Chapter Text
Hyakkimaru se sentó apaciblemente en la entrada de la choza de la aldea en donde se estaba quedando, mirando con impaciencia el camino por el cual Dororo se había ido, esperando ansioso su regreso.
De repente escuchó unos pasos acercándose, y al voltear a su izquierda vio como un hermoso potrillo blanco se acercaba. No perdió tiempo y se acercó a donde él, el potrillo comenzó a olerlo con algo de desconfianza, pero pasados unos segundos pareció darse cuenta que Hyakkimaru no lo lastimaría, por lo cual comenzó a lamer su mano con cariño.
Desde niño a Hyakkimaru siempre le habían gustado mucho los animales, eran de las pocas almas que podía asegurar que, a diferencia de las humanas, nunca había visto ser rojas o volverse violentas.
A su forma de ver, los animales eran almas puras, las cuales nunca lastimaban a nadie a menos que fuera por supervivencia. Haciendo memoria, Hyakkimaru recordó como desde que habían llegado a la aldea el pequeño potro blanco siempre había seguido a Dororo, al parecer estaba muy encariñado con ella.
— Seguro estás buscando a Dororo. —Le dijo con cariño al tiempo que le daba unas palmaditas en el lomo —. No está aquí ahora, pero si quieres puedes esperarla conmigo.
El potro volvió a lamer la mano de Hyakkimaru, por lo cual tomó eso como un sí. No perdió tiempo y sacó unas cuantas manzanas de la choza para dárselas de comer, comida que el animalito aceptó gustoso.
Así pasaron unos cuantos minutos más, Hyakkimaru acariciando al potrillo mirando aún al horizonte, mientras que el potrillo había optado por acostarse a sus pies, mirando también a la lejanía en la espera de la bondadosa y alegre niña.
— Parece ser que tú también quieres mucho a Dororo. —Volvió a hablarle Hyakkimaru al potro mientras le daba otra manzana —. Pero lo entiendo, es imposible no encariñarse con Dororo, ella es maravillosa.
A Hyakkimaru le era imposible no sonreír o suspirar al pensar en ella. Gracias a Biwamaru, finalmente había podido comprender el significado de todos esos sentimientos tan cálidos y agradables que surgían en su corazón por Dororo. Había podido comprender que estaba enamorado de ella.
Si bien era cierto que para él ya era mucho más fácil comprender los sentimientos que antes, nunca antes había experimentado el amor, pero podía entender que lo que sentía por Dororo era incomparable. Todo el cariño y el afecto que sentía por la jovencita no se comparaban a otros sentimientos de cariño que hubiera tenido antes por alguien, ni siquiera al cariño que llegó a sentir por su padre adoptivo, por su madre o su hermano menor, eran diferentes, no había duda de eso.
Era por esta razón que Hyakkimaru no sabía que debía hacer con esos sentimientos tan grandes y profundos que tenía. Una parte de él se moría de ganas de decirle que la amaba, que era lo más valioso que tenía en su vida y que lo era todo para él, pero; por otro lado, se sentía confundido pues no sabía si lo correcto era decirlo o qué pensaría Dororo de él.
Podía estar seguro que Dororo también lo quería y apreciaba, pero ¿el cariño que Dororo sentía por él era igual? Le daba miedo enterarse de la verdad y que Dororo no sintiera lo mismo, que Dororo solo lo viera como su hermano mayor, porque después de todo en parte eso era lo que Hyakkimaru y Dororo eran, eran una familia.
¿Entonces lo que sentía estaba mal, era un sentimiento incorrecto? ¿Qué tal si al decir sus sentimientos hacía que Dororo se sintiera triste o asustada? No quería, lo que menos deseaba era perjudicarla o lastimarla. Por desgracia, las cosas no eran tan sencillas como Hyakkimaru pensó en un principio, y entre más reflexionaba sobre todo, más confundido e indeciso se sentía.
— Todo quedó completamente destruido.
Dijo Dororo con dolor en su voz. Al regresar a las tierras de Daigo y al castillo, Hyakkimaru y Dororo se encontraron solo con imágenes de cadáveres, tierra quemada, casas y vidas destruidas. Todo estaba muerto, en ese lugar ya no había esperanza.
— Es imposible que alguien haya salido con vida… —Al pensar en voz alta Dororo se llevó las manos a la boca, pero fue demasiado tarde, había dicho algo hiriente sin querer. Aun sintiéndose arrepentida por no pensar antes de hablar, Dororo continuó tratando de sonar segura —: Es decir, las cosas se ven mal, pero no debemos perder la esperanza, Aniki. Vamos, hay que seguir buscando sobrevivientes.
