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de festi? vale

Chapter 7

Notes:

hola no estaba muerta estaba de parrandaaa

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

—No me lo puedo creer.

Oikawa asintió lentamente, meciendo la cabeza al ritmo de su propia incredulidad. Kuroo descansaba a su lado bajo la sombrilla. Ambos masticaban la imposibilidad de la historia que Oikawa acababa de contarle. Lo que había pasado la noche anterior entre humo y silencio.

El sábado había amanecido despejado, brillante y caluroso. Barbate se desperezó con la aurora, pero en el camping a los festivaleros aún le quedaban un par de horas de sueño. Se levantaron tarde, acalorados y resacosos. Oikawa e Iwaizumi se levantaron además con la sensación de que todo había cambiado entre ellos para siempre.

Desayuno. Aseo. Bañadores. Playa. Oikawa le envío la ubicación de su grupo a Kuroo, y los cuatro ¿amigos? ¿novios? ¿compañeros de piso nada más? se presentaron a la media hora con la sandía más grande que Oikawa había visto en su vida. Mientras Bokuto y Hanamaki la partían y repartían entre la gente, Kuroo se acercó a Oikawa para preguntarle que cómo estaba. Oikawa había tardado dos minutos en desembuchar.

—La verdad es que yo tampoco.

—¿Así, de gratis? ¿De repente te quiere comer la boca?

Oikawa lo mandó a callar. Iwaizumi estaba en el agua con Kunimi y Akaashi, pero… Decirlo en voz alta lo hacía real, y no un sueño extraño.

Al final había sido Iwaizumi el que se había atrevido. Entre pinos y humedad había confesado lo que Oikawa tanto temía poner por palabras. Y, para sorpresa de los dos, la tierra no se abrió bajo sus pies, ni cayeron al vacío, ni se los comió el abismo. Los segundos siguieron pasando, el cigarro se les consumió en los dedos, y el silencio los envolvió una vez más. Y no pasó nada. Cada uno se fue a dormir a su tienda de campaña y se durmió.

Eso era lo que más le había sorprendido. Se hacía una idea de que le resultaba atractivo a Iwaizumi (tenía ojos en la cara y neuronas que de vez en cuando funcionaba), y aunque oírselo era maravilloso para su ego y su autoestima, al final lo que lo tenía en vilo era que no se había acabado el mundo. Un hombre le había dicho que lo deseaba. No se había muerto.

 


 

—Tenemos que hablar.

Yahaba dejó que las olas le acariciaran los tobillos. Le sabía la boca a ceniza, pero no era por fumar, sino porque se le atragantaba en la boca lo que iba a decir. A su lado, Kyotani se quedó muy callado. Se habían ido a pasear juntos por la orilla. La Playa de la Hierbabuena era larguísima, una extensión enorme de arena fina y agua turquesa. La belleza de su alrededor no le consolaba.

—¿Anoche te liaste con Iwaizumi?

Kyotani alzó los ojos, pero Yahaba no podía mirarlo a la cara. Mantuvo la vista fija en el horizonte. El océano era infinito. La madrugada anterior Kyotani se había metido en su tienda oliendo a porro y había caído rendido al instante, pero Yahaba no. Yahaba se había desvelado escuchando la conversación entre Iwaizumi y Oikawa. Y Yahaba quería una explicación.

—Sí.

Ah. Aquella era de las cosas que más le gustaban de Ken. Su honestidad. Sentía las orejas ardiendo y cierta presión en la base de la nuca.

—Estupendo.

Kyotani bajo la vista. Se tocó las pulseras de cuero que le adornaban las muñecas. Tenía ojeras. Yahaba pensó que estaba hecho mierda, y que no encajaba con el precioso paisaje que tenía ante él. No estaba bien tener una conversación tan fea en un lugar tan bonito.

—Quería saber... Iwaizumi y yo no conocíamos de antes. Me gustaba de antes. Quería comprobar si había dejado de gustarme. Quería estar seguro antes de...

—¿Antes de qué?

Había algo entre ellos. No podía negarse. Llevaban meses de tira y afloja, de conversaciones hasta las mil, de picarse y perdonarse, de aguantarse la mirada y morderse la lengua y tener miedo a dar un paso en falso no vaya a ser que arruine los castillos en el aire que estaban montando. Toda aquella tensión tendría que haber estallado de otra manera. No así.

Kyotani le tomó de la mano. Yahaba se obligó a mirarlo.

—Antes de intentar nada contigo. Con nosotros.

