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22. El Rey de Pijama
Draco sabía perfectamente hacia dónde debía dirigirse; recordaba el camino a la torre de Gryffindor. Sin embargo, al llegar a los pisos superiores, se topó con un problema logístico: no tenía la menor idea de cuál era la contraseña para entrar. Su plan era patrullar los alrededores con la esperanza de interceptar a algún Gryffindor trasnochado, pero la suerte no estaba de su lado esa noche.
Mientras subía con rapidez los escalones de piedra, tratando de no hacer ruido, un par de ojos amarillentos y saltones brillaron en la penumbra del rellano superior. Era la Señora Norris. La gata de Filch lo observaba con una fijeza sobrenatural, como si pudiera oler su miedo.
Draco se quedó helado. Sabía que, si la gata maullaba, Filch aparecería en cuestión de segundos. Intentó retroceder lentamente para bajar los escalones y esconderse en el piso inferior, pero justo cuando se daba la vuelta, sintió que el aire se volvía pesado detrás de él. Antes de que pudiera reaccionar, algo invisible y sedoso lo envolvió, y una fuerza brusca lo arrastró hacia atrás, hacia la oscuridad de un nicho en la pared.
Draco abrió la boca para soltar un chillido de pánico, pero una mano con olor a polvorones le cubrió la boca con firmeza.
—¡Cállate si no quieres que nos cuelguen a todos! —susurró una voz que reconoció al instante.
De la nada, tres cabezas aparecieron flotando en el aire: Harry, Ron y Hermione lo observaban con expresiones de absoluta urgencia. Estaban ocultos bajo una tela plateada y fluida que Draco reconoció como una Capa de Invisibilidad. Ron era quien lo sujetaba, manteniendo la mano apretada sobre su boca mientras los cuatro se apretujaban en el reducido espacio bajo la capa.
Draco los observaba con los ojos muy abiertos, una mezcla de curiosidad y rabia burbujeando en su interior. Los Gryffindor no lo soltaron; prácticamente lo obligaron a bajar las escaleras con ellos, moviéndose de forma coordinada hasta que estuvieron lo suficientemente lejos del alcance de la gata. Solo cuando llegaron a un rincón seguro, Ron le quitó la mano de la cara. Draco jadeó, recuperando el aliento y acomodándose el pijama con indignación.
—¿Pero qué creen que están haciendo? —susurró Draco, todavía asustado—. ¡Casi me da un infarto! ¡Iba a buscar a Neville!
—No hay tiempo para Neville —siseó Hermione, con el cabello más alborotado que de costumbre—. Vamos a detener a Severus. Él va tras la Piedra Filosofal, Draco. Va a entrar esta misma noche por la trampilla del tercer piso.
Draco soltó un bufido de frustración, pasándose una mano por el cabello que Lily tanto se había esmerado en peinar.
—¡Ya se los he dicho mil veces! —exclamó Draco en un susurro furioso—. ¡Severus no va tras esa maldita piedra! Si alguien está intentando robar algo en este castillo, les aseguro que no es él.
Harry, por primera vez desde que se conocían, le habló con un deje de sarcasmo y una molestia evidente que tomó a Draco por sorpresa.
—¿Y cómo estás tan seguro de eso, Draco? —soltó Harry, ajustándose las gafas con un gesto brusco—. Nosotros lo hemos seguido, lo hemos visto cojear después de ir al tercer piso, lo vimos amenazar a Quirrell en el bosque... Tú, en cambio, solo confías en él porque es tu... Tu... lo que sea que sean. Pero los hechos no mienten.
Draco lo observó en silencio durante un segundo, procesando el tono desafiante del "Niño que Vivió". Sintió una punzada de irritación, pero recordó lo que acababa de confesarle a Severus en las mazmorras.
—Sospecho que es Quirrell quien está detrás de todo esto —soltó Draco con firmeza—. Hay algo mal con él. Algo... oscuro.
La reacción fue inmediata: Harry, Ron y Hermione soltaron una carcajada ahogada, intentando no hacer ruido para no atraer a Filch, pero burlándose claramente de la idea. Draco sintió cómo el calor le subía a las mejillas, tiñéndolas de un rojo vergonzoso, pero no bajó la mirada. Se mantuvo firme, apretando los puños a los costados de su pijama de seda.
Harry dejó de reír y lo miró con un desafío brillante en los ojos.
—Bien. Si estás tan seguro, ven con nosotros —le retó Harry—. Acompáñanos al tercer piso y te demostraremos que Snape no es el santo que tú piensas. Verás quién está realmente frente a ese espejo.
Draco soltó un bufido, recuperando su compostura a pesar del sonrojo.
—Ustedes no tienen nada que demostrarme, Potter —replicó Draco, elevando el mentón—. Iré, pero solo para tener el placer de reírme en sus caras cuando se den cuenta de lo estúpidos que han sido.
Ron rodó los ojos con fuerza, soltando un suspiro de desesperación.
—Sí, claro, lo que digas, "rubia" —murmuró Ron, dándole un empujoncito para que se metiera de nuevo bajo el borde de la capa—. Solo camina y no pises a nadie.
Draco suspiró profundamente, acomodándose la chaqueta del pijama con indignación. No podía creer que su noche de pijamada con chocolate y juegos de mesa hubiera terminado en una misión suicida hacia el corredor prohibido, apretujado bajo una manta vieja con tres Gryffindors que olían a sudor.
—Si muero por culpa de su incompetencia, juro que mi fantasma los perseguirá por toda la eternidad—susurró Draco mientras la Capa de Invisibilidad volvía a cubrirlo, ocultando a los cuatro de la vista del mundo.
Caminaron en un silencio tenso, los cuatro apretujados bajo la capa mientras subían las escaleras hacia el tercer piso. Draco sentía que el corazón le martilleaba en las costillas; no solo por el miedo a ser atrapado, sino por la absurda situación de estar compartiendo espacio vital con los tres Gryffindors.
No se encontraron con nadie más hasta que llegaron a la escalera que conducía directamente al pasillo prohibido. Allí, flotando a mitad de camino, estaba Peeves. El poltergeist se entretenía aflojando los bordes de la alfombra, probablemente esperando que algún profesor o estudiante tropezara y rodara escaleras abajo.
—¿Quién anda por ahí? —dijo súbitamente, deteniendo su tarea. Sus malignos ojos negros se entrecerraron mientras olfateaba el aire—. Sé que estáis aquí, aunque no pueda veros. ¿Aparecidos, fantasmas o estudiantillos detestables?
Se elevó en el aire y flotó en círculos, pasando peligrosamente cerca del borde de la capa. Draco contuvo el aliento, sintiendo cómo Ron se ponía rígido a su lado.
—Llamaré a Filch, debo hacerlo —canturreó Peeves con malicia—, si algo anda por ahí y es invisible, el viejo Filch querrá echarle un vistazo.
Harry tuvo una idea súbita y, antes de que Draco pudiera soltar un comentario sarcástico que los delatara, el chico de las gafas habló con un ronco susurro:
—Peeves, el Barón Sanguinario tiene sus propias razones para ser invisible.
Peeves casi se cae del aire de la impresión. Se tambaleó, recuperando el equilibrio a pocos centímetros de los escalones. El miedo que le tenía al fantasma de Slytherin era lo único que podía mantenerlo a raya.
—Lo siento mucho, sanguinaria señoría —dijo Peeves en un tono asquerosamente meloso—. Fue mi culpa, una terrible equivocación... no lo vi... bueno, por supuesto que no lo vi, usted es invisible. Perdone al viejo Peeves por su broma, señor.
Draco, que conocía bien la reputación del Barón, tuvo que morderse la lengua para no corregir la imitación de Harry, que sonaba más a un resfriado que a un fantasma centenario.
—Tengo asuntos aquí, Peeves —gruñó Harry, ganando confianza—. Mantente lejos de este lugar esta noche.
—Lo haré, señoría, desde luego que lo haré —aseguró Peeves, elevándose hacia el techo—. Espero que los asuntos del señor Barón salgan a pedir de boca. Yo no lo molestaré más.
Y con una pirueta, desapareció a través de una pared.
—¡Genial, Harry! —susurró Ron, soltando el aire que contenía.
—Fue una imitación patética —susurró Draco, aunque su voz carecía de mordacidad—. Pero admito que funcionó. Ahora, ¿podemos movernos antes de que al Barón real se le ocurra aparecer por aquí y preguntarse quién está usando su nombre?
Unos pocos segundos más tarde, se encontraban frente a la entrada del pasillo prohibido. La pesada puerta de madera no estaba cerrada; una rendija de oscuridad delataba que alguien se les había adelantado.
—Bueno, ya lo veis —dijo Harry con una calma tensa—. Snape ya ha pasado ante Fluffy.
Draco observó la puerta entreabierta y sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Ver la entrada franqueada lo hizo ser plenamente consciente de la locura que estaban cometiendo. Por debajo de la capa, Harry se volvió hacia los otros tres.
—Si queréis regresar, no os lo reprocharé —dijo con solemnidad—. Podéis llevaros la capa, no la voy a necesitar.
—No seas estúpido —masculló Ron.
—Vamos contigo —añadió Hermione, aunque sus dedos temblaban.
Draco guardó silencio un momento, mirando la oscuridad tras la puerta. Una parte de él, la más sensata y la que aún deseaba estar en su cama de Hufflepuff, le gritaba que diera media vuelta. Pero el orgullo y la lealtad hacia su padrino pesaban más. No podía permitir que estos tres llegaran al final y culparan a Severus de algo que no hizo.
—Si crees que voy a dejar que entres ahí solo para que mañana despiertes culpando a mi padrino de un robo que no cometió, estás muy equivocado, Potter —susurró Draco, acomodándose la chaqueta de su pijama con un gesto decidido—. Alguien tiene que estar allí para decirles "se los dije" cuando vean que Severus no es el ladrón.
Harry asintió y, sin más preámbulos, empujó la puerta.
En cuanto la madera crujió, un sonido gutural y múltiple llenó la habitación. Eran gruñidos bajos, profundos, que hacían vibrar el suelo bajo sus pies. Los tres enormes hocicos del perro olfateaban frenéticamente en su dirección; aunque no podía verlos bajo la capa, el animal sabía perfectamente que no estaban solos.
—¿Qué tiene en los pies? —susurró Hermione, pegándose a la pared.
—Parece un arpa —dijo Ron, señalando el objeto de madera fina que reposaba cerca de las garras de la bestia.
—Snape debe de haberla dejado ahí —insistió Harry, convencido de su teoría.
Draco entrecerró los ojos, observando el instrumento.
—Esa arpa sigue tocando sola —observó Draco, notando cómo las cuerdas vibraban débilmente—. Debe despertarse en el momento en que deje de tocar. Si fuera mi padrino, habría usado un método mucho más... eficiente que un instrumento musical encantado. Pero sigan adelante, héroes. Quiero ver sus caras cuando descubran la verdad.
—Bueno, empecemos... —dijo Harry, ignorando el escepticismo de Draco mientras se preparaba para avanzar hacia la enorme bestia.
Harry se llevó a los labios la flauta de madera y sopló. No era exactamente una melodía, sino más bien un silbido monótono y constante, pero desde la primera nota los ojos de la bestia comenzaron a cerrarse.
Draco, que se había quitado la capa junto a los demás, observaba la escena con una mezcla de fascinación y asco. El perro de tres cabezas era una de las criaturas más absurdas que había visto en su vida, pero el efecto de la música era innegable. Harry casi ni respiraba mientras mantenía el flujo de aire. Poco a poco, los gruñidos se fueron apagando; la bestia se balanceó pesadamente, cayó de rodillas y luego se derrumbó en el suelo con un estruendo que hizo vibrar las suelas del pijama de Draco.
—Sigue tocando —advirtió Ron en un susurro tenso, mientras se arrastraba con cuidado hacia la trampilla.
