró. —Nunca se preocupó por que aprendieran a ser parte de la familia, solo que aprendieran del negocio familiar. Creeme, seguramente asumió que todos se quedarían a trabajar en las minas por siempre, como si fuera una obligación, incluso después de que Cruz Marino las heredara—. La fantasma suspiró.
Había tenido tiempo para reflexionar sobre su familia y sus propias vivencias a la luz de la lámpara en medio de sus maquinaciones narrativas. Al pensar en su padre, se le ocurrió que este nunca consideró que su primogénito alguna vez querría alejarse de él y sus expectativas imposibles, y tener una casa propia con su esposa o que Luther estuviera inconforme con su obvio favoritismo (al menos, lo que él percibió como favoritismo cuando se fue a las Filipinas) y quisiera alejarse o que Timoteo y Donato pelearían por el amor de Mayo (Su forma de intervenir siempre fue: “Son hermanos, arreglenlo entre ustedes”, “No hagan quedar mal a esta familia”.)
—Mi abuela intentó aconsejarlos, pero… creo que solo logró que terminaran de alejarse. Según mis hermanos, nuestro padre cambió mucho después de que murió mi madre. Cruz nunca dijo nada, pero Silvester y Galeno me contaron que se puso muy triste cuando murió su primera esposa. Dijeron que por eso los dejó y se fue a hacer negocios a las Filipinas; y, según Luther y Benjamin, cuando volvió con las tortugas, se alejó más de ellos. No podía ver a ninguno a la cara y se encerraba en su despacho a beber casi todas las noches. Luego, cuando se casó con mi madre…, dicen, ah, decían, que casi había vuelto a ser como era antes, pero luego se volvió callado y severo. Benjamin decía que, al menos, se molestaba en llamarlos por sus nombres y que… se sentían como hijos y no solo como peones.
—Benjamin era tu hermano que se hizo sacerdote, ¿verdad?— El libro preguntó, menos por necesitar una aclaración y más para distraer a la autora de la melancolía.
—Sí, así es. Se unió al seminario a los 16; de hecho, Luis Ángel y Donato también fueron al seminario unos años, pero ambos desertaron. Ángel estuvo a punto de ser ordenado, pero el obispo tuvo una charla con él y determinó que no era apto para para la vida sacerdotal. A mí no me sorprende, seguro quería estar más cerca de mi amiga Dalia. Y estoy muy segura de que Donato solo aprovechó para aprender todos los temas que quería: matemáticas, latín, física, química… siempre tuvo un corazón de erudito. Timoteo también intentó aprender algo de química, aunque creo que tenía que ver que tuviera un flechazo con la sobrina del profesor, “La pelirroja”. Ella se llamaba Mayo O’Riley—. La fantasma suspiró. —La manzana de la discordia.
—¿Por qué la discordia?— Herneval cuestionó..
—Cuando yo tenía dieciséis años, Donato y Timoteo tuvieron una pelea por el afecto de Mayo. Mayo y Donato eran amigos, pero parece que había algo floreciendo entre ellos, y Timoteo… sintió celos. En esa ocasión, Donato y Mayo tuvieron una discusión y Timoteo trató de aprovechar la oportunidad para enamorarla. A Donato le molestó y Timoteo, enfurecido porque Mayo lo rechazó, culpó a nuestro hermano y lo acusó de hablar mal de él y difamar. A veces, Donato decía cosas que sonaban duras, pero no lo hacía con mala intención… Fue una pelea muy fea. Lo siguiente que supimos fue que Timoteo dejó el pueblo e intentó hacerse de una reputación como químico con componentes que robó del profesor, pero causó un accidente. Terminó en la cárcel después de eso.
—Ah…, al menos tus otros hermanos no tuvieron un final triste, ¿verdad?
—Ah, no. Hasta donde sé, Luther era muy feliz en su pequeño rancho escondido en las montañas; Cruz, Silvester y Galeno se acomodaron con ayuda de sus respectivos suegros. Benjamin se hizo obispo en algún lugar de Tehuantepéc. Las tortugas se quedaron conmigo, Leandro, se enviaba cartas con alguien que conoció en el sureste en una ocasión en la que terminó escondiéndose en la selva por tres meses. No hablaba mucho de ella, pero recuerdo que se llamaba Tu’ul; dijo que significaba “conejo”. Ángel se hizo, prácticamente, el ingeniero del pueblo, y Donato siguió usando sus conocimientos de química, aprendió algunas cosas con el boticario y ayudaba en la mina junto con Raymundo—. La fantasma suspiró y luego añadió:
—De ellos, solo Raymundo se casó, conoció al amor de su vida en el ejército. Su nombre era Ignacia, Ignacia Mónica Lizaldre Salas, pero le decíamos “Mona”. Su padre era el comandante Salvador Lizaldre Trino, quien la crió solo y de la única forma que sabía: como un militar. Ella era parte del ejército y llevaba el mismo uniforme que todos; pocos se daban cuenta de que era mujer. Mientras estaban en el campamento, se referían a ella como “teniente”, y era igual que cualquier soldado.
