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El Despertar de la Tormenta: El Ascenso del Lobo Eléctrico

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El Renacer de la Muerte Amarilla: La Épica y Absurda Tragedia de Jaune Roma






Prólogo: El Bautismo del Ahogado

El agua no es amable. Nunca lo ha sido. Los poetas pueden escribir sobre la serenidad de los lagos cristalinos y el arrullo de las olas del mar, pero Neptune Vasilias, a sus ocho años, aprendió la verdad más aterradora del mundo: el agua es una bestia hambrienta.

Era un día de verano en Mistral. El sol brillaba con una intensidad implacable, y Pluto, su hermano mayor, lo había convencido de nadar en el lago cercano a la finca Vasilias. Pluto era todo lo que Neptune aspiraba a ser: valiente, fuerte, un cazador en entrenamiento con una sonrisa que rivalizaba con el sol.

—¡Vamos, Nep! —había gritado Pluto, chapoteando a unos diez metros de la orilla—. ¡El agua está perfecta!

Neptune, temblando ligeramente en el muelle, dio un paso adelante. Pero entonces, el lecho del lago cedió bajo él. Una caída brusca. El pánico.

El agua se cerró sobre su cabeza como una bóveda de cristal líquido. El frío le perforó los pulmones. Neptune intentó gritar, pero solo tragó agua turbia. Desesperado, sus instintos de supervivencia se dispararon, pero no de una forma humana. Su Semblanza, latente y dormida en su sangre —quizás heredada de un antiguo linaje divino que los Vasilias habían olvidado—, despertó bajo la presión del terror absoluto.

El agua a su alrededor comenzó a vibrar. Neptune extendió las manos en un intento ciego de agarrar algo, de impulsarse hacia arriba. En lugar de eso, el lago entero pareció responder a su mandato inconsciente. Una corriente masiva, un remolino antinatural, se formó a su alrededor.

Vio a Pluto sumergirse, nadando hacia él con los ojos muy abiertos, desesperado por salvar a su hermanito. Pluto extendió la mano. Neptune extendió la suya.

Pero el poder de Neptune, salvaje y sin control, interpretó a Pluto como una amenaza invasora en su dominio. La corriente agarró a su hermano mayor. Neptune observó, con los pulmones ardiendo y los ojos llorosos, cómo el agua envolvía a Pluto como una serpiente, arrastrándolo hacia la oscuridad abisal.

Neptune salió despedido hacia la superficie por un géiser que él mismo había creado, tosiendo y vomitando agua en la orilla. Se arrastró por el lodo, gritando el nombre de su hermano hasta que su garganta sangró.

Pero Pluto no emergió. El agua se había cobrado su tributo. Y mientras Neptune lloraba, abrazando sus propias rodillas, supo que el alma de su hermano había descendido al oscuro y frío Inframundo, un reino del que ni siquiera los cazadores más fuertes podían regresar. Desde ese día, Neptune Vasilias no volvió a tocar el agua. Le aterraba el océano, sí, pero le aterraba aún más el monstruo que habitaba dentro de él.

Capítulo I: La Loba y el Descendiente

Años después. Hemisferio Occidental. La Casa del Lobo, California.

El frío de las ruinas romanas calaba hasta los huesos. Jaune Arc, o más bien, Jaune Julius Charlemagne Roma, tosió, abriendo lentamente los ojos. Lo último que recordaba era la caída de Beacon, el dolor cegador, la luz dorada y luego... nada.

Ahora estaba tendido sobre piedras antiguas, cubiertas de escarcha y musgo. Su armadura estaba intacta, y Crocea Mors, la antigua espada de su familia, la legendaria "Muerte Amarilla", reposaba a su lado.

Un gruñido bajo, profundo y gutural resonó en las ruinas.

Jaune se incorporó de un salto, desenvainando a Crocea Mors. El escudo se desplegó con un chasquido metálico. Frente a él, emergiendo de las sombras de las columnas rotas, había una loba. Pero no era una loba ordinaria. Era del tamaño de un caballo de batalla, con un pelaje rojo óxido y ojos que brillaban con una inteligencia antigua y cruel.

Era Lupa, la diosa loba, madre de Roma.

