Actions

Work Header

La vida es sueño

Summary:

Herneval y Frankelda llevan casi 150 años juntos; ahora que son libres, deben lidiar con situaciones que uno creería más probable de una parejita de unos meses de relación y no un viejo matrimonio; todo mientras se reintegran a la vida cotidiana del Topus Terrentus.

O…

Cinco veces en las que Herneval odió ser un libro, pero Frankelda lo animó; y una ocasión en la que Herneval le vió lo bueno a ser un libro (y muchas otras cosas enredadas en medio)

Notes:

¡Saluditos gente distinguida! Espero que les guste este fic. Los demás capítulos espero postearlos antes de que la película llegue al streaming (pero, ya saben, el trabajo). Sin más preámbulo, pasemos a la historia

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Secando lágrimas (La primera ocasión)

Summary:

Alguien tiene una pesadilla y alguien ofrece consuelo.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Al principio, era extraño. 

 

Francisca Imelda seguía despertando temprano para atender a sus  hermanos y ayudar a sus cuñadas; yendo al mercado, a la plaza, a la iglesia; consiguió trabajo como maestra para una familia rica, se encargaba de enseñar a sus sobrinos a leer y escribir, hacía sus quehaceres y se encerraba a escribir. Todo eso, Frankelda lo veía  ocurrir en tiempo real  y se lo contaba a Herneval al mismo tiempo que ocurría. A veces, cuando Frankelda estaba en el tintero, Francisca Imelda ocupaba el momento de concentración absoluta para pensar en una forma de escapar del sueño; a veces, cuando Francisca Imelda dormía, Frankelda intentaba probar las hipótesis que había tenido durante el día.

 

Pero no eran dos, sino una sola. Una sola persona con dos identidades en dos planos.  Por mucho tiempo, Frankelda se preguntó cómo era posible el mantener su consciencia dentro del Topus Terrentus sin la ayuda que le dio Herneval el día que llegó; pero sin despertar nunca en el palacio. Todo esto la hacía pensar en una mina: la salida era el mundo humano; el interior, el Topus Terrentus; y el corazón donde se encontraba la plata había sido bloqueado (aunque, en el caso particular de ella y Herneval, habían quedado atrapados en un túnel, y solo ella podía entrar y salir, pero nunca volver al corazón de la mina..

 

Luego (cuando apenas una década había pasado) llegó el fatídico día en que Francisca Imelda se desmayó una tarde. 

 

Fue repentino. Ella no estaba enferma, no estaba herida ni presentaba señales de sentirse mal ni sentía dolor. Su cuerpo pareció perder la capacidad de estar de pie súbitamente y cayó al suelo. Sus cuñadas, sobrinos y hermanos que estaban en la casa en ese momento corrieron a su lado. Lo último que supo, fue que intentaron preguntarle qué sucedía, pero su visión le falló y los sonidos enmudecieron. Ella solo pudo murmurar un débil: “Estoy bien”. Antes de cerrar los ojos en el mundo humano y ser empujada al interior del sueño, cerrando así la única salida de la metafórica mina.

 

Pero… Ahora, eran libres.

 

Y esa, sería la primera noche que pasarían en el palacio luego de escapar de la consciencia de Procustes.

 

—¡Ah!— No pudo evitar dar un pequeño grito de emoción luego de cambiarse a su camisón de dormir. Durante el tiempo que estuvieron atrapados en aquél sueño, sin una forma concreta de medir el paso de las horas (salvo por ese reloj de péndulo que, al igual que las historias de su dueño, solo daba la hora correcta dos veces al día), dormir era una actividad reservada sólo para recuperar fuerzas (especialmente luego de que murió en el mundo humano).  —¿No es maravilloso, Herneval?

 

—Ehm… No sé cómo dormiremos esta noche—, comentó Herneval con sus cejas cayendo a los lados de su rostro. 

 

—¿Qué dices?— Cuestionó incrédula la escritora fantasma—. He dormido en un tintero, y tú sobre un escritorio, los últimos 150 años ¿No extrañas dormir en una cama?

 

—No mucho—. El libro contestó, restándole importancia. La fantasma lo miró con una ceja levantada.

 

—¿Qué pasa?

 

—Nada, nada. Aunque, no sé si…—, el libro titubeó. —Quizás deberíamos dormir en habitaciones separadas o algo…

 

—¿Qué…? ¿Por qué?

 

— Yo… Es que… ¿Qué van a decir mis padres?— Se justificó (o, más bien, eso intentó). 

