Chapter Text
Advertencia: +18.
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Wile despertó antes de que el sol saliera, como casi todos los días de su vida, porque aunque no quisiera siempre solía madrugar... y después tomar siestas a mitad del día para compensar.
Abrió los ojos en la penumbra de la cueva, escuchó el silencio del desierto en la mañana, con alguno que otro canto de pájaro por ahí, y lo primero que notó fue que tenía el pelaje apelmazado en varias partes de su cuerpo y el abdomen bastante pegajoso, una sensación algo incómoda que lo hizo fruncir el ceño, hasta que su cerebro, todavía medio dormido, empezó a conectar los cables... y recordó todo. Oh si, y con mucho detalle.
Se quedó mirando el techo con la boca entreabierta. Dios mío, había pasado, de verdad había pasado. Lo había hecho...
A su lado, enroscado en el nido con el pico escondido bajo el ala y una pata colgando por el borde, el Correcaminos dormía como un muerto, apenas y si se movía para respirar. Wile se incorporó con muchísimo cuidado para no despertarlo, aunque dudaba en poder hacerlo, se sentó sobre las mantas y considerando su estado de su pelaje, con frio y sin ganas de calentar agua tan temprano, solo se dobló sobre sí mismo para lamerse el estómago y limpiarse un poco. Y fue ahí, justo con la primera pasada de lengua, que el sabor le llegó de golpe y le recordó con una claridad mucho mas detallada las sensaciones de su primer encuentro.
Wile se detuvo.
Se puso rojo hasta la punta de las orejas y sin darse cuenta, la cola empezó a moverse a un lado y a otro, plaf, plaf, plaff golpeando sin piedad el nido, las ramas y el costado del ave que dormía junto a él. Wile se dio cuenta demasiado tarde y un segundo después el Correcaminos abrió un ojo, luego el otro, parpadeó, bostezó con todo el pico y se estiró hasta que le crujieron las rodillad. Segundos después lo miró y le sonrió con esa sonrisa ladeada, tranquila, muy somnoliento.
Wile le sonrió también, bueno lo intentó, porque la sonrisa le salió medio torcida y tuvo que apartar la mirada hacia cualquier rincón de la cueva, intentando pensar en otra cosa como esa telaraña que se supone había limpiado dos veces hace unos días y seguía apareciendo... Y entonces, justo cuando creía que había logrado escapar de la vergüenza, algo le hizo click en la cabeza.
¡Anoche...!
Wile se giró de golpe, agarró al ave por los hombros y empezó a inspeccionarlo, olerlo y revisarlo a detalle. Lo puso de cabeza, sosteniéndolo de las patas mientras sus alas colgaban hacia el suelo, lo giró hacia un lado, lo giró hacia el otro, le agarró el cuello con cuidado para revisarle el pescuezo, le metió la mano entre las plumas del pecho, las de la espalda, las de las alas y por último, con la cara más seria que pudo, metió el hocico entre sus muslos para asegurarse de que todo estuviera en orden.
―¡Meep! ―soltó el ave, indignado, cuando por fin lo dejó caer sobre el nido.
Se sacudió las plumas con furia. Entrecerró los ojos y lo miró con desaprobación., no lo podía creer, Wile lo había toqueteado como baya de mercado en pleno amanecer, sin que lo hubiera dejado ni bostezar bien. Wile alzó una ceja, confundido, sin arrepentirse en absoluto de lo que había hecho y es que ¿Qué había hecho mal? Solo se preocupaba por el ave genuinanmente.
El Correcaminos sacó un cartel de debajo del ala y lo levantó con muy poca paciencia.
"Estoy bien, entero" decia "Vivito y volando".
Wile entrecerró los ojos, dudoso, lo leyó otra vez, sin convencerse.
"¿Seguro?"
El ave puso los ojos en blanco.