—¿Y cómo fue que terminaron juntos?
—¡Ay, mi querido Herneval!— Exclamó la escritora. — A veces, una historia de amor comienza cuando a tu hermano le dan un golpe en la cara y termina dándote cinco sobrinos iguales a él—. Se rió la pesadillera, el libro estaba a punto de suplicarle por más detalles cuando algo de esa afirmación le hizo pensar en algo más:
—Me pregunto si nuestras hijas se parecerían más a mi familia o a la tuya— , el príncipe comentó.
—A mí me gusta pensar que serían más como tú—. La fantasma contestó con suma seguridad.
—Pero tienen que tener algo de ambos padres—. Rearguyó su esposo. —O de sus tíos… aunque aún pienso en tus hermanos como tortugas, ¿crees que tendrían caparazón?— Frankelda contuvo una risa.
—Espera, tengo una idea.
La fantasma flotó al escritorio, seguida de Herneval, tomó sus acuarelas comenzó a hacer unos cuántos débiles trazos en una hoja de papel suelta con un pequeño lápiz: primero unos cuántos círculos, como si fueran las cabezas, y la forma general de lo que serían sus cuerpos y sus ropas. En cierta forma, pensar en cómo vestir a estas niñas inexistentes era como jugar con muñecas.
Herneval miró atentamente mientras Frankelda diseñaba los vestidos de estas niñas. Por el momento, eran muy sencillos: simples y sin mucho adorno, olanes por aquí y por allá, blancos como la página, solo con zonas pintadas de un gris muy claro para simular el sombreado. Los atuendos eran lo suficientemente cortos para dejar ver las garras de sus piés y un poco de sus piernas cubiertas de plumas. Algunas pequeñas pinceladas de color aquí y allá, y los pequeños vestidos de mangas amplias ya tenían algúnas flores bordadas
—Esta se verá…—, dijo mientras mojaba el pincel en un color terracota. —Tendrá un plumaje muy similar al tuyo, pero más claro, y las plumas largas de tu madre—, dijo mientras añadía el detalle de las plumas a su rostro y a sus alas.
—Y tus ojos—. Intervino Herneval. —No olvides que también deben verse como tú
—Oh, muy tarde, amor—. Canturreó la fantasma y procedió a colorear los ojos de todas las figuras ya dispuestas con un tono ámbar. —Todas tienen tus ojos.
—Entonces, podrían tener tu cabello—. Sugirió el libro.
—Bien, pero pienso que les quedaría bien el mismo tono cobrizo de mi hermano Luis Ángel—. La fantasma se tomó unos minutos para hablarle a Herneval de lo mucho que le gustaba el cabello de su hermano, él había sido el único que tuviera el tono cobrizo del abuelo Straffon (a quien conocieron por un retrato en el despacho de su padre). Luego de una pinceladas, las primera niña estaba terminada. —Listo, ella es la mayor la mayor.
Herneval observó el dibujo de su “hija” con atención y sonrió. Tan absorto estaba que dejó de flotar junto a la autora y se dejó descansar sobre un pequeño cofre del escritorio para ver con más detenimiento. Frankelda se distrajo al ver esto y no notó que el pincel, ahora, había recogido un poco de verde y, cuando fue a la cabeza de otra niña, terminó con un par de “plumas” verdes”
—Oh, ese no es el color que quería usar…
—Entonces cúbrelo con negro—. Aconsejó el príncipe — Digamos que ella tendrá las plumas de mi papá
—¡Mjúm!— Frankelda asintió y comenzó a añadir plumas negras a la figura, luego, cuando llegó a la parte de su cabello, no pudo evitar recordar a su madre y a su abuela…
—Tu madre tuvo mucha suerte de que el señor Straffon la quisiera con todo y esas pecas. Que horror, con eso parece que uno se revolcó en el lodo con los puercos ¿Y ese horrible pelo lacio de india que sacó del lado de tu abuelo? ¡Igualita a mi suegra! Lo bueno es que la eduqué bien”.
