Chapter Text
Su habitación asignada en la Torre de Gryffindor la compartía con otras cuatro personas; todos ellos, por gran fortuna, de su misma edad. Por un momento, mientras cruzaba el vestíbulo el primer día, Simon había creído que los dormitorios serían elegidos por los propios estudiantes o simplemente asignados por azar que lo dejaría desamparado con chicos de cursos superiores a los que no les interesaría en lo más mínimo conversar con un niño torpe, silencioso y retraído como él. Por suerte no fue así. Sus compañeros de cuarto, debían admitirlo con cierto alivio, no estaban nada mal.
—¡Sam, deja de hacer eso! ¡Estás desordenando todo el lugar! —Nicholas gritó desde su esquina, acomodándose las gafas con frustración mientras recogía del suelo la ropa hecha un nudo que alguno de los gemelos acababa de lanzar sobre su propia cama.
—¡Que soy Eric! —devolvió el grito el mayor de los dos, asomando la cabeza desde el interior de un baúl.
No estaban TAN mal.
Simon observó a uno de los gemelos (¿Eric, dijo?) seguir rebuscando con frenesí en el pequeño armario de roble al lado de la que suponía era su cama, intentando encontrar al pequeño gato escurridizo al que le solía gustar causar problemas en la sala común. El rubio estaba tirando camisas y túnicas por doquier, provocando que el pequeño pelicastaño de gafas se enojara y comenzando a rezongar en voz alta; una rutina caótica a la que, a menos de una semana de convivir bajo el mismo techo, Simon ya se había acostumbrado.
—El gato probablemente se fue a pasear, Eric. No lo encontrarás escondido en tus calcetines —dijo Nicholas, o Nicky, como Ralph había descubierto que le decían en su círculo familiar y como ahora se empeñaba en llamarlo.
Simon se agachó con movimientos suaves y comenzó a juntar la ropa del suelo con lentitud, intentando ayudar al más bajo a ordenar el pequeño espacio antes de que las túnicas terminaran pisoteadas. Al menos el dormitorio se consideraba pequeño si contabas a tres chicos que no eran precisamente los más ordenados del castillo, y con los otros dos siendo completamente incapaces de seguirles el ritmo o poner un límite al desorden.
El rubio dejó por fin la ropa en paz, rindiéndose. Se sentó en el borde de su colchón y soltó un largo suspiro de frustración. Simon se acercó con timidez y le dio unas pocas palmadas reconfortantes en la espalda, sintiendo una genuina lástima por la incesante preocupación que a ese felino le gustaba causarle a su joven dueño.
—Ya volverá, Eric.—lo consoló en voz baja, entendiendo en parte el inmenso y desesperado cariño que el rubio sentía por su mascota.
Simon también había tenido una mascota durante un par de años en su infancia; una criatura a la cual adoraba con el alma entera y con la cual pasaba la mayor parte de su tiempo libre, antes de verso cruelmente obligado a regalarla por la propia seguridad del pequeño animal.
Ni siquiera estaba seguro de qué había detonado el desastre aquel día; solo sabía que la gata, asustada entre sus brazos infantiles por los gritos ensordecedores de su padre, entró en pánico. El animal se lanzó hacia el frente, bufando con las garras extendidas, y terminó rasguñándole el rostro al hombre. Simon había observado con absoluto horror cómo su padre, rugiendo de dolor y furia, la agarraba por la espalda con una mano gigantesca y la lanzaba con una brusquedad salvaje al otro lado de la habitación. La tranquilidad regresó por un milisegundo al ver al animal caer sobre el mullido sillón individual de la sala, pero el alivio se esfumó en cuanto notó que el hombre, con los ojos inyectados en sangre, se disponía a perseguir a la pobre gata para descargar toda su ira en ella.
Su madre logró interponerse a tiempo, calmándolo a base de súplicas mudas mientras empujaba al animal a los brazos temblorosos de Simon y le ordenaba con una mirada de pánico que subiera corriendo a su habitación. Simon escuchó gritos e impactos escaleras abajo por un tiempo que le pareció una eternidad, abrazando a su mascota en la oscuridad, antes de que regresara la calma absoluta. Su madre subió poco después. No había rastros visibles de golpes nuevos en su piel, pero su rostro lucía completamente decaído, quebrado por dentro. Le dijo en un susurro roto que debían regalar al pequeño animal de inmediato, que era estrictamente por su bienestar.
