Chapter Text
Detrás de una buena función, hay un buen entrenamiento.
Jax lo sabía muy bien, al igual que sus compañeros, quienes estaban repasando sus líneas y practicando sus trucos —en el caso de Pomni y Ragatha—; todos estaban ocupados, todos salvo él, quien estaba tranquilamente desayunando un pan con mantequilla y té caliente de manzanilla sin apuros.
Aprendía mejor analizando primero sus movimientos y palabras para después emplearlos en sus prácticas privadas, de esta manera se aseguraba de conservar esa energía impredecible que tanto le caracterizaba en el escenario. En este caso en particular, observaba a Zooble y Gangle —las amantes adictas al drama, como le gustaba llamarlas—, ya que Ragatha le había avisado que le tocaría participar junto con ellas en el número teatral.
“Kinger dijo que la variedad es indispensable; este pueblo es grande, pero ya que todavía nos quedan muchos días aquí, lo mejor que podemos hacer es tratar de no aburrirlos” dijo la muñeca de trapo cuando lo vio cepillándose los dientes.
«Tiene sentido» razonó «También me aburriría si no hubiera nada nuevo que hacer».
Siguió con lo suyo hasta que notó cómo Kinger iba hacia él.
Hacía tiempo que, tanto él como sus compañeros, descubrieron por las malas que no era alguien mañanero; su cuerpo siempre estaba pesado y tendía al mal humor con una facilidad peligrosa, por lo que después de un tiempo haciendo intentos inútiles, lo dejaron en paz para que ensayara a su ritmo.
Es por esto que le resultó extraño que, de todos los demás, él decidiera acercarse.
Tomó asiento delante de él; traía lo que parecía ser un té de flores junto a una hogaza de pan, miró un rato a las chicas y después se concentró en su comida.
Jax no dijo nada, llegó a sentir una ligera incomodidad, pero nada más; estaba a punto de buscar algún tema de conversación cuando Kinger habló.
—Tu presentación anoche estuvo increíble, como siempre —su mirada se estancó en su taza aún humeante.
—Ehh, gracias…
—Jax, tengo que pedirte una cosa, tienes que prometerme que vas a cumplirla.
Lentamente, Jax asintió, sea lo que sea, parecía urgente.
—Necesito que no salgas de nuestra carpa rodante mientras estemos en este pueblo.
—… ¿Qué? Pero, Kinger, eso no es… —pero se vio interrumpido, retrocediendo instintivamente cuando el otro habló.
—¡Solo hazlo! —aquello salió con más dureza de la que pretendía; cerró los ojos con fuerza al igual que una de sus manos, como si estuviera conteniendo algo. Ya más calmado, prosiguió—. He conversado con los residentes; parece que la gran mayoría tienen cierta… perspectiva con presentaciones como las tuyas. No es seguro para ti salir a las calles, incluso si es con alguno de nosotros; hasta que vayamos al siguiente pueblo, no vas a salir de aquí.
Aquello era tanto una orden como una súplica; no supo qué responder, mirando a diferentes lados como si buscara las respuestas en las paredes o muebles. Sus manos se removían nerviosas alrededor de su taza tibia, miró su reflejo en el té, quien estaba tan confundido como él.
—Por favor, Jax, sabes que todo lo que hago y lo que te digo es por tu bien y el de los demás, esto no es una excepción —al no recibir respuesta por parte del conejo, la pieza de ajedrez soltó aire con una pesadez casi lamentable—. Solo dieciséis días más y ya, eso es todo lo que te pido.
Se quedó callado, sin saber qué hacer.
Hace tiempo que Jax había dejado de ser un problema en el Circo Rodante; todo había comenzado con la inesperada muerte de Queenie cuando él tenía catorce años. A partir de ahí, todo fue en picada; llegó a ser un dolor de cabeza para los demás, incluso para el propio Kinger, molestaba a todos cuando tenía la oportunidad e incluso llegó a arruinar más de una presentación.
Pero ahora tenía diecinueve y necesitaban este trabajo; no podía echarlo a perder por un capricho como el aire fresco.
Finalmente, respondió.
—Está bien, no tienes de qué preocuparte, papá.
Kinger sonrió, sus hombros se relajaron y el orgullo en sus ojos… sí, claro que podría hacerlo.
—Gracias Jax —dijo mientras tomaba un largo sorbo de té, que estaba tibio, dejando que la calidez de la bebida baje y se extienda por todo su cuerpo—. Otra cosa más, desde ahora solo usarás vestidos cuando salgas a presentarte.
El conejo lo miró con renovada confusión, por lo que se apresuró a explicarse.
