Chapter Text
Apenas se soltaron, Scaloni abrió la boca para seguir sacándole charla a Pablo cuando se vió interrumpido por el tono de llamada de un teléfono.
—Disculpa —excusó Aimar señalando su celular.
El alma curiosa de Lionel quería leer quién lo había llamado. ¿Qué te importa, che? Recién lo conocés. Así que se limitó a hacerle un gesto con la mano que decía: andá, andá.
—No hay problema, atendé tranquilo.
El santafesino, sintiendo que iba a ser incómodo quedarse a su lado mientras conversaba con vaya a saber quién, se distanció un poco simulando que volvía a acomodar los libros que había dejado abandonados hacía rato. Sin embargo, se quedó lo suficientemente cerca para escuchar por arriba la conversación.
—¿Si? —habló Pablo sin haberse fijado quien lo llamaba.
—¿Ya llegaste vos? Vi un auto afuera —cuestionó Román yendo directo al grano.
El cordobés había llegado al aeropuerto de Ezeiza e inmediatamente alquiló un auto para no molestar a su amigo pidiéndole que lo vaya a buscar. Román se había enojado cuando se enteró insistiendo que no era ninguna molestia y que tendría que dejar de joder con esos pruritos cuando se conocían desde los dieciséis.
—Sí, hará media hora que llegué —afirmó mirando el reloj de su muñeca— ¿Vos ya estás en tu casa? Porque cuando fui no había nadie.
—Si, ya volví, lo que pasa es que pensé que llegabas tipo seis y algo —se excusó Riquelme—. Te me adelantaste una hora.
—Ya sabés que manejo rápido —replicó con una mueca burlesca que el otro no podía ver.
—Bue, dale Toretto —se burló su amigo haciéndolo reír—. Andá viniendo que te estoy esperando.
—En quince estoy —informó sabiendo que si caminaba rápido podría llegar antes.
—Te cuento el tiempo, eh. Nos vemos.
—Nos vemos —saludó Pablo, guardando el celular con una sonrisa.
Para ese momento, Scaloni había dejado de fingir que acomodaba los libros y se había centrado en Aimar. Por algún motivo, después de escuchar su charla, lo primero que hizo fue fijarse en las manos del cordobés en busca de una alianza. Al ver que no poseía ninguna, un alivio extraño le inundó el cuerpo. Recién lo conocés ¿qué andás buscando? Había sido como un acto reflejo hacer aquello, aunque uno inútil porque la ausencia de anillo no reflejaba la soltería de Pablo. Por la llamada de recién, por lo menos podía confirmar que alguien lo estaba esperando. Seguís pensando idioteces, ¿qué te importa si alguien lo está esperando? No es tu pareja.
—¿Lionel? —preguntó Pablo al ver que el hombre parecía en un trance.
Scaloni no estaba mirando a ningún lugar en específico y tenía los labios en forma de puchero, lo cual le pareció entrañable al cordobés.
—Sí, disculpa, me quedé pensando —se excusó rogando no haber parecido raro.
—No hay problema —le respondió con una sonrisa cálida—. Yo me tengo que ir, pero un gusto conocerte —volvió a afirmar, mientras repetía la acción de ofrecerle la mano.
Scaloni quería preguntarle a dónde se tenía que ir, pero se percató que sería demasiada confianza para un encuentro tan fortuito.
—Igualmente —respondió el pelinegro correspondiendo el saludo— Te dejo ir, no te robo más tiempo.
Aimar rió ante el comentario y le asintió con la cabeza antes de dejar el local.
Scaloni se lo quedó observando hasta que cruzó la puerta. Pablo le había llamado la atención, para qué negarlo. Si el destino se lo concedía, le gustaría volver a conversar con él. Incluso, si se animaba, lo invitaría a tomar un café. Sin embargo, era consciente que su encuentro era algo de una vez en la vida.
Le había caído bien, era alguien con quién quisiera volver a conversar, tal vez, hasta invitarle un café, aunque sabía que era muy probable que nunca más lo vuelva a ver, y lo más extraño, era cómo aquel pensamiento le generaba una nostalgia inexplicable.
Pablo tenía razón en su suposición. En poco menos de quince minutos ya estaba tocando el timbre del departamento de Román.
—Payito —lo recibió Riquelme ya abriendo los brazos.
Los amigos se abrazaron en la vereda y, después de mucho tiempo de sentirse a la deriva, Pablo sintió que había llegado a casa.
