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☆𝐄𝐫𝐫𝐨𝐫 𝐂𝐨𝐧 𝐞𝐥 𝐌𝐮𝐥𝐭𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐨☆

Chapter 4

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

El comedor quedó sumido en un silencio incómodo después de que Mercurio saliera. Los semidioses miraban hacia la puerta con una mezcla de culpa y consternación. Annabeth había cerrado su cuaderno, y Percy no dejaba de girar su cuchara entre los dedos sin realmente mirarla.

 

—¿Alguien debería ir tras él? —preguntó Will Solace en voz baja, rompiendo el silencio.

 

—No —dijo Júpiter, ajustándose los lentes con una expresión seria—. No ahora. Mercurio necesita tiempo para procesarlo. Y nosotros debemos darle espacio.

 

Dionisio, desde su trono, estaba a punto de decir algo, quizás para restablecer el orden, cuando de repente un sonido metálico rompió el ambiente. Era Clarisse. La hija de Ares había empujado su silla hacia atrás con brusquedad y se había puesto de pie. Su mirada estaba fija en la mesa de los visitantes, más específicamente en un solo joven.

 

Marte. El de cabello rojizo-bordo y el arete en forma de moño.

 

—Oye, tú —dijo Clarisse, su voz cargada de una ira contenida—. Acompáñame un segundo.

 

Venus, el rockero de chaqueta de cuero, se puso en pie de inmediato, frunciendo el ceño. 

 

—¿Qué quieres con él? —gruñó, sus dedos apretándose sobre el borde de la mesa.

 

—Tranquilo —intervino Marte, poniendo una mano sobre el pecho de Venus para calmarlo—. Está bien. Yo iré.

 

—No me gusta —insistió Venus, pero Marte le sonrió suavemente. Una sonrisa que desarmaba cualquier intento de pelea.

 

—Solo voy a hablar con ella. Espérame aquí.

 

Venus dudó, pero terminó cediendo, soltando un resoplido. Marte se levantó, y su mirada se encontró con la de Clarisse. No había miedo en sus ojos rojizos. Solo una calma extraña que desconcertaba a la hija de Ares.

 

—Vamos —dijo Clarisse, y sin esperar respuesta, salió del comedor. Marte la siguió.

 

Detrás de ellos, casi como una sombra, dos figuras se deslizaron entre los asientos. Connor y Travis Stoll, los hermanos del campamento, intercambiaron una mirada cómplice y salieron detrás de ellos. No iban a perderse esto.

 

 

 

Clarisse caminó a paso firme, alejándose del comedor hacia la zona boscosa cerca del lago. Marte la seguía a unos pasos de distancia, sin prisas. Su porte era tranquilo, casi etéreo, y eso irritaba aún más a Clarisse. Cuando llegaron a un claro donde los árboles formaban un cerco natural, se detuvo y se giró bruscamente hacia él.

 

—¿Qué demonios eres? —soltó Clarisse, apuntándolo con un dedo acusador—. Mi padre, Ares, es un dios de la guerra. Es violento, imponente, y huele a sangre y batalla. ¿Y tú? —la miró de arriba abajo—. Tienes un maldito moño rosa en la oreja y ni siquiera me llegas en altura. ¿Cómo puedes ser Marte?

 

A unos metros de distancia, escondidos detrás de un roble grueso, Connor y Travis aguzaron el oído. Travis se cubrió la boca para no reírse, mientras Connor hacía señas para que se callara.

 

Marte la observó sin inmutarse. Luego, suspiró, y su voz fue tan suave como la brisa que movía las hojas.

 

—Entiendo tu confusión. En tu universo, soy una personificación de la guerra y la violencia. Un monstruo que disfruta del caos. —sus dedos rozaron el pequeño arete en su oreja—. Pero en mi universo, las cosas son diferentes. Soy un planeta, y mi función no es pelear. Es proteger. Y proteger no requiere gritar, ni odiar, ni imponer miedo. Requiere paciencia. Requiere... calma.

 

Clarisse frunció el ceño, sin saber cómo responder a eso. Esperaba un desafío, una pelea. No una lección de vida dicha con tanta serenidad.

 

—Y además —añadió Marte, dando un paso a un lado, como si ya hubiera terminado la conversación—, no vine aquí a pelear contigo. Vine por Mercurio.

 

Clarisse se quedó muda, viendo cómo Marte se giraba y se adentraba en el bosque, en dirección al lago. Los Stoll la miraron desde su escondite, y Connor levantó una ceja como diciendo "¿Y ahora qué?". Clarisse, todavía confundida, hizo un gesto para que la siguieran. Los tres se deslizaron entre la maleza, siguiendo a Marte a una distancia prudente.

 

 

 

 

 

 

 

Llegaron a la orilla del lago. El sol de la mañana reflejaba destellos dorados sobre el agua, pero la escena que encontraron no tenía nada de brillante.

