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Chapter 2: DESDE EL FINAL. POR MANGEY

Summary:

Boscage Maze comienza a ser invadida por sujetos extraños y es peligroso para los habitantes que no conocen esa tecnología.

No hay forma de que las sombras de los árboles ayuden a los carroñeros.

Notes:

Aún es viernes para mí.....

Hola! Parece que últimamente llego muy tarde para actualizar. Lo peor es que estuve de vacaciones y ni así terminé a tiempo. Se los juro, tener más tiempo libre me vuelve muy procastinadora.

Como sea, tenemos el siguiente capítulo extra! Y debo decir, aquí sí tenemos advertencias.

 

¡¡¡¡¡ADVERTENCIAS PARA ESTE CAPÍTULO!!!!!

Violencia/tortura física y psicológica. No es nada gráfica, pero sí está presente.
Maltrato/abuso infantil.
Manipulación empocional.
Y Electrocución referenciada.

 

Sí. Lo sé, no se siente bien tener esas advertencias en un capítulo que tiene a Mangey como protagonista.
Por favor, no me odies a mí y odia al Dr. Don't.

 

Fuera de eso, ¡¡Disfruta!!

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

BOSCAGE MAZE

Mangey saltó desde la rama del árbol, sosteniendo entre sus colmillos un manojo de bayas.

La tierra se moldeó bajo sus patas mientras corría entre las hojas, bajando la velocidad al divisar la silueta que buscaba. Al instante los ojos de Mangey se iluminaron, parando al lado de las botas hechas de hojas y madera. Golpeó con su cabeza la pierna que no estaba bloqueada por el martillo enorme, llamando la atención de su amiga recién reintegrada a la familia.

Thorn bajó la mirada, arqueando una ceja. —¿Qué?

Mangey agitó sus dos colas de arriba a abajo, levantando la cabeza con las dulces bayas en el hocico. Esperó paciente a que ella respondiera.

Thorn inclinó la cabeza sin cambiar demasiado su expresión. —Encontraste bayas frescas.

La cabeza de Mangey asintió una vez, acercándose otro poco a la erizo mientras volvía a empujar con su cabeza las frutillas. Thorn esta vez arrugó el rostro, sin parecer entender lo que él quería decirle hasta que sus ojos volvieron a abrirse completamente.

—¿Para mí?

Mangey aulló feliz, moviendo más rápido las colas y tratando de sonreír lo mejor que podía con su regalo entre los colmillos.

Thorn relajó la postura, mirando un momento hacia donde estaban los demás antes de hincarse en una rodilla y tomar el manojo de bayas. —Sabes que ya no tienes que hacer esto, ¿verdad?

Mangey lo sabía, pero eligió ignorar sus palabras y prefirió frotar un par de veces su cabeza en el costado de su amiga. Luego salió corriendo de nuevo, satisfecho de la pequeña palmada suave que Thorn le dio en la coronilla. No prestó mucha atención a las palabras alegres que Prim soltó al aire luego de acercarse lo suficiente a Thorn.

—Sigue contento de tenerte de vuelta.

Thorn se puso de pie, bufando de forma indiferente, aunque no aflojó su agarre sobre el manojo de bayas.

Mangey trotó contento hasta el tronco ancho de uno de sus árboles favoritos, feliz de ver que su pequeña plantación estaba a salvo, creciendo con hojas verdes y saludables. Él y Hangry habían seguido paso a paso las instrucciones de Thorn para aprovechar las semillas que quedaban al final de comerse cada fruta y tener nuevas plantas con aún más fruta. ¡Así nunca se quedaban sin comida!

Con cuidado, Mangey movió la tierra oscura mientras mordía su lengua entre sus dientes, acomodando los montoncitos bajo los tallos delgados. Sujetó con suavidad las hojas ovaladas antes de decidir que necesitaban agua. Podría ir con Gnarly al río por un poco. Su amigo siempre podía cargar con uno de sus contenedores más pesados sin ningún problema. ¡Sí! Y luego le daría de beber a sus plantas.

Asintiendo para sí mismo, Mangey comenzó a trotar hasta su amigo cuando se detuvo en seco.

Un pequeño escalofrío de advertencia le recorrió la columna, provocando que aguzara sus oídos. Mangey olfateó en el aire, buscando primero por aromas desconocidos y peligrosos. No había ni uno, pero sabía que algo andaba mal. Él no era el único inquieto; toda su familia también se estaba poniendo alerta.

La tierra se sentía mal.

Mangey se apresuró a bajar la cabeza para sentir mejor el suelo, notando súbitamente una vibración intensa que vino de ahí, subiendo desde el fondo hasta que todo comenzó a temblar a su alrededor.

Un chillido de sorpresa se escapó de Mangey y corrió hasta su amigo más cercano, escondiéndose tras él. Gnarly también se sobresaltó y gritó, mirando con desconfianza a los árboles antes de tomar al zorro en brazos y trotar hacia los demás, intentando no caerse con las sacudidas.

—¡Nos están atacando! —Gnarly gritó. —¡Los árboles! ¡Ellos-!

Su amigó se calló con un pequeño siseo de dolor gracias a que Prim le pegó con un dedo en la frente.

—No son los árboles. —Ella rodó los ojos. —Parece que hay algo aquí.

Thorn arrugó su rostro, deslizando su martillo hasta sus manos con gran fuerza. —Pues sea lo que sea, está invadiendo nuestro bosque. —Ella espetó ante el inconfundible sonido de raíces siendo arrancadas.

Mangey apenas alcanzó a ver cuando Thorn gruñó y salió corriendo sobre una rama alta, siendo recibida al instante en pleno aire por su flickie. Mangey chilló al mismo tiempo que todos sus amigos gritaban el nombre de Thorn cuando comenzó a alejarse. Sin poder evitarlo, él se deslizó con facilidad de los brazos de Gnarly y comenzó a correr a cuatro patas tras su amiga, esperando que los demás también fueran por ella. No quería que volvieran a separarse.

Frente a él, Birdie comenzó a elevarse más alto y muy rápido, dejando a Mangey con la única opción de unirse a su vuelo.

Mordiendo su lengua en concentración, Mangey empezó a hacer girar sus colas, justo como había practicado desde que aprendió a hacerlo. Sus cuatro patas lo impulsaron con un salto y pudo flotar en el aire con un poco de torpeza. Su estómago se agitó con ese vuelco divertido al elevarse, haciéndolo sonreír. Sólo un poquito.

Mangey casi se fue de lado mientras se estabilizaba, riendo entre dientes al sentir el fresco aire de su alrededor hasta que su risa cambió por un jadeo al ver que la flickie paraba en seco. Si Birdie hubiera seguido su trayectoria, ella y Thorn se habrían estrellado con una cosa extraña de color gris que surgio de la nada desde el suelo. Eso erizó el pelaje de Mangey y le gruñó a eso cuando alcanzó a Thorn, sin darse cuenta que no iba a frenar bien porque estaba más concentrado en amenazar a la cosa que casi lastima a su amiga.

—¡Mangey, no!  —Thorn le gritó, sujetando su brazo a tiempo y jalándolo hacia atrás. Eso descontroló el  vuelo del zorro y cayó sobre el lomo de Birdie.

Mangey aterrizó con un sordo ‘huf’, volviendo a reubicar su cabeza mareada mientras Birdie retrocedía y piaba al ver que algunos árboles a los alrededores comenzaron a caer con horribles crujidos, azotando con fuerza en el suelo.

Mangey se crispó, casi abrazando a Thorn cuando recordó que el resto de su familia seguía ahí abajo. ¡Debían ir por ellos!

Con un jadeo agitado, Mangey intentó saltar de regreso al suelo. Tardó sólo unos segundos darse cuenta de que no estaba cayendo y, en su lugar, sus brazos estaban colgando en el aire. Mangey miró hacia atrás y descubrió Thorn alcanzó a sostenerlo desde el pecho, sujetándolo con fuerza.

—¡No vas a volver ahí! —Thorn gruñó sobre el sonido de la madera siendo partida, sin parecer compadecerse cuando Mangey comenzó a sollozar, retorciéndose.

Su amiga lo sostuvo con fuerza, sentándolo frente a ella y tomándolo de los brazos.

—Yo voy a bajar. Tú quédate con Birdie, ¿entiendes? —Thorn lo miró con fiereza, provocando que Mangey bajara las orejas. Cuando no respondió, Thorn se impacientó, chasqueando la lengua furiosa ante otro grupo de árboles cayendo. —¡Mangey! Dime si entendiste.

Él se encogió, deseando acompañarla. Y mucho.

No le quedó de otra que asentir cuando Thorn se vio más desesperada. Mangey se encogió con un suave quejido.

Thorn asintió y se puso de pie sobre el lomo de Birdie mientras sostenía su martillo. —No bajes.

Con esa dura advertencia, su amiga saltó de regreso al suelo salvaje, que no había dejado de moverse.

Mangey volvió a gemir angustiado, asomando su cabeza sobre el cuello del flickie para buscar a Thorn entre las ramas que ella estaba esquivando sin romperlas. Sus ojos la siguieron hasta que Birdie tuvo que moverse a un área más despejada, pues muchas más de esas cosas altas y grises como la que tenía a su espalda estaban comenzando a rodearlos.

Sus brazos se aferraron con cuidado a las plumas de Birdie, observando con nerviosismo cómo estaban destrozando el bosque y lastimando a los árboles al arrancarlos de raíz. Mangey chilló con una mezcla de gruñido débil y un quejido triste. No podía hacer nada, así que se sentía mal mientras más y más árboles caían.

¡Este era su hogar! ¿Quién vino a hacerle tanto daño?

Mangey pegó las orejas a su cabeza, estresado mientras veía como las copas de los árboles cambiaban por esas torres grises, rompiendo más y más el suelo. Sólo entonces su memoria reconoció algunas de esas formas. Justo de cuándo todos ellos vivieron esa experiencia extraña de hace tiempo y conocieron a su amigo forastero especial. Mangey a veces lo extrañaba, aunque no era momento de pensar en él.

Su hogar estaba muriendo frente a sus ojos.

Las orejas de Mangey se volvieron a crispar al volverse insoportable la enorme cantidad de sonidos viniendo de varias partes. Había árboles cayendo. Ramas rompiéndose. Torres abriendo la tierra. Un molesto tintineo…

¿…Oh?

Mangey se enderezó, tomando con cuidado las plumas de Birdie para asomarse del lado contrario. Su nariz buscó olores desconocidos mientras sus ojos buscaban lo que sus orejas habían encontrado. Él se encogió por un momento cuando, de entre las nubes de tierra dejadas por los árboles caídos, varias figuras comenzaron a aparecer. Todas caminando igual y cortando las ramas y hojas del suelo con círculos que parecían fuego.

Eso daba miedo.

Gimiendo con angustia, Mangey se aferró con más fuerza al cuello de Birdie justo cuando ella pió nerviosa y comenzó a volar todavía más lejos de todas las torres grises y feas. Parecía que todas esas cosas estaban alcanzándolos y tapando el cielo azul…

Él levantó la vista. El cielo ya no… ¡Ya no era azul!

Mangey jadeó sorprendido al ver que el bonito color azul y la brillante luz del sol estaban quedando poco a poco ocultos tras nubes oscuras. Nubes similares a las que llegaban cuando había alguna tormenta y el viento se portaba salvaje. Y Mangey tenía mucho miedo cuando el cielo se ponía así. Si llovía era bonito, pero a veces también el cielo se iluminaba con sonidos estruendosos y hacían que le dolieran los oídos durante mucho tiempo. El pequeño zorro odiaba las tormentas, y no quería una justo ahora.

Con el estómago revuelto, Mangey se movió inquieto sobre el lomo de Birdie mientras el aire le golpeaba la cara gracias a las volteretas que la flickie estaba realizando en el aire. Más torres aparecieron a sus costados hasta que, por fin, Mangey soltó un gorgojo de alegría al ver a Thorn golpear una silueta extraña y brillante en medio de una zona despejada de árboles, con el resto de su familia detrás de ella. Prim, Gnarly y Hangry alcanzaron a Thorn y le ayudaron a deshacerse de esos invasores naranjas.

Mangey aulló de felicidad desde su lugar, logrando llamar la atención de su familia a la vez que Birdie mantenía su vuelo estable. Desde abajo Prim sonrió con alivio, comenzando a batir sus alas para volar cuando un estruendo horrible se oyó en todo el aire.

Birdie soltó un chillido agudo al mismo tiempo que Mangey se encogía por reflejo y se aferraba al cuello de la flickie, cerrando los ojos al escuchar un silbido pasando cerca de ellos. Hubo varios sonidos más mezclados como para seguirlos a todos, incluyendo las voces de su familia, el aleteo de Birdie, los silbidos y el aire feroz. Luego, Mangey se dio cuenta de que Birdie ya no volaba bien y que trataba de recuperar el equilibrio. Él volvió a abrir los ojos para saber qué pasaba cuando otro silbido agudo pasó muy cerca de su oreja. En ese momento Mangey vio de frente como un par de plumas del ala izquierda de Birdie salían despedidas y ambos comenzaban a caer.

Mangey chilló asustado, haciendo girar por reflejo sus colas y hacer un intento por ayudar al gran flickie rosa a no chocar contra el suelo gris y extraño bajo ellos. Sin embargo, sólo logró hacerlas rotar un par de veces antes de sentir cómo se inclinaba de forma incorrecta en el aire y su vuelo se deshacía. 

Él todavía no era bueno en esto.

