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El Despertar  y la furia del Dios de las Tormentas

Summary:

En el Olimpo, las Moiras han detenido el tiempo para obligar a dioses y semidioses a leer la historia del héroe que salvó su mundo. Pero antes de que el libro revele el destino de Percy Jackson, un recuerdo oscuro emerge de las sombras: el día en que Poseidón dejó de ser un pescador relajado para recordarle a Zeus quién es el verdadero Portador de Tormentas. Entre revelaciones de poder absoluto y pensamientos heréticos, el Olimpo descubrirá que han creado a un semidiós que no solo puede derrotar monstruos, sino que ya no les teme a sus tronos.

Notes:

¡Hola a todos! 👋 Soy goku123 y estoy súper emocionado de compartir este proyecto con ustedes. Siempre me pregunté qué pasaría si los dioses realmente vieran lo que Percy piensa de ellos mientras leen sus libros, y sobre todo, qué pasaría si Poseidón dejara de ser "el dios cool" para mostrar su verdadera faceta primordial. Prepárense para mucho drama familiar, un Percy más poderoso que nunca y un Olimpo que está a punto de temblar. ¡Espero que disfruten la lectura tanto como yo disfruté escribiéndola! 🔱🌊🔥

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

El Despertar  y la furia del Dios de las Tormentas




La inmensa sala del trono del Monte Olimpo estaba sumida en un silencio tan denso, tan cargado de electricidad estática y terror reprimido, que casi se podía saborear en la parte posterior de la garganta. No era el silencio pacífico de una noche estrellada en el Campamento Mestizo, ni la calma solemne de un templo. Era la quietud sepulcral, opresiva y asfixiante que precede al impacto de un huracán de categoría cinco.

En el centro exacto de la colosal estancia de mármol celestial y nubes solidificadas, las Moiras —tres ancianas tejedoras del destino que ni siquiera los dioses inmortales osaban desafiar— habían dispuesto una configuración inusual. Adiós a la imponente frialdad de los tronos de seis metros de altura. En su lugar, un círculo asimétrico de sofás de cuero oscuro, sillones aterciopelados y cojines espartanos albergaba a la asamblea más poderosa y disfuncional del universo conocido. Dioses mayores, dioses menores y un grupo selecto de semidioses (tanto griegos como romanos) se encontraban atrapados allí por decreto del Destino, obligados a escuchar las crónicas del hijo del mar.

En el centro del círculo, levitando envuelto en un aura dorada, se encontraba el objeto de su tortura colectiva: El Ladrón del Rayo. El libro flotaba perezosamente, dictando con una voz mágica, andrógina e inmutable, los pensamientos más íntimos, descarados y heréticos de un Percy Jackson de apenas doce años.

Pero antes de que la narrativa pudiera alcanzar el clímax de la primera gran búsqueda de Percy, la magia de las Moiras había decidido hacer un desvío cruel. Habían proyectado un recuerdo. Una memoria que la mayoría de los dioses originales del consejo habían jurado sellar en lo más profundo de su psique, bajo múltiples candados de negación y cadenas forjadas por el propio Hefesto. Un recuerdo fechado exactamente trece años atrás.

El aire en la improvisada sala de lectura bajó veinte grados de golpe, cristalizando la humedad en diminutos copos de escarcha que cayeron sobre las túnicas divinas.

Percy Jackson, ahora un joven de diecisiete años, veterano de dos guerras mundiales, portador de cicatrices que brillaban débilmente bajo la luz divina y superviviente del mismísimo Tártaro, se inclinó hacia adelante en su sofá. Su mano estaba entrelazada con la de Annabeth Chase, cuyos nudillos estaban blancos por la fuerza del agarre. Al otro lado de la sala, Thalia Grace, la Teniente de Artemisa, frunció el ceño con tanta fuerza que parecía a punto de invocar un rayo ella sola.

La proyección mágica se materializó frente a ellos, translúcida como un holograma de luz dura, pero terriblemente, visceralmente real. Mostraba la misma sala del trono en la que se encontraban, pero en una época más oscura, manchada por la paranoia.

En la visión del pasado, Zeus cruzaba el suelo de mármol con pasos frenéticos. Chispas de electricidad estática de alto voltaje bailaban salvajemente en su barba perfectamente recortada, chamuscando el aire a su alrededor. Su rostro inmortal estaba contorsionado por una mezcla tóxica de ira divina y un pánico profundamente arraigado. Thalia Grace, su hija prohibida, acababa de ser descubierta por los monstruos. La Gran Profecía del Oráculo de Delfos pendía sobre la cabeza del Rey de los Dioses como la espada de Damocles.