—Te mencioné que en este pueblo no se ve con buenos ojos a quienes se visten con ropas asociadas al sexo opuesto. Tienes suerte de que en los dos días que llevamos aquí solo te hayan visto usando vestidos. Lo más seguro para ti es que siga siendo así, por lo menos hasta que migremos a otro pueblo.
El menor soltó aire con pesadez, echando su cabeza a la mesa con aire dramático.
—Los vestidos son lindos… —comenzó—, pero es una tortura ponérselos, otra llevarlos y una peor quitárselos —hablaba como si de un condenado se tratase—. Oh, creador mío, ¡no creo poder soportarlo!
Aquello le valió una risa a la pieza de ajedrez.
Mientras tanto, Zooble escuchaba atentamente, aparentando repasar su guion; sabía que había algo aquí, algo peligroso; ahora solo necesitaba estar segura de cuál era el peligro.
Miró a su cuarto; la puerta abierta dejaba ver parte de su escritorio, escritorio donde hacía sus lecturas.
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No habían pasado ni tres días desde que el Circo Rodante había llegado a su pueblo y Caine ya no podía soportarlo.
El circo fue un éxito, las miradas fueron al escenario y eso le dio tiempo para poder organizar las operaciones de rescate y recuperación de los niños; pero no estaba bien.
No podía dejar de pensar en aquel conejo, en su baile… solo lo había visto una vez; era ridículo, él jamás caería en… ese pecado, nunca, él estaba protegido por su creador, él más que nadie.
Su pierna se balanceaba inquieta; el documento que autorizaba la búsqueda en el sector norte de Nevermind, el pueblo bajo su cuidado y del cual era totalmente responsable, estaba en blanco y abandonado por sus pensamientos intrusivos.
Ya había probado con el fuego, pero este ya no le calentaba, no como lo hacía pensar en… ¿Cuál era su nombre? No la presentaron, ahora que lo pensaba.
Aunque no importaba, no era eso lo que le llamaba.
«Tal vez caminar por la plaza ayude, una caminata en anonimato».
Con ese pensamiento salió de su oficina.
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Terminó en un restaurante, uno muy popular entre los pueblerinos.
La gente hablaba alto, algunos bailaban; era el lugar perfecto para no pensar en nada más que las vidas de las personas. Había pedido un pastel de chocolate con crema para acompañar su momento de observación. Llevaba ropas más… humildes; un gran sombrero cubría su cara, algo muy normal en un pueblo con gente tan caótica. Miraba las paredes de adobe, el suelo de madera que crujía cada tanto por las pisadas de las camareras, el techo estaba decorado toscamente por un candelabro que lucía viejo y escuchó la música alegre que de alguna manera lograba mimetizarse con el caótico lugar.
También escuchaba las conversaciones.
Personas que hablaban alegremente sobre viejas anécdotas, otras cantaban al ritmo de la canción, había algunos como él, que no hablaban, pero observaban todo a su alrededor.
Y luego estaban las malas lenguas.
—¿Escuchaste lo que pasó con esos payasos? —habló una voz; no pudo discernir de quién o de dónde venía.
—¿Payasos? ¿Hablas del circo de hace días? —respondió otra.
—Esos mismos, he escuchado que no son lo que parece.
—¿A qué te refieres?
—Que aquellos sujetos no traen nada bueno —la voz parecía molesta, como si aquel chisme fuera realmente importante.
—Son solo rumores, recuerda que fue el clérigo Caine quien los trajo, él es el mejor juez y párroco que tuvimos, jamás haría algo malo. —la otra voz parecía firme, casi molesta por hacerle perder su tiempo.
—Tal vez el clérigo no lo haya hecho por maldad, tal vez esos gitanos lo embrujaron.
Aquella palabra le heló la sangre; ¿él embrujado? Eso era imposible, cargaba con el especial cuidado del creador, él no podía…
—¿Gitanos? ¿Como esos que dicen que secuestran niños?
—Esos mismos, parece que hay muchos viviendo en la carpa; no dudaría que entre ellos pudieran hacer algo.
—No pude asistir a su presentación, ahora me alegro. ¿Quién sabe lo que podrían hacer si uno se encuentra frente a ellos? Ya solos son un peligro.
—El clérigo Caine estaba presente y en primera fila.
—Oh pobre hombre, solo espero que Dios le ayude, es el único que puede.
—Como sea, tenemos que irnos, no es bueno que dejemos a los niños solos con los gitanos rondando por ahí libremente.
—Tienes razón, ahora tengo miedo de dejarles salir…
Dejó de escuchar la conversación a ese punto.
