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Tiempo muerto

Summary:

Sin el lío de las maletas de por medio, a Mikel y a Unai solo les quedan las notificaciones a deshoras, las fotos absurdas durante las vacaciones y una tensión que ninguno sabe muy bien cómo nombrar. Con la pretemporada a punto de empezar y el margen de tiempo agotándose, solo hace falta una combinación de vuelos sospechosamente conveniente para volver a ponerse a prueba cara a cara.

 

O: Unai usa la palabra «logística» para no tener que admitir que echa de menos a Mikel

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

La escena de la gasolinera de la AP-8 duró lo que tenía que durar. Sin discursos dramáticos ni nada por el estilo, solo un beso rápido contra la puerta del coche y la lluvia cayendo con fuerza sobre el aparcamiento de Elgoibar. 

Cuando Mikel arrancó de nuevo en dirección a San Sebastián pasadas las dos de la mañana, su maleta ya estaba en el maletero correcto. Era una estupidez, pero ahora que la maleta estaba donde tenía que estar, a Mikel le quedaba la sensación extraña y casi absurda de haberse quedado sin su escudo.

El primer mensaje llegó a las dos y treinta y siete de la mañana, justo cuando Mikel aparcaba en el garaje de su casa en Donosti.

Unai (02:37): He llegado bien. ¿Tú? 

Mikel (02:38): Entrando ahora. La maleta sigue de una pieza. 

Unai (02:39): Me alegro. Me habría jodido tener que ir a buscarla a un acantilado.

Mikel se quedó mirando la pantalla en la penumbra del garaje, con la llave de casa apretada entre los dedos y la espalda apoyada en el asiento. Sonrió de lado y no respondió. No hizo falta.

A partir de esa noche, el espacio entre Bilbao y San Sebastián dejó de medirse en kilómetros de autopista y pasó a medirse en notificaciones.

Las dos semanas siguientes transcurrieron en una especie de limbo extraño. La fiebre del Mundial empezó a bajar, aunque los resúmenes en la tele y las fotos del descapotable en Madrid seguían saliendo a todas horas. La rutina de Mikel, sin embargo, se había reducido a la pantalla de su teléfono.

No tenían conversaciones intensas ni profundas. Nunca lo habían sido con Unai, y a Mikel le gustaba que fuera así. 

Unai le mandaba fotos del desayuno desastroso que se preparaba nada más levantarse, quemando las tostadas la mitad de las veces; Mikel le respondía con fotos del tiempo gris en la costa o de la comida que le preparaba su familia. Si Unai salía a correr por el monte, le enviaba una captura del GPS («Hoy me pesan las piernas como si llevara tu maleta a cuestas»). Y si Mikel pasaba por delante de algún escaparate en Donosti con una foto gigante de la Selección levantando la Copa, le sacaba una foto haciendo zoom a la cara de Unai y se la mandaba con un «Mira, el de la esquina derecha sigue sin saber posar».

Pero el carrete de Unai parecía no tener fin cuando le daba por tocar las narices.

Una tarde de domingo, Mikel recibió una notificación con un archivo adjunto. Era una captura de pantalla de Google, una foto de Mikel de hacía por lo menos tres años, con el pelo un poco más largo y una perilla bastante cuestionable.

Unai (17:14): [Imagen adjunta]

Unai (17:14): Te tienes que volver a dejar esto.

Mikel (17:16): ¿Pero qué coño haces buscando fotos mías de 2023?

Unai (17:17): Me ha salido en Twitter. Te quedaba bien, no te voy a mentir. Te daba un aire de tío duro que ahora mismo no tienes.

Mikel (17:18): Tengo la cara que tengo, Simón. Y no me voy a dejar perilla en pleno julio.

Unai (17:20): Piénsatelo. Si te la dejas para cuando volvamos a vernos, igual hasta te hago caso y todo.

Mikel (17:21): Qué gilipollas eres.

Mikel se quedó mirando el móvil con una sonrisa en la boca, negando con la cabeza antes de tirar el teléfono sobre el sofá.

Hablaban por la mañana, al mediodía y, sobre todo, por la noche, cuando la casa se quedaba en silencio y el peso de las dos semanas de vacaciones obligatorias empezaba a notarse. 

—Me voy a Menorca cuatro días con los de toda la vida —le contó Mikel una noche por teléfono, tirado en la cama de su habitación de siempre, viendo girar el ventilador del techo—. Una casa rural cerca de Ciutadella. Calitas y cero fútbol.

—Te viene bien —escuchó la voz de Unai al otro lado, grave y pausada—. Desconecta un poco. Que bastante has tenido con aguantarme a mí un mes entero.

—En eso tienes razón —bromeó Mikel, aunque en el fondo la idea de irse a Menorca sin saber cuándo volvería a ver a Unai le dejaba un regusto extraño en la boca—. ¿Tú qué vas a hacer?

—Poco. A la playa de la zona un par de días, estar con la familia... Y luego me subo a Grecia con un par de amigos. A una isla pequeña de estas que no conoce ni Dios, a tirarme al sol y no pensar en nada hasta que nos citen para los reconocimientos médicos.

—¿Cuándo te vas?

—El jueves.

—Yo me voy el miércoles.