Cerrando los ojos, Mangey logró percibir los gritos de su familia antes de caer al suelo duro y sentir que el aire se le escapaba de los pulmones con fuerza. Gimió de dolor, respirando hondo entre dientes. Le costó trabajo volver a recuperarse, sin saber porqué pasó muy rápido de estar con su familia en su pequeña aldea a que ahora le doliera mucho el costado izquierdo. No fue tan malo como cuando Thorn fue agresiva y los golpeó a todos ellos, pero sí cayó con fuerza suficiente como para querer quedarse ahí por un momento.

Mangey se quejó en voz baja y abrió lentamente los ojos, aguzando las orejas luego de que el entumecimiento inicial del golpe fue desapareciendo. Lo primero que vio fue a Birdie, levantándose también y piando con agresividad ante las mismas figuras que había visto caminar en sincronía. Al tenerlas de cerca, Mangey pudo recordar un poco la imagen de esas extrañas cosas cuando ya antes invadieron su hogar y tuvieron la ayuda de su amigo Sonic. Saber que eran los mismo erizó su pelaje, recordando por esa experiencia que eran malos y sólo lastimaban a todos.

La prueba era ver cómo hirieron el ala de Birdie y ahora intentaban atraparla. Y Birdie era una buena amiga, no tenían por qué lastimarla.

Mangey gruñó entre dientes desde el suelo. Su mirada agresiva se dirigió hacia los invasores al ver que empujaban a su familia cuando lo alcanzaron a él y a Birdie en medio de las torres grises. Tuvo que ignorar el dolor de su costado para empezar a ponerse a cuatro patas y correr hacia sus amigos, frenando al ver que algo brillante cayó frente a él con un sonido estruendoso que le hizo pegar las orejas a la cabeza.

Retrocediendo por reflejo, Mangey siseó con las colas erizadas hacia el intruso, teniendo que levantar la cabeza más de lo que debía para encontrarse con una de esas cosas con manos y piernas brillantes, sólo que de color verde, en lugar del naranja peligroso que recordaba.

Mangey mostró los colmillos, comenzando a sacar también las garras para atacar a cualquier punto débil de esa cosa. Sus piernas se tensaron y saltó con fuerza cuando el intruso levantó uno de sus brazos, con la punta brillando. El pequeño zorro no perdió el tiempo y se trepó sobre el otro, rodeándolo hasta llegar a su espalda y alcanzar lo que parecía ser el cuello, intentando morder ahí y arañar. Sin embargo, por mucho que trataba de atacarlo, la superficie seguía igual de dura y sin heridas, dejando un horrible sabor amargo en su boca mientras más trataba de morder, probando una y otra y otra vez hasta que la mandíbula le dolió. Entonces, Mangey optó por golpear la cosa y deshacerse de ella. Gruñó y levantó las manos en el momento exacto que otra cosa llegó desde uno de sus costados y golpeó a Mangey en el mismo lugar donde ya tenía el moretón de la caída, volviendo a regresarlo a ese suelo duro y áspero.

Un grito de dolor se le escapó, atrayendo la atención de su amigo más cercano, Gnarly, que gritó su nombre e intentó alcanzarlo mientras también hacía el esfuerzo por atacar a los intrusos.

Mangey gimió tristemente, haciendo su propio intento por alcanzar a Gnarly cuando un silbido aún más agudo que los anteriores llegó hasta sus oídos, erizando su pelaje cuando se dio cuenta que iba dirigido hacia su lugar en el suelo.

El estómago le dio un vuelco y Mangey recordó el ala torcida de Birdie, provocando que cerrara los ojos al creer que iba a sentir dolor de nuevo.

Su cuerpo se tensó y esperó el golpe. Esperó por varios segundos antes de darse cuenta que nada llegó a él. En ese momento, Mangey se dio cuenta poco a poco que los sonidos habían dejado de oírse con la claridad de antes. De hecho, ahora parecían ligeramente amortiguados, muy ligeramente.

Darse cuenta de eso, y que el dolor no llegó, animó a Mangey a abrir los ojos, pues el grito de Gnarly se volvió desesperado. Lo primero que notó fue que ahora veía todo con un color azul extraño y brillante. Mangey tuvo que parpadear y tallarse un ojo para eliminar ese extraño color. Pero no se fue. Ni siquiera cuando cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos, comenzando a irritarse por ver todo de azul.

Su inquietud lo hizo agitarse e intentar moverse de lugar, sólo para darse cuenta de que no podía avanzar más allá de donde estaba, chocando contra algo que no podía ver, ya sea que se moviera hacia adelante o hacia atrás. Ni siquiera hacia arriba.

Mangey comenzó a ponerse muy nervioso, queriendo llegar hasta Gnarly y sin poder lograrlo por esa extraña pared que no podía ver. Su estómago se agitó y se puso a arañar lo que sea que tuviera alrededor mientras comenzaba a gimotear de miedo. Su garganta profirió otro lamento desesperado al ver que uno de los intrusos golpeó con fuerza a Gnarly y entonces, y sólo entonces, Mangey entendió medianamente qué habían hecho con él mismo, pues su amigo cayó al suelo y el intruso le disparó, formando una extraña esfera que se veía aún más azul desde su perspectiva.

Las manos de Mangey volvieron a tocar la desconocida pared, mirando hacia arriba al considerar que él mismo podría estar en una esfera como la de Gnarly. Y eso no era lo peor.

Mangey jadeó con su nerviosismo aumentando aún más al ver que Prim trataba de llegar a alguno de ellos dos. Su amiga voló y esquivó con mucho trabajo las manos que querían alcanzarla hasta que alguno de esos intrusos alcanzó a dispararle y Prim cayó al suelo dentro de esa cosa, casi lastimando sus alas. Mangey gritó de miedo por ella, volviendo a arañar con más fuerza la pared azul sin lograr nada.

En ese momento, Hangry los vio a todos y tomó con más firmeza la rama gruesa que tenía en las manos, dejando la protección que Birdie le había estado proporcionando con su tamaño. Hangry corrió hacia ellos y golpeó a los intrusos con la rama. Mangey animó sus orejas al ver que Thorn, que golpeaba aún más fuerte a los intrusos con su martillo, vio lo que Hangry intentaba y se unió en su carrera, mandando a volar a todas esas cosas que se interponían.

Sin poder evitarlo, Mangey agitó las colas con algo de alegría y más calma al ver que sus amigos iban por ellos, volviendo a arañar la pared azul en un reflejo para alcanzarlos también.

Thorn despejó el camino y frenó un momento mientras sus piernas se flexionaban. Su amiga saltó muy alto sobre la esfera donde estaba Prim, provocando que ella se escogiera ante la vista de Thorn elevando el martillo antes de estrellarlo con impresionante rapidez sobre la pared azul. Incluso Mangey se hundió de hombros por reflejo, conociendo muy bien la fuerza que su amiga poseía, ya que el sonido del choque fue realmente estridente.

Pero ni así se rompió la esfera 

Las orejas de Mangey cayeron al instante, compartiendo la misma sorpresa y confusión que Thorn tenía en su rostro al ver que Prim seguía dentro de su prisión, mirando ahora la ligera deformación que se hizo en la madera del martillo, hundido muy poco hacia dentro. Si ni siquiera su amiga más fuerte podía sacarlos, entonces…

Otro silbido se oyó.

Mangey jadeó, crispando su pelaje mientras arañaba de nuevo la pared azul y aullaba para alertar a sus amigos. Hangry reaccionó rápido, aunque sin suficiente tiempo, así que sólo pudo empujar a Thorn y ser él quien terminara dentro de otra esfera más grande.

Sin poder evitarlo, Mangey comenzó a sollozar dentro de su propia esfera, queriendo salir de ahí y escapar con sus amigos. Incluso sintió miedo, por un momento, de que Thorn decidiera dejarlos atrás. Su amiga parecía estar vacilando, mirando entre su martillo y los intrusos. Hasta Prim comenzó a verse inquieta dentro de la esfera sin despegar sus ojos de Thorn. Mangey podía verlo a pesar de que el azul le estaba irritando la vista.

Ese momento pequeño los dejó a todos tensos. Luego, Thorn recuperó su expresión furiosa y saltó con fuerza contra el intruso que se estaba acercando a la esfera donde estaba Gnarly, ignorando los golpes del equidna para salir de ahí.

Mangey hipó una vez, sin despegar la vista de Thorn mientras ella sola hacía lo posible por no dejar que ningún intruso se acercara a cualquiera de ellos. Su amiga pasó dos veces cerca de él, dejándole ver que era más fácil romper esas cosas que intentar romper las esferas.

Aún así… Mangey no quería rendirse en buscar su libertad. No era la primera vez que trataba de salir de una fea jaula, incluso si esta no tenía forma de jaula.

Recuperando parte de su optimismo, Mangey comenzó a golpear la pared que lo rodeaba, empujando su hombro contra esta y usando los puños si comenzaba a dolerle el costado. Afuera podía ver que el resto de su familia hacía lo mismo, con Gnarly golpeando la cosa azul con sus puños, Prim picando con su lanza y Hangry usando la rama que se quedó en sus manos. Todos querían salir y no dejar sola a Thorn, que ya se estaba esforzando lo suficiente.

Mangey golpeó con más fuerza y gruñó hacia la pared con molestia, esperando ver alguna abertura. Justo en ese momento, un pequeño chillido agudo llamó la atención de todos, incluida Thorn.

Cerca del área de intrusos caídos que su amiga estaba creando, Birdie también hizo su esfuerzo por alejar a esas cosas con su ala buena y su pico, aprovechando que era más grande que los intrusos. Sin embargo, en ese momento alguno debió darle a la flickie, por que cayó al suelo y pió de dolor, intentando levantarse en vano y distrayendo lo suficiente a Thorn.

—¡Birdie!

Su amiga se giró y comenzó a correr hacia la flickie, sin notar a los intrusos que le apuntaban.

Mangey jadeó y golpeó con fuerza la pared, aullando para prevenir a Thorn al mismo tiempo que los demás, pero fue muy tarde. Su estómago se revolvió con fuerza al ver que Thorn no fue capaz de esquivar el ataque y cayó dolorosamente al suelo en medio de su salto, envuelta en esa esfera.

Todos los demás gritaron asustados.

Un sollozo intenso se le escapó a Mangey, aullando al ver a su familia atrapada, ahora con Birdie incluida, y sin haber podido aprovechar el esfuerzo de Thorn ahora que más intrusos estaban llegando y se estaban acercando a todos ellos. Mangey erizó el pelaje y, aún con el miedo corriendo por su pequeño cuerpo, mostró los colmillos al intruso que se acercó a él, diciendo algo que ni siquiera le importó entender cuando esa cosa levantó las manos y lo recogió del suelo, balanceando a Mangey hacia uno de sus costados.

Esta vez fue inevitable para él comenzar a moverse inquieto, queriendo salir de esa cosa azul.

Frente a él sus demás amigos fueron sujetados del mismo modo, todos luciendo con la misma desesperación de salir de ahí y poder escapar. Aunque ninguno lo estaba logrando.

Mangey arañó de nuevo la pared azul, empezando a sentir como todas sus extremidades temblaban de miedo. Estaba deseando estar, por lo menos, con alguno de sus amigos. Era más estresante estar atrapado y solo incluso si su familia estaba a una distancia corta de él, todos en una hilera.

Desde su lugar podía escuchar como todos estaban gritando y hablándole mal a los intrusos, quedando en silencio cuando las cosas se alzaron aún más sobre las torres grises y la vista se volvió espeluznante.

Mangey se encogió, envolviendo sus dos colas. Su corazón se encogió al ver que gran parte de su hogar, su bosque, había desaparecido por completo. En su lugar, había muchísimas más de esas torres grises, varias con brillantes luces, ahora que el cielo estaba muy nublado, y con demasiados de los mismos intrusos volando entre los surcos entre las torres. Provocó que Mangey gimoteara al ver que una zona pequeña había quedado casi intacta y con árboles todavía alzándose como los únicos que quedaban.

Fue desolador ver lo que hicieron en sólo un momento.

Sin poder evitarlo, Mangey intentó buscar el área que habían designado como su hogar estable, con todas sus pequeñas plantaciones y las pocas estructuras que habían estado construyendo, pero no fue capaz de encontrar su lugar favorito en todo el bosque. Además, las cosas los llevaron a todos aún más rápido hacia una estructura gigantesca y redonda. No se parecía en nada a las torres de formas rectas y pequeñas, esta era muy grande y brillante. Mangey pegó las orejas a la cabeza al sentirse muy pequeño ante esa cosa con una forma ovalada, como la de las piñas, aunque sin las puntas afiladas de una piña. En realidad, tal vez era más como un huevo.

Los invasores malos los llevaron a todos por una extraña entrada grande de esa estructura, dejando atrás la poca luz natural de su hogar. De su libertad.

Mangey respiró más rápido, volviendo a moverse sin rumbo dentro de la esfera. Quería salir de ahí, abrazar a su familia y correr lejos de estos invasores. Ni siquiera se dio cuenta del momento en que llegaron a algún lugar muy cerrado y los dejaron caer a todos, llenando el interior con las quejas adoloridas de su familia al haber sido arrojados al suelo como si fueran basura. 

El cambio de posición mareó por un momento a Mangey, volviéndolo un poco lento para ubicarse correctamente y encontrar al resto de su familia. Su cabeza se levantó y logró encontrar primero a Hangry, haciendo sonreír a Mangey al mismo tiempo que el color azul desapareció repentinamente.

Mangey alzó muy rápido la cabeza, estirando primero una mano para asegurarse de que de verdad se había ido la esfera. Cuando no chocó contra nada, sus piernas lo empujaron hacia adelante de inmediato, ignorando que su vista parecía ver todo de amarillo. Mangey simplemente corrió hasta el amigo que tuviera más cerca y se aferró a su costado, descubriendo, por el tamaño, que sí fue Hangry.

