Chapter Text
La separación en el aeropuerto de Menorca había sido bastante más sencilla de lo que Mikel pensaba.
Sus amigos de Donosti, con los que llevaba compartiendo calas, cervezas a destiempo y partidas de cartas desde hacía cuatro días, no volvían con él a la costa vasca. A ellos les quedaba todavía un último tramo de vacaciones que no perdonaban por nada del mundo: cogían un enlace hacia Palma para enganchar tres días más de fiesta antes de volver a la rutina de sus trabajos.
—Que no se te olvide lavar la ropa de la maleta antes de entrenar, campeón, que con la carita de cansado que llevas no vas a aguantar ni el primer entrenamiento —le había soltado uno de sus amigos entre risas mientras se despedían en el control de seguridad.
—Iros a tomar por culo, anda. Tened cuidado en Mallorca y no la liéis mucho —les contestó Mikel, repartiendo abrazos rápidos antes de quedarse solo con su mochila al hombro y su billete en el teléfono.
Estar solo después de cuatro días de ruido ininterrumpido le dio un respiro casi necesario. Mientras el avión de Menorca a Barcelona completaba los escasos cuarenta minutos de vuelo sobre el Mediterráneo, Mikel no hizo más que mirar por la ventanilla, ajustándose los cascos y viendo cómo la luz de la tarde empezaba a caer sobre el agua.
Su vuelo aterrizaba en El Prat a las 18:50; el de Unai, procedente de Atenas, no tocaba tierra hasta las 19:15. Tenía algo más de veinte minutos de margen para ubicarse, atravesar la terminal y buscar un rincón donde no hubiera trescientos ojos mirándole.
Por su parte, la logística de Unai había sido igual de rocambolesca. Los dos colegas con los que había viajado a las islas griegas no tenían que volver a Euskadi esa noche. Uno de ellos vivía en el barrio de Gràcia desde hacía tres años por trabajo y el otro había aprovechado para volar directamente desde Atenas a Madrid a ver a su novia. Así que Unai era el único que tenía que salir volando hacia Bilbao antes de que empezara el papeleo de los reconocimientos médicos de la pretemporada.
O al menos esa era la versión oficial de la historia que Unai había vendido con cara de póquer mientras sacaba los billetes de avión.
Mikel fue el primero en desembarcar en la T1. El aire acondicionado del aeropuerto de Barcelona pegaba de lleno nada más salir del finger, una ráfaga helada que contrastaba de golpe con el bochorno pegajoso de Mahón. Cruzó la zona de embarque a paso ligero, esquivando a familias con carritos de bebé y a grupos de turistas desorientados. Se colocó la gorra, buscando pasar desapercibido entre la masa de gente que abarrotaba el pasillo central, y se dirigió directamente hacia la zona de las salas VIP.
Sacó el móvil del bolsillo. Eran las 19:18.
Mikel (19:18): He tocado tierra. Estoy en el pasillo hacia la sala Joan Miró.
Mikel (19:19): Espero que hayas aterrizado ya y no me dejes aquí plantado como un gilipollas.
La respuesta tardó un par de minutos en llegar, justo el tiempo que tarda un avión en rodar por la pista de aterrizaje hasta la puerta asignada.
Unai (19:22): Tranquilo, ansioso. Estamos parando el avión ahora. Dame diez minutos.
Mikel (19:22): Avísame cuando pases el control.
Unai (19:24): Que sí, pesado.
Mikel enseñó su billete en el mostrador de entrada de la sala VIP, cruzó las puertas de cristal correderas y se adentro en la estancia. La sala estaba extrañamente tranquila a esa hora de la tarde: apenas cuatro ejecutivos concentrados frente a sus portátiles con auriculares con cancelación de ruido, una pareja leyendo el periódico en unos sillones de piel y un camarero reponiendo silenciosamente los cuencos de frutos secos y los refrescos en la barra del fondo.