Dejó caer el cartel, se le acercó con un movimiento rapidísimo y, antes de que Wile pudiera reaccionar, estiró el cuerpo entero y lo rodeó por completo, enroscándose a su alrededor como un elástico, el cuello por detrás de su espalda, las patas alrededor de su cintura y las alas apoyadas sobre sus hombros, apretándolo contra sí con una flexibilidad que Wile nunca había presenciado tan... de cerca. Sacó otro cartel desde un costado, sin soltarlo y se lo puso frente a la nariz.
"Los correcaminos somos muy flexibles".
Wile se quedó sin palabras. ¿No había leído eso antes? Y sin aire, y sin la capacidad de pensar. sintió que la cara se le encendía hasta el cuello y que la sangre decidía irse otra vez, descaradamente y contra su voluntad, hacia un solo lugar. El Correcaminos bajó la mirada, agradeciendo que el coyote no usara pantalones para poder fijarse mejor en sus reacciones coporales, je, era adorable. El ave le sonrió con picardía, levantó otro cartel y lo sostuvo entre las plumas.
"Esta vez me toca a mí".
Wile se quedó helado, leyendo el cartel a pocos centímetros de sus ojos. La sangre caliente recorriendo su cuerpo y la calidez del cuerpo del correcaminos, enredado a su alrededor como un elástico flexible, no ayudaba en nada a frenar la reacción inevitable de su cuerpo.
El ave lo miró ganoso. Las pupilas de Road estaban dilatadas, los párpados entrecerrados en una expresión afiebrada, hambrienta y sin un solo rastro de somnolencia ya, ¿Quién no se despertaría después de verlo así? Nadie se podía resistir.... Wile entendió de inmediato lo que su compañero de vida quería y, igual de deseoso , no opuso resistencia.
Esta vez fue el ave quien tomó el control absoluto, pues, con un movimiento veloz y sopresivo, el correcaminos afirmó las manos de Wile a los costados de su cuerpo, usando la fuerza de sus grandes patas para fijar las muñecas del coyote contra el nido. Acto seguido, se subió a horcajadas sobre él, manteniendo la posición con firmeza.
Sin perder un segundo, el correcaminos alzó la pelvis e intentó meter la virilidad del coyote dentro suyo. Pero la entrada estaba seca y apretada, la fricción directa generó una resistencia que impidió el paso por completo. El ave torció la cabeza confundido.
¡Vamos, Wile, haz que tu lombriz se moje y entre!, dijo a sus adentros intentándolo una y otra vez más sin tener éxito.
Wile comenzó a sacudir los brazos, tratando de zafar sus manos del agarre para poder decirle y convencerlo de que debían preparar la cloaca antes de intentar entrar, pero el ave, decidido y cegado por la urgencia de sentirlo adentro, y aquí entre nos, sin idea de cómo se hacia el amor entre mamíferos, intentó meterla así nomás, dejándose caer con más peso sobre el miembro del coyote.
—¡Mmmgh...! —Wile apretó los dientes, sintiendo el tirón seco y la presión forzada.
El coyote trató de zafarse con todas sus fuerzas. Se retorció y arqueó la espalda, pero las patas del correcaminos poseían una fuerza muscular descomunal... como no iba a hacerlo si esas eran las patas que lo hacían moverse más allá de la velocidad de la luz. Era imposible moverlo.
Al sentir que su virilidad estaba siendo introducida a la fuerza, estirando la piel de forma riesgosa para ambos, Wile finalmente decidió hablar para detener la locura del pajarrraco. Sacando fuerzas de donde pudo, giró la cabeza y le señaló con la punta de sus orejas un paquete sobre las mantas:
—¡Ne-necesitamos un condón...! —chilló el coyote cerrando los ojos, rojísimo.
El ave se detuvo en seco, manteniendo el peso suspendido en el aire. Ladeó la cabeza con curiosidad, sus plumas celestes erizándose levemente. Con el pico, sacó un cartel de debajo de su ala para preguntar:
"¿Qué es eso?"
Wile bufó, rodando los ojos y sonrojándose hasta la punta de las orejas,.
—Es algo que lubrica... y ayuda a no tener bebés...