La inmensa bestia se acercó, olfateando el aire. Sus fosas nasales se dilataron. De repente, la hostilidad en su postura se desvaneció, reemplazada por una estupefacción absoluta.

«¿Qué demonios...?», resonó la voz de Lupa directamente en la mente de Jaune, un eco telepático que lo hizo retroceder. «Esta sangre... este olor. Es imposible. Hace milenios que no huelo esta esencia con tanta pureza.»

—¿Q-qué eres? —tartamudeó Jaune, la espada temblando en su mano—. ¿Un Grimm gigante? ¡Atrás!

Lupa ignoró la espada. Dio un paso más, cerrando la distancia, y hundió su inmenso hocico en el pecho de Jaune, inhalando profundamente.

«No eres un semidiós cualquiera, cachorro», ronroneó Lupa. Sus ojos brillaron con una posesividad feroz. «Llevas la sangre de mis primeros cachorros. Rómulo y Remo. Y más allá de eso... llevas la marca de la conquista. Del Emperador. Eres un Roma.»

Antes de que Jaune pudiera procesar el hecho de que un perro gigante le estaba hablando telepáticamente sobre sus extraños ancestros de Mistral, Lupa aulló hacia el cielo nocturno. Fue un sonido que heló la sangre de los monstruos en cien millas a la redonda.

«¡Lo reclamo!», bramó Lupa, su voz resonando en los reinos inmortales. «¡Este cachorro es mío, y ningún dios, griego o romano, me lo arrebatará!»

Dos días después, un muy confundido Jason Grace despertó atado y arrastrado por el cuello de su camiseta romana en medio del barro de la Casa del Lobo.

—¡Au! ¡Oye! —se quejó el pretor de la Duodécima Legión, frotándose la cabeza—. Madre Lupa, ¿qué significa esto? ¡Estaba a punto de liderar los juegos de guerra en la Nueva Roma!

Lupa, sentada majestuosamente sobre una roca, hizo un gesto con la cabeza hacia un rincón del patio en ruinas.

«Te he traído a tu nuevo hermano, Jason Grace. Lo entrenarás. Y él te entrenará a ti.»

Jason parpadeó, ajustándose las gafas (que no llevaba puestas, pero la costumbre seguía ahí). Frente a él había un chico alto, rubio, con una armadura que parecía sacada de un museo medieval mezclada con tecnología moderna. El chico levantó una mano torpemente.

—Eh... hola. Soy Jaune. Jaune Julius Charlemagne Roma. ¿Alguien puede decirme dónde está Vale? Porque empiezo a sospechar que el transporte de la Academia me dejó en el continente equivocado.

Jason Grace, el temido hijo de Júpiter, solo pudo emitir un sonido de absoluta confusión.

Capítulo II: La Profecía y la Furia del Sol

Meses después, en el Campamento Mestizo, en la costa este de los Estados Unidos.

El Oráculo de Delfos había hablado. Una nueva profecía se había dictado en el ático de la Casa Grande, una profecía que anunciaba la inminente caída de Artemisa, la diosa de la caza.

Apolo, brillando con una luz casi cegadora por la ansiedad, escuchó la profecía recitada por Quirón. Todo parecía normal, dolorosamente críptico, hasta la tercera línea.

«Con sangre de la luz del día, pero hijo de la luna, se encontrará luchando para evitar una condena segura» —recitó Quirón, frunciendo el ceño—. Esto es inusual. No tenemos a nadie con "sangre de la luz del día" en el campamento.

Apolo se quedó paralizado. Una punzada de dolor atravesó su cráneo. Su forma romana, Febo Apolo, comenzó a agitarse violentamente bajo su piel griega. Imágenes fragmentadas inundaron su mente divina: un joven de cabello dorado, empuñando una espada antigua, con un aura —un alma literal— que brillaba con la intensidad de un sol naciente. Un chico refugiado en la Casa del Lobo, reclamado por la mismísima madre de Roma.

—¡Lo tengo! —exclamó Apolo, sus ojos brillando con fuego dorado—. El chico. El chico de Lupa. Tiene características que imitan las mías, un poder vital deslumbrante. ¡Es él! ¡Él es la clave para salvar a mi hermana!

Sin decir una palabra más, Apolo se disolvió en un rayo de luz solar pura y cruzó el continente en un milisegundo.

