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Tira azul

Chapter 5

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El viaje a Nueva Jersey para disputar la final del Mundial fue pura adrenalina.

Bajaron del autobús escoltados por un cordón de seguridad bajo los gritos de cientos de aficionados. Mikel y Unai hicieron todo el recorrido juntos, desde la puerta del vehículo hasta la zona de carga de equipajes en el vestíbulo. Caminaban pegados, hombro con hombro, esquivando a compañeros y asistentes.

En esta ocasión no hubo margen para el error. Las maletas habían sido descargadas con una precisión minuciosa por el personal de la Federación, alineadas en dos filas perfectas. Mikel identificó la suya al instante por la cinta azul, mientras que Unai agarró la suya mostrando la etiqueta con un gesto teatral.

Al agacharse a por sus respectivas maletas, Unai le dio un empujón suave pero juguetón con el hombro a Mikel.

—No nos confundimos esta vez, ¿eh? —dijo el portero en voz baja, dedicándole una sonrisa de lado, corta pero cargada de complicidad.

Mikel le devolvió la sonrisa mientras enderezaba el cuerpo, ajustando el asa.

Sin embargo, por dentro, una punzada amarga le apretó el pecho. La perfección del momento traía consigo una certeza inevitable: el torneo se acababa. En dos días jugarían la final, la burbuja de la Selección se rompería y cada uno volvería a su vida, a su club y a su rutina. Se acababan los hoteles compartidos, las cenas de equipo y, sobre todo, se acababa la excusa absurda de las maletas cambiadas.

Entonces, dos días después, España se proclamó campeona del mundo.

La frase aún resonaba con el eco confuso de un sueño en la cabeza de Mikel apenas unos días después. Atrás había quedado todo el caos tras el pitido final en Nueva Jersey y el vuelo de regreso a Madrid, un recuerdo borroso por el cansancio acumulado. 

Pero si algo se le había quedado grabado a fuego era la imagen del autobús descapotable abriéndose por las avenidas de la capital, rodeado por un mar de millones de personas que chillaban hasta quedarse sin voz.

En la parte superior del autobús, Mikel y Unai habían hecho prácticamente todo el recorrido el uno al lado del otro. 

Se habían pasado horas riéndose de cualquier tontería que pasaba a su alrededor: desde la torpeza de Lamine, que intentó levantar la Copa del Mundo sosteniendo el vaso de refresco con la boca y, al echar el cuerpo hacia atrás para alzar el trofeo, terminó echándose toda la bebida por encima de la camiseta; hasta ese momento surrealista en el que Rodri se subió a la barra del autobús, con una pierna apoyada arriba y la otra en el suelo, moviendo la pelvis mientras una de las cámaras del equipo de prensa les enfocaba de lleno a Unai y a Mikel descojonándose de la risa.

Hubo momentos en los que Unai le agarraba del hombro a Mikel para que no se escurriera con los frenazos del autobús, señalándole a algún aficionado disfrazado en la multitud o compartiendo una mirada cargada de complicidad cada vez que el trofeo pasaba de mano en mano. Para el mundo exterior era simplemente la euforia de dos compañeros de selección celebrando una hazaña histórica, pero para ellos era algo que no querían que se terminara.

Todo había transcurrido así, como un tifón de confeti, champán, discursos, abrazos y música retumbando en los oídos hasta el agotamiento.

Hasta que la masa se disolvió, los focos se apagaron y el silencio volvió de golpe.

Mikel estaba por fin en el salón de su casa en San Sebastián. La noche caía sobre la costa vasca con una llovizna fina y constante que golpeaba rítmicamente contra los cristales. La medalla de oro descansaba sobre la mesa de centro, brillando bajo la luz de una lámpara auxiliar.

El contraste entre el estruendo de la celebración y la soledad repentina de su hogar era brutal. Mikel vagaba por la casa en pantalón de chándal y descalzo, sintiendo la resaca emocional pesándole en las piernas. Echaba de menos el ruido, el vestuario... pero, por encima de todo, echaba de menos una presencia muy concreta. 

Desde que se despidieron en el aeropuerto de Barajas entre abrazos apurados y promesas de verse pronto, no habían tenido un solo minuto para hablar con calma. Unai había puesto rumbo a Bilbao casi de inmediato, y la incertidumbre de no saber exactamente qué eran cuando los focos se apagaban mantenía a Mikel en un estado de inquietud constante.

El tono de notificación de WhatsApp rompió el silencio.

Mikel caminó hasta la encimera de la cocina y cogió el teléfono. Al ver el nombre en la pantalla, el corazón le dio un vuelco ridículo.

Unai: No te lo vas a creer.

Mikel frunció el ceño, apoyando el codo en la superficie de madera mientras tecleaba rápido con el pulgar.

Mikel: ¿El qué?

La respuesta tardó apenas tres segundos en llegar.

Unai: Tengo tu maleta.

