Chapter Text
Esta historia comienza en la víspera de Noche Buena, en la casa de Francisca Imelda.
La casona estaba muy silenciosa, incluso se sentía vacía. La abuela se había ido a la posada en la casa de la familia Villalobos; y Francisca no podía ir porque estaba castigada (no era su culpa que el hijo de esa familia fuera un malnacido esconde-libros y se mereciera un golpe en la panza y una patada en la espinilla, y su primo Gonzalo, un jalón de greñas). La otra parte de su castigo, era quedarse sin tinta: Francisca no tenía permiso de comprar ni una sola gota de tinta hasta el año nuevo (y debía pedirle perdón a Santiago y a su primo, pero eso a lo había arreglado: pidió perdón a la señora madre de Santiago, y esta hizo que él tuviera que disculparse también por ser descortés).
¡Ese era el castigo más injusto de la entintada vida! Ese niño podía robarle sus cuentos, esconderlos y hacerla sufrir, y, ahora, ¿era ella la que debía sufrir más, sin poder escribir? ¡Pues no! No les daría ese gusto ¿Y cómo? Simple: solo debía usar su tinta con cuidado; escribiría poco a poquito, con letras chiquitas y pensando muy bien antes de escribir para no tachar nada. Seguro que podría hacer rendir lo que le quedaba en el tintero hasta año nuevo ¿Y si no era posible? ¿Y si se quedaba sin tinta antes de tiempo y no podía soportarlo? Ah, pues, si fuera necesario…, le robaría un lápiz al carpintero cuando fueran al mercado (pero solo si fuera necesario ¿eh?)
Después del atardecer, luego de que sus hermanos y su padre regresaran de la mina, y pasada la hora de la cena, Francisca aprovechó el tiempo para continuar con una de sus historias, una que se sentía como una perfecta venganza contra el sinvergüenza de Santiago Villlalobos y Reyes (a quien, no era que le deseara el mal, pero…, le encantaría que se cayera sobre la popó de los caballos cuando fuera al teatro… y que hubiera casa llena). En su historia, había una criatura que juzgaba a los niños antes de Navidad: tomaba las acciones pasadas de su pecho, como pedazos de leña o carbón, y las ponía en una hoguera, si no lograban encender un buen fuego, era porque sus acciones habían sido reprobables y dejaban los combustibles mojados con las lágrimas de aquellos a los que hicieron sufrir; quienes no pasaban la prueba y no aprendían su lección, eran convertidos en árboles que, quizá, algún día podrían compensar sus malas acciones siendo la leña de una cálida fogata.
Y aquella historia aún no estaba terminada, así que…
Escribió en el suelo, a la luz de una vela que, constantemente, parecía estar a punto de apagarse (los trazos de las letras se mantenían firmes y decididos a pesar de lo incómodo que era sostener la pluma con las manos frías y tiritando) hasta quedarse dormida con la pluma en la mano y el tintero ligeramente inclinado.
En el momento en el que la vela, finalmente, se apagó, un visitante furtivo aprovechó para tomar de sus manos la libreta en la que estaba plasmada la historia…
Hernevalito llevaba varios días sin visitar, él mismo había estado castigado luego de que su madre lo encontrara trepando por la arparaña. Habían sido dos semanas de estar encerrado en su cuarto, solo pudiendo soportar la terrible necesidad de leer las historias de Francisca distrayéndose con la historia del plano (y alguno que otro libro sobre temas peligrosos, buscando métodos para cruzar desde el plano de la existencia). El pequeño príncipe se había alegrado mucho de encontrar una casa silenciosa y a Francisca escribiendo, tanto que (luego de que esta se quedara dormida) se permitió sentarse al lado de la durmiente Francisca, incluso a hacer comentarios (que ella nunca escucharía) mientras leía:
—“...el susto llevaba una lámpara que pendía de su báculo retorcido…” ¡Guau! Seguro que a Ceimut le encantaría oír esta historia…
La vela se terminó, pero el príncipe siguió leyendo con la luz de la luna que se filtraba por la ventana.
