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Hanahaki: Muerte floral. [OtaYuri]

Chapter 3: Otabek Altín

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

“Margarita: A diferencia del amor secreto, esta enfermedad sí puede llevar a la muerte en casos extremos, se causa al no haber esperanza ni lucha en ser correspondido lo que provoca que, al guardar el sentimiento, las flores se acumulen en cantidades ridículas hasta que el cuerpo no puede soportarlo y explota. La cura se basa en confesarlo, superarlo o la operación. Al ser tan potente la enfermedad, la operación únicamente controla el crecimiento de las flores dándoles una salida por la boca antes de que sea mortal, es un procedimiento tan doloroso que los pacientes tienen que tomar pastillas para erradicarlo, esto causa que pierdan gran parte de los sentimientos.”

-Fragmento extraído de: Hanahaki disease for dummies.

 

Nunca creyó que “la nada” pudiera ser así, había leído o escuchado de aquel vacío y tranquilidad que te daba, pero experimentarla en carne propia era extraño. Sin embargo la sensación no duró tanto como le habían dicho. Según los doctores, con las meditaciones, terapias y la medicación correcta estaría por poco más de tres años sin sentir (y con su vida fuera de peligro) antes de necesitar otra intervención quirúrgica, pero sólo bastó una pequeña ojeada a su teléfono para que todo se derrumbara.

Sabía que desaparecer de un segundo al otro no era la mejor idea, pero nunca pudo haber adivinado que aquel salvaje rubio llenaría la pantalla de su teléfono: WhatsApp, Facebook, Instagram, su correo (tanto el que usaba para el trabajo como el personal), mensajes de texto y llamadas estaban llenas de él. Fue extraño sentir el ligero tirón de culpa y felicidad, su mente sabía que esas eran las emociones que debía tener, pero su cuerpo dopado se negaba a sentirlas, sólo había un susurro de lo que antes eran. Eso solo podía significar una cosa.

La operación había hecho efecto.

Sin inmutarse entró a su WhatsApp y abrió la conversación que mantenía con Yuri Plisetsky. Ni siquiera se molestó en leer todos los mensaje que había, solo le dió importancia a los últimos:

"Otabek ya deja de ignorarme"

"No seas un maldito"

"Si no me respondes te cambiaré por alguien más y ya no serás mi mejor amigo"

"Te lo advierto"

"OTABEK!!!!!"

"Ahsoshsosvziqbsisbidbwkwisbwisbwlsbdkddbwiwbdidbdidj"

"CONTESTAME CON UN CARAJO"

"DÓNDE MIERDAS ESTÁS?!?!?"

Seguramente se había aburrido de esperar su respuesta ya que sus mensajes se habían detenido hace poco más de un mes. Por un segundo pensó en la posibilidad de que lo hubiera cambiado por alguien más, la imagen de Yuri con Katsuki, Nikiforov o JJ cruzó por su cabeza, sin embargo la descartó de inmediato sabiendo lo absurdo que eso sería. A pesar de que era un pensamiento gracioso no tuvo la necesidad de reír, ni siquiera de sonreír. Nada.

"Discúlpame, Yura, estuve ocupado. Te llamó más tarde"

Sólo eso se le ocurrió escribir. Esperó la respuesta del ojiverde, aquel joven adicto a las redes sociales no debía de tardar en contestar.

No obstante eso nunca pasó, su mensaje se quedó ahí solitario por varios días, ni siquiera era recibido por Yuri. Tal vez en serio se molestó con él y en una arranque de ira lo bloqueó. Era una posibilidad muy grande, tomando en cuenta lo iracundo e impulsivo que llegaba a ser su amigo. Se dispuso a llamar a su compañera de pista, Mila, para lograr hablar con él y poder arreglar las cosas pero fue interrumpido por su alarma, recordándole que debía tomar sus medicinas. La llamada tendría que esperar.

No fue hasta una semana y media después que pudo llamar a la pelirroja, sabía que era un idiota por aplazarlo por tanto tiempo, pero sin aquel sentimiento de culpa y añoranza por el rubio solo quedaban sus pensamientos que lo atormentaban y aquel prejuicio de qué pensaría Yuri sobre su operación lo hacía dudar con mayor fuerza. 

 — ¿Bueno, quién habla?

— Hola, Mila, soy Otabek, no sé si me recuerdas, soy el patinador de Kazajistán, ¿estará Yuri por ahí? necesito hablar con él.

