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Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2018-11-10
Completed:
2019-07-01
Words:
11,209
Chapters:
3/3
Comments:
4
Kudos:
124
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5
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960

No

Chapter 3: Parte 3

Summary:

Finalmente he podido traer la parte final de esta historia. Muchas gracias por su paciencia.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

"No"

Por Daymin.

Parte 3

Tan pronto como lograron estabilizarse, Draco se alejó de su agarre con fuerza y, notablemente, disgustado.

— ¡Pudiste al menos avisarme, idiota! —Le gritó, justo afuera de un tranquilo restaurante.

Harry levantó las manos a manera de disculpa, indicándole que le siguiera al interior del lugar, riendo en el proceso. Malfoy no pudo hacer más que seguirle, y Harry estuvo seguro de que le vio acomodarse el cabello más de una vez, era notable la exasperación y disgusto del rubio, Harry disfrutó más de la cuenta de ese pequeño detalle.

Al llegar a una mesa apartada del resto, el menú aparece frente a ellos, entonces se sumieron en un silencio incómodo y asfixiante. Y aunque Harry se sabía de memoria el menú y siempre pide lo mismo, no se atrevió a decirlo. Después de largos minutos, Draco tocó con su varita la carta y la hizo desaparecer, Harry imita el gesto, y la espera por la comida es aún más larga y asfixiante que la elección de ésta.

Cuando sus platillos aparecieron frente a ellos, Malfoy ni siquiera se inmutó y permaneció mirando por el cristal que se encontraba a su costado, revelando a los magos que transitaban por la calle. Finalmente giró y centró sus ojos en Harry.

— ¿Qué ocurre? —Se aventuró a preguntar, sintiéndose inexperto en estar a solas con el rubio, sin ser capaz de interpretar ninguno de sus gestos casi inexpresivos, pero aun así siente que la plata de esos ojos le queman.

—Debo admitir que estoy sorprendido, Potter. —Comentó, comenzando a extender la servilleta en sus piernas y a tomar los cubiertos. —Debido a tu…elocuencia, esperaba un restaurante muggle de comida rápida. —Y toma un bocado.

Harry se sintió conmovido repentinamente ante el comentario sin malicia. Así que ríe ligeramente y comienza a comer, con mucha menos elegancia que el heredero Malfoy.

—Sólo creí que te gustaría más permanecer en el Londres mágico. ¿Cómo es que sabes sobre la comida rápida muggle? —Agregó receloso.

Draco rodó los ojos, y entonces Harry se percató de lo poco elegante que era ese gesto.

—No soy un ignorante, Potter.

Harry siente que hay mucho más detrás de ese conocimiento, pero está dispuesto a esperar, a cambio hace un simple comentario.

—Escuché que acabas de regresar de Francia. —Malfoy sólo asiente, concentrado en su comida. — ¿Cómo es allá?

La simple pregunta provoca que Draco se centré de nuevo en él, con aquella atención abrazadora que denota un debate interno.

—Elegante y antigua y, sin duda, mucho más tranquila que Londres.

Harry asiente y piensa que debe ir allá en algún momento.

— ¿Cómo está tu madre?

Entonces Malfoy suelta los cubiertos con la suficiente fuerza como para hacerlos resonar escandalosamente.

—Al grano, Potter. —Su postura nuevamente es rígida y ha dejado atrás cualquier disfrute del lugar. — ¿Qué carajo quieres? No me creo toda esta fachada del niño que vivió queriendo ser mi amigo, ¿buscas información? ¿Quieres la ubicación de mi madre para inculparla por algo estúpido? ¿O es que ya te arrepentiste de ayudarnos en el juicio?

Harry estaba mucho más familiarizado con esa desconfianza del rubio, el tono mordaz y el veneno en sus palabras, como si estuviera preparándose para morder. No pudo suprimir una sonrisa.

—Eres un idiota, me voy. —Anunció Draco, pero antes de que pudiera si quiera moverse, Harry ya le sujetaba del brazo. —Suéltame.

—Primero escucha, Malfoy. —Dijo exasperado y, cuando estuvo remotamente seguro de que no sería hechizado –por el momento- le soltó suavemente. —Sólo estoy intentando tener una conversación civilizada contigo, maldición, no busco incriminar a nadie, no tengo dobles intenciones, si no quieres que pregunte por tu madre, de acuerdo, no lo haré.