En cualquier otro momento, aquella frase habría desatado una tormenta dentro de Yahaba.

Yahaba le acarició el dorso de la mano con el pulsar, suavemente. Le sonrió. Lo que salió de su boca fueron puñales.

—No hay un nosotros.

 


 

Oikawa y él no habían hablado. Bueno, sí, obviamente no se estaban haciendo el vacío. Se habían saludado a la mañana siguiente, y cuando Oikawa se ofreció para ir a comprar churros Iwaizumi le pidió porras, y habían hablado sobre los conciertos de aquella noche de forma civilizada, y ahora estaban tendidos en la arena escuchando a Matsukawa y Kenma charlar de no se qué videojuego. Se acercaba el mediodía y el poniente soplaba suave sobre la playa. La sombrilla los refugiaba del sol. Tan tranquilos. Tan normal.

Sólo que no era normal. No había nada de normal en aquella situación. Hacía menos de seis horas que Iwaizumi le había confesado a Oikawa que le gustaba, un poco, bastante, mucho. Iwaizumi no recordaba muy bien qué había pasado después, pero a la mañana siguiente algo había cambiado entre ellos. Iban de puntillas, esquivándose, evitando rozarse. Iwaizumi no podía más con la tensión. No sabía qué hacer consigo mismo. No sabía cuál es el protocolo cuando reconoces tus sentimientos y los muestras a alguien y te expones de una forma tan peligrosa y el otro simplemente… no hace nada. Oikawa no le había rechazado, ni le había comido la boca, ni siquiera se había reído de él. Y como estaban guardando las distancias ni siquiera podía intuir lo que le estaba pasando por la cabeza al sevillano.

Se le estaba hundiendo el corazón en un pozo de dudas. Se estaba ahogando. Pero no se atrevía a hacer nada al respecto, ni tampoco es que pudiera. Él ya había hecho su movimiento. Ahora le tocaba a Oikawa.

 


 

Todo cambió, otra vez, esa misma tarde.

Después de comer y de arreglarse, los chicos se encaminó a la zona de los conciertos. Había cierto acuerdo tácito entre todos para dejar a Oikawa y a Iwaizumi solos, y para mantener alejados a Yahaba y Kyotani. El buen rollo del grupo pendía de un hilo.

Todos respiraron un poco más aliviados cuando Bokuto, en un alarde de todo lo que lo hacía ser Bokuto, se lanzó riendo y gritando sobre un chaval que ninguno conocía. Todos se habían acostumbrado a sus cabriolas, a su eterno buen humor y a la manera tan fácil que tenía de alegrar al personal. Era imposible no quererle.

—¡Gente! ¡Este es mi amigo Ushiwaka! Ven, Ushiwaka, que os presento.

—Mi nombre es Ushijima, Bokuto, te lo he repetido mil veces.

El chico en cuestión era, y esta fue una impresión compartida por todos, tremendamente vasco. Oikawa lo observó con atención. Ushijima era alto e imponente, de semblante serio y postura cuidada. También tenía dos brazos como dos troncos, pero Oikawa no se permitió reparar mucho en este detalle.

Pero cuando pasó saludando a todo el mundo, Ushijima se detuvo un segundo de más ante Oikawa. Y lo miró. Oikawa sintió toda la intensidad de sus ojos castaños recorriéndole el cuerpo. Se le pusieron los vellos de punta, y una onza de adrenalina se le instaló en el estómago. Estaba acostumbrado a ser escrutinado, estudiado, admirado de lejos y de cerca; pero Oikawa se empezaba a dar cuenta de que ser mirado de aquella manera era otro mundo. Lo había experimentado también con Iwaizumi, en las duchas, en los conciertos, y la noche anterior entre volutas de humo. Se sentía deseado. El antojo de Ushijima por él podía apreciarse en su expresión, por muy guardada que estuviera. Oikawa se permitió imaginar cómo sería ser saboreado. Otro sentimiento se le asentó en el cuerpo, más abajo, más abajo.

Era delicioso saberse deseado.

 


 

—¿Te has fijado en cómo mira el vasco a Oikawa?

Iwaizumi se sacó la bellota de su escondite secreto (el zapato) y empezó a hacerse el primer porro de la noche. Algo le decía que no sería el último.

—No, Makki, no me he fijado, porque estoy ciego y sordo.

—Tienes que hacer algo antes de que te quite a tu hombre.

Iwaizumi se sonrojó hasta las orejas.