—Júm…—Herneval reconoció que una idea interesante había aparecido en la mente de la autora. —Me gustaría… Creo que ella tendrá el cabello lacio de mi madre—. Declaró con cierrta malicia (como si el apreciar los rasgos que menos le gustaban a la anciana fueran a tener algún impacto en ella ahora). Y, así, la segunda obtuvo una larga cabellera lacia y oscura al igual que sus plumas (aunque, las plumas de sus alas, parecían tener un pequeño gradiente que terminaba en plumas blancas).
—Ahora, esta tendrá…—, Continuó con la siguiente, eligiendo cuidadosamente el color, decidiendo usar un tono ligeramente más claro que el de la primera, aunque, al plasmarlo en el papel, resultó ser más claro amarillento de lo previsto. —Me gusta cómo se ve así…, supongo que ella tiene una mezcla del plumaje de tu madre y tus plumas doradas.
—También sería buena idea que una tuviera su plumaje blanco—, Frankelda no dudó, la autora usó el mismo tono de gris azulado del inicio para añadir sombras a otra niña para dar la ilusión de un plumaje completamente blanco y, por conveniencia artística (y algo de malicia subconsciente por el imaginario berrinche que haría su abuela), la fantasma también la dotó con una cabellera lacia. Y, solo para añadir un toque de color, cúmulos de hermosas pecas.
Quizá porque ya estaba en ello, decidió darle pecas a la siguiente. Nuevamente, decidió usar los colores de Herneval, pero el príncipe notó que el plumaje de esta niña alternaba plumas marrón oscuras con cúmulos de plumas claras y rojizas, pero su cabello se mantuvo en un tono ocre uniforme. La autora no pudo evitar pensar en lo divertido que se veía y decidió darle una melena más rizada.
Ahora solo quedaba una figura que no tenía detalles, solo lo que parecería un vestido o un camisón para una figura más pequeña que las otras en la parte baja de la hoja. La escritora limpió el pincel lentamente con un paño y preguntó a Herneval.
—Oye, si tuviéramos un niño y fuera idéntico a ti ¿Sería tan malo?— Preguntó seriamente.
—No, claro que no— Le aseguró el príncipe, con sorpresa. —Es solo que…, bueno…, con algo de suerte, el pobre no tendrá mis defectos para hacerlo sufrir.
—Pues, yo no creo que tus “defectos” tengan nada de malo—. Replicó la escritora con una ceja levantada y tomó el tono rojizo que más se asemejaba al plumaje ed Herneval.
—Mi amor, la verdad es que soy un idiota, fui muy confiado, no supe ser claro sobre mis intenciones contigo hace 150 años e incluso… subestimé a Procustes en un tema tan delicado como la estabilidad del plano y le hice caso cuando sugirió que…
—Eso se arregla con experiencia—. Lo calmó la fantasma. — Solo debemos estar ahí para él. La verdad, a mi me encantaría que tuviéramos un niño igual a ti, para que veas todas las virtudes que tanto trabajo te cuesta reconocer en ti mismo—, en ese momento, bajó el pincel y y colocó su mano libre sobre la portada del libro, quien la miró a los ojos y encontró cariño y determinación. —Y, cada vez que lo hagas, cada vez que digas que es listo, es sincero o que es valiente, te recordaré que las heredó de ti.
—Está bien, querida—, se rindió ante la fantasma. Aunque, en realidad, estaba enternecido, conmovido, embriagado con la idea de que Frankelda quisiera tener un hijo igual a él. Guau. (Malditas mariposas, ¿sería que, realmente, había una entre sus páginas o algo? ¿Cómo era posible? ¡¿Cómo?!).
—Listo, un pequeño más… ¡y es igual a tí!— Declaró la fantasma.
—Pobrecito…—, comentó el príncipe de los sustos, notando que el más pequeño tenía un sospechoso parecido a su retrato de infante.
—¡No digas eso del bebé!—. Lo regañó la escritora, sin parar de sonreír. —¿Qué tal? Cinco niñas y un niño.
—Supongo que él será el menor—. Herneval especuló mientras contemplaba la acuarela donde las cinco niñas parecían estar jugando: las dos primeras en la parte superior con poses similares como un espejo, las otras tres sosteniendo lo que parecían ser flores en sus manos y, finalmente, el niño que parecía gatear en el espacio que luego fue coloreado con pasto.