No tardó mucho en comenzar a lloriquear por el estrés acumulado, cerrando con fuerza los ojos mientras era abrazado de vuelta. Un segundo después escuchó a Prim muy cerca de él, preguntando como estaba Bridie y recibiendo la respuesta de Thorn, un poco más lejos de ellos.

En ese momento, Mangey se atrevió a abrir los ojos para buscar a Birdie, contemplando por fin los tonos grises del área, no amarillos, y cómo había varios intrusos rodeándolos, con sus manos iluminadas apuntando hacia todos. Thorn estaba a cierta distancia de él, agachada al lado de Birdie mientras le revisaba un ala. A su lado estaba Gnarly apretando los puños y mirando con claro nerviosismo hacia los invasores.

Mangey movió la cabeza y se encontró en su costado a Prim, acercando una mano hacia él. Sintió que Hangry también se removía con miedo sin soltarlo, tratando de caminar con cuidado al centro del área que todos los invasores habían creado. En ese momento, Thorn gruñó y chasqueó la lengua, tomando el martillo que había caído a su lado y se puso de pie de un salto, balanceando su fiel arma. 

Mangey se estremeció y chilló contra el pelaje de Hangry al ver que los invasores reaccionaron al instante y levantaron las manos brillantes, mezclando esa horrible voz sincronizada de esas cosas con las voces de Prim y Gnarly llamando a Thorn por su nombre a la vez que trataban de interponerse entre los invasores y su amiga.

—Oye… tranquila. —Prim levantó las manos, caminando con cuidado hacia Thorn. —No hay que molestarlos.

—¡¿No hay que molestarlos?! —Thorn siseó  provocando un temblor en Mangey. —¿Nos trajeron aquí y te preocupa que nosotros los molestemos?

—No grites, podrían oírnos. —Gnarly retrocedió un par de pasos, acercándose más al centro del área.

—Yo creo que ya nos están oyendo. —Hangry habló en voz baja, moviéndose con Mangey más cerca de los demás.

—No importa si nos oyen. —Prim exclamó exasperada, volviendo a mirar a Thorn. —Si nos atraparon con facilidad, podrían volver a hacerlo. —Ella miró hacia todos, con clara preocupación en sus ojos. Luego respiró hondo. —Será mejor si pensamos cómo escapar antes de que quieran tener una ‘charla animada’ con nosotros. Y sabes bien quién o quiénes podrían estar detrás de esto.

Ante su última frase susurrada, Mangey aguzó sus orejas, notando como Thorn también pareció flaquear un momento, aunque sin soltar ni un poco su martillo.

Prim tragó hondo. —Mira, si salimos, podremos hacerles pagar lo que le hicieron a nuestro hogar y-

—¿Hacerles pagar? —Gnarly brincó, jalando las puntas de su sombrero de hojas hacia abajo. —¿No viste lo que hicieron? Nos harán papilla de fresas si los enfrentamos. O querrán volvernos uno de ellos. O entrar en nuestras mentes para… ¡ay!

—No estás ayudando. —Prim siseó, rodando los ojos después de haber golpeado la frente de Gnarly.

Mangey sintió un pequeño impulso de reírse. De hecho sí resopló un poco, pues todavía tenía miedo con sólo mirar más allá del pelaje morado al que estaba aferrado, notando la oscuridad cercana a las paredes grises y mirando a todas esas cosas de color verde rodeándolos con sus manos encendidas.

No quería estar aquí.

Prim lo miró de reojo antes de suspirar. —Escucha, Thorn. Insisto en que deberíamos salir de aquí. —Ella logró acercar su mano hacia el hombro de la erizo.

Al darle ahora la espalda a Mangey, él no fue capaz de ver la forma en que Prim tornó su expresión en una suplicante mientras señalaba con la mirada a los demás, esperando convencer a Thorn.

Su amiga rosa arrugó demasiado el ceño, apretando las manos sobre el mango de su martillo. Mangey la vio desviar los ojos hacia Birdie. Luego hacia Prim. Luego hacia Gnarly y al final hacia Hangry y él. Mangey bajó aún más las orejas cuando su amiga lo miró, torciendo los labios. Todos se quedaron muy quietos por un largo momento, para Mangey, hasta que Thorn chasqueó la lengua y dejó caer el martillo, consiguiendo que los intrusos también bajaran un poco las manos encendidas.

Eso relajó considerablemente a Mangey.

Sin las cosas brillantes amenazando con disparar, Mangey por fin se atrevió a bajarse de Hangry. Se pegó más cerca de sus amigos y aguzó sus orejas tratando de asegurarse de que nadie los escuchara y conocer el nuevo entorno.

El lugar por sí mismo era horrible. A pesar de que esas paredes grises y brillantes ofrecían un área grande para moverse, Mangey se sentía atrapado, y mucho. Además, el sitio olía a casi nada, excepto por un aroma ligero a quemado, muy diferente al que conocía. Era más amargo e intenso y parecía venir de las manos encendidas de los extraños. Fuera de eso, no había nada que le dijera a Mangey si había alguna salida con aire fresco, lejos del seco y horrible que había ahí dentro. No le gustaba.

Cuando Mangey pudo confirmar que no había nadie más que los intrusos en la redonda, finalmente trató de seguir el paso de lo que Prim susurraba para que todos ellos trataran de escapar incluso si ya estaban en un lugar desconocido. Además, Mangey intentó recuperar confianza al recordar que todos ellos ya habían vencido esas cosas antes. No sólo en Boscage Maze sino también en otros mundos. Claro que tuvieron ayuda, pero si pudieran volver a deshacerse de un par, Mangey estaría más que satisfecho y seguro de que saldrían de ahí.

Finalmente, Prim terminó de hablar, dejando que todos observaran mejor los alrededores antes de moverse. Mangey ya había mirado todo el lugar, pero esta vez trató de concentrarse también en lo que podía sentir bajo sus patas. La mala noticia es que este sitio no tenía tierra blanda que amasar, ya que todo era duro y sólido. Mangey podía sentirlo. Bajo sus patas no había ningún sitio hueco y todo era más amortiguado. ¡Qué horror!

Sin poder percibir su ambiente como siempre había podido hacer, Mangey se resignó a esperar alguna indicación de su familia, encontrando consuelo en que al menos estaban todos juntos.

Ninguno se atrevió a acercarse demasiado a los intrusos, manteniéndose siempre en el centro del área donde los rodearon. Mangey notó cómo todos estaban tensos y observando los alrededores, esperando y esperando por lo que se sintió una gran eternidad mientras afuera apenas y se oían sonidos amortiguados como golpes y más golpes.

Mangey comenzó a impacientarse, empezando a mover demasiado las colas mientras caminaba en círculos hasta que sus orejas, finalmente, percibieron algo más que ese molesto zumbido suave de los intrusos verdes y los lejanos movimientos. Su pelaje se crispó cuando sintió una pequeña vibración en ese suelo reflectante como el agua, oyendo lejos algunas voces.

Todos se acercaron para estar más juntos, afianzando las armas que lograron conservar y, en el caso de Mangey y Gnarly, gruñendo con desafío y colocándose en una postura de ataque.

Cuando una extraña entrada casi escondida entre las paredes grises se movió, Mangey tensó los músculos y se quedó quieto en el momento en que se abrió, un poco atrasado para seguir el ritmo que Thorn inició.

Su amiga, con su fiel martillo, salió disparada hacia adelante, dando un increíble salto para golpear a un gran número de intrusos antes de que alguno pudiera tratar de dispararles.

Birdie y Hangry se movieron a los costados, empujando con fuerza a más de esas cosas para despejar el camino de todos mientras Gnarly cuidaba la espalda de Thorn.

Mangey intentó correr hacia adelante y tirar al suelo a algún intruso verde cuando Prim se movió a su lado y arrojó su lanza hacia la entrada nueva, cortando el aire con ese maravilloso tiro. Él la miró muy impresionado, aunque sólo por un pequeño segundo, pues Prim se giró hacia él y no lo dejó acercarse más, tomándolo con ambos brazos alrededor de su pecho y comenzando a volar lo más rápido que podía hacia esa enorme salida.

Estaban escapando.

El regocijo de saber que iba a irse de ahí desapareció muy rápido al darse cuenta de que no sabía si sus amigos los estaban siguiendo.

El miedo volvió a invadir a Mangey y gimoteó inquieto, mirando un momento hacia atrás. Ahí abajo vio al resto de su familia corriendo con la misma velocidad y emoción hacia la salida, todavía lanzando un par de golpes. La vista relajó a Mangey y le permitió aferrarse con seguridad a Prim, ignorando por completo las dos voces nuevas que habían gritado desde el momento que la lanza fue arrojada.

Pequeño error.

Mangey no se preguntó bien quién los había atrapado hasta que algo fue arrojado hacia él y Prim, provocando que su amiga virara agresivamente en pleno aire para esquivar esa extraña luz verde que rozó demasiado cerca de las alas de su amiga.

Por un momento, Mangey sintió que el mundo dio vueltas, volviendo a caer al suelo y rodando igual que Prim.

El repentino movimiento no dejó que Mangey se diera cuenta a tiempo de que su amiga los había acercado lo suficiente a la salida y que ella rodó del otro lado de la gran entrada, quedando separada de él y los demás cuando esa salida se cerró de nuevo con una fuerza que movió las orejas de Mangey por reflejo hacia su cabeza.

Eso sonó muy alto y muy cerca para su gusto.

Mangey jadeó desde el suelo, empezando a darse cuenta de que Prim estaba gritando desde el otro lado y golpeando la pared gris que los separaba. La comprensión de lo ocurrido golpeó a Mangey y lo sacó del suelo de un salto, tratando de hacerlo correr a cuatro patas para buscar cualquier medio de llegar a Prim. Bueno, es lo que habría hecho si no fuese porque el escalofrío que le recorrió la nuca lo hizo esquivar la mano fea de uno de los intrusos que quiso agarrarlo desde el cuello.

El invasor anaranjado hizo brillar aún más de rojo esas cosas que debían ser sus ojos.

Mangey se crispó ante la vista y no tardó nada para empezar a moverse sobre sus patas, corriendo en zigzag para esquivar a los intrusos y las manos que querían sujetarlo. Sus ojos asustados recorrieron la zona, buscando a sus amigos y notando con angustia que dos habían sujetado con fuerza a Hangry de los brazos y otros dos acababan de atrapar del mismo modo a Thorn.

Mangey corrió hacia ellos con la necesidad de protegerlos, parando en seco en el momento que Thorn gritó muy alto y a todo pulmón.

—¡PRIM! ¡VETE DE AQUÍ AHORA!

Un jadeo se escapó de Mangey, sorprendido. Gnarly también miró a Thorn sin comprender sus palabras hasta que algo pasó por sus ojos y también le gritó a Prim que se fuera, diciendo que ella podría encontrarlos después. Luego de eso, un intruso le dio una patada a Gnarly y lo tiró al suelo antes de levantarlo desde los brazos del mismo modo que hicieron con Thorn y Hangry.

Mangey se erizó ante el trato hacia su familia, ignorando de nuevo esas voces nuevas que sonaban apresuradas por hacer algo con la entrada y alcanzar a Prim. Fue justo cuando Mangey entendió que también iban por su amiga que ahora sí buscó las fuentes de esas voces para correr contra ellos.

¡No iban a lastimar a nadie más de sus amigos!

Un gruñido salió de Mangey, empezando a girar de nuevo hacia la salida cuando su mundo volvió a dar vueltas y la cabeza le estalló de dolor en el costado derecho. Un grito quebrado salió de su garganta antes de caer al suelo, sin poder oír correctamente las voces enojadas de sus amigos. Mangey estaba más concentrado en tratar de eliminar el molesto zumbido en sus orejas hasta que sintió que alguien lo sujetaba, alejándolo del suelo.

Mangey volvió a enfocar y su cabeza aminoró el dolor de la punzada del golpe. Pudo ver de nuevo su entorno, empezando a entender que estaba sucediendo ahora.

Thorn se retorcía como una bestia salvaje ante el agarre de los intrusos sobre sus brazos, igual que Gnarly, que quería darles un golpe a esas cosas sin poder lograrlo. Hangry estaba más asustado que nada, tratando de encogerse ante la mirada roja de los invasores, y Mangey… bueno, él, bajó la orejas cuando sintió la fuerza horrible con la que lo estaban sujetando de los brazos a los costados, dejando que sus piernas colgaran. De inmediato sintió el impulso de querer soltarse, sólo para quedarse quieto al escuchar que la entrada volvía a ser abierta, sin señas de Prim cerca de ahí.

Mangey gimoteó de miedo. Se preguntó en dónde estaba su amiga o qué fue lo que le hicieron. Al mismo tiempo, una de las voces que había querido buscar habló, atrayendo la atención de todos y revelando quiénes los estaban lastimando.

La memoria de Mangey le trajo de inmediato los recuerdos, de nuevo, de la extraña aventura que tuvieron desde que conocieron a Sonic, rememorando los rostros casi idénticos de los sujetos que les ofrecieron refugio cuando Nine, el interesante zorro que se parecía a él, quiso atacarlos.

En ese entonces él fue consciente de que, incluso si los dejaron esconderse en su gran guarida, no eran buenos. Mangey lo sabía. Sabía que fueron los primeros en dañar su hogar en esa ocasión y los primeros en ponerse felices cuando su amigo Sonic sufría.

Mangey aceptó defender sus hogares al lado de ellos, pero nunca dejó de sentirse inquieto con su cercanía al percibir la hostilidad que emanaban. Lo ponía nervioso.

El primero de esos invasores, el que tenía el pelo en la cara de color blanco y que olía a rancio, gritó un par de cosas al otro invasor, más bajo de estatura que el otro y con pelo de color amarillo y azul en la cabeza. Los dos miraron la salida y dijeron algo entre ellos antes de que un grupo de los intrusos verdes marcharan de nuevo al mismo tiempo por esa entrada. En ese momento, Thorn se agitó una última vez antes de hablar.