—¡Es una amenaza absoluta, Poseidón! —rugió el Zeus del pasado. Su voz no era la de un político, sino la de una tormenta desatada, resonando como truenos lejanos que hacían temblar los cimientos del Olimpo—. ¡Hades ya está movilizando a sus Furias! ¡Ha enviado sabuesos del infierno! Esa maldita niña es un faro en la oscuridad. ¡Una señal luminosa de neón para que Cronos despierte y los Titanes se alcen!

Poseidón, sentado relajadamente en su trono que asemejaba una silla de pesca de alta mar, mantenía una expresión tan ilegible como la fosa de las Marianas. Llevaba sus habituales bermudas gastadas, sandalias de cuero y una camisa hawaiana con estampado de loros, pero había una quietud en él. Una inercia antinatural, como el mar retrocediendo anormalmente antes de un tsunami.

—Es una niña, hermano —respondió Poseidón. Su voz era peligrosamente calmada, un murmullo profundo que vibraba en el pecho de todos los presentes—. Tu hija. Tú fuiste quien rompió el juramento sobre el río Estigia. No ella.

—¡Todos cometemos errores! Las tentaciones mortales son... impredecibles —bramó Zeus, agitando una mano envuelta en relámpagos con un gesto de desprecio monumental—. Pero los errores de los dioses, especialmente los míos, deben corregirse de raíz antes de que amenacen el orden cósmico. Es fácil, ¿sabes? Un solo golpe limpio. O quizás... —Zeus se detuvo en seco. Sus ojos azules, normalmente deslumbrantes como el cielo de verano, se oscurecieron, brillando con una luz antigua, paranoica y perturbadoramente familiar—. Quizás deba hacer lo que nuestro padre, en su debilidad, no tuvo el estómago de terminar correctamente. Me la tragaré. Terminaré con su linaje antes de que la maldita profecía tenga la oportunidad de cumplirse. Eliminaré el problema desde sus mismos cimientos de carne.

En la sala de lectura del presente, la reacción fue inmediata. La Thalia del presente soltó un grito ahogado y estrangulado, llevándose ambas manos al cuello, como si pudiera sentir las fauces fantasmales de su propio padre cerrándose sobre ella. Jason Grace se puso en pie de un salto, apretando los puños hasta hacerse sangrar las palmas, mirando a Zeus con una mezcla de horror absoluto y un asco tan profundo que le revolvió el estómago. Annabeth dejó escapar un sollozo ahogado. Percy, por su parte, sintió que la sangre en sus venas dejaba de ser sangre y se convertía en magma. Un aura verde mar comenzó a pulsar débilmente a su alrededor, agrietando sutilmente el suelo bajo sus pies.

Pero lo que ocurrió a continuación en la proyección dejó a todos los semidioses y a varios dioses menores completamente mudos, paralizados por un miedo atávico.

En el recuerdo, el chasquido del cambio de Poseidón no fue un sonido audible. Fue una presión atmosférica aplastante. De repente, todos en la visión (y los que observaban en el presente) sintieron la presión física de estar a diez mil metros bajo la superficie del océano, en la zona abisal donde la luz del sol muere devorada por las sombras y criaturas de pesadilla reinan en la oscuridad. La inmensa sala del trono tembló, pero no como un terremoto tectónico; el mármol celestial gimió y se agrietó como el casco de un submarino cediendo ante la presión del océano.

Poseidón se puso de pie lenta, deliberadamente. Pero no se detuvo en la altura habitual de tres metros que los dioses solían adoptar frente a los mortales. Siguió creciendo, expandiéndose en todas direcciones. Su ridícula camisa hawaiana y sus bermudas se disolvieron en agua salada y oscuridad, reemplazadas por una armadura biológica de escamas abisales superpuestas que absorbían cualquier rastro de luz. Su piel perdió cualquier tono bronceado humano, adquiriendo un color pálido, translúcido y antiguo, surcado por gruesas venas que palpitaban con un icor verde fluorescente, la sangre de las deidades primigenias. Creció hasta alcanzar unos imponentes siete metros de altura. Su forma ya no era la de un dios civilizado, humanoide y paternal. Era la encarnación viva e implacable del océano primordial. Era Ponto renacido. Era Cronos versión 2.0, pero hecho de agua salada y furia inconmensurable. De su boca entreabierta comenzó a caer una espesa espuma blanca y salada que siseaba violentamente al tocar el suelo, quemando y corroyendo el mármol celestial indestructible como si fuera ácido sulfúrico. Pero lo más aterrador de todo, lo que paralizó el corazón de Zeus en la visión, eran sus ojos.