—¿Qué tenés? ¿Un cohete en el culo, vos? No sé cómo te movés tan rápido.
—Vos sos lerdo, nomás —retrucó el cordobés ingresando al edificio.
Subieron hasta el piso doce hablando de cualquier pavada que se les cruzaba con esa sintonía que comparten dos personas que no necesitan ponerse al día porque nunca terminaron de distanciarse.
Aimar entró al departamento como si fuera propietario, sacándose las zapatillas en la entrada sin que nadie se lo pidiera y dejando las llaves sobre el primer mueble que encontró. Conocía ese lugar como si fuera la palma de su mano. Era el escenario de charlas hasta la madrugada y termos de mate que se vaciaban entre chistes y confesiones. Volver a estar ahí le devolvió de golpe una tranquilidad tan inmensa que solo en ese momento se dió cuenta de lo angustiado que había estado.
—Encontré una librería re linda acá —comentó tirándose en el sillón más grande del living.
Román soltó una risa por la nariz.
—¿Me tendría que enojar porque lo primero que hiciste fue ir a una librería en vez de venir a saludarme? —interrogó Riquelme divertido mientras volvía de la cocina con una bolsa de papel en la mano.
—Yo me tendría que enojar —replicó Pablo a modo de queja—. Llegué y no estabas.
—¡Había ido a comprar facturas! —se excusó levantando la bolsa que llevaba en la mano.
—¿Preparaste mate? —preguntó esperanzado.
Al ver las facturas el hambre hizo presencia. No comía nada desde que había subido al avión.
—Soy tu representante, no tu sirviente.
—Sos mi amigo, antes que nada, che —dijo con fingida indignación—. Los amigos te esperan con el mate listo.
—Como te gusta aprovecharte en nombre de la amistad —habló el morocho negando la cabeza decepcionado en broma—. Igual sí prepare el mate.
Al decir eso, dejó la bolsa de facturas en la mesita ratona frente al sillón y se fue a buscar el termo con el mate.
—Entonces ¿qué librería encontraste? —preguntó Román cuando volvió, sentándose al lado de su amigo.
—El Edén se llama —le informó y el otro frunció el ceño ante el nombre— ¿Qué?
—Nada, me suena de algún lado —respondió sincero—, pero no te puedo decir que haya ido.
—Bueno —aceptó mirándolo con duda—. Cuestión, el lugar está re bien puesto. Podés tomar algo ahí o sentarte a leer sin necesidad de comprar nada.
—¿Y qué más? —preguntó Román presintiendo que su amigo estaba dando vueltas—. Tenés cara de que no era eso lo que me querías contar.
Pablo quería reír de nervios por lo fácil que su amigo lo leía. Más de veinte años de amistad no eran al pedo.
—Hubo un tipo que me llamó la atención —admitió recordando a Lionel.
—Recién llegas pedazo de gato —exclamó su amigo con un tono que tenía implícito el "pará un poco".
—¡No hablaba en ese sentido! —se excusó Pablo. Aunque sabía que también lo había fichado en ese sentido.
—Te pusiste colorado —remarcó Riquelme sonriéndole.
—Si, por tu culpa —refutó el cordobés tocándose los cachetes—. Bueno, a lo que iba, este tipo se ve que leyó mis libros y los re defendía —prosiguió con su anécdota antes de que el bonaerense pueda hacer otro chiste.
—¿Y qué tiene? Te cruzaste un montón de esos —señaló su amigo ahora con una ceja levantada—. La mayoría medio boludos, dicho de paso.
—Bueno, este no —lo defendió Pablo.
Era consciente que realmente no podía decir que Scaloni no era un boludo porque lo único que sabía de él era su nombre y su trabajo. Pero, de todas formas, había una punzada que lo llevaba a creer que aquel hombre era alguien que merecía respeto.
Por el otro lado, Román lo estaba mirando escéptico. Y, Aimar que también lo podía leer con facilidad sabía que esa cara significaba: este boludo se volvió a enganchar con un tarado.
—No me mirés así —protestó dándole un golpe suave en el brazo—. El tipo tenía buenos fundamentos y dijo que no era un fanático. No es de esos loquitos obsesionados.
—Igual no entiendo a dónde querés llegar —le comentó Riquelme sincero.
