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La Loca Princesa Vidente Quiere Sobrevivir

Chapter 13: Vaegon Targaryen

Notes:

Canciones en orden de aparición:
1. I'll Make a Man Out of You (Mulan, versión español latino).

Las palabras marcadas por ** son aquellas que cambié para que la canción encajara en el contexto en que Rhaenyra las canta.

La canción la escribí en español para dar a entender que Rhaenyra la canta en el idioma de su nuevo mundo.

*Obviamente ninguna canción me pertenece, así que créditos a sus creadores.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Se deslizó sin gracia del lomo de Syrax, cayendo con un golpe sordo sobre la arena.

No murió.

Ni por el vuelo, ni por el aterrizaje.

Ah, pero cómo le dolía el cuerpo.

Respiró entrecortadamente, tratando de regular los latidos de su corazón, con la vista nublada por el cabello en su rostro, respirando el aroma a sal marina y azufre proveniente de los volcanes.

Contra todo pronóstico logró llegar a Dragonstone.

Mocosa —resopló ásperamente al sentir que Syrax lo empujada con la nariz, ya fuera para comprobar su bienestar o sólo para demandar atención —. Lo hiciste bien —elogió a medias, levantando un brazo e intentando palmear a ciegas las cálidas escamas.

Un resoplido caliente golpeó su cuerpo.

Lo último que pensó, mientras avanzaba por el Camino del Rey hacia la capital para tomar un barco hacia Dragonstone, fue que sería reclamado por un dragón.

Según la historia que llegó a la Ciudadela, Dreamfyre y Syrax habían escapado de sus cadenas, matado a los Guardianes y reclamado el Pozo como su guarida. La gente se preguntaba por qué los dragones no huyeron, siendo libres. La respuesta, evidente si se tenía un poco de cerebro, era que las nidadas de Dreamfyre residían en el Pozo y ésta no quería abandonarlas, así como que Syrax no cazaba por su cuenta, lo que le impedía sobrevivir por sí misma.

Según las últimas historias, Dreamfyre tomó a Syrax bajo su ala, compartiendo sus presas y enseñándola a cazar poco a poco.

Y, al parecer, fue durante una de esas cacerías que sus caminos y el de Vaegon se cruzaron.

Ni siquiera recordaba claramente cómo sucedió, sólo que sus compañeros de viaje hicieron todo lo posible por huir cuando vieron a las dragonas abalanzarse sobre un rebaño de ovejas a un costado del camino. El escándalo había llamado su atención, las había molestado lo suficiente para atacarlos.

Dreamfyre voló tras los maestres que huyeron, mientras Syrax se acercó lentamente a Vaegon.

¿A dónde iba a huir? Nunca sería más rápido que un dragón y no había cobertura cerca, así que él simplemente aguardó su muerte con la mayor dignidad.

Su siguiente recuerdo era estar ya sobre su lomo, agarrándose con fuerza a los cuernos a su alcance y dando la orden de volar, de ir a Dragonstone confiando que Syrax recordaba el camino.

Y ahora estaba aquí, mayormente ileso.

Se esforzó por levantarse, logrando arrodillarse y apartar el cabello de la cara, recargando su cuerpo contra las escamas bajo el ojo de Syrax.

Escuchó pasos a lo lejos, después vio figuras acercándose.

—Soy Vaegon Targaryen —dijo en cuanto los caballeros se detuvieron a una distancia prudente de Syrax —. Escóltenme hacia la Gran Princesa.

Esperaba que la presunta princesa loca no lo matara por haberse vinculado con su antiguo dragón.

 

 

—Tú no eres Rhaenyra Targaryen.

—No lo soy, primo —la anciana de ojos púrpuras asintió beatíficamente —. Soy Rhaella Targaryen.

Se apoyó contra la superficie de una mesa decorativa en la antecámara a la que lo escoltaron.

—Pensé que estabas muerta —ella no se mostró ofendida —. ¿Qué haces aquí y no en el Septo Estrellado?

—El Septón Supremo me envió para traer consuelo y educación a la princesa Rhaenyra.

Vaegon la observó detenidamente.