Ya no eran de un verde mar cálido y juguetón. Eran de un dorado puro, radiactivo, fundido y furioso. Los ojos inmortales de su madre, la Titánide Rea. Los ojos de un Rey Titán.

—¿Comértela? —La voz de Poseidón no salió de sus cuerdas vocales o sus pulmones. Pareció emanar de las grietas que se abrían en el suelo del Olimpo, temblando con la fuerza de placas tectónicas a punto de colisionar y partir continentes enteros por la mitad—. ¿Estás hablando de devorar a tu propia sangre, Zeus? ¿De convertirte en la aberración que destruimos?

El terror en la sala del pasado fue instantáneo, visceral y contagioso. Hera soltó un alarido agudo, impropio de la Reina de los Cielos, tropezando hacia atrás con sus tacones de oro hasta caer de espaldas, humillantemente, sobre los escalones de mármol de su propio trono. Deméter, olvidando su amor por la tierra firme, se transformó en un torbellino de trigo podrido y cebada marchita, huyendo presa del pánico hacia los jardines interiores. Hestia, con los ojos muy abiertos, se encogió hasta hacerse pequeña junto a la hoguera central, cuyas llamas de repente se volvieron de un azul gélido y agonizante, privadas de oxígeno por la abrumadora presencia oceánica. Hades, que había estado observando la discusión desde las sombras de una columna, simplemente abrió una fisura de sombras bajo sus pies y se disolvió en la oscuridad, huyendo de regreso al Inframundo mucho más rápido de lo que jamás había viajado en su inmortal existencia.

Todos corrieron. Todos huyeron instintivamente de la fuerza elemental más antigua, masiva y destructiva del planeta Tierra.

Todos, excepto Zeus.

El Rey del Olimpo se quedó allí, paralizado. No era por valentía, sino por una mezcla tóxica de arrogancia desmedida y negación absoluta. Él era el Rey. Él no había sido devorado por Cronos (gracias a Rea). Él había empuñado el rayo y había derrotado a su tiránico padre. Por supuesto que podía volver a poner a su testarudo y salvaje hermano mediano en su lugar.

—¡No te atrevas a hablarme en ese tono en mi salón del trono, frente a mi consejo! —bramó Zeus, alzando la mano e invocando el Rayo Maestro original. El colosal cilindro de bronce celestial chisporroteó, zumbando con el sonido rasgante de un millón de megatones de energía pura, iluminando la oscura estancia con destellos cegadores.

Pero antes de que Zeus pudiera siquiera terminar de levantar el brazo para apuntar... Poseidón se movió.

No fue un movimiento rápido; fue un parpadeo en la mismísima estructura del espacio-tiempo. Una traslación cuántica impulsada por la furia. Una mano masiva, cubierta de escamas endurecidas y afiladas como cuchillas de obsidiana, se cerró como una prensa hidráulica alrededor de la impecable garganta de Zeus. Poseidón levantó al Rey de los Dioses en el aire, separando sus pies del suelo como si el Señor de los Cielos no fuera más que un muñeco de trapo defectuoso. Zeus jadeó, sus ojos azules abriéndose desmesuradamente mientras el aire abandonaba sus pulmones inmortales. Sus dedos se aflojaron involuntariamente, y el inigualable Rayo Maestro cayó de sus manos, rodando inútilmente, tintineando patéticamente por el suelo corroído.

—Tú... no... tienes... poder... aquí —susurró Poseidón. Su susurro no era suave; era un eco abisal que continuó agrietando las columnas maestras de la sala. El agua contenida en la atmósfera misma del Olimpo, la humedad de las nubes sobre las que se asentaba la ciudad, comenzó a condensarse a una velocidad aterradora alrededor del rostro de Zeus, formando una burbuja asfixiante, amenazando con ahogar al Rey de los Cielos en tierra firme—. Crees que porque te sientas en esa silla pulida eres el amo indiscutible de este mundo. Te olvidas constantemente de quién soy, hermanito. Yo soy el Portador de Tormentas original. Yo soy el que Hace Temblar la Tierra, el que moldea los continentes a mi antojo. Y ese juguete brillante que acabas de dejar caer como un niño asustado... —Poseidón desvió sus aterradores ojos dorados hacia el Rayo Maestro por una fracción de segundo—, los Maestros Cíclopes que lo forjaron en las entrañas de la tierra son MIS hijos. No los tuyos.