—Ustedes jamás van a encontrarla.

Sabiendo que su amiga hablaba de Prim, Mangey intentó llenarse de coraje también y apoyar a Thorn, asintiendo con firmeza y gruñendo a los invasores molestos.

El invasor alto y con ese palo extraño y largo de color gris brillante brincó con el rostro enojado, agitando esa vara.

—¡Ay, malditos marsupiales! ¡Siempre tan irreverentes! Me dan ganas de-

—Oye, anciano. —El invasor pequeño interrumpió, inclinando la cabeza. —Quedamos que yo me quedaba con las ratas. Yo decido qué hago.

—¡¿A quién llamas anciano, mocoso irrespetuoso?! ¡Te voy a-!

—¡Y ustedes a quiénes llaman ratas! —Thorn gritó, volviendo a agitar sus brazos  —Cuando salgamos de aquí van a arrepentirse de invadir nuestro hogar.

—¡Sí! —Ganrly la apoyó, aunque menos seguro que ella. —No dejaremos que nos conviertan en ratas o nos laven el cerebro.

Al mismo tiempo que Thorn entrecerró los ojos con fastidio a Gnarly y Hangry se atrevía a sonreír un poco, Mangey inclinó la cabeza hacia su amigo, sin saber por qué no lo apoyaban en sus razonables exigencias. Ninguno sabía que podría pasarles ahí dentro.

Aún peor cuando el invasor pequeño soltó una risa que parecía falsa e inclinó la cabeza hacia todos ellos.

—Ustedes ni siquiera van a salir de aquí, duh. Y yo, y sólo yo, decidiré si los convierto o no en ratas, ¿cierto, Done-It?

Si bien Mangey no estaba acostumbrado a reconocer los tonos sarcásticos o amenazantes, pues su familia no hablaba así a menos que fuera entre Prim, Thorn y Gnarly, él pudo reconocer parte de la burla y la molestia en el tono del invasor joven hacia el más grande, sin estar muy seguro de porqué se hablaban así si al parecer eran compañeros.

Aún así, Mangey gruñó, y miró con todo el enojo que pudo reunir hacia los invasores, notando que Thorn también parecía querer decir algo. Sin embargo, el más viejo soltó su propio gruñido y apuntó su vara gris hacia el más pequeño.

—¡Ya! Como sea. Más te vale atrapar a la última alimaña y no arruinar mi estancia aquí. Ya suficiente tengo con tus estúpidas luces.

El invasor pequeño bufó e inclinó la cabeza hacia atrás. —Sí, sí. Lo que digas. Si ya terminaste, agradecería que dejaras mi lado del mundo ahora que puedes ver que hice bien mi tarea. —El chico comenzó a sonreír. —Quiero empezar a jugar sin supervisión adulta, si no te molesta.

Por un corto momento, y sin ser el único que no entendía qué pasaba, Mangey miró a sus amigos cuando los invasores se quedaron callados, esperando que alguien de su familia hiciera de menos las amenazas que les estaban dando, si es que lo eran, y pensaran en otra forma de salir de ahí. O de encontrar a Prim.

Sin embargo, el invasor mayor volvió a resoplar 

—Bien, ¡bien! Como sea. Soy muy viejo para soportar las tonterías de los jóvenes.

Dicho eso, el viejo colocó su vara gris sobre el suelo y comenzó a darse la vuelta, no sin antes mirarlos a todos ellos una última vez y sonreír de una forma que asustó mucho a Mangey, haciéndolo encogerse lo más que pudo así colgando como estaba.

Lo peor es que el invasor menor agitó la cabeza, con un movimiento extraño de su mano hacia el mayor y luego se giró hacia ellos, dejando que un brillo se marcara en sus lentes por la luz.

Mangey volvió a sentir miedo y un impulso terrible de huir de ese lugar cuando el invasor los miró uno a uno, sonriendo cada vez más y acomodándose los guantes de las manos.

—Bueno, entonces. Vamos a divertirnos un poco.

Ese día fue el primer día que Mangey se preguntó por qué su mundo cambió tan drásticamente en un instante y si acaso estaba soñando.

Lo único que lo consolaba era saber que no estaba solo.

 


 

El primer día que Mangey se quedó solo y sin ninguno de sus amigos cerca fue el día después de que Prim dejó de aparecer, a escondidas, cerca de ellos.

Verla fue un alivio inmenso para todos ellos luego de haber sido movidos a un sitio más pequeño que el anterior y con la entrada cubierta por, de nuevo, una pared azul y sólida. A Mangey le cansaba la vista verla, así que prefería mirar el fondo de la llamada ‘habitación’ y acurrucarse cerca de alguno de sus amigos.

Si Mangey no estaba en ello entonces estaba esperando la llegada tranquilizadora de Prim. Ella dijo que logró el modo de moverse entre extraños caminos de paredes reflectantes y oscuras para visitarlos con ánimo renovado.

Si había algo en lo que todos ellos eran buenos era en tener un excelente sentido de navegación basado en sus sentidos, así que Prim pudo moverse sin problemas entre esos caminos hasta que los encontró a todos, volviendo cada vez con promesas de sacarlos de ahí. Eso fue durante unos cortos días, porque después Prim empezó a regresar aún más animada ahora que tenía, según palabras de ella, a alguien que iba a ayudarla. Nunca pudo explicar mucho más por el miedo a ser descubiertos y por el poco tiempo que se dejaba ver. Aún así, Mangey se emocionó mucho al darse cuenta de que la solicitud de Thorn para que Prim los dejara atrás estaba dando sus frutos.

O al menos lo fue mientras duró.

El día que Prim no apareció en el momento que, según la percepción de todos, debería haberlo hecho, el miedo se esparció entre todos. Mangey se asustó al creer que algo pudo haberle pasado a su amiga y que esas criaturas verdes de metal la habían lastimado.

Mangey los llamó así luego de recordar que Sonic nombró a ese brillante material de ese modo.

Pero fuera de lo mucho que las criaturas de metal lo asustaban, Mangey temió más que nada por la seguridad de Prim. Y lo peor vino después, cuando el invasor pequeño por fin apareció de nuevo. No lo habían visto desde que los dejó a todos encerrados en ese lugar y se alejó sin querer decirles dónde estaba Birdie, ni haciendo caso a los demás gritos de Thorn.

Fue un momento horrible.

Y cuando volvieron a verlo, sus criaturas de metal abrieron la salida y se lanzaron contra ellos, comenzando a arrastrarlos uno por uno hasta que los sacaron a todos.

Mangey sin duda luchó por buscar su libertad, terminando, en cambio, con nuevos moretones en sus brazos gracias al agarre doloroso que las criaturas invasoras le hacían.

Le dolió mucho.

Aunque, en realidad, lo que más lastimó a Mangey fue el momento en que lo arrojaron a otra área cerrada, sin paredes azules y transparentes, y cerraron la salida sin mostrar alguna señal de que iban a meter al resto de su familia con él. Al instante se le revolvió el estómago con fuerza, corriendo hacia la única abertura cuadrada que permitía un poco de luz al interior de esa fea habitación. Mangey sintió una angustia horrible mientras oía a sus amigos gritando por su nombre hasta que ya no pudo oírlos ni olerlos cerca. Eso le provocó el instinto feroz de arañar lo que debía ser la salida para alcanzar a su familia y no estar solo. Pero la pared alta no cedió ni le ofreció un poco más de luz en ese lugar pequeño y oscuro.

Ese fue el primer día que él estuvo verdaderamente solo.

Mangey se sintió mal. Muy mal. Él estaba acostumbrado a vivir sin ninguna pared frente a su rostro que no fuera la de las cortezas de árboles enormes que podía fácilmente rodear. Además, él amaba correr y respirar el aire fresco y suave de afuera, no el agrio y pesado de ahí adentro. Sentir que pasaba el tiempo sin ninguna otra compañía que él mismo lo estaba estresando mucho.

Él también estaba muy acostumbrado al contacto cálido de cualquier integrante de su familia. Ya fueran las palmadas amables de Gnarly, o los abrazos cálidos de Hangry, o las caricias afectuosas de Prim, o los suaves toques de Thorn, Mangey se derretía cada vez con cada uno y siempre anhelaba el próximo gesto de amor que quisieran darle. Él apreciaba el contacto físico tanto como amaba comer bayas dulces y jugosas. Fue por eso que quedarse solo y sin ninguna compañía comenzó a ponerlo inquieto y más asustado cada vez, sin otra cosa que hacer que no fuera dar vueltas nervioso y sollozar en una esquina cuando la soledad se volvía completamente insoportable.

Le estaba rompiendo su pequeño corazón el no saber nada de su familia ni estar cerca de ellos.

Mangey aguantó ese nivel de soledad por lo que pudieron ser, tal vez, tres o cuatro días hasta que las criaturas de metal por fin volvieron a acercarse a esa horrible jaula gris. En el momento que él los vio, la pequeña esperanza de que podrían llevarlo con el resto de su familia brilló de nuevo en su corazón, casi imaginando el momento en que vería sus rostros amables de nuevo. Eso provocó que Mangey moviera, sin evitarlo, sus dos colas con algo de anticipación y alegría previa a reunirse con su familia.

Él ni siquiera pensó, ni en sus últimas opciones, que las criaturas sólo habían ido a lastimarlo.

El dolor no era algo que estuviera muy presente en su vida. Claro, hubo un tiempo donde Mangey lo tuvo muy cerca gracias a que Thorn había decidido que ellos eran malos con el bosque y los corrió cada vez con un horrible golpe de su martillo. Por eso a veces todavía tenía miedo de esa cosa. La venda que ya no quiso quitarse del brazo porque le quedó una horrible cicatriz de uno de esos golpes era la prueba de ese miedo y de que Mangey conocía el dolor, incluso si vino de alguien en quien confió y luego lo alejó sin motivos aparentes para él.

Aún así, Thorn siempre se defendió diciendo que todo lo hizo por la vida de las plantas y de los flickies de Boscage Maze, aclarando el motivo por el cual los atacó.

Estas criaturas no tenían un motivo real, ¿verdad?

Mangey sentía que no había uno, o al menos él aún no lo podía encontrar. Y ni siquiera sabía porqué habría alguien que lastimaría a otra persona sólo por querer hacerlo. Así que, cuando las criaturas de metal se fueron luego recordarle cómo se sentía el dolor de un golpe, Mangey intentó pensar si tal vez fue alguna acción suya la que hizo enojar a las criaturas de metal. Pasó con Thorn, así que debía ser lo mismo, ¿no?

Algo hizo mal, incluso si no lo sabía.

El razonamiento de Mangey lo llevó a suponer que tal vez los rasguños que le hizo a la pared de la salida fueron la razón. Su propia amiga se enojó porque lastimó el bosque, su hogar, así que estas criaturas debían estar molestas porque dañó parte del lugar que parecía ser el hogar de ellos. Tenía algo de sentido, y Mangey decidió no volver a arañar las paredes incluso si se ponía ansioso y quería salir de ahí más que nada.

No funcionó.

Después de otro par de días cortos, las criaturas de metal regresaron, tensando cada músculo de Mangey. Esta vez sentía que no debía hacerse tantas ilusiones al imaginar que lo llevarían con su familia. Aunque eso no le impidió tratar de defenderse al menos un poco. Mangey de verdad hizo el esfuerzo por no dejar que volvieran a lastimarlo, y aún así terminó acurrucado en una esquina después de intentar ser valiente.

Él no podía ser tan fuerte como todos sus amigos, pero quería demostrar que también podía luchar y salvar a su familia. Quería descubrir cómo salir de ahí.

Mangey no era tan tonto. Es decir, sí, sabía que era el más pequeño de su familia y quien usualmente se quedaba atrás. Siempre se mantenía más atrás, usando sus pequeñas astucia para saber cuándo moverse. Y si él hizo el esfuerzo por no hacer nada que hiciera enojar a las criaturas de metal y aún así seguían lastimándolo, entonces Mangey iba a defenderse.

No era justo que sólo regresaran con él para hacerle daño sin decirle al menos por qué. Eran muy malos.

Con eso en mente, Mangey dejó que pasaran varias visitas en las que las criaturas le hicieron más moretones. Él comenzó a notar un patrón en la posición de esas cosas. Siempre había uno que se quedaba al lado de la puerta abierta y el otro entraba a intimidarlo. Nunca hubo nadie que cuidara el lado izquierdo.

Mangey se aseguró de que continuaran dejando esa zona al descubierto por un par de visitas más hasta que finalmente se decidió a moverse con cuidado la próxima vez que fueran a verlo. Él iba a retroceder como siempre hacía y entonces correría a la salida. Ya había intentado revisar cómo se sentía ese suelo liso contra la textura de sus guantes y zapatos de hojas, un poco preocupado de que se resbalaba ligeramente, pero Mangey sentía que podía manejarlo.

Se quedó esperando, como ahora tenía que hacer en ese lugar cerrado y oscuro, y permaneció dando vueltas sin sentido para calmar su estrés acumulado. Mangey no sabía en realidad cuando regresarían las criaturas de metal, así que cuando sintió bajo sus dedos una ligera vibración reconocible que iba acercándose a esa zona, Mangey sintió un tirón nervioso en su estómago, haciéndolo encogerse un poco.

Sabía que ahora debía intentar escapar. Y él era valiente, como Prim siempre decía. Podía hacer esto. Él podía salir de aquí y buscar a su familia.

Él era valiente.