Malfoy afiló sus ojos, pero no se marchó, sino que simplemente se quedó sentado con la postura rígida y desconforme.

—No seas infantil. —Malfoy resopló con disgusto y retomó sus alimentos. —Si te molesta que haga preguntas puedes hacerlas tú. — Agregó el auror, por si las dudas.

Malfoy pasó los siguientes minutos tan centrado en su comida, que Harry pensó que todo intento de conversación había muerto, casi estaba tan arrepentido de su intento de amistad hasta que el otro habló finalmente.

—Escuché que eres auror, Granger lo mencionó.

— ¿Si sabes que Hermione está casada con Ron? Ella es una Weasley.

—Una completa desgracia, ese imbécil de Weasley ni siquiera debió tener permitido reproducirse. —Harry rio, sintiendo el comentario tan infantil y sin sentido que lo disfrutó.

— ¿Eso que detecto es aprecio por Hermione, Malfoy?

—Se llama lástima, Potter, y cualquiera con la mitad de sentido común estaría de acuerdo conmigo.

Harry rio con más ganas, aquel tema estaba lejos de ser lo que esperaba.

—Yo estoy feliz por ellos, creo que se merecen estar juntos, después de todo.

—Tú eres un idiota también. —Afirmó el rubio, tomando finalmente un sorbo de su copa de vino.

Harry entonces le miró. Malfoy parecía mucho más cómodo que instantes atrás, sosteniendo la copa de la forma más elegante posible, sus delgados dedos blancos luciendo pulcros. Su cabello se sacudía apenas un poco con cada movimiento, pero siempre en armonía, sin salirse de su lugar, y su túnica a la medida hacía que Harry se sintiera avergonzado de no haberse esmerado un poco más en su aspecto, tan sólo para darse cuenta de que jamás lograría lucir como Malfoy.

Draco era casi inmaculado, y aquello no tenía nada que ver con su pureza de sangre.

El simple pensamiento le revolvió estomago con impaciencia.

¿Siempre había lucido así?

—Lo soy. —Asintió, era un idiota si nunca vio la forma en que Malfoy brillaba.

Harry no estaba seguro de cuánto tiempo permanecieron en aquella pequeña mesa charlando de cosas sin importancia, ni cuantos vasos de whisky llevaba, pero tampoco le importó.

—Potter…—El tono que usaba para hablarle se había vuelto ligero, casi familiar, aunque probablemente era el alcohol en su organismo que lo hacía más lento. —Tienes que decirme que hiciste para que la comadrejilla te botara. — Harry suspiró con diversión, recargándose sobre su silla, mientras elevaba una ceja. —Los periódicos hablan de ti en toda Europa. —Agregó, como si eso respondiera a su duda.

Harry lo pensó un poco más, preguntándose si lo que había pasado con Ginny contaba como haber sido dejado.

—Realmente no lo sé. —Murmuró torpemente, siendo sincero. —Yo la amaba, y un día simplemente no fue así.

Ahora fue el turno de Malfoy de elevar una ceja.

—Muy típico de ti, Potter. —Suspiró.

—Escuché que estabas comprometido… ¿Por qué no te casaste?

Malfoy guardó silencio tanto tiempo que Harry pensó que se marcharía, aún sino había dado indicios de estar molesto.

—Supongo que soy un idiota, como tú. —Soltó y luego sonrió débilmente, apenas un gesto de lado que tambaleó a Harry, aquella sensación de vértigo que nada tenía que ver con el alcohol en su organismo.

Si bien, no había entendido nada de la respuesta, no le importó en ese momento, pues Malfoy estaba sonriéndole, no había gritos ni insultos, sólo dos magos adultos que conversaban y sonreían entre sí.

La siguiente vez que Harry espero por Malfoy en la entrada del Ministerio de Magia no hubo tanto alboroto ni resistencia, y cuando le siguió al mismo restaurante y la misma mesa, Draco había argumentado que la única razón por la que aceptaba de nuevo era porque Harry había resultado ser un buen conversador.

Harry sabía que era bastante torpe conversando, pero simplemente le dio la razón y disfrutó de una tarde más, entre comentarios sarcásticos pero no hirientes, de charlas ligeras sobre cosas ajenas y alguno que otro comentario íntimo al final de la velada.

Esa segunda tarde, Draco mencionó que había extrañado Londres. Y Harry en ningún momento se atrevió a interrumpir el monologo que el rubio le estaba brindando, sin importarle lo poco que entendía sobre la alta costura, arquitectura o el clima. Escuchar a Draco hablar sobre sus cosas preferidas se sentía bien, descubrió Harry.