El correcaminos pareció procesar las palabras unos momentos después, yla confusión en su rostro se transformó en una mueca de desconcierto. Sin soltar el agarre de las patas, levantó de inmediato otro letrero:
"¿Por qué no quieres tener bebés?" decía y lo volteó "Es uno de los primeros pasos para ser una familia."
El pulso de Wile se disparó al triple. ¿Familia? ¿Hijos? Recien estaban empezando a salir, por dios, denle un respiro al ese pobre coyote. Un calor sofocante le recorrió todo el rostro hasta el hocico, totalmente sonrojado y nervioso. Sacudió la cabeza enérgicamente, respondiendo con un cartel esta vez, afirmándolo con la oreja:
"¡Es un paso OPCIONAL!" decia en un lado "¡OPCIONAL!"
Aprovechando la distracción del correcaminos, quien leía con un ala acariciando la parte baja de su pico pensativo, Wile pegó un jalón seco y finalmente logró zafarse del agarre de sus manos. Sin perder tiempo para no cortar el momento, se llevó la mano a la boca, humedeciéndola con su propia saliva caliente, luego llevó los dedos directamente entre los muslos del ave y comenzó a masajear la cloaca con firmeza y ternura, buscando aflojarlo un poco con su ayuda... mientras que con la otra rápidamente se puso un preservativo, ¿se podría decir que fue mas rápido que el correcaminos esta vez? Quizás si,.
—Mmhn... —se escuchó un suspiro bajo salir del pico del ave.
Wile continuó el trabajo manual, frotando en círculos e introduciendo un dedo lubricado para preparar el canal. Cuando sintió que la entrada estaba lo suficientemente suave, húmeda y preparada, acomodó la punta de su miembro en el centro. Finalmente preparado, el ave descendió sobre el miembro del coyote, introduciéndolo por completo de un solo movimiento,
—¡Meep...! —chilló Road, arqueando el cuello hacia atrás.
El correcaminos comenzó a moverse de arriba abajo en un suave pero constante movimiento. Subía y bajaba con ritmo, dejando que la virilidad de Wile lo rellenara una y otra vez. La sensación era tan exquisita que al coyote lo volvía loco, extendió las manos para agarrar el cuerpo del ave por la cintura, acompañando el ritmo con su propia cadera, empujando hacia arriba en cada descenso.
El ritmo fue aumentando poco a poco... la fricción de la húmeda y caliente cloaca del ave alrededor del miembro de Wile y el mantener sus miradas, con tanto amor el uno hacia el otro aceleró el pulso de ambos, sus corazones latian a mil y la sangre bombeada llegaba a sus genitales incrementando aun mas la sensacion. Wile apretó los glúteos del ave, guiando las subidas y bajadas con más rapidez, sintiendo cómo el saco cloacal de Road se hinchaba y acumulaba...
Wile entendía lo que significaba eso, se le había quedado en su memoria anoche.
Con una última embestida profunda por parte del coyote y una bajada del ave, ambos alcanzaron el clímax juntos. El correcaminos soltó un chillido agudo mientras su interior se contraía con espasmos, derramando su líquido caliente sobre el vientre y el pecho de Wile. El coyote, por su parte, se aferró con fuerza a la cintura del ave, soltando un gruñido mientras se vaciaba en el interior de su compañero...
Ambos quedaron inmóviles durante unos segundos, el pecho de Wile subiendo y bajando con desigualdad mientras el correcaminos descansaba el torso sobre él, respirando con dificultad.
Fue increíble..., había pensado el coyote lamiendo sus propios dientes, hasta que de pronto sintió un movimiento sobre su cuerpo, para sorpresa y desconcierto de Wile el... ¿el correcaminos comenzó a alzarse de nuevo? ¿O sea, por? ¿No que habían terminado ya?
La cloaca del ave estaba muy lejos de haberse relajado después de haber terminado, en cambio, continuaba apretando el miembro del coyote, que apenas había comenzado a perder rigidez. El correcaminos se reacomodó en la parte superior, con esos enormes ojos gigantes y azules brillando inocentemente acompañados de una sonrisa juguetona.