—Lo quiero ver de nuevo —admitió llegando al punto que quería—, pero ¿con qué excusa?
El bonaerense sonrió. Pablo giró los ojos. Ya no tenía más excusas para dar.
—¿Me estás charlando? —exclamó el morocho con el mismo tono con el que uno dice ¿sos o te haces?— Trabaja en una biblioteca, café, lo que fuere, literalmente es el mejor lugar para aparecer todos los días y que a nadie le parezca raro.
—Ponele que te lo tomo, pero quiero volver a hablar con él —insistió haciendo que su amigo vuelva a levantar una ceja.
Pablo suspiró tirándose sobre el respaldo del sillón.
—¿Podés dejar de ahogarte en un vaso de agua? Es una librería, Pablo —replicó Riquelme con suavidad—. Vos más que nadie sos capaz de sacarle tema a alguien de ahí.
—Va a quedar raro —insistió con la mirada perdida.
Cuando volvió la vista a su amigo, este lo miraba sin comprender.
—Que vuelva, digo —aclaró.
—Tenés tremenda tonada cordobesa —le respondió con rapidez Román ya pensando en un plan—. Decí que sos turista, que te gustó el lugar así que volviste.
—Es increíble lo rápido que sos para inventar chamuyos —replicó Pablo con una sonrisa aceptando el mate que le alcanzaba el otro—. Por ahí el escritor tendrías que ser vos.
—Ni en pedo —negó con una risa el bonaerense mientras apoyaba un brazo sobre el respaldo del sillón—. Soy rápido para sacarte las papas del fuego y que no te hagas la cabeza, nada más.
Aimar lo miró con agradecimiento en los ojos. Sabía que tenía razón. Desde que se volvieron amigos cuando eran adolescentes, Román había sido su zona segura. Él podía contar que ante cualquier problema su amigo iba a estar ahí. Era la persona en la que más confiaba y agradecía poder tenerlo a su lado.
—Gracias —dijo suave.
—Está bien, Payito —replicó el otro con el brillo en los ojos de alguien que estaba por decir alguna broma—. Algunas veces hay que ayudar a los más necesitados.
—Sos un tarado —rebatió Aimar sabiendo que los chistes eran la forma que tenía Román de aceptar sus cursiladas— ¿Trajiste tortitas negras?
—Caras sucias se llaman.
—Mirá, partiendo del hecho que le decís cuadradito al criollo, no sos quién para hablar de nombres de farináceos —afirmó agarrando la factura que estaba buscando.
—Son otro mundo ustedes los del interior, eh —dijo en joda Román acercándose a buscar una media luna.
—Callate, porteño.
—Bonaerense.
Eran casi las cinco y a Lionel se le estaba haciendo tarde para abrir El Edén.
El tráfico había sido un desastre, como era costumbre en Buenos Aires a hora pico, y eso lo dejó atascado en la autopista por más de una hora. Esto en Pujato no pasaba, pensaba mientras apretaba el acelerador más de lo que era prudente. Quién lo había mandado a vivir en plena ciudad, cuando en su pueblo natal la demora más grande habría sido porque se cruzó un caballo en la calle.
Cuando llegó al local, ya estaban los cinco chicos esperando por él. Enzo estaba parado apoyado contra la puerta, Julián estaba a su lado con los brazos cruzados, mientras que Cristian, Lisandro y Nahuel se encontraban sentados en la vereda.
—¿A vos te parece que nos tengas esperando así? —exclamó Enzo apenas lo vió y los otros se sumaron al chiste.
—Eso les pasa por ser más papistas que el papa y llegar antes que yo —rebatió Lionel más que consciente de que, en realidad, ellos llegaban en el horario justo.
—Miralo, entre que nos paga poco ni siquiera nos quiere dar la razón —se sumó Cuti al mismo tiempo que ayudaba a sus amigos a levantarse.
—¿Así que ahora pago poco? —interrogó el santafesino abriéndole la puerta.
—Y, un aumento no vendría mal, jefe —agregó Licha siguiendo con la broma.
—Me parece que voy a tener que hacer unos recortes —sugirió entrando último y cerrando la puerta a su paso.
—Acordate que yo no dije nada malo entonces —se justificó Julián ya acomodando las mesas.
—Yo tampoco, eh —se sumó Nahuel prendiendo la computadora.
—Floja la actitud, eh —se quejó Cristian al ver como panquequeban sus amigos.