Podían sentir la respiración caliente, húmeda y con un olor fétido a carne rancia que emanaba de las gigantescas cabezas. Draco se tapó la nariz con una manga de su túnica, tratando de no vomitar mientras pasaban junto al lomo del animal, que subía y bajaba rítmicamente.
—Creo que podemos abrir la trampilla —dijo Ron, espiando por encima del perro mientras tiraba de la argolla de hierro—. ¿Quieres ir delante, Hermione?
—¡No, no quiero! —chilló ella en un susurro, retrocediendo un paso.
—¿Y tú, rubia? —preguntó Ron, mirando a Draco con una sonrisa desafiante—. ¿O es que los Malfoy no bajan a sótanos oscuros?
—Si muero, me aseguraré de que mi testamento diga que fue por culpa de tu
cobardía, Weasley —siseó Draco, aunque sus piernas temblaban de forma casi imperceptible bajo el pijama de seda.
—Muy bien —respondió Ron, apretando los dientes mientras caminaba con extrema precaución sobre las garras peludas del perro. Se inclinó, sujetó la argolla de hierro y tiró de ella; la trampilla se levantó con un quejido metálico, revelando un abismo negro.
—¿Qué puedes ver? —preguntó Hermione con la voz quebrada por la ansiedad, sin dejar de mirar las tres cabezas que suspiraban profundamente.
—Nada... solo oscuridad. No hay escaleras, Draco. Hay que dejarse caer —sentenció Ron.
Harry, que seguía soplando la flauta, hizo un gesto frenético para llamar la atención de Ron y se señaló a sí mismo, pero luego miró a Draco. Harry le entregó la flauta a Hermione con movimientos rápidos. En esos segundos de silencio absoluto, el perro gruñó y se estiró, haciendo que el corazón de Draco se detuviera, pero en cuanto Hermione comenzó a tocar, la bestia volvió a su sueño profundo.
Harry se acercó al borde de la trampilla junto a Draco. Antes de que el chico pudiera dar el salto heroico que había prometido, Harry le sujetó la mano con una fuerza sorprendente.
—¿Qué crees que haces, Potter? —susurró Draco, tratando de soltarse con un tirón brusco. Estaba molesto, no solo por el peligro, sino porque Harry seguía tratándolo como si necesitara protección—. Suéltame. Puedo bajar solo, no soy un niño pequeño.
—Bajamos juntos —insistió Harry, apretando más el agarre. Sus ojos verdes brillaban con una determinación que no dejaba lugar a réplicas.
Draco intentó zafarse una vez más, forcejeando en silencio mientras sus mejillas se teñían de un rojo furioso. Sin embargo, Harry no cedió ni un centímetro. Estaba claro que, si Draco caía, Harry caería con él.
—Si algo nos sucede —dijo Harry mirando a Ron y Hermione, ignorando las quejas de Draco—, no sigáis. Id directamente a la lechucería y enviad a Hedwig a Dumbledore. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió Ron, mirando con extrañeza la mano de Harry aferrada a la de Draco.
—Nos veremos en un minuto, espero... —añadió Harry.
Sin soltar a Draco, Harry se descolgó por la abertura. Ambos se precipitaron al vacío, unidos por un agarre que ninguno de los dos cedía. El aire frío y húmedo les azotaba el rostro mientras caían, caían y caían...
¡PAF!
Aterrizaron con un ruido suave y extraño sobre algo mullido. Draco, que seguía indignado, intentó soltarse de inmediato para ponerse en pie y alejarse de Harry, pero Harry no lo soltó. Al sentir que la superficie bajo ellos se movía, Harry tiró de Draco, manteniéndolo cerca mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra.
—¡Todo bien! —gritó Harry hacia el cuadradito de luz del tamaño de un sello que era la trampilla—. ¡Fue un aterrizaje suave, podéis saltar!
Ron lo siguió de inmediato, aterrizando con un golpe seco al lado de ellos.
—¿Qué es esta cosa? —fueron sus primeras palabras mientras intentaba recuperar el equilibrio.
—No sé, alguna clase de planta. Supongo que está aquí para detener la caída. ¡Vamos, Hermione!
La música lejana se detuvo de golpe. Se oyó un fuerte ladrido arriba, pero Hermione ya había saltado. Cayó al otro lado de Harry, justo cuando la masa vegetal cobraba una vida aterradora.
—Debemos de estar a kilómetros debajo del colegio —dijo la niña, tratando de recuperar el equilibrio.
—Me alegro de que esta planta esté aquí —dijo Ron, intentando levantarse.
—¿Te alegras? —gritó Hermione—. ¡Mirad a Draco! ¡Mirad vuestras piernas!
Hermione saltó y chocó contra una pared húmeda. Tuvo que luchar porque, en el momento en que cayó, la planta comenzó a extenderse como una serpiente para sujetarle los tobillos. Harry y Ron, mientras tanto, ya tenían las piernas totalmente cubiertas sin que se hubieran dado cuenta. Pero el caso de Draco era distinto.
Draco, que había identificado el Lazo del Diablo desde que rozó la primera hoja, se mantenía completamente laxo. Sabía que la resistencia era la invitación de la planta para apretar más fuerte. Se estaba hundiendo a propósito, permitiendo que la gravedad lo llevara al suelo firme que debía haber debajo, pero había un problema: Harry no le soltaba la mano.
—¡Draco! ¡No te muevas! —gritó Harry, entrando en pánico—. ¡Te está tragando!
Harry comenzó a luchar con desesperación, pateando los zarcillos que ya le llegaban a la cintura, lo que solo provocó que la planta lo estrujara con más violencia. Draco, en cambio, desaparecía centímetro a centímetro. Pronto, lo único que quedaba a la vista de él era su brazo y su mano, aferrada con fuerza por un Harry aterrorizado.
—¡Suéltame, idiota! —la voz de Draco llegó amortiguada desde debajo de las hojas—. ¡Suelta si quieres que pase!
—¡No puedo! —Harry estaba fuera de sí. Ver a su amigo desaparecer en esa masa negra lo hacía tirar con más fuerza, lo cual era lo peor que podía hacer.
El brazo de Draco se hundió más. Primero el codo, luego la muñeca. Harry sentía cómo los dedos del rubio se deslizaban entre los suyos. El miedo de Harry se convirtió en puro pavor al ver que solo sostenía las puntas de los dedos de Draco.
—¡Draco, no!
Pero fue inútil. Con un último movimiento fluido y relajado, Draco se escurrió por completo. La mano de Harry quedó vacía, cerrándose sobre el aire húmedo mientras el cuerpo del rubio terminaba de atravesar la planta y caía al suelo inferior.
—¡Se lo ha llevado! —chilló Ron, forcejeando inútilmente—. ¡La planta se lo ha tragado!
—¡Dejad de luchar! —gritó Hermione, mirando a los dos chicos que quedaban atrapados—.
¡Es Lazo del Diablo! ¡Si os relajáis, pasaréis igual que Draco!
Harry, con el corazón latiendo desbocado y la mano aún extendida hacia donde Draco había desaparecido, intentó desesperadamente controlar su respiración, mientras los zarcillos negros seguían apretando su pecho.
Hermione elevó la voz, gritando hacia el vacío que se abría debajo de la masa de tentáculos vegetales.
—¡Draco! ¡Draco, responde! ¿Qué hay ahí abajo? —su voz temblaba de preocupación.
Draco, que había caído sentado sobre el suelo húmedo y frío tras escurrirse de la mano de Harry, se levantó con elegancia, sacudiéndose el pijama de seda con un gesto de fastidio. La caída había sido corta, pero la humedad del lugar ya estaba arruinando su ropa.
—¡Nada! —respondió Draco, y su voz resonó con un eco metálico desde el fondo—. Solo un suelo húmedo y asqueroso. No hay trampas aquí abajo, al menos no cerca de la entrada. ¡Bajen de una vez si no quieren morir estrangulados!
Arriba, la situación era desesperada.
—¡Dejad de moveros! —ordenó Hermione, ignorando por un segundo a Draco para concentrarse en los dos chicos que se asfixiaban—. Sé lo que es esto. ¡Es Lazo del Diablo!
—Oh, me alegro mucho de saber cómo se llama, es de gran ayuda —gruñó Ron, tratando de evitar que la planta trepara por su cuello y le tapara la boca.
—¡Calla, estoy tratando de recordar cómo matarla! —dijo Hermione desesperada.
—¡Bueno, date prisa, no puedo respirar! —jadeó Harry. La planta le oprimía el pecho con tanta fuerza que empezaba a ver puntos negros.
—Lazo del Diablo, Lazo del Diablo... ¿Qué dijo el profesor Sprout?... Le gusta la oscuridad y la humedad...
—¡Entonces enciende un fuego! —gritó Harry con el último hilo de voz que le quedaba.
—Sí... por supuesto... ¡pero no tengo madera! —gimió Hermione, retorciéndose las manos presa del pánico.
Draco, escuchando la absurda conversación desde abajo, se llevó una mano a la frente.
—¿TE HAS VUELTO LOCA? —se oyó el rugido de Ron desde arriba—. ¿ERES UNA BRUJA O NO?
—¡Oh, de acuerdo! —exclamó Hermione.
Agitó su varita, murmuró un conjuro y envió a la planta una ráfaga de llamas azules, brillantes y gélidas al tacto pero letales para la planta. En segundos, Harry y Ron sintieron que las ligaduras se aflojaban. El Lazo del Diablo, aterrado por la luz y el calor, se retiró a toda prisa, retorciéndose hacia las sombras.
Harry y Ron cayeron a través del hueco que la planta dejó libre, aterrizando con un golpe sordo junto a Draco. Hermione bajó un segundo después, aterrizando de pie con ligereza.
—Me alegro de que hayas aprendido bien Herbología, Hermione —dijo Harry, apoyándose contra la pared húmeda y secándose el sudor de la frente.
—Sí —añadió Ron, todavía recuperando el aliento—, y yo me alegro de que Harry no pierda la cabeza en las crisis. Porque eso de «no tengo madera»... francamente, Hermione...
Hermione se sonrojó, pero no tuvo tiempo de replicar. Harry, que ya se sentía más recuperado, extendió la mano en la penumbra y volvió a buscar la de Draco. Esta vez no fue un agarre de lucha; simplemente cerró sus dedos sobre los del rubio con una firmeza que decía más que cualquier disculpa por haberlo soltado antes.
Draco puso los ojos en blanco, pero no intentó soltarse. Se limitó a sacudir una hoja pegajosa de su manga con la mano libre.
—No vuelvas a asustar a Harry así, Draco —murmuró Ron, mirándolos con una mueca de cansancio—. Casi le da un síncope cuando vio que te hundías. La próxima vez, avisa que tienes un plan antes de desaparecer como un fantasma.
—No fue un susto, fue lógica, Weasley —replicó Draco, aunque no retiró su mano de la de Harry—. Pero supongo que pedirle lógica a un Gryffindor en medio de un ataque de pánico es pedir demasiado.
—Por aquí —interrumpió Harry, señalando un pasadizo de piedra que se hundía en las profundidades. Era el único camino posible.
Comenzaron a caminar, con Harry y Draco a la cabeza. Lo único que podían oír, además de sus propios pasos cautelosos, era el goteo rítmico del agua resbalando por las paredes.
—¿Oyes algo? —susurró Ron de repente, deteniéndose en seco.
Todos se quedaron inmóviles. Draco aguzó el oído. Se escuchaba un leve tintineo metálico y un crujido rítmico que procedía de la habitación al final del pasillo.
—¿Crees que será un fantasma? —preguntó Ron, pegándose más a la pared.
—No lo sé... —contestó Harry, apretando un poco más la mano de Draco—. A mí me parecen alas.
—Alas metálicas —corrigió Draco, que escuchaba con atención—. Suena como si cientos de cucharas estuvieran chocando entre sí mientras vuelan.
