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Chapter 2

Notes:

son las 3 de la madrugada y elegí editar esto que hacer como las cien tareas pendientes que tengo :p

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En medio del desayuno, demasiado cansado para encarar sus emociones correctamente y después de una noche sofocante, Quackity había llegado a la conclusión de que todo avanzara tal y como estaba.

 

No, no estaba bien con eso pero no es como si tuviera muchas opciones cuando su orgullo y dignidad estaban comprometidos.

 

Sí, este mal hábito suyo de sacar conclusiones precipitadas no era nada nuevo y en un momento determinado se detuvo considerando si en realidad esto era prudente, pero el resentimiento atornillado con fuerza en la parte posterior de su cabeza hacía que esas leves corazonadas de compasión desaparecieran.

 

Si para Roier no era más que otro payaso, estaba bien.Tenía cosas más importantes que hacer. 

 

Sin embargo toda su neutralidad y realización se desmoronó esa misma mañana un poco al ver a Roier en el pasillo de su salón otra vez con su sudadera.

 

—Pinche culero —reclamo, acercándosele con los brazos cruzados sobre el pecho —no te despediste ayer de mi.

 

Quackity, reprimiendo la emoción creciente ante la escena y para mantener su facha desinteresada respondió algo corto.

 

—Ya ves, tenía un chingo de sueño.

 

Eso no fue del todo una mentira. Aunque había dormido casi toda la tarde y no tuvo problema para dormir en la noche, lo cierto es que su sueño no fue exactamente cómodo; fue aturdido y asfixiante, tanto así que había despertado con la garganta seca y un dolor letárgico en el cuerpo.

 

Roier para su sorpresa no dijo nada burlesco, en cambio se acercó a él y bajo el tacto suave de su palma tocó su mejilla remarcando una de sus ojeras, para después murmurar —Si te ves medio jodido eh.

 

La cercanía era tanta que Quackity podía sentir la calmada respiración de Roier en su mejilla debido a la diferencia de altura, así como también ver de cerca sus largas pestañas, las curvadas marcas en sus pómulos, sus rebeldes mechones y… antes de que pudiera admirar otro detalle más de las facciones del castaño, este mismo se retiró rápidamente.

 

—Yo digo que mejor te regreses a tu casa, wey —aconsejo como si segundos antes no hubiera causado un remolino de emociones en Quackity haciéndolo considerar desistir de esta lucha unilateral de su orgullo.

 

Antes de que los dos dijeran algo más, un grito resonó del otro lado del solitario pasillo.

 

—¡Guapito! —ese acento y esa presencia solo podían ser de una persona.

 

Y como si él hubiera quedado en segundo plano, Roier se separó de él para con tal vez el mismo entusiasmo responder.

 

—¡Gatinho! 

 

Tanto Cellbit como Roier no tardaron en acercarse el uno al otro, este último murmurando un: “perame tantito” para después dejarlo ahí.

 

Quackity, por primera vez en lo que llevaba de existencia, en el silencioso y extenso pasillo de la escuela, experimentó los celos. No el tipo de celos egoístas e infantiles, sino aquellos amargos, feos, con un coraje escondido hirviendo lentamente y fundiéndose en sus extremidades incómodas.

 

Pero aún sobre el sentimiento de posesividad que cantaba su piel estaba su ego, que era lo suficientemente grande como para soportar algo así, y no les iba a dar el gusto de verse como un pendejo e irse todo apenado de ahí. No.

 

Solo tenía que tener paciencia. Sí, solo eso, y demostrar que no era un arrastrado pero tampoco un culo.

 

Pero, cuando vio como Cellbit, que hablaba animadamente con Roier, dirigió su mirada hacia la sudadera para después tener la audacia de decirle —¿Você ainda está usando essa coisa?

 

Quackity supo que no podía más. No, no era un experto en portugués, pero no era un tonto como para no saber lo que Cellbit había dicho (de alguna manera el que Roier hubiera estado recientemente habalando como loro con ese idioma le había ayudado). Así que esa frase fue su excusa para mandar a la verga todo su monólogo interior que antes había reflexionado calladamente. 

 

—¿Qué? No puedes ver a Roier con mi ropa o que —dijo con toda una sonrisa arrogante adornando su rostro.

 

Pareciera que no fue muy discreto a la hora de soltar ese pequeño comentario, porque al momento de hacerlo las pocas personas a su alrededor parecieron notar la gradual tensión que se empezaba a formar y empezaron a meterse a sus salones.

 

—¿Disculpa? —preguntó Cellbit tan confundido como Roier a su lado.