—Trabajadores unidos jamás serán vencidos —habló Licha dirigiéndose a la cocina—. No saben nada ustedes. Les falta un par de marchas.
Lionel negó con la cabeza divertido. Si bien todo era parte de una broma, sabía que aunque tuviera que hacerlo, nunca podría ser capaz de despedir a aquellos chicos. Ya les había tomado aprecio a tal punto que sus amigos lo cargaban con que eran sus hijos adoptivos. Scaloni ni se esforzaba en defenderse de esas alegaciones porque estaba lejos de querer tenerlos fuera de su vida.
Pablo se encaminaba hacia la librería después de que un burlón Román le deseara suerte. Al final había decidido que iba a volver, lo que no había decidido era por qué volvía. Había estado dando vueltas tanto tiempo que, si no fuera porque su amigo prácticamente lo echó de su casa, no habría salido. De ese modo, fue que terminó yendo al Edén a casi las nueve de la noche.
No podía negar el hecho de que estaba volviendo al lugar porque hubo algo en Lionel que lo había intrigado y su curiosidad insaciable lo iba a volver loco si no lo veía nuevamente. Necesitaba saber de dónde era, cómo llegó a Buenos Aires, hablar de libros, de lo que sea.
Aimar no era alguien que creía en el hilo rojo, las medias naranjas, el destino, el azar, la suerte o cualquier creencia similar. Sin embargo, no podía negar que era raro sentirse tan atraído por alguien a quien vió una sola vez y con quien compartió poco y nada. Lo que a su vez, lo devolvió al roce de manos del día anterior. En ese momento también había sentido esa punzada rara que lo movía por dentro a querer estar cerca de Scaloni.
Lo innegable era que le intrigaba el asunto y, tal vez, ese era el motivo principal por el que volvía.
De tanto divagar en su mente, casi se pasa de largo cuando cruzó por el frente de la librería. Retrocedió unos pasos y quedó enfrentado a la puerta. Tomó una bocanada de aire como quien se prepara para una odisea y entró.
La calidez volvió a inundar su ser. No podía oponerse al hecho de que era un lugar acogedor. El ambiente del café acompañado de los libros era, a su parecer, una de las mejores mezclas y Scaloni había logrado con su local una armonía perfecta entre la gente que disfrutaba de la cafetería en contraste con la que solo iba por los libros y la que quería aprovechar ambos. Sumándole que de fondo siempre había música de todo tipo, ayer sonaba jazz y hoy podía escuchar las notas de una conocida canción de rock nacional.
Pablo se encontró con que no sabía qué hacer. Su plan llegaba solamente al punto en que entraba al local. Bueno, movete, Pablito. No tenía idea cómo hacer para encontrarse con Lionel de forma casual, sin parecer que lo estaba persiguiendo. Mucho menos sabía cómo iba a hacer para empezar una conversación entre ellos sin revelar que volvió solo para verlo a él. Lo que sí sabía, es que no se podía quedar parado sin hacer nada porque iba a llamar la atención de los empleados.
Comenzó a caminar hacia la sección de la biblioteca. Una vez entre las estanterías empezó a mirar sin realmente observar los lomos de los libros que tenía enfrente. ¿Y si mejor me voy? Voy a hacer un papelón. Contrario a lo que pensaba, siguió caminando entre los estantes. No me vió nadie todavía. Me podría ir y Lionel nunca va a saber que estuve acá. Mientras más lo pensaba, más a gusto con la idea estaba. No, tampoco puedo ser tan cagón. Román se me va a cagar de risa. Ya está. Ya entré.
De tanto divagar en su interior, no prestó atención por dónde iba caminando hasta que chocó contra la espalda de alguien.
—¡Volviste! —exclamó contento Lionel apenas vió su cara cuando se giró.
—Acá estoy —contestó tímido. Dios, Pablo, recuperate—. Hola.
Al parecer, la suerte está de mi lado, pensó el cordobés al ver cómo los ojos negros que tenía en frente se achicaban a causa de una sonrisa.
—Pensé que no te iba a volver a ver —habló Scaloni manteniendo la sonrisa.
—¿Me querías volver a ver? —preguntó Pablo sorprendido.
Si no fuera porque estaba enfrente de él, Scaloni se hubiera golpeado la frente con el libro más pesado al alcance. Dejá de meterte en la boca del lobo, Lionel. ¡Mirá si tiene pareja!