Simon lo aceptó en el acto, con el miedo y la adrenalina flotando todavía en su sistema. Pero al anochecer, cuando la oscuridad habitó su habitación y el silencio sepulcral fue su única compañía, lloró sin consuelo, rodeando a la gata en un cálido y apretado abrazo que se sintió como un desgarrador final.
A la mañana siguiente, muy poco después de la salida del sol, fue sacado de su sueño por el suave tacto de su madre. Su rostro no había cambiado desde la tarde anterior; aún lucía notas profundas de tristeza en sus ojos grises, y Simon lo comprendió todo sin necesidad de palabras. Después de todo, ella había sido la que rescató y adoptó al dulce animal, y aunque se lo había regalado a él, seguía siendo la primera que le había tomado un cariño inmenso.
Esa mañana se despidió del gatito para no volver a verlo jamás, pero no se preocupó, no del todo. Su madre le juró que una agradable familia de un pueblo vecino lo había adoptado, por lo que el pequeño felino estaba en buenas manos, lejos del peligro. Supo unos meses después, cuando su padre levantó la mano contra él y lo golpeó por primera vez, que su madre había hecho bien en dejar libre a su mascota. Quién sabe qué le habría pasado al pobre animal si continuaba en esa casa; su padre no habría tenido la más mínima consideración ni piedad al tratar con ella.
—Espero que tengas razón y regrese pronto —la voz apagada de Eric lo sacó de golpe de la espiral de sus recuerdos, regresándolo al presente del dormitorio—Gracias, Simon. —El rubio le dedicó una pequeña y agradecida sonrisa.
Simon se la devolvió con simpatía antes de levantarse de la cama y ponerse a doblar las túnicas que faltaban junto con Nicholas. Eric se les sumó al rato, sintiéndose culpable por el desorden, y juntos terminaron rápidamente de ordenar la habitación antes de que el hambre empezara a molestar.
Al hacerse la hora de la cena, los tres bajaron las escaleras de caracol y se dirigieron al Gran Comedor, donde Ralph y Sam ya los esperaban sentados en la larga mesa de Gryffindor, apartándoles los lugares correspondientes. Eric se sentó de inmediato junto a su gemelo, Sam, mientras que Nicholas y Simon tomaron sus asientos a cada lado de Ralph, quedando este último justo frente a los gemelos.
Conversaron cómodamente mientras esperaban que los platos de oro se llenaran de comida, riendo de buena gana con las ocurrencias de Ralph, las tonterías coordinadas de los gemelos o los constantes regaños que Nicholas les lanzaba a los tres al enterarse de que, aunque apenas llevaban dos días oficiales de clases, ya se estaban atrasando con los extensos pergaminos de las tareas de Herbología.
La cena estaba a punto de ser servida cuando, de una forma llamativa y dramática —tan sumamente característica de su casa—, un grupo de chicos de Slytherin cruzó las grandes puertas dobles del salón. Al mando del pelotón caminaba el chico rubio del primer día, siendo seguido de cerca por sus dos habituales sombras corpulentas y, un poco más atrás, por un séquito de estudiantes de primer y segundo año que parecían colgar de cada una de sus palabras.
Jack Merridew, si la memoria de Simon no le fallaba con los nombres, pasó cerca de la sección donde él y su grupo de amigos estaban charlando. De un momento a otro, de forma inevitable, sus miradas volvieron a cruzarse. El rubio caminaba con una expresión tranquila y relajada, pero al percatarse de la presencia de Simon, un profundo y tenso ceño fruncido emergió de repente en sus facciones. Jack levantó la cabeza con altivez, clavándole una mirada cargada de una fría superioridad antes de seguir de largo hacia la mesa verde y plata sin detener su marcha. Tal y como lo venía haciendo en cada pasillo desde el momento en que se conocieron.
Simon solo lo observó un tanto incrédulo, cruzándose de brazos sin poder dar crédito a que el rubio todavía no hubiera superado el pequeño choque del vestíbulo y la rotura de su túnica, la cual, para colmo, ya estaba perfectamente arreglada desde hacía días. «Por Dios, ese chico no sabe lo que es superar las cosas», pensó para sí mismo, apartando la vista con un suspiro y decidiendo dejar de prestarle una atención que no merecía.
Ralph notó perfectamente el sutil intercambio de miradas y, tragando de un bocado un trozo de pan, habló con curiosidad: —Tengo la duda de por qué ese chico de Slytherin viene mirándote tan mal desde el primer día, Simon.