 

—No te hagas pendejo —Quackity casi gruñó aproximándose rápidamente hacia la pareja —tú sabes bien lo que dijiste.

 

Cellbit solo frunció el ceño en desconcierto. La expresión desorientada de antes había sido reemplazada ahora por una más seria.

 

—Fue solo una broma.

 

La falsa carcajada de Quackity resonó por el pasillo haciendo eco.

 

—Si como no —siguió reclamando para después y con todo el veneno que pudieron reunir sus palabras continuar— ¿crees que yo no puedo ver a través de tus pinches “bromitas”?

 

Quackity no se consideraba una persona impulsiva, ni que se dejara llevar por sus emociones tan fácil, al contrario, mayormente en las peleas que llegaba a tener era cínico, burlón y escandaloso. Acababa con la paciencia de los demás a propósito, pero al parecer esta vez la estaba perdiendo él.

 

Cellbit como antes se mantuvo quieto en su sitio, pero pronto su anterior expresión de desconcierto dio paso a una de lo que parecía aceptación. Resignación. Incluso pudo ver el momento donde sus hombros se desinflaron cansadamente.

 

—Si te ofendiste perdón, pero tampoco es para armar un escándalo.

 

No, Quackity no quería disculpas. Él quería pelear. Quería gritarle en la cara que él era muchísimo mejor, que su facha de buena gente era solo un engaño. Pero sobre todo, la patética pregunta que rondaba desde la mañana en su cabeza: ¿qué había visto Roier en ti que no vio en mi?

 

—Ay si, ahora si muy pinche mojigato, ya-

 

Antes de que pudiera seguir hablando, la tercera voz de esa “pelea” (si se le podía llamar así) interrumpió.

 

—Quackity, ya wey relájate —intervino Roier con un tono inusualmente severo.

 

Tal vez en ese momento la frustración que martillaba dentro de su cabeza no dimensionó sus acciones o la situación, y las palabras fluyeron de su lengua impulsadas por la facilidad de la ira.

 

—Tú cállate el puto hocico Roier, esto es entre tu vato y yo.

 

Y no debía pensar mucho para saber que sus palabras no estaban en el territorio del confort ni de la broma, sino del sentimiento. El conocido regusto del aroma áspero y amargo que se estaba formando alrededor de ellos era una prueba de ello.

 

—¡Hey, no le hables así a Roier! —Cellbit no tardó en oponerse, para después agarrar del brazo al castaño y ponerlo detrás de él.

 

La pesadez en las extremidades de Quackity se disparó en rabia sin adulterar por sus venas descargándose por todos sus sentidos.

 

—¡Le dije a él, no a ti! —dijo, o más bien grito, claramente enfadado.

 

La conmoción en la cara de Cellbit al parecer había indicado su límite. Dio un paso encarándolo más de cerca.

 

—¡No me importa!, ¡es mi amigo y no voy a dejar que lo insultes así como así, imbécil!

 

—¿Tu amigo? —repitió con evidente sarcasmo —¡ya di las cosas como son cabrón!

 

Aunque Quackity sentía su cuerpo abrumado por dentro y sus encías dolían, pudo ver por el rabillo de su ojo a Roier moviéndose. Cuando enfocó su mirada totalmente en el castaño pudo ver que se estaba quitando la sudadera, para después, y con una cara completamente estoica mover la prenda hecha bola hacia su pecho.

 

—Toma —dijo con un tono plano y con la mayor distancia que pudo, y como si nada se dio a vuelta tomando a Cellbit de la muñeca —vámonos, no vale la pena que sigan peleando.

 

El surco de pesadumbre que se formó en su pecho, al ser receptor de aquella mirada tan vacía, hizo que todo finalmente estallará. 

 

Quackity aventó la dichosa sudadera al piso y antes de que Roier se pudiera alejar más lo retuvo bruscamente del brazo, haciendo que en el acto el castaño liberara la muñeca del brasileño.

 

Sin embargo cuando los bonitos ojos marrones por los cuales estaba haciendo todo este alboroto, lo enfrentaron, no supo qué decir, porque más allá de la mirada enojada que estaba dedicada a él, en realidad Quackity no sabia que decir. Solo quería una cosa.

 

—¿Qué? —preguntó Roier con prisa que su voz salió estrangulada, forzada.

 

—¿Te estás conteniendo por ese wey? —pregunto viendo la extraña rigidez en los hombros ajenos.

 

En este punto Quackity sólo estaba buscando alguna manera de pelear. Nunca fue de las personas que encararán correctamente sus emociones, y en su lugar buscaba otras formas como estas para confrontarlas. Quería ver hasta dónde podía llegar Roier por el pendejo de su noviecito.