Llegaron hasta el final del pasillo y se detuvieron ante una habitación brillantemente iluminada, con un techo abovedado que se perdía en las alturas. El espacio estaba saturado de lo que parecían pajaritos brillantes, revoloteando de un lado a otro como joyas vivientes. Al otro lado, la única salida: una pesada puerta de madera.
—¿Crees que nos atacarán si cruzamos la habitación? —preguntó Ron, retrocediendo un paso instintivamente.
—Es probable —contestó Harry—. No parecen muy malos, pero supongo que si se tiran todos juntos... Bueno, no hay nada que hacer... voy a correr.
Harry respiró profundamente, soltó a Draco, se cubrió la cara con los brazos y cruzó corriendo la habitación a toda velocidad. Alcanzó la puerta ileso. Ron y Hermione lo imitaron de inmediato, haciendo un despliegue de movimientos defensivos dignos de un duelo contra un dragón, solo para llegar al otro lado sin un solo rasguño.
Forcejearon con la manija, pero estaba cerrada. Hermione probó con su hechizo de Alohomora con un movimiento firme de varita, pero la puerta no cedió ni un milímetro.
Desde la entrada, Draco los observaba con una ceja levantada. Le daban ganas de soltar una carcajada por el ridículo "show" que acababan de dar; habían corrido como si los persiguiera una horda de dementores cuando las avez ni siquiera se habían dignado a prestarles atención. Sin embargo, no se rió. Se mantuvo apoyado en el marco de piedra, con la mirada fija en el techo, analizando el patrón de vuelo de aquellas cosas.
—¿Han terminado ya de pelearse con una puerta cerrada? —preguntó Draco, caminando tranquilamente por la habitación, cruzándola con una elegancia que contrastaba con las carreras desesperadas de los Gryffindors—. No son pájaros. Son llaves. Llaves de plata antiguas, para ser exactos.
Se detuvo en medio de la sala y señaló hacia arriba.
—Miren bien —instruyó Draco, entrecerrando los ojos—. El encantamiento es de movimiento. No están aquí para atacarnos, están aquí para ser cazadas.
Harry miró hacia donde Draco señalaba y, por primera vez, notó el brillo del metal y las alas de pluma fina.
—¡Son llaves! —exclamó Harry—. Entonces eso debe significar... —Miró alrededor de la habitación mientras los otros observaban la bandada—. Sí... ¡mirad ahí! ¡Escobas! ¡Tenemos que conseguir la llave de la puerta!
—¡Pero hay cientos! —replicó Ron, agobiado por el zumbido constante.
Ron, Harry y Hermione tomaron las escobas y, de una patada, estuvieron en el aire. Pero las llaves se movían con una velocidad frenética.
Draco, que se había negado a subir a una de esas escobas de colegio —viejas y llenas de astillas que seguramente dañarían su pijama de seda—, se quedó en el centro de la habitación. Con la cabeza echada hacia atrás y la mirada afilada, empezó a analizar el caos aéreo.
—¡Dejen de volar como pollos sin cabeza! —gritó Draco desde el suelo, su voz cortando el aire con autoridad—. Weasley, deja de intentar atrapar cualquiera que brille; la cerradura es de plata antigua, busquen algo que encaje con el estilo de la manija.
—¡Ahí! —insistió Draco, señalando con el dedo índice hacia el cuadrante superior derecho —. Hay una grande, de plata, con las alas de un azul brillante. ¡Miren las plumas!
Están aplastadas por un lado. Alguien ya la atrapó antes y fue brusco. ¡Esa es la nuestra!
Harry la detectó de inmediato gracias a la indicación de Draco.
—¡Es ésa! —gritó Harry—. ¡La de las alas azules! Ron, ven desde arriba. Hermione, quédate abajo y no la dejes descender. Draco, ¡dinos hacia dónde gira!
—¡Va hacia la izquierda! —comandó Draco desde abajo, girando sobre sus talones para seguir la trayectoria—. ¡Ahora va a picar! ¡Ron, muévete, vas a chocar!
Ron se lanzó a toda velocidad, chocó contra el techo y casi se cae, pero la corrección de Draco evitó que perdiera el equilibrio por completo.
—¡Encerradla ahora! —gritó Draco, casi perdiendo su compostura por la emoción de la caza —. ¡Harry, intercepta el rebote contra la pared!
Ron se lanzó en picado, Hermione subió en vertical y, tal como Draco predijo, la llave intentó escapar hacia el único ángulo libre. Harry se lanzó tras ella a una velocidad suicida. Se inclinó hacia delante y, con un ruido seco, la aplastó contra la piedra con una sola mano. —¡La tengo! —rugió Harry.
Los vivas de Ron y Hermione retumbaron por la habitación. Draco simplemente soltó un suspiro de alivio y se alisó la chaqueta del pijama, aunque una pequeña sonrisa de triunfo asomaba en sus labios.
Aterrizaron rápidamente. Harry corrió hacia la puerta con la llave retorciéndose en su mano, aun sujetando a Draco de la muñeca en cuanto puso un pie en el suelo, como si temiera que el rubio se desvaneciera si no lo vigilaba. Metió la llave en la cerradura y le dio la vuelta... Funcionó.
En el momento en que se abrió la cerradura, la llave salió volando otra vez, con las alas caídas y aspecto de estar doblemente derrotada.
—¿Listos? —preguntó Harry a los otros tres, con la mano en la manija de la puerta. Su agarre en la mano de Draco se tensó por un segundo antes de soltarlo para sujetar el pomo.
Asintieron en un silencio sepulcral. Harry abrió la puerta.
La habitación siguiente estaba sumergida en una oscuridad tan densa que no pudieron ver absolutamente nada. Pero, en cuanto cruzaron el umbral, la luz inundó súbitamente el lugar, revelando un espectáculo que los dejó sin aliento. Estaban en el borde de un tablero de ajedrez colosal. Detrás de ellos, las piezas negras se alzaban imponentes, talladas en lo que parecía piedra oscura y pulida, todas tan altas como ellos.
Frente a ellos, al otro lado de la habitación, esperaban las piezas blancas. Harry, Ron y Hermione se estremecieron al notar un detalle inquietante: las piezas blancas no tenían rostros, solo superficies lisas y frías de piedra clara.
—¿Ahora qué hacemos? —susurró Harry, cuya voz sonó diminuta en la inmensidad de la sala.
—Está claro, ¿no? —dijo Ron, y Draco notó que el tono de su voz había cambiado; ya no era el chico inseguro, sino un estratega evaluando el terreno—. Tenemos que jugar para cruzar la habitación.
Draco caminó un par de pasos hacia adelante, observando el despliegue de las fuerzas blancas. Sus ojos analizaron la formación. Había jugado ajedrez mágico desde que tenía memoria en las reuniones sociales.
Detrás de las piezas blancas, al final de la vasta extensión de mármol, pudieron ver la silueta de otra puerta.
—¿Cómo vamos a pasar? —preguntó Hermione con el nerviosismo tiñéndole la voz.
—Creo —contestó Ron con solemnidad— que vamos a tener que ser piezas.
Se acercó a un caballero negro y levantó la mano para tocar el flanco del animal. De inmediato, la piedra cobró vida con un crujido ensordecedor. El caballo dio una patada en el suelo, levantando chispas del tablero, y el caballero se levantó la visera del casco para mirar a Ron con cuencas vacías.
—¿Tenemos que... unirnos a ustedes para poder cruzar? —preguntó Ron.
El caballero negro asintió con la cabeza una sola vez. Ron se volvió hacia los otros tres, con la mente trabajando a mil por hora.
—Esto hay que pensarlo... —murmuró—. Supongo que tenemos que ocupar el lugar de cuatro piezas negras.
Harry, Hermione y Draco esperaron en silencio mientras Ron analizaba la formación. Draco observaba las piezas blancas con una mezcla de respeto y cautela; conocía la brutalidad del ajedrez mágico, y a esa escala, un error era una sentencia.
—Bueno, no os ofendáis —dijo Ron por fin—, pero ninguno de vosotros es realmente bueno en el ajedrez...
—No nos ofendemos —interrumpió Harry de inmediato—. Solo dinos qué tenemos que hacer.
—Yo sí sé jugar, Weasley —saltó Draco, cruzándose de brazos.
Ron asintió hacia Draco y luego señaló el tablero.
—Bien. Harry, tú ocupa el lugar de ese alfil. Hermione, tú ponte en lugar de esa torre, justo al lado de Harry. Yo seré el caballero de la derecha.
—¿Y Draco? —preguntó Harry, mirando al rubio.
Ron dudó un segundo.
—Draco... tú serás el Rey —sentenció Ron—. El Rey no se mueve mucho, pero es la pieza que hay que proteger a toda costa. Si te capturan, el juego termina para todos. Además, tienes el porte para el puesto.
—¿Acaso me estás coqueteando, Weasley? —se mofó Draco, acomodándose los puños del pijama—. ¿Tanto necesitas sentir que tengo tu protección que me has puesto la corona?
Ron soltó un chillido de pura indignación, poniéndose tan rojo como su cabello.
—¡Ya quisieras, rubia! —exclamó Ron, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡Si fuera por mí, te mandaba a la primera línea con los peones para que te machacaran primero! Te puse ahí porque el Rey se mueve poco y no quiero que estorbes.
Draco negó con la cabeza, manteniendo esa sonrisa ladeada.
—No lo harías. Sabes que me necesitas para que este grupo tenga algo de clase.
—¡Cierren la boca los dos! —interrumpió Harry.
Parecía genuinamente molesto por el intercambio. Sin decir una palabra más, volvió a jalar a Draco por la muñeca con firmeza, arrastrándolo hacia el centro del tablero para asegurar que ocupara su lugar y dejara de provocar a Ron. El agarre de Harry era posesivo y tenso, dejando claro que no estaba para bromas mientras sus vidas corrían peligro.
Las piezas parecieron haber escuchado el final de la discusión porque, ante sus palabras, un caballo, un alfil, una torre y el mismísimo rey negro dieron la espalda a las piezas blancas y salieron del tablero con un estruendo de piedra, dejando libres los cuadrados que Harry, Ron, Hermione y Draco ocuparon de inmediato.
—Las blancas siempre juegan primero en el ajedrez —dijo Ron, recuperando su seriedad de estratega mientras miraba fijamente al otro lado del tablero—. Sí... mirad.
Un peón blanco se deslizó hacia adelante, marcando el inicio de la batalla. El sonido de la piedra rozando el mármol hizo que Draco se pusiera rígido en su casilla. Harry, a unos metros de él en su posición de alfil, no le quitaba la vista de encima, como si estuviera calculando cada movimiento necesario para que ninguna pieza blanca se acercara al Rey.
Ron comenzó a dirigir a las piezas negras con una precisión asombrosa. Se movían silenciosamente cuando las mandaba, como un ejército de sombras de piedra.
—Harry... muévete en diagonal, cuatro casillas a la derecha —ordenó Ron.
La primera verdadera impresión llegó cuando el otro caballo fue capturado. La reina blanca lo golpeó con una fuerza brutal contra el tablero y lo arrastró hacia fuera, donde se quedó inmóvil. Draco ahogó un grito y Harry apretó los dientes.
—Tuve que dejar que sucediera —dijo Ron, con la voz quebrada—. Te deja libre para coger ese alfil. Vamos, Hermione.
Cada vez que uno de sus hombres perdía, las piezas blancas no mostraban compasión. Muy pronto, hubo un grupo de piezas negras desplomadas a lo largo de la pared. Dos veces, Ron se dio cuenta justo a tiempo para salvar a Harry y Hermione, y una tercera tuvo que realizar un movimiento arriesgado para evitar que una torre blanca barriera la casilla de Draco.
—Ya casi estamos —murmuró Ron de pronto, con el sudor corriéndole por la frente—. Dejadme pensar... dejadme pensar.