Y de esa tarde siguieron muchas más.

Harry se sentía fascinado. Simplemente deslumbrado ante la persona que realmente era Draco Malfoy.

En su época de estudiante, hubiera jurado que el sangre pura no era más que un niño mimado, demasiado rico, demasiado egoísta, y demasiado rubio. Al final de la guerra, entendió que Draco sólo fue una pieza más en el tablero de ajedrez, un peón más para sacrificar en aquel juego del que parecía ser el rey, Harry nunca pudo decidir quién había condenado a Draco a ese juego.

El Draco Malfoy frente a él demostraba en cada movimiento y postura su crianza de alta calidad, sus buenos modales y palabras correctas hipnotizaban a Harry, quién creció de manera rústica y sin fijarse en esas cosas. Draco era la viva imagen de un heredero sangre pura, con aquella piel pálida digna de la realeza y esos cabellos de oro, casi blancos.

Harry nunca se percató de esas cosas en la escuela, quizás debido a su enemistad, o a que el rubio le insultaba en cuanto le veía, no había mucho tiempo para detenerse a ver.

El Draco de ahora era correcto y cortés, casi amable se atrevía a pensar, hablando en un tono moderado sobre arte y ciencia, sin importarle si algo de eso provenía del mundo muggle, simplemente compartía sus conocimientos y aficiones con él. Harry sintió emocionarse al percatarse de ese detalle. Entre todos los magos de Londres, Draco había elegido conversar con él, y estaba seguro de que no tenía nada que ver con todo ese asunto del “héroe del mundo mágico”.

Por el momento, con un total de 10 citas, una cada semana, Harry podía decir que Draco le agradaba, y sabía que era algo recíproco, aún si el rubio parecía molesto al verle esperando en la entrada del Ministerio, podía verle buscarle con la mirada disimuladamente.

Seguían soltándose comentarios sarcásticos y de mal gusto mientras comían, se reían del otro y no terminaban de entender que estaban haciendo, pero no parecía importar. Al final de la velada, cuando la noche espesa llegaba y el alcohol se mezclaba con su sangre, se sinceraban sobre cualquier cosa, demasiado exhaustos de aparentar y pensar en comentarios hirientes, simplemente aceptaban lo que venía del otro y lo tomaban, como pequeños secretos que fingirían no saber la próxima semana, guardándolos recelosamente para sí mismos.

De ese modo fue como Harry comentó una noche sobre lo cansado que estaba de todo, Draco le había mirado durante cinco minutos fijamente, sin decir nada, al final sólo asintió y bebió el resto del licor en su vaso de un solo trago, sin importarle que era demasiado. Harry se sintió más liviano esa noche.

—Debes detenerte. — Harry elevó sus ojos por sobre sus anteojos debido a su posición llenando papeleo, viendo apenas un manchón pelirrojo aparecer frente a su escritorio. —De verdad, debes parar.

— ¿Qué es lo que debo dejar de hacer, Ron? —Murmuró con fastidio, era medio día y él no había logrado reducir ni un poco la larga pila de papeles sobre su escritorio.

La voz de ron era demandante y aquello no podía indicar nada agradable.

—Bien sabes, Harry, lo que sea que haces con ese…Malfoy. —“Traidor” pudo leer en la expresión de disgusto de Ron.

— ¿Qué pasa con eso?

— ¿Qué pasa con eso, dices? ¡Pasa todo, Harry! Los han visto juntos en ese restaurante, El Profeta está diciendo que…

—Sabes bien que no leo esa basura. —Le cortó, regresando a su trabajo.

Por supuesto que estaba al tanto de todo el alboroto que se había extendido por el mundo mágico. Malfoy había sido tan amable de enviarle esa mañana una copia del ridículo titular.

“Harry Potter, el chico de oro, se mezcla con la suciedad.” Anexado venía una simple nota “Aléjate de mí, Potter. No quiero fama innecesaria.” Logrando acabar con el poco buen humor que poseía.

— ¡Harry! Están hablando de ti como…como si fueras un traidor, ¿no entiendes? No importa si Malfoy dice ser bueno, joder…no importa si realmente es bueno, él siempre será un maldito mortífago, no puedes ser su amigo.

—Vete.

—Pero, Harry…

—Vete, Ron.