 

Mercurio estaba sentado en una roca plana, justo al borde del agua. Sus alas blancas colgaban inertes a los lados de su cuerpo, y su cabeza estaba inclinada hacia adelante, el cabello marrón grisáceo cubriendo su rostro. No se movía. Solo miraba el agua con los ojos vacíos.

 

Marte se acercó sin hacer ruido y se sentó a su lado, en una roca más pequeña. No dijo nada durante un largo minuto. Solo se quedó allí, acompañándolo.

 

Y entonces, Mercurio rompió el silencio. Su voz salió quebrada, apenas un susurro cargado de un dolor que no necesitaba ser gritado.

 

—Primero Vulcano... y ahora Luke.

 

Las alas de su cabeza vibraron ligeramente, pero no se levantaron. Fue un espasmo de dolor, no de esperanza.

 

—Siempre los pierdo —continuó, las lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas sin que él hiciera nada por detenerlas—. Vulcano se fue por culpa de ella. Y ahora... ahora llego a un mundo nuevo, emocionado por ver a mi hijo, y lo único que encuentro es que esta muerto. ¿Por qué tiene que ser así, Marte?

 

Marte extendió un brazo, sin dudarlo, y lo rodeó por los hombros. No era un abrazo fuerte ni posesivo, era un abrazo de sostén. De apoyo incondicional.

 

—No puedes cargar con todo el peso del universo, Mer —dijo Marte, con su voz siempre suave—. No puedes arreglar lo que no puedes controlar. Pero puedes llorar. Puedes dejarlo salir. Aquí no hay nadie que te juzgue.

 

Mercurio se derrumbó.

 

Ocultó su rostro en el hombro de Marte y sollozó. Lloró como si el peso de millones de años de pérdidas acumuladas hubiera finalmente encontrado una grieta por donde escapar. Las alas de su espalda se tensaron y se relajaron al ritmo de sus sollozos.

 

Marte lo abrazó más fuerte, acariciando suavemente la parte posterior de su cabeza, dejando que se desahogara.

 

—Está bien, peque —murmuró—. Está bien.

 

Desde su escondite, Clarisse, Connor y Travis observaban la escena sin respirar.

 

Travis había perdido toda su sonrisa burlona. Connor tenía los ojos abiertos como platos. Y Clarisse... Clarisse estaba completamente muda.

 

Nunca, en toda su vida en el Campamento Mestizo, había visto a alguien llorar así. Bueno, quizás si, pero nunca lo espero de alguien como Mercurio. Y mucho menos esperaba ver a "Marte" —su padre, el dios de la guerra— consolando a alguien con tanta ternura, sin una gota de violencia, sin un ápice de agresividad. Era un Marte que no conocía.

 

Marte sabía que estaban ahí. Su oído era agudo. Pero no les prestó atención. No había amenaza en ellos. Solo curiosidad y un dolor ajeno que ahora compartían.

 

—Vámonos —susurró Clarisse, su voz tensa. Se giró y comenzó a caminar de vuelta al campamento. No miró atrás.

 

Connor y Travis la siguieron, sin decir una palabra. El bullicio habitual de los hermanos Stoll se había esfumado, reemplazado por un respeto silencioso por lo que acababan de presenciar.

 

.

.

 

Cuando volvieron al comedor, Clarisse se sentó en su mesa sin hablar. Percy y Annabeth la miraron con curiosidad, pero ella solo negó con la cabeza. No iba a explicar lo que había visto. Aún no.

 

Unos veinte minutos después, la puerta del comedor se abrió de nuevo.

 

Marte entró primero, y detrás de él, Mercurio. Sus ojos estaban enrojecidos y las marcas de las lágrimas aún eran visibles en sus mejillas, pero su postura ya no era la de un barco a la deriva. Estaba tranquilo. Destrozado por dentro, quizás, pero tranquilo.

 

Mercurio miró a los semidioses y, sin decir nada, tomó asiento en su lugar. Marte se sentó a su lado, y Venus, que había estado inquieto todo el tiempo, soltó un suspiro de alivio y deslizó su mano sobre la de Marte, entrelazando sus dedos.

 

—Bien —dijo Mercurio, con una voz un poco ronca, pero firme—. He procesado lo que pude. Ahora... —miró a Percy y a Annabeth—. Supongo que deberían contarme sobre él. Sobre cómo era en este mundo. ¿Me harían ese favor?

 

Percy asintió, tragando saliva.

 

—Claro. Podemos empezar por el principio. Pero... será una historia larga.

 

—Tengo todo el tiempo del mundo —respondió Mercurio, y por primera vez desde que llegaron, sus alas se alzaron ligeramente, como una muestra de que, aunque herido, aún estaba de pie.

 

El desayuno continuó, pero la atmósfera había cambiado. Los catorce visitantes y los semidioses no eran exactamente amigos todavía, pero habían compartido algo esa mañana. Una vulnerabilidad que pocas veces se veía en un campamento lleno de semidioses.

Notes:

Resubido!!

Notes:

Gracias por leer!
Es mi primera vez escribiendo y publicándo en Ao3, ya publicaba en otras plataformas pero decidi cambiarme aquí