Rhaella Targaryen no vestía el hábito de septa, sino que lucía un recatado vestido rojo de lujosa confección. Portaba anillos en los dedos, aretes en las orejas y una delgada, pero elegante, tiara de oro que rodeaba su frente. Su cabello canoso, ya no plateado, estaba recogido en un regio peinado valyrio.

Ella le recordaba a su madre, a Alyssane Targaryen, pero también no.

—No luces como alguien que ha seguido las órdenes del Gordo Supremo —comentó secamente.

Rhaella sonrió ligeramente divertida.

—He dejado el hábito, sí —ella se movió para invitarlo a avanzar —. La Gran Princesa me ha dado la bienvenida a su lado, como pariente y como miembro de la Familia Real de Dragonstone.

Entonces volvió a ser una princesa.

—Su Majestad te ha designado estos aposentos —hizo una seña general hacia el espacio amueblado, aposentos dignos más de jinetes de dragones que de realeza —. Ella te invita a descansar y recuperarte del largo viaje —sus piernas temblorosas recibieron una mirada suspicaz —. En un momento los siervos te prepararán la tina y te traerán alimentos. Por favor, primo, siéntete bienvenido y ponte cómodo.

— ¿Cuándo me recibirá la Gran Princesa?

—Mañana a primera hora —ella se despidió como iguales y Vaegon se quedó solo en la misma habitación que había ocupado en la infancia cuando su familia visitaba Dragonstone.

¿Coincidencia o visiones?

 

 

— ¿Por qué venir ahora? Mi tía te escribió meses atrás —cuestionó ausentemente la nieta de Daella.

Ella revoloteaba alrededor de una mesa en su solario, cortando rosas de sus tallos y acomodando éstos en un jarrón.

Excéntrico, pero no locura.

Y beneficioso ya que había desarrollado alergia a las flores durante sus años en la Ciudadela, no que nadie excepto él lo supiera.

—Tuve preparativos que organizar.

Sintió la mirada mordaz de Lady Amanda antes de notarla.

La dama y Rhaella ocupaban el sillón que enfrentaba perpendicularmente al sillón donde Vaegon fue invitado a tomar asiento.

Rhaella no reaccionó más allá de beber té, observando atentamente las acciones de la princesa, como si realmente sintiera admiración.

—Si quería ser útil, debía recopilar todo el conocimiento posible para beneficiarte y beneficiar Dragonstone —explicó bruscamente ante el paso del tiempo sin más reconocimiento, sin nada excepto el tarareo de la princesa.

— ¿Dónde está ese conocimiento, archimaestre? —había escuchado que Lady Amanda y la reina Aemma compartían los ojos azules de su apellido.

Vaegon no podía asegurarlo, no cuando nunca conoció a su sobrina.

—Llegaste apenas con la ropa que te cubría y tu cadena de eslabones.

—Todo está en mi mente, Lady Amanda —no frunció el ceño, pero sí agregó con desdén —. Poseo una memoria prodigiosa.

No hubo burla, sino un desdén igualado y expresado con la mirada.

Esta mujer poseía algo de mordisco, muy diferente a los idiotas de la Ciudadela que tendían a sentirse ofendidos como niños, a alejarse sumisamente o a replicar con argumentos defectuosos.

— ¿Y sigues queriendo eso? —la nieta de Daella y Alyssa vertía agua dentro del jarrón —.  ¿Ser útil?

—Nunca se me ha dado bien permanecer inactivo —admitió a medias, incapaz de revelar la verdad detrás de su decisión.

Culpa.

Una pesada culpa que había mantenida enterrada durante sus años en la Ciudadela. Una culpa que afloró contadas veces; cuando Daella falleció, cuando su hija Aemma fue convertida en una novia niña, cuando esa hija murió, cuando se reveló que esa hija fue masacrada por su propio esposo, y cuando recibió la carta de Lady Amanda que le solicitaba se uniera a Rhaenyra Targaryen en Dragonstone.

La culpa que cargada desde el primer momento que fue cruel con Daella.

Vaegon nunca sintió desprecio ni aversión por ella, nunca la consideró una idiota.