—Sí, sí, cuéntanos, Simon. —se unió Sam, hablando con la boca completamente llena de comida, ganándose una mirada de asco de los demás.
Nicholas hizo una mueca de desaprobación ante los modales de su compañero, dejando sus cubiertos sobre la mesa con excesivo cuidado y asegurándose de tragar por completo antes de abrir la boca.
—Yo también lo noté esta mañana cerca de la biblioteca, Simon. ¿Cómo demonios lograste ganarte el desprecio de Jack Merridew? —Tomó su vaso de jugo de calabaza, mirando el líquido antes de beber un sorbo largo y haciendo otra mueca incómoda al sentir cómo sus lentes se deslizaban por el puente de su nariz—Aunque no es algo muy difícil de lograr con ese tipo de personas, debo decir—murmuró en un tono más bajo, volviendo a acomodarse los anteojos con el dedo índice.
—¿Quién es Jack? —casi gritó Eric desde el otro lado, siendo silenciado de inmediato por los siseos de Nicholas y Ralph.
En la mesa de Slytherin, el trío de amigos se giró al oír el alboroto proveniente de la mesa de los leones. Los tres los fulminaron con la mirada —dedicándole a Simon una dosis extra de veneno, cabe recalcar— durante unos tensos segundos, para luego volver a sus asuntos y a sus conversaciones privadas.
Simon desvió la mirada de la mesa verde para observar a sus propios amigos, encogiéndose de hombros con desinterés fingido.
—Tuvimos un pequeño tropiezo el primer día en el vestíbulo y le rompí un trozo de la capa al intentar no caerme. Luego de eso, parece que no le caí muy bien que digamos. —Volvió a observar a sus amigos, fijándose en los gemelos, quienes parecían completamente incrédulos ante la sencillez de sus palabras—Eso es todo. No pasó nada más.
—¿Te odia solo porque le rasgaste la ropa por accidente? —dijo Eric, levantando una ceja con escepticismo.
—Pobre niño rico —añadió Nicholas con desdén.
—¿Es rico? ¿De verdad? —preguntó Sam a nadie en particular, estirando la mano hacia una bandeja. Nicholas fue el único que se molestó en responderle.
—Me sorprende bastante que ninguno de ustedes lo conozca o haya oído hablar de su apellido —el pelicastaño señaló con un sutil gesto de la cabeza al rubio de la otra casa, intentando disimular el movimiento—Es Jack Merridew. Pertenece a una de las pocas familias de linaje sagrado y sangre pura que quedan vigentes. Además de que poseen una fortuna inmensa en Gringotts, claro. —Los demás se inclinaron hacia el centro de la mesa, esperando más detalles jugosos. Nicholas rodó los ojos ante el cotilleo—No sé mucho más. Su familia es extremadamente reservada con sus asuntos.
Sam y Eric soltaron un silbido bajo y sincronizado, volviendo la mirada un tanto preocupada hacia Simon: —Vaya enemigo te has plantado el primer día, Simon.
Él negó con la cabeza con firmeza, retomando su tenedor e intentando concentrarse en terminar de cenar antes de que los platos desaparecieran.
—No somos enemigos, no exageren. Fue un simple choque sin importancia, ya se le olvidará.
Ralph se movió con agilidad a su costado y, aprovechando un segundo de distracción, movió su mano con rapidez para robarle el postre de manzana que Simon apenas había tocado. Simon le dio un leve y perezoso empujón con el codo, sin hacer el más mínimo esfuerzo por recuperarlo. El pelinegro pareció sumamente satisfecho con su botín, terminándoselo en un santiamén e intentando calcular mentalmente si podría robar también el postre de Nicholas sin recibir un manotazo con el tenedor.
La conversación de la mesa cambió de rumbo rápidamente y dio paso a las quejas colectivas del inicio de curso. Las múltiples tareas y lecturas obligatorias que los profesores les habían dejado en tan pocas sesiones resultaban casi imposibles de seguir el hilo, al menos para tres de sus amigos, que eran propensos a distraerse con el pensamiento incluso en un buen día. Para Simon, en cambio, todo el proceso había sido una experiencia maravillosa. Cada nuevo hechizo, cada pasillo que se movía y cada descubrimiento histórico era una absoluta maravilla ante sus ojos.