 

—No seas tonto, Herneval—. Lo regañó su amada fantasma. —Hemos estado juntos por siglo y medio y, técnicamente, hemos dormido juntos en la misma habitación todo ese tiempo—. El aludido se quedó paralizado por un segundo y sus ojos parecieron abrirse al máximo 

 

—Bueno, cuando lo pones así…— La fantasma sonrió satisfecha: obviamente ella tenía la razón y él lo sabía. —Ah… Seguro querrás disfrutar del espacio. Tú, duerme en la cama, yooo…—, el príncipe de los sustos miró alrededor de la habitación y finalmente dijo: — Yo me quedaré en ese librero de allá…

 

La escritora suspiró, exasperada; al parecer, se había enamorado de un tonto (ciento cincuenta años y apenas se estaba dando cuenta).

 

—Herneval—, la escritora llamó su nombre mientras lo tomaba en sus manos para mirarlo directo a los ojos, —no más “peros”, vendrás a la cama conmigo y punto. 

 

—Sí, señora—. Contestó el príncipe al ver la cara de su amada; tan llena de todas aquellas emociones que siempre le habían divertido y atraído de ella.

 

Quizá su primera noche fuera de la conciencia de Procustes debía sentirse como un premio, (aunque él sintiera que no lo merecía); así que aceptaría la obstinada orden de Frankelda (aunque él aún sintiera mucha culpa por su largo encierro). 

 

Su amada lo colocó sobre la almohada junto a la suya y ella le dedicó una sonrisa serena y amorosa antes de posar su mano sobre la tapa del libro y acariciarlo suavemente hasta que el sueño la hizo detenerse... Herneval disfrutó del contacto y, por un instante, se aventuró a fingir que aún era el mismo ser de antes, durmiendo al lado de su amada.

 

 

Frankelda abrió los ojos. Una intensa luz penetraba inclemente por el rosetón de telearaña. Esa era una de las cosas que odiaba de esa casa: desde la única fuente de luz de su prisión, esa figura de telaraña terminaba proyectándose en todos lados, y la hacía sentir completamente atrapada en las redes de Procustes a cada aliento que daba ¡Cómo detestaba eso! Bueno, odiaba  estar ahí, pero su único consuelo era…

 

Miró al escritorio y se encontró con una superficie lisa y vacía. No estaban el tintero ni la pluma, ni mucho menos…

 

—¿Herneval?— Llamó la escritora y miró a su alrededor, la luz que entraba por la ventana ya no asemejaba el fuerte sol del mediodía, era ahora una luz similar a la de la luna llena, iluminando solo un espacio circular en el suelo, el resto de la habitación estaba sumido en la más densa de las oscuridades. —Herneval…

.

Herneval se despertó con un sobresalto ¿Había oído su nombre? El libro bostezó y flotó un poco sobre la almohada, miró hacia la ventana y encontró un cielo aún oscuro.

¿Por qué se había despertado a esas horas?

 

—…neval…— Oyó la voz de la escritora y regresó su atención hacia la que yacía en el otro lado de la cama.

.

—¡Herneval! Herneval, ¿dónde estás?— Llamaba la escritora en medio de la oscuridad. ¡Herneval!

 

—Perdón, Frankelda, volví a fallarte…—, oyó la voz de su amado a sus espaldas, se giró y vió horrorizada cómo el libro caía al suelo con un sonido sordo, justo en medio de la sombra del rosetón. El eco fue como el de las rocas cuando los mineros las partían en dos, y sintió como si algo le hubiera sido arrancado del pecho.

 

—¡Herneval!— Le llamó con desesperación y se lanzó hacia él como la bala de un cañón. En un momento, estaba del otro lado de la habitación, en el otro estaba arrodillada frente al libro inmóvil. —Herneval, no… No, Herneval, despierta, tienes que… ¡Nuestros visitantes volverán pronto, tienes que regañarme cuando lleguen!— Silencio. Frankelda sintió como si el silencio la ahogara; la idea de perder a Herneval para siempre la tenía del cuello; y hablar le dolía.

 

Esto no podía ser verdad, seguro se le había ocurrido hacerle una broma de muy mal gusto, ¿cierto?

 

—¡Deja de jugar o...! ¡Les contaré la historia completa! ¡Les diré todo! ¡Cada uno de los detalles que omití la última vez! ¡No me voy a contener si no me dices algo! ¡Herneval!— La fantasma amenazó desesperada, solo se detuvo cuando la voz le falló. Nunca se dió cuenta de en qué momento las lágrimas comenzaron a brotar, pero ya fluían sin control por sus mejillas cuando volvió a hablar. —Por favor…. No quieres que se lleven una mala impresión de ti, ¿verdad? ¿Herneval…?— La fantasma siguió llamando, ahora con su voz vuelta un hilo frágil y doloroso.