Al parecer, quería un segundo round.
Wile abrió los ojos de par en par, totalmente exhausto con una sonrisa nerviosa. Trató de buscar un letrero rápidamente, pero Road le sujetó las muñecas contra el suelo de nuevo, impidiéndole escribir.
—Esper... p-para... —intentó vocalizar Wile con la garganta seca, suplicándole con la mirada que no lo hiciera, que ya había sido bastante.
Sin embargo, en cuanto el ave comenzó a elevarse y dejarse caer otra vez, la sensación que recorrió el cuerpo del coyote fue tan... tan malditamente exquisita que negarse se esfumo de su cabeza. El interior del correcaminos estaba tan sensible, inundado de sus propios fluidos y un poco más apretado que antes... mierda, se sentía tan bien, que la protesta de Wile se transformó en un suspiro largo y tembloroso.
El coyote decidió quedarse callado, cerró los ojos, rendido y se entregó por completo al placer del segundo round. Era demasiado bueno para negarse... Fue entonces cuando el correcaminos decidió que... esta vez podía ser un poco mas rápido, ¿no?
Impulsado por el deseo salvaje de su interior, en lo mas profundo de su ser, su deseo más primitivo, el ave empezó... a subir la velocidad. Lo que empezó como un ritmo rápido pero placentero, se convirtió rápidamente en un sube y baja tan rápido que apenas y si se sentía... El vaivén dentro y fuera en el miembro coyote se volvió fricción pura, sin nada de placer.
—Auch...—se quejó el coyote apretando la mandíbula, queriendo dejar al ave que moviera a su gusto, porque después de todo ambos tenían que disfrutar, se decía a si mismo, aunque... no lo estaba haciendo para nada.
La fricción era tan intensa, tan brutal y rápida, que el aire entre la piel de ambos comenzó a calentarse poco a poco... de repente Wile comenzó a sentir un calor real, no solo metafórico, brotando en su entrepierna. La nariz de Wile percibió un olor extraño a quemado y un sutil humo saliendo de su... ¿entre pierna? El coyote abrió los ojos espantado al ver que su miembro y las plumas inferiores de del correcaminos comenzaban a soltar pequeñas llamas por la velocidad del choque.
De una patada, el ave salió volando, fue fácil porque estaba tan concentrado en subir y bajar que se descuidó. Wile agradeció al cielo poder pararlo y salió corriendo para hundir su trasero dentro de un balde con agua helada mientras se soplaba su lombriz, llorando por el dolor.
El ave por su parte se quedó tirada en el nido mirando al cielo... le dolía un poco su cloaca.
¿Por qué habrá sido? Quien sabe.
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Cuando por fin salieron del nido, el sol ya estaba bastante alto y la cueva olía a un poco de explosivos, ramitas y a otra cosa, ujum, que ninguno de los dos mencionó.
Wile terminó de peinarse como pudo frente al espejo roto, con el pelaje todavía despeinado en la parte de la nuca y el Correcaminos, sentado sobre la mesa de la cocina, picoteaba unas semillas con la expresión relajada y satisfecha. Ahora se sentía que era un ave diferente, o algo así según él. Las plumas le brillaban un poco más, el cuello lo llevaba más erguido y cada tanto soltaba un pequeño suspiro feliz que a Wile le erizaba el pelo de la espalda.
Pasado el mediodía, el Correcaminos se acercó a la entrada de la cueva, estiró el cuello y miró el desierto, el sol ya había bajado su calor, estaba fresquito y era perfecto para estirar las piernas. Wile, que lo había seguido desde la cocina, se detuvo detrás de él con un cartel entre las manos y la cara de preocupación.
"¿Seguro que puedes correr?"
El ave giró la cabeza, lo miró con una ceja levantada indignadisimo y sacó un cartel sin ninguna gana de responderle pero ya que.
"Mírame".
Le dijo y salió corriendo... bueno, mejor dicho, salió corriendo a penas.