Harry simplemente no tenía energías suficientes para hacer a su amigo entrar en razón, no quería intentarlo, no quería abogar por alguien que le había despreciado al primer inconveniente.

Cuando Ron azotó la puerta tras él, se tensó y se recargó en el respaldo de su silla, arrancándose los anteojos. Estaba tan molesto, estaba molesto con Draco por haber caído en la ridícula publicidad de “El Profeta”, por alejarlo sin más, sin darle tiempo de explicarle nada, aún si no tenía nada que ver con aquello; se sentía furioso con Ron por atreverse a darle ordenes sobre sus amistades, más que nadie él debía entender sobre la lealtad de una amistad, sin importar el pasado. Pero lo que más odiaba era la forma en la que sentía, herido por ninguna razón válida, él y Draco no eran nada más allá de conocidos que compartieron algunas charlas.

Entonces, ¿por qué se sentía tan herido?

La rutina era algo que lograba agotar a Harry Potter, el realizar lo mismo, día tras día de la misma forma era de sus peores pesadillas. Como auror, en ese tiempo, no había realmente mucho que hacer más allá de magos demasiado dispuestos a hacer más alboroto que maleficios oscuros, alguno que otro tráfico de pociones o animales ilegales, asesinatos pasionales, y la demás basura del mundo mágico, que sólo acarreaba más papeleo que acción.

Aquello era algo que Harry jamás pronunciaría, de ser así sabía que sería malinterpretado, pero no esperaba poder ser comprendido, después de todo ¿quién más podía decir que peleó una guerra, murió porque no había otra opción y, realmente, no falleció? Cualidades difíciles de encontrar en verdad.

Desde luego que no ansiaba otra guerra, ni magos oscuros llenos de odio y venganza, ni fanáticos locos, pero tampoco quería lo que tenía. Él no quería nada, aún si todo podía tenerlo.

En momentos como ese, a mitad de la noche que era demasiado larga y corta a la vez, se preguntaba qué pasaría si huía al mundo muggle, donde no tuviera nada que ver con el heroísmo ni favores grandes, sólo él, intentando vivir. Le gustaba pensarse en una pequeña casa en el campo, con un montón de perros, trabajando en cualquier cosa, y poder charlar por las noches con alguien, con su persona especial.

Pero pronto le asaltaban las culpas, recordaba su papel como auror, todos sus compromisos y promesas con sus seres queridos, lo imposible de poder desaparecer simplemente y el temor, muy en el fondo de su pecho, ante el regreso o aparición de un mago oscuro.

No importaba cuantos años pasaran, aquella gran responsabilidad siempre estaría sobre sus hombros, aún si él no la pidió, aún si no podía cargarla. Y, al llegar a esa simple conclusión, como cada mala noche, se levantaba de su cama y se dirigía a la sala, con una botella de whisky de fuego en la mano.

Cuando apareció justo en la entrada de la Mansión Malfoy se sintió tan sorprendido de haberlo logrado, sin entender porque podía recordar el camino y más con todo el alcohol que había ingerido.

Su sorpresa sólo aumentó más cuando un pequeño elfo apareció frente a él y le abrió las puertas con una reverencia.

—El amo Malfoy lo espera, amo Potter, señor. —Y chasqueó los dedos.

Ante el tirón en su estómago, esperó comenzar a vomitar, pero el elfo simplemente lo había aparecido dentro de la gran mansión. El gran salón donde se vio de repente parecía tambalearse a su alrededor, lo más probable era que fuera él quien temblaba ante el repentino cambio y, sí, lo ebrio que estaba.

—Gracias, Mudy, prepara una taza de café para el señor Potter. —Pronunció el monarca de la mansión. El pequeño elfo reverenció de manera exagerada y desapareció.

Harry no sabía exactamente que hacía ahí, si bien, ese día era particularmente malo y se las había arreglado para empeorarlo, bebiendo demás, no podía recordar porque decidió que ir a la casa de Malfoy era una buena idea.

—Toma asiento, Potter. —Y así lo hizo, necesitaba estabilizarse y las altas paredes temblorosas a su alrededor no le ayudaban. Cuando se dejó caer en uno de los cómodos sillones de la pequeña sala de té, cayó en cuenta de que tan mal iba todo. — ¿Se puede saber por qué irrumpes en mi casa a media noche, Potter?

Media noche. ¡Era media noche! Harry suspiró pesadamente.