Al contrario, la amó.

La amó como hermana y la amó como lo que pudieron haber sido si Vaegon fuera más valiente, más fuerte, más como sus hermanos.

Daella fue frágil, delicada como un gorrión y hermosa como una flor recién florecida. Daella fue dulce, fue amable, fue gentil. Fue todo lo que Vaegon no supo cómo podría proteger.

Vaegon no fue fuerte, no fue feroz, no fue hábil en lo que los caballeros debían serlo. No fue como Aemon y Baelon (todavía no lo era). Fue todo lo que no podría proteger a Daella.

Así que tomó el camino fácil.

El camino que evitaría que Daella sufriera por la ineptitud de Vaegon, el camino que salvaría a Vaegon del fracaso.

¿Y de qué había servido todo eso al final?

Daella murió al año de casada y sus descendientes enfrentaron una desgracia tras otra hasta ahora.

— ¿Por qué no ser útil para el rey Viserys? —por primera vez desde que Vaegon entró a ese solario, la princesa lo miró de frente.

La suavidad de su rostro era herencia de Daella.

—Él no me invitó a su castillo.

Y aunque lo hubiera hecho, Vaegon jamás acataría ni una palabra del desgraciado que asesinó a la hija de su hermana.

—Yo tampoco, no directamente —fue dicho sin malicia y sí con contemplación —. Y ahora te has convertido en un jinete de dragón.

Fue dicho con ligereza, pero sonó condenatorio.

—Un dragón al que te vinculaste en los Seis Reinos, lo que significa que es un dragón perteneciente a la Casa Targaryen del Trono de Hierro —entendía a lo que ella se refería, él había leído el decreto antes de que fuera guardado bajo llave en las bóvedas —. Además, eres miembro de la Orden de Maestres, juraste servicio y lealtad a la Ciudadela, una institución de los Seis Reinos. Y, si bien ya no ostentas el título de príncipe de sangre, sigues siendo un hijo de la Casa Targaryen; tu vida está atada al Trono de Hierro.

Vaegon sostuvo su mirada, controlado, sin desafío —. Estoy consciente.

Lo había analizado a profundidad durante la noche.

—Estás consiente de los problemas que traes a mi puerta, bien —ella hizo un sonido pensativo —. Dime, ¿por qué debería darte la bienvenida y no enviarte a Desembarco del Rey con Syrax?

—Porque Viserys Targaryen no merece jinetes de dragones a su servicio —espetó antes de pensar.

La animosidad que Amanda Arryn le había dirigido se suavizó. Rhaella volvió a mostrar la sonrisita divertida del día anterior. Y Rhaenyra Targaryen sonrió complacida y casi maliciosa.

Entonces no era la hija perdonadora que las historias retrataron.

—Ahora dime algo que me conmueva —la malicia fue remplazada rápidamente por expectación.

Tragó saliva con pesadez y arrugó la tela que cubría sus muslos por el agarre fuerte que se propinó.

La princesa siguió cada uno de esos movimientos, atenta como un ave de rapiña.

Esta chica no era nada como decían los rumores.

No era para nada como Daella.

Tal vez por eso logró salir de las garras de aquellos que la herirían sin vacilar. Tal vez significaba que no tendría que saber de la desaparición de otro pedazo de Daella.

—Fui terrible con tu abuela, no lo seré contigo —no decía suficiente, pero era incapaz de delatar nada más.

—Ah —ella reaccionó como si comprendiera todo lo que Vaegon no dijo, tal vez sí entendía; asintió y volcó su atención al jarrón, usando un dedo para juguetear con los tallos decapitados —. Gerardys eligió renunciar a su cadena y sus votos, eligió no dividir su lealtad, eligió convertirse en un ciudadano de Dragonstone por completo, eligió mi gobierno y mi protección. Yo no exigí, él eligió libremente —ella volvió a mirarlo, directamente a los ojos —. Tú no tienes esa opción ni esa libertad.

En este momento no vio a Daella o Alyssa, tampoco a Baelon pese a poseer los mismos ojos, sino a Aemon.