— ¿Con Yuri?— Un pequeño silencio inundó la línea telefónica, logró escuchar a lo lejos que hablaba con alguien más, pero no podía distinguir con claridad sus palabras. — Creí que ya sabías lo que había pasado con Yuri, al fin y al cabo eres su mejor amigo y aunque no lo fueras me sorprende que no lo sepas, la noticia está por todos los foros de las revistas deportivas y las Yuri Angels no han parado de llorar por ello.

— ¿De qué estás hablando?

—¿En serio no tienes idea?— Las preguntas se aglomeraban en la cabeza de Otabek, escenarios, que iban desde un pequeño resfriado a un accidente fatal en alguna práctica, lo torturaban; sin embargo no sintió nada más que una ligera molestia, eso fue lo que más odio de la situación. — Será mejor que lo investigues por tu propia cuenta, pero antes de que entres en pánico te mandaré la dirección de donde está. Si quieres hablar con él tendrás que ir en persona o hablar al celular de Viktor o Katsuki. Por favor no hagas que me arrepienta de ayudarte, no lo pongas peor. — Inmediatamente después de decir eso ella cortó la llamada, lo que no ayudó a la paranoia del pobre chico. Mínimo podía deducir que estaba vivo por lo poco que Mila le dijo.

No esperó más para investigar, no fue difícil descubrir lo que le sucedía a su amigo. Únicamente tuvo que entrar a Google y buscar: “Yuri Plisetsky” para que millones de resultados le proporcionarán toda la información: “El triste e inminente retiro del Hada Rusa”, “La muerte floral lo hace de nuevo, se lleva a uno grande”, ““No necesito una absurda operación, solo son un montón de flores” afirma Yuri Plisetsky”. El sentimiento fue inevitable e indiscutible: pánico. 

La operación no había servido para nada. Estaba sintiendo de nuevo.



Aunque fue un alivio saber que su propia enfermedad estaba al margen, los doctores le explicaron que, a pesar de la operación, todavía seguiría teniendo emociones, sobre todo si éstas eran muy fuertes o eran causadas por el “culpable” de su enfermedad, por lo cual debía evitar aquellas situaciones para alargar la efectividad de la operación.

¡Claro, cómo si eso fuera posible! 

Le costó otras dos semanas poder salir hacia España, no podía culpar a su familia después de todo lo que había pasado, pero tampoco era viable la opción de quedarse quieto, tenía que ir con Yuri, hacerlo entrar en razón y golpear a quien sea que se haya atrevido a rechazarlo a tal nivel de que el pobre rubio cayera enfermo de Hanahaki. 

Las manos le temblaban de una manera asombrosa, era indescriptible lo que estaba pasando con su cuerpo, su mente era consciente del pánico y nerviosismo que debería inundar su ser, pero no sentía nada más que una leve molestia. Esa maldita molestia que lo perseguía desde hace poco más de dos meses cuando despertó en el hospital de su ciudad natal. Aún con sus tormentosos pensamientos salió del taxi que lo había llevado desde el aeropuerto hasta la pequeña villa hospitalaria a las afueras de Barcelona, tras pagar el (nada barato) pasaje, tomar sus maletas y respirar profundamente para armarse de valor, caminó por los verdes jardines que llevaban a la entrada.

— Buenas tardes, señor ¿Puedo ayudarlo en algo? — La chica de la recepción se le quedó viendo con una sonrisa esperando su respuesta. —¿Se encuentra bien?, señor.

— Yuri, estoy buscando a Yuri Plisetsky. 

— Claro, deme un segundo para buscarlo en la base de datos, ¿Es familiar suyo? — Otabek estaba sorprendido de que le haya entendido a su escupitajo de palabras.

— Amigo. — Las palabras seguían saliendo de su boca de manera automática, ni siquiera las pensaba.

— Lamento decirle esto, pero no es posible que vea al joven Plisetsky.

— ¿Qué? ¿Por qué? — Su corazón comenzó a acelerarse.

— Está en observaciones y sólo su familia puede pasar a verlo. — ¿En observaciones? Eso no podía ser bueno…

Los latidos de su corazón eran tan erráticos que, por un segundo, creyó que toda la recepción podría oírlos. 

— ¿Puedo ayudarle en algo más? — No podía importarle menos la pregunta de la chica, su mente estaba buscando algún modo para poder pasar la pequeña puerta que lo separaba de las habitaciones, no podía ser difícil, era él contra quien sea que se le interpusiera y ni el mismo diablo podría detenerlo de ver aquellas esmeraldas.