 

—Hazte para allá —protestó Roier girando la cabeza para el otro lado.

 

Una descarada sonrisa se extendió en sus labios.

 

—Pense que eras más que eso —menciono mientras acortaba la distancia —que lastima que también actúes de recatadito.

 

Roier siguió en la misma posición sin hacer ni decir nada, Cellbit extrañamente tampoco arremetió, solo veía con preocupación la escena.

 

—¿Vas a seguir dejando que yo te hable así? —pregunto con clara saña. Para ese momento ambos estaban tan cerca que el aroma opresivo los rodeaba a ambos.

 

No se debía ser un gran conocedor para saber que Quackity estaba retando a Roier. Era, por así decirlo, una silenciosa declaración de pelea que se daba entre los alfas para demostrar su “dominio”.

 

No era que realmente quisiera lastimar a Roier, sino que quería comprobar la sinceridad de sus palabras, verlo en el extremo del enojo y la rabia, para ver si detrás de esa evasiva mirada estaba el afecto que parecía dedicarle a Cellbit, y que llegaría a algo tan lejos como a los golpes para defenderlo.

 

Pero Roier aún así se contuvo, y a pesar de las atrevidas señales que indican el inicio de una pelea no había dado ninguna señal de arremeter. Entonces Quackity, dispuesto a echar más leña al fuego y cuando finalmente iba a agregar palabras más cizañosas, sucedió lo que quería.

 

—¡Pinche pendejo! —grito Roier, sin embargo cualquier golpe o empujón que hubiera podido haber esperado pronto se extinguió cuando vio la cara llorosa de su “contrincante”.

 

Y como en camara lenta, vió a detalle como la cara de angustia que se mezclaba con desesperación en el rostro del castaño, al confrontarlo directamente palideció. Roier, como un gato asustado se echó para atrás casi cayendo en el piso, para rápidamente apresurarse a uno de los botes de basura fuera del salón y vomitar.

 

Las arcadas resonaron por el pasillo ahora no tan solo.

 

—¡Roier! —grito Cellbit acercándose rápidamente, sin embargo a penas a unos cuantos pasos de Roier se detuvo en seco cubriéndose la nariz.

 

Antes de que Quackity pudiera tan siquiera reaccionar o darle el tiempo a su cerebro de formular preguntas, el aroma que poco a poco se expandía en el aire fue la respuesta.

 

Azúcar.

 

Azúcar quemada.

 

Era el aroma que provenía de el tembloroso Roier mientras vomitaba.

 

Todo pasó como un borrón mientras procesaba esa información, no vio a las pocas personas saliendo conmocionados de sus salones para ver la escena, ni mucho menos que la presencia de Cellbit había desaparecido.

 

—Tú… 

 

Roier, que ahora estaba recargado en la pared con la cara en un lío de baba y lágrimas, con su característica bandana desacomodada y el pecho con una respiración desordenada, le dedicó una mirada que Quackity no pudo describir con una sola palabra. Pero el vacío que sintió en su pecho vertiginoso y agobiante, tal vez le dio una vaga idea.

 

—Si, ¡yo que! —gruñó Roier groseramente, pero aún con un tono claramente enojado sus palabras apresuradas delataban la pena en estas.

 

Demasiado, confundido, atónito y desorientado, Quackity solo pudo hacer una pregunta.

 

—¿No eres un alfa?

 

En ese exacto momento pudo ver como el ceño fruncido en la cara de Roier se profundizaba, mordiendo tan fuerte su labio que parecía que fuera a sacarse sangre y tal vez lo más devastador fueron las lágrimas que rodeaban sus ojos a punto de caer haciendo su cara aún más roja.

 

Sí, al parecer había llevado a Roier al límite. Pero no de la ira exactamente, sino de la humillación.

 

—¿Qué está sucediendo aquí?

 

Una voz al fondo del pasillo interrumpió. Cuando volteo pudo ver a Cellbit claramente agitado junto a una maestra, la cual inmediatamente se tapó la nariz y pronto un exagerado chillido salió de su boca al ver a los dos adolescentes.

 

En su camino a la dirección, con otro maestro tomándolo del brazo, pudo ver a Roier a lo lejos siendo auxiliado por la maestra y otros alumnos.

 

Quackity no sabia en que la había cagado más, si en retar a un omega a pelear siendo el un alfa, o que ese omega fuera Roier, el wey que le gustaba.

Notes:

escribí y publique esto hace dos años en wattpad, regreso el qsmp, así que regrese yo jaja. viva el spiderduck. gracias por leer :D