Sereno e implacable Aemon.

—Si quieres ser un jinete de dragón de Dragonstone, entonces no estarás unido a ninguna institución ajena a este principado, mucho menos estarás en deuda con otros reinos, ni bajo la autoridad de otro gobernante —un breve respiro —. Ya no serás más un Archimaestre de la Ciudadela, tampoco un hijo de la Casa Targaryen de los Seis Reinos.

Sintió un estremecimiento.

—En cambio, serás un jinete de dragón bajo la autoridad del Trono de Obsidiana y un Príncipe de la Casa Targaryen de Dragonstone, bajo juramento de sangre —ella le sonrió bondadosamente —. Piénsalo bien.

—No necesito pensarlo —su boca, una vez más, fue más rápida que su mente, pero no sentía arrepentimiento.

Renunciaría a más de lo que previó, antes y después de ser reclamado por Syrax, no obstante, no se sentía mal. Se sentía correcto.

—Renunciaré a todos mis lazos con los Seis Reinos y me convertiré en lo que mandes.

Por Daella.

 

 

Rhaenyra, quien exigió el trato familiar, rechazó la educación por la que Amanda Arryn le escribió. En cambio, ella le otorgó el cargo de Secretario de Educación.

Los hombros de Gerardys lucieron hundidos de alivio cuando le entregó las notas y avances que había acumulado durante meses.

Por si fuera poco, ella también le encomendó crear un lenguaje de señas con la ayuda de Lyla Beesbury.

—Ya tengo suficiente trabajo como Secretario de Educación —se había dado cuenta durante la primera semana de ostentar el cargo.

Trabajo que incrementaba por cada idea nueva que Rhaenyra concebía y por cada pausa que debía hacer para apoyar a los otros miembros del Consejo.

A veces las cargas de uno amenazaban con desbordarse y a veces las cargas de uno se superponían con las de otro por temas relacionados.

Y, de alguna manera, el principado se mantenía a flote de esa manera.

—Ay, ¿no puedes con ambas cosas?

Esta muchacha no estaba loca, ella sólo fingía para ocultar el monstruito tirano que realmente era.

—Lo haré, chica insufrible.

— ¡Gracias, abuelo!

Nunca admitiría en voz alta la calidez que ese título traía a su corazón.

 

 

Regresaste a tus viejos hábitos en poco tiempo, mocosa —Syrax le dirigió una mirada altiva como respuesta.

Vaegon la observaba alimentarse.

Él mismo había elegido los carneros de ese día, los más tiernos y más agraciados del rebaño.

Tiene mucha personalidad, esta dama tuya —comentó Rhaella, con quien había volado esa tarde.

Silverwing ya había regresado a su cueva para, en palabras de Rhaenyra, acurrucarse con Vermithor.

El dragón que eclosionó del huevo que Rhaena Targaryen colocó en la cuna de su hermana, ahora era el dragón vinculado a su última hija superviviente.

Tu Reina Plateada no es precisamente dócil.

Silverwing es un encanto —Rhaella rio afectuosamente —. Si ella no fuera tan aficionada al canto de Rhaenyra, nunca habría despertado de su sueño profundo ni salido de su guarida. Y entonces yo nunca habría estado al alcance suficiente para llamar su atención.

El canto de Rhaenyra, mientras acicalaba a Vhagar, había despertado a Vermithor y Silverwing, quienes habían estado sumidos en sueños desde la muerte del Viejo Rey. Los dragones salvajes también eran atraídos por su canto, pero mantenían la distancia. Silverwing y Vermithor no compartían los mismos reparos, acostumbrados a la presencia de humanos y otros dragones.

Fue en una de esas sesiones de acicalamiento (spa, como Rhaenyra lo denominó en su mentado lenguaje divino) –que sucedían cada tres meses–, cuando Rhaella acompañó a Rhaenyra para ayudarla cuando Vhagar permitió la compañía añadida, que Silverwing mantuvo sus ojos en Rhaella todo el tiempo. Los siguientes días, cada vez que Rhaella salía del castillo, fue acechada por la dragona.