Los pasos siguieron acercándose. Mientras más alto se hacía el sonido, Mangey bajaba más y más las orejas hasta el punto que se pegaron a su cabeza, combinando con la forma que sus dos colas se envolvieron a su alrededor. Un momento después, los pasos se detuvieron y ese sonido peculiar, como un blip cortito, llegó hasta sus oídos. Mangey supo que la salida ahora iba a ser abierta.

Él se quedó en su esquina usual, envuelto como una pelota. Miró con ojos atentos a la pared deslizándose para dejar ver a las dos criaturas de metal. Mangey tragó hondo para calmar el miedo que le daban, tratando de aferrarse a sus instintos para escapar.

Justo como Mangey esperaba, una de las criaturas se quedó cerca de la salida y la otra comenzó a dar varios pasos hacia él, cubriéndolo con su sombra. El cachorro retrocedió un poco más, sintiendo el frío de la pared contra su espalda. Arrugó el rostro hacia la criatura mientras esperaba. Sus ojos no dejaron de ver las manos de esa cosa hasta que la misma de siempre se movió, comenzando a elevarse para tratar de alcanzarlo.

Inmediatamente Mangey se movió.

Sus cuatro patas hicieron contacto inmediato con el suelo y lo impulsaron hacia adelante, logrando controlar la sensación resbaladiza al correr. Mangey sintió un toque rápido y frío en la punta de una de sus colas antes de que logrará deshacerse de él, moviéndose en zigzag por el costado izquierdo de ese lugar cerrado antes de lograr alcanzar la salida y esquiva a la otra criatura gracias que estaba del lado derecho.

Mangey sonrió por un momento mientras lograba salir, chocando por su velocidad con la pared contraria. No se detuvo a pensar en el dolor y retomó su carrera con emoción, sabiendo hacia donde ir gracias a los constantes pasos repetitivos de las criaturas cada vez que iban por él.

Siempre venían de la izquierda, así que por ahí debía haber un camino hacia la libertad.

Con la adrenalina al máximo, Mangey se alejó de su prisión ensanchando su sonrisa y logró girar por otra esquina, encontrando aún más difícil no resbalarse. No hizo caso alguno a los aterradores pasos pesados detrás de él y continuó corriendo, simplemente siguiendo el camino lineal de esas paredes. Podía sentir cómo su corazón latía fuerte por la alegría de salir de ahí.

Al menos fue así hasta que dio ahora un vuelco salvaje cuando una criatura que no consideró apareció de la esquina al final del camino blanco.

Mangey jadeó e intentó frenar, resbalando de forma desastrosa y deslizándose sobre el suelo frío y suave. Su pelaje se crispó al sentir que iba a terminar llegando hasta los pies de la criatura de metal. Por suerte logró detenerse, haciendo lo posible por poner en orden sus piernas y manos y volver a correr. Sin embargo, desde atrás escuchó los pasos pesados acercándose cada vez más, asustando todavía más a Mangey.

Él se encogió con las orejas gachas y los colmillos de fuera, gruñendo con fuerza en contra de la criatura nueva que intentaba acercarse a él. Sus ojos se movieron con velocidad para encontrar un lugar para escabullirse, y lo encontró en el techo del camino. Este era muy alto, lo suficiente como para que esas cosas no lo alcanzaran. Su cabeza le metió de inmediato la idea de elevarse y alejarse de ellos por el aire.

¡Sí! Ellos no podrían volar con él.

Con nueva esperanza, Mangey retrocedió un poco más y comenzó a hacer girar sus colas, estando a nada de lograr la velocidad adecuada para elevarse cuando la criatura nueva levantó el brazo y arrojó una extraña cosa del mismo material brillante que su cuerpo naranja. Mangey se cubrió el rostro por reflejo y se hundió de hombros, haciendo un esfuerzo por no distraerse mucho con ese ataque y seguir volando hacia arriba. Eso debía hacer.

Lo que Mangey no sabía es que esa cosa estaba comenzando a girar mientras soltaba un denso humo verde, llenando todo el aire. Incluso el que había cerca del techo.

Mangey estornudó ante el olor agrio e intenso. Su cuerpo se ladeó en pleno aire, aunque ni siquiera se había elevado tanto.

De pronto comenzó a sentirse muy cansado y pesado, como cuando se enfermaba y la cabeza parecía pesar mucho.

En algún momento terminó de regreso en el suelo, moviendo de forma torpe sus brazos. Era extraño. Mangey nunca sintió algo igual. Era como si ya no le hicieran caso, y eso lo asustó demasiado.

Mangey gimoteó al no poder levantarse, volviendo a sentir el nudo de nervios y miedo intenso en su estómago cuando escuchó que los pasos se estaban acercando otra vez. Sus ojos llorosos buscaron desesperados lo que debió ser su salida a la libertad, pensando que tal vez todavía podía huir.

Lamentablemente lo único que pudo mover fue su brazo, que quería alcanzar el final del camino mientras sollozaba en voz baja.

Cuando comenzó a quedarse dormido, Mangey sólo deseó no regresar de nuevo a ese lugar cerrado y oscuro.

Ya no.

 


 

El día que Mangey por fin dejó atrás esa habitación solitaria y oscura fue cuando el invasor pequeño le habló directamente por primera vez.

Para ese momento, Mangey no sabía cuánto tiempo había pasado lejos de su familia, pero se sintió muy feliz de volver a respirar un aire más libre y de estar en un lugar con suficiente luz como para no sentirse tan atrapado.

O al menos tuvo un poco de alivio. Su miedo regresó al ver entrar a la nueva habitación al invasor.

Mangey tuvo que reprimir el impulso de escapar y alejarse de él, ya que esta área no la conocía y no sabría a dónde ir. Podía esconderse, claro, pues había varios objetos de formas curiosas y grandes. Sin embargo, no podría saber qué hacer después si llegaba a esconderse, y todo era culpa de los olores. Ahí dentro eran nuevos e intensos. Saturaban mucho a Mangey sin ayudarlo a saber si existía alguna salida. Entonces… eso lo dejó con la única opción de quedarse quieto, envuelto en sus colas mientras veía al invasor caminar por el lugar circular.

Además, había dos criaturas de metal detrás de él, así que sus opciones eran muy reducidas.

Sin más que hacer, Mangey no le despegó los ojos de encima al invasor tras el pelaje de sus colas, moviendo apenas sus orejas gachas ante cada sonido nuevo, como sus pisadas, o los interesantes clics de esa cosa que tenía en las manos, o su voz lenta hablando bajo de cosas que Mangey no entendía bien.

Después de un corto momento de susurros el chico se detuvo, arrojando la cosa que tenía en las manos en uno de los objetos de apariencia suave. Mangey miró la trayectoria de esa cosa rectangular hasta que brincó cuando la voz del invasor se dirigió hacia él.

—Bien, ahora… —El chico se acercó, metiendo las manos entre la tela de lo que estaba usando. —Se está volviendo aburrido molestar a tu amiga, así que… ¿por qué no nos divertimos de otra forma?

Mangey parpadeó sin mover ni un músculo, no entendiendo realmente de qué estaba hablando el invasor.

Prefirió no hacer nada ni dejar de mirar al chico hasta que él comenzó a torcer los labios.

—¿Por qué no respondes, alimaña? Habla.

En el momento que dijo eso, una de las criaturas de metal movió una pierna cerca de Mangey, haciéndolo brincar de nuevo mientras se ponía rígido ante el movimiento.

Esta vez dividió su mirada entre la criatura y el chico, con un fuerte deseo de alejarse lo más posible de todos los que lo tenían rodeado. Tampoco ayudaba mucho que el invasor parecía estar esperando a que obedeciera, y Mangey estaba entrando en pánico al no saber qué quería que dijera o cómo encontrar su propia voz.

Él sabía muy bien cómo hablar, pero a veces encontraba difícil elegir las palabras correctas para decir o cómo hilarlas, así que se le hacía más fácil expresarse con sus acciones y movimientos. Su familia sabía entenderlo bien así y, cuando ni adivinando sabían qué quería, entonces intentaba decir algo. Más allá de eso, nunca hubo una necesidad por forzarse a hablar, así que ahora que había alguien que le estaba exigiendo que lo hiciera, y que sabía que podría lastimarlo si no lo hacía, lo estaba poniendo muy ansioso y nervioso.

Mangey se encogió aún más entre sus colas, empezando a respirar rápido mientras veía que la criatura de metal, esta vez la del otro lado, también se acercaba otro paso.

Por puro reflejo abrió la boca, queriendo sacar su voz sin éxito. Lo único que pudo hacer fue soltar un quejido pequeño ante la idea de ser lastimado si no lograba hablar.

Su corazón se encogió de miedo cuando el invasor inclinó la cabeza.

—Ugh, ¿qué no tú debías ser más listo? Y ahora no hablas, ¿qué te pasa?

Mangey volvió a gimotear, tratando de retroceder otra vez antes de parar al ver que las dos criaturas de metal se inclinaron sobre él, con esas horribles manos frías y afiladas pareciendo querer sujetarlo. Esta vez miedo se hizo más intenso en Mangey. Sus ojos se movieron rápidamente por toda la habitación en busca de alguna salida o algún lugar más seguro. Justo en ese momento las criaturas se detuvieron, acompañadas de la voz del chico.

—Fantástico. parece que me tocó el más estúpido.

Ante esas palabras, y el tono que se sentía agresivo, Mangey crispó su pelaje, todavía tenso pero sin duda sintiéndose insultado por esa frase horrible. Por reflejo arrugó el rostro, aunque se arrepintió cuando el invasor relajó su expresión y sonrió.

—Oh, entonces sí entiendes, ¿verdad?

Mangey gimió en voz baja, queriendo hacerse aún más pequeño bajo sus colas ante el feo estremecimiento que le recorrió desde el cuello. Esta vez fue inevitable para él retroceder al escuchar al invasor reírse, provocando que las criaturas de metal se movieran hacia él.

Un grito pequeño se le escapó a Mangey al sentir que lo tomaban de un brazo y luego del otro. El sentimiento de querer llorar fue grande, conteniéndose al ser arrastrado hacia dónde estaba caminando el invasor, muy cerca de donde lanzó la cosa rara de antes y que ahora brillaba con extrañas formas dentro del rectángulo.

Mangey tembló ante la cercanía, todavía buscando un poco de su valentía para mostrarse agresivo y no dejarle saber al chico que tenía mucho miedo.

El rostro del pequeño zorro se arrugó cuando el otro lo miró.

—Bueno, vamos a hacer esto. —El chico sonrió. —Tú vas a ayudarme a arreglar y mejorar lo que yo te diga, ¿eh? Y no quieras engañarme, bola de pelos. Sé que fuiste tú quién mejoró los niveles de energía del viejo Yolk y quién robó la máquina de tu horrible copia.

¿…Huh?

Mangey trató de hundirse de hombros mientras su cabeza recordaba vagamente lo que hizo. Más o menos.

En realidad, mucho de ello fue simple intuición y una extraña facilidad para comprender el funcionamiento de esos objetos peculiares. Y manipular esos hilos de colores y piezas para lograr que hicieran cosas geniales fue más divertido porque tuvo un amigo muy amable que lo ayudó. Mangey no sabía si podría hacer algo así de nuevo a la fuerza y no por la simple curiosidad y emoción de aprender más sobre esas creaciones interesantes. Lo peor es que parecía que no podría tener opción, porque el chico sonrió más ampliamente y casi con crueldad.

—Si no lo haces, ya veremos que tan divertido será convertir a tus amigos en nuevas alfombras para mi sala de juegos. —El invasor se inclinó más cerca de Mangey. —Tú decides, alimaña.

El labio de Mangey tembló con fuerza.

Su cabeza comenzó a negar rápidamente mientras su garganta soltaba un par de lamentos ante la perspectiva de que le hicieran daño a su familia. No podría soportar verlos sufriendo. Simplemente no, a ellos no…

—Bien, entonces. ¿Vas a obedecer?

Mangey hipó, haciendo un último intento por ver sus alrededores, esperando tal vez algo de ayuda, hasta que finalmente asintió suavemente con la cabeza.

Eso pareció ser suficiente para el invasor, ya que se rio más contento y se dejó caer sobre esa cosa suave y larga.

—Genial. Empieza con lo que ellos te van a dar.

Dicho eso, el chico movió algunas cosas en ese rectángulo brillante, que se llenó de colores, y se colocó en la cabeza un extraño arco con círculos esponjosos que le cubrieron las orejas.

Mangey soltó un alarido al querer llamar la atención del invasor, deseando poder saber si al menos su familia estaba bien o si podría verlos, pero las criaturas de metal lo jalaron de los brazos. El movimiento provocó que llorara por el dolor causado en los moretones que no se le habían ido. Y fue peor cuando apretaron el agarre para que se moviera y le punzaran aún más las muñecas. Tuvo que caminar más rápido para que no presionaran tanto, dejando atrás la pequeña esperanza de saber algo de su familia.

Ya ni siquiera estaba en el área anterior. Ahora estaba en una habitación pequeña al otro lado de esa pared circular, todavía cerca del invasor.

Las criaturas de metal lo guiaron hacia una superficie alta y lisa con objetos extraños sobre ella, cerrando de nuevo la única salida.

Mangey miró la pared cerrada por un momento, notando un sentimiento de tristeza y desesperación en su pecho al seguir viendo más y más paredes a su alrededor, sin dejarlo salir en ningún momento.

Sus ojos se humedecieron más ahora que el invasor no lo veía, hipando en voz baja.

Mangey miró con desánimo las cosas que, al parecer, debía tratar de entender y arreglar. Al menos ahora tendría algo con qué entretenerse mientras protegía a su familia, aunque sí sentía que iba a ayudar a hacer cosas peligrosas.

Ojalá estuviera equivocado.

 


 

El instinto de Mangey sobre lo que lo estaban obligando a hacer no se había equivocado.