Se hizo un silencio breve en la línea. No era un silencio incómodo, sino uno de esos vacíos cargados de cosas que ninguno de los dos se atrevía a decir del todo. Desde el beso del parking no se habían vuelto a ver en persona. Habían cruzado la frontera de los mensajes y las llamadas con una facilidad pasmosa, como si llevaran años haciéndolo, pero el terreno físico seguía siendo una incógnita. No eran novios. Ni siquiera sabían muy bien qué etiqueta ponerle a lo que había pasado en una gasolinera a las dos de la mañana tras ganar un Mundial. Simplemente eran dos tíos que se buscaban porque no sabían muy bien cómo hacer otra cosa.

—Pásalo bien en Menorca, Oyar —dijo Unai finalmente.

—Y tú en Grecia, Simón. Ten cuidado con el sol, que te pones rojo a la primera de cambio.

—Que te den —se rió el portero antes de colgar.

Menorca fue exactamente lo que Mikel necesitaba y, al mismo tiempo, lo que menos le apetecía.

Se fue con su grupo de amigos de Donosti, los que no tenían nada que ver con el fútbol profesional y a los que les daba exactamente igual si jugaba en la Real Sociedad o si venía de meter cinco goles en un Mundial. Alquilaron un barco pequeño, recorrieron las calas del sur y pasaron las tardes cenando calamares en los chiringuitos de la costa con la piel ardiendo por el sol de julio.

Pero aun así, Mikel no terminaba de estar ahí al cien por cien.

Su teléfono, que normalmente se quedaba tirado sobre la toalla o en la mesa del barco sin que le prestara demasiada atención, se convirtió en prácticamente una extensión de su mano. Se encontraba a sí mismo buscando cobertura entre las rocas solo para ver si Unai le había enviado algo desde la otra punta del Mediterráneo.

Y Unai, por supuesto, enviaba.

Envió una foto de un puerto griego lleno de barcas de colores con el mensaje: «Aquí las maletas las mueven en burro. Te vendría bien el sistema».

Envió un vídeo de tres segundos de un gato dormido en mitad de una calle.

Envió una foto de sus pies llenos de arena en una playa: «Esto quema más que el banquillo en Dallas».

Mikel le devolvía fotos de sus amigos en el chiringuito, de las puestas de sol sobre el mar, acompañadas de mensajes cortos.

Mikel (22:14): Hace demasiado calor aquí. No se puede ni dormir.

Unai (22:18): Ponte el aire.

Mikel (22:19): No hay aire en esta casa rural de mierda.

Unai (22:21): Mala suerte. En mi hotel el aire funciona de puta madre. Lástima que estés a tres mil kilómetros.

Mikel leía eso y se le escapaba una risa floja mientras se pasaba la mano por la nuca. 

Sabían que las vacaciones se estaban acabando. En menos de cinco días, las plantillas del Athletic y de la Real Sociedad estaban convocadas para iniciar la pretemporada. Eso significaba volver a la rutina de los entrenamientos, los viajes de equipo y la presión. Significaba que el margen para improvisar escapadas a medianoche en gasolineras se reduciría a cero.

El penúltimo día de vacaciones, Mikel estaba sentado en la terraza del aeropuerto de Menorca, esperando el vuelo de vuelta a Barcelona para hacer escala antes de volar a San Sebastián. Llevaba las piernas estiradas y la mochila del equipaje de mano tirada entre los pies. El aeropuerto estaba abarrotado de turistas con niños, sombrillas de playa mal empaquetadas y maletas rodando por el suelo de azulejos.

Sacó el teléfono y le escribió a Unai.

Mikel (16:30): Ya estoy en Menorca esperando el avión. Se acabó lo bueno. 

Unai (16:32): Yo salgo de Atenas en dos horas. 

Mikel (16:33): ¿A qué hora llegas a Bilbao? 

Unai (16:35): No voy directo a Bilbao. Hago escala en Barcelona.

Mikel frunció el ceño, apoyando los codos en los muslos.

Mikel (16:36): ¿Escala en Barcelona? Pero si hay vuelos directos Atenas-Bilbao. 

Unai (16:40): Ya, pero la combinación me salía peor. Llego a El Prat a las 19:15. Salgo para Bilbao a las 22:30. Tengo tres horas muertas ahí.

Mikel se quedó mirando el mensaje. Luego bajó la mirada hacia su billete. Su vuelo Menorca-Barcelona aterrizaba a las 18:50. Y su enlace Barcelona-San Sebastián salía... a las 22:10.

Se le aceleró el pulso de golpe. Un hormigueo conocido, el mismo que había sentido dos semanas atrás al coger la salida de Elgoibar en la autopista, le subió por el estómago.

Mikel (16:40): Unai. 

Unai (16:41): Dime. 

Mikel (16:42): Dime que no has cogido la escala de Barcelona a las siete de la tarde a propósito.

Unai (16:45): No sé de qué me hablas. La logística del vuelo la llevó una agencia.

Mikel soltó una carcajada limpia en mitad de la terminal, llamando la atención de una familia de alemanes que tenía al lado. Negó con la cabeza, pasándose la mano por la cara. Era la excusa más mala y absurda de la historia. De nuevo la logística. 

Mikel (16:47): Eres un mentiroso de mierda. 

Unai (16:48): Mi vuelo sale en veinte minutos. Te veo en la sala VIP de la T1 a las siete y media. Trae la maleta, no sea que nos la volvamos a cambiar.

Mikel guardó el teléfono, cogió su mochila y se levantó de la silla. Caminó hacia la puerta de embarque sabiendo que tres horas en El Prat se les iban a quedar cortísimas.