La magia con la que llevaba años soñando en secreto en su antigua habitación, ocultándose del mundo, ahora estaba al alcance de su propia mano. Ya no debía esconderse. Ya no tenía que temer ser llamado loco o raro por lograr hacer que las cosas flotaran o cambiaran de color cuando se asustaba. Ahora, rodeado por cientos de personas exactamente iguales a él, Simon se sentía libre. O tan libre como el castillo se lo permitía.
Minutos más tarde, se encontraban regresando al dormitorio común a través de los pasillos de piedra. Sam y Eric caminaban cada uno a un lado de Nicholas, molestándolo y tirándole de la túnica como tanto les gustaba hacer para ver hasta dónde llegaba su paciencia. Ralph y él se encontraban unos pasos por detrás, observando la escena en silencio y riéndose por lo bajo de la exasperación cómica del más bajo del grupo.
Fue justo antes de cruzar el pasillo que conducía al retrato de la Dama Gorda que el pelinegro se aclaró la garganta, mirándolo de reojo con una seriedad repentina. Simon le devolvió la mirada, ladeando la cabeza y haciendo un gesto perezoso con la mano para indicarle que hablara.
—¿Sabes que a partir de mañana compartiremos varias clases con los de Slytherin, verdad? —Simon negó en silencio con la cabeza, todavía un poco distraído con los gemelos y sus bromas al fondo del pasillo. Ralph lo empujó despacio con el hombro, un tanto indignado por su falta de atención—Hablo en serio, Simon. Te vas a cruzar mucho más seguido con Merridew. ¿No estás ni un poco preocupado?
Simon lo miró fijamente durante un par de pasos, ladeando la cabeza. La confusión era completamente notoria en sus ojos grises, sin terminar de comprender el porqué de tanta insistencia con el tema: —¿Debería estarlo? Es solo un chico más.
La mirada de Ralph no se apartó de Simon, pareciendo querer agregar algo importante, una advertencia que flotaba en el aire, antes de descartarla por completo con un suspiro. Simon lo dejó pasar sin darle vueltas, concentrándose otra vez en los gemelos, quienes al cruzar el umbral de la habitación comenzaron a jugar de forma imprudente con sus varitas nuevas, haciendo aparecer chispas rojas y densas nubes de humo de colores que convirtieron en un desastre el pequeño cuarto en cuestión de segundos. Simon suspiró con una sonrisa resignada, sabiendo perfectamente que al final de la noche él también terminaría ayudando a limpiar las cenizas mágicas del suelo.
Por suerte, todo ese alboroto ayudaría a desgastar la inmensa energía nerviosa que le provocaba saber que mañana temprano tendría su primera clase sobre Pociones. Simon, a pesar de los temores de Ralph, no podía esperar a la llegada del amanecer para sumergirse en ese nuevo misterio.
(...)
Para pesar de los gemelos y de Ralph, el grupo de Gryffindor tenía un amigo que era más que puntual, rozando la obsesión: y ese era Nicholas.
La alarma ni siquiera estaba cerca de emitir su primer pitido cuando todos fueron abruptamente despertados por el menor del cuarto. Nicholas se dedicó a encender las luces mágicas y a quitarles las mantas, obligándolos a salir a rastras de sus cómodas camas y a prepararse para la tan esperada primera clase de Pociones.
Simon fue el único, aparte del insistente Nicholas, en levantarse con verdadero entusiasmo. Estuvo listo, aseado y con el uniforme impecable en muy poco tiempo. Al ver a los otros tres arrastrando los pies por el dormitorio, soltando gruñidos y haciendo un inmenso esfuerzo físico por despabilarse mientras se abrochaban mal los botones de las túnicas, Simon decidió sentarse en su baúl a leer uno de los pocos libros que su madre le había guardado con tanto esmero entre su ropa.
Huckleberry Finn, decía el gastado título en la portada. Había oído hablar múltiples veces de ese clásico en la televisión y en las menciones de los vecinos, mas en su rutina nunca había tenido la oportunidad real de leerlo. Logró concentrarse y llegó hasta el quinto capítulo, sumergiéndose en las peripecias del río Misisipi, cuando fue bruscamente interrumpido por los quejidos coordinados de Sam y Eric. Los gemelos venían siendo prácticamente arrastrados por los pasillos por un Ralph ya despierto, quien actuaba bajo las estrictas e implacables órdenes de Nicholas para que nadie se quedara atrás.