Sus propias manos y cerebro estaban ayudando a construir las cosas que el invasor le pedía que mejorara y, en los pocos días que estuvo viviendo casi todo el tiempo en ese lugar cerrado con los objetos que el chico llamaba dispositivos, Mangey poco a poco empezó a entender mucho mejor el mecanismo de estos sin necesidad de tanta explicación.

Aún así, Mangey habría querido tener un amigo, como Sails, que le explicara con paciencia lo que no había terminado de entender. El invasor simplemente se enojaba y hacía que sus criaturas de metal lo empujaran lejos y lo lastimaran si tenía una duda. Por eso se forzó a comprender mejor esos objetos sin necesidad de preguntar.

Entonces, cuando pasó de arreglar a mejorar los dispositivos, Mangey comenzó a sentir cierto gusto en poder distraerse imaginando las soluciones o en cómo implementar ciertos mecanismos en su propio hogar, como la maravillosa ayuda que hacían esos círculos dentados al girar entre ellos, o los sistemas de cuerdas tensas para mover cosas pesadas, o esos curiosas cosas redondas y largas en las orillas de una placa con las que podía abrir y cerrar de forma fácil y divertida el interior de un objeto. A Mangey le gustaba cómo algunas rechinaban.

Sin embargo, esa calma y tranquilidad que ganaba al conocer mejor el funcionamiento de todas esas cosas se esfumaba cuando el invasor lo obligaba a ver lo que ‘construyeron juntos’ en esa enorme pared que mostraba el mundo exterior en movimiento. Mangey se sentía mal de ver que las cosas que ayudó a arreglar estaban lastimando aún más a su hogar.

Y lo peor vino cuando el invasor llegó un día y le dejó un objeto con forma de cuenco y simplemente le dijo a Mangey que quería que funcionara sin explotar ni caerse en pedazos.

Para ese día, Mangey ya había obtenido el conocimiento y comprensión suficientes para saber qué quería el chico y cómo lograrlo. Así que obedeció y ayudó a arreglar y mejorar el cuenco, haciéndolo sentir parcialmente orgulloso cuando se dio cuenta que su trabajo final era muy bonito y algo que hubiera deseado enseñarle a su familia, aunque ni él ni sus amigos supieran exactamente para qué servía el dispositivo.

Entonces, cuando Mangey se lo entregó al invasor y este se fue sin decir mucho, Mangey se quedó esperando con el estómago lleno de nervios por si lo había hecho bien o mal. Lo dejó dentro de esa habitación sin salir por lo que se sintieron como días enteros hasta que Mangey se desesperó de no recibir ninguna indicación nueva. Incluso llegó a sentarse cerca de la salida cerrada y aullar en voz baja, con el miedo presente de que hubiese hecho algo mal y su familia terminara herida por eso mismo.

Mangey acumuló la angustia suficiente como para atreverse a esconderse muy cerca de la salida y esperar a que le trajeran la comida desabrida de siempre. Necesitaba saber algo de sus amigos o podría comenzar a arrancarse el pelaje de los puros nervios.

Con mucho trabajo, Mangey movió uno de los bloques de metal que guardaban las herramientas para trabajar. Lo acercó muy lentamente a la salida y se puso detrás del objeto, esperando con paciencia hasta que pudiera oír a alguien acercándose.

Cuando el suelo vibró suavemente con los pasos pesados de las criaturas de metal, Mangey tensó los músculos. Todos sus sentidos se pusieron alertas para saber cuándo moverse.

La salida finalmente volvió a ser abierta hacia un lado y la criatura entró, sosteniendo ese plato gris con puré desabrido. Mangey lo siguió con ojos agudos, manteniendo quietas sus colas mientras veía como la criatura de metal parecía tratar de buscarlo. Él no se iba a dejar ver, por supuesto. Mangey ya estaba listo para empezar a escabullirse y comenzó a rodear el bloque gris, acercándose más y más a la puerta. Se quedó quieto y casi sin respirar cuando esa cosa casi se giró hacia él. Mangey esperó con los brazos temblando, empezando a retroceder en silencio hasta que la criatura naranja comenzó a caminar al fondo de ese lugar.

Mangey respiró hondo y volvió a caminar a la salida, sintiendo que sus colas estaban moviéndose un poco más felices ahora que había cruzado de regreso al sitio circular con una luz más suave.

El cachorro se colocó a cuatro patas y se pegó a la pared, despegando por fin la vista del hueco de su segunda prisión y comenzó a mirar sus nuevos alrededores. Aunque no necesitó buscar algo interesante.

Mangey aguzó las orejas cuando notó que había una luz grisácea surgiendo del otro lado del objeto alargado y suave que el invasor usaba para recostarse.

Como él estaba tratando de moverse al ras del suelo no podía ver la fuente de luz, pero sí podía estar oculto detrás de la cosa de descanso del invasor. Mangey aprovechó su camuflaje e intentó moverse con sigilo, recordando los consejos que Prim le dio cuando intentaban robar algo de comida de Thorn. Llegó hasta el objeto rojo, notando que era de verdad suave y acolchado. Mangey se distrajo un momento y trató de resistir el impulso de restregarse contra algo más que no fuera una fría pared. Agitó sus cabeza y siguió caminando hasta llegar a la orilla.

Una vez cerca de lo que provocaba esa luz gris verdosa, Mangey asomó con cuidado la cabeza y revisó su entorno, descubriendo que el chico estaba sentado con ese mismo arco negro en la cabeza y un bloque oscuro frente a él. Sobre el bloque reluciente había un rectángulo transparente como el que el invasor a veces tenía en las manos, sólo que era más grande y también mostraba imágenes en movimiento.

Mangey se pegó más a la textura suave de la tela, oculto entre las sombras. Su curiosidad fue atraída por lo que el rectángulo iluminado estaba mostrando. Ahí podía ver parte de esas torres grises, creando surcos rectos de suelo gris. Todo era tan gris y aburrido que Mangey encontraba más llamativas las partes de colores verdes y azules. Aunque por ahora eso quedó atrás en su atención cuando vio que en esos caminos lisos había más carroñeros. Carroñeros forasteros.

Él podía reconocer bien a los extraños porque ninguno de ellos tenía las marcas que su pequeño grupo y familia sí tenía. Todo aquél que no tuviera las marcas pintadas en sus cuerpos, era considerado forastero y debía ser expulsado.

Descubrir que en la ausencia de ellos habían aparecido forasteros arrancó un sutil gruñido de Mangey, arrugando la nariz ante la vista de extraños en su territorio. O al menos dejó salir su enojo por un momento.

Mangey se quedó congelado cuando vio que la imagen se movió de lugar y ahora mostraba un área donde había algunos forasteros tratando de arrojar lanzas hacia las criaturas de metal, siendo repentinamente sorprendidos cuando un objeto volador se les acercó por detrás y le colocó a uno de los forasteros un cuenco muy similar al que él había ayudado a mejorar, viéndose incapaz de quitárselo.

Los ojos de Mangey no pudieron despegarse de la imagen, bajando poco a poco las orejas mientras el invasor se reía desde su lugar ante la forma que el forastero se quedó quieto por un momento y luego se lanzó contra su compañero, golpeándolo hasta que también lo obligó a ponerse otro cuenco similar.

El invasor simplemente soltó una carcajada y agitó las manos.

Mangey jadeó con horror, empezando a negar con la cabeza mientras retrocedía y su cuerpo temblaba. Su corazón se encogió ante lo que estaba viendo, sin darse cuenta que la criatura de metal había salido de la habitación blanca y lo localizó rápido al haberse alejado de la sombras.

La impresión de Mangey cambió por sorpresa y luego por terror cuando lo agarraron desde el cuello y lo levantaron del suelo. Él gritó de dolor y agitó sus brazos en un reflejo por soltarse, arañando y tratando de morder a la mano que lo sujetaba. Sólo se quedó quieto cuando la iluminación tenue se volvió más intensa y el invasor se levantó de su lugar, quitando de su cabeza el arco negro.

Mangey no sabía si gruñirle o llorar, atascándose con su saliva al ver que el chico arrugaba el rostro al mismo tiempo que la mano en su nuca apretaba su agarre, sacando un sollozo de Mangey. 

—¿Quién dijo que podías salir, alimaña? Acabas de interrumpir mi juego.

Las palabras no llegaron a Mangey, como si no tuvieran significado. Él todavía estaba destrozado de haber visto lo que esa cosa hizo. La cosa que él ayudó a mejorar.

Mangey se sentía horrible.

Las lágrimas no tardaron en salir y los temblores lo sacudieron. Mangey no prestó ninguna atención a lo que el invasor estaba diciendo, más preocupado de lo que iba a hacer su familia cuando supieran que ayudó al invasor a lastimar a otros como los estaban lastimando en ellos.

Nunca quiso actuar como ellos. Haciendo daño sólo porque querían y ya. Ellos eran… eran monstruos.

Mangey no quería ser un monstruo.

Otro sollozo salió de su garganta, cortado en seco cuando la criatura de metal lo agitó con agresión y lo acercó más al invasor, al… al monstruo.

—Agh, no tengo tiempo para ti. Ahora vas a regresar abajo hasta que me dé la gana.

Sin poder seguir lo que el monstruo estaba diciendo, Mangey gimoteó al ser arrastrado con fuerza, comenzando a repasar lo que se le dijo antes de jadear.

Mangey por fin entendió las palabras, provocando que se agitara con más fuerza y aullara desesperado al no querer regresar a la horrible habitación oscura y pequeña.

No quería.

No quería.

No quería.

Sus lamentos y forcejeo pararon en seco cuando la criatura de metal levantó el brazo encendido y apuntó a su cara, estremeciendo a Mangey.

Ante eso, lo único que le quedó fue hipar en medio de su respiración entrecortada.

Mangey tembló y soltó más lágrimas durante todo el camino, moviendo muy poco sus orejas cuando vio que la zona era nueva y no la que recordaba, notando que había muchísimas más zonas cerradas y pequeñas, aunque con la pared azul. Otra diferencia es que varias prisiones tenían a forasteros de diferentes especies dentro de ellas, todos agazapados y con rostros que iban desde la agresión hasta el miedo, mirando hacia la misma criatura de metal que sostenía a Mangey.

Sus ojos llorosos contemplaron a todos los presentes, sin darse cuenta de que la criatura de metal se detuvo un momento en medio del camino, muy quieto hasta que se oyó la voz distorsionada del monstruo venir desde la criatura.

—Ah. Esto podría ser divertido.

Mangey giró el rostro hacia la fuente de la voz por un momento antes de que volviera a caminar, recorriendo todo el lugar hasta llegar al fondo.

La criatura se detuvo cerca de la pared final y se elevó hacia arriba, llegando a otra hilera de prisiones pequeñas y casi vacías. Fue a la que estaba antes de la última del lado derecho a la que lo arrojó la criatura de metal, estrellando el cuerpo de Mangey contra el suelo.

El aulló de dolor, levantando su rostro a tiempo para ver que la pared azul cerraba toda la salida.

Mangey se estremeció y se apresuró a correr hacia la barrera transparente, parando en seco cuando sus ojitos brillosos encontraron su propio reflejo en la pared brillante y más pulida.

Su propio rostro triste le regresó la mirada, comenzando a tornarse angustiado al ver que la pintura de su rostro y cuerpo ya estaba muy despintada, apenas notándose.

Mangey se llevó las manos delgadas hacia su cara, recordando los lugares donde habían estado las formas y decoraciones que había tenido ahí, ya que eran el símbolo de pertenencia de su hogar y familia.

Era justo como dijo. Todos se habían pintado el cuerpo, declarando a cada integrante como miembro oficial del grupo. Si veían a alguien sin esas marcas, entonces era un forastero.

Tal vez por eso Mangey mantuvo la esperanza de que volverían a integrarse con Thorn cuando los alejó, ya que ni ella ni los demás se deshicieron de sus marcas. Fue una forma, para Mangey, de saber que aún querían ser familia.

Aunque eso no importaba mucho en ese momento.

Mangey no podía dejar de mirar con angustia su reflejo borroso en las paredes grises de metal. Ahora se estaba pareciendo más y más a los nuevos forasteros que había en las otras jaulas de cuatro paredes. Y si eso pasaba, él…

Oh…

El pequeño corazón de Mangey se hizo pedazos al pensar que podría ser expulsado. Más aún después de haber ayudado al monstruo a lastimar su hogar y a otros.

Él no quería quedarse solo.

El pensamiento le sacó un sollozo lastimero, desviando por fin la vista de su triste reflejo sin marcas color naranja.

Mangey se envolvió en una bola cubierta por sus colas y se abrazó a sí mismo, deseando tener a alguno de sus amigos con él ahí mismo.

Quería tenerlos cerca y saber que no lo iban a dejar ahora que no tenía sus marcas.

Deseaba mucho tener un poco de compañía.

 


 

El día que Mangey se dio cuenta, inesperadamente, que alguien le estaba haciendo compañía fue un poco aliviador.

Aunque sólo tuvo ese sentimiento en esa prisión nueva, pues lo regresaban ahí cada vez que desobedecía o que intentaba huir de nuevo.

La verdad no podían culpar a Mangey por ello, ya que él todavía tenía la esperanza de salir de ahí. Más ahora que lo estaban moviendo por diferentes zonas para cumplir las molestas peticiones del monstruo. Eso le dejó ver a Mangey, con las rutinas repetitivas, cómo funcionaban algunas cosas, como los rectángulos brillantes que siempre mostraban imágenes interesantes o símbolos extraños que el monstruo parecía entender. O también la forma en que descubrió la función de las placas pequeñas que ayudaban a abrir las salidas (ahora sabía que se llamaban puertas).

Fue así como Mangey pudo presionar las partes correctas de esa placa y salir aún más rápido la última vez. Sin embargo, eso fue lo que le valió esas horribles bandas negras en sus muñecas cuando lo volvieron a atrapar.