El pastel frente a él ya no parecía tan apetitoso y la música no le causaba gracia.
«Embrujado… eso no era posible, cómo se atrevían a… pero ¿entonces que otra opción había?»
Su mirada se dirigió a la pista de baile; había personas felices, parejas, jóvenes enamorados.
«Ellos, los gitanos, también son personas, tienen familias, alma; solo el creador sabe las injusticias y penurias que tuvieron que soportar para asentarse aquí; él los estaba ayudando».
Pero su gente estaba sufriendo.
«Villanos y malhechores hay en todas partes, el grupo gitano no es la excepción, no tienen la culpa de lo que haga un grupo de bárbaros. Mi trabajo es ayudarlos, buscarles justicia, tanto a ellos como a las familias afectadas por los raptos».
«Pero, ¿qué hay del conejo?»
«Eso no tiene nada que ver, no pasó nada, nadie hizo nada; solo es una prueba, una que da el Señor para comprobar qué tan devoto le era, nadie tiene la culpa».
«¿No eran los gitanos muy populares por saber artes prohibidas? ¿Qué te hace creer que ellos no lo hubieran hecho en tu contra?».
«No podemos determinarlo, ellos solo son… payasos, dan espectáculos, bailan, cantan, cuentan historias; nada de eso está prohibido».
«Nada lo está mientras no esté escrito en ese libro, ¿no es así?»
«¡Deja de hablarme!, ya sé quién eres, eres Satanás, el enemigo; solo quieres hacer que dude de la misión que me encomendó mi señor, solo quieres que ceda a mis impulsos y eche a toda esa gente inocente a su suerte en un mundo que no les entiende». Su mano derecha temblaba; instintivamente llevó un trozo del pastel a su… cara, con la esperanza de que su dulce sabor ayude a tan amarga situación.
La “voz” no desistió.
«No estés seguro de lo que hablas, no soy tu enemigo». La voz poco a poco fue cambiando «Ni siquiera un demonio».
Podía jurar que alguien respiraba lenta y pesadamente en su nuca. Con un aliento tan caliente que ardía.
«¿Acaso ya no me reconoces, Caine?»
Se levantó bruscamente; algunos que andaban por ahí giraron desconcertados por el arrebato. Él solo se disculpó y volvió a su asiento. Miró atrás de sí, solo para ver que no había nadie.
Saboreó otro trozo de pastel.
«Esto se está saliendo de control».
Terminó el postre, le pagó a la camarera y salió rápidamente de aquel lugar, sin saber a dónde iba; solo necesitaba salir de ahí.
Mirando el cielo, pudo intuir que eran cerca de las 6 de la tarde, tendría que apresurarse para regresar a su oficina y continuar su trabajo; tantos papeles, tantas letras, tantas familias que buscaban respuestas.
En eso, escuchó algo más, algo aparte de la bulla nocturna; era música, música alegre, música de carnaval.
Y él sabía perfectamente dónde encontrarla y quién la hacía.
La solución era simple: irse por otro lado; evitar encontrarse con el grupo de circenses, evitar al conejo.
Pero no pudo… ¿O sí?, solo pensó en la forma en que le miró, cuando se acercó y sujetó sus manos, sonriendo, invitándolo a bailar con los demás; era casi angelical.
¿Acaso le miraría de la misma manera si no supiera quién era él y cuánta era su influencia en este lugar?
¿Acaso le ignoraría?
Por alguna razón le dolía; necesitaba saber qué cambiaría entonces, necesitaba certeza, necesitaba verle bailar otra vez.
Necesitaba verla a “ella”.
Y para cuando se dio cuenta, ya estaba entre la multitud, esperando a un artista en específico.
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Se miraba al espejo, arreglando su vestido lo mejor que podía; Ragatha todavía estaba dirigiendo su número musical con Pomni y Gangle; pronto iniciaría la sesión de historias, tenía que apresurarse; en esta ocasión le tocaba interpretar a Cenicienta.
Gruñó cuando el vestido se rehusó a alisarse; el arrepentimiento subía con rabia, así iban a ser el resto de los días en el pueblo, sin salir y peleando con la voluminosa tela.
En eso, alguien tocó la puerta de su cuarto, provocando un pequeño salto involuntario. Aun con dudas, se acercó a abrirla, solo para encontrarse con Zooble.
—Te odio, casi me matas del susto —sus orejas, anteriormente bajas, volvieron a su postura habitual, mientras se hacía a un lado para que su amiga entrara.