Dororo se acercó a Hyakkimaru, tomó su mano y lo jaló para continuar, sin embargo, al hacer esto se dio cuenta de algo.
— ¡L-lo siento! —Exclamó avergonzada, al tiempo que soltaba su mano — Tú ya puedes ver por lo cual ya no es necesario que tome tu mano para guiarte. —Dororo comenzó a reír en voz alta, tratando de ocultar lo apenada que se sentía, sin embargo, sus mejillas sonrojadas la delataban —. Supongo que los viejos hábitos nunca mueren, tardaré algo para acostumbrarme al nuevo Aniki.
— Dororo, está bien. Nada de lo que digas o hagas podrá molestarme nunca. —La interrumpió Hyakkimaru con una cálida sonrisa, al tiempo que tomaba su pequeña mano —. Me gusta tomar tu mano, y poder sentir por fin tu tacto con mis propias manos. Por eso, sigamos caminando así.
Como si fuera posible, al escuchar esas palabras el rostro de Dororo se sonrojó mucho más de lo que ya estaba antes. No pudo más que bajar la vista y asentir lentamente, comenzando a caminar sin atreverse a mirar a Hyakkimaru, pero no sin dejar de sujetar su mano con fuerza. Esto ocasionó que una pequeña risa escapara de Hyakkimaru, en verdad adoraba avergonzarla de esa manera.
— ¡Maldita sea, Aniki idiota, te escuché! ¡No te burles de mí!
— Dororo es hermosa cuando actúa así.
— ¡Deja de decir eso! ¡Voy a golpearte, y lo digo en serio!
Fue imposible. Recorrieron todas las tierras de Daigo pero no encontraron ni un solo sobreviviente. Hyakkimaru se encontraba sentado adentro de la choza en la aldea con la vista baja, tratando de borrar todas esas dolorosas imágenes de su mente.
— ¿Aniki?
Susurró Dororo con inseguridad mientras entraba a la choza. Hyakkimaru levantó la vista al escuchar su voz, y se sorprendió al sentir como una lágrima resbalaba por su mejilla. Al ver esto Dororo se apresuró a donde estaba y se sentó a su lado.
— Aniki, lo lamento mucho, en verdad… —Dijo la pequeña mirándolo con tristeza, luchando por contener las lágrimas.
Hyakkimaru no respondió nada, se limitó a limpiar rápidamente la lágrima que resbalaba por su barbilla y siguió cabizbajo. Solo fue capaz de tranquilizarse al sentir como Dororo apoyaba su cabeza en su hombro.
— No había nadie. —Dijo finalmente Hyakkimaru con voz baja y derrotada —. No estaba Tahomaru, ni tampoco ninguna de mis mamás. Todo fue destruido… ¿fue por mi egoísmo?
— ¡Claro que no! —Gritó Dororo, colocándose enfrente de él, sujetando su cara con sus manos — Eso es lo que muchos piensan, pero yo estoy de tu lado, Aniki. Tú luchaste durante tanto tiempo por recuperar tu cuerpo, y como todos nosotros, tú también tienes el derecho a ser feliz.
«No pienses en ningún momento que esto fue tu culpa pues no es así. Todo sigue siendo por culpa de las ambiciones de los malditos samurái, la ambición y la sed de poder es el único culpable aquí. Tú debes seguir, Aniki, debes seguir adelante y buscar tu felicidad. Estoy segura que eso era lo que tus mamás y tu hermano deseaban para ti, no lo dudes ni un momento».
Hyakkimaru no pudo más que cerrar los ojos, disfrutando de sentir el tacto de las manos de Dororo contra su rostro, dejando que sus palabras de ánimo penetraran en su corazón. Era imposible que se sintiera mejor después de lo que había pasado, sin embargo, las palabras de Dororo lo habían tranquilizado, era justo lo que necesitaba en ese momento.
— Dororo —La llamó Hyakkimaru al tiempo que sujetaba las manos de la pequeña con las suyas, jamás se cansaría de sentir su piel — ¿Por qué me seguiste esa vez? ¿Por qué no te alejaste de mi lado cuanto viste mis prótesis, cuando viste como mi piel volvía a crecer? Esa vez sentiste miedo de mí ¿por qué no huiste?
— A-Aniki… ¿por qué me preguntas eso tan de repente?
Respondió Dororo con timidez, intentando separar sus manos de las de Hyakkimaru, sin embargo, este no se lo permitió. Abrió sus ojos y la miró profundamente, haciendo que el hermoso rostro de su adorada Dororo volviera a sonrojarse.