—Tú…no respondiste mis cartas, ni fuiste al Ministerio en el último mes, sólo enviaste esa ridícula nota…yo…—Hilar ideas le costaba más de lo usual, cada frase se le escapaba al final. —Creo que…estaba preocupado por ti, Draco.

Harry pudo ver la mandíbula del rubio tensarse y se preguntó porque, sin tomarle mucha importancia, finalmente se detuvo a mirarle más. Draco vestía amplias ropas de dormir y su cabello se encontraba alborotado y nada aristocrático. Era evidente que se había levantado de la cama para atenderlo.

—No…—Murmuró bajito, aclarando su garganta de inmediato. —No me llames por mi nombre, Potter, no te he dado ese derecho.

Harry sólo atinó a asentir y sonreír tontamente. Tras un sonido hueco, el elfo Mudy apareció con una taza de café y otra con té, reverenció y desapareció nuevamente.

Pronto bebió el café y no pudo evitar mostrar una mueca ante lo amargo del líquido.

—Quiero que lo bebas todo y después me expliques porque mi elfo Mudy me llama a media noche diciendo que “Harry Potter señor” se encuentra fuera de los terrenos Malfoy y, además, notablemente ebrio. —Él sólo asintió, bebiendo más rápido, intentando ocultar el sonrojo de sus mejillas.

Había sido muy estúpido.

—Lamento haberte despertado. —Comentó, dejando la taza a un lado, su estómago estaba protestando nuevamente. Draco elevó sus hombros, un gesto tan poco elegante que contradecía su elegante figura bebiendo té. Harry vio, en ese momento, que no importaba realmente como luciera Draco, siempre parecía brillante. —Yo…no tengo una razón lo suficientemente buena como para excusarme, me he comportado como un bruto.

—Estoy de acuerdo, continúa.

—Draco… —El rubio pronto elevó su mano.

—Potter, no me llames por mi nombre. —Pidió nuevamente entre dientes. Harry pronto asintió con rapidez.

—Lo siento. —Dio otro trago al amargo café y se enderezó. —Malfoy, te he echado de menos.

Harry no sabía cómo no ser sincero, ni cómo explicar las cosas sin vaciar sus sentimientos en el proceso. Siempre le funcionaba mejor decir las cosas que pensaba que intentar ocultarlas.

— ¿De qué estás hablando?

—Dra…Malfoy, lamento mucho todo ese asunto de “El Profeta”, debes saber que no tuve nada de ver con eso, mi intención no era perjudicarte ni mostrarte de esa forma…yo…

—Espera…—Le silenció Draco, quién dejó su taza de té en la mesilla y adquirió una pose mucho más seria. — ¿Estás diciendo que has venido a mitad de la noche para disculparte por una tontería? ¿Qué tu visita no tiene nada que ver con un arresto notablemente ilegal?

Fue el momento de Harry para no comprender, al menos no hasta que se percató de la varita casualmente colocada justo a un lado de la taza de té, demasiado cerca y conveniente de su dueño.

Por supuesto, él era un auror, uno que irrumpió a mitad de la noche en la casa de un exmortífago sin ninguna razón aparente. Draco era sumamente desconfiado, por supuesto que él entraba en esa larga lista de enemigos.

—Draco, yo sólo…

— ¡Joder, Potter!

—Perdón, Drac…Malfoy, ¡iba a decir Malfoy! —La cabeza comenzaba a dolerle y la paciencia que no poseía se esfumaba. —No vine por ninguna clase de asunto relacionado con el Ministerio, nada legal o ilegal…sólo quería hablar contigo.

— ¿Estás bromeando?

— ¡No! No es ninguna broma, Malfoy, ¡Sólo quería verte, maldición! ¿Por qué contigo siempre es todo tan difícil? Entiende que quería verte, hablar contigo…saber que estás bien.

— ¿Por qué no estaría bien, Potter? —Harry se revolvió el cabello exasperado. Draco era más desconfiado de lo que parecía.

—Has dejado de ir al Ministerio, Malfoy, sin más, estaba preocupado, sólo desapareciste, nunca respondiste a mis cartas, ni siquiera para insultarme y decirme que te dejara en paz.

La postura tensa de Draco desapareció, y dejó caer su cabeza contra el respaldo del sillón.

—Eres un imbécil, Potter. —Murmuró, aún sin verle. —Estoy bien, los del Ministerio dijeron que no fuera durante un tiempo en lo que “los rumores de Potter y tú desaparecen.” —Murmuró receloso. —Son unos imbéciles.

