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El olor hacía que su nariz picara.
No era un picor cualquiera, sino esa comezón persistente que se instala en el fondo de la garganta y recuerda a la desesperación mezclada con desinfectante de limón barato. Si se concentraba lo suficiente, Juan Qubito casi podía ignorar el constante pitido de las máquinas llegando de distintas direcciones. No era un solo pitido, sino un coro de ritmos distintos que llevaba años memorizada sin querer. Las enfermeras iban y venían, siluetas de color pastel recortadas contra la iluminación fluorescente, pero no veía por ningún lado al supuesto médico que estaba esperando. Jugueteó con las mangas de su desgastada sudadera morada, sintiendo el tacto áspero de las manchas de pintura seca bajo las yemas de los dedos. Eran manchas viejas, de cuando aún tenía tiempo y ánimos para pintar por placer y no solo por encargo.
El olor lo hacía recordar.
La ventanilla verdosa que daba a la habitación de su hermana distorsionaba la realidad. A través de ella, Tina parecía una princesa dormida flotando entre sábanas blancas. Juan parpadeó y se permitió, solo por un segundo, viajar hacia atrás. Cuando tenía quince años pero pretendía tener veintiuno, solía colarse a la habitación donde su abuela se encontraba internada. Evitaba a las enfermeras (aunque ahora estaba casi seguro de que ellas lo dejaban entrar por mera lástima) y lograba pasar a la habitación sin que nadie lo sacara. Pasaba horas y horas platicando con su abuela, contándole acerca de sus amigos de la escuela y como Tina seguía siendo mejor alumna que él. Recordaba la sensación de sus dedos huesudos enredándose en su pelo rizado mientras ella lo escuchaba con una sonrisa cansada. Juan, joven y lleno de esperanzas, ignoraba la forma en la que su abuela lo veía, con una ternura que hablaba de lo mucho que ella deseaba guardar esos recuerdos lo máximo posible, ignoraba lo más posible el olor y las máquinas conectadas. Hasta que un día, ya no hubo necesidad de colarse.
Una década después, los hospitales no habían cambiado. Pero Juan sí.
Juan Qubito había pasado de ser un niño esperanzado a ser un hombre un poco más alto y mucho más enojado con la vida. Y para sorpresa de todos, se convirtió en un artista; no muy famoso, no reconocido, pero un artista. Un artista que ahora cambiaba lienzos por recibos médicos y cuya inspiración se medía en la cantidad de medicamento que su hermana necesitaba ese mes.
Ahora, estando en este lugar, hubiera deseado convertirse en un contador, tal como su difunto padre había pasado años insistiéndole. Le había dicho, con esa voz grave que usaba para sermonear, que el arte no llenaba el estómago. Juan se había reído entonces. No se reía ahora. Tal vez, así hubiera tenido una oportunidad real en una situación así, tal vez estaría vistiendo un traje elegante en vez de una sudadera desgastada que llevaba años en su guardarropas (y que tenía manchas de pintura en las mangas). Así, tal vez hubiera sido lo suficientemente listo para no meterse en donde no debía.
Pero ahora su padre y su madre estaban muertos y su única familia estaba postrada en una cama, muriendo lentamente. Sintió un nudo frío en el estómago al pensarlo. Era un pensamiento recurrente, un eco oscuro que nunca se iba del todo.
—¿Lo hice esperar mucho, joven Juan?
Juan rebotó en el asiento metálico, emitiendo un ruido chirriante que hizo que la señora que llevaba dos horas esperando junto con él se sobresaltara también. La mujer soltó un resoplido de indignación, pero Juan ya ni siquiera tuvo la energía para sentirse avergonzado. La voz rasposa lo sacó de sus pensamientos y Juan se obligó a fijar sus ojos en el hombre mayor que lo miraba con profundo cansancio.
Merlon podría ser un hombre canoso e intimidante, bastante mayor de edad con una barba gigante que lo asemejaba a Santa Claus, pero era el mejor médico de toda la ciudad y llevaba tres años siendo el médico de cabecera de su hermana. No había sido fácil, y había costado más de lo que jamás podría permitirse con su sueldo, pero Juan haría lo que estuviera en sus manos para que su hermana pudiera volver a caminar sin estar atada a máquinas respiratorias.