Buscó un rincón al final del todo, cerca de los ventanales gigantescos que daban a la pista donde se veían despegar los aviones hacia el horizonte anaranjado. Dejó la mochila sobre la mesa baja, se quitó la gorra, se pasó la mano por el pelo revuelto y se dejó caer en uno de los sillones.
Iban a ser tres horas. Tres horas en un limbo antes de coger cada uno su vuelo de vuelta a la realidad.
Pasaron quince minutos. Mikel no paraba de mover la pierna en un ritmo nervioso e incontrolable, mirando la hora en la esquina superior del teléfono cada treinta segundos. Intentó entretenerse mirando Instagram, pero las fotos de la playa le daban exactamente igual. Tenía el estómago revuelto de esa forma absurda y conocida que solo se le pasaba cuando escuchaba la voz de Unai en persona.
El sonido amortiguado de las puertas automáticas al abrirse le hizo levantar la cabeza de golpe.
Unai entró en la sala VIP arrastrando su maleta de mano sobre la moqueta. Llevaba una camiseta blanca básica bastante ancha, pantalones cortos oscuros y una mochila colgada de un solo hombro. Pero lo primero que le llamó la atención a Mikel, y lo que le obligó a reprimir una carcajada instantánea nada más verle aparecer por el pasillo fue la tonalidad ridículamente rosada que lucía en la cara, en los brazos y en la nuca.
Unai echó una mirada rápida alrededor, localizó la gorra de Mikel sobre la mesa y caminó directamente hacia su rincón.
Mikel se levantó del sillón despacio, cruzándose de brazos mientras le veía acercarse. En cuanto Unai se detuvo a un metro de él, Mikel se le quedó mirando fijamente a la cara, descarado, analizando el desastre.
—Te has quemado —fue lo primero que salió de la boca de Mikel, sin un "hola", sin un "qué tal el vuelo", nada.
Unai puso los ojos en blanco, bufando mientras se pasaba la mano por la frente con cuidado de no tocarse mucho la piel sensible.
—Es mi color natural —contestó Unai sin pestañear, manteniendo esa seriedad impostada que solo a él le salía tan bien.
—¿Tu color natural? —Mikel soltó una risa floja, negando con la cabeza y dando un paso hacia adelante para examinarle los hombros, que estaban exactamente del mismo color que un bogavante recién cocido—. Esto es de no echarse crema, eh. No te habrá comido la cabeza Llorente con su campaña anti-crema, ¿no?
—Que no, pesado. Que el sol de Grecia pega de otra manera, joder —protestó Unai, aunque la comisura de sus labios empezó a traicionarle doblándose ligeramente hacia arriba—. Y déjate de chorradas.
Antes de que Mikel pudiera seguir metiéndose con él, Unai dio el medio paso que les separaba.
—Cállate y dame un abrazo, anda —murmuró Unai.
No hubo tiempo para responder. Unai le rodeó el cuello con los brazos, envolviéndolo por completo. Mikel sintió el calor de su piel y el olor familiar a colonia mixta con el gel de hotel que inundó el espacio entre ellos al instante. Mikel no tardó ni medio segundo en corresponderle, rodeándole la cintura firmemente y pegándolo a su cuerpo sin importarle si alguno de los ejecutivos del fondo decidía levantar la vista del portátil.
Se quedaron así unos segundos largos, sintiendo la respiración del otro. Unai apretó un poco más los dedos contra la espalda de la camiseta de Mikel, soltando un suspiro profundo que le retumbó en el pecho.
—Hostia, Oyar —susurró Unai contra su oído, con la voz un punto más rasgada de lo habitual—. La de días que llevaba con ganas de hacer esto.
Mikel sonrió contra su hombro, hundiéndose un poco más en el agarre antes de darle un par de palmaditas suaves en la espalda y separarse lo justo para mirarle a los ojos.
—Se nota. Has tenido que mover cielo y tierra con la agencia de viajes para conseguir tres horas de mierda en Barcelona.