Apareció en el centro exacto de la Casa del Lobo, fundiendo la nieve bajo sus pies.

—¡Lupa! —bramó el dios del sol—. ¡Vengo por el chico Roma! ¡El destino lo reclama!

La inmensa loba salió de las sombras, mostrando los colmillos. Jaune, que estaba practicando estocadas con Crocea Mors, se detuvo en seco al ver al hombre de bronceado perfecto y sonrisa deslumbrante aparecer de la nada.

«No te lo llevarás, Febo», gruñó Lupa telepáticamente, su voz vibrando con una hostilidad asesina. «Él es mi sangre. El único hijo de mi linaje directo en siglos. Vale más que el mundo entero. No permitiré que lo envíes a morir en uno de tus estúpidos juegos de destino griego.»

—¡Es mi hermana, Lupa! —gritó Apolo, perdiendo la compostura, su forma parpadeando peligrosamente entre la griega y la romana—. ¡Para ti, un cachorro cualquiera puede ser reemplazable, pero para mí, ella es mi mitad! ¡Necesito al chico!

Lupa se adelantó, su hocico a centímetros del rostro del dios.

«¿Un cachorro cualquiera? Él es la historia misma respirando. Escúchame bien, dios del sol.» Los ojos de Lupa brillaron con una crueldad helada. «Tus hijos o tu hermana. Elige.»

Apolo frunció el ceño. —¿Qué quieres decir?

«Esa es mi condición», sentenció Lupa. «Si te llevas a Jaune, y Jaune muere en esta misión tuya, te juro por el río Estigia que todos tus hijos, tanto en el Campamento Mestizo como en la Nueva Roma, vendrán a mí. Se convertirán en mis lobos. Y créeme, Apolo, incluso ese sacrificio no bastará para aplacar mi ira si él no regresa.»

Un trueno resonó en el cielo sin nubes. El juramento estaba hecho. Apolo tragó saliva, su arrogancia divina fracturada por el inmenso peso de la amenaza.

—Acepto —susurró Apolo. Miró a Jaune—. El destino te llama, joven héroe.

Jaune, que había estado observando la discusión entre un dios y un lobo gigante como si fuera un partido de tenis particularmente estresante, envainó su espada.

—Bien. Uhm. ¿A dónde debo ir exactamente? —preguntó Jaune, rascándose la nuca.

Apolo abrió la boca para recitar la profecía, pero Lupa le lanzó un mordisco al aire que hizo retroceder al dios.

«Silencio», ordenó Lupa. Se giró hacia Jaune. «¿Eres un cazador o un cachorro, Jaune?»

Jaune cerró los ojos. Inspiró profundamente, recordando los extenuantes meses de entrenamiento con Jason y la severidad de la loba. Echó la cabeza hacia atrás y olfateó el aire.

—Al este —declaró Jaune con seguridad inquebrantable.

«Bonum» asintió Lupa, una sonrisa sanguinaria curvando sus fauces. «Un buen cazador siempre confía en su olfato. Trae tus armas. No permitiré que te enfrentes a una misión sin estar preparado. Vete ahora.»

Jaune recogió su equipo, hizo una reverencia romana perfecta (cortesía de Jason) y comenzó su marcha hacia el este.

Capítulo III: El Estandarte y el Emperador

Semanas después. Campamento Júpiter, Nueva Roma.

El caos se había desatado. Jaune había llegado a las puertas del campamento romano. Había cruzado el Pequeño Tíber, y en lugar de que el río enfurecido borrara la "escoria griega" o intentara ahogarlo, las aguas se habían apartado suavemente, casi acariciando sus botas, como si reconocieran a un viejo amigo.

Cuando pasó frente a Terminus, el dios estatua y guardián de las fronteras (que carecía de brazos y tenía un temperamento terrible), el dios no le exigió sus armas. En cambio, Terminus se inclinó hacia adelante en su pedestal, murmurando en latín: «Ave, Imperator.»

Pero la verdadera locura comenzó en la Vía Principalis.

Jaune caminaba flanqueado por legionarios confusos. Se detuvo a admirar el estandarte dorado de la Legio XII Fulminata.

—Vaya, qué águila tan bonita —dijo Jaune distraídamente, y extendió la mano para tocar el asta dorada.