Mikel se quedó mirando la pantalla, parpadeando con incredulidad. Soltó un bufido que fue mitad risa y mitad desesperación, pasándose la mano por la cara.

Mikel: No me jodas.

Mikel: Unai, que estamos en casa. Que bajamos del avión hace casi un día. ¿Cómo vas a tener mi maleta?

Unai: He ido a sacar el segundo par de botas para limpiarlas y he visto la cinta azul. Te lo juro por mi madre.

Mikel: Eres un caso de estudio, de verdad. Un peligro público.

Unai: Oye, que la culpa es de los de logística por meterlas juntas en el furgón de Barajas. ¿Qué hacemos? Mañana empiezo los entrenos de pretemporada y necesito mis cosas.

Mikel contempló el mensaje durante unos segundos. Podría enviarla por Correos por la mañana. Podrían esperar al fin de semana. Era la opción lógica, la opción prudente. Pero la perspectiva de quedarse otra noche entera en ese salón en silencio, dándole vueltas a la cabeza, le resultaba insoportable.

Mikel: Ponte algo de ropa. Te mando la ubicación de una gasolinera que nos queda a mitad de camino en la autopista.

Mikel: 📍 Ubicación: Estación de Servicio MLC Elgoibar

Unai: De acuerdo. Estoy allí en cuarenta minutos.

Unai: No te dejes mi maleta, campeón.

Mikel: Tira para allá y cállate.

Mikel bajó al garaje, metió la maleta de Unai en su maletero y condujo por la autopista en medio de la noche. Los limpiaparabrisas marcaban un compás lento contra el cristal. Apenas había tráfico a esas horas; solo algún camión pesado de mercancías.

Tomó la salida hacia el área de servicio de Elgoibar, ubicada estratégicamente en un punto a medio camino entre Bilbao y San Sebastián. 

Fueron cuarenta minutos de autopista que se le hicieron eternos. Mikel condujo con la música floja, casi inaudible. Tenía la cabeza a mil por hora. Apretando inconscientemente el volante más de la cuenta cada vez que repasaba la conversación por WhatsApp, preguntándose si de verdad estaba haciendo esa locura de salir a medianoche en mitad de una tormenta solo por cambiar una maleta oficial de la Federación. 

Cuando llegó, el aparcamiento estaba prácticamente vacío. Las luces fluorescentes de la gasolinera proyectaban un reflejo anaranjado sobre el asfalto mojado.

Aparcó su coche, apagó el motor y esperó. Ocho minutos más tarde, los faros de un Range Rover negro iluminaron el espejo retrovisor. El vehículo se detuvo justo a su lado.

Mikel abrió la puerta y salió al aire frío y húmedo de la noche. Unai ya estaba fuera de su coche. Llevaba una sudadera oscura con la capucha puesta sobre la cabeza y unos pantalones deportivos. 

—Qué ambiente más clandestino, ¿no? —dijo Unai a modo de saludo, con la voz ronca por el frío, esbozando una sonrisa leve mientras caminaba hacia la parte trasera de su maletero.

—Parecemos dos contrabandistas —respondió Mikel, acortando la distancia entre los dos mientras se subía la cremallera de la chaqueta—. Todo por culpa de tu incapacidad absoluta para leer una etiqueta de equipaje.

Unai presionó el botón del maletero de su coche y este se abrió lentamente, dejando ver la maleta de Mikel con su tira azul.

—Oye, que en Barajas había tres mil personas gritando y los de seguridad nos llevaban a empujones —se justificó el portero, sacando la maleta de Mikel mientras este dejaba la de Unai en el suelo para hacer el intercambio—. Vi la maleta, la metí al maletero y tiré para Bilbao. Bastante que no me dejé las llaves de casa allí.

—Es que no me cabe en la cabeza. Una vez en Tennessee, vale. Otra en California, te lo paso. ¿Pero en Madrid? Después de un mes entero con la maldita maleta arriba y abajo...

Mikel se interrumpió a sí mismo.

Se dio cuenta de que Unai no estaba respondiendo a la broma. El portero se había quedado de pie frente a él, con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera, mirándole en silencio. La luz de la gasolinera le daba un matiz suave a sus rasgos, eliminando cualquier rastro de la guasa habitual. Tenía la mirada fija en Mikel, seria, tranquila y extrañamente profunda.

El silencio de la autopista los envolvió de nuevo, interrumpido solo por el siseo del viento entre los árboles.

—Unai... —murmuró Mikel, arrugando levemente el entrecejo—. ¿Qué pasa?

Unai dejó escapar un largo suspiro que se convirtió en una pequeña nube de vapor blanco en el aire frío. Se sacó las manos de los bolsillos y dio un paso lento hacia delante, reduciendo el espacio entre ambos hasta quedarse tan cerca como aquella noche en la terraza de Texas.

—Solo me confundí la primera vez, Mikel —dijo Unai con voz suave.

Mikel parpadeó, descolocado por las palabras.

—¿Qué?