La reina blanca volvió su cara sin rostro hacia Ron. Era una presencia aterradora que dominaba el centro del tablero.
—Sí... —murmuró Ron—. Es la única forma... tengo que dejar que me cojan.
—¡NO! —gritaron Harry y Hermione al unísono. Draco dio un paso adelante dentro de su cuadrado, con los ojos muy abiertos.
—¡Weasley, no seas idiota! —exclamó Draco—. Tiene que haber otra jugada. ¡Usa un peón, úsame a mí!
—¡Esto es ajedrez! —rugió Ron, girándose hacia el rubio con una autoridad que lo dejó mudo—. ¡Hay que hacer algunos sacrificios! Yo daré un paso adelante y ella me cogerá... Eso te dejará protegido a ti, Draco, y dejará a Harry libre para hacer jaque mate al rey.
—Ron, no puedes —dijo Harry, tratando de acercarse.
—¿Quieres detener a Severus o no? —le espetó Ron a Draco, quien se tensó al oír el nombre de su padrino—. ¡Si no os dais prisa, va a conseguir la Piedra!
No había nada que hacer. Ron miró a Harry.
—¿Listo? —preguntó Ron, con el rostro pálido pero decidido—. Allá voy. Y en cuanto ganéis, lleváoslo de aquí. No os quedéis.
Ron se movió hacia delante. El silencio en la sala fue absoluto hasta que la reina blanca saltó. Golpeó a Ron con fuerza en la cabeza con su brazo de piedra y el chico se derrumbó en el suelo con un golpe seco. Hermione gritó y Draco cerró los ojos con fuerza... La reina blanca arrastró a Ron a un lado como si fuera un muñeco de trapo.
Harry, con el corazón en la garganta y una furia fría recorriéndolo, se movió tres casilleros a la izquierda.
—Jaque mate —susurró.
El rey blanco se quitó la corona y la arrojó a los pies de Harry. Habían ganado. Las piezas restantes se inclinaron ante Draco, reconociendo su victoria como el Rey que permaneció en pie, y se retiraron hacia las paredes, dejando libre la puerta de salida.
Harry y Draco corrieron hacia el cuerpo de Ron. Draco se arrodilló rápidamente, comprobando el pulso con dedos temblorosos.
—Está vivo —dijo Draco, soltando un suspiro que pareció sacarle todo el aire del cuerpo—. Solo está inconsciente. El golpe fue brutal.
—Tenemos que seguir —dijo Harry, aunque le dolía dejar a Ron allí—. Hermione, quédate con él. Si en diez minutos no hemos vuelto, busca ayuda.
Habían llegado a otra puerta. Harry jaló a Draco hacia ella con una urgencia casi posesiva, intentando avanzar rápido.
—¿Todo bien? —susurró Harry, sin soltar la muñeca del rubio.
—¡Espera, Harry! —gritó Hermione, alcanzándolos a toda prisa—. No puedes simplemente dejarnos atrás. Tenemos que seguir juntos.
Harry se detuvo y la miró con impaciencia.
—Hermione, quédate con Ron. Draco y yo seguiremos. Es más seguro si te vas con él y buscas ayuda.
—¡Ni hablar! —replicó Hermione, plantándose frente a ellos con la varita en la mano y los ojos encendidos—. No voy a dejar que vayáis solos, y mucho menos voy a dejar a Ron aquí tirado. O vamos todos, o no va nadie.
Draco, observando la disputa con una ceja levantada, suspiró y se soltó del agarre de Harry. Caminó hacia donde Ron yacía inconsciente.
—No vamos a dejarlo aquí como un fardo de papas —declaró Draco—. Yo lo cargaré.
—¡No seas ridículo, Draco! —saltó Harry, volviendo a su lado—. Apenas puedes con tu propia túnica, ¿cómo vas a cargar a Ron? Déjalo, yo me encargare de él.
—Dije que yo lo cargo, Potter —insistió Draco. Se agachó y, con un esfuerzo que hizo que sus nudillos se pusieran blancos, pasó los brazos de Ron sobre sus hombros.
Harry intentó apartarlo, forcejeando para que soltara al pelirrojo, pero Draco no le hizo el menor caso. Con un gruñido de determinación, se puso en pie con Ron a cuestas, tambaleándose un poco, pero recuperando el equilibrio rápidamente.
—Camina de una vez, Harry —ordenó Draco, jadeando un poco por el peso, pero con la mirada firme—. Si el Lazo fue Sprout, las llaves Flitwick y el ajedrez McGonagall... lo siguiente debería ser de Quirrell o de Severus. Y dudo mucho que sea un juego de mesa. Adelante.
Harry, aunque seguía molesto por no poder ir a solas con Draco y preocupado por el esfuerzo que este hacía, no tuvo más remedio que abrir la puerta.
Un tufo desagradable los invadió de inmediato, obligándolos a taparse la nariz. Con los ojos lagrimeando debido al hedor a sudor rancio y suciedad, vieron, aplastado en el suelo frente a ellos, un troll mucho más grande que el que habían derribado en Halloween. Estaba inconsciente, con un bulto sangrante en la cabeza.
—Me alegro de que no tengamos que pelear con este —susurró Harry, mientras pasaban con cuidado por encima de las gigantescas piernas de la criatura.
—Alguien ya le dio su merecido —murmuró Draco, cuya voz sonaba sofocada contra la espalda de la túnica de Ron—. Sigamos... antes de que despierte y decida que los rubios son su postre favorito.
Pasaron con cuidado sobre una de las enormes piernas del trol y Harry abrió la próxima puerta. Los tres cruzaron el umbral, Draco todavía jadeando bajo el peso de Ron, casi sin atreverse a ver lo que seguía. Pero no había nada terrorífico allí; solo una mesa con siete botellas de diferentes tamaños puestas en fila.
—Severus —dijo Harry de inmediato—. ¿Qué tenemos que hacer?
Apenas terminaron de pasar, un fuego se encendió detrás de ellos en la puerta por la que habían entrado. No era un fuego común; era de un color púrpura vibrante. Al mismo tiempo, unas llamas negras y gélidas se encendieron en la puerta de adelante. Estaban atrapados.
Draco, cuyo rostro estaba perlado de sudor, se agachó con un cuidado extremo para no golpear la cabeza de Ron contra el suelo de piedra. Lo dejó recostado contra la pared, soltando un largo suspiro de alivio mientras se masajeaba los hombros.
—¡Mira! —Hermione cogió un rollo de pergamino que estaba cerca de las botellas.
Harry y Draco miraron por encima de su hombro para leer el acertijo:
“El peligro yace ante ti, mientras la seguridad está detrás, dos queremos ayudarte, cualquiera que encuentres, una entre nosotras siete te dejará adelantarte, otra llevará al que lo beba para atrás, dos contienen sólo vino de ortiga,
tres son mortales, esperando escondidos en la fila.
Elige, a menos que quieras quedarte para siempre, para ayudarte en tu elección, te damos cuatro claves:
Primera, por más astucia que tenga el veneno para ocultarse siempre encontrarás alguno al lado izquierdo del vino de ortiga;
Segunda, son diferentes las que están en los extremos, pero si quieres moverte
hacia delante, ninguna es tu amiga;
Tercera, como claramente ves, todas tenemos tamaños diferentes: Ni el enano
ni el gigante guardan la muerte en su interior;
Cuarta, la segunda a la izquierda y la segunda a la derecha son gemelas una vez que las pruebes, aunque a primera vista sean diferentes."
Hermione dejó escapar un gran suspiro y Harry, sorprendido, vio que sonreía; era lo último que esperaba en ese momento.
—Muy bueno —dijo ella—. Esto no es magia... es lógica... es un acertijo. Muchos de los más grandes magos no han tenido una gota de lógica y se quedarían aquí para siempre.
—A mí me encantan los acertijos —intervino Draco, que ya se había recuperado del esfuerzo de cargar a Ron. Se acercó a la mesa con una elegancia innata, ignorando el hecho de que su pijama estaba manchado de polvo—. En la Mansión Malfoy, mi padre tiene varios cofres que solo se abren resolviendo enigmas lógicos. Si no tienes cerebro, no entras.
Draco y Hermione se inclinaron sobre el papel al mismo tiempo. Por un momento, olvidaron sus diferencias y empezaron a murmurar entre ellos, analizando las pistas como si estuvieran en una competencia de alto nivel.
—Mira la segunda clave, Granger —señaló Draco con un dedo largo y fino—. "Son diferentes las que están en los extremos". Si la del extremo derecho es para volver, la del izquierdo no puede ser igual.
—Exacto —asintió Hermione, entusiasmada de tener a alguien que le siguiera el ritmo—. Y según la tercera clave, ni la más pequeña ni la más grande son veneno. Eso significa que una es para avanzar y la otra es el vino de ortiga.
—Y como la segunda a la izquierda y la segunda a la derecha son gemelas... —añadió Draco, entrecerrando los ojos mientras escaneaba las etiquetas invisibles—, eso descarta otras dos posibilidades.
Pasearon de un lado a otro frente a la fila de botellas, cruzando susurros técnicos sobre densidades y posiciones. Harry los observaba en silencio, sintiéndose un poco fuera de lugar ante aquel despliegue de intelecto. Al fin, Hermione y Draco se miraron y asintieron al unísono.
—Lo tenemos —dijeron a la vez.
—La más pequeña nos llevará por el fuego negro, hacia la Piedra —sentenció Draco, señalando el frasco diminuto.
Harry miró la botella con preocupación.
—Aquí solo hay para uno de nosotros —dijo—. No hay más que un trago.
Se miraron en un silencio tenso. El calor de las llamas púrpuras a sus espaldas empezaba a ser sofocante.
—¿Cuál nos hará volver por entre las llamas púrpura? —preguntó Harry.
Hermione señaló la botella redonda del extremo derecho de la fila.
—Ustedes beban de ésa —dijo Harry con firmeza—. Busquen las escobas del cuarto de las llaves voladoras y salgan por la trampilla. Id directamente a la lechucería y enviad a Hedwig a Dumbledore, lo necesitamos. Puede ser que yo detenga un poco a Snape, pero la verdad es que no puedo igualarlo solo.
—Pero Harry... ¿y si Quien-tú-sabes está con él? —preguntó Hermione con un hilo de voz.
—Bueno, ya tuve suerte una vez, ¿no? —dijo Harry, señalando su cicatriz—. Puede ser que la tenga de nuevo.
Los labios de Hermione temblaron y, de pronto, se lanzó sobre Harry para darle un abrazo apretado.
—¡Hermione! —exclamó Harry, sorprendido.
—Harry... eres un gran mago, ya lo sabes.
—No soy tan bueno como tú —contestó él muy incómodo, mientras ella lo soltaba.
—¡Yo! —exclamó Hermione—. ¡Libros! ¡Inteligencia! Hay cosas mucho más importantes: la amistad, la valentía y... ¡Oh, Harry, ten cuidado!
Draco, que había estado observando la escena en silencio mientras recuperaba fuerzas, se acercó a Ron. Con un gruñido de esfuerzo, volvió a cargar al pelirrojo sobre su espalda, acomodándolo con determinación.
—Bebe primero —dijo Harry a Hermione—. Estás segura de cuál es cuál, ¿no?
—Totalmente —dijo ella.
Hermione tomó un trago y le pasó la botella a Draco. Él, con una mano libre mientras sostenía a Ron con la otra, bebió el resto del líquido. Ambos se estremecieron al unísono.
—No es veneno, ¿verdad? —preguntó Harry con voz anhelante.
—No... —respondió Draco, tiritando ligeramente—, pero parece que me he tragado un témpano de hielo.
—Rápido, váyanse antes de que se termine el efecto —urgió Harry.
—Buena suerte... ten cuidado... —susurró Hermione por última vez.
—¡VETE! —gritó Harry.