La esperanza y felicidad que sintió le dieron la valentía necesaria para dar el primer paso.

— ¿Otabek? — El ojeroso rostro de Viktor lo detuvo de iniciar su plan maestro. — ¿Qué haces aquí?

— Yo… Yuri… pasar. —  ni siquiera necesito ver la cara de confusión del ruso para saber que no había podido decir ni una frase coherente. — Vengo a ver a Yuri, pero no me dejan pasar. — El silencio se mantuvo por unos segundos.

— Pudiste haber llamado, te hubieras ahorrado el viaje, ahora si me disculpas, me están esperando. — dijo secamente para pasar al lado de la chica, quien muy amablemente le abría la pequeña puerta, Otabek la odio más que nunca.

— ¿Por qué tú sí puedes pasar? No eres familiar de Yuri. — Quería enojarse con todo su ser.

— Mira, Otabek, no quiero ser grosero contigo, pero no sé si sea buena idea que pases a verlo. 

Otabek caminó los pocos pasos que lo alejaban de la pequeña (y maldita) puerta.

— Yo tampoco quiero ser irrespetuoso, pero si tengo que patearte a ti, a aquella amable chica y a esta endemoniada puerta para ver a Yuri, lo haré, no me importa nada más. — Siempre le dijeron que su cara daba miedo, ahora rezaba porque funcionara y le dijeran de una vez por todas en dónde estaba su amigo.

— Le recuerdo, señor, que está en un hospital, así que le voy a pedir de la manera más amable que se retire o tendré que llamar a seguridad.

— Tal vez se había pasado un poco con su último comentario.

— No te preocupes, Abigail, él no hará ningún daño. ¿Verdad Altin? sólo déjelo pasar, si causa cualquier problema yo mismo me ocuparé de que pague las consecuencias. — Otabek se limitó a asentir, no le temía a Viktor.

Abigail lo fulminó con la mirada por todo el camino hasta que ambos chicos salieron de su vista. Otabek se concentró en seguir a Viktor, ninguno dijo nada hasta que se detuvieron frente a una puerta con el número once plasmado.

— No hagas que me arrepienta de esto. — Sin darle la oportunidad de contestar abrió la puerta.

Lo veía, estaba más delgado, con ojeras, el cabello más largo y enmarañado, pero no le importaba eso ni los pétalos con sangre esparcidos a su alrededor, sólo importaba que estaba ahí frente a él.

 La culpa lo golpeó, se supone que era su mejor amigo, su único amigo y lo había abandonado, él y sus malditos pensamiento lo alejaron de Yuri cuando más lo necesitaba.

Una vez que comprobó que el pecho de Yuri se elevaba en tranquilas respiraciones vió su alrededor, lo primero que notó fue que el rubio no estaba solo en la cama matrimonial, estaba acurrucado sobre el patinador japonés, quien, a pesar de estar dormido, tenía unas ojeras tan grandes como las de Viktor. Justo a un lado de la cama, en un sillón, estaba sentado un señor de mayor edad, quien lo miraba fijamente sin dejar de acariciar a Potya que ronroneaba acostada en su regazo. 

— Sé que debí haberlo consultado con usted, pero temía que hiciera un escándalo y despertara a ambos Yuris cuando al fin están descansando. — dijo el platinado mientras le extendía un vaso humeante.

— No se preocupe, joven Nikiforov, sé que no haría nada que pueda herir a mi nieto. ¿Pudiste hablar con Yakov y Lilia?

— Sí, los pude tranquilizar un poco, pero están decididos a venir en el primer vuelo, tal vez deba pedir una habitación más grande.

— No creo que sea necesario, ya le consiguió un lugar donde lo consienten tanto que hasta pudo traer al gato. — Otabek nunca había visto al abuelo de Yuri, solo había escuchado lo que su amigo le contaba de él y no se parecía nada a lo que imaginaba, las anécdotas del rubio estaban plagadas de aquel dulce ancianito que lo cuidaba, llevaba a la pista y lo consentía con su comida favorita, pero el señor que estaba frente suyo tenía una expresión seria y el seño fruncido. — y usted, joven Altin, ¿Se piensa quedar parado todo el día ahí?