Algunas veces hablaba antes de pensar y, si bien no había tirado un comentario muy jugado, podía darse a entender como un coqueteo muy sutil. Y, bueno, si pica, pica.
—Bueno… —Lionel ladeó apenas la cabeza. La sonrisa ahora con un deje chamuyero—. Hay gente que entra una vez y uno se pregunta si va a volver. Vos eras de esos.
Pablo se contuvo de morderse el labio. Rogaba a cualquier Dios que quisiera ayudarlo que no se estuviera sonrojando. ¿Chamuyo o simplemente un tipo amable? Se preguntaba y de fondo sentía la voz de Román diciéndole que no sea un boludo. Sin embargo, no se vió capaz de seguirle el chamuyo.
—¿No sos de acá no? —preguntó Lionel queriendo cambiar el tema al ver que el otro parecía estar en una guerra interna por su afirmación anterior.
—¿Parezco de acá? —rebatió Pablo sonriendo al notar lo que había hecho el otro.
—¿Siempre contestas con preguntas? —replicó Scaloni imitando su sonrisa.
—No me dí cuenta —comentó riendo Aimar—. No, no soy de acá. Soy de Córdoba —aclaró siendo honesto, aunque su tonada no daba mucho espacio a la mentira—. Vos tampoco tenés mucha pinta de porteño y tonada menos.
—No, tenés razón, soy de Santa Fé —reconoció un poco sorprendido que se haya dado cuenta que no era bonaerense.
—¿Y cómo terminaste acá? —preguntó el más bajo con un tono curioso y genuino.
—De joven me mudé para venir a estudiar y, bueno, en resumidas cuentas, me hice amigos, me familiaricé con la ciudad y terminé poniendo el local —relató resumiendo su historia en grandes rasgos— ¿A vos que te trae por estos lados?
—Estoy de visita nomás —admitió el cordobés dándose cuenta que le costaba mentirle al otro—. Vine a ver a un amigo.
—Ah, andás turisteando, entonces —respondió Lionel apoyándose ligeramente sobre la estantería.
Qué se hace el lindo, pensó Aimar y, automáticamente, se rebatió él solo: ¿Y qué sabés si se está haciendo el lindo? Eso es lo que a vos te gustaría.
—Sí, ponele que algo así —concedió Pablo sabiendo que su motivo de estar en Buenos Aires era más que el de una visita a un amigo.
Un silencio los inundó. Ambos se quedaron viendo por un segundo para luego desviar la vista. Los dos estaban tratando de buscar una excusa para seguir hablando y fue Scaloni el que la cortó primero.
—Disculpa, no te pregunté —exclamó un poco tímido—. ¿Venías a buscar algún libro en específico?
El santafesino bajó un poco los humos y se dió cuenta que si Pablo había vuelto y era turista, lo más probable era que no fuera para hablar con él.
—Eh… la verdad que no —reconoció Aimar tocándose el cuello—. Si te soy sincero, me había parecido bastante acogedor el lugar y, como estoy medio bloqueado para escribir, pensé que me podía ayudar.
—Ah ¿sos escritor? —interrogó impresionado Lionel.
Ahora era el turno de Aimar de querer golpearse la frente. Dale, Pablo, de paso decile tu nombre verdadero ya que estás.
—No, no. Ó sea, sí, pero no —respondió incoherente haciendo reír al hombre que tenía enfrente.
—Me confundiste un poco —admitió Lionel entretenido.
Aimar se quedó callado, medio embobado viendo a Scaloni reír. No podés ser tan boludo, trabajas con las palabras, dale ¡hablá!
—Escribo, sí, pero como un hobbie —explicó con la mentira más grande—. Nada serio.
—Que bueno que tengas ese pasatiempo. Igual quién dice, hay grandes escritores que también empezaron así —replicó el santafesino franco, como si realmente creyera en que a Pablo le podía ir bien en el mundo de la literatura.
—Creo que disto mucho de un gran escritor —confesó el cordobés auténtico.
Aimar se daba cuenta de lo autoexigente que era. Pero, en tiempos de bloqueos, aquello era lo que pensaba de sí mismo.
—No sé, tal vez pueda juzgar eso el día que lea algo tuyo —se opuso Lionel con un tono de voz coqueto.
Pablo quería reír por la ironía de la situación. Si supieras…
—Por ahí algún día te muestro algo —aceptó de todos modos mirándolo con diversión por lo lanzado.