Juan se levantó rápidamente del asiento, sacudiendo el polvo inexistente en su sudadera y fijó su mirada en el doctor. La mirada de Merlon se desvió hacia el suelo unos segundos y luego subió de nuevo. El gesto fue sutil, apenas un parpadeo demasiado largo, un peso invisible en sus hombros. Eso fue lo único que necesitó el castaño para sentir como sus piernas temblaban. Porque ese gesto, viniendo de un médico con la experiencia de Merlon, no podía ser bueno.
—El chequeo salió en orden. No tuvimos complicaciones… sin embargo joven Juan, hemos detectado que es necesario proceder el tratamiento con un nuevo medicamento. —Merlon hizo una pausa, como si estuviera midiendo cada palabra en una balanza antes de soltarla—. La enfermedad de su hermana es extraña, nueva incluso para nosotros, y el nuevo medicamento que está en prueba puede ser el necesario para que la parálisis cardiovascular de su hermana retroceda lo suficiente como para que vuelva a tener movilidad.
Juan se quedó callado unos segundos, intentando procesar la nueva información. Las palabras flotaban en el aire estéril del pasillo. Nuevo medicamento. En prueba. Movilidad. Parecía bueno que hubieran encontrado un nuevo medicamento, pero la cara de Merlon no lucía feliz, y su tono era demasiado oscuro como para ser portador de buenas noticias. Así que con miedo, un miedo que le raspó la garganta al salir, preguntó.
—Y eso significa…?
Merlon suspiró, tallando el puente de su nariz con cansancio.
—Cambiar un medicamento en medio de un tratamiento tan intenso puede generar efectos secundarios, e incluso podemos poner en riesgo la vida de la señorita Tina. Pero, lo más importante joven Juan, es que al ser un medicamento de prueba, es aún más caro de conseguir y administrar.
Y eso fue lo único que necesitó el castaño para volver a caer en la silla en un sonido sordo, la “amigable” anciana sentada junto a él suspiró con cansancio, evidentemente harta de sus arrebatos. Pero eso ya no importaba, Merlon siguió hablando, explicándole que era una buena oportunidad, que él podría ayudarlo a conseguir la mitad del dinero en pequeños pagos. Su voz se volvió un murmullo de fondo, como el zumbido de las lámparas. Pero Juan solo sintió que el mundo tembló.
Hace exactamente tres años, su hermana mayor Tina enfermó, no fue de la nada, pero tal vez Juan estaba demasiado ocupado con sus estúpidas discusiones con su padre para notarlo. Notar como Tina cada vez tosía más, notar cómo encontraba más cabello suyo en el desagüe de la bañera, el como sus mejillas siempre rosadas, al igual que las de él, se volvían cada vez más pálidas. Hasta que un día, ella se derrumbó en sus brazos. Juan aún lo recordaba, el peso repentino de su cuerpo contra el pecho, el sonido sordo de sus rodillas contra el suelo. Porque fue la primera vez que vio el desgaste reflejado en el rostro de la persona más importante en su vida.
Y temió, temió tanto al ver sus labios secos, las ojeras profundas pintando su pálida piel, el color amarillento de la sangre dejando de circular. Solo recordarlo hacía que volviera a sentir náuseas, ese sabor ácido subiendo por la garganta. La internaron por el seguro popular, pero no era suficiente, y Juan en el fondo de su alma lo sabía, pero, ¿qué podía hacer en esa situación? Estaban solos. Sus padres habían fallecido años antes, no tenían abuelos en los que apoyarse y sus amigos, aunque eran leales, tampoco tenían las posibilidades de ayudarlos.
Y aunque Juan hizo lo que pudo vendiendo su carro, sus lujos incluyendo su teléfono, nada fue suficiente, porque la medicina era un privilegio que la gente común como él muy apenas podía permitirse. Entonces, cometió una tontería impulsada por la necesidad, y ahora, tendría que volver a hacerlo. Sus ojos castaños se fijaron unos segundos en la ventanilla que daba a la habitación donde su hermana dormía, ella lucía tranquila, tan ajena a todo. Eso fue lo único que necesitó para decidir.
—No se preocupe doctor, encontraré la manera.
Y con eso, el castaño se levantó de su silla y salió del hospital. Las puertas automáticas se abrieron con un silbido, como una exhalación final.
El sol salió de una manera realmente odiosa esa mañana, proyectando una luz pálida y fea sobre el vaho matutino de la calle. La luz no calentaba, solo iluminaba la suciedad del pavimento y hacía entrecerrar los ojos. La nariz de Juan seguía picando y sabía a ciencia cierta que el olor del antibacterial del hospital se le quedaría pegado todo el resto del día, una segunda piel invisible que le recordaría dónde había estado.