—De no ser así, ¿dónde estaría la diversión? —dijo con descaro mientras aceptaba la invitación para entrar—. Creo que tenemos que hablar.
Sus orejas titubearon, tanto por el cambio de actitud de su amiga como por un ligero estruendo fuera de su “habitación”; miró afuera y se concentró en el sonido de la música, todavía faltaba para que terminaran. Cerró la puerta y se dirigió a su cama, tomó asiento y palmeó el costado a su izquierda para que la actriz se sentara.
Ella así lo hizo y permaneció un rato en silencio mirando sus manos, como si sopesara las palabras que usaría.
—¿Cómo has estado?
—Por un momento pensé que me esperaba un regaño o algo por el estilo.
Ella se quedó callada por un instante, para después darle un —no tan ligero— golpe en la nuca.
—Claro que es urgente, idiota, solo quería saber si estabas atento.
El conejo se sobaba la zona afectada, mientras la miraba desafiante, pero juguetón.
—Sí, claro, lo que tú digas, Zoobie.
La mencionada se llevó la mano a la frente con dramatismo, para después volver a la postura seria del principio.
—De verdad necesito hablar contigo, es sobre este pueblo y… la sensación de peligro que me da.
—… Creí que eso ya estaba solucionado.
—Lo sé, solo que… escuché lo que te dijo Kinger; no pude evitarlo, después de eso supe que tenía que consultarlo con mis cartas.
Ahora sí estaba preocupado, aunque trató de no mostrarse nervioso ante la tarotista.
—Y… ¿Qué te dijeron?
—Ese es el problema, necesito que estés ahí; las respuestas son muy vagas y parece que… tú estarás muy involucrado en esto.
El conejo mantuvo un silencio pensativo por un instante. Sus ojos fueron a la ventana al costado de su amiga; las luces de las antorchas y la música se veían opacadas por una suave niebla; no se alcanzaba a ver mucho.
—Sea lo que sea que se tenga que hacer, va a tener que hacerse después. Pronto me tocará salir al escenario y no podemos dejar mal parados a Kinger y los demás —mientras hablaba, se levantó de la cama, dirigiéndose a la puerta.
—Ugh, lo sé —respondió con cansancio, siguiendo al contrario de cerca—, pero tienes que estar ahí. ¿Qué te parece después de la presentación? Sé que no estás en tus cinco sentidos por las mañanas; no quiero a un cascarrabias en mi lugar feliz.
—Me parece bien; de todas formas, tus cartas ya tienen suficiente con la gruñona de su dueña.
Sintió otro golpe, soltando una carcajada.
—Camine “señorita”, que a rey no le gustará que la princesa llegue tarde.
—Cuidado, “cajita de juguetes”, casi parece que me quieres.
Ambos amigos salieron riendo de la habitación provisional del conejo y se dirigieron a sus posiciones en la carpa, sin darse cuenta de las miradas indiscretas ocultas tras la oscuridad de la noche nublosa.
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El espectáculo fue llamativo.
La historia era un clásico que atravesó fronteras y reinos lejanos, muy conocida por todos y amada por los más pequeños. La coneja hizo aparición; esta vez no con el vestido que tanto le había gustado, llevaba algo más acorde a la historia que protagonizaba. Aun así, no perdió su encanto…
Encanto…, esa palabra le sabía amargo.
Se obligó a concentrarse en la historia y la música para alejar aquellos pensamientos; trató de no volver a la coneja, pero era imposible con el papel protagónico que ocupaba. Era una excelente actriz, eso no podía negarlo; se entregaba por completo a los sentimientos de su personaje.
Y, sin embargo, en lo profundo de su mente sabía que no era su habilidad en el escenario lo único que le atraía.
Se sentía sucio, este lugar estaba sucio, pero no quería moverse, no podía; su cuerpo y alma necesitaban verla otra vez. Incluso sin bailar, su presencia le ayudaba.
Pero, si era sincero consigo mismo…
Sabía que no era suficiente, no lo sería en un futuro; tenía que hablarle, sería sencillo conseguir una reunión con ella con la posición que tenía, pero… ¿Qué le diría? ¿Acaso la actriz se sentiría incómoda por verse obligada a verlo?
Sea como sea, no importaba, no había manera en la que pudiera acercarse a ella sin que fuera incómodo para ambos.
Arrastró sus piernas mientras se alejaba discretamente de la multitud.
«Patético, hiciste un drama solo para huir como un cobarde».
No se molestó en discutir; sabía que era cierto.
Continuó su camino; el frío volvió, helándole los huesos y ralentizando sus movimientos.
Qué ironía, ver al conejo no ayudó en lo absoluto.