— Lo lamento. — No tuvo el valor de acercarse a ninguno de los presentes en la habitación, así que optó por sentarse en un pequeño banco que estaba a lado de la puerta. — Soy Otab…

— Sé quién eres. — lo interrumpió. — Yuratchka me contó sobre ti después de aquella competencia donde ganó el oro, no dejaba de decir lo cool que eres y déjame confesarte lo poco que me agrada tu estilo de vándalo con todo y motocicleta. — La tensión era evidente. Otabek optó por no decir nada y sólo ver dormir a Yuri.

Las horas pasaron lentas en aquella habitación, Yuuri se despertó antes que el ruso menor, aunque casi fue despertado por el sobresalto que sufrió el japonés al ver a Otabek a solo unos metros de él, viendo fijamente al rubio que abrazaba y babeaba su brazo. El silencio se mantuvo en un acuerdo mutuo para dejar dormir a Yuri lo más posible, ninguno sabía qué reacción esperar de él una vez que viera a Otabek.

Yuri despertó dos horas después.

Se levantó lentamente de la cama, dejando en libertad al japonés.

Sus ojos se encontraron con los de Otabek, se preparó para escuchar los gritos y reclamos de Yuri...

Silencio... 

— Tengo sed. — ¿Eso era todo? 

—Yura… — Las palabras murieron en su garganta.

— ¿Pueden traerme algo de comer y beber, por favor? — Sus ojos seguían enlazados. Café con verde.

— Comprendo — el mayor en la habitación hablo. — ¿Quieres que alguno de nosotros se quede contigo?.

— No, estoy bien, gracias, abuelito. — Sólo cuando dijo esto Yuri dejó de ver al Kazajo para sonreírle a Nikolai. — Vayan a comer tranquilos, aquí estaremos Beka y yo hablando.

— Pero…

— Está bien, Yurio, si necesitas algo llámanos, estaremos en la cafetería. — Yuuri interrumpió los reclamos de su pareja mientras lo arrastraba fuera de la habitación. — ¿Quieres algo en especial para comer? — Otabek estuvo a punto de arrancarse el cuero cabelludo. ¿Cómo era posible que estuvieran hablando de comida en esta situación?

— Lo que sea siempre y cuando me traigas un chocolate. — Después de un leve asentimiento con la cabeza Yuuri salió.

La puerta se cerró dejándolos solos. 

El silencio volvió a llenar la habitación.

La mente de Otabek le ordenaba que dijera mil cosas, la mayoría disculpas y explicaciones del por qué de su ausencia, pero una pequeña parte quería gritarle, implorar por respuestas y exigirle que se hiciera la operación. No obstante su boca no se movía, solamente estaba ahí estático, viéndolo y esperando que Yuri le gritara y lo golpeara tan caprichoso como siempre. Pero eso no pasó; solo levantó una ceja, esperando que dijera algo. De nuevo las palabras se morían en su mente. Yuri rodó los ojos y dijo:

 — Por todos los dioses, Otabobo, sé que eres hombre de pocas palabras, pero... ¿En serio solo viniste hasta aquí después de una eternidad para quedarte ahí como bobo viéndome? — La cara del kazajo se mantuvo igual de estoica que siempre, aunque un pequeño suspiro de alivio salió de lo más profundo de su ser, “Si me está llamando Otabobo no puede estar tan enojado conmigo” pensó, pero siguió callado, al menos hasta que Yuri exhaló enojado — Si no vas a decir nada me ire a comer con los demás.

— Tienes que hacerte la operación, no te puedes rendir ante la enfermedad. — Era un idiota, no necesitaba ver la cara de estufección del menor ni tener sentimientos para saber que la había cagado y en grande. Pero a su defensa, dijo lo primero que se le vino a la mente, no quería que se fuera de su lado después de la odisea que realizó para llegar ante él. 

— No tienes ningún derecho a decirme que tengo o no que hacer, Beka, te fuiste por más de cuatro meses. —  Mientras hablaba se terminó de levantar de la cama y caminó decidido hasta plantarse frente al mayor, su tono de voz era decidido y calmado. Otabek se sorprendió de lo seguro que se podía mostrar a pesar de verse tan flaco y demacrado, por un segundo temió que sus delgadas piernas, las cuales se dejaban ver por el camison, sucumbieran ante su peso, o que la leve brisa que entraba desde la ventana lo empujará lejos de él—  Es más, puedo apostarte que ni siquiera sabes de qué estoy enfermo.

— ¡No me importa saber que puta flor te está matando, solo me interesa que te estás muriendo y viniste aquí para morir! —  No estaba entre sus planes gritarle pero necesitaba que entendiera por cualquier modo, no le importaba tener que arrastrarlo fuera de ahí o que lo odiara por el resto de su vida porque estaría vivo y respirando. 