El castaño como de costumbre se sumergió en sus pensamientos, levantando hacia arriba sus gafas redondas mientras se apresuraba a llegar a su tienda de arte. El frío le mordía las mejillas, un frío húmedo que se colaba por el cuello de la sudadera. MiArte fue un proyecto que fundó conjunto a su abuela cuando ella aún vivía. Era lo único que lo mantenía en pie; podía visualizar el letrero descolorido, el olor a trementina y lienzo que lo recibiría al abrir la puerta. Ahora su tienda era básicamente su casa, vivía en la parte de arriba porque definitivamente no se podía permitir dos rentas a la vez. Llegando tendría que llamar a Foolish y a Aldo para ponerlos al tanto de la nueva situación con Tina. Ellos eran básicamente la única familia (no consanguínea) que le quedaba. Solo pensarlo le dio un poco de calma en el pecho, una pequeña ancla.
Y Juan quizás siempre había sido un tipo demasiado distraído, con demasiadas cosas en su cabeza como para notar las cosas obvias que cualquier ciudadano promedio notaría en un lugar acostumbrado a la violencia continua, como las dos obvias camionetas blindadas estacionadas en la calle de enfrente. Eran moles negras y silenciosas que parecían absorber la escasa luz de la mañana, pero él no las vio. Su mente seguía atrapada en aquella ventanilla verdosa del hospital.
Tampoco notó que la cerradura de su tienda estaba forzada.
Metió la llave, la giró, y el sonido del pestillo no hizo el clic profundo de siempre. Algo estaba suelto. Juan frunció el ceño, pero antes de que pudiera procesarlo, la puerta se abrió y dos sombras lo arrastraron hacia dentro.
El interior de MiArte olía igual que siempre —a óleo, a lienzo y al café barato que se preparaba cada mañana— pero ahora ese aroma familiar se mezcló con el sudor ajeno y el cuero de guantes tácticos. Juan, que tenía la trágica costumbre de ser optimista desde joven, razonó para sí mismo que sin duda había estado en situaciones peores. O al menos intentó convencerse de eso mientras los dos hombres que lo habían estado esperando en la penumbra de su propia tienda lo tomaron de la cabeza —por el pelo, claro— y lo tiraron al suelo. El tirón fue tan brusco que le arrancó un quejido involuntario. El impacto contra las baldosas frías de MiArte le robó el aire de los pulmones y un sabor metálico le llenó la boca. Desde el suelo, alcanzó a distinguir sus propios cuadros apoyados contra las paredes, sus pinceles ordenados en los frascos, todo en su lugar, todo terriblemente normal salvo por los dos intrusos que acababan de convertirlo en una alfombra.
Juan se sonó la nariz contra el dorso de su mano, sintiendo el escozor de la piel raspada, y levantó la vista para mirar a los dos hombres.
Idénticos vaqueros, idénticos polos, idénticos cortavientos, pero lo más importante eran las máscaras blancas que cubrían sus rostros. La ropa ligera sugería que no eran nativos de la zona; cualquier persona acostumbrada al clima local se habría envuelto en capas. Juan, un norteño de nacimiento que rara vez llevaba algo más pesado que una sudadera con capucha, incluso en un invierno del sur, reconoció que tenían que ser extranjeros. Eso era un detalle muy malo. Los locales dejaban marcas, se preocupaban por ser vistos. A los extranjeros no les importaba.
No es una buena señal.
—Señores —dijo Juan, con la lengua intentando automáticamente cavar una tumba, como solía hacer. Su cerebro le gritaba que se callara, pero su boca siempre era más rápida—. ¿En qué puedo ayudarles? Aunque agradecería que la próxima vez pidieran cita, la agenda está un poco apretada.
Uno de los hombres se puso en cuclillas frente a él y le dio una palmadita amistosa en la rodilla. El gesto era casi paternal, lo que solo lo hizo más aterrador. A su espalda, los tubos de óleo sobre la mesa temblaron ligeramente con el movimiento.
—Juan Qubito, ¿Verdad? —preguntó. Su voz era rasposa, filtrada por la máscara.
—Hablando —dijo Juan, odiándose inmediatamente a sí mismo por la respuesta.
—Deberías pensar en ayudarte a ti mismo, Juanito —dijo el hombre—. ¿Sabes a quién has encabronado?