Hermione giró en redondo y pasó directamente a través del fuego púrpura. Draco, aun cargando con el peso de Ron sobre sus hombros, se detuvo un segundo frente a Harry. Sus ojos grises, usualmente altivos, brillaban con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Sin decir una palabra, Draco se inclinó y le dio a Harry un beso en la frente, un gesto suave y cargado de una ternura protectora, exactamente igual a como lo hacía su madre o Tonks cuando querían consolarlo o cuidarlo.
—Vuelve sano y salvo, Harry —le pidió Draco en un susurro—. Mi cumpleaños es en unos días y tienes que estar allí. No aceptaré un "no" por respuesta.
Harry se quedó paralizado, sintiendo todavía el calor del beso en su piel. A pesar del pánico, de las llamas negras y del peligro inminente, una chispa de emoción y determinación brilló en sus ojos verdes.
Draco no esperó respuesta; se ajustó a Ron en la espalda, respiró hondo y corrió tras Hermione, desapareciendo entre las lenguas de fuego púrpura.
Draco corrió hasta alcanzar a Hermione, jadeando por el esfuerzo de cargar al pelirrojo, pero sin detenerse ni un segundo. Al llegar a la cámara de las llaves aladas, la situación se complicó; las escobas eran su única salida hacia arriba. Con cuidado, Draco bajó a Ron al suelo, tratando de no lastimarlo más.
Él subió primero a una de las escobas, asegurando el equilibrio, y con la ayuda de Hermione, lograron subir el cuerpo inerte de Weasley. Ron quedó apoyado sobre las piernas de Draco, quien lo sujetó con un brazo firme mientras Hermione montaba su propia escoba a su lado. Juntos, emprendieron el vuelo de regreso, esquivando el zumbido de las llaves que aún revoloteaban por el lugar.
Draco no sabría decir cuánto tiempo les tomó recorrer el camino de vuelta, pero el trayecto se le hizo eterno. El peso de Ron y la angustia por Harry, que se había quedado solo al otro lado de las llamas negras, le oprimían el pecho. Una vez que lograron salir por la trampilla y sortear a Fluffy, los dos se separaron con una última mirada de entendimiento. Mientras Hermione corría hacia la lechucería gritando que iría a mandar la carta para Dumbledore, Draco se dirigió a toda prisa hacia la enfermería, arrastrando sus últimos restos de energía.
Al llegar, empezó a golpear la puerta como un loco, con una desesperación que nunca antes había sentido. Los golpes resonaban en el pasillo vacío hasta que, finalmente, la puerta se abrió de golpe.
—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó Madame Pomfrey, viendo a Draco desaliñado y cargando a un Weasley inconsciente—. ¿Qué ha pasado?
Draco apenas podía hablar.
—Es Ron... —logró decir, entrando a trompicones para dejar a su compañero en una camilla —. Y Harry... Harry sigue ahí abajo. Tiene que avisar a alguien, ¡tiene que ir por él!
Madame Pomfrey le ordenó de inmediato que se colocara en la camilla. Draco, sintiendo cómo sus piernas temblaban por el agotamiento mágico y físico, obedeció sin protestar. Acostó a Ron con cuidado, asegurándose de que la cabeza del pelirrojo estuviera bien apoyada, y luego se dejó caer en la camilla contigua.
—Tú también te quedas quieto, jovencito —le espetó la enfermera mientras pasaba su varita sobre Ron, murmurando hechizos reparadores—. Tu nivel de magia está peligrosamente bajo, has agotado tus reservas.
Mientras la mujer trabajaba con rapidez, Draco observaba a Ron. Unos treinta minutos después, el pelirrojo parpadeó y empezó a quejarse, recuperando la consciencia. Draco soltó un suspiro de alivio que ni siquiera sabía que estaba reteniendo.
—¿Cómo te sientes, Ron? —preguntó Draco, aunque su propia voz sonaba débil.
—Como si un trol hubiera decidido jugar a los bolos con mi cabeza —respondió Ron, intentando sonreír a pesar del dolor—. ¿Y Harry? ¿Está...?
—Harry está haciendo lo que debe —respondió Draco, mirando hacia la puerta de la enfermería—. Si es tan estúpido como creo, está ganando tiempo.
Justo en ese momento, las puertas se abrieron de golpe y Hermione entró casi corriendo.
Madame Pomfrey apareció de inmediato, regañándola por el ruido y la falta de cortesía, pero Hermione, haciendo caso omiso de la severidad de la enfermera, se acercó a toda prisa y se desplomó en el espacio libre entre la cama de Ron y la de Draco.
—¿Lograste mandar la carta? —preguntó Draco, con el corazón acelerado mientras la enfermera lo obligaba a tomar una poción reconstituyente.
Hermione asintió frenéticamente, con el rostro desencajado por la ansiedad.
—Ni siquiera hizo falta —dijo ella, bajando la voz mientras la enfermera se alejaba para preparar más vendas—. Lo encontré en el vestíbulo de entrada, Draco. Dumbledore estaba ahí... y él ya lo sabía.
Draco se tensó, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la falta de magia.
—¿Cómo que ya lo sabía? —preguntó Ron, tratando de incorporarse.
—Solo me miró —explicó Hermione, con los ojos brillando de desesperación
—. Me vio tan desesperada y preguntó: «¿Harry se fue a
buscarlo, verdad?». No espero ni un segundo a darle explicaciones; él simplemente asintió con una seriedad que nunca le había visto y subió al tercer piso a toda prisa.
Draco cerró los ojos y se dejó caer sobre la almohada. El saber que Dumbledore estaba al tanto le daba una pizca de esperanza, pero no aliviaba la inquietud que le carcomía el pecho. Harry estaba solo allí abajo.
(***)
El ambiente en la enfermería era pesado, cargado con el olor a pociones medicinales y el silencio tenso de la espera. Hermione se quedó allí, sentada entre las dos camillas, sin poder pegar ojo. Draco intentaba acomodarse en su lugar, pero las sábanas de la enfermería le parecían ásperas y el frío del amanecer se filtraba por las ventanas.
De pronto, los elfos domésticos trajeron el desayuno, y fue en ese preciso instante cuando los tres cayeron en la cuenta de que la luz del sol ya bañaba los terrenos de Hogwarts. Había amanecido.
—Ha pasado demasiado tiempo —susurró Draco, apartando la bandeja de comida con un gesto de asco. No podía probar bocado—. Harry ya debería estar aquí.
—Tal vez Dumbledore lo llevó a otro lado... —empezó a decir Hermione, aunque su voz temblaba, delatando que ella tampoco se lo creía.
Ron, con la cabeza vendada, intentó sentarse en el borde de la cama.
—No podemos quedarnos aquí sentados. Si algo salió mal...
—Tienes razón —dijo Draco, olvidándose de su propia debilidad y de los exámenes de la enfermera. Se puso de pie de un salto, dispuesto a salir corriendo hacia el tercer piso, aunque fuera en pijama.
Los tres hicieron el amago de levantarse al mismo tiempo, desafiando las órdenes de Madame Pomfrey, pero en ese preciso momento, las grandes puertas dobles de la enfermería se abrieron de par en par.
El aire pareció congelarse. Albus Dumbledore entró con paso lento y solemne. Su túnica plateada brillaba bajo la luz del sol, pero su rostro no tenía la sonrisa habitual. En sus brazos, cargaba el cuerpo pequeño y maltrecho de Harry.
—¡Harry! —gritó Hermione, llevándose las manos a la boca.
Draco sintió que el corazón se le detenía. Dio un paso hacia adelante, con los ojos fijos en la figura de Harry. Tenía la ropa quemada, estaba cubierto de ceniza y hollín, y sus anteojos estaban torcidos. Lo peor de todo era su absoluta inmovilidad.
—¿Está...? —la voz de Draco se quebró, incapaz de terminar la frase y sintió un nudo amargo en la garganta.
Dumbledore los miró por encima de sus gafas de medialuna con una mezcla de tristeza y alivio.
—Está vivo —dijo el director con voz suave, calmando el caos que amenazaba con estallar en la habitación—. Pero ha pasado por una prueba que agotaría al mago más experimentado. Necesita descanso absoluto.
Madame Pomfrey apareció de la nada, empujando a los tres chicos hacia atrás para que Dumbledore pudiera colocar a Harry en la camilla justo al lado de la de Draco.
Draco no se movió de donde estaba. Se quedó de pie, observando cómo el pecho de Harry subía y bajaba con una respiración débil pero constante. Por primera vez en toda la noche, Draco soltó el aire que tenía contenido.
Harry había vuelto. Estaba vivo.
(***)
Los tres pasaron el resto del día con los ojos fijos en Harry, examinando cada uno de sus movimientos, cada leve suspiro o cambio en su expresión. Pero Harry seguía sumergido en un sueño profundo y pesado, totalmente inconsciente de la vigilancia de sus amigos.
Al caer la tarde, Madame Pomfrey, con su habitual firmeza, despachó a Hermione. Le explicó que ella no tenía heridas que sanar y que debía volver a la torre de Gryffindor, mientras que Ron y Draco permanecerían bajo observación hasta la mañana siguiente debido a sus lesiones y al agotamiento mágico.
—Prometo que cuidaré de él —le dijo Ron a Hermione mientras ella se despedía con lágrimas en los ojos—. No le quitaré la vista de encima.
Draco tomó aire y cerró los ojos, asintiendo en silencio. Se dio cuenta, con cierta sorpresa, de que la compañía de Ron no era tan insoportable como siempre había imaginado. Después de haber sobrevivido a un tablero de ajedrez gigante y de haber cargado al pelirrojo por medio castillo, Draco sentía que tenían más en común de lo que se atrevería a admitir en voz alta.
Sin embargo, cuando la noche finalmente cayó y las luces de la enfermería se atenuaron, la atmósfera solemne cambió. Ron fue el primero en quedarse dormido, y no pasaron ni cinco minutos antes de que empezara a roncar con una fuerza que hacía vibrar las cortinas.
Draco soltó una pequeña risa ahogada desde su camilla.
—Por las barbas de Merlín, Weasley... pareces un dragón con asma —murmuró Draco para sí mismo, negando con la cabeza.
A pesar del ruido de los ronquidos de Ron, el ambiente le resultaba a Draco extrañamente reconfortante. Sin embargo, la inquietud no lo dejaba cerrar los ojos. Con cuidado para no despertar a Madame Pomfrey, Draco salió de su cama en silencio. Sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre el suelo de piedra fría mientras caminaba hacia la cama de Harry.
Se acercó lentamente y se quedó allí, observándolo bajo la tenue luz de la luna que se filtraba por los ventanales. Harry se veía tan vulnerable sin sus gafas, con el cabello más revuelto que de costumbre y el rostro libre de la tensión de la batalla.
De pronto, Harry se movió un poco. Sus párpados temblaron y soltó un suspiro entrecortado. Intentó abrir los ojos, pero la luz de la enfermería y el cansancio lo mantenían en un estado de duermevela, más dormido que despierto. Draco se inclinó un poco más, intrigado por los balbuceos que empezaban a salir de los labios de Potter.
—¿Ya... ya morí? —murmuró Harry con la voz pastosa, sin enfocar la vista—. ¿Por qué hay un ángel tan cerca? ¿Es el cielo?
Draco se quedó congelado. El corazón le dio un vuelco al escuchar aquello, y sintió cómo el calor le subía a las mejillas. Sin dudarlo, soltó lo primero que se le vino a la mente para romper la tensión:
—Potter, deja de decir estupideces —susurró Draco con un tono mordaz pero suave—. Además, cuando duermes babeas. Es un espectáculo lamentable.
Harry soltó una risita boba, todavía atrapado en los efectos de las pociones y el agotamiento.
—Los ángeles... son rubios y tienen mal genio —balbuceó Harry, cerrando los ojos de nuevo con una sonrisa soñadora en el rostro—. Qué suerte...
