Chapter Text
Tom casi se cae de espaldas cuando ve a Harry Peverell en su habitación, con esa sonrisa pícara que siempre le adornaba el rostro y las mejillas sonrosadas.
Después de la impresión inicial Harry le explicó a Tom que, como él también era huérfano y menor de edad, decidió que era mejor quedarse en un orfanato, ¿y cual mejor que en el que vivía Tom Riddle?
De repente toda esa nube gris en la que se había sumergido el día anterior cuando llegó de Hogwarts se disipó. No le importaba en lo más mínimo donde había estado Harry el día anterior o como hizo para inscribirse en un orfanato él solo. Lo que le importaba es que ya Harry estaba ahí y todo estaría bien.
Claramente no le dijo lo que sentía, tan solo le ordenó que apagara la luz y no hiciera mucho ruido.
La sonrisa de Harry alumbró su inexistente sueño.
Tom no sabía por qué no soñaba. Solía pensar que era anormal y que había algo mal en él, pero al ver a Harry tener pesadillas casi todas las noches se aliviaba de solo dormir en el vacío inexorable.
Fingió dormir cuando Harry se levantó de la cama respirando agitado, con un grito mundo y los ojos abiertos de par en par, inundados de terror.
Los ojos de Harry nunca eran tan verdes como lo eran después de una pesadilla.
Fue a preguntarle a la tonta encargada si le podía dar la fecha de nacimiento de Harry, ella le dijo que había sido hace cuatro días, el treinta y uno de julio.
Tom nunca se había sentido tan enojado como en esos momentos.
Pasaron sus días desde la llegada de Harry en una rutina agradable. Harry le leía los cuentos de Beddle el Bardo que resultaron gustarle mucho. Jugaban en el pequeño jardín del orfanato, se defendían el uno al otro de los matones habituales de Tom. No sintió lastima alguna cuando Harry, cada vez que veía a los tres mosqueteros, les lanzaba una zancadilla sin varita y no verbal.
Era realmente gracioso ver a John, Edward y Kurt sobarse el trasero luego de una dura caída.
Harry nunca reía.
Después de que Harry saliera del pequeño baño en el pasillo con la ropa puesta y el cabello mojado (Tom no sabe por qué demonios se sintió decepcionado y prefiere no pensar en eso), Tom esperó que el susodicho entrara en su habitación, dirigiéndole una mirada dura al niño de doce años, quien le mira con una ceja alzada (Tom tampoco entiende cómo es que Harry nunca se asusta de la mirada que aterroriza a la mitad del orfanato, seriamente. Algunas veces se frustra por eso pero luego recuerda que es Harry, el inalcanzable Harry, de quien habla).
Tom inhala profundamente.
—¿Por qué no me dijiste que hace cuatro días fue tu cumpleaños?—suelta de un solo golpe porque es Harry con el que habla, y sus modales siempre se esfuman cuando Harry y él están juntos.
Harry abre los ojos como platos.
—¿Hace cuatro días? Lo siento, Tom, se me olvidó por completo. Aquí no hay una forma de saber realmente la fecha—se disculpa con una mano en la nuca, verdaderamente arrepentido.
Si fuera cualquier otra persona Tom ni siquiera se habría molestado por no haber celebrado su cumpleaños, pero Harry es Harry, y es la persona que más merece un pastel y un regalo. Se promete a si mismo reunir para comprar un regalo decente, solo que aún no sabe cómo lo hará.
Logra convencer a la cuidadora de regalarle un pequeño biscocho recién hecho. La condición fue dejar de cenar toda una semana, por lo que Tom acepta al instante.
Oculta el biscocho en las cocinas y ruega a Merlín que a nadie se le ocurra comérselo porque entonces él matará a todo el mundo sin importarle nada.
El biscocho es de chocolate y es del tamaño de su puño. Harry le mira desde los columpios con una sonrisa radiante tan característica en él y decide que ya no puede esperar más, así que le dice a Harry que vaya a la habitación. Él lo mira con indecisión y Tom está casi seguro que está librando una batalla en esa mente tan atormentada que tiene Harry. Lo ve relamerse los labios para al final aceptar, yéndose de inmediato.
Tom no supo realmente que fue lo que pasó pero se descubre a si mismo relamiéndose los labios. Cosas que pasaban.
Después de correr unos tres minutos a las cocinas y buscar su biscocho, Tom lo lleva medio escondido de las miradas ajenas, no queriendo que nadie se lance encima de él solo para robarle el preciado postre.
Abre la puerta de la habitación y pone las manos en su espalda, indudablemente avergonzado. Harry le mira expectante en su cama con las piernas cruzadas. Tom cierra la puerta de él y, con un sonrojo que siempre negará, le tiende a Harry el biscocho de chocolate.