—Sí, estos son nuestros niños—. La autora decretó con satisfacción.
—Todos armados con plumas y libros en blanco para explorar el plano y volvernos locos—. El libro dijo con solemnidad.
—A todos sin excepción—. Secundó la autora— Incluído a su tío Mitelitas ¡Ah! Y a Galeytuno…
—Y mis papás estarán muy contentos de que sepa lo que ellos sufrieron.
—En el pueblo, el padre Cosme solía decir que: “los padres están para criar y los abuelos para malcriar”— La fantasma ahogó un gritito. —¡Santo cielo! ¡Será su venganza!
—¡¿Pero qué hemos hecho?!
Los dos se rieron con la idea; aunque solo fuera posible en su imaginación. El libro suspiró, perdiendo la sonrisa rápidamente, sus cejas cayeron a los lados de su rostro.
—¿Herneval? ¿Qué tienes? Te pusiste triste de repente
—Nada. Nada, es solo que…
—Ya te dije que el que “nada”, se ahoga.
—En serio, no me estoy hundiendo en el “mar de la inseguridad” otra vez, lo juro. Es solo que… me sigue molestando lo que dijo Procustes—. El libro flotó un poco y y miró la acuarela con algo de decepción, aunque no por el hecho de que esa imagen solo pudiera existir en su imaginación. —Mi linaje termina conmigo…, y solo la familia real puede enviar las pesadillas a los humanos por la Arparaña. Aún cuando tengamos tus maravillosas historias, el futuro del Topus Terrentus sigue siendo incierto…
—Ya pensaremos en algo—, lo consoló la escritora. —Mientras tanto, aún tenemos un reino que cuidar.Y el futuro no está escrito aún. Tenemos suficiente tiempo para arreglarlo—. La autora lo tomó en sus brazos y lo abrazó contra su pecho. Herneval se sintió un poco mejor, claro, la preocupación no se iría del todo, pero se convenció de que ella tenía razón, después de todo el plano era muy vasto, las leyendas incontables y él, mejor que nadie, debería saber que había formas de hacer lo imposible.
—Por ahora, somnarumty…
—Somnarumty…
.
.
.
.
.
En otro plano, en otro mundo… y en otro tiempo…
Alguien tuvo un sueño muy interesante, tanto que tuvo que ir a contárselo a su hermano mayor (el más dispuesto a oír con paciencia sin sacarlo a patadas de su habitación, y el más fácil de despertar); a quien despertó luego de un día de remodelación y limpieza (y, al igual que los demás, estaba molido).
—¿Qué…? A ver si entendí…—, le dijo con los ojos más cerrados que abiertos, —soñaste que estábamos peleando contra Destructor… ¿en México? ¿Hace cien años…?— Un bostezo lo interrumpió, momento que aprovechó el menor para aclararle:
—No, ¡hace casi 150 años, Leo! ¡Ciento cincuenta! ¿No me estás poniendo atención? También estaban ahí Mona Lisa y el comandante Sal, ¡y Abril! Aunque, por alguna razón, se llamaba Mayo… ¡Hermano, te digo que es lo más loco que he soñado en un buen tiempo!
—Sí… Eso…, definitivamente suena como un sueño muy raro, Mikey—. Asintió entre bostezos, sintiendo en tiempo real el peso de las ojeras que se estaban formando.
—¡Leo, no lo viste! ¡Era tan real!
—Sí, te creo…— otro bostezo se hizo presente. —Pero esto deberíamos hablarlo, ah…, todos, en la mañana, ¿por qué no vuelves a dormir?— Sugirió, esperando que el menor se olvidara del sueño raro para la hora de despertar.
—¡Tienes razón! Volveré a la cama. Tal vez vuelva a ese mismo sueño y vea a toda la familia…— El menor se fue de la habitación murmurando especulaciones: ¿Quizá vería a sus otros hermanos? ¿Vería a los otros chicos de la tropa? ¿A la gente del pueblo? ¿Al joven Damastes? ¿A la linda Sor Dalila Renata? ¿Al viejo padre Cosme o a su sobrino nieto Casimiro…?
—Sí… claro…— El mayor bostezó, se acomodó y cerró los ojos mientras el otro cruzaba la puerta. —Dile a Francisca que no descuide sus modales…
Un momento.
¿Por qué había dicho eso?
.
.
.