 

Pero el libro no se movía. 

 

Lo tomó en sus manos y trató de ver su cara, pero las viejas plumas que eran sus cejas cayeron y sus ojos habían desaparecido. 

 

Herneval ya no estaba ahí. Aquel era, nuevamente, un libro común. 

 

Entonces, la escritora notó una humedad en sus manos, se extrañó por un momento y se aventuró a mirar lo que era: sangre. Abrió el libro y encontró que todos sus escritos, antes plasmados con esa hermosa y espectral tinta azul, estaban siendo diluidos entre manchas de sangre fresca.

 

Sollozando, abrió las páginas, buscando desesperadamente la historia más preciada entre ellas, deteniéndose sólo cuando encontró el título: Tinta invisible. 

 

—Por favor…— Suplicó entre lágrimas. —Por favor… Nuestra historia no puede acabar así…

.

—... No me dejes…— La fantasma dijo entre  lágrimas, sufriendo los estragos de una pesadilla particularmente horrible.

 

Herneval sintió algo dentro de sí retorcerse de dolor al verla sufrir (y era peor que ser atravesado por una espada). Por segunda vez en la noche, se alegró de no haberse quedado en el librero (Frankelda, como siempre, tenía razón). Esto era lo que no había podido ver durante todo el tiempo que Frankelda durmió dentro de aquél tintero, (claro, estaban atrapados dentro de un sueño; y, cuando ella dormía ahí dentro, era más para descansar que para soñar). Su primer instinto fue intentar consolarla, pero luego recordó que hacía siglo y medio que no tenía brazos.

 

¡Cómo desearía aún tener su cuerpo anterior en ese momento! Al menos podría tomar su mano, besar su frente, tomarla en sus brazos y reconfortarla; hacerle sentir segura hasta que la pesadilla terminara o, cuando menos, tomar su lira y cantarle algo para calmarla…

 

No podía hacer nada.

 

—¡No, no, no, no, no, Herneval! ¡Nada de eso! ¡Ni se te ocurra pensar así!— Se regañó mentalmente. No podía hacer lo que él creía que debía, pero debía hacer lo que podía; y, en ese momento, aparte de “nada”, podía intentar despertarla; y, aunque no había hecho en 150 años, se aventuró a intentar usar su voz:

 

Crees…—, el susto intentó aclararse la garganta instintivamente (no muy seguro si aquello serviría de algo siendo él un libro, pero, aún así, lo volvió a intentar:

 

Crees que estás muy sola—, entonó en un volúmen muy bajo, como si susurrar pudiera hacerlo sonar como antes y no con ese sonido rasposo (y, a veces, incontrolable) que ahora tenía su voz, pero aún así continuó: 

.

 

… que mi ser evanesce…— Frankelda oyó esa esa voz y, con suma dificultad (como si una fuerza desconocida la estuviera presionando contra el suelo), se puso de pie, con el libro aún en sus brazos, presionadolo contra su pecho como si su vida dependiera de ello, y trató de encontrar su origen… —...pero en pesadillas…

 

Entonces cientos de luces comenzaron a aparecer, diminutas al principio (apenas perceptibles) luego crecieron hasta romper esa dolorosa oscuridad; como estrellas distantes que luego emitieron rayos de luz como espejos que reflejan el sol, y la oscuridad fue invadida por una claridad  nunca antes vista en aquella prisión.

 

—...no todo se pierde—. La sombra de la telaraña desapareció finalmente, y los hilos de luz tomaron la forma de una mano gentil que la invitaba a seguirle (y su dueño tenía una silueta alada).

Frankelda la tomó…


…y fue como si la luz más pura y bella de la existencia la guiara de vuelta a donde pertenecía.

 

Mi tinta nos mira…

.

 

Frankelda le respondió (no muy afinada al haber despertado apenas) a media voz, en un tono bajo y con la voz rasposa por haber llorado entre sueños. 

 

 —... mis ojos te escriben…—, continuó con el siguiente verso mientras sus brazos buscaban instintivamente a Herneval. El libro, aún flotando frente a su rostro, se dejó tomar por las manos de su amada quien, con los ojos aún cerrados, acercó su frente al canto del libro. —...las sombras te habitan…,  en tus hojas se esconden…—,la fantasma continuó, entreabriendo un poco los ojos, quedando olvidada la pesadez del sueño;  aunque, volvió a cerrarlos, ahora llorando aliviada, porque Herneval seguía ahí.

 

Y no es tan  horrible, al leer se habita lo oculto—. Continuaron juntos con la siguiente estrofa, ambos con poca afinación y a media voz, pero con todo el cariño y devoción que tenían por el otro. —Tinta invisible que vive sin vivir. Autor, que es… 

 

—Susto—. Frankelda terminó el último verso, con lágrimas en los ojos y una sonrisa cansada.