—Estoy tan harto de la prensa. —Draco le dio la razón con un simple movimiento de cabeza. —Lamento haber causado tantos problemas.

Finalmente, Draco se recompuso y le miró fijamente. —Cuando dices eso y causas más problemas, realmente quiero hechizarte, Potter.

Harry sonrió, ahí estaba de nuevo, ese juego infantil que tanto añoraba. Ya no se sentía ebrio y las cosas habían dejado de moverse a su alrededor, la chimenea del lugar volvía el ambiente cálido y se sentía reconfortado nuevamente.

—Malfoy…Crees que, —Relamió sus labios con nerviosismo. — quitando todo el asunto de los bandos y la guerra, ¿hubiéramos podido ser amigos en la escuela?

La expresión de Draco fue demasiado enigmática, casi en blanco, sin darle la oportunidad a Harry de leerla.

—No. —Dijo simplemente, Harry asintió.

El rubio tenía razón, aún sin la guerra, Draco y él eran muy diferentes, nunca hubieran congeniado.

—Draco. —Le miró abrir la boca para protestar, pero continuó sin darle oportunidad. — ¿Podemos ser amigos?

— ¡Por supuesto que no!

Harry rio, enfureciendo más al otro.

Draco había vuelto a sus visitas al Ministerio, como antes, y habían regresado a sus comidas y charlas juntos, sólo que ahora no era en el mismo restaurante de siempre, el punto de reunión era la Mansión Malfoy, cosa que aún Harry no captaba del todo.

La idea de ser recibido tan abiertamente en aquella antigua casa le ponía los vellos de punta, sensación que se borraba al encontrar a Malfoy en su despacho o salón de té, en algunas otras ocasiones en el comedor o jardín.

Con sus citas en secreto, el mundo mágico había dejado en el olvido su cercanía, incluso Ron parecía más relajado al no verles cerca. La única al tanto de su no-amistad con Draco era Hermione, quién se mostraba feliz y complacida ante los lazos formados.

Harry sabía muy bien que aquellas citas clandestinas no tenían el mismo significado para él que para Malfoy, Draco podría decirle tantas veces quisiera que no eran amigos, Harry estaba dispuesto a eso, pero en el fondo, Draco era una persona importante para él.

Aquella tarde, Draco lo recibió en el jardín con la comida lista y una bonita vista a los rosales de la mansión. El inicio de sus conversaciones siempre era incómodo, demasiado acostumbrados a dar pasos en falso y arruinarlo todo, entonces Harry pronunciaba la pregunta mágica.

— ¿Cómo ha estado tu día? —Y Draco descargaba tanto como podía, hablando sobre pociones, funcionarios del Ministerio, arte y negocios. A Harry no le importaba entender la mitad de todo aquello.

Draco hablaba hasta que terminaban sus platillos y procedían a beber alguna copa del selecto licor que poseía Malfoy, entonces era el turno de Harry para hablar.

— ¿Has dormido bien? —Pronunciaba Draco, y Harry se abría para aquel hombre.

Hablaba sobre sus pesadillas, las noches de insomnio, los malos días y Ron demasiado preocupado. Se atrevía a decirle todos aquellos horribles pensamientos que pasaban por su mente y que jamás se los diría a nadie, nadie que no fuera Draco Malfoy, porque él parecía entender.

Entendía que significaba tenerlo todo y no querer nada de eso, entendía el peso de los muertos en tus hombros y querer revertirlo, aún si aquello significaba una catástrofe, y, sobretodo, entendía las cicatrices en la mente que dejaba un señor oscuro corrompiéndote.

Al llegar la noche, ambos hombres se sentían tan ligeros y embriagados por el calor, la compañía y el licor, que se volvían sinceros, no importaba que pregunta fuera lanzada al aire, siempre había una respuesta sincera.

—Draco. —Y en ese momento íntimo, el rubio dejaba que Harry lo llamara de ese modo sin protestar. — ¿Por qué no te casaste con Greengrass?

Harry sabía que había mucho detrás de esa decisión, podía verlo cada vez que se mencionaba algo similar, pensaba en dejar el asunto por la paz si Draco no respondía aún en ese momento de sinceridad.