Draco se alejó de un salto, caminó hacia el despacho de la enfermera para llamarla, mientras de fondo Harry seguía divagando en voz baja sobre ángeles con túnicas y quién sabe qué más.
—¡Madame Pomfrey! —llamó Draco, recuperando su compostura habitual, aunque con la voz un poco agitada—. El paciente por fin ha decidido regresar al mundo de los vivos... aunque creo que el golpe en la cabeza fue más fuerte de lo que pensábamos.
(***)
A la mañana siguiente, Madame Pomfrey finalmente les dio el alta. Cuando Draco y Ron salieron de la enfermería, se dieron cuenta de que Hogwarts estaba hecho un auténtico desastre; los rumores corrían más rápido que el agua y parecía que todo el mundo, desde los de primer año hasta los fantasmas, ya lo sabía todo.
Al llegar al vestíbulo, Draco y Ron se detuvieron un momento. Se miraron en silencio, compartiendo un entendimiento que no necesitaba palabras después de todo lo que habían pasado. Con un breve asentimiento de cabeza a modo de despedida, cada uno tomó el camino hacia su respectiva sala común.
Mientras Draco se dirigía a las cocinas, donde se encontraba la entrada a la sala común de Hufflepuff, se encontró con Neville Longbottom, Rolf Scamander y Theodore Nott. Los tres estaban agrupados, hablando en susurros nerviosos y gesticulando con ansiedad. En cuanto Draco dobló la esquina, fue como si hubieran visto a un fantasma.
—¡DRACO! —gritaron casi al unísono.
No hubo tiempo para saludos elegantes ni para mantener la compostura de aristócrata. Los tres corrieron hacia él con una fuerza arrolladora. Draco no tuvo ni oportunidad de reaccionar cuando Neville y Rolf se lanzaron sobre él, seguidos de cerca por Theo, quien olvidó por completo su usual reserva. El impacto fue tal que terminaron tirándolo al suelo, formando un enredo de túnicas y extremidades mientras lo abrazaban como si temieran que fuera a desaparecer.
—¡Estás vivo, idiota! —exclamó Theo, apretándolo por los hombros mientras su voz sonaba extrañamente quebrada.
—¡Pensamos que Filch te había secuestrado o algo peor! —sollozó Neville, hundiendo la cara en la túnica de Draco, quien trataba de recuperar el aire en el suelo.
Rolf, tratando de levantarlo, pero terminando por abrazarlo de nuevo.
Draco, aplastado bajo el peso de sus amigos y sintiendo el suelo frío de Hogwarts contra su espalda, no pudo evitar soltar una carcajada genuina. Estaba sucio, cansado y seguramente tendría nuevos moretones, pero mientras sentía el afecto desmedido de sus amigos, solo podía pensar en que, después de todo, había valido la pena.
—Ya, ya... —logró decir Draco, intentando sonar molesto, aunque no podía dejar de sonreír —. Me están arrugando la túnica y parecemos una montaña de trolls. Suéltenme o juro que no los invito a mi cumpleaños.
Pero, a pesar de sus amenazas, Draco les devolvió el abrazo con fuerza, sintiéndose por fin de vuelta en casa.
Los cuatro tuvieron que huir prácticamente a rastras de los pasillos. El chisme en Hogwarts se propagaba como fuego en arbustos secos, y todo el mundo, desde los de primero hasta los de séptimo, quería una tajada de la versión de Draco. Cada vez que alguien intentaba detenerlos para preguntar si era cierto lo de la Piedra o si Harry realmente estaba al borde de la muerte, Theo les lanzaba una mirada tan gélida que los apartaba del camino.
Intentaron refugiarse en el patio trasero, pero estaba atestado de gente analizando el final del curso. Finalmente, encontraron paz cerca del Lago Negro, en un rincón apartado bajo la sombra de un árbol donde el único ruido era el suave chapoteo del agua.
Mientras caminaban, Draco les contó todo: desde el encuentro en las escaleras hasta el brutal juego de ajedrez donde Ron se convirtió en un héroe inesperado. Les habló de las botellas de Snape y de cómo Harry tuvo que seguir adelante solo.
—No puedo creer que pasara todo eso bajo nuestras narices —murmuró Rolf, impresionado —. Y nosotros aquí, pensando que solo habías encontrado a Filch.
—Bueno, yo intenté detenerlos—intervino Neville, rascándose la nuca con una expresión de vergüenza y frustración—. Pero cuando quise detener a Harry, Hermione y Ron en la sala común para que no se metieran en problemas... bueno, Hermione me lanzó una maldición de inmovilidad total. Me quedé ahí tieso como una tabla, mirando al techo.
Theo soltó una carcajada seca, aunque con un toque de simpatía.
—Granger no se anda con juegos cuando tiene una misión.
—Me dolió —admitió Neville con un suspiro—, pero supongo que tenía razón.
Draco se sentó en el césped, dejando que el aire fresco del lago le despejara la cabeza.
—No te sientas mal, Neville. Fue un caos absoluto. Incluso yo terminé cargando al pelirrojo sobre mi espalda —Draco hizo una mueca de dolor fingido, aunque sus ojos brillaban —. Weasley pesa más de lo que parece, debe ser por tanta pierna de pollo que come en el Gran Comedor.
—¿Y Potter? —preguntó Theo, bajando la voz y observando a Draco con atención—.
¿Realmente se va a poner bien?
Draco miró hacia el castillo.
—Dumbledore dice que sí. Pero más le vale despertar pronto.
(***)
El sol del día del cumpleaños de Draco se filtró por las ventanas redondas de la sala común de Hufflepuff.
Aunque técnicamente era territorio de los tejones, la sala estaba abarrotada. Había estudiantes de Gryffindor con sus túnicas desabrochadas, algunos de Ravenclaw que fingían estar allí por la antropología social (pero que en realidad morían por los chismes) y, por supuesto, los habituales curiosos de otras casas. Los Hufflepuff, fieles a su naturaleza, habían recibido a todo el mundo con bandejas de pastas recién horneadas y una hospitalidad que hacía que nadie quisiera irse.
La música estaba a tope. Gracias a un hechizo de amplificación, una radio mágica sintonizaba una emisora que ponía éxitos muggles que Tonks había recomendado. El ritmo era tan contagioso que incluso los cuadros de las paredes daban golpecitos con el pie.
En uno de los sofás amarillos más grandes y mullidos, Ron y Hermione estaban instalados. Hermione, con su usual energía académica, aprovechaba el entorno para intentar explicarles a Ron, Draco y Neville algunos conceptos básicos del mundo muggle.
—Es muy sencillo, de verdad —decía Hermione, gesticulando con las manos—. La electricidad no es magia embotellada, es un flujo de electrones. Y ese aparato que usan para el karaoke es un micrófono.
—¿Micro-qué? —preguntó Ron, rascándose la cabeza mientras sostenía una empanadilla de calabaza—. Sigo pensando que hay un gnomo encerrado ahí dentro gritando muy fuerte.
Draco escuchaba con una ceja levantada, sentado con una elegancia que contrastaba con el desorden a su alrededor. Estaba extrañamente relajado. Neville, a su lado, asentía con cara de estar procesando demasiada información a la vez.
—Entonces, Granger —intervino Draco, cruzando las piernas—, ¿me estás diciendo que los muggles inventaron cajas que cantan porque no tienen varitas? Es... ingenioso, supongo. Un poco primitivo, pero ingenioso.
—¡No es primitivo, Draco! Es ciencia —replicó Hermione, aunque con una sonrisa.
De pronto, el volumen de la música bajó y un grito de júbilo recorrió la sala. Los gemelos Weasley aparecieron abriéndose paso entre la multitud como si fueran los dueños del lugar. Fred y George sostenían un enorme pastel de un piso, cubierto con una capa tan generosa de merengue blanco que parecía una pequeña montaña nevada. Tenía velas mágicas
que soltaban chispas de colores y el nombre de "Draco" escrito con una caligrafía sospechosamente parecida a la de los mapas de travesuras.
—¡Abran paso al cumpleañero! —rugió Fred.
—¡El hombre que sobrevivió a un tablero de ajedrez y al aliento de un Weasley! —añadió George.
Pusieron el pastel frente a Draco, quien se levantó lentamente, mirando el merengue con desconfianza. Theo, Rolf y los demás se acercaron haciendo un círculo.
—¿Y bien, Malfoy? —lo pinchó Ron desde el sofá—. Pide un deseo.
Draco se inclinó hacia el pastel, cerrando los ojos con una solemnidad casi impropia de él mientras formulaba su deseo en silencio. El aroma del azúcar le llenaba la nariz y, por un segundo, todo fue paz. Pero la paz en presencia de los gemelos Weasley era un concepto inexistente.
Sin previo aviso, sintió dos pares de manos firmes en su nuca. Antes de que pudiera procesar el peligro, su rostro impactó de lleno contra la montaña de merengue. El sonido del ¡chof! fue seguido por una explosión de vítores y aplausos de toda la sala común. Draco se quedó un momento ahí, con la cara hundida en el dulce, procesando la traición.
Cuando los gemelos lo levantaron, Draco apenas podía abrir los ojos, pero lo peor estaba por venir. Sintió cómo Fred y George, con una rapidez alarmante, pasaban sus lenguas por sus mejillas para "limpiar" el desastre, tal como harían dos cachorros traviesos o, mejor dicho, dos bromistas profesionales.
— ¡POR SALAZAR! —exclamó Draco con un jadeo de puro asco, apartándose de un empujón mientras intentaba recuperar la visión. Sus mejillas estaban pegajosas, su nariz estaba llena de crema y sus pestañas pesaban por el merengue.
Fred y George se doblaban de la risa, chocando los cinco mientras la sala común de Hufflepuff estallaba en carcajadas. Incluso Neville y Rolf estaban tratando de ocultar sus sonrisas detrás de sus manos.
— ¡Tranquilo, cumpleañero! —gritó George entre risas—. ¡Eso solo fue el "pastelazo" de iniciación!
— El pastel real, el que no tiene sabor a cara de Malfoy, está allá en la mesa —añadió Fred, señalando un segundo pastel mucho más grande y elaborado que los elfos acababan de colocar.
Draco soltó un suspiro largo y sufrido, pasándose los dedos por los párpados para quitarse el exceso de dulce. Se veía completamente ridículo: un heredero de la aristocracia mágica cubierto de pies a cabeza de merengue blanco, pareciendo más un muñeco de nieve que un mago de sangre pura.
—¡Son unos animales! —masculló Draco, aunque para sorpresa de todos, no sacó su varita para lanzar una maldición. Simplemente tomó una servilleta que Hermione le ofrecía con una mezcla de lástima y diversión—. Weasley, juro que, si vuelves a lamer mi cara, haré que tu madre se entere de cada una de las bromas ilegales que han planeado este año.
—¡Oh, qué golpe bajo, Draco! —bromeó Fred, fingiendo estar profundamente herido.
Pero, como si aquellas palabras fueran una invitación abierta en lugar de una amenaza, los dos gemelos intercambiaron una mirada de complicidad y, antes de que Draco pudiera retroceder, se giraron y volvieron a lamerle la cara con un entusiasmo exagerado.
Draco se quedó petrificado un segundo, procesando que el "ataque" se había repetido. Soltó un jadeo de indignación, dejó caer la servilleta y, olvidándose por completo de su dignidad de sangre pura y de su túnica impecable, hundió sus manos directamente en el pastel de merengue que servía para las bromas.
—¡Oh, ahora sí que la han buscado! —gritó Draco.
Con un movimiento rápido, le estampó un puñado de crema a Fred en toda la nariz y luego se giró para lanzarle el resto a George, dándole justo en la oreja. Los gemelos se quedaron boquiabiertos un instante, pero pronto sus rostros se iluminaron con pura alegría competitiva.