Así fue como el pequeño pelotón de Gryffindor llegó al salón de Pociones, ubicado en los niveles más profundos del castillo. Para sorpresa de nadie, las mazmorras se hallaban sumidas en una penumbra fría y completamente vacías. El ambiente era sobrecogedor, rodeado de estanterías de piedra repletas de frascos de vidrio que contenían ingredientes extraños, plantas flotantes y partes de criaturas en salmuera. Apresurándose para ganar el mejor lugar, tomaron la mesa de madera más grande del frente, la única donde podrían sentarse los cinco juntos de forma cómoda. Al lado, compartiendo el mismo espacio y muy pegadita a la suya, había otra mesa de trabajo. Esta era de tres asientos, y las sillas vacías se encontraban justo al lado izquierdo de Simon, lo que inevitablemente lo obligaría a estar a muy pocos palmos de distancia de quienes decidieran sentarse allí.
Pasaron los minutos repitiendo en voz baja el material de estudio del libro de texto e intentando, sin mucho éxito, que los gemelos se concentraran en las propiedades del díctamo. Simon contemplaba fascinado las ilimitadas combinaciones y pociones que la guía escolar prometía que podrían realizar a lo largo del año. Estaba tan absorto que no notó cómo el aula subterránea se iba llenando de a poco con el murmullo de los demás estudiantes que entraban tiritando por el frío.
Se encontraba totalmente enfocado en las intrincadas instrucciones de una poción curativa especialmente difícil cuando fue sacado de golpe de su burbuja de comodidad. El sonido agudo y estridente de una silla de madera siendo arrastrada con excesiva brusquedad contra el suelo de piedra resonó justo a su oído.
Simon levantó la vista de inmediato, un tanto molesto, queriendo identificar al culpable de su desconcentración. Su corazón dio un pequeño vuelco al encontrarse de nuevo cara a cara con el rubio eternamente enojado, quien permanecía de pie frente a él con los brazos cruzados.
Simon lo miró durante una fracción de segundo, desconcertado, y luego observó a su alrededor para evaluar la situación. Para su desgracia, notó cómo el salón se había abarrotado por completo mientras él leía; el único asiento desocupado de toda el aula era, de hecho, el que estaba pegado al suyo.
Maldijo para sus adentros en el más absoluto silencio. Observó al chico más alto y a su habitual grupo de Slytherin tomar asiento en la mesa de al lado, con el rubio acomodándose con una mueca de evidente disgusto y fastidio en el lugar contiguo al suyo. ¿Cómo demonios había tenido la monumental mala suerte de tenerlo allí, cuando hacía apenas unos minutos la mesa entera estaba completamente desierta?
Simon se regañó internamente por haber elegido el extremo de su mesa en vez de haberse refugiado en el medio, junto a la presencia segura de Nicholas. Todo lo había hecho por preferir mantenerse alejado de los gemelos durante las explicaciones teóricas. Pero en el fondo, nadie en su sano juicio podía culparlo por esa decisión; Sam y Eric, siendo lo más honestamente amables y objetivos posibles, eran un tanto... descuidados y caóticos al momento de manipular cualquier elemento mágico. Simon definitivamente no quería terminar convertido en un sapo, ni que le sucediera algún accidente extraño con los hechizos inestables que esos dos solían lanzar por error.
Un sutil movimiento a su costado derecho le hizo girar la cabeza, encontrándose de inmediato con los ojos marrones y brillantes de Ralph fijos en su rostro. El alcalde de los Gryffindor lucía una sonrisa sumamente divertida y burlona en los labios. Inclinándose hacia él para que los de Slytherin no lo escuchen, le susurró al oído con malicia:
—Qué tremenda suerte tuviste, Simon. —Él intentó ignorar el comentario, manteniendo la vista al frente, pero Ralph no se alejó y continuó pellizcando—Tendrás una agradable y simpática compañía a tu lado durante las próximas dos horas. Aparte de mí, claro.
La burla descarada en sus palabras y la sonrisita de suficiencia de Ralph hicieron que a Simon le entraran unas ganas irresistibles de pellizcarlo para que se callara de una vez... y Simon, sin pensarlo dos veces, procedió a hacerlo con fuerza bajo el borde de la mesa. Ralph soltó un ahogado jadeo de dolor, frotándose el brazo, mientras Simon regresaba la mirada a su libro con una expresión de total inocencia, consciente de que la mirada de reojo del rubio de Slytherin se regresaba aún más gélida a su lado.