—¿Pensás seguir viniendo entonces? —interrogó Lionel un poco emocionado.
La excusa perfecta, pensó el cordobés acordándose de lo que había comentado Román. Al final su amigo tenía razón al decirle que a nadie le iba a parecer raro si volvía.
—Lo más probable es que me tengas dando vueltas un tiempito más.
Scaloni sonrió gustoso ante aquella respuesta. Sin embargo, le duró poco antes que su mente lo rete. No quiere decir nada esto. Acordate que puede tener pareja. Además es turista. Algún día se va a volver.
—Bueno, obviamente, sos más que bienvenido —le dijo honesto.
—Gracias... ¿Lionel, era? —preguntó Aimar como si no le hubiese dado vueltas a su nombre toda la noche.
—Sí, Pablo —enfatizó el más alto haciéndole saber que todavía se acordaba de su nombre.
Chamuyero de cuarta, pensaba el cordobés pero totalmente rendido ante el coqueteo más simple y al borde del sonrojo después de haber escuchado su nombre salir de los labios del santafesino en ese tono.
—No quiero que parezca que te estoy echando, eh, pero nosotros tendríamos que ir cerrando —comentó Lionel cuando vió de reojo su reloj.
—Sí, disculpá. Yo también ya me tendría que ir yendo —comentó Aimar avergonzado—. Nos estamos viendo, supongo.
—Cuando quieras, te espero —concedió Lionel con un guiño.
Me arrodillo acá nomás.
…
Pará, desubicado. Así no era.
Pablo asintió con la cabeza y se dirigió a la salida. Mientras tanto, al igual que el día anterior, Lionel se lo quedó observando.
Scaloni no se había podido contener de ser un poco chamuyero al final, por más que internamente siguiera pensando que, por ahí, se le estaba lanzando a alguien que no quería nada de él. Sin embargo, al notar los nervios del cordobés, le había importado poco y nada si sonaba medio atorrante.
—Che ¿soy yo o ese es el mismo enano con rulos que vino ayer? —interrogó Lisandro.
El muchacho estaba apoyado sobre la mesada que se extendía a lo largo de la abertura que conectaba la cocina con la cafetería. Era del tamaño de un ventanal, daba directamente al mostrador y le brindaba una vista privilegiada de casi todo el local.
—¿Y qué tiene? —le respondió Cuti a sus espaldas.
—Nada, le está sacando charla a Scaloni —comentó el entrerriano todavía con los ojos puestos en ellos.
—¿Y qué tiene? —volvió a repetir su compañero mientras se acercaba a su lado.
—Que mirá cómo lo mira Lio. Le tiene ganas —le hizo notar señalándole con la cabeza el lugar donde estaban.
—A ver —dijo estirando el cuello con poca sutileza tratando de encontrar el punto que había señalado Licha.
—¡Así no tarado! —lo retó su amigo bajándolo del hombro—. Sos re poco disimulado.
—Pero si están re lejos —rebatió sacándose la mano de encima—. Ni me ven.
—¿Qué andan haciendo ustedes? —comentó Nahuel desde la caja al ver la escena que estaban haciendo sus amigos.
—Lio le tiene ganas a un petiso de rulos —comentó Cristian sin muchas vueltas.
—¿Eh? —exclamó Molina levantando una ceja.
—Fijate allá —se sumó Licha volviendo a señalar el lugar en cuestión—. Fijate como lo mira, pero más disimulado que el Cuti, por favor —agregó ganándose una tirada de pelo por parte del cordobés.
—¿Lo mira normal? —expresó con el ceño fruncido Molina antes de volver la vista a ellos—. Así lo mirás vos al Cuti.
—Tiraste cualquiera —negó el Licha, pero huyendo de la mirada de Nahuel.
—'Tas de la cabeza, vos —agregó Cristian con risa nerviosa.
—Era jodita, era jodita —dijo su amigo riendo al ver sus reacciones y volviendo a girarse hacia donde estaba Scaloni y su acompañante— Sí, le tiene las re ganas.
—¿Qué están cuchicheando ustedes tres? —interrogó la voz de Enzo que se había acercado después de ver a sus tres compañeros conversando juntos.
—Del novio de Scaloni —respondió Molina sin vueltas.
—¿Cómo? —exclamó Enzo sorprendido.