—¡GUERRA! —rugieron ambos al unísono.
En cuestión de segundos, la sala común de Hufflepuff se convirtió en un campo de batalla de repostería. Fred y George empezaron a lanzar proyectiles de merengue con una puntería aterradora. Draco, que resultó ser mucho más ágil de lo que sus amigos esperaban, usaba los sofás como trinchera, lanzando trozos de bizcocho y crema mientras se reía a carcajadas, algo que rara vez se le veía hacer de forma tan genuina.
Ron, que inicialmente solo quería comer, terminó recibiendo un impacto colateral de George en el hombro.
—¡Oye! ¡Eso era mi desayuno! —protestó Ron, pero al ver a Draco tan despeinado y cubierto de azúcar, no pudo evitarlo; tomó un puñado de crema de la mesa y se unió al ataque contra los gemelos.
—¡Cuidado, Neville! —gritó Rolf Scamander, agachándose justo a tiempo para que un proyectil de merengue blanco pasara rozándole la cabeza e impactara contra un cuadro de un bodegón, que empezó a quejarse ruidosamente.
Hermione intentaba proteger su libro de "Historia de la Magia" bajo la mesa, pero incluso ella terminó con una mancha blanca en la mejilla cuando Draco falló un tiro dirigido a Fred. Theo Nott, por su parte, observaba el caos desde una esquina con una sonrisa cínica, hasta que un trozo de merengue lanzado por Neville (probablemente por error) le dio en el hombro. Theo suspiró, se quitó la túnica y se arremangó la camisa con una mirada peligrosa.
—Ustedes lo pidieron —murmuró Theo, lanzándose a la batalla.
La sala común estaba llena de risas, gritos y el sonido de los impactos suaves de la comida. Draco, con el cabello ahora totalmente blanco por el azúcar y la cara brillante de emoción, se sentía más vivo que nunca.
Después de unos minutos, todos terminaron exhaustos y cubiertos de pegajosa gloria azucarada. El suelo era un desastre, pero nadie parecía arrepentido.
(***)
Días después, cuando la noticia de que Harry Potter por fin había despertado corrió como la pólvora por todo el castillo, la entrada a la enfermería se convirtió en una zona de guerra. Madame Pomfrey se mantuvo firme, como una general defendiendo su fuerte, y no dejó pasar a nadie; ni siquiera a los profesores que no tuvieran una razón urgente.
Draco, Ron y Hermione se pasaron horas rondando el pasillo, pero la enfermera jefa siempre los echaba con un movimiento de su varita y un severo: «¡El señor Potter necesita reposo absoluto, no una procesión!».
Sin embargo, tras mucho insistir, y probablemente después de que Hermione usara sus mejores dotes de persuasión (y Ron pusiera su cara más suplicante de "es mi mejor amigo"), la mujer finalmente cedió a regañadientes.
—Solo cinco minutos —sentenció Madame Pomfrey, señalándolos con el dedo—. Y si escucho un solo grito o veo que intentan darle comida sólida, los sacaré de aquí antes de que puedan decir "Quidditch".
Draco dio un paso adelante para entrar con ellos, pero la enfermera le puso una mano en el pecho, deteniéndolo en seco.
—Tú no, señor Malfoy. Ya pasaste bastante tiempo aquí el día de tu cumpleaños. Dos personas es el límite por ahora.
Draco apretó los dientes, sintiendo una punzada de frustración y celos. Miró a Ron y a Hermione, quienes le dedicaron una mirada de disculpa mientras cruzaban el umbral. Se quedó solo en el pasillo, apoyado contra la pared de piedra, escuchando el eco de sus propios suspiros.
(***)
El último día en Hogwarts tenía un aire agridulce que se sentía en cada rincón del castillo. El Gran Comedor estaba a rebosar, decorado con los imponentes colores de Slytherin: verde y plata. Era la celebración de su séptimo triunfo consecutivo en la Copa de las Casas, y un enorme estandarte con la serpiente de Slytherin cubría la pared detrás de la Mesa Alta, dominando el salón.
Cuando Harry entró, el aire pareció vibrar. Un murmullo súbito recorrió las mesas y, de pronto, todos hablaban al mismo tiempo. Harry, se deslizó rápidamente en una silla entre Ron y Hermione en la mesa de Gryffindor, tratando de ignorar a los estudiantes que se ponían de pie solo para verlo pasar.
Por suerte para él, Dumbledore llegó unos momentos después, y las conversaciones cesaron de inmediato.
—¡Otro año se va! —exclamó Dumbledore con alegría, su voz resonando en el silencio del comedor—. Y voy a fastidiarlos con la charla de un viejo antes de que puedan hincarles el diente a estos deliciosos manjares. ¡Qué año hemos tenido! Espero que sus cabezas estén un poquito más llenas que cuando llegaron... Ahora tienen todo el verano para dejarlas bonitas y vacías antes de que comience el próximo curso.
Dumbledore hizo una pausa, recorriendo el salón con la mirada, y sus ojos se detuvieron un segundo más de lo habitual en la mesa de los leones.
—Bien, tengo entendido que hay que entregar la Copa de las Casas. Los puntos ganados son
los siguientes: en cuarto lugar, Gryffindor, con trescientos doce puntos; en tercer lugar, Hufflepuff, con trescientos cincuenta y dos; Ravenclaw tiene cuatrocientos veintiséis, y Slytherin, cuatrocientos setenta y dos.
Un estallido de vítores y golpes en las mesas provino de los de verde y plata. Draco, sentado en la mesa de Hufflepuff, miró hacia sus antiguos compañeros de casa con una mezcla de orgullo y una extraña inquietud. Sabía, por la chispa en los ojos del director, que la puntuación no se quedaría así por mucho tiempo.
—Sí, sí, bien hecho, Slytherin —dijo Dumbledore—. Sin embargo, los acontecimientos recientes deben ser tenidos en cuenta.
Todos se quedaron inmóviles. Las sonrisas de los de verde y plata se apagaron un poco, mientras que en la mesa de Hufflepuff, Draco sintió un vuelco en el estómago.
—Así que —continuó Dumbledore— tengo algunos puntos de última hora para agregar. Dejadme ver. Sí... Primero, para el señor Ronald Weasley... por ser el mejor jugador de ajedrez que Hogwarts haya visto en muchos años, premio a la casa Gryffindor con cincuenta puntos.
El estruendo fue ensordecedor. Ron se puso del color de su pelo mientras Percy gritaba orgulloso. Cuando el silencio volvió, Dumbledore prosiguió:
—Segundo... a la señorita Hermione Granger... por el uso de la fría lógica al enfrentarse con el fuego, premio a la casa Gryffindor con cincuenta puntos.
Hermione sollozó de alegría mientras Gryffindor escalaba posiciones. Pero Dumbledore aún no había terminado. Sus ojos se desviaron hacia la mesa de los tejones, donde Draco intentaba mantener una expresión neutral, aunque sus manos apretaban el borde de la mesa.
—Tercero... al señor Draco Malfoy —dijo Dumbledore, y un murmullo de sorpresa recorrió el comedor—. Por demostrar que la lealtad no entiende de colores de casa, y por el valor de proteger a sus compañeros por encima de su propio beneficio, premio a la casa Hufflepuff con sesenta puntos.
Draco sintió que el mundo se detenía. Sus amigos —Neville, Rolf y Theo— se lanzaron sobre él entre gritos, mientras la mesa de Hufflepuff estallaba en un rugido de júbilo. Draco buscó la mirada de Harry; el moreno le sonreía con sinceridad desde la mesa roja, y Draco le devolvió un asentimiento breve, con el pecho inflado de un orgullo que nunca antes había sentido: el orgullo de ser valorado por quién era, y no por su apellido.
Hufflepuff saltó de pronto al segundo lugar, superando a Ravenclaw. Pero Dumbledore levantó la mano una vez más.
—Cuarto... al señor Harry Potter... por todo su temple y sobresaliente valor, premio a la casa Gryffindor con sesenta puntos.
El estrépito fue total. Los que pudieron sumar se dieron cuenta de que Gryffindor ahora empataba con Slytherin. La tensión era insoportable. Dumbledore esperó a que la calma regresara para decir sus últimas palabras.
—Hay muchos tipos de valentía —dijo sonriendo—. Hay que tener un gran coraje para oponerse a nuestros enemigos, pero hace falta el mismo valor para hacerlo con los amigos. Por lo tanto, premio con diez puntos al señor Neville Longbottom.
Si alguien hubiera estado fuera del castillo, habría pensado que una bomba había estallado. Neville, blanco como el papel, fue sepultado por sus compañeros de Gryffindor. Draco aplaudió con fuerza, mirando a su amigo con una sonrisa de oreja a oreja.
—Lo que significa —gritó Dumbledore por encima del estruendo— que hay que hacer un pequeño cambio en la decoración.
Dio una palmada y, en un parpadeo, los estandartes verdes se transformaron en rojo y oro. La serpiente desapareció para dar paso al león de Gryffindor. Slytherin había perdido la copa, pero Draco, sentado entre sus nuevos amigos y habiendo recibido el reconocimiento del mismísimo director, sintió que él había ganado algo mucho más valioso.
—¡Felicidades, Neville! —le gritó Draco por encima del ruido.
(***)
A pesar de toda la adrenalina de las últimas semanas, los resultados de los exámenes finales finalmente llegaron, recordándoles que, además de héroes, seguían siendo estudiantes. Para Draco, recibir el pergamino fue un momento de tensión pura; después de todo, un Malfoy no podía permitirse el fracaso, aunque ahora fuera un Malfoy que vestía de amarillo y negro.
Para su gran sorpresa y alivio, Rolf pasó con notas muy sólidas, especialmente en Pociones y Transformaciones, demostrando que su despiste habitual no afectaba su inteligencia. Neville, por su parte, pasó a duras penas. El pobre casi se desmaya al ver los resultados, pero sus notas sobresalientes en Herbología compensaron con creces los desastres monumentales en Pociones; Snape no había logrado hundirlo del todo. Theo, como era de esperar, se mantuvo firmemente entre los mejores del año, con una consistencia fría y envidiable.
Sin embargo, la verdadera competencia estaba en la cima. Draco fue, oficialmente, el segundo mejor alumno del año. Al revisar su boleta, descubrió que solo había un punto de diferencia con el primer puesto.
Cuando Draco y Hermione se encontraron en el vestíbulo, el ambiente era de una rivalidad amistosa pero eléctrica. Ambos intercambiaron sus pergaminos casi sin decir palabra, comparando cada asignatura con ojos de águila.
—Transformaciones... —murmuró Draco, entrecerrando los ojos mientras leía la boleta de Hermione.
—Te gané por muy poco ahí, Draco —dijo Hermione, con una sonrisa triunfal pero cansada —. Tu pronunciación en el examen práctico fue impecable, pero mi ensayo sobre la reversión de objetos inanimados tuvo una nota perfecta.
—Solo fue un punto, Granger —replicó Draco, devolviéndole el pergamino con un gesto elegante, aunque no podía ocultar su sonrisa de satisfacción—. En Pociones y Defensa contra las Artes Oscuras te pisé los talones. Prepárate para el próximo año, porque no pienso dejarte el primer lugar tan fácil.
—Eso espero —respondió ella, guardando su boleta con orgullo—. Me aburriría si no tuviera a alguien que me siguiera el ritmo.
Draco se alejó hacia donde Rolf y Theo lo esperaban, sintiendo una extraña ligereza en el pecho. Por primera vez, sus buenas notas no eran un trofeo para impresionar a su padre, sino una prueba personal de que podía brillar por sí mismo.
—¿Y bien, "segundo mejor"? —se burló Theo cuando Draco llegó a su lado—. ¿Vas a llorar por ese punto de diferencia o vamos a celebrar que Neville no incendió el salón de Herbología?