—“...entonces le llegó el turno a él; y salieron trozos de leña enormes…”, esto no acabará bien para él…
Pasaron varios minutos así, y el pequeño alcanzó la última parte escrita:
—“...él es un ladrón, porque su intención es ayudar a su familia, no provocar el mal por su propio entretenimiento…”, interesante.
Llegó, entonces, a la página en la que la niña se había quedado dormida: llas oraciones se volvían curvas, puntos, cuñas y líneas ilegibles entre letras mal hechas, y las últimas que eran entendibles estaban llenas de manchas de tinta; la más grande de ellas, estaba justo al final de una línea erráticamente trazada. Probablemente, por un movimiento inconsciente antes de perder la pelea con el sueño.
Y hablando de eso… Francisca se revolvió un poco, con el frío haciéndola moverse incómoda. El pequeño príncipe sintió compasión e intentó cargarla a la cama sin despertarla, aunque sin mucho éxito (ella pesaba mucho para él). Arriesgándose a que alguien lo escuchara, decidió usar sus alas para darse impulso y jalar a Francisca de los brazos para subirla a la cama.
Luego de aletear con mucho esfuerzo, lo logró, (aunque no muy bien, la niña quedó muy en la orilla), la cubrió con las colchas de la cama, y quedó muy satisfecho con su labor.
—Gracias por la nueva historia, Francisca—. Susurró antes de cerrar la libreta y ponerla bajo la almohada de su dueña. Se preguntó si era posible llevarse consigo esa libreta en cuanto se terminara; lo cual no tardaría mucho (después de todo, era pequeña). Aunque, ¿Qué tal si se terminaba antes de que acabara de terminar la historia?
—¿Francisca? Más te vale no seguir despierta a estas horas, si me entero que estás escribiendo…—. Se oyó que venía la voz de la abuela detrás de la puerta. Hernevalito se apresuró a esconderse debajo de la cama. —Te dije que te fueras a dormir temprano, no quiero que estés cabeceando mañana en la misa. Le puedo añadir otro mes a tu castigo si…
La puerta se abrió y la luz de una vela en un pequeño candelero en las manos de doña María Imelda inundó la habitación, al menos lo suficiente para que la señora viera a la niña en la cama La mujer arqueó una ceja. Júm. Sospechoso.
—Parece que dejarla sin tinta es un buen incentivo—. La mujer dijo para sí antes de cruzar a la habitación y acomodar a su nieta en la cama, el pequeño intruso escondido se cubrió la boca con ambas manos ¿Había oído bien? ¿Francisca estaba castigada? ¿Castigada sin tinta? ¿Por cuánto tiempo? —¡Ay! Esta escuincla— Doña María Imelda siguió con su diatriba. —Mira nada más, casi te caes de la cama. Si no vengo a verte, te caes y te rompes la cabeza. ¿Cómo es que son tan locos para dormir?— La anciana se quejó mientras empujaba a su nieta más al centro del lecho y la cubría.
Herneval aprovechó ese momento para mirar al espacio en el que seguían el tintero y la pluma, y los tomó consigo debajo de la cama. Si la abuela no veía rastros, no sabría que Francisca había estado escribiendo y no la dejaría sin tinta con qué escribir.
Un momento. Quizás…
¡Quizás él podía conseguirle más tinta!
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Hernevalito estaba en una cruzada: debía conseguir tinta para Francisca, suficiente para que durara un mes (tal vez dos, si hacía enojar a su abuela); y solo había un lugar en el palacio donde podría conseguirla (sin necesidad de hacer algo que pudiera hacerlo confesar sus visitas al plano de la existencia): el archivo real. En ese lugar que parecía existir a la par de la biblioteca, el archivista real y sus colegas (que, eran aprendices propios, o del equipo del bibliotecario real) se encargaban de preservar los textos antiguos de diferentes eras del reino, preservando así la historia del Topus Terrentus para las generaciones venideras (típicamente, había más de un archivista real, pero cada vez había menos gente interesada en asumir ese cargo). Los bibliotecarios se encargaban de restaurar los libros de la biblioteca real, mientras los archivistas transcribían textos y creaban copias fieles de diferentes escritos (en especial los frágiles). Ellos siempre tenían tinta a la mano para copiar escritos (y para los ejercicios de los aprendices), seguramente podría conseguirla ahí.