—¡No es mi hombre!

—¿Ah, no? Anoche no decías lo mismo.

—¿ES QUE SE ENTERÓ TODO EL MUNDO?

Matsukawa intervino en ese momento.

—Las tiendas son de tela, mostro, no de pared insonorizada.

—Me cago en mi puta calavera.

—Volviendo al tema, —Hanamaki señaló con toda la discreción qu

e tenía (ninguna) hacia Ushijima y Oikawa —¿qué vas a hacer con eso?

Ushijima no se había separado del sevillano en ningún momento, y Oikawa parecía estar pasándoselo bien metiéndose con él y riéndose en su cara. Iwaizumi no era tan denso como para no darse cuenta de que lo estaba pinchando para llamar su atención. Era exactamente lo mismo que había habido entre ellos el día anterior.

Por un momento, Iwaizumi reflexionó sobre lo tremendamente estúpido que era sentir celos por un pijo sevillano que conocía de hacía menos de dos días, que se había limitado a llevarle la contraria en todo y que no le había dicho ni pío cuando se le había declarado. No tenía sentido rallarse por alguien así, mucho menos cuando parecía que Oikawa había encontrado a otro a quien chinchar. Lo mejor que podía hacer era olvidarse de Oikawa y aprovechar el resto del festival. Aún le quedaban dos noches de música, juerga, buenos amigos, alcohol, drogas y la posibilidad de conocer a otro chico que sí que merezca la pena. Tenía mucho de lo que disfrutar.

Así que Iwaizumi sonrió, encendió el porro y enterró en lo más profundo sus estúpidos sentimientos.

 


 

Eran las mil. La noche brillaba sobre sus cabezas. La música parecía perenne en sus oídos. Sentía la humedad de la costa en los huesos. Sentía la humedad de la boca de Ushijima en la suya.

"Me pregunto si es aquí donde Kyotani se llevó a Iwaizumi anoche."

Era la primera vez que se besaba con un chico. Con un hombre. Ushijima era alto y guapo y grande y cálido en contraste con la arena fría de la playa. Tenía la piel del mentón áspera. Sus manos grandes y sus dedos callosos lo acariciaban por debajo de la ropa. Oikawa estaba en el séptimo cielo.

Pero una parte de su mente, una parte pesadísima y aguafiestas, seguía conjurando la imagen del piercing del ombligo de Iwaizumi. Seguía pensando en los dedos de Iwaizumi recorriendo el mastil de su guitarra. Seguía recordando sus ojos oscurecidos mientras le decía que tenía ganas de besarlo.

—¿Quieres que nos vayamos a mi tienda?

Oikawa evitó responderle mordiéndole la boca. Fue efectivo durante unos minutos. Se lo estaba pasando en grande midiendo el alcance de su propio encanto. Oikawa ya sabía que era atractivo, y por supuesto ya había usado sus dotes seductivas en varias ocasiones, pero nunca con un chico. Nunca de esta manera. Esto era un territorio nuevo, sin explorar, emocionante. Y Ushiwaka era un chaval guapísimo, y hasta formal. Era ideal para aventurarse en este nuevo mundo.

Pero no era el que Oikawa deseaba.

—Ushikawa, para, para.

Ushijima paró en seguida, separándose de él.

—¿Estás bien? ¿Te he puesto incómodo?

—No, no, qué va. Ha estado genial. Estupendo. ¡Maravilloso!

Ushijima asintió y fue a besarle otra vez. Oikawa lo paró.

—Pero no quiero seguir.

De haber sido Oikawa otra persona, probablemente se hubiera pensado que Ushijima no había reaccionado en absoluto a su rechazo. Pero Oikawa era más observador que el resto, y pudo apreciar, para su propia angustia, el efecto que había provocado en Ushijima. La mandíbula se le tensó, igual que los hombros. Sus ojos siguieron fijos en los de él, pero por un segundo parpadearon más de la cuenta. En un instante se separó completamente de Oikawa, dejando correr el aire donde antes no habrían sabido decir dónde empezaba uno y dónde acababa el otro. Oikawa se estrujó los dedos, nervioso. No quería hacerle daño, pero no quería seguir adelante tampoco.

—Lo siento mucho, de verdad. Pero quiero volver a mi camping. Hay alguien que me está esperando.

Notes:

nos acercamos al final!!! ya sólo queda 1 día de festi + el lunes de resaca, gracias por seguir aquí!!!!

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los comentarios me dan la vida!!