Y, finalmente, dos semanas después Silverwing reclamó un nuevo jinete.

Sucedió una semana antes de la llegada de Vaegon y un mes después del arribo de Rhaella.

Para entonces, ella ya había abandonado sus votos con la Fe y unido al Trono de Obsidiana como Princesa de Sangre de los Targaryen de Dragonstone.

Sus razones eran suyas y Vaegon no indagaría, así como ella no lo hacía con él.

 

 

La voz de Rhaenyra lo sacó de las profundidades del Tambor de Piedra hacia uno de los patios de entrenamiento.

Mantener la calma en la tempestad.

Siempre en equilibrio,

en vencer, pensar.

Al salir al patio, lo primero que vio fue a Rhaenyra parada en la almena techada al otro lado y a un niño golpeando con palos de madera una caja del mismo material.

Son patéticos, escuálidos.

Nunca entienden qué pasó.

Hombres fuertes, de acción,

serán hoy.

— ¿Nos está animando o insultando? —dijo uno de los reclutas sin detener el ejercicio que Ser Harrold había ordenado para esta sesión de entrenamiento.

— ¡Viejo Owen, como practicamos! —Rhaenyra señaló al Comandante de los Lobos Invernales, quienes supervisaban el entrenamiento como apoyo a los cuatro anteriores Capas Blancas ya que los reclutas ascendían a tres centenares entre valenses, norteños y dragonitas.

No puedo casi respirar.

— ¡Viejo Jonah, te toca!

Sólo pido despedirme.

— ¡Viejo Walton!

En deporte siempre fui una decepción.

Para estar haciendo el ridículo, los tres hombres lucían bastante divertidos.

— ¡Angus! —Rhaenyra señaló entonces al niño de la caja.

De miedo los va a matar.

— ¡Cyra! —la niña, hija de uno de los sirvientes del castillo, como los otros dos, parecía que había esperado ese momento toda su vida.

Que no vaya a descubrirme.

— ¡Rhys! —el niño más joven compensó la desafinación con entusiasmo.

Ojalá supiera yo de natación.

— ¡Lobos y yo!

(Hombres ser) Debemos ser cual veloz torrente.

(Hombres ser) Y con la fuerza de un gran tifón.

(Hombres ser) Violentos como un fuego ardiente,

¡cumpliendo muy misteriosos la misión!

Vaegon se dirigió a Rhaenyra, rodeando el patio y captando las expresiones que iban de diversión a cariño en los rostros de los cuatro caballeros que siguieron a Rhaenyra hasta esta isla olvidada.

Pronto ya los *idiotas* nos van a atacar,

pero si obedecen se podrán salvar.

Rhaenyra miró al cielo.

Tú no sirves en la guerra cruel.

A empacar, no hay tal virtud.

Hombres fuertes, de acción,

¡serán hoy!

Vaegon dudaba de su locura, pero no sentía lo mismo sobre sus Sueños de Dragón. Los Sueños habían salvado a su familia de la Perdición y él había dedicado toda su vida a estudiar todo lo valyrio a su alcance en la Ciudadela.

La primera prueba era el hijo de Viserys Targaryen y Alicent Hightower.

— ¡Niños y Lobos!

(Hombres ser) Debemos ser cual veloz torrente.

(Hombres ser) Y con la fuerza de un gran tifón.

(Hombres ser) Violentos como un fuego ardiente,

cumpliendo muy misteriosos la misión.

— ¡Y de nuevo!

(Hombres ser) Debemos ser cual veloz torrente.

(Hombres ser) Y con la fuerza de un gran tifón.

(Hombres ser) Violentos como un fuego ardiente,

cumpliendo muy misteriosos la misión.

¡Cumpliendo muy misteriosos la misión!

Risas y aplausos resonaron en el patio.

Vaegon llegó a Rhaenyra justo cuando ella despedía a los niños, enviándolos a las cocinas para que recibieran recompensas, en forma de pasteles, por acompañarla en sus fechorías.

Al verte así asumo que la paz con el Trono de Hierro se mantiene —esa mañana había llegado un cuervo de la Fortaleza Roja, presumiblemente con la conclusión de la deserción de Vaegon y la nueva jurisdicción sobre Syrax.