Zeus pataleaba fútilmente en el aire, sus botas de cuero rozando la armadura escamosa de Poseidón. Su rostro perfecto se estaba volviendo de un tono púrpura enfermizo. Desesperado, lanzó ráfagas de chispas y relámpagos menores desde sus dedos directamente al rostro de su hermano, pero la electricidad simplemente chisporroteaba y moría al entrar en contacto con la piel primordial y húmeda del dios del mar, inútil como un fósforo en un huracán.

—Gobernamos este mundo juntos, por sorteo —continuó Poseidón, apretando ligeramente el agarre. Sus ojos dorados brillaban ahora con una furia fría, calculada y casi psicópata—. Y tú te sientas en ese trono del medio en la cabecera de la mesa, jugando a ser el emperador del universo, única y exclusivamente porque yo lo permito. Porque yo... NO... QUIERO... HACERLO. Gobernar a estos parásitos ególatras de nuestra familia es agotador y tedioso. Ya lo he hecho. Fui el primero en pudrirme en el oscuro vientre de nuestro padre, yo soporté la oscuridad ácida y mantuve la cordura de nuestros hermanos mientras tú te escondías cobardemente en una cueva en Creta, amamantado por una cabra.

Poseidón apretó su inmensa mano. Un sonido repugnante resonó en la sala: los huesos de la columna cervical de Zeus crujiendo bajo la presión extrema. Ese sonido, claro como el cristal, atravesó la proyección mágica y resonó en la sala de lectura del presente, haciendo que casi todos los semidioses (e incluso Apolo y Hermes) se encogieran físicamente en sus asientos, llevándose las manos al cuello por acto reflejo.

—Pero escúchame bien, hermano menor, porque solo lo diré una vez... —siseó el dios del mar, acercando su monstruoso y pálido rostro al de Zeus, dejando que una gota de su espuma ácida goteara sobre la reluciente armadura dorada del Rey, disolviendo el metal al instante con un siseo tóxico—. Si sigues presionándome... si alguna vez vuelves a amenazar con repetir los asquerosos pecados de nuestro padre contra tu propia sangre o la mía... yo mismo ACABARÉ contigo. Borraré este maldito monte del mapa, disolveré sus nubes mágicas y devolveré cada piedra del Olimpo a las fosas más oscuras del océano. Y a ti, te ahogaré tan profundo que ni el Tártaro escuchará tus gritos.

Zeus, en un último, desesperado y patético intento de salvar su frágil ego frente a tal humillación, logró ahogar unas palabras con una voz ronca y silbante:

—Tuviste... tuviste que recibir ayuda... la última vez... que intentaste... deponerme...

Hacía referencia, por supuesto, a la famosa rebelión fallida milenios atrás, cuando él, Apolo, Hera y Atenea lo habían encadenado temporalmente.

La respuesta de Poseidón no fue un nuevo estallido de ira. Fue infinitamente peor. El inmenso Titán-Dios del Mar echó la cabeza hacia atrás y se rio. Una risa fría, profunda, oscura y desprovista de cualquier alegría. Sonaba como el crujir agónico del hielo en el Círculo Polar Ártico mientras aplastaba lentamente el casco metálico de un submarino nuclear.

—Oh, hermano pequeño, eres tan ciego... —Poseidón abrió la mano bruscamente, dejándolo caer. Zeus se desplomó sobre el suelo corroído con un golpe pesado, tosiendo violenta y espasmódicamente, frotándose la garganta marcada con moretones que ya se estaban volviendo negros—. No quería DESTRUIRTE la última vez. No intenté matarte. Solo quería darte una simple lección de humildad porque te estabas volviendo insoportable. Y aún así necesitéis a toda la familia para contenerme. Pero créeme, mi paciencia no es eterna, y ya estoy rozando mi límite absoluto. Compruébalo tú mismo si te atreves. Vuelve a amenazar a un niño que lleva nuestra sangre divina. Y si tú no corriges tu propio linaje defectuoso, lo HARÉ YO. Y no habrá cadenas de Hefesto que puedan detenerme.

Con un destello cegador de luz esmeralda y el estruendo ensordecedor de mil tsunamis rompiendo simultáneamente contra acantilados de roca, el recuerdo se desvaneció por completo en la nada.

La sala de lectura en el presente quedó sumida en una parálisis absoluta. El silencio era tan pesado que amenazaba con aplastarlos.

Nadie respiraba. Literalmente, incluso los inmortales parecían haber olvidado cómo inhalar oxígeno. Annabeth tenía los labios separados, mirando fijamente a Poseidón.

El dios de los mares, en el tiempo presente, estaba cómodamente recostado en su mullido sofá de cuero. Llevaba puesto su característico sombrero de pescador con anzuelos adornándolo, una camisa desabotonada de Tommy Bahama y sostenía una lata de Cherry Coke a medio terminar en la mano. Lucía exactamente como el tío relajado y algo excéntrico que prepararía perritos calientes en una barbacoa familiar de domingo.