—Potter… ¿sabes lo que significa que yo no me case? —Harry sabía que aquella no era una pregunta real. —Soy el último Malfoy del mundo mágico, sin descendencia mi linaje morirá. —El moreno se limitó a escuchar, bebiendo ocasionalmente. —Cuando me mudé a Francia con mi madre había un montón de cosas por reconstruir, un montón de cosas que arreglar y sanar. ¿Quién querría casarse con un asqueroso mortífago? No había nadie dispuesto, nuestra reputación estaba arruinada y no había mucho que hacer, entonces Astoria Greengrass apareció…—Una sutil sonrisa se formó en sus labios. —Ya no era la niña que recordaba del colegio, era una mujer recta y tenaz, una que me dijo que se casaría conmigo, que tendríamos una familia y seríamos lo más felices posible.

Un largo silencio siguió a eso, y Potter nunca se atrevió a decir nada más.

—Madre y yo estábamos tan felices, “Draco, cariño, todo estará bien” decía, y así parecía, no todos me odiaban. —Draco suspiró pesadamente, sin retirar la vista de los rosales levemente iluminados por las farolas en el jardín. —Luego descubrí que Astoria poseía alguna clase de maldición, una que, al tener un hijo, la mataría. —Finalmente miró a los ojos a Harry, y Harry fue capaz de leer los hilos de su mente. — ¿Por qué crees que no me casé con ella, Harry?

Un gran nudo se formó en su garganta, Draco le había llamado por su nombre mientras contaba esa triste historia y sus ojos plata se volvían cristalinos.

La respiración de Harry tembló, pero su mirada nunca se desconectó del rubio. —Porque no podías hacerle eso, no a ella, la única mujer que deseaba casarse contigo. No podías cargar con una muerte más.

Harry vio a Draco tragar con esfuerzo y desviar la mirada rápidamente.

—Astoria es la única mujer con la que me querría casar, es tenaz,  inteligente, hermosa y me quiere. Es perfecta, tan perfecta que no permitiría que los Malfoy desaparecieran, lo sé, de alguna u otra forma hubiéramos tenido un hijo, y yo…—Harry pudo ver sus puños fuertemente cerrados, temblando ante la impotencia. —Yo no podía verla irse, Harry. No a ella.

El resto de la noche, permanecieron en silencio, entre respiraciones relajadas que brindaban apoyo no pronunciado. Esa noche, Harry sintió su corazón llenarse de orgullo y respeto hacia Draco Malfoy.

—No puedo creer que me convencieras de esto, Potter. —Se quejó una vez más. Harry sólo rio con ganas.

—Es injusto que siempre vayamos a tu casa, yo también tengo un lugar que mostrarte, Malfoy.

Draco permaneció rígido en su asiento en el gran salón lúgubre del número 12 de Grimmauld Place. Aquella tarde, después del banquete en la Mansión Malfoy, Harry había arrastrado a Draco hacia su casa, con el pretexto de tener “un whisky de fuego exquisito”.

Harry tendió el vaso a Draco y tomó asiento a su lado.

—Conozco esta casa, Potter, no olvides que mi madre es una Black.

—No lo olvido, pero debes reconocer que he hecho un buen trabajo, me tomó años convertir este lugar en algo habitable y, claro, un lugar que no quiera asesinarme cada dos pasos. —Bromeó. —Además, la condición para seguir siendo amigos era que nadie supiera, y aquí estamos, nadie vendrá aquí.

—En primera, a mi mansión tampoco entra nadie y, en segunda, no somos amigos, Potter.

—Sí, sí.

Harry estaba tan emocionado de tener a Draco en su casa, era una sensación extraña, algo demasiado íntimo y privado. Le gustaba sentirse así. La dinámica entre ellos había cambiado en gran consideración desde que Draco había confesado sus razones para terminar con su compromiso. Harry atesoraba aquella sinceridad con gran devoción. Llevaban cerca de medio año comiendo juntos casi todas las semanas, hablando sobre trivialidades, bromeando y, por supuesto, lanzando insultos infantiles que sólo relajaba el ambiente.

Harry llevaba casi dos meses mirando más de la cuenta a Draco, en algunas ocasiones el rubio parecía percatarse de ello pero sólo miraba en otra dirección y pasaba sus dedos por su rubio cabello. Harry no era estúpido, conocía esa sensación en su pecho, la vibración de sus dedos, el calor sofocante de su cuerpo y la mente en blanco cuando Draco hablaba emocionado sobre cualquier cosa.