—Te he dicho que la logística la llevó la agencia —insistió Unai, tratando de mantener la cara de póquer, aunque la sonrisa boba le delataba por completo.
—Que sí, Simón, que sí. Y yo me he caído de un guindo esta mañana —Mikel se rió, señalando el sillón doble que quedaba más resguardado del ventanal—. Venga, siéntate antes de que se te caiga la piel a tiras. Voy a por un par de cafés o aguas, ¿qué quieres?
—Agua fría, por favor. Siento que me sale humo de la cabeza.
Mikel caminó hacia el mueble autoservicio del fondo con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sintiendo que los hombros se le destensaban por completo por primera vez en dos semanas. Cogió un par de botellas de cristal, dos vasos con hielo y unas bolsas pequeñas de frutos secos. Cuando volvió al rincón, Unai estaba sentado erguido en el sillón, soltando un suspiro largo y frotándose la nuca con cierto cansancio mientras miraba por la gran cristalera hacia los aviones.
Mikel dejó las botellas sobre la mesa y se acomodó a su lado.
—El viaje desde Atenas ha sido un cuadro —comentó Unai en cuanto vio a Mikel sentarse tan cerca que sus muslos se rozaban sin disimulo—. El avión ha salido con media hora de retraso y un crío no ha parado de llorar detrás de mí en todo el trayecto.
—Haberte venido a Menorca —Mikel sirvió el agua en el vaso de Unai y se lo tendió en la mano—. Cero niños, calas tranquilas y comida de verdad.
Unai cogió el vaso, bebió casi de un trago la mitad del contenido y dejó escapar un gemido de satisfacción al sentir el hielo. Luego giró la cabeza para quedarse mirando a Mikel de lado. Su mirada recorrió lentamente el rostro de Mikel: el bronceado mucho más uniforme que el suyo y esa sonrisa de lado que llevaba catorce días viendo únicamente a través de la pantalla del móvil.
—No te has dejado la perilla —observó Unai en voz baja, con un tono burlón pero cargado de algo más.
—Ni de coña —Mikel se pasó los dedos por la barbilla, recién afeitada esa misma mañana antes de salir hacia el aeropuerto de Mahón—. Te dije que no me iba a dejar eso en pleno verano solo porque tú encontraras una foto de cuando tenía veinticinco años en Twitter.
—Habría estado bien probar. Para ver si te hacía caso o no.
—No te hace falta la perilla para hacerme caso, que te has cogido un vuelo Atenas-Barcelona-Bilbao teniendo un vuelo directo a las cuatro de la tarde —le soltó Mikel directamente.
Unai se quedó en silencio unos segundos, sujetando el vaso de agua entre las manos mientras el hielo tintineaba suavemente. La sonrisa burlona de su cara se fue desvaneciendo poco a poco, dejando paso a esa expresión más sincera, más desnuda, que solo ponía cuando estaban completamente a solas.
—Valía la pena la escala—dijo Unai en voz baja, mirando fijamente el vaso antes de volver a levantar la vista hacia él—. De verdad que valía la pena.
El tono de su voz borró de golpe el tono de chiste que llevaban manteniendo desde que se habían visto. Mikel sintió cómo el corazón le daba un vuelco tonto contra las costillas, ese mismo vuelco que había sentido en la gasolinera bajo la lluvia.
—¿Sí? —preguntó Mikel, suave.
—Sí. Llevaba dos semanas hablando contigo por el móvil como si tuviéramos quince años y nos diera vergüenza cruzarnos por la calle —repuso Unai —. Y dentro de tres días volvemos a entrenar. Y las agendas se van a tomar por culo.
—Lo sé —asintió Mikel, bajando la mirada —. Lo he estado pensando todo el viaje.
—¿Y qué has pensado? Porque yo en el avión desde Atenas le he dado mil vueltas a la cabeza y no me apesta ninguna de las conclusiones a las que he llegado.
Mikel soltó una risa corta, frotándose la nuca mientras miraba hacia el pasillo de la sala VIP para asegurarse de que nadie les estaba prestando atención.