El contraste entre ese hombre de mediana edad aparentemente inofensivo y el leviatán apocalíptico devorador de dioses que acababan de presenciar era un choque cognitivo alucinante. Demasiado para que las mentes de los semidioses lo procesaran del todo.

Zeus estaba sentado rígidamente en su propio sofá, situado en el extremo opuesto de la sala. Tenía la mandíbula apretada con tanta fuerza que los músculos de sus sienes palpitaban violentamente; parecía que, en cualquier momento, sus perfectos dientes divinos estallarían en pedazos por la presión. Su rostro estaba mortalmente pálido, y no se atrevía a mirar en dirección a su hermano mediano.

Las Moiras, ignorando olímpicamente (literal y metafóricamente) la aplastante tensión cósmica, homicida e incómoda que permeaba el ambiente, hicieron un gesto con sus manos sarmentosas. El libro flotante volvió a brillar con una luz cálida, indicando que el descanso había terminado.

La voz mágica retomó la lectura, arrastrando a todos los presentes lejos del casi fratricidio y llevándolos a los eventos de la primera búsqueda. El libro comenzó a narrar una escena que ocurrió meses después de esa amenaza, cerca de Los Ángeles.

La pelea con el Dios de la Guerra.

"Había provocado a Ares," leyó la voz incorpórea, proyectando la mentalidad táctica y desesperada de un Percy de doce años sobre la playa de Santa Mónica. "No tenía otra opción. Él era un dios, inmortal, invencible en la teoría. Llevaba armadura, una espada a dos manos que irradiaba miedo, y yo era un crío desnutrido de séptimo grado con una espada de bronce del tamaño de un abrecartas comparado con él. Pero él era el matón de la escuela. Y yo sabía algo sobre los matones: si los avergüenzas frente a su público, pierden el control. Se vuelven predecibles."

En la sala de lectura, Ares se removió incómodo en su asiento, ajustándose sus gafas de sol de motorista. Sintió las miradas burlonas de Apolo y Hermes clavadas en su nuca. Atenea, por otro lado, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Sus grises ojos de lechuza se clavaron en el Percy del presente, analizando esta revelación táctica con una fascinación renovada y perturbadora. Un niño de doce años jugando a la guerra psicológica con el Dios de la Guerra. Y ganando.

"La ola me levantó," continuó narrando el libro con pasión. "Sentí el océano en mis venas. Ares cargó, esperando ensartarme como a un kebab. Pero fui más rápido. El mar me hizo más rápido. Esquivé su golpe brutal, sentí el calor de su espada pasar a milímetros de mi cara, y le devolví el golpe. Contracorriente cortó limpiamente, sin resistencia. Hundí mi espada en su talón."

—¡Me pillaste con la guardia baja, mocoso tramposo! —bramó Ares de repente en la sala, incapaz de soportar la humillación pública, señalando a Percy con un dedo tembloroso de ira—. ¡Fue pura suerte! ¡Te dejé ganar!

Percy, cómodamente recostado junto a Annabeth, ni siquiera parpadeó. Simplemente arqueó una ceja oscura.

—Sangraste, Lord Ares —dijo Percy con una calma glacial que recordaba peligrosamente al tono que había usado su padre en la visión—. Icor dorado sobre la arena de la playa. Huiste en una nube de oscuridad, soltando maldiciones, porque un "mocoso tramposo" de doce años te partió el tobillo frente a una audiencia de policías mortales. Acéptalo. Te di una paliza.

El Dios de la Guerra gruñó, poniéndose en pie a medias, con las cuencas de sus ojos brillando como llamas atómicas tras las gafas oscuras.

—¡Atrévete a repetirlo!

—Silencio, Ares —intervino Atenea, su voz cortando el aire como un bisturí—. Fuiste derrotado en combate singular por un niño no entrenado. No empeores tu vergüenza interrumpiendo un registro histórico. Es fascinante... —murmuró para sí misma, mirando a Percy—. Su instinto de batalla supera el diseño divino.

Ares se dejó caer en su asiento, refunfuñando sobre desmembrar adolescentes. El libro no le dio tregua y continuó, revelando los pensamientos más profundos y peligrosos de Percy tras la victoria y, más tarde, tras su descenso al propio Infierno para enfrentarse al Señor de los Muertos.