Pues sus patas, que casi siempre arrancaban con una nube de polvo a sus espaldas y sonido de motocicleta derrapando, esta vez tardaron unos segundos de más en alcanzar toda su velocidad... Uno, dos, tres, contó en su cabeza, y recién ahí la nube de polvo se levantó detrás de él. Que extraño... para cualquier otra persona esos segundos de diferencia habrían pasado desapercibidos, pero el Correcaminos lo notó perfectamente.
Mierda, si, tenía las piernas algo cansadas, con fatiga o algo asi, y cuando se dio cuenta de por qué, sintió que le subía el calor hasta la punta de las plumas. Dios, si había quedado así, solo podía significar una cosa... Wile era, bueno, muy, muy bien dotado, je.
El ave se tapó el pico con un ala mientras corría, rojo hasta las puntas de la cresta, y soltó un meep bajito y avergonzado. Dio unas vueltas completas a la montaña, con las patas todavía algo flojas, y regresó a la cueva cargando algo bajo el ala.
Eran los recipientes con flores de su matorral, esas flores que Wile le había dado el día de la cita y mucho antes, las de su cortejo, en efecto eran las primeras, las que había cuidado con tanto esmero. Los colocó con mucho cuidado en una repisa junto al nido, uno al lado del otro, los acomodó dos veces para que quedaran perfectos y después se alejó dos pasos, ladeó la cabeza y asintió, conforme.
Wile lo observaba desde la cocina con una sonrisa.
Luego de unos minutos el ave pasó la tarde recorriendo la cueva como si fuera suya, aunque en efecto lo era, acomodando pequeñas cosas de aquí para allá. Movió la lámpara de lugar, hizo espacio en un estante para sus plumas que se le caían, justo al lado del vaso de dientes del coyote. Picoteó una caja de tornillos hasta ordenarlos por lo que a su parecer, eran su familia, pues el coyote tenia todos los tipos de tornillos en un mismo recipiente.
Y después, en un descuido de Wile, le dio vuelta a la tela negra que cubría la pared de los dibujos para que se viera la mitad, solo la mitad, con una mirada traviesa que, a lo lejos, Wile fingió no ver, rojo como un tomate, mientras seguía con lo suyo.
Hasta que Wile después de unas horas, tomando aire, se sentó frente a la computadora y empezó a revisar sofás nuevos. De tres plazas, con el tapiz resistente a manchas, que no oliera a coyote... eso es lo que mas le daba vergüenza. Se lo estaba comentando al ave con una sonrisa, a medio camino entre la emoción y el nerviosismo, cuando sintió un picotazo en la oreja.
―¡Ay!
El Correcaminos estaba parado a su lado, con los ojos entrecerrados y un cartel levantado.
"No".
Wile parpadeó. El ave caminó hasta el viejo sofá rojo,, que seguía arrimado contra la pared, con su mancha de café y todo su pelo mudado, se subió de un salto, se acomodó entre los cojines con las alas cruzadas sobre el pecho y levantó otro cartel.
"Este se queda".
Wile se quedó mirándolo un buen rato.
Después, muy despacio, cerró la computadora. Se acercó al ave y miró hacia abajo, era un sofá horrible, lo sabía, un sofá viejo, hundido, apestoso, con resortes que se le clavaban en la espalda cada vez que se sentaba... pero entonces recordó la noche de la tormenta y varios recuerdos más relacionados a ese sofa...
Bueno, quizás no sea tan mala idea dejarlo, se dijo, solo falta hacerle un poco de mantención.
Wile se encogió de hombres y asintió, con una sonrisa temblorosa y el ave, feliz se acurrucó entre los cojines con un suspiro largo.
Muy cómodo... huele a coyote, pensó el emplumado.,
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Esa misma tarde, mientras Wile revisaba unos planos viejos en el escritorio, el Correcaminos, que ya había terminado de inspeccionar todo lo que había que inspeccionar en la sala, se aburrió y se fue a explorar la cocina.