En el instante en que sus dedos rozaron el oro imperial, una onda de choque estalló en la calle. El águila metálica que coronaba el estandarte brilló con una luz cegadora, chilló con una fuerza que rompió los cristales de los edificios cercanos, y, transformándose en una enorme criatura dorada viviente, voló en círculos antes de posarse majestuosamente sobre el hombro derecho de Jaune.

El silencio que siguió fue sepulcral. Literalmente, toda la Nueva Roma, y un par de dioses en el Olimpo que observaban desde sus tronos, pensaron exactamente lo mismo: «¡¿QUÉ COÑO?!»

Un legionario de la Quinta Cohorte, temblando, se dejó caer de rodillas.

—¿L-lo declaramos Imperator? —susurró el legionario—. Es... ¡es como Julio César renacido! La Legión Doce fue creada por él...

—Pero ¿qué hay de los pretores? —preguntó otro, mirando nerviosamente a Reyna, que observaba la escena desde el pórtico del Senado con los ojos muy abiertos.

—Bueno —replicó un tercero—, el Imperio Romano aún tenía pretores bajo el mando del César, ¿no? ¡SALVE, CÉSAR!

—¡Oigan, esperen, alto ahí! —gritó Jaune, agitando las manos, intentando en vano apartar al águila dorada que le acariciaba la mejilla con el pico—. ¡No soy la reencarnación de Julio César! ¡Lo juro!

El águila dorada graznó ofendida, como diciendo: «¿Acaso soy una broma para ti?»

—¡Habla latín clásico! —gritó una chica de la Primera Cohorte, fanática de la historia militar—. ¡Mírenlo! ¡El sol le da en el pelo y parece que lleva una corona de laureles dorados!

—¡No es una corona, es mi Aura! —bramó Jaune en perfecto latín antiguo sin darse cuenta de lo que hacía—. ¡Ego sum iustus Jaune! ¡Fui el primero en mi familia llamado Julio, esto es una reverenda mierda!

En ese preciso instante, como si el universo se hubiera propuesto arruinarle la vida por pura diversión, las nubes sobre Nueva Roma se arremolinaron. Un rayo masivo, del grosor de un roble milenario, descendió del cielo y golpeó a Jaune directamente en el pecho.

Los legionarios gritaron, esperando ver al chico reducido a cenizas.

El humo se disipó. Jaune seguía de pie. Su piel brillaba con una luz dorada y pequeños arcos de electricidad danzaban a través de Crocea Mors. Estaba completamente ileso.

—¡Chicos, en serio, no soy Julio César! —insistió Jaune, ajeno a los rayos que lo envolvían—. ¡Me llamo Julio Roma! ¡Y, que yo sepa, nunca he creado un maldito imperio ni he cruzado el Rubicón!

La figura colosal y holográfica de Júpiter, el Rey de los Dioses Romanos, apareció en las nubes, mirando hacia abajo con una mezcla de orgullo y confusión.

Julio —tronó la voz de Júpiter, resonando en el valle—. Estás literalmente envuelto en mis rayos ahora mismo y no te causa la más mínima incomodidad. Estoy bastante seguro de que eres como mi hijo renacido. ¡He dicho!

A kilómetros de distancia, en el Campamento Mestizo, Percy Jackson, Thalia Grace y Nico di Angelo sintieron la perturbación cósmica.

—¿Hemos escuchado bien? —preguntó Percy, dejando caer su trozo de pizza azul—. ¿Júpiter acaba de reclamar a un... nuevo hermano mayor?

Jason Grace, que había regresado tras su "entrenamiento", asintió solemnemente.

—Oh, sí. Y no es un hermano cualquiera. Es el Emperador. Preparaos para la locura.

Capítulo IV: El Choque de los Panteones

La noticia de la aparición de Jaune Roma, portador de Crocea Mors (un arma que cortaba monstruos como mantequilla y a mortales como papel), hijo de Júpiter, reclamado por Lupa y renarnación literal del Emperador que definió la victoria, corrió como la pólvora no solo por el Olimpo, sino por todos los reinos divinos.

Y el problema era que Jaune no estaba solo. Las memorias de Remnant, los vínculos forjados en el fuego, habían atraído las almas de sus amigos a través del velo de la realidad.