El monstruo se enojó mucho de que Mangey se hubiera alejado tanto que lo terminó sujetando con fuerza a una superficie fría y le puso esas cosas. Y lo que más le dio miedo ese día fue lo feliz que el monstruo se puso cuando las bandas le provocaron un dolor punzante que nunca antes había sentido. Luego de eso, Mangey sólo pudo asentir, y forzarse a hablar, a todo lo que él monstruo le pidió el resto del día, muy asustado de que la experiencia se repitiera.

Y, aunque lo ponía muy triste admitirlo, Mangey prácticamente hacía y arreglaba todo lo que el monstruo decía, sin poder oponerse como antes. Mangey tenía buenas razones. Además de querer proteger a su familia, sus nervios no estaban aguantando el miedo que el monstruo le daba al asustarlo con activar las bandas o encerrarlos por cada error pequeño que Mangey cometía,

Fue cuando lo encerraron por segunda vez cuando, como dijo, encontró una peculiar compañía.

Mangey no solía acercarse o escuchar a nadie más que no fuera su propia familia, y encontrar una amistad nueva en Sonic o en Sails fue una situación particular. Fuera de eso, Mangey se mantenía reservado y cauteloso con desconocidos. Así que cuando el extraño forastero que parecía estar en la última prisión, al lado de la suya, tarareó con tono ronco y rasposo al ritmo que golpeaba lentamente su propia pared, Mangey dejó de llorar y se atrevió a pegarse a la fría superficie de donde venía el sonido, encontrando un poco de calma, como al parecer otros forasteros también hacían.

Fue extraño, pero Mangey notó que muchos ahí dentro tampoco parecían soportar el silencio absoluto y, a veces, había alguien que comenzaba a silbar o a cantar sus propias melodías. Sin embargo, el forastero que tenía al lado siempre cantaba la misma canción suave cada vez que regresaban a Mangey a ese lugar y comenzaba a llorar. Sentía como si intentara consolarlo.

Aún así, Mangey nunca, en el corto tiempo que compartieron separados por esa pared, se atrevió a encontrar su propia voz y agradecerle al forastero por la bonita melodía. Lo único que fue capaz de hacer, luego de oírlo por quinta vez, fue unirse a su canto en volumen bajo. Mangey supo que había sido escuchado al percibir la pausa corta en la voz del extraño antes de continuar como siempre.

No se molestó por ser acompañado y bajó el compás de la tonada al que Mangey tenía, que era más lento porque a veces terminaba hipando y controlando los restos de su llanto.

Se sintió muy agradable mientras duró, y Mangey tuvo la enorme necesidad de poder ver, aunque sea una vez, al forastero amable y darle las gracias de algún modo por haber hecho no tan solitaria su estancia en ese lugar. Sin embargo nunca pudo hacerlo.

Cada vez que lo regresaban a su área cerrada, el extraño se mantenía en el fondo de su prisión, y Mangey nunca pudo ver ni un atisbo de él por mucho que se estirara. Cuando estaba nuevamente encerrado, la pared los separaba y no había forma de darle un vistazo.

Lo puso triste.

Y fue aún más triste la última vez que Mangey estuvo ahí.

Ese día, luego de sentir las manos entumecidas porque el monstruo encontró divertido simplemente hacer funcionar las bandas negras mientras arreglaba algo, Mangey fue arrojado a la prisión por arruinar el dispositivo, levantando la pared azul sin darle posibilidad de salir de ahí.

Mangey se limpió la carita mojada mientras se deslizaba por costumbre a la esquina derecha de la pared azul, justo donde siempre podía oír mejor la bonita melodía del forastero. Se sentó y se envolvió en sus colas, esperando que la tonada empezara o que alcanzara a oír los suaves susurros del forastero moviéndose hasta ocupar su propio lugar para cantar.

Esperó y esperó por un largo momento hasta que se dio cuenta de que no percibía ningún movimiento del otro lado 

Mangey aguzó sus orejas para tratar de escuchar cualquier señal del amable forastero, moviendo también la nariz por si percibía ese suave olor a pino que ahora se sentía débil.

Le costó un poco darse cuenta de que tal vez ya no había nadie del otro lado de la pared, por lo que Mangey dejó escapar un pequeño gemido de insistencia mientras rascaba un poco la pared fría.

No hubo ninguna clase de respuesta y Mangey se impacientó más, sintiendo un nudo feo en el estómago cuando escuchó una voz nueva desde una de las prisiones del otro lado. Era un castor pequeño y delgado con los ojos hundidos y apagados.

Lo único que le dijo a Mangey fue ‘se lo llevaron ayer’. Luego de eso, el castor le dio la espalda y se encogió en su propio lugar, luciendo tan inmóvil como una roca.

De todas formas, Mangey no habría sido capaz de encontrar su propia voz para preguntar más o saber los detalles. Lo único que sentía en ese momento era una desesperanza intensa que le sacó nuevas lágrimas al pensar que el único consuelo que le había quedado de ese lugar también se había ido y ahora volvía a quedarse solo.

Y, de todas formas, esa fue la última vez que él también pisó ese lugar.

Después de que sacaran a Mangey de ese lugar de nuevo, el monstruo lo recibió de vuelta muy feliz, mencionando que ya no tendría que mover a Mangey de un lado a otro ahora que tenía algo especial para él.

A Mangey no le agradaron sus palabras. Su mal presentimiento sobre ello le dio en el corazón cuando el monstruo le enseñó ese ‘regalo especial’.

El estómago de Mangey se revolvió cuando vio una verdadera jaula de barrotes negros a un costado del lugar de descanso del monstruo. Pequeña y fría.

Mangey odiaba las jaulas.

Sus aullidos y forcejeos por no ser ingresado ahí fueron ignorados. El dolor en sus manos volvió mientras más se resistía, dejando a Mangey con la única opción de entrar a esa horrible cosa sin dejar de llorar.

El monstruo simplemente lo dejó ahí, comenzando a llamarlo ‘mascota’ cuando se dirigía hacia él.

Mangey sólo podía salir si el monstruo quería su ayuda o simplemente divertirse lastimándolo. Siempre que escuchaba ese clic del dispositivo que tenía en las manos, Mangey se tentaba sabiendo que las bandas iban a activarse. Le hizo sentir un miedo constante y sin poder dormir demasiado.

Los únicos momentos que podían distraer a Mangey del sentimiento de abandono y soledad en ese lugar era cuando el monstruo hablaba con sus otros compañeros y no le prestaba atención.

A Mangey no le importaba mucho lo que decían, ya que a ese punto estaba muy cansado para intentar nada. Pero cuando algunos días pasaron y las reuniones a través del rectángulo brillante se hacían más seguidas, Mangey pudo percibir un rastro de molestia viniendo no sólo de la voz del monstruo, sino también de sus compañeros.

Desde que les prestó atención, Mangey se dio cuenta de que esos sujetos casi siempre repetían algunas palabras especiales. No era realmente bueno para seguir el ritmo de todo lo que decían ni entenderlo. Mangey ni siquiera quería oírlos. Lo que realmente lo motivó a prestar atención fue el tono grosero del monstruo al decir que Mangey era estúpido y nunca podría entender de lo que hablaban.

Esas palabras picaron en su pequeña cabeza y lo animaron a mostrar la poca rebeldía y resistencia que todavía mantenía a pesar de todo el dolor y la soledad a la que lo había sometido el monstruo.

Mangey fingió ser demasiado torpe para hacerle creer al monstruo que no sabía qué significaban sus preguntas y comenzó a escuchar desde su jaula cada palabra que decían esos sujetos.

No pudo darle significado a algunas oraciones pero sí a otras, lo que animó a Mangey. No estaba seguro de si la información era importante, y la verdad sólo se sentía internamente satisfecho de saber que al menos estaban logrando algo pequeño en secreto.

El monstruo le había quitado a su familia y al desconocido amigo que había hecho. Mangey quería quitarle, aunque sea, esas conversaciones que parecían ser importantes para el monstruo.

Las guardó en su cabeza sin saber que tal vez iba a llegar a usarlas de verdad contra el invasor que lo lastimó mucho.

Mangey sólo siguió escuchando sin moverse, como hizo en su última prisión de cuatro paredes, hasta que comenzó a volverse aburrido y deseó poder hacer algo diferente a escuchar lo mismo de siempre con pocos cambios.

En uno de esos días solitarios, se preguntó distraídamente si algún día sería capaz de salir de ahí o simplemente iba a escuchar para siempre al monstruo y esperar a que lo lastimara cuando se aburría.

Mangey se sentía en un punto donde estaba muy cansado de llorar, o suplicar, u obedecer. Él sólo quería regresar con su familia.

Ojalá Mangey pudiera recuperar las ganas de atreverse a huir de ahí de nuevo.

Ojalá.

 


 

Cuando el día que la rutina de Mangey cambió y la inesperada oportunidad de huir de ese lugar llegó, él no podía terminar de procesarlo del todo.

Mangey sabía que habían estado pasando cosas fuera de esa habitación circular, ya que el monstruo parecía fastidiarse cada vez que su rectángulo brillante sonaba con un zumbido especial y enseguida debía empezar una conversación con sus demás compañeros. Todos sonaban molestos y ansiosos, creando más movimiento del usual entre las torres grises visibles desde donde Mangey estaba.

Todo ese movimiento repentino fue aumentando hasta que ocurrió el suceso más inesperado en todos los días que Mangey estuvo encerrado.

La impresión fue tanta que tuvo que hacerle más caso a su instinto y a la pequeña esperanza que todavía guardaba en su corazón para tratar de salir y no escuchar al sentimiento de miedo que le decía que se quedara o iban a lastimarlo más.

Quiso confiar y huir de ahí.

Pero eso no es lo que pasó primero.

Para empezar, ese día Mangey despertó dentro de esa jaula como había estado haciendo el último tiempo. Lo primero que hizo fue esperar a cualquier indicación del monstruo, sin verlo dentro de la habitación circular por demasiado tiempo hasta que regresó, con el rostro arrugado y agitando más de lo normal su pelo amarillo con azul.

El monstruo lo sacó de la jaula y le entregó los dispositivos que no había terminado de arreglar el día anterior. Luego le gritó que ni se le ocurriera moverse de ahí y se sentó en su suave objeto de descanso, activando su rectángulo brillante sobre el bloque negro y comenzando a observar varias imágenes diferentes de lo que el monstruo llamaba ‘su ciudad’

Mangey trató de no prestarle mucha atención y comenzó a trabajar en lo solicitado, sin notar el gradual aburrimiento y fastidio del monstruo, que terminó recostado sobre el objeto suave. Se quedó ahí hasta que la oscuridad que se veía a través de la pared transparente frente a ellos hizo más brillantes las luces verdes y azules de todas las torres grises.

Para ese momento, Mangey ya tenía mucha hambre, y no ayudaba mucho que el monstruo seguía trayendo alimentos extraños muy cerca de él sin darle algo. Además, el monstruo siempre le daba comida desabrida, así que era obvio que no iba a probar ni por accidente lo que su criatura de metal le daba.

Como todo el día fue prácticamente trabajar en los dispositivos que le dieron, Mangey lo encontró particularmente aburrido, comenzando a sentir sueño ahora que afuera estaba muy oscuro y seguían sin hacer algo diferente. El problema es que Mangey no podría dormir hasta que el monstruo le diera permiso y volviera a meterlo dentro de la jaula. Y Mangey tampoco deseaba entrar ahí de nuevo, así que se aguantó el sueño lo más que pudo, trabajando cada vez más lento en el dispositivo.

Mangey estuvo así hasta que, luego de demasiado tiempo, el monstruo pareció recibir algo interesante del rectángulo que tenía en las manos, con el que estaba en el bloque negro apagado desde hace mucho.

Él aguzó un poco sus orejas, para tratar de desaparecer la somnolencia, y se fijó en que el monstruo susurró algo en voz baja, sonriendo mientras movía sus dedos sobre los botones de colores de la cosa en sus manos. Mangey lo observó atento mientras la velocidad de los dedos del monstruo aumentó mucho, gruñendo de vez en cuando hasta que bajó el ritmo, pareciendo relajarse 

Mangey no estaba entendiendo muy bien el humor que el monstruo tenía esa noche, comenzando a sentir un pequeño nudo de nervios en su estómago por no saber si iba a poder irse a dormir con tranquilidad o iba a ser lastimado una última vez.

El pequeño zorro estaba analizando eso en su cabeza cuando el monstruo pareció molestarse súbitamente, volviendo a sentarse después de muchísimo tiempo. Mangey se estremeció ante el repentino movimiento, parando incluso los movimientos de sus manos sobre el dispositivo para mirar con atención temerosa al monstruo. Este movió de nuevo algunos botones en la cosa en sus manos, relajando a Mangey cuando no escuchó el familiar sonido del que le activaba las bandas en las muñecas. Aunque sí puso en movimiento la pared transparente frente a ellos y se volvió oscura.

Mangey aguzó las orejas, sabiendo que el monstruo sólo usaba esa cosa para ver imágenes específicas de cuando muchas de sus criaturas de metal estaban cazando a forasteros o simplemente jugando con ellos y los cuencos en sus cabezas.

Esas imágenes eran las peores, porque le recordaban a Mangey lo que ayudó a hacer y lo hacían desviar la vista hacia cualquier otro lado. Por eso, cuando apenas vio el color verde de las criaturas de metal, Mangey agachó la cabeza y agarró con más fuerza el dispositivo, con miedo de volver a ver esas cosas lastimando a los forasteros. Bueno, eso y que el sonido era demasiado para sus oídos. Era demasiado alto y confuso para su gusto.