Tenía hambre y como ahora esa cocina era, bueno, medio suya, se sintió con algo de el derecho de abrir la alacena y mirar qué había adentro... y en verdad tenia curiosidad, pero solo vio pocas cosas latas de muchas décadas atras, bolsas de alpiste, mmh que rico, un frasco de semillas, un paquete de galletas que seguramente tambien llevaba años ahí... y detrás de todo eso, medio escondida al fondo del estante, una caja de cartón con un dibujo en la tapa...
El ave la sacó con el pico y la dejó sobre la mesa. En la tapa había un conejo caricaturesco, de orejas largas y sonrisa tonta, con un letrero que decía:
"Barras de proteína, sabor conejo".
Dentro había unas cuantas barras sueltas, un par de ellas abiertas y con un solo mordisco, y varias más todavía sin tocar, un pcoo maltratadas por el tiempo.
El Correcaminos se quedó mirando el dibujo un buen rato, con la cabeza ladeada, pensativo y después se asomó por la puerta de la cocina, levantó la caja entera con las alas y la mostró a Wile con un cartel.
"¿Y esto?"
Wile levantó la mirada del escritorio, dándose la vuelta vio la caja en las alas del ave y se puso del color de un tomate maduro en menos de un segundo. Intentó levantar un cartel, se le cayó, intentó levantar otro y finalmente, derrotado, se dejó caer sobre el respaldo de la silla con las manos en la cara.
"Es un experimento", le dijo con el cartel sostenido por una de sus patas.
"¿De qué?"
"De sabor" respondió el coyote, pensando y se encogió de hombros mirando a otro lado "Lo probé en un desayuno... con Bugs".
El ave parpadeó varias veces, lo miró a él, miró la caja y volvió a mirarlo a él.
"¿Te comiste una barra de conejo..." dijo entrecerrando los ojos "...delante de Bugs?"
Wile asintió muy despacio, hundiendo los hombros y jugueteando con sus manos sobre su regazo algo nervioso. El Correcaminos lo miró unos momentos y luego... se rió. Qué descaro, se decía a si mismo , ¿es que acaso lo hizo con Bugs sin enterarse de nada? Descarado coyote.
"¿Y por qué sigue todo aquí?" preguntó esta vez mas curioso que antes "¿No te gustó?"
Wile se rascó la nuca, nervioso.
"Sabe raro..." le respondió y tardo un poco mas "No me terminé ni la mitad".
"Entonces ¿las tirarás?".
"Las guardaré por si acaso".
El ave levantó una ceja. Algo no le cuadraba...entrecerró los ojos, giró la cabeza hacia la alacena y recorrió con la mirada todos los estantes, el de arriba, el de abajo, y descubrió que, en el más alto, justo detrás de una caja de cereal vacía, había otra pila de cajas parecidas, esas sí nuevas, perfectamente ordenadas, con los envoltorios brillantes.
"Wile", escribió con el cuello aun mirando hacia atrás "¿Y esas?"
Wile apretó los dientes, caminando hacia donde estaba el ave, intentó interponerse, pero llegó tarde... El Correcaminos ya había saltado sobre una silla, estirado el cuello y sacado una de las cajas con el pico y cuando aterrizó con ella en el suelo le dio la vuelta para leer la tapa, y se quedó quieto. En la tapa había el dibujo de un ave de largo cuello azul, con una cresta, mal coloreada y una expresión de susto en la cara, bajo un letrero amarillo que decía:
"Barras de proteína, sabor correcaminos. ¡Crujientes por fuera, tiernas por dentro!"
Wile se llevó las manos a la cara y se arrodilló en el piso. Mierda...
—Estas barras me gustan más...—murmuró aun con la cara entre sus manos, avergonzado y muy nervioso, pero eh, ¿qué más podía hacer? Era un carnívoro, por favor comprensión, pidió a sus adentros y suspiró, continuando su hablar —. Perdón...
El Correcaminos no contestó,, solo miró la caja, miró a Wile, miró la caja otra vez y soltó un sonido bajito y ofendido con el pico, golpeándolo contra el cartón en un ritmo muy específico. Wile entendió enseguida.