—Vamos a celebrar —dijo Draco, echando un último vistazo a Harry, que reía junto a Ron al final del pasillo—. El próximo año el primer lugar será mío, pero por hoy... el segundo se siente bastante bien.
Y de pronto, los armarios de las habitaciones se vaciaron, los baúles estuvieron listos y el aire de despedida se instaló en el castillo. Todos los alumnos recibieron las notas oficiales que les prevenían, con severidad, de no utilizar la magia durante las vacaciones de verano. Los de último año, sin embargo, se paseaban por los pasillos riéndose de las advertencias; para ellos, el mundo mágico acababa de abrirse de par en par.
Tonks, especialmente, no paraba de burlarse de su primo. Draco miraba su hoja de advertencia con una mezcla de fastidio y curiosidad mientras bajaba hacia los muelles, agarrado del brazo de Rolf para no tropezar con el terreno irregular.
—¡Cuidado con los dedos, Draco! —le gritó Tonks desde lejos, con el cabello ahora de un color azul eléctrico—. No vayas a convertir el té de tu madre en una rana por accidente, ¡que el Ministerio no tiene sentido del humor!
Hagrid estaba allí, esperando junto a los botes que cruzaban el lago de vuelta a la estación. Subieron al Expreso de Hogwarts, acomodándose en un compartimento que pronto se llenó de risas, dulces y el movimiento rítmico del tren. Mientras el paisaje campestre se volvía más verde y menos agreste tras la ventana, Draco se quedó mirando el interior del vagón con extrañeza.
—Saben... —dijo Draco de repente, pasando la mano por el tapiz del asiento—, es la primera vez que me subo al Expreso.
El silencio cayó en el compartimento. Theo, Neville y Rolf dejaron de hablar y lo miraron fijamente, como si acabara de decir que nunca había visto una varita.
—Es verdad —murmuró Theo, asintiendo lentamente mientras recordaba—. La primera vez, cuando llegamos en septiembre, tú no estabas en el tren. Tu padre te llevó directamente a Hogwarts por una red flu, ¿no? Por una de las chimeneas del despacho de Snape.
—Y en Navidad no fuiste a tu casa —añadió Neville, recordando cómo Draco se había quedado en el castillo.
—Así que este es tu primer viaje real —concluyó Rolf con una sonrisa, ofreciéndole una rana de chocolate—. Bienvenido a la experiencia completa de ser un estudiante de Hogwarts, Draco. El Expreso es donde ocurren las mejores cosas... o donde conoces a tus peores enemigos.
Draco tomó la rana, observando cómo el tren avanzaba dejando atrás el castillo que ahora, más que una escuela, sentía como su verdadero hogar.
—Es ruidoso —comentó Draco, tratando de recuperar su tono de superioridad, aunque sus ojos brillaban de emoción—, y los asientos no son de seda precisamente... pero creo que podría acostumbrarme a viajar con ustedes.
Comieron dulces hasta que no pudieron más, mientras el tren pasaba a toda velocidad por las ciudades de los muggles, dejando atrás los valles neblinosos del norte. Poco a poco, se quitaron las túnicas de magos para ponerse camisas, jerseys y abrigos; Draco se sentía extraño vistiendo ropa civil, aunque su abrigo era, por supuesto, de la mejor lana disponible.
Al fin, bajaron en el andén nueve y tres cuartos. El ambiente en la estación King's Cross era un caos de baúles, lechuzas ululando y padres ansiosos. Tardaron bastante en salir; un viejo y enjuto guarda controlaba la salida en la taquilla, dejando pasar a los alumnos de dos en dos o de tres en tres para no alarmar a los muggles con una marea de gente saliendo de una pared sólida.
Draco estaba esperando su turno junto a Neville, Rolf y Theo, cuando una voz conocida lo detuvo.
—¿Draco? ¿Podemos... podemos hablar un momento?
Harry Potter estaba frente a él, luciendo un poco desaliñado y visiblemente nervioso. Draco lo observó un instante con curiosidad y asintió, dejando su carrito bajo la vigilancia de Neville, quien le dio un pulgar arriba con una sonrisa cómplice.
Se alejaron un poco del bullicio, cerca de una de las columnas de hierro del andén.
—Dime, Potter, ¿qué es tan urgente que no pudo esperar al próximo curso? —preguntó Draco, ladeando la cabeza con esa sonrisa burlona que ya era su marca registrada.
Harry se rascó la nuca, evitando el contacto visual directo.
—Es que... pensaba que tal vez podríamos intercambiarnos cartas estas vacaciones —soltó el moreno de golpe—. Ya sabes, para saber cómo va todo... y eso.
Draco no respondió de inmediato. Siguió con la cabeza ladeada y, debido al movimiento, un rebelde rizo negro cayó sobre sus ojos, ocultando parte de su mirada gris.
Harry, que parecía incapaz de mantener las manos quietas debido a los nervios, hizo algo que sorprendió a ambos. Antes de que Draco pudiera apartarse el cabello, Harry extendió la mano y, con una delicadeza inesperada, le acomodó el rizo detrás de la oreja. Sus dedos rozaron la piel de Draco por apenas un segundo, pero fue suficiente para que el aire entre ambos cambiara.
Draco se quedó mudo por un instante, sintiendo un calor repentino en las mejillas que nada tenía que ver con la temperatura de la estación.
—No sabía que ahora eras mi peluquero personal, Potter —logró decir Draco, aunque su voz no sonó tan mordaz como pretendía; de hecho, sonó casi suave—. Pero supongo que... si mi lechuza encuentra tu casa muggle, podría enviarte algo. Solo para asegurarme de que no te han convertido en un elfo doméstico, claro.
Harry sonrió, una sonrisa amplia y genuina que hizo que sus ojos brillaran tras sus gafas pegadas con cinta.
—Estaré esperando, Draco. Feliz verano.
Draco lo vio alejarse hacia donde los Weasley lo esperaban, sintiendo todavía el ligero rastro del contacto en su oreja. Volvió con sus amigos con la cabeza un poco en las nubes.
—¿Y bien? —preguntó Theo con una ceja levantada cuando Draco regresó al carrito—. ¿Qué quería el Niño que Vivió?
—Oh, nada —respondió Draco, recuperando su compostura y empezando a empujar su baúl hacia la salida—. Solo quería asegurarse de que no me olvidara de enviarle mi autógrafo durante el verano.
A pesar de sus palabras, Draco no dejó de tocarse el cabello durante todo el camino hasta la salida, preguntándose cuántas cartas cabrían en una sola lechuza.
Cuando Theo y Draco cruzaron finalmente la barrera, el aire ligero de la estación se volvió denso y frío. Allí, esperándolos con una postura impecable y una sonrisa que no llegaba a sus ojos, estaba el señor Nott. Su mirada recorrió a Draco con una burla mal disimulada, como si supiera un secreto que el rubio aún no descubría.
—Vaya, Draco —dijo el hombre con voz arrastrada—. Tu padre me pidió que pasara por ti. Los Malfoy han tenido que adelantarse; parece que tienen asuntos urgentes que discutir con la familia Delacour.
Draco dudó, sintiendo un nudo en el estómago. Al mirar a su lado, vio a Theo tensarse de una manera que solo alguien que ha crecido bajo esa misma sombra podría notar.
—¿Cómo está Katte? —preguntó Theo con un tono mordaz. No era una pregunta de afecto, sino un recordatorio cortante, lanzado con una cortesía tan afilada que dejaba claro que solo lo hacía por compromiso social y para marcar territorio frente al mayor de los Nott.
Rolf y Neville, que acababan de cruzar la barrera, se apresuraron a acercarse al grupo al notar que algo no iba bien. Sin embargo, Draco, sin girar la cabeza, levantó una mano y les hizo una seña firme: no se acerquen. Los dos se detuvieron en seco, intercambiando una mirada de preocupación al ver la rigidez en los hombros de Theo.
—Iré al baño —soltó Draco de repente, rompiendo la tensión—. Adelántense si quieren, los alcanzo en la salida.
El señor Nott asintió con una elegancia gélida y tomó el carrito de Draco sin preguntar. Pero antes de caminar, puso sus manos sobre los hombros de su hijo, sujetándolo con una fuerza que pretendía ser protectora pero que parecía más una cadena. Draco observó cómo se alejaban: Theo caminaba con la espalda demasiado recta, como un soldado hacia el patíbulo, bajo el control de su padre.
En cuanto estuvieron a una distancia segura, Draco se dio la vuelta y se acercó rápidamente a Rolf y Neville. Su expresión de suficiencia se desmoronó por un momento, dejando ver la preocupación.
—Escúchenme —susurró Draco, mirando de reojo hacia donde los Nott desaparecían entre la multitud muggle—. Theo va a estar bajo vigilancia este verano. No le envíen cartas oficiales. Su padre es... complicado.
Neville asintió, apretando los puños.
—¿Y tú, Draco? ¿Estarás bien? —insistió Neville.
Antes de que Draco pudiera responder con alguna frase ingeniosa para restarle importancia al asunto, tres personas mayores se abrieron paso entre la multitud del andén. Con una agilidad sorprendente para su edad, una mujer de aspecto severo y sombrero con un buitre disecado puso sus manos sobre los hombros de Neville, mientras que una pareja de aspecto mucho más jovial y aventurero hizo lo mismo con Rolf.
Rolf dio un salto de alegría, sus ojos se iluminaron y toda la tensión del momento anterior con el señor Nott pareció evaporarse.
—¡Abuelos! —exclamó Rolf, rebosante de vida—. ¡Tienen que conocerlos! Ellos son mis amigos.
Neville, aunque un poco más cohibido bajo la garra de su abuela, no se quedó atrás y comenzó las presentaciones con voz temblorosa pero decidida.
—Abuela, él es Draco Malfoy... y Rolf Scamander —dijo Neville.
La abuela de Neville, Augusta Longbottom, entrecerró los ojos y ajustó su bolso de piel de buitre mientras escrutaba a Draco de arriba abajo. Su mirada era gélida, cargada de todo el peso de la historia de los Malfoy; claramente, para ella, Draco no era más que el hijo de su padre. Sin embargo, cuando giró la vista hacia Rolf, su expresión se suavizó ligeramente, tratándolo casi como a un ángel por la buena influencia que, según ella, ejercía sobre su nieto.
Por el contrario, los Scamander eran todo calidez. El abuelo de Rolf, Newt, con sus ropas de viaje algo desgastadas y ojos curiosos que parecían buscar alguna criatura invisible en el aire, y su esposa Tina, miraron a Draco y a Neville con el mismo cariño genuino con el que miraban a su propio nieto.
—¿Así que tú eres el joven Malfoy del que Rolf tanto nos ha escrito? —preguntó el abuelo Scamander con una sonrisa amable, ignorando por completo la mirada de advertencia de la señora Longbottom—. Dice que eres un experto en pociones y que tienes un sentido del humor... peculiar. Gracias por cuidar de nuestro muchacho.
Draco, que estaba acostumbrado a ser juzgado o temido, se quedó un momento sin palabras ante la amabilidad de los Scamander. Se enderezó, recuperando su compostura, y les hizo una breve inclinación de cabeza.
—Es un placer, señores Scamander. Y señora Longbottom —añadió Draco, manteniendo el tono respetuoso a pesar del evidente desprecio de la mujer.
—Vámonos, Neville —sentenció la abuela Longbottom, tirando del hombro de su nieto—. Tenemos mucho que hacer y no quiero que te distraigas con malas compañías antes de llegar a casa.
Neville le dedicó a Draco una mirada de "lo siento" mientras era arrastrado, pero Rolf se despidió con un abrazo rápido y desordenado.
—¡Escríbeme, Draco! ¡Mis abuelos tienen un jardín lleno de Knarls que tienes que ver! — gritó Rolf mientras se alejaba con sus abuelos, quienes caminaban hablando animadamente sobre expediciones al extranjero
Continuara...