—Ahí, mirá —dijo el Cuti señalando, una vez más, el lugar donde se encontraba su jefe.
Enzo, que estaba de espaldas, se giró bruscamente y comenzó a mover la cabeza tratando de encontrarlos y verlos.
—Uh, otro más que no disimula una chota —comentó Licha tapándose la cara.
—La mesa doce pide que le calienten el café —informó Julián que venía con una taza en mano—. ¿Qué pasa? —agregó al ver que estaban los cuatro juntos viendo a un mismo lado.
—Lio anda con parejita —le notificó Enzo con una sonrisa burlona.
—¿Eh? —respondió confundido. Hasta donde él sabía su jefe era soltero.
—Fijate acá en diagonal nuestro —le indicó su amigo señalando con el pulgar sobre su hombro.
—Bueno —expresó luego de haberlos encontrado—, es lindo.
—Te duplica la edad, salame —lo retó Enzo chasqueando la lengua.
—¿Y? ¿No puede estar bueno igual? —replicó Julián.
Lisandro, al oír el comentario, levantó las manos en un gesto que en argentino se traduce como: "hasta acá llegué" y se fue a calentar el café, provocando la risa de sus compañeros.
—Uno piensa que Julián es tímido hasta que te salta con estos comentarios —aportó Cuti con intención de molestar a su amigo.
—Que ganas de exagerar. ¡Dije que es lindo nomás! —se excusó el más bajo de los cinco.
—Tiene como cuarenta y pico —insistió Enzo frunciendo el ceño todavía más.
—Más bueno todavía —contrarrestó Julián haciendo reír a dos de los tres.
—Que no se entere Lio lo que andas diciendo —comentó Nahuel divertido.
—¿Le molestará compartir? —interrogó Álvarez con curiosidad.
—¡Puede ser tu viejo! —saltó Enzo indignado. ¿Desde cuándo a su amigo le gustaban mayores?
—Era jodita —exclamó Julián riendo— ¿O no?
—No, bueno, se nos desvirtuó la araña —dijo Cuti en su pico de diversión al ver la escena entre sus compañeros.
—¡Ya está el café! —los interrumpió Licha y cada uno volvió a sus puestos.
El día de trabajo ya había terminado. Eran pasadas las nueve y Lionel se encontraba con los chicos terminando de ordenar para poder cerrar. En ese momento se encontraban callados y enfocados en sus tareas, hasta que Scaloni decidió interrumpir el silencio acordándose de algo que había visto esa tarde.
—Che, la próxima que me quieran espiar disimulen un poco más —habló sobresaltando a Julián que se encontraba a su lado.
—Uh, loco, yo les dije a ustedes dos que sean más disimulados —exclamó Licha mirando a Enzo y al Cuti.
—Licha, vos fuiste el primero que se me quedó mirando fijamente —le hizo notar Lionel, lo cual provocó una risa en los demás.
—Me parece que el tema más urgente acá es que el jefe usa el laburo para chamuyar —volvió a hablar Lisandro queriendo retomar el hilo principal.
—Las veces que te habré agarrado dejando tu número a los clientes —rebatió Scaloni, volviendo a provocar risas en tres de los cuatro restantes.
—Ah bueno, mirá las cosas que uno se entera —habló Cuti mirando a Licha con una ceja levantada.
—No nos desviemos del tema principal —saltó Nahuel sacándole las papas del fuego a su otro amigo— ¿Quién es ese petiso?
—Más respeto, che, y es un cliente. ¿Quién más va a ser? —respondió Lionel con fingida inocencia.
Aunque, en realidad, mucho no estaba mintiendo. Hasta ese momento ellos dos no eran absolutamente nada.
—Si, si, seguí haciéndote —exclamó Enzo apoyado en el mostrador.
—Dale, Sherlock Holmes, vayan yendo que tengo que cerrar —dijo el santafesino queriendo zanjar la conversación.
—Mirá cómo cambia de tema —replicó sonriendo Cristian—. Eso en mi idioma se dice cola de paja.
Ante el último comentario, terminaron todos riendo y tirando alguna que otra broma a Lionel por su secretismo. Sin embargo, todos hicieron lo que les pidió y fueron saliendo para poder cerrar el local antes que se hiciera más tarde.
—Nos vemos jefe. Saludos al sopeti —le dijo Julián antes de salir por la puerta ganándose una risa de Lionel y una mirada amargada de Enzo.