"¿Sabor yo?", había dicho el ave, en morse. Y luego, con un golpeteo más fuerte:
"Ni siquiera me parezco".
Wile se atrevió a abrir un ojo.
El ave estaba sentado frente a él, con la caja en las alas, señalando el dibujo con una expresión como si su dignidad hubiese sido herida, después tomó una de las barras, desgarró el envoltorio con el pico, la sacó y se puso a leer la letra pequeña de la parte trasera, con el ceño cada vez más fruncido.
Wile contuvo la respiración.
"Ingredientes: harina de maíz, proteína de soya, azúcar y saborizante idéntico al natural. Marca Acme"
El ave se quedó mirando esa frase... después, de a poco, la dureza de su cara fue aflojándose. Wile, tímido y con la voz de un hilo, levantó un cartel.
"¿Te molesta?"
El Correcaminos lo miró un segundo, después sacó un cartel de debajo del ala, lo levantó con calma y lo sostuvo frente a su cara.
"No".
Wile soltó todo el aire de golpe, aliviado, pero el ave todavía no había terminado, sacó otro cartel, lo sostuvo y esperó con una sonrisa muy lenta, muy traviesa, a que Wile lo leyera.
"Pero sería mejor si me comieras a mí antes que a las barras".
Wile se quedó mirando esas palabras. La leyó muchas veces, sintiendo que el calor le subía desde el pecho hasta las orejas y de las orejas hasta la punta de la nariz y que su cola, esa que siempre lo delataba, empezaba a golpear el respaldo de la silla, pack, pack, pack, sin que pudiera hacer nada por detenerla. Abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla y lo único que consiguió fue un sonido muy agudo y ahogado que no significaba nada.
El ave, divertido, tiró el envoltorio al aire, se subió de un salto sobre la mesa, caminó hasta la puerta de la cocina con la cola en alto y se detuvo apenas un segundo para mirar por encima del ala, sonriéndole. ¿Había ganado la primera discusión de pareja? Parece que si... según él.
Después se perdió por el pasillo, dejándole a Wile la caja de barras sabor Correcaminos entre las manos, pensando:
Mierda, debí haber comido estas barras frente a él antes...
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Cuando dio el día siguiente al atardecer, casi noche, la luz naranja moradita entraba por el agujero del techo, Wile se levantó, caminó hasta el fondo de la cueva y tomó la lona que cubría la avioneta con un movimiento teatral.
La tela cayó al suelo levantando una pequeña nube de polvo y ahí estaba Meep 1, a medio terminar, con la pintura algo descascarada, un ala abollada y la palabra MEEP 1 pintada con mucho cariño sobre uno de los costados. Wile se la quedó mirando con las manos en la cintura, orgulloso y el Correcaminos se acercó a su lado, curioso.
"Hoy la terminamos", escribió Wile.
El ave levantó las alas con entusiasmo, dio una vuelta alrededor de la avioneta, la olió y la picoteó para comprobar su estado solido.
Oh si, en efecto, es muy solido.
Wile le puso en las manos, o mejor dicho en las alas, una brocha, un trapo y una lata de pintura y le pintó un plano con las instrucciones más claras que pudo escribir, y a partir de ahí... el desastre empezó.
Primero fue la lata de pintura, que el ave derramó sobre la cabeza de Wile por mirar un tornillo suelto, después fue la llave inglesa, que el Correcaminos entregó cuando Wile pidió el destornillador y que terminó cayéndole sobre el pie.. Más tarde se sentó sobre el motor para ayudar a sostener una pieza y el motor tosió, escupió humo y le chamuscó la cola, más de lo que ya tenia del día de ayer cuando encendió en llamas su propio trasero.
Luego, luego, picoteó un cable que no debía y la hélice empezó a girar sola, levantando papeles, trapos y la lona, que se enredó en la cabeza de Wile mientras él gritaba sin hacer ruido, muy chistoso.