—En primer lugar —dijo Juan, calculando que iba a morir y decidiendo que también podía ser un poco dramático al respecto. Su espalda dolía contra el suelo de su propia tienda, el lugar que se suponía era su refugio—. Literalmente nadie me llama Juanito. La única persona que me llamaba así era mi ex y honestamente estaba un poco loco. En segundo lugar... —Suspiró y extendió las manos en un encogimiento de hombros a modo de "qué se le va a hacer"—. Todo el mundo está generalmente enojado conmigo, todo el tiempo.
Juan estaba divagando, moviendo las manos apresuradamente mientras intentaba distraer a los hombres frente a él. Su voz sonaba más valiente de lo que realmente se sentía. Solo había una razón por la que tipos como estos lo buscarían, y no era una buena.
Cuando su hermana enfermó y su trabajo de oficina con salario mínimo no funcionó, Juan decidió pedir un préstamo. Por supuesto, no habría sido un problema si lo hubiera pedido en un banco casual. Pero Juan necesitaba mucho dinero, dinero para cubrir los gastos hospitalarios de su hermana y la tienda (que en ese tiempo no era un proyecto estable porque apenas estaba formando clientela), dinero que no tuviera fecha de corte e intereses sobrehumanos. Dinero fácil y rápido. Dinero sucio.
Así que le pidió dinero a La Federación, la mafia que controlaba toda la maldita ciudad. O al menos, gran parte de ella. Se hablaba mucho de la Federación en los lugares indicados, en susurros apagados y miradas nerviosas. Eran fantasmas y todos sabían de su enorme influencia en el poder político y el mercado. Su líder, Cucurucho, era imposible de encontrar, un nombre que se decía en voz baja como una maldición, pero ellos siempre estaban allí, observando. Y Juan había dedicado cada día de su vida durante tres años para pagarles cada maldito centavo, porque él sabía que deberle a Cucurucho solo traería problemas. Y ahora los problemas estaban tocando la puerta de su casa nuevamente. O más bien, la habían abierto sin permiso y lo estaban pateando en el suelo de su propia tienda.
Pero los hombres que tenía frente a él no eran miembros de la Federación, o al menos no lo parecían. La Federación era más sutil, más limpia en su violencia. Estos tipos eran fuerza bruta.
—De acuerdo —dijo, su voz sonaba lejana y cansada, el sabor metálico aún presente en su lengua—. Me rindo. ¿A quién he cabreado?
Y lo que es más importante, ¿Cómo? Había pagado y saldado sus cuentas con Cucurucho, era imposible que quisieran algo más con él (Aunque ahora necesitaba volver a contactarlos, una ironía que le revolvía las tripas). Y Juan tenía una vida demasiado aburrida y ordinaria como para haber molestado a alguien más, alguien peligroso.
Uno de los hombres se acercó y le extendió una carpeta. El plástico rozó las baldosas. Lo que había dentro lo dejó paralizado. La fotografía era vieja, de hace unos dos años, arrugada en las esquinas y tomada desde un ángulo incómodo, pero era lo suficientemente clara para poder distinguir a dos figuras. En ellas, un hombre de traje blanco charlaba con un joven de veintitantos años que parecía que debía ser sancionado solo por existir. Pelo castaño y sucio, rizado y desordenado como el de un cordero. Grandes ojos color avellana y habría parecido un querubín barroco si no fuera por la camiseta de oficinista desordenada y sus enormes lentes redondos que lo hacían lucir ridículo.
Juan apenas se reconoció en esa foto. Ese chico parecía asustado pero entero. El Juan de ahora se sentía a punto de romperse en cualquier esquina. Y ahora estaba tirado en el suelo de su propia tienda, rodeado de sus cuadros y sus sueños rotos.
Juan recordaba ese día, uno de los muchos en los que se reunía con uno de los miembros de la Federación para abonar el préstamo. Ellos no tenían un lugar en donde Juan pudiera ir directamente, ninguna locación que los pudiera vincular. No había transferencias, ni cuentas, ni nada a nombre de la Federación. Eran como humo.
Y la implicación de la fotografía logró que un escalofrío erizara su piel, un hormigueo helado que le recorrió la nuca y bajó por la espalda. Porque ahora esa fotografía era el vínculo que los otros capos tanto habían estado buscando. Una prueba física en la que él era el centro.