Ya era media tarde y Rhaenyra no le había comunicado nada.

La espera lo carcomía, razón por la que terminó buscándola él mismo.

Viserys no puede exigirme la devolución de Syrax y su nuevo jinete por añadidura —ella se sentó de un salto en la baranda, Vaegon sintió que el corazón le dio un vuelco y se apresuró a agarrarla por un brazo; recibió una sonrisa divertida por su molestia —. Está escrito en los pergaminos que ambos firmamos. Los Targaryen de los Seis Reinos y los Targaryen de Dragonstone no se harán la guerra si un dragón entra libremente en territorio de su contraparte. Syrax llegó libremente al principado y su jinete decidió quedarse sin amenazas o coacción.

Rhaenyra balanceó sus piernas como una niña pequeña.

En el decreto no se estableció la propiedad de los dragones como tal. En la práctica, los dragones pertenecen a una Corona u otra dependiendo de donde anidan, pero no son propiedad exclusiva —ella guiñó un ojo al decir —: Es un vacío legal.

Vaegon era un idiota, ¿cómo no se dio cuenta?

No te veas tan enojado, yo tampoco lo noté. Si no fuera por el Viejo Barton estaríamos jugando al tira y afloja con Viserys.

Barton Bolton, un Lobo Invernal que además ostentaba el cargo de Legislador, el equivalente a Maestro de Leyes en los Seis Reinos.

En cuanto a ti, eres un hombre adulto y libre que tomó una decisión —hizo un gesto de desenfado —. La Ciudadela no tiene reglas contra la deserción y Viserys no puede obligarte a regresar, no ahora que eres un dragonita oficial.

Rhaella, la Secretaria Civil, le había entregado un acta de nacimiento y una identificación ciudadana. Documentos que todos los habitantes de Dragonstone comenzaron a poseer desde que se realizó el censo.

Estás bajo mi protección, abuelo, como tal, Viserys no tiene el valor para recuperarte porque sabe que me molestará —ella rodó los ojos —. Y él no quiere molestar a la hijita que ya sacrificó tanto por él. Y aunque lo tuviera, sabe que no lograría nada contra tres jinetes de dragones.

Podría ordenar a los Velaryon y al príncipe Daemon luchar contra nosotros.

Rhaenyra lo sopesó por un momento.

Podría, e independientemente de si ellos acataran —Daemon Targaryen seguía haciendo los dioses sabrían qué en los Peldaños de Piedra y los Velaryon se sentían demasiado ofendidos por Viserys —, el rey no desataría una guerra. Él está desesperado por regir un reino de paz, por ser visto como la segunda venida del Conciliador —Vaegon resopló —. Ridículo, lo sé, pero demostrado por lo que ha hecho a su familia. Tan sólo mira dónde está Rhaenyra Targaryen y dónde está Aegon el hijo de Alicent Hightower.

Rhaenyra hizo una mueca amarga.

Aun frente a la amenaza futura, él prefirió sacrificar y lastimar a otros sobre realizar la acción que podría acabar el problema de raíz. Una decisión difícil y cruel, sí, pero que Viserys no tomó, únicamente por miedo a la mancha que dejaría en él.

Vaegon no supo qué decir.

Él no vivió con Viserys, no experimentó en carne propia su crueldad enmascarada de rectitud ni su debilidad. Así que sólo pudo decir —: Nunca debiste experimentar eso; ni la tú de ahora, ni la Rhaenyra de tus sueños. Y me conduelo contigo por ello.

Su sobrina lo observó detenidamente, serena, para al final suspirar.

Agradezco el sentimiento, abuelo. Sin embargo, yo estoy bien. Mejor compadécete de la nueva familia de Viserys, que están atrapados con él y seguirán así indefinidamente.

 

Notes:

1. Vaegon tiene 50 años.
Rhaella tiene 71 años.
Han transcurrido unos tres meses desde el capítulo anterior, seguimos en 113 d.C.

¡Gracias por leer!

Notes:

¡Gracias por leer!

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