— Necesito saberlo. Dímelo por favor, Dororo…
— Es difícil de explicar, pero bueno…En un principio, tú me salvaste de ese demonio del río, además tus habilidades eran tan sorprendentes, Aniki. Yo… —Dororo quiso bajar la vista, sin embargo, le fue imposible dejar de apreciar los profundos ojos color caramelo frente a ella —. Confieso que en un principio solo te seguí pues pensé que si me quedaba a tu lado sería mucho más fácil sobrevivir, pero después me di cuenta que eras muy especial. Y no me refiero a que te faltaban muchas partes de tu cuerpo ni nada de eso, me refiero a tu alma, Aniki.
«Eres una persona tan fuerte y determinada, siempre luchas hasta el cansancio por lo que deseas, además, en más de una ocasión me ayudaste, salvaste mi vida. Por eso yo sentí que mi deber era estar a tu lado, debía estar a tu lado para ayudarte en todo lo que necesitaras, acompañarte y estar contigo hasta al final, porque después de todo, los dos estábamos solos ¿Sabes, Aniki? Tal vez suene tonto, pero pienso que si nos encontramos ese día en el río no fue casualidad, pienso que nosotros estábamos destinados a encontrarnos».
Hyakkimaru no supo que contestar ante esa confesión, quedó asombrado al escuchar las palabras de Dororo. Sintió a su corazón latir velozmente en su pecho y la atrapó en un fuerte abrazo, dándose cuenta en ese momento que los sentimientos que tenía Dororo por él eran igual de profundos y hermosos a los que él sentía por ella.
— Dororo, yo…
Pero el “estoy enamorado de ti” murió en sus labios cuando su pequeña volvió a hablar, mientras sentía como le correspondía el abrazo y apoyaba su cabeza en su pecho.
— Por eso Aniki, por todo lo que aprendí de ti ya sé que quiero hacer. Entendí que, así como tú luchaste hasta el cansancio por cumplir tu sueño, yo debo hacer lo mismo. —Dororo se separó de él y lo miró con entusiasmo, mostrándole una enorme sonrisa —. Ahora sé que mi sueño es el mismo que el de mis padres, gracias a todo lo que pasamos juntos pude entenderlo.
«Sé que no será nada fácil, pero me esforzaré para lograrlo empezando por esta aldea. Iré por el tesoro de mis padres, y con el ayudaré a levantar esta aldea, todos tendremos que trabajar hombro con hombro para lograr prosperar, y el destino de nuestras vidas dependerá de nuestros esfuerzos, y no de demonios ni divinidades, les haré entender eso a todos».
No podía esperar menos de su querida Dororo, si había alguien que podía lograrlo sin duda era esa valiente y fuerte niña. Le demostró eso y más durante su travesía, motivo por el cual sabía que ella estaba destinada a lograr sus sueños, ella lucharía arduamente hasta conseguirlo. No pudo más que apreciar enternecido el rostro de Dororo entusiasmado, y se sintió inmensamente feliz al verla tan dichosa.
— Por eso Aniki… —Continuó Dororo con una voz más baja y tímida — Quiero que me ayudes, quiero que los dos trabajemos arduamente y levantemos esta aldea, para nunca más tener que depender de nadie ¿me ayudarás, Aniki?
Hyakkimaru vio como Dororo le mostraba una cariñosa, pero tímida mirada. Quería decirle que aceptaba, que la apoyaría en todo lo que necesitaba, pero se sintió incapaz de hacerlo, una parte de él le decía que por mucho que amara a Dororo, ese no era el camino que debía seguir.
— Lo siento, pero yo… Aún tengo mucho que pensar, aún no sé qué es lo que quiero o debo hacer a partir de ahora. Decir algo ahora sería mentirle a Dororo, y no quiero hacer eso. Por eso, no puedo responder.
Hyakkimaru no pudo más que pegar su frente a la de Dororo y frotarla con suavidad, temía que Dororo se enojara o entristeciera, pero para sorpresa la pequeña le respondió con voz calmada y dulce:
— Entiendo, Aniki. Espero puedas encontrarlo pronto.
Esa noche, mientras Hyakkimaru apreciaba embelesado el dulce rostro de Dororo durmiendo siguió reflexionando de todo lo que había pasado ese día. Antes estaba seguro de que quería pasar toda su vida al lado de Dororo, pensaba que eso sería suficiente, pero ya no estaba tan seguro.
Por supuesto que la amaba como a nada en el mundo, pero algo en su interior le decía que no debía estar en esa aldea, algo le decía que por el momento su destino era otro. A pesar de lo que Dororo le dijo, una parte de él no podía evitar sentirse culpable de todo lo acontecido en las tierras de Daigo, todo era culpa de su padre, era cierto, pero le atormentaba la idea de pensar que si su actuar hubiera sido diferente tal vez no hubieran tenido que vivir ese trágico final.