Los ojos del rubio estaban totalmente abiertos, de todas las cosas que pensó que diría su amigo no se lo ocurrió, ni por un segundo, que le gritara y dijera alguna grosería. Lo absurdo de la situación hizo que no pudiera aguantar la risa, a pesar de que se ganó una mirada confundida del moreno.

— ¿Estás tomando alguna droga? —  Su pregunta lo hizo reír más a tal punto de encogerse y poner sus manos en su estómago.

— ¡Claro que no, estupido! Me estoy riendo de la situación, es muy absurda. Tú estás actuando como yo, todo iracundo y exigente. — Otabek no pudo evitar sonreír y tuvo el impulso de sostenerlo entre sus brazos, no le importó que sintiera el cálido cariño que Yuri le producía. — Sabía que sería una excelente influencia para ti. Te extrañe mucho, inútil —  dijo mientras le regresaba el abrazo y sus pequeñas lágrimas mojaban la chamarra del equipo kazajo. Aquel cálido sentimiento se convirtió en un penetrante dolor que se permitió sentir mientras lo sostenía con mayor fuerza.

A ninguno le importó cuánto tiempo estuvieron abrazados porque se sentían seguros en aquel pequeño rincón que habían descubierto en los brazos del otro; no obstante nada es para siempre. 

Un repentino ataque de tos los hizo separarse, los pétalos salieron de su boca, el pánico se extendió en ambos corazones. Otabek se tapó la boca con asombro y Yuri se agachó lentamente a recoger los pétalos manchados de sangre.

— ¿Otabek?

Silencio.

— ¿Por qué estás escupiendo pétalos? — Entre las pálidas y huesudas manos del ruso descansaban tres pétalos, estaban destrozados y llenos de sangre lo que imposibilitaba el poder distinguir el color y la flor. Lo único que Yuri tenía seguro es que habían salido de la boca de su amigo. — ¿Beka?

El mencionado no contestó, ni siquiera lo miró. Con movimientos rápidos sacó de su mochila un pastillero y una botella de agua, sacó cinco pastillas de distintos colores y con un trago de agua y una mueca las tragó todas juntas. Mientras tanto el rubio se iba alejando lentamente.

— No te preocupes por mí, es normal. — contestó al fín el mayor con la voz rasposa.

— Tal vez sea normal, pero no sano… ¿Qué flor? — Yuri sintió que su sangre hervía, su mejor amigo/amor de su vida estaba enfermo, pero no tenía ningún derecho a decirle nada cuando él llevaba tres noches seguidas tosiendo, vomitando y hasta orinando narcisos.

— Bueno, mínimo esto me ahorra la explicación de por qué desaparecí… 

— Estás pendejo, ahora solo tienes más cosas que contarme, animal. 

— Pues creo que estamos en situaciones similares, yo te contaré lo que me pasó en estos meses si tú haces lo mismo. — tras decir esas palabras Otabek estiró su mano esperando que el menor extendiera la suya. Una vez que sus palmas se estrecharon el trato quedó sellado.

 

— Creo que no hay una manera fácil de decir esto, así que sólo comenzaré a hablar. — Yuri había vuelto a la cama y Otabek estaba sentado en el sillón de al lado. — Hace poco más de un año empecé a sentir un malestar en el pecho, no le di mucha importancia, solo era un malestar y para ser honesto soy bastante bueno para mantener al margen mis sentimientos, así que seguí con mi vida. Unos meses después tuve un tiempo libre y fui a visitar a mi familia en Almaty. Fue ahí donde escupí el primer pétalo, todo fue desastroso por algunos días. Mi madre y mi hermana lloraron, mientras que mi padre no lo entendió del todo, no lo culpo, su familia siempre fue muy tradicionalista, lo educaron y le enseñaron que los hombres debe ser siempre fuertes, lo cual no encajaba con que su hijo de repente se enfermara por una relación amorosa que no salió bien. Estaría mal de mi parte culparlo, desde que recuerdo intentó dejar atrás todos esos pensamientos machistas que le habían inculcado, por algo ha aceptado mi carrera como patinador artístico, aunque he de admitir que le ayudó mucho saber que no soy bueno en el ballet, me gustan las motos y tengo una complexión masculina. No obstante "no iba a dejar que una estúpida flor matara a su único hijo y al héroe de Kazajistán" así que hablamos con mi entrenadora y