"Había estado en el Inframundo," relataba la mente del joven Percy, su voz mágica llenando la sala con un tono de cansancio prematuro y cinismo naciente. "Había visto a Hades sentado en su trono de huesos, haciendo una rabieta monumental porque creía que le habían robado su yelmo mágico. Un ser antiguo, con poder sobre miles de millones de almas muertas, amenazando con desatar un apocalipsis zombie en la superficie... y todo porque no sabía dónde estaban sus cosas. Me acusó a mí. A un niño."

Hades, que estaba sentado en una esquina sombría de la sala, se aclaró la garganta ruidosamente, intentando parecer digno mientras alisaba las solapas de su traje de seda negra.

"Y luego estaba Ares," seguía el libro. "Jugando a dos bandas, manipulado como un títere tonto por una voz en un foso del Tártaro. Y ahora, caminaba por el Olimpo, la cima del mundo, para devolver el Rayo Maestro a Zeus."

Las Moiras adelantaron la narrativa mágica para situarlos exactamente trece años después del incidente de la garganta asfixiada. El momento en que Percy cruzó las puertas del Olimpo con el cilindro radiactivo en su mochila.

"Había visto a los dioses en mis sueños febriles," leyó la voz, "esperando majestuosidad, iluminación, sabiduría infinita. Pero nada te prepara para verlos en persona, en su hábitat natural. Sin embargo, mientras caminaba por el reluciente mármol celestial hacia el imponente trono de platino de Zeus, no sentía el menor asombro sagrado. No quería postrarme. Sentía molestia. Una profunda, abrasadora y exhausta molestia. Estaba magullado, sangrando por cortes de monstruos, sin dormir en días, y lo único en lo que podía pensar era en que mi madre estaba convertida en un destello de luz dorada en las prisiones de Hades."

Artemisa, sentada en forma de una niña de trece años, miró a Percy. Sus ojos plateados mostraban algo que bordeaba un profundo y raro respeto. Este chico no valoraba el poder absoluto de las deidades por encima del amor incondicional a su madre mortal.

"Y el tipo imponente en el ridículo traje a rayas azules y blancas que me miraba desde las alturas como si yo fuera una cucaracha molesta en el parqué de su cocina... ese era el supuesto señor supremo del universo."

Apolo intentó, y fracasó estrepitosamente, en disimular una carcajada, transformándola en un ataque de tos falsa. Hermes se tapó la boca con ambas manos, sus hombros temblando de risa silenciosa ante la audacia de llamar a la vestimenta de su padre "ridículo traje a rayas".

"Me detuve justo frente a él," continuaba el implacable escrutinio del libro. "Miré a Poseidón primero, sentado a su lado, vestido como un pescador de playa perdido en una convención de gente rica. Luego volví a mirar a Zeus. Reflexioné sobre mis últimos días. Trece años de mi vida ignorado, luego perseguido sin tregua. Monstruos antiguos intentando matarme por existir. El Minotauro aplastando nuestro coche. Las Furias atacándome en un autobús escolar. Medusa intentando convertirme en decoración de jardín. Una quimera volando un monumento nacional. Y finalmente, un viaje al jodido y tenebroso Tártaro... todo para recuperar un arma de destrucción masiva que este tipo arrogante perdió porque, francamente, fue demasiado descuidado con su propia seguridad."

—¡Oye, un momento! —protestó Zeus, la indignación logrando superar momentáneamente su pánico anterior. Se levantó a medias de su asiento, su pecho inflándose—. ¡Yo jamás he sido descuidado! ¡Fui traicionado! ¡Tu maldito y desleal engendro del mar me lo robó!

—Siéntate, hermano —dijo Poseidón. Fue una orden suave, pronunciada casi en un susurro amistoso, sin siquiera apartar la vista del libro flotante.

No hubo gritos ni truenos. Pero el tono... el tono evocaba directamente el crujir de las columnas, la espuma ácida y la sensación de asfixia a diez mil metros bajo el mar. Fue más que suficiente. Zeus tragó saliva audiblemente, su nuez subiendo y bajando, y volvió a dejarse caer en su asiento lentamente, acomodando los puños de su chaqueta para disimular el temblor de sus manos.

"Abrí mi mochila, metí la mano, extendí los brazos y le entregué directamente el cilindro de bronce celestial," relataba el libro, describiendo la audacia de Percy. "Se lo devolví con la misma exactitud, desdén y apatía con la que le darías una bolsa de basura pestilente a un conserje enfadado. No bajé la mirada. No hubo ninguna reverencia servil. No hubo temor a la desintegración. Simplemente le estaba devolviendo su estúpido juguete."