—He pensado que somos dos gilipollas —dijo Mikel mirándole directamente—. Que nos hemos tirado un mes entero usando una maleta de excusa para vernos de extranjis en los pasillos de Estados Unidos, que nos dimos un beso de la ostia en un parking a las dos de la mañana y que ahora nos da pánico decir las cosas a la cara porque empieza La Liga.
—A mí no me da pánico —interrumpió Unai rápidamente —. A mí me da igual La Liga, la prensa y lo que diga la gente. Lo que me jode es no saber qué somos cuando tú estés en Donosti y yo en Bilbao.
—¿Y qué quieres que seamos, Simón? —le espetó Mikel, no con rabia, sino con una necesidad urgente de escuchar la respuesta—. Porque no somos novios. Ni hemos tenido tiempo de serlo. Hemos tenido una gasolinera, dos semanas de WhatsApps y ahora esto.
Unai se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en los muslos. La cercanía volvió a hacerse sofocante, el calor de la piel de Unai rozando la rodilla de Mikel.
—Pues empezamos por esto —dijo Unai, con la voz firme y los ojos clavados en los suyos—. Empezamos por vernos los días libres. Por coger el coche a mitad de camino sin tener que inventarnos que hemos perdido una sudadera o que la maleta no abre. Por hablar de verdad y no solo mandar fotos chorras por chat.
—¿Fotos chorras? —se rió Mikel para rebajar la tensión, aunque la emoción le cerraba un poco la garganta—. Si fuiste tú el que me mandó quince fotos seguidas desde el puerto de Grecia.
—Para que me hicieras caso —respondió Unai con una sonrisa leve, alcanzando la mano de Mikel para apretarle los dedos—. Te estoy hablando en serio, Oyar. No quiero que esto se quede en una anécdota del Mundial. No quiero volver a Lezama el lunes y pretender que lo de la gasolinera no significó nada.
Mikel se le quedó mirando durante unos largos segundos. Vio las pecas marcadas por el sol en la nariz de Unai, la rojez del cuello, el cansancio acumulado en sus ojeras tras horas de viaje y, sobre todo, esa determinación tan cabezota que siempre le había caracterizado. No había dudas en los ojos del portero. Ninguna.
—Tampoco exageres —dijo Mikel en voz muy baja, casi un susurro—. Nadie está pretendiendo nada.
—Por eso mismo —sonrió Unai, acercando su rostro un par de centímetros más al de Mikel—. Así que dime qué hacemos.
Mikel miró el reloj de la pared de la sala VIP. Eran las 20:05. Les quedaban todavía dos horas enteras por delante antes de que empezaran los embarques de sus respectivos vuelos. Dos horas en esa burbuja de moqueta y luz anaranjada.
—Lo que vamos a hacer —dijo Mikel, tirando suavemente de la mano de Unai para hacer que se acercara todavía más— es dejar de hablar de la pretemporada durante los próximos noventa minutos. Y luego ya veremos cómo organizamos las escapadas entre Bilbao y Donosti.
—Me parece un trato aceptable —murmuró Unai.
Unai no esperó a que Mikel dijera nada más. Se inclinó hacia él, esquivando el choque de las rodillas en el espacio reducido del sillón, y le buscó la boca con decisión. El beso no tuvo nada que ver con la prisa de la gasolinera bajo la lluvia. Fue un beso lento, pausado, con el sabor salado del viaje todavía en los labios. Mikel levantó la mano libre y se la colocó suavemente en la nuca, con cuidado de no apretar demasiado sobre la piel quemada, sintiendo cómo Unai soltaba todo el aire acumulado contra su boca.
Cuando se separaron, apenas unos milímetros, Unai dejó escapar una sonrisa contra sus labios.
—Por cierto —musitó el portero, rozándole la mejilla con el pulgar—. Sigues oliendo a la colonia de la Selección.