Harry le mira a los ojos, parpadeando varias veces y Tom siente el insano impulso de explicarse a pesar de que no lo necesita.
—Es que fue tu cumpleaños y yo… y tú… tú me regalaste tantas cosas bonitas y, no sé, olvídalo, es patético, absolutamente tonto. Pero tu merecías un cumpleaños y no lo obtuviste, y viniste a este infierno solo para estar conmigo y de verdad que yo te lo agradezco demasiado. Prometo que cuando pueda te compraré el mejor regalo de todos y… Rayos, es que no tengo dinero.
—¿Cómo?—pregunta Harry.
—Convencí a la cuidadora de que me lo diera. Una semana sin cenar pero no importa porque igualmente este lugar tiene una comida del asco y podré soportarlo y tu…— un suspiro profundo—. Feliz cumpleaños.
Y Harry hace lo mismo que hizo Tom en navidad. Se lanza a Tom y a él no le importa sea Harry el que se abalance sobre él en ninguna ocasión. Lo abraza por el torso y Tom pasa los brazos por el cuello del no cumpleañero, con el biscocho aun en la mano.
Harry llora contra su hombro, como si no lo hubiese hecho en años y ahora libera todo lo que se ha aguantado. Tom no sabe qué fue lo que le sucedió a Harry antes de llegar a Hogwarts, Harry no grita ningún nombre en las noches de pesadilla y ninguno de los dos habla de sus infancias antes de conocerse, aunque Harry se hacía una idea de la vida de Tom en el orfanato.
Llora en su hombro como si su corazón fuera una esponja a la que le sacan toda el agua, a base de apretarla con tanta fuerza que es increíble que no se rompa.
Tom desearía saber qué decirle a Harry para animarlo, pero no tiene las palabras así que solo lo abraza lo más fuerte que puede y cantarle la famosa canción de cumpleaños contra su oído.
Su amigo hipea un rato más sin soltarlo y dice, en voz entrecortada:
—Gracias. Es el mejor regalo que me han dado.
Y Tom sabe que es cierto porque la expresión de Harry era la misma que había puesto Tom cuando recibió el guardapelo. Se jactó de ser el que le dio a Harry Peverell el mejor regalo de su vida, a pesar de que no sabe que tiene de especial un biscocho.
Comen cada uno la mitad del biscocho y dejan un poco para el día siguiente, esperando que no ponga malo.
Durante toda una semana la cuidadora no le sirve comida a Tom, y durante toda una semana Harry divide su ración diaria para que Tom coma a pesar de que diga que no le gusta esa comida.
Harry le cuenta en medio de la noche, con voz estrangulada y sin mirar a Tom, cómo fue que murieron sus padres.
Tom no puede evitar soltar un ruido de indignación, porque alguien como Harry nunca debería de haber perdido a sus padres y menos a manos de un infeliz asesino a sangre fría. Se sintió maravillado porque, a pesar de todo eso, Harry Peverell sobrevivió a esa noche, cuando el asesino pensó que había muerto bajo los escombros.
Eran confesiones que le ponían la piel de gallina a Tom, porque cada día aprendía más de Harry aunque él sintiera que no sabía nada.
Le dice cuál es su color favorito y que tenía dos mejores amigos en América, amigos que no sabía si volvería a ver. Tom le preguntó si deseaba volver a América con sus amigos. Harry no contestó de inmediato pero cuando Tom escucha la respuesta siente que su corazón se hincha en un sentimiento temido y peligroso que se empezaba a desarrollar pero que aún no sabía cómo llamarle.
—Prefiero estar aquí, contigo.
Susurró Harry con las manos detrás de su cuello y la mirada fija en el techo, como si ni él mismo esperaba aquella respuesta.
Lo dijo de una forma en la que Tom sabía a ciencia cierta que no hablaba solo de estar al lado de Tom, en Inglaterra, sino de una forma más profunda y desconocida. Solo Merlín sabía lo que pasaba por aquel cerebro.
Tom le confiesa que nunca conoció a sus padres, solo sabe que su madre murió en el parto y que su padre no sabe de él, que es un muggle adinerado. Harry nunca le mira en toda la noche pero Tom si lo hace y descubre que Harry esta tan meditabundo y tan concentrado en el techo que, a la mitad del relato, se queda dormido.
Tom no sabe porque Harry se durmió cuando le hablaba de algo tan serio en su vida, pero lo olvida porque esa noche Harry no tiene pesadillas.
Al día siguiente Harry se disculpa mil veces por quedarse dormido, le dice a Tom que su voz es tan relajante que no supo ni en qué momento quedó rendido. Tom le perdona porque es Harry quien le pide disculpa y porque, en el fondo, no le importa que Harry se quede dormido cuando le está hablando, porque ahora sabe que es por su voz.