Los semidioses, especialmente Piper y Hazel, contuvieron la respiración. Frank Zhang miraba a Percy como si estuviera viendo a un hombre con un chaleco explosivo bailando claqué en medio de un campo minado rodeado de francotiradores. La falta de respeto hacia el pilar del Olimpo era astronómica.

"Mientras los gruesos dedos de Zeus se cerraban alrededor del rayo, reclamando su poder," seguía la intensa narrativa mental, "lo miré fijamente a los ojos. Esperaba ver, al recuperar su arma, una sabiduría antigua, la nobleza de un líder justo. Pero solo vi un orgullo enfermizo, vanidad y un gran ego inflado. Y en ese preciso instante, rodeado de toda su majestuosidad dorada, me hice una pregunta que me aterrorizó: ¿De verdad son ellos mejores que los Titanes que derrocaron?"

El silencio en la sala adquirió un peso distinto. Ya no era miedo físico; era tensión existencial. Atenea dejó de murmurar. Hestia avivó el fuego, luciendo infinitamente triste.

"Nos usan como peones sacrificables en sus interminables y mezquinas riñas," continuaba la demoledora lógica de Percy. "Nos engendran y luego nos dejan morir en callejones oscuros o bosques malditos para no romper sus 'reglas'. Nos imponen leyes divinas milenarias que ellos mismos rompen alegremente en el momento en que les conviene o se aburren. Hice hazañas locas. Derroté a Ares en combate singular, sobreviví al mismísimo Infierno, burlé las trampas de los antiguos... ¿y para qué? Todo lo que veo en sus rostros inmortales es que siguen actuando como niños pequeños malcriados a los que, por algún trágico error cósmico, alguien les ha entregado los botones de lanzamiento de armas nucleares."

—Por el Estigia... —murmuró Annabeth en la sala, apretando la mano de Percy con una mezcla de pánico por la blasfemia y un intenso orgullo por su intelecto crítico.

Nadie gritó. Nadie invocó rayos. La verdad, proyectada de manera tan cruda y lógica por un héroe que había sangrado por ellos incontables veces, dolía demasiado como para negarla con ira ciega.

—Esa es... —comenzó Atenea, frotándose la barbilla, buscando las palabras exactas—, una evaluación increíblemente precisa, profundamente blasfema y sociológicamente devastadora de nuestra estructura política interna.

"Antes de darme la vuelta," concluyó el libro en su capítulo, "Poseidón me miró desde su trono. Y aunque seguía vestido como un turista desorientado, vi algo profundo en sus ojos. Un destello verde oscuro y violento. Un recordatorio silencioso de que bajo esa camisa hawaiana descansaba algo inmenso, primigenio, oscuro e incontrolable. Las Moiras y los mitos lo llamaron Perseo. El Destructor. El Asesino de Monstruos. Y mirando la arrogancia de Zeus en su trono dorado, supe, con una certeza fría en mi estómago, que si alguna vez me empujaban lo suficiente, si alguna vez tocaban a los que amo... haría honor a mi maldito nombre."

El libro encuadernado en cuero se cerró de golpe por sí solo con un eco retumbante, similar al cierre de la bóveda de un banco. El capítulo había terminado.

Instantáneamente, casi mecánicamente, todas las miradas inmortales y mortales en la inmensa sala se desviaron de forma sincronizada hacia Zeus, y luego, lenta, muy lentamente, hacia Percy Jackson.

El Percy Jackson del presente no era el niño asustado, confundido y enfadado de doce años que acababan de escuchar.

Tenía diecisiete años. Sus hombros eran anchos, esculpidos por años de entrenamiento de infantería romana y griega. Llevaba una simple camiseta naranja del campamento que se adhería a la musculatura tensa de su pecho. Su cuerpo estaba marcado por las cicatrices imposibles de dos guerras mundiales contra entidades apocalípticas. Había caminado respirando el aire venenoso del Tártaro. Había rechazado la inmortalidad ofrecida por los mismísimos dioses, considerándola un premio de consolación inútil. Había hecho sangrar a Gea, la Madre Tierra, y había estrangulado a la diosa de la miseria y el veneno con sus propias lágrimas.

Ya no era un prometedor y rebelde niño semidiós. Era el arma de destrucción masiva más letal, impredecible y leal que el Olimpo había engendrado en milenios.

Zeus movió lentamente la cabeza para mirar a su hermano mayor. Poseidón le devolvió la mirada en absoluto silencio. El Señor de los Mares levantó ligeramente su lata roja de Cherry Coke, dándole un pequeño sorbo. Una levísima sonrisa, que definitivamente no llegó a sus gélidos ojos verde mar, curvó las comisuras de sus labios.