 

—¿Estás bien?— Herneval preguntó. La escritora lo soltó un momento solo para poder sentarse en la cama y verlo de frente. —Tenías una pesadilla y, creí que esa era la mejor forma de despertarte. 

 

—Estoy bien—, Frankelda sonrió, aún sin poder controlar sus lágrimas. —De todos modos, hace tiempo que no cantabas para mi.

 

—¿Quieres…? Eh, ¿quieres hablar de eso?—. La chica sollozó. Sí, acababa de despertar de una pesadilla muy dura, aún sentía el dolor en lo profundo de su ser.

 

—No. Solo…, quédate conmigo, ¿sí? 

 

—Perdón, Frankelda—. Herneval se disculpó descendiendo hasta posarse sobre su regazo. —De no haberte fallado… No tendrías que estar sufriendo por mi culpa—. Lamentó el príncipe de los sustos. —De no haber sido tan tonto en ese entonces… De haber hecho algo diferente, al menos podría consolarte cuando tuvieras pesadillas. No puedo protegerte como es debido.

 

—Herneval—. Frankelda lo tomó con ambas manos y lo acercó a su rostro para que él pudiera ver la completa extensión de su expresión: se había molestado con ese comentario. —Deja de decir eso. Eres un libro, y te amo siento un libro. Te amo a ti. 

 

Herneval no dijo más. Era demasiado temprano para estar hablando de lo que no fue y lo que nunca sería (de que… ahora era un viejo libro feo y se sentía inadecuado). Frankelda merecía algo mejor que él, alguien que pudiera estar ahí para ella y no con sus… estúpidas limitaciones. Antes de que sus pensamientos pudieran arrastrarlo aún más al pozo oscuro del pesimismo, Frankelda lo distrajo con un beso en medio de sus ojos. 

 

—¿Ah?

 

—Herneval, siempre me ha gustado dormir con un buen libro junto a mi almohada. Y tú…—, hizo una pausa, —...eres el mejor libro de la vida—. El príncipe estaba muy consciente de que ya no tenía un corazón físico que palpitara dentro de él, pero, aún así, pudo sentir cómo daba un vuelco, como si aún tuviera un pecho (y un torso, en general). Una vocecita en su conciencia comenzó a gritar eufórica

 

—¿Soy “el mejor libro de la vida”?— Cuestionó divertido.

 

—¡Mjúm!—Asintió la escritora. —Eres mi libro favorito—. Herneval se sintió ligero por dentro. Ella siempre había escrito las historias favoritas de Herneval y, ahora (aún después de 150 años) el mismo aburrido príncipe, ¿era su libro favorito? ¡Guau! Este era el honor más grande en todo el Topus Terrentus, no, ¡en toda la existencia! 

 

Una ligera risa se le escapó al susto. 

 

—Oye, se supone que yo soy quien debe consolarte a ti. acabas de tener una pesadilla.

 

—Y eres un experto en hundirte como roca en el mar de la inseguridad—. Señaló la escritora con un deje de burla, como si estuviera repitiendo de memoria algo obvio; luego, cambió su tono a uno de falsa seriedad y añadió: —Alguien tiene que salvarlo de su propia mente, alteza—. Giró un poco a Herneval y lo abrazó con toda la fuerza que pudo.

 

—Mi mente es todo lo que tengo ahora, Frankelda.

 

—Justo a esto me refiero: eres  un peligro para ti mismo—. Contestó la fantasma, con tono juguetón y, aún abrazando a Herneval se giró y se acomodó sobre su costado. —Por favor, nunca olvides que quiero despertar contigo junto a mí cada mañana, hasta que nuestras historias sean rumores en el viento.

 

Herneval sintió como si su corazón estuviera latiendo con más fuerza que nunca (qué curioso). Sus cejas se movieron hacia arriba y comentó, muy alegre:

 

—Eso sería una eternidad.

 

—Entonces, ponte cómodo—. Indicó su amada, con la misma alegria. Ambos cerraron los ojos, disfrutando el cálido contacto del momento.

 

—Lo estoy...

 

Esa noche, Frankelda ya no tuvo más pesadillas; y, entre sueños, Herneval se sintió como era antes, (se sintió completo) y podría jurar que sentía como si sus alas rodearan a Frankelda, listo para protegerla de todo.

.

.

.

Notes:

Edit: Esta canción serà el tema de este capítulo del fic (más específicamente la versión lenta, pero ... Ni modo xD) : https://youtu.be/4G6QDNC4jPs?si=0L0Q1Bskv1h422La