Draco Malfoy le gustaba, de manera completamente romántica. Cuando se percató de ello sólo fue capaz de abrazar ese sentimiento, conocía a Draco, al Draco real, y le encantaba todo lo que era. Un hombre digno de amar.

Draco llevaba cerca de diez minutos hablando sobre su infancia y la tétrica Grimmauld Place de esos tiempos, pero Harry sólo había sido capaz de escuchar los primero dos minutos, o segundos. No entendía porque nunca fue capaz de mirar el rostro de Malfoy en su adolescencia.

¿Cómo fue tan tonto para pasar por alto aquello belleza pulcra? Draco Malfoy era la viva imagen de un príncipe de los cuentos muggle, detalle que nunca pronunciaría por supuesto, con la piel tan blanca y limpia como la realeza, los cabellos rubios de oro, delgados y suaves, ese detalle los sabía porque se había atrevido a acariciarle el cabello en más de una ocasión, ganándose un manotazo de inmediato.

Aquella noche, Harry se sentía más entusiasta de lo normal, quizás fue por eso que se animó a besar a Draco. Un simple roce que interrumpió las palabras del rubio.

— ¿Qué carajo estás haciendo, Potter?

Harry sintió la varita de Draco en el cuello, llevándole a retroceder y elevar ambas manos en son de paz.

— ¿Besándote? —Sintió la madera clavarse con más fuerza en su cuello.

—Eres un imbécil. —Murmuró, retirando la varita con brusquedad. —Vuelve a besarme sin mi permiso y juro que te hechizaré, Potter.

¿Aquello era aprobación?

—Draco… ¿puedo besarte?

—No. —Murmuró contra los labios ajenos, recibiendo de cualquier modo el beso.

De aquel pequeño beso, siguieron muchos más, ocurriendo siempre durante sus noches de charla, con sabor a licor, cada vez más largos, más ansiosos y necesitados.

Sin saber cómo, los besos eran algo cada vez más frecuente. Harry rodeaba entre sus brazos el largo y esbelto cuerpo de Draco al llegar a la mansión Malfoy, y Draco se dejaba besar fugazmente, para después ir al comedor y comenzar con sus charlas regulares sobre sus días, reír y beber cómodamente.

Algunos otros días, Harry esperaba a Draco fuera del Ministerio y lo arrastraba con él hacia su casa, sin importarles si la prensa comenzaba a hablar nuevamente o si Ron se enfurecía. Sonriéndole con complicidad a Hermione, quien parecía saberlo todo aún sin escuchar ninguna afirmación.

Al llegar a Grimmauld Place, Harry se arrojaba sobre el rubio y le besaba hasta dejarle los delgados labios rojizos y una tonta sonrisa. Porque a Draco le gustaban sus besos, lo sabía.

No necesitaban pronunciarlo, no necesitaban de aprobaciones ni declaraciones, porque de algún modo, en ese largo año de no-amistad, ellos habían comenzado a ser una pareja, una de esas que se besan y toman de la mano mirando los rosales, o que se dan pequeños regalos sin razón aparente, que bailan abrazados aún si no hay música, que ríen juntos y que se escapan de sus camas para ir a la del otro.

Harry y Draco eran novios, o cualquier título que abarcara los sentimientos densos que había en sus corazones. Se cuidaban y procuraban con devoción y amor, y eso fue suficiente para que Harry Potter dejara de tener malos días.

—Draco, cariño, ¿verdad que me amas? —Preguntaba Harry, envuelto entre las sábanas de seda de la cama de Draco, hecho un completo desastre de emociones.

—Por supuesto que no, Potter. —Decía el otro sonriendo, aferrándose más al cuerpo cálido y moreno del héroe del mundo mágico, provocando una suave risa cálida que llenaba los largos pasillos de la fría mansión.

—Mentiroso. —Susurraba, y le daba un beso más sin pedir permiso, siendo inmediatamente correspondido.

Porque, después de todo ¿quién podría tomarse bien el “no” de Draco Malfoy? Harry Potter, por supuesto.

 

Notes:

Muchas gracias por esperar y concluir de leer esta historia. Prometo traer algo más sobre estos dos en alguna otra historia.

Notes:

Muchas gracias por el tiempo dedicado a leer esta primera parte. Soy nueva escribiendo sobre esta pareja, por lo que aún estoy familiarizándome con los personajes.
Pido disculpas por si hay algún error, de ser así lo corregiré a la brevedad.
Nos leemos pronto en la segunda parte.