Trece años después de haber sido casi decapitado y asfixiado en su propia sala del trono por el verdadero y apocalíptico poder del océano, Zeus estaba experimentando un Déjà vu aterrador. Estaba viendo, sentada a escasos diez metros de él en un sofá de cuero, a una versión letal y en miniatura de ese mismo monstruo primordial. Un adolescente de mirada pesada que, a los doce años, le había entregado el arma más poderosa de la creación con la actitud condescendiente de quien devuelve un chicle masticado. Un joven guerrero que, profunda e intelectualmente, cuestionaba a diario su divino derecho divino a gobernar, que encontraba su comportamiento patético y que, por encima de todo... no le tenía el más mínimo atisbo de miedo.

Zeus sintió, con absoluta humillación, cómo una sola gota de sudor completamente frío y mortal resbalaba lentamente por su columna vertebral, bajo la inmaculada tela de su traje de diseñador a rayas.

La sala del trono, con sus dimensiones colosales, de repente se sentía asfixiantemente pequeña, como una caja de zapatos cerrándose sobre él. Las sombras parecían alargarse.

—Yo... —Zeus se aclaró la garganta, tosiendo en un puño cerrado. Su voz inmortal sonó extrañamente aguda, desprovista de su habitual y retumbante barítono de locutor de radio celestial—. Yo... acabo de recordar que tengo... asuntos administrativos de extrema urgencia que atender de inmediato con el Consejo de Finanzas Atmosféricas. Hay... decretos meteorológicos críticos que debo firmar. Los patrones de lluvia en el hemisferio sur. Las nubes, como comprenderán, no se mueven solas, ¿verdad? Sí. Haremos... haremos un breve receso. Diez minutos. O veinte.

Se puso de pie apresuradamente, alisándose la chaqueta de forma neurótica. Salió de la zona de los sofás con pasos rígidos, antinaturales y casi cómicamente rápidos. En su prisa por poner distancia entre él y la letal dupla de padre e hijo marino, casi tropieza con el elaborado dobladillo de plumas de pavo real de la toga de Hera, recuperando el equilibrio a duras penas para no caer de bruces. Avanzó hacia las enormes puertas de oro macizo intentando proyectar un aura de "Rey ocupado" para no quedar como un cobarde huyendo aterrorizado de su propio salón, aunque absolutamente cada dios, diosa, espíritu del aire y semidiós en la sala sabía exactamente y sin lugar a dudas lo que estaba haciendo.

Estaba escapando por su vida inmortal.

Cuando las colosales y pesadas puertas doradas del Olimpo se cerraron finalmente tras el Rey de los Dioses con un estruendo definitivo, el silencio espeso regresó a la sala.

Percy exhaló largamente, disipando la tensión acumulada en sus hombros. Se recostó cómodamente en el suave sofá de cuero, estirando las piernas hacia adelante y cruzando ambos brazos relajadamente detrás de su cabeza. Miró de reojo a su padre, con una ceja levemente arqueada.

Poseidón interceptó la mirada de su hijo. En un movimiento fluido, el antiguo dios de los mares levantó su abollada lata de refresco en un brindis silencioso, directo y solemne hacia su hijo humano. Era un gesto cómplice, un reconocimiento de guerrero a guerrero, de tormenta a tormenta, que heló irremediablemente la sangre inmortal de dioses de la guerra como Ares, y de mensajeros veloces como Hermes, quienes tragaron saliva audibles en el silencio.

Percy sintió que la comisura de sus labios temblaba. No pudo evitarlo. Simplemente tenía que hacerlo. Con toda la presión de haber revivido esos recuerdos horribles y la absurda cobardía del ser más poderoso del universo, necesitaba sacarlo de su sistema ante la mirada atónita, aterrorizada y expectante de todos los presentes.

Una sonrisa torcida, afilada, peligrosa y maravillosamente insolente apareció y se instaló en su rostro cicatrizado. Una sonrisa que prometía el fin del mundo si le daban una buena razón.

Miró directamente al majestuoso techo abovedado del Olimpo, decorado con constelaciones en movimiento, y murmuró para sí mismo. Pero, con la acústica perfecta de la sala silenciosa, lo dijo lo suficientemente alto y claro como para que cada inmortal presente sintiera un escalofrío bajando por su espalda.

—Liberad al maldito kraken... —Y soltó una risa.

No fue la risa brillante de un adolescente normal, ni su típica carcajada sarcástica. Fue una risa grave, oscura, cavernosa y profunda. Una risa que resonó en el silencio, sonando exactamente igual que el océano furioso e imparable rompiendo con violencia asesina contra rocas milenarias en la medianoche.

Jajaja.