—Y tú hueles a Aftersun barato de farmacia griega —le devolvió Mikel, mordiéndole el labio inferior con suavidad—. Cállate un rato y dame otro.
El segundo beso duró más que el primero. Sin la urgencia inicial de haber estado dos semanas sin tocarse y sin el pánico tonto de la distancia, se acomodaron el uno contra el otro en la esquina del sillón.
Cuando finalmente se separaron para coger aire, los dos tenían la respiración ligeramente trastocada. Mikel apoyó la frente contra el hombro de Unai un par de segundos, soltando una risa corta y sofocada contra la tela blanca de su camiseta.
—Nos van a echar de la sala VIP —murmuró Mikel sin levantarse.
—Que nos echen —respondió Unai con esa calma chulesca tan suya, pasándole los dedos con suavidad por la nuca.
Mikel se incorporó despacio, recolocándose la camiseta y mirándole de lado. Unai tenía los labios algo más rojos de la cuenta y los ojos achinados por el cansancio acumulado, pero se le veía más relajado que en todo el mes.
—Eres un sinvergüenza, Simón. Y un poco goloso.
—Y tú un exagerado, Oyar. Anda, pásame los frutos secos esos.
Mikel le alargó la bolsita de anacardos mientras cogía su vaso de agua. Comieron en un silencio cómodo durante unos minutos, viendo cómo la luz del sol terminaba de ponerse tras las pistas de aterrizaje.
—¿A qué hora sale tu vuelo exactamente? —preguntó Unai, masticando un anacardo y mirando la pantalla del móvil.
—A las 22:10. Embarco a las 21:40 —respondió Mikel, comprobando su billete digital—. El tuyo a Bilbao a las 22:30, ¿no?
—Sí. Embarque a las 22:00.
—O sea, que me voy yo primero.
—Por media hora —asintió Unai, girándose un poco en el sillón para quedar de frente a él—. Me toca quedarme tirado aquí solo treinta minutos viendo cómo te vas.
—Te aguantas. Bastante has hecho con cuadrar las escalas —Mikel le dio un golpecito en la rodilla con la suya—. ¿Cuándo tienes los reconocimientos médicos en Lezama?
—El miércoles a primera hora. Analítica, pruebas de esfuerzo y toda la pesca. ¿Vosotros?
—El jueves. Nos dejan el miércoles libre todavía.
Unai frunció el ceño.
—El jueves termináis a mediodía, ¿no? —preguntó el portero.
—Supongo. Lo típico: pruebas por la mañana y entrenamiento suave por la tarde.
—El viernes no entrenamos por la mañana —dijo Unai, señalándole con el índice—. Me subo a Donosti el jueves por la noche. Cenamos por ahí.
Mikel le miró fijamente, con una sonrisa floja apareciendo en las comisuras de su boca.
—¿Te vas a hacer una hora de coche un jueves por la noche recién empezada la pretemporada solo para cenar?
—Me hago una hora de coche, me hago dos o me hago las que me den la gana —espetó Unai sin pestañear—. Ya te he dicho que se han acabado las excusas de las maletas. Si tengo que ir a cenar a Donosti, voy. Y si el fin de semana te toca a ti venir a Bilbao, vienes.
—Mira qué decidido nos ha salido el de Murguía —bromeó Mikel, aunque por dentro sintió una calidez reconfortante expandiéndosele por el pecho—. Vale. Cenamos el jueves. Pero eliges tú el sitio.
—Hecho.
Se quedaron charlando de cosas sin importancia durante la siguiente hora. Hablaron de los compañeros de la Selección, de los mensajes que seguían cayendo esporádicamente en el grupo de WhatsApp, del calor sofocante que les esperaba en las primeras semanas de entrenamientos y del calendario de Liga que salía a la semana siguiente.
Era fácil. Siempre había sido fácil entre ellos, pero ahora, sin el peso de no saber qué eran o qué querían, el ambiente entre los dos se sentía extrañamente ligero. Como si el lío de la maleta y el beso en Elgoibar hubieran sido simplemente el empujón que necesitaban para encajar las piezas que llevaban meses rondando.