En una asamblea sin precedentes en la cima del Empire State, los cuatro grandes panteones estaban a punto de iniciar la Tercera Guerra Mundial.

Thor, el dios nórdico del trueno, golpeó la mesa con Mjolnir, haciendo temblar los cimientos de Nueva York.

—¡Quiero a mi hija! —bramó Thor, con la barba erizada de electricidad.

Zeus levantó una ceja, altivo. —¿De verdad, Thor? ¿Tienes una hija en esta nueva remesa de héroes anómalos?

—No —admitió Thor, cruzándose de brazos—. Pero se llama Nora Valkyrie. ¡Valquiria! ¡Y empuña un martillo gigante que explota! Siento la furia de Asgard en su alma. Me pertenece, Zeus, y te juro que lucharé por ella hasta el Ragnarok si es necesario. ¡Val-kyr-ie! ¡Val-kyr-ie!

Atenea y Ares, en una rara muestra de acuerdo, se levantaron al unísono, señalando a una proyección holográfica de Pyrrha Nikos.

—¡Los griegos la reclamamos! —gritó Ares, emocionado—. ¡Lucha como el mismísimo Aquiles! ¡Es imparable!

—Además —añadió Atenea, ajustándose las gafas—, nuestra diosa de la victoria, Niké, junto con su contraparte romana Victoria, han abandonado sus deberes para seguir al chico Julio César, pura y exclusivamente porque la señorita Nikos está perdidamente enamorada de él. ¡Exigimos a Aquiles renacida!

En el rincón este de la sala, Amaterasu y Susanoo cruzaron miradas con el Emperador de Jade.

—Ese chico, Lie Ren... —murmuró Susanoo, con respeto—. Es rápido como el viento, silencioso como la sombra. ¡Él y la guerrera Mulán nos pertenecen a los panteones orientales!

Zeus se masajeó las sienes, sintiendo que una migraña de proporciones épicas se avecinaba. Los dioses miraron hacia abajo, hacia la proyección del equipo RWBY.

—¿Qué demonios son esas cuatro? —preguntó Apolo, rascándose la cabeza—. ¿Son Caperucita Roja, Blancanieves, la Bella y Ricitos de Oro con escopetas?

Ares soltó una carcajada amarga, señalando la otra pantalla donde se veía al equipo JNPR.

—¡Alto ahí! ¡Miren a los otros cuatro, son peores! ¿Tenemos aquí a Julio César renacido, a Thor Odinson versión femenina adicta al azúcar, a la reencarnación de Aquiles y a una combinación letal de Mulán y un ninja? ¡Esta generación de héroes está completamente rota!

Mientras tanto, en la superficie, Percy Jackson estaba sentado en la colina mestiza, observando a Jaune correr por su vida mientras Lady Victoria y Niké revoloteaban tras él, arrojándole coronas de laurel y gritando loas a su gloria imperial.

Percy dio un sorbo a su refresco azul, y una lágrima solitaria, una lágrima de pura y absoluta alegría, rodó por su mejilla.

Jaune, jadeando, se dejó caer junto a Percy.

—Percy... amigo... ayúdame. Quieren declararme dictador vitalicio en la Nueva Roma. ¡Y Victoria no deja de intentar besar mis zapatos!

Percy se giró, abrazando a Jaune con una fuerza que amenazó con romperle las costillas.

—Jaune —dijo Percy, la voz quebrada por la emoción—. Eres mi persona favorita en el mundo entero. Te amo, hermano.

Jaune lo miró, horrorizado y confundido. —¿¡Qué!? ¿Por qué? ¿Qué te pasa?

—Porque por fin... —Percy sollozó dramáticamente hacia el cielo—. ¡Por fin las Parcas y el Destino aman joderle la vida a alguien que no soy yo! ¡Toda esta mierda divina te está pasando a ti! ¡Puedo pasar un verano entero sin que me apunten con un arma mítica!

Capítulo V: El Pergamino de Praetoria (Los 13 Puntos de Reyna)

Extracto del Diario Oficial de Reyna Ávila Ramírez-Arellano, Pretora de la Legio XII Fulminata.

Fecha: Tres días antes del Solsticio de Invierno.

Asunto: La Anomalía conocida como "Julio Roma".