—Por tu reacción, asumo que ya ataste cabos. Mi jefe está molesto porque la única pista que hemos encontrado durante décadas enteras…eres tú. Entonces… —el hombre se irguió nuevamente. Su cabeza casi rozó una de las lámparas colgantes que Juan había instalado con tanto cuidado. Sacudió su traje blanco con una expresión demasiado despreocupada, como si estuvieran hablando del clima—. Tienes cuarenta y ocho horas para darnos la ubicación del hijo de perra de Cucurucho o si no alguien podría desconectar a tu hermana de esa inútil camilla.
Los ojos de Juan se dirigieron rápidamente al hombre, una furia ciega y desesperada reemplazó el miedo por un segundo. Intentó levantarse, apoyando las palmas contra la madera fría que tantas veces había barrido, pero lo patearon con fuerza en las costillas, arrebatándole todo el aire. Juan jadeó, intentando aguantar el dolor. Se llevó una mano al costado, sintiendo la piel arder bajo la ropa.
—No guardo ningún contacto con ellos, ¡no tengo nada que ver en esto! Deja a mi hermana fuera de esto.
El hombre negó, pisoteándolo en el suelo con la suela de su bota. —No me importa qué tengas que hacer, o me consigues una ubicación o ella muere.
Antes de que Juan pudiera replicar, el sonido estridente de una canción genérica rompió la tensión. Era un tono de llamada viniendo del teléfono del otro hombre que se había quedado fuera de la conversación, apoyado contra el mostrador donde Juan solía despachar los pedidos. Y tal vez pensó que Juan era lo suficientemente insignificante como para preocuparse si estaba o no escuchando la conversación. El sonido era lejano, apenas monosílabos. Hubo un momento de silencio por parte del matón, sus hombros se tensaron visiblemente bajo el cortavientos, y luego bajó el teléfono y lo puso en altavoz.
La voz que salió del teléfono fue sorprendentemente suave. De hombre, pero no brusco. Nada como los que tenía enfrente. Era más… educado, era tal vez la palabra. No refinado, sino refinado-adyacente. Una voz que hacía que cada palabra sonara cuidadosamente elegida, como un bisturí envuelto en terciopelo. Y sin embargo, era más aterradora que las botas y los puños.
—Alguien avisó a los del Régimen —dijo la voz— no dejes que el QR lo descubra.
Un susurro de aprensión recorrió a los hombres. Juan vio cómo sus posturas cambiaban instantáneamente; el que estaba en cuclillas se puso de pie de un salto.
—Señor-
—No dejes ninguna señal —dijo la voz. Una pausa, y luego, en un tono repentinamente entrecortado, casi histérico:— Están sobre ti.
Un clic. El pitido de un tono de marcación. El sonido rebotó en las paredes.
Juan entreabrió los labios, tal vez para intentar exigir alguna explicación. ¿Régimen? ¿QR? Las palabras no tenían sentido, pero se clavaron en su mente como astillas bajo la piel. Pero los hombres fueron más rápidos, levantándolo de un tirón de la camisa con una fuerza que hablaba de entrenamiento y pánico mal disimulado. Lo pusieron de pie de un empellón contra el mostrador. La cabeza le daba vueltas y el borde de la madera se le clavó en la espalda baja.
—Tienes cuarenta y ocho horas, no seremos los únicos en visitarte, pero más te vale que esa información no salga de tus labios con nadie más. ¿Me entiendes?
El castaño solo atinó a asentir, sintiendo un hilo de sangre seca en la comisura de sus labios. Vio las siluetas de los hombres desaparecer por la puerta, dejándola abierta de par en par. El aire frío de la calle entró como una bofetada, barriendo el calor residual de la tienda. Apenas escuchó el motor de las camionetas rugir alejándose, las lágrimas escaparon de sus ojos sin pedir permiso.
Se dejó caer contra el mostrador, respirando el olor a óleo y a miedo. Estaba jodido, muy jodido. Se limpió las lágrimas con la manga manchada de pintura, dejando un rastro húmedo sobre la tela.
Al otro lado de la ciudad, donde los edificios eran más altos y la luz del sol no alcanzaba a tocar el pavimento, un hombre se encontraba de pie frente a una ventana que daba a ninguna parte.
Sobre su escritorio de madera oscura descansaba una tableta con un informe abierto, el brillo de la pantalla reflejándose débilmente en sus ojos violetas.
—Averigua quién es —dijo finalmente, y su voz no revelaba nada, aunque sus ojos, esos ojos que tan poco se detenían, seguían fijos en la fotografía—. Y por qué alguien quería borrarlo antes de que nosotros llegáramos.