No notarían la ausencia de un frasco o dos ¿verdad?
—¿Alteza?, ¿qué hace aquí?— La voz grave del recién designado archivista real lo trajo de regreso a la realidad. El susto era un susto halcón de baja estatura, comparado con los reyes (Aún así, seguía siento más alto que Hernevalito), de plumaje gris azulado y rostro de lechuza.
—Buenos días, archivista Rosaldivo—, saludó el príncipe, recordando que debía ser educado (y que siempre le ayudaba a salirse con la suya).
—Buenos días, joven príncipe. Dígame, ¿qué lo trae al archivo? Si está buscando algún otro libro sobre Enkara, acabamos de terminar una copia del códice Ceimulián ¿o busca algo más antiguo?— El archivista lo miró con sospecha (quizá por la desaparición de aquél cofre lleno de manuscritos, pero nadie vió nada).
—¡Uy, ese no lo he leído…! Ah, digo… no, lo veré después. La…, la verdad yo… Ah, yo derramé mi tintero y ya no tengo tinta. Me preguntaba si podía tomar uno de sus frascos—. El susto entrecerró un poco los ojos, pero pareció satisfecho con las razones del pequeño.
—Claro, alteza. Por favor, sígame, si fuera tan amable…— El archivista dió media vuelta y Hernevalito lo siguió, cruzaron el scriptorium, el anexo de la biblioteca donde fungían sus funciones más arduas los archivistas y bibliotecarios. Estaba lleno de varias hileras de escritorios con superficies ajustables, inclinados de acuerdo a las necesidades de cada uno de los sustos aprendices (algunos usaban las capuchas anaranjadas de los bibliotecarios y otros las amarillas de los archivistas, todos haciendo ejercicios de copistas y encuadernación).
Del otro lado, pasaron por una puerta que llevó a la bodega de los archivistas, ahí había varios estantes y alacenas cubriendo las paredes (presumiblemente, llenos de materiales y herramientas de escritura). En el centro, había una sola mesa con objetos que, probablemente, estaban esperando por un lugar designado: buriles, punzones, cálamos, estilos y plumas de diferentes tipos; frascos grandes con delicadas láminas doradas y plateadas, algunos llenos con polvos de colores y otros con líquidos (cada uno con su respectiva etiqueta atada a la tapa), carretes de hilo, y también… libros, tomos sin título en su lomo cuyo canto era tan blanco y liso como un bloque de marfíl.
—¿Estos libros son para restaurar?— Preguntó el príncipe, extrañado con la apariencia tan… nueva.
—Oh, no. Son libros en blanco—. El archivista aclaró y le dió unas palmadas a una pequeña pila de estos. —Estos encuadernados están recién terminados, listos para transcribir en ellos. Por el momento todas sus páginas están vacías, pero pronto albergarán alguna antología o serán la residencia de alguna copia. Quizá alguno se vuelva una enciclopedia.
—Guau…— El príncipe suspiró y sintió su corazón acelerarse ¡Seguro que a Francisca le serviría uno de esos!
—Bien, ¿la tinta negra usual le parece bien?— El archivista preguntó, abriendo un compartimento de su escritorio privado (frente a la ventana) donde se oyó el titilar de varios contenedores de vidrio.
—Aaah, la verdad, yooo… quisiera algo de tinta azul—. Admitió el pequeño tecotias y el archivista suspiró. El susto se acercó a un estante de madera donde había tintas de muchos colores alineadas pero, visiblemente, desorganizadas.
—¿Algún tono en específico?— Preguntó el archivista.
—Ah, ¿uno que no sea muy oscuro…?
—A ver…, bermellón…, marrón…, ocre… sepia, carmín… verdeceledón…— murmuró el archivista mientras revisaba los frascos.
Mientras el archivista buscaba, Hernevalito se perdió unos segundo en la belleza de aquellos libros en blanco. Eran enormes, comparados con las libretas de Francisca, y estaban elegantemente cubiertos en cuero y adornos metálicos. Mientras el otro susto no veía, se acercó al más grande de los ahí alineados, dispuesto a tomarlo.