A partir de esa noche Tom desahoga todas sus frustraciones, penas y preocupaciones a un Harry profundamente dormido, le maravilla que en ninguna de esas noches Harry sufra alguna pesadilla.
A mitad de agosto Dumbledore llega al orfanato.
No es algo que Tom le sorprenda, pero Harry casi se cae de espaldas al ver al profesor de transfiguraciones sentado en la esquina de su cama.
Hay una cosa rara cada vez que Harry ve al profesor Dumbledore y a Tom en la misma habitación. Sus ojos viajan de uno al otro, esperando algo pero al final siempre se rinde y vuelve a ser el mismo.
Tom sabe que no es el único que lo nota.
Van juntos al callejón Diagon a comprar sus útiles para el segundo año en Hogwarts, con Dumbledore pisándoles los talones.
Tom no entiende porque tiene que ser Dumbledore el que los acompañe pero a Harry no parece importarle. Harry toma la mano de Tom y lo lleva a Florean Fortescue, donde compra dos helados y le pregunta a Dumbledore si también quiere uno, el profesor le agradece pero le dice que no mientras le explica que había descubierto el mejor invento muggle: el caramelo de limón. Harry suelta una carcajada tan estruendosa que todos los clientes del establecimiento le miran como si fuera un loco salido de San Mungo, Dumbledore se ve contento pero confundido, al igual que Tom. Eran esas pequeñas cosas, las cosas extrañas a las que Harry solía reaccionar así.
Después de terminar sus helados Harry lleva a Tom a Madam Malkins, comprando las túnicas con el fondo que tiene el colegio y Harry con el dinero de su bóveda.
Fue un día genial, fue grandioso. Se comportaron como los niños que todavía eran sin preocuparse de nada, Dumbledore les miraba con una chispa de esperanza en sus ojos, creyendo que tal vez Harry Peverell fue lo mejor que le pudo pasar a Tom Riddle.
Tom ni siquiera piensa en negarlo.
Los últimos días en el orfanato son los más felices por la anticipación de irse ya de una sola vez.
El trato de una semana de Tom ya se acabó y Harry deja de compartir su comida, instando a Tom para que coma su bandeja completa.
—No crecerás si no comes adecuadamente. En América conocí a un chico de diecisiete años que en realidad parecía uno de catorce—Tom se ríe sin poder evitarlo pero Harry sigue mirándolo con intensidad, como si lo que dijera fuera lo más importante del mundo—. Estoy hablando en serio. Ese chico vive acomplejado aun ahora.
—¿Y cómo sabes tú que un chico de América al que no vez desde hace un año sigue acomplejado por su estatura?—pregunta Tom aguantándose la risa. Harry niega.
—Es imposible no hacerlo—contesta con simplicidad y sigue comiendo, no insistiendo más.
Tom come toda su bandeja esa noche, la siguiente y la siguiente de esa.
La noche del treinta y uno de agosto los baúles ya están listos.
Habían acabado de cenar por última vez en el orfanato, o por lo menos la última vez ese año. El día siguiente comerían como reyes en Hogwarts, en el banquete de bienvenida.
Tom no cabe en su felicidad.
Es esa noche hablando a las diez, los dos acostados en sus respectivas camas y hablando de lo que harían el día siguiente que Tom se da cuenta de que, en realidad, estaba hablando en parsel cuando Harry comenzaba a cabecear. De alguna forma terminaba siseando sus confesiones, como si fuera algo natural en él guardar secretos.
Se alegra de que Harry Peverell no hable parsel.
La mañana del primero de septiembre Dumbledore vuelve al orfanato para llevarlos a la estación.
Ambos se duchan concienzudamente y le piden a Dumbledore que los lleve a una barbería. En realidad es Harry quien se lo pide a petición de Tom.
Tom no sabe porque es que Dumbledore lo analiza a cada momento, como si quisiera ver su alma, pero a Tom no le gusta. En cambio, Dumbledore mira a Harry como agradeciéndole algo que Tom no puede descifrar. Harry suele observar a Dumbledore como si no fuera posible que existiera.
Así que terminan de cortarse el cabello a las diez de la mañana y Dumbledore los lleva a King Cross, hablando alegremente sobre el clima y las cosas interesantes y curiosas que inventaban los muggles esos días.
Tom tenía la sensación de que le hablaba más a él que a Harry, y que Harry también lo sabía pero no lo mencionó en ningún momento. Tom solo asentía o le daba la razón a Dumbledore sin llegar a tener una conversación muy profunda.
Se alegró profundamente cuando Dumbledore los dejó en la barrera mágica. Ambos cruzaron corriendo a través del supuesto muro, saliendo al andén 9 3⁄4. Admiraron el ferrocarril que los llevaría a Hogwarts y Tom Riddle sonrió para sí.
Este sería un buen año.
