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Hay una ciencia no escrita en el caos logístico de mover a veintiséis futbolistas profesionales por el mapa. Visto desde fuera, la gente podría asumir que todas las maletas de la expedición oficial de la Selección Española eran idénticas: rectángulos rígidos de color oscuro, con el escudo bordado en una esquina y un diseño impecable proporcionado por el patrocinador de turno. Pero la realidad era bastante más caótica y colorida.
Si te fijabas con suficiente atención en la cinta de equipajes de cualquier aeropuerto del mundo, las maletas terminaban desarrollando personalidades propias. La de Lamine, por ejemplo, no era solo la más grande del cargamento, sino que venía decorada con pegatinas de marcas, graffitis personalizados y un llavero gigante que colgaba del asa. La de Pubill llevaba tres etiquetas de vuelos pasados que se negaba a arrancar por pura superstición. Las de algunos venían repletas de fundas de consolas portátiles atadas a las asas, mientras que las de otros eran maletas impecables, con candados dobles y el cuero pulido hasta el brillo.
Luego estaba la de Mikel Oyarzabal. Sobria, ordenada, empaquetada con la precisión de quien lleva años organizando su propia vida sin margen para la improvisación. O al menos, eso era lo que Mikel pensaba de su equipaje.
Llegar a la base de operaciones en Chattanooga, Tennessee, para dar comienzo a la fase de grupos del Mundial había sido un suplicio de más de catorce horas entre vuelos, escalas, controles de pasaportes y un autobús con el aire acondicionado puesto a temperatura ártica. La humedad del sur de Estados Unidos les había recibido como un puñetazo en la cara al bajar del autobús, pero el hotel de concentración era un oasis de silencio, alfombras gruesas y luz tenue.
Mikel arrastró su trolley por el pasillo del hotel, sintiendo el hombro molido y la cabeza pesada por el cansancio. Tenía la mente puesta exclusivamente en una ducha caliente, una cena rápida y la perspectiva gloriosa de desplomarse sobre una cama de matrimonio gigantesca.
Llegó a su habitación, cerró la puerta y dejó caer su maleta al suelo. Se arrodilló frente a ella, metió los dedos en las ruedas numéricas del candado lateral y giró los dígitos hasta marcar su combinación de toda la vida: 1-1-1-1. Un código absurdo, poco seguro y ridículamente simple, pero que llevaba usando desde que tenía catorce años porque jamás se le daba bien recordar secuencias largas cuando estaba cansado.
Los dos enganches metálicos saltaron con un clack seco. Mikel levantó la tapa superior de la maleta mientras se quitaba la sudadera por la cabeza... y se quedó completamente congelado, con la tela de la sudadera atascada a la altura de los ojos.
Parpadeó. Se quitó la sudadera del todo y volvió a mirar.
En lugar de sus camisetas perfectamente dobladas, sus sudaderas neutras, su neceser verde oscuro y un par de libros que se había traído para los ratos muertos, la maleta estaba repleta hasta arriba de ropa deportiva de un tamaño monumental. Pantalones térmicos que parecían sábanas, un par de sudaderas gigantescas con la etiqueta de la RFEF y, justo en el centro, aplastando un neceser rojo brillante, un par de guantes de portero profesionales.
Mikel se quedó en cuclillas, mirando las palmas amarillentas de los guantes con una mezcla de estupefacción y cansancio extremo.
—Que yo sepa... no me he cambiado de posición para jugar el Mundial —murmuró para sí mismo en el silencio de la habitación, pasándose una mano por la cara.
Metió la mano entre las capas de ropa gigante y buscó a tientas la costura interior donde solían coser la etiqueta identificativa del equipo. Encontró la tira de tela blanca y leyó en letras mayúsculas de imprenta: SIMÓN, U.
Mikel dejó ir un resoplido. Unai. Claro. ¿Quién si no?
Cerró la maleta de un golpe y no pudo evitar sentirse sorprendido de que el candado de Unai estuviera también configurado en algo tan ridículo.
Mikel decidió salir al pasillo en busca de respuestas. A pocos metros, Raya salía de su habitación cargando una bolsa de hielo para la rodilla.
—Oye, David —habló Mikel, apoyándose sobre el asa extendida de la maleta equivocada—. ¿Sabes en qué habitación han colocado a Unai?
Raya se detuvo, mirando alternativamente a Mikel y a la maleta que llevaba al lado.