Mientras más pensaba en eso, las palabras de su padre adoptivo parecían cobrar más sentido: “si continuas por ese camino, solo dejarás una pila de cadáveres a tus pies”, y eso por desgracia, era justo lo que había pasado.
Al día siguiente, mientras Dororo daba su recorrido habitual por la aldea, Hyakkimaru le dijo que iba a volver a las tierras de Daigo pues había algo que debía comprobar. Dororo dudó por un momento, pero finalmente lo dejó ir pues sabía que la situación por la que pasaba su Aniki no era nada sencilla y probablemente un tiempo a solas le vendría bien. El propósito de Hyakkimaru era visitar la “Sala Infernal”, el lugar donde su padre había hecho el pacto con los doce demonios por su cuerpo, algo le decía que ahí encontraría las respuestas que necesitaba.
Y así fue, tras encontrarse con su padre y verlo en ese estado tan deplorable y miserable se dio cuenta de lo que debía hacer. Su destino no estaba en esa aldea, él debía comenzar otro viaje, un viaje íntimo y para sí mismo, para ser capaz de reparar sus errores, limpiar su alma de todos los pecados que había cometido. Sin darse cuenta, lastimó a muchas personas en el proceso, todo por el deseo insaciable de recuperar su cuerpo.
No deseaba terminar como su padre, solo, herido, con resentimiento, aun siendo carcomido por la ambición al punto de seguir tomando decisiones erróneas. Tomó la decisión de irse, viajaría pues había vuelto a nacer, la vida le había dado lo que quería, por lo cual él debía corresponderle enmendando sus malas acciones, reparando sus errores.
Se apresuró a la aldea para decirle a Dororo que por fin sabía lo que debía hacer, pero como una maldición, llegaron a su mente todos los recuerdos de lo que habían pasado juntos, así como el recuerdo de la manera tan lastimera y desesperada en la que Dororo lloró por él días atrás.
Fue hasta ese momento que pudo comprender lo mucho que había arriesgado a la pequeña cuando permaneció a su lado, en más de una ocasión había estado a punto de morir, e incluso ser lastimada por el mismo Hyakkimaru cuando perdió la cordura y se dejó invadir por la ira.
Algo en su interior le decía que Dororo le correspondía, ella también lo amaba con la misma intensidad que él la añoraba. Si iba a su lado y le pedía que se fuera con ella, solo intervendría en su sueño, no podía hacerlo. Por otro lado, si se despedía de ella ¿quién no le aseguraba que Dororo lo seguiría?
Su corazón se partió en dos al llegar a la conclusión que el camino de ambos debía separarse y debía hacerlo sin despedirse. Que cruel era el destino a veces, Hyakkimaru la amaba y deseaba tanto una vida a su lado, sin embargo, no era aún ese momento. Él tenía un camino y una meta que seguir, así como Dororo también debía hacer lo mismo con sus sueños.
Fue en ese momento que los sabios consejos de Biwamaru llegaron a su mente: “El lazo que hay entre ustedes dos es uno de los más fuertes que haya visto en mucho tiempo, por eso puedes estar seguro que de una u otra forma nunca se separarán. Además, es más que obvio que tú amas profundamente a esa pequeña, así que solo piensa en lo que es mejor para ella ¿de acuerdo?”
Y así era, amaba a Dororo y era lo más importante en su vida, por esa razón debía pensar en lo que era mejor para ella, y eso sin duda era quedarse en la aldea y ver por el bien de todos esos afectados por la guerra, siguiendo el sueño de sus padres.
—“Dororo, lo siento, pero debo irme. —Pensó Hyakkimaru, mirando a lo lejos la aldea—. No puedo más que prometerte que no es para siempre, algún día volveré a tu lado, lucharé arduamente por ser el hombre que merezca estar a tu lado.
«Cuando tú hayas cumplido tu sueño y yo haya purificado mi alma de los pecados que cometí, entonces volveré contigo. Y si es que la vida es generosa con ambos, y tú me aceptas, entonces podrás estar segura que me entregaré a ti, y pasaré el resto de mi vida a tu lado.
Ya que ahora puedo entenderlo, el camino a la redención será difícil, pero es algo que debo hacer porque ya sé cuál es mi nuevo sueño. Mi nuevo sueño es amarte y hacerte feliz, pero si permanecemos juntos ahora eso no será posible. Es por eso que lucharé por encontrarme a mí mismo, hasta que sea el momento de regresar a tu lado. Algún día podré verte de nuevo y decírtelo, podré decirte que te amo”».
Y con este último pensamiento Hyakkimaru se alejó en el horizonte, despareciendo de las tierras de Daigo.
FIN