—Esmeralda…, jade…, ámbar, terracota…, morado… púrpura…, violeta…, plata…—, continuó su búsqueda el archivista. Hernevalito sabía que necesitaba tiempo para ponerlo cerca de la puerta para que no se diera cuenta de su ausencia. —¡Ajá! Índigo… Ay, está vacía. Déme un segundo.
El archivista tomó una silla para alcanzar mejor los niveles superiores del mueble. Hernevalito dió un paso hacia atrás a tiempo, para no ser descubierto. Tenía que distraer al archivista un poco, ¿pero con qué…? ¡Uy, una vitrina! ¿Qué había ahí?
El mueble junto a la puerta tenía puertas de vidrio y, tras estas, había varios tinteros muy bonitos de cristal cortado, la mayoría estaban vacíos y aún con marcas de tinta seca en el fondo. Pero unos cuantos parecían estar llenos con tintas de colores.
—¿Y si tomo uno de los tinteros de aquí?— Se le salió al príncipe, pero el archivista no apartó la vista del estante en el que buscaba.
—No, joven príncipe. Aunque, admito que son muy bellos, esos tinteros son demasiado especiales
¿Especiales?
—¿Por qué esos tinteros son especiales? ¿Es porque son bonitos?
—Son un recuerdo de otra época. En tiempo de sus abuelos, todavía, solía haber cronistas que se encargaban de registrar todos los eventos que ocurrían durante expediciones. Estos tinteros tienen una particularidad, y es que ayudan a que la tinta se mantenga por largos periodos de tiempo, eran usados cuando no se podía tener acceso regular a tinta o no se disponía de los materiales para hacer la propia. Mientras quede, al menos, una gota de tinta en su interior, esta se restaura al día siguiente.
¡¿Un tintero que hacía durar más la tinta?! ¡Eso era perfecto!
—Almeja…., perla…, plomo…, arena…, rosáceo… carey…— Seguía murmurando por lo bajo el archivista—. Violáceo, lavanda, lila…
—Ah, ya veo. Entonces son muy valiosos—. Comentó tomando cuidadosamente uno de esos elegantes tinteros vacíos más a su alcance y colocándolo aún más cuidadosamente en el suelo, sin hacer ruido, mientras que el archivista contestaba:
—Así es—, aseguró sin girarse a ver lo que el travieso príncipe estaba haciendo bajo sus narices. —No creo que haya una escasez de tinta pronto, pero el proceso para crear un tintero de esa clase es largo y tedioso—. Explicó el archivista, mientras que el pequeño tecotias terminaba su labor de tomar el libro vacante más grande. —Además, requeriríamos la ayuda de alguien del clan de la magia versado en las ciencias detrás de la fabricación de tinta y eso es muy complicado de hallar…—. Hizo una pausa para revisar otros frascos del fondo. —Menta…, jade…, neón… ¡Ajá!— El susto exclamó de alegría al notar un patrón de color más consistente con lo que buscaba.
—Ya casi… Verdiazul…, turquesa…, celeste… ¡Aquí está! Ultramar— Expresó triunfante el archivista. —Disculpe que el frasco esté a la mitad, es el único frasco de tinta azul que queda—. Hernevalito se acercó al susto para recibir la tinta antes de que este bajara de la silla. —Usualmente usamos las tintas multicolor para ilustraciones. La semana pasada terminamos copias de unas cartas de navegación y no hemos repuesto la tinta. Espero que sea suficiente, por ahora.
—Sí, es suficiente. Muchas gracias, archivista Rosaldivo.
—Ahora, príncipe Herneval, si no tiene otra cosa que hacer… apreciaría que dejara el archivo… y no toque nada antes de salir—. El archivista pidió y regresó su atención a las desordenadas tintas. —Hablando de reponer la tinta. Sería bueno ordenar esto, haría más fácil el inventariado.
—Ah, sí. Claro. Yo…, me iré sin causar más problemas…— Aseguró el pequeño príncipe, aprovechando la distracción del archivista para apresurarse a salir de la habitación (procurando no hacer ruido ni con el tintero ni con el frasco en sus manos, ni cuando tomó el enorme libro en blanco bajo su brazo al salir)