—En Chattanooga —continuó Unai, sosteniéndole la mirada sin pestañear—. La única vez que me equivoqué de verdad con tu maleta fue el primer día en Tennessee. Cuando vi la ropa que no era de mi talla.

Mikel se le quedó mirando, sintiendo cómo el engranaje de su mente se detenía por completo.

—No... No te entiendo.

—Todas las demás veces —explicó Unai despacio, rozando la comisura de sus labios con una sonrisa leve y casi tímida—... El hotel de California tras lo de Bélgica, el vestíbulo de Dallas... y la de Barajas al volver del viaje. Todas las demás veces la cogí a propósito.

El aire pareció congelarse en los pulmones de Mikel. Se quedó inmóvil bajo la luz de la parada de la autopista, procesando la confesión frase por frase.

—¿Las cogiste... a propósito? —repitió Mikel en un hilo de voz.

—Me acercaba al maletero del autobús o iba a la cinta de equipajes, buscaba la cinta azul y la agarraba antes de que tú llegaras —admitió Unai, encogiéndose levemente de hombros con una mezcla de vergüenza y honestidad absoluta—. Porque sabía que era la única excusa que tenía para hacerte venir a mi habitación. O de tener una excusa para ir a buscarte yo sin que Merino, Zubimendi o cualquiera sospechara nada.

Mikel sintió un calor repentino subiéndole por el cuello, un latido acelerado que le retumbaba en los oídos por encima del ruido de la brisa. Recordó cada entrega de equipaje, las conversaciones a oscuras sobre la cama tras el partido contra Bélgica, las risas contenidas en los pasillos y la cercanía sofocante de la terraza de Texas. Todo había sido un camino trazado de manera deliberada.

—Eres un gilipollas, Unai —consiguió articular Mikel, aunque la voz le tembló ligeramente y una sonrisa torcida, desarmada y llena de alivio empezó a dibujarse en su cara.

—A lo mejor un poco —aceptó Unai en un susurro, acercándose un centímetro más—. Pero ha funcionado, ¿no? Estás aquí. En mitad de la autopista a las doce de la noche.

—Porque pensaba que de verdad eras retrasado y no sabías leer tu propio nombre —protestó Mikel suavemente, aunque ya no dio ni un solo paso hacia atrás.

—Mikel —le interrumpió el guardameta, perdiendo la poca distancia que les quedaba—. Se acabó el Mundial. Se acabaron las concentraciones y las maletas del patrocinador. Y no quería pasarme las vacaciones preguntándome si todo esto había sido solo por la tensión del torneo.

Mikel levantó la vista, encontrándose con los ojos de Unai en la penumbra. Solo estaban los dos, en el parking solitario de una gasolinera, con una medalla de oro guardada en casa y una verdad innegable flotando entre ambos.

Mikel no dijo nada más. Alargó las manos, agarró las solapas de la sudadera de Unai y tiró de él hacia abajo con firmeza.

El beso fue directo, cálido y profundo. Unai respondió al instante, envolviendo la cintura de Mikel con sus brazos y tirando de él hacia su cuerpo hasta dejarlo completamente pegado a su pecho. El frío de la noche vasca desapareció de golpe, reemplazado por la urgencia contenida de semanas de miradas y avances a medias.

Se besaron junto al maletero abierto del coche, mientras la lluvia fina seguía cayendo suavemente sobre el asfalto. Era un beso lento, torpe al principio por la sorpresa, pero que rápidamente se volvió firme. Unai buscó la nuca de Mikel con una de sus manos, profundizando el contacto con un suspiro.

Cuando finalmente se separaron para tomar aire, ninguno de los dos se alejó del todo.

Se quedaron con las frentes apoyadas la una contra la otra, sintiendo la respiración agitada del otro rozándoles la piel.

Mikel dejó ir una risa corta, negando con la cabeza sin romper el contacto de sus frentes.

—Vas a tener que inventarte una excusa mejor para la próxima vez —murmuró Mikel, rozando la mejilla de Unai con el pulgar—. Porque no pienso volver a conducir hasta Elgoibar a medianoche solo para cambiar una puta maleta.

Unai sonrió contra sus labios, apretando el agarre en su cintura con una ternura que deshizo cualquier rastro de la timidez del portero.

—Para la próxima no me voy a inventar nada —respondió Unai suavemente, dándole un beso corto y firme en la esquina de la boca—. Para la próxima simplemente te voy a decir que te vengas a Bilbao. O me voy yo a San Sebastián contigo.

Mikel sonrió, cerrando los ojos mientras se dejaba llevar por la calma de su abrazo. El trofeo del Mundial ya era cosa del pasado, pero allí, en el parking helado de la autopista, con las dos malditas maletas por fin en el maletero correcto, supieron que ya no necesitaban ninguna confusión de equipaje para volver a verse.

Notes:

gracias a todxs los que habéis leído hasta aquí y os habéis quedado a comentar o a dejar kudos.

espero que os haya gustado el cierre!!

<33

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