Cada vez que algo salía mal, Wile suspiraba, se limpiaba la cara y volvía a empezar. Y cada vez, el Correcaminos bajaba las plumas, lo miraba con cara de perdón y se ponía a ayudar con todavía más entusiasmo, que era justo lo que lo hacía todo peor.
Aunque después de todas esas cagadas, la cara de Wile no cambiaba.
Mientras el ave pintaba el borde de un ala con la lengua afuera, completamente concentrado y se llenaba el pico de azul, el coyote lo miraba de reojo con una sonrisa pequeña, dulce y tonta.. Habían pasado tantos años intentando destruirse mutuamente y ahora estaban ahí, uno al lado del otro, destruyendo juntos una avioneta. Que romántico.
No era lo que tenía planeado... sino que era muchísimo mejor.
Cuando finalmente el sol terminó de esconderse, la avioneta quedó lista, con el panel de control brillando en la cabina, las alas listas y la pintura bastante irregular, pero... ¿bonita? Dependerá de los gustos de cada uno, al coyote si le había gustado por lo menos.
Wile se limpió las manos con un trapo ya todo horrible, se quedó mirando su obra con los brazos cruzados y soltó un suspiro de satisfacción. El Correcaminos, completamente manchado de pintura, se sentó a su lado y se quedaron los dos mirándola en silencio, con la luz de los focos reflejándose en el casco de cada uno.
Wile tomó un cartel, dudó un segundo y lo levantó con la mano algo temblorosa.
"¿Quieres venir conmigo a un viaje?"
El ave lo miró con curiosidad. Y Wile dio vuelta el mensaje:
"A Albuquerque".
El Correcaminos ladeó la cabeza. Miró el cartel, miró la avioneta, miró a Wile, se tomó su tiempo, mucho más del necesario, mas que nada porque al ave le gustaba hacerse el interesante, no porque dudara de responder, en realidad sabia bien la respuesta,, Momentos después Wile se removió en su lugar, con las orejas hacia atrás, sintiendo cómo le sudaban las manos, pero finalmente, después de una eternidad, el Correcaminos sacó un cartel y lo levantó con una sonrisa traviesa.
"Acepto".
Wile soltó todo el aire que había estado conteniendo. El ave volvió a mirar la avioneta, pensativo, y sacó otro cartel.
"¿Por qué este viaje?" le preguntó "Llevas meses preparando esta avioneta".
Wile se rascó la nuca, algo avergonzado, y se quedó mirando el suelo antes de escribir su respuesta.
"Le prometí a Kevin que lo iría a ver algunas veces al año", dijo y pensó unos momentos "Y a mis amigos, aunque sea una vez al año", suspiró mirando hacia la avioneta y después al suelo "Hace mucho que no lo hago".
El ave asintió despacio. Wile levantó la mirada y se quedó mirándolo un segundo... después, muy bajito, casi como un murmullo, abrió la boca.
―Y ahora... ―dijo con esa voz grave pero a la vez suave―, quiero presumir que... por fin co-conquisté a mi mayor... presa.
El Correcaminos se quedó quieto, abrió el pico, lo cerró, volvió a abrirlo. Se puso rojo hasta la punta de la cresta, hasta las plumas de la cola, incluso hasta los dedos de las patas y tuvo que taparse la cara con las dos alas, soltando un sonidito agudo y avergonzado que no significaba nada pero mucho a la vez. Wile soltó una risa grave, entretenido por la reacción y se inclinó hacia él.
Le apartó con mucho cuidado las alas de la cara, lo miró a los ojos con ternura y le dio un besito suave, corto, justo sobre la punta del pico. El ave abrió los ojos, sorprendido y después los cerró, sonriéndole y le devolvió el beso.
Y, antes de cortar el capitulo, el ave pensó en que le gustaba que Wile le llamara presa después de habérselo... comido.
Y Wile pensó en que finalmente, podía presumir frente al club de cazadores que se comió a su presa... de una forma diferente, pero se la comió al fin y al cabo.