A las 21:30, la voz automatizada por los altavoces de la sala VIP anunció el inicio del embarque del vuelo de Vueling con destino San Sebastián.
Mikel suspiró, dejando la botella de agua vacía sobre la mesa y estirando los brazos hacia arriba.
—Me toca —dijo, mirando a Unai.
Unai no respondió de inmediato. Se quedó mirándole mientras Mikel se levantaba del sillón, cogía su gorra y se la ajustaba hacia atrás antes de colgarse la mochila al hombro. La actitud vacilona del portero se recogió un poco, dejando ver esa sombra de apatía que le daba tener que despedirse.
—¿Te acompaño a la puerta? —preguntó Unai, empezando a levantarse.
—No, qué va —Mikel le puso una mano en el hombro, obligándole a quedarse sentado—. Te vas a comer el paseo hasta mi puerta de embarque para luego tener que volver a la tuya. Quédate aquí tranquilo.
—Oyar, son tres minutos de paseo.
—Que no, pesado. Quédate sentado —insistió Mikel, sonriendo suavemente.
Unai rodó los ojos, pero obedeció, dejándose caer de nuevo contra el respaldo. Mikel se inclinó hacia él, apoyando una mano en el brazo del sillón, y le dio un beso rápido en los labios, suficiente para dejar las cosas claras.
—Échate Aftersun en el cuello nada más llegar a casa, que das pena— le dijo Mikel a escasos centímetros de su cara.
—Que te den, Oyarzabal —repuso Unai, enganchándole la mano un segundo antes de soltarle—. Avísame cuando aterrices.
—Te aviso. Y me mandas un mensaje cuando salgas para Bilbao.
—Sí, papá.
Mikel le dio un último apretón en la mano, se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida de la sala VIP. Antes de cruzar las puertas de cristal correderas, se giró un segundo por encima del hombro. Unai seguía en el sillón del fondo, mirándole fijamente con el vaso de agua entre las manos y esa media sonrisa de lado que reservaba para muy pocas cosas. Mikel le saludó con la cabeza, se encajó bien la mochila y salió al bullicio de la terminal.
El vuelo de Barcelona a San Sebastián duró apenas una hora. Mikel pasó todo el trayecto con la vista fija en la oscuridad de la ventanilla, escuchando el zumbido constante de los motores y sintiendo cómo el cansancio de las vacaciones por fin le pasaba factura. Pero era un cansancio bueno. De los que te dejan la cabeza limpia.
El avión aterrizó en el aeropuerto de Hondarribia a las 23:15. El aire de la costa vasca le recibió con esa brisa fresca y húmeda tan característica, un contraste bendito después del bochorno del Mediterráneo.
Mikel cruzó la pequeña terminal de San Sebastián, recogió el coche que había dejado en el aparcamiento de larga estancia cuatro días atrás y se incorporó a la carretera. Cuando encendió el motor, la pantalla del salpicadero se iluminó conectándose al Bluetooth del teléfono.
Había dos notificaciones pendientes.
Unai (22:35): Despegando ahora.
Unai (23:18): Acabamos de aterrizar. Avísame cuando estés en casa.
Mikel sonrió solo en mitad del coche, metió la primera marcha y salió del aparcamiento del aeropuerto en dirección a Donosti.
Cogió el móvil con una mano antes de acelerar.
Mikel (23:22): En el coche ya. Ve buscando sitio para el jueves.
Unai (23:23): Tranquilo. Ya lo tengo buscado desde Grecia.
Mikel dejó el teléfono en el soporte del salpicadero, negando con la cabeza entre risas. El Mundial había terminado y la pretemporada empezaba en cuarenta y ocho horas. Pero mientras conducía por la carretera vacía bajo la noche vasca, Mikel supo que, pasara lo que pasara en La Liga, la logística entre Bilbao y Donosti nunca más iba a ser un problema.