Todavía me niego a sucumbir a la histeria colectiva de las cohortes, pero los hechos son obstinados y, francamente, aterradores. He comenzado a compilar una lista. Una lista de por qué este chico, que insiste ser un adolescente normal (si exceptuamos la armadura que genera escudos de luz), es la mayor crisis existencial que ha enfrentado la historia romana.

Datos sobre el renacido Julio César:

  1. Está literalmente bautizado como Julius Roma. (Insiste en que Jaune es su nombre principal, pero los dioses no entienden de primeros nombres).

  2. Posee a Crocea Mors, la Muerte Amarilla. La reconocimos de inmediato. Perdimos esta espada hace milenios en los pantanos de Britania. Él la usa para cortar sándwiches en el comedor. Es sacrílego y fascinante.

  3. Lupa lo reclamó personalmente. Lupa era una diosa virgen. Aparentemente, según la biología cósmica, ya no es una diosa virgen, o al menos ha decidido adoptar retroactivamente a toda una línea de sangre.

  4. Su piel brilla. Dice que es su "Aura", una manifestación de su alma. Para nosotros, brilla como el sol y es virtualmente invencible en combate singular, absorbiendo golpes que destrozarían bronce celestial.

  5. El interrogatorio del martes fue el punto de quiebre.

(Transcripción adjunta)

Reyna: —Oye, Jaune, eh... Julius. Para los registros del Senado, ¿cuándo es tu cumpleaños?

Jaune: —¿Eh? Ah, es el quince de marzo. Los idus de marzo.

Reyna: —... ¿Qué?

Jaune: —Sí, ya sabes. El decimoquinto día. ¿Por qué me miras así?

Reyna: —¡¿Naciste en el mes de Marte Ultor, el maldito día exacto en que asesinaron a Julio César en el Senado?!

Jaune: (Sudando frío)¿Ah, sí? Bueno, ¿y si te digo que también nací en un barrio llamado Urbanización Roma, por si acaso ayuda a calmar las cosas?

Reyna: —¡¿NACISTE EN EL CORAZÓN DE ROMA?!

(Fin de la transcripción)

  1. Habla con fluidez el latín de la antigua Roma. Y francés antiguo. Cuando se estresa, conjuga verbos en latín clásico que avergonzarían a Cicerón.

  2. Cuando el sol le da en el cabello en el ángulo justo, la refracción de la luz crea la ilusión óptica exacta de una corona de laureles dorados rodeando su cabeza. He comprobado esto seis veces. No es un truco.

  3. El estandarte de la Legio XII Fulminata, creado por el propio Julio César original, cobró vida. El águila de oro se niega a separarse de él. Le gusta montar en sus hombros durante los ejercicios y le trae ratones muertos como ofrenda.

  4. Lady Victoria está obsesionada con él. Ha establecido un altar temporal frente a la barraca de la Quinta Cohorte solo para ver a Jaune pulir su armadura.

  5. Júpiter Óptimo Máximo lo ha reclamado frente a toda la legión, dotándolo de inmunidad a los rayos.

  6. Puede pararse en el furioso y letal torrente del río Tíber y no le hace daño en absoluto. Aparentemente, "ama el río por alguna razón". El espíritu del río le lanza salmones frescos cuando pasa.

  7. Terminus, que nunca se inclina ante nadie, se dobla por la cintura cada vez que pasa, gritando: "¡Abran paso al Conquistador de la Galia!"

  8. ... Estoy segura de que hay más. De hecho, hoy lo vi curar una herida de espada en el brazo de un campista solo con imponer sus manos. El Senado quiere declararlo dios menor mañana. Voy a empezar a seguirlo con una libreta todo el día.

El destino tiene un sentido del humor retorcido, pero si este idiota rubio y de buen corazón nos lleva a la victoria en la guerra que se avecina... entonces, que los dioses me perdonen:

Ave, Jaune Roma.

Notes:

Gracias por leer. Quise enfocar el final no como una muerte, sino como una trascendencia; ese estado de euforia donde el poder de Júpiter finalmente se desata sin las cadenas de la lógica mortal. Si te ha gustado ver este lado más "salvaje" y menos "perfecto" de Jason, ¡házmelo saber en los comentarios! ¿Creen que Lupa estaría orgullosa de este cachorro?

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