Obligó a Mangey a querer concentrarse en algo más hasta que se dio cuenta de que el monstruo le había hablado.

Mangey levantó la vista hacia donde se había movido el monstruo, bajando las orejas mientras soltaba el dispositivo y empezaba a temer que sí quisiera lastimarlo una última vez antes de mandarlo a dormir.

Y justo cuando la criatura de metal que había estado al lado de ellos dio un paso cerca y el monstruo le gruñó que no quería repetir sus órdenes, Mangey tembló de miedo y se apresuró a entrar a la jaula, esperando no recibir las dolorosas sacudidas que le provocaban las bandas negras. Hoy no, por favor. Había sido tranquilo.

Con los músculos tensos, Mangey no dejó de mirar al monstruo hasta que le dio la espalda y no presionó el botón que activaba las bandas. Mangey sintió una pequeña ola de alivio, calmando su agitado corazón. Se acurrucó en la jaula y se envolvió con sus colas, bajando las orejas para tratar de amortiguar los sonidos. Si el monstruo iba a ‘jugar’, Mangey tenía el permiso de dormir ahora que estaba en la jaula. Y si se dormía, ya no iba a recibir daño hasta que fuera un nuevo día.

Encontrando un triste consuelo en ello, Mangey intentó relajarse y cerrar los ojos cuando algo sonó repentinamente a su espalda, un ruido muy diferente a los sonidos normales de la habitación circular, o de la voz del monstruo, o de las criaturas de metal.

Mangey aguzó las orejas y movió la nariz, notando primero un aroma peculiar y diferente. Luego reconoció uno familiar. Su curiosidad y el miedo lo hicieron girar su cabeza en la dirección de donde vino el sonido. De inmediato, la sorpresa le hizo abrir demasiado los ojos al creer que ahora estaba viendo un reflejo extraño de sí mismo, con unos ojos azules rodeados de amarillo, tan abiertos como los suyos. Aunque ese asombro le duró muy poco.

El corazón de Mangey se aceleró con violencia y emoción al mirar al lado del nuevo extraño, encontrando un rostro que no había podido ver en tanto tiempo. Contemplar las suaves facciones de Prim casi provocó que quisiera llorar por el simple hecho de verla tan cerca.

Muy cerca.

Desafortunadamente su alegría desapareció al recordar dónde estaban, y su estómago se agitó con un terror indescriptible al pensar que el monstruo pudiera darse cuenta de que su amiga estaba ahí y quisiera lastimarla. La idea lo obligó a girarse hacia el monstruo para asegurarse de que no supiera que Prim estaba ahí. Si aún no la notaba, Mangey iba a pedirle que se fuera de ahí. Incluso si le dolía, él no podría soportar que también la lastimara.

Sin embargo, el desconocido idéntico a él, y que le recordó un poco a Sails sin su apariencia divertida, dijo que iba a sacarlo de ahí. Sólo dijo eso y le pidió a Prim vigilar al monstruo.

Mangey no entendía cómo podría hacer eso. Ni siquiera quería que lo intentara.

Si el monstruo los veía se iba a enojar, y si se enojaba iba a hacerles daño. Iba a lastimarlos.

Mangey tenía miedo de que algo así pasara. Mucho miedo. Y aún así… cuando ese amable extraño nuevo pudo abrir la puerta de la jaula, su esperanza y necesidad por encontrar la libertad que no consiguió tantas veces regresó con violencia a su pecho, animándolo aún más al saber que Prim estaba ahí, a unos pasos de distancia. Ella estaba a su lado. Y Mangey la había extrañado tanto como para querer escuchar a su propio miedo y no hacer el intento de correr a los brazos de su familia.

Y eso hizo antes de pensar en nada más.

Mangey ignoró los nervios en su interior y se lanzó contra Prim, temblando de inmediato al sentir que las ganas de llorar eran muy fuertes. Su amiga le regresó el abrazo con fuerza. Un abrazo cálido que había deseado por tanto tiempo dentro de esas paredes frías y solitarias.

Y ahora lo tenía.

Su preciada amiga le estaba regresando el cariño que tanto había extrañado, lo que lo hizo llorar aún más por sentir su pequeño deseo hecho realidad.

No quería que lo alejaran de ella nunca más.

Ya no.

Pero, lastimosamente, parecía que su alivio no iba a durar mucho.

Cuando Mangey volvió a escuchar el inconfundible tono del monstruo lleno de desprecio cada vez que le hablaba, su pequeño cuerpo se tensó y el terror regresó con fuerza a su pecho. La idea de que lastimara a Prim lo asustó tanto que empezó a respirar muy rápido, sin saber qué hacer para protegerla. Y cuando escuchó el sonido inconfundible que le ponía los pelos de punta a Mangey al saber lo que significaba, el único instinto de proteger a Prim llenó su cabeza y la empujó, negándose a permitir que ella sintiera las horribles punzadas dolorosas que él estaba sintiendo justo ahora.

Un pequeño arrepentimiento cruzó su mente, sabiendo que esto podría haber pasado si desobedecía, y mientras el dolor se hacía más y más fuerte, Mangey se sintió un poco feliz de que al menos pudo ver otra vez a Prim.

Luego, todo se detuvo, y el entumecimiento posterior llenó cada parte de Mangey, en especial en sus muñecas.

El pequeño zorro tembló mientras sollozaba, sin saber si el monstruo quería jugar con él o de verdad había parado el dolor. Mangey quiso tratar de levantarse para saber qué era lo que el monstruo planeaba ahora cuando dos manos suaves lo levantaron primero del suelo y lo sujetaron con cuidado contra otro cuerpo.

Mangey parpadeó para dejar caer sus lágrimas y ver mejor, dándose cuenta de que era Prim quién lo estaba cargando y se estaba tratando de mover de forma nerviosa por el lugar. Él se tensó al sentirla tan cerca de nuevo, por lo que buscó por reflejo al monstruo para saber si llegaba a activar de nuevo las bandas. Cuando lo encontró, Mangey se sorprendió de ver al amable extraño amenazando al monstruo del mismo modo que el monstruo hizo que sus criaturas de metal los amenazaran a ellos.

Lo estaba manteniendo quieto para que ya no pudiera lastimarlos más.

Eso hizo jadear a Mangey, animando poco a poco su postura en los brazos de Prim y sintiendo por primera vez que tal vez ahora sí iba a encontrar la salida. Que por fin iba a recuperar su libertad.

Y justo cuando la alegría cálida estaba llenando nuevamente el corazón de Mangey, el amable extraño se quedó al otro lado de la pared gris, siendo ahora el que estaba adentro.

Un vuelco familiar de angustia agitó su estómago, dejándolo congelado por un momento mientras Prim lo dejaba un instante en el suelo junto a un extraño objeto amarillo y corría de regreso a la puerta, comenzando a golpearla mientras su voz desesperada murmuraba entre dientes que esto no podía estar pasando de nuevo. No otra vez. Y Mangey la entendía bien. Cada vez que les ponían una pared frente a ellos, los invasores les hacían daño.

Mangey se sintió agitado y asustado de que el amable extraño no estaba saliendo de ahí a pesar de que le gritó a Prim que se alejara de la puerta. Igual a como Thorn le gritó cuando los llevaron por primera vez ahí. Mangey no sabía si el otro zorro dijo eso porque quería que se fueran sin él o porque haría el intento de salir. Mangey no lo sabía. Lo único que sabía era que no le gustaban los sonidos que estaban llegando a sus orejas y las violentas vibraciones, inconfundibles, en el suelo bajo sus patas.

Eran las criaturas de metal saliendo de su vieja habitación de construcción.

Mangey los sentía. Los pasos pesados marchando desde la izquierda y volviéndose más cercanos a la puerta frente a él.

El amable extraño estaba en problemas.

Mangey se estremeció al saberlo, mirando desde el suelo a Prim, que parecía igual de angustiada y ansiosa sin encontrar una forma de ayudarlo. Los dos se quedaron quietos por un momento hasta que Mangey decidió que debía ayudar al zorro que acababa de ayudarlo a él.

Ese zorro venció al monstruo y desapareció el dolor que le provocaban las bandas en sus muñecas. Mangey no iba a irse después de eso. No al saber cómo era el monstruo.

Él iba a ayudarlo.

Logrando hacer a un lado su miedo y los nervios que lo consumían, Mangey se puso de pie y se acercó tambaleando a la puerta. Esquivó la mano de Prim que intentó detenerlo, enfocando sus ojos en la placa al lado de la puerta con todos esos botones de colores. La misma placa que usó en otra ocasión para intentar escapar.

Mangey dejó caer sus manos sobre la placa y forzó a su cerebro a recordar su funcionamiento, empezando a tocar de memoria y en orden los botones correctos. Estaba a punto de presionar el último cuando sus orejas se pegaron a su cabeza al oír un sonido estruendoso del otro lado, haciéndolo encogerse.

Detrás de él escuchó a Prim retroceder y soltar un pequeño grito de sorpresa, mirando la puerta con impresión al igual que Mangey.

La repentina quietud y falta de vibraciones que le dijeran que todavía había movimiento ahí dentro puso nervioso a Mangey. Aún más cuando se agachó un momento y sintió con sus dedos que sólo había una débil vibración en el suelo, muy reconocible como el paso ligero del monstruo.

Eso era malo.

Con las manos temblando esta vez, Mangey volvió a ponerse de pie y se enfocó de nuevo en los botones, recordando que sólo le faltaba el último.

Con un pequeño deseo de que no se hubiese equivocado en la secuencia, Mangey tocó el botón de color rojo y miró con ansiedad la puerta, gimiendo en voz baja a la espera de que la entrada se abriera.

La puerta sólo tardó un corto instante para comenzar a deslizarse.

Mangey levantó las orejas y agitó las colas con sorpresa y alegría mezcladas, mirando con ojos grandes a Prim, que parecía estar congelada. Mangey se le acercó y la presionó a entrar rápido, golpeando su cabeza con el costado de ella para sacarla de su quietud.

Los dos corrieron de inmediato de regreso y Mangey, por primera vez en mucho tiempo, se atrevió a gruñirle con los colmillos de fuera al monstruo. Sintió una grata satisfacción de que el monstruo no podía pararse derecho y sujetaba una de sus piernas, comenzando a cojear con mucho trabajo lejos de Prim, que alzó el vuelo y tomó el primer objeto que encontró en el suelo para golpear al monstruo.

Mangey también quiso correr hacia él y morderlo aunque sea, pero cuando sus ojos encontraron al amable zorro, sus orejas cayeron y se hundió de hombros, corriendo a cuatro patas hasta él.

Su garganta profirió un gemido angustiado al ver que el brazo izquierdo del otro zorro estaba sangrando mucho y que había perdido mucho pelaje ahí. La sangre le recorría todo el brazo hasta el hombro e incluso en su pecho, aunque en menor cantidad.

La vista lo asustó mucho y comenzó a aullarle a Prim para llamar su atención, siendo más importante ayudar al zorro amable que golpear al monstruo.

Su amiga se detuvo en pleno vuelo, a punto de alcanzar por poco al monstruo. Sin embargo, cuando lo oyó giró la cabeza y se detuvo en seco, dándole la oportunidad al monstruo de abrir la puerta del otro lado y sostenerse de una de sus criaturas de metal, yéndose por ahí luego de cerrar la entrada.

Mangey gruñó con fuerza en esa dirección antes de sentir que Prim caía al lado de él. Su amiga llevó sus manos temblorosas hacia el otro zorro sin tocarlo. Su nerviosismo podía sentirse demasiado, provocando que Mangey también se sintiera mal.

Prim tomó con cuidado la cara del zorro amable, enderezándola con cuidado. —O-oye, niño. Despierta. —Ella lo palmeó con cuidado, hablando con una voz muy temblorosa. —Vamos, Tails, despierta.

Mangey gimoteó en voz baja al ver que no había respuesta, mirando a su amiga y esperando que ella lo hiciera reaccionar y abrir los ojos.

Cuando Prim no logró hacerlo, miró a Mangey por un momento, apretando sus labios antes de suspirar con fuerza. Mangey la observó atento, siguiendo los movimientos de su amiga mientras levantaba con cuidado al zorro amable y lo cargó, moviendo con extrema delicadeza el brazo que le estaba sangrando. Luego lo miró a él.

—Mangey, toma el objeto amarillo de afuera y no lo pierdas. —Ella lo miró con firmeza. —Quiero que te sujetes de mí y no me sueltes por nada ni nadie, ¿me escuchaste? Que no se te ocurra alejarte de mí.

Asintiendo completamente seguro, Mangey obedeció lo que Prim dijo y la siguió hasta la salida, tomando el objeto amarillo que le dijo su amiga con una mano y usando la otra para sujetar con fuerza la tela de las ropas de Prim.

Cuando estuvieron listos, Prim lo miró y asintió.

—Vayamos con los demás. 

Dicho eso, Mangey corrió a su lado, finalmente atravesando todas las paredes frente a él y alcanzando la salida.

Era libre de nuevo.

Notes:

Lamento la tardanza, pero logré entregar el capítulo en viernes, para mi. Aunque estoy algo cansada.

 

Como sea, no hay mucho que quiera compartir más que decir que el último capítulo de estos extras vendrá después del capítulo nueve de Shattered Bond ^^

Diez mentas a quien pueda adivinar quién va a narrar ahora desde New Yoke, ya que, como sabemos, Nine no estaba disponible para New Yoke City y tuvo que ceder el protagonismo a alguien más lol.

Ya veremos quién!

En fin. Muchas gracias por leer y seguir aquí. Aprecio mucho los comentarios!

Notes:

Tendremos el siguiente capítulo después de que el mini arco de Boscage en Shatterred Bond termine. Y de ahí, seguirá el capítulo de New Yoke.

Hasta entonces!

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