—En la 408, al final del pasillo a la derecha. ¿Qué pasa? ¿Le llevas el desayuno a la cama?
Mikel ni se inmutó, limitándose a mirarle con una ceja entreabierta y la santa paciencia de quien lleva más de doce horas de viaje a las espaldas.
—Que se ha llevado mi maleta. O yo la suya, no sé —resopló Mikel, dando un leve empujón al asa—. Bueno, gracias. Hasta luego.
Raya soltó una carcajada corta antes de alejarse. Mikel caminó a lo largo del pasillo hasta dar con el número 408. El hotel estaba extrañamente silencioso; la mayoría de los jugadores estaban metidos en sus habitaciones intentando combatir el jet lag o hablando por videollamada con sus familias. Mikel se acomodó la maleta al lado y llamó a la puerta con dos golpes secos de nudillos.
Esperó unos segundos. Nada. Cuando estaba a punto de volver a llamar, la cerradura electrónica emitió un pitido verde y la puerta se abrió lentamente hacia dentro.
Unai Simón estaba de pie en el umbral. Llevaba una camiseta de tirantes gris de entrenamiento y un pantalón corto holgado. Tenía el pelo despeinado en todas direcciones, los ojos arrugados por el sueño y una expresión de despiste absoluto, como si acabara de ser arrancado de un sueño profundo en mitad de la tarde.
—¿Mikel? —preguntó Unai, rascándose la cabeza. Su voz sonó más grave y rasposa de lo habitual por el sueño—. ¿Pasa algo? ¿Hay reunión?
Mikel no pudo evitar que la mirada se le fuera por un instante a la envergadura del portero. Unai en el campo ya impresionaba, pero verlo de cerca, en el marco de una puerta de hotel, con los hombros ocupando casi todo el espacio, resultaba casi absurdo. Era gigante. Enormemente grande y absurdamente tranquilo.
—No, no hay reunión —dijo Mikel, empujando suavemente el asa de la maleta hacia delante—. Lo que hay es que tienes mi ropa y yo tengo tus guantes.
Unai bajó la vista hacia la maleta. Parpadeó dos veces, lento, procesando la información.
—Ah —dijo simplemente Unai. Se rascó la nuca y echó un vistazo por encima del hombro hacia el interior de su habitación, donde una maleta idéntica a la de Mikel descansaba sobre la banqueta del equipaje—. Hostia. Ya decía yo que veía los pantalones de entrenamiento un poco estrechos cuando he ido a desdoblar uno. Pensaba que me habían dado la talla equivocada en el reparto.
Mikel soltó un resoplido mitad risa, mitad incredulidad, negando suavemente con la cabeza.
—Eres un desastre, Simón. ¿Cómo no te has dado cuenta antes? Si la mía lleva una cinta azul clarita atada al asa.
—Bah, la cinta... Yo he visto una maleta azul al bajar del bus, he visto que la combinación abría con el uno-uno-uno-uno y he dicho: 'para dentro' —se justificó Unai, apartándose de la puerta para dejarle paso—. Pasa, pasa.
Mikel entró en la habitación de Unai. El espacio olía a aire acondicionado y a ese perfume que el portero usaba siempre. Sobre la cama de Unai había un par de libros de bolsillo y su teléfono móvil parpadeando con notificaciones. Mikel se acercó a la banqueta y cogió su propia maleta comprobando con alivio que la cinta azul seguía intacta, antes de dejar la de Unai en su lugar.
—Bueno, pues misterio resuelto —dijo Mikel, girándose con su maleta correcta en la mano.
Unai estaba apoyado contra el marco del baño, con los brazos cruzados sobre el pecho amplio. Tenía una pequeña sonrisa torcida en la cara, esa mitad burlesca y mitad tranquila que siempre ponía cuando estaba cómodo.
—Gracias por el servicio a domicilio, Oyarzabal.
—Venga, descansa un rato, que tenemos entreno mañana.
—Igualmente. Que duermas bien.
Mikel salió al pasillo y la puerta se cerró tras él.
Mientras caminaba de vuelta a su habitación arrastrando por fin su propia maleta, no pudo evitar sonreír para sus adentros. Había algo en la torpeza de Unai, en esa manera tan suya de quitarle importancia a todo lo que no fuera parar balones, que resultaba extrañamente relajante en mitad de la olla a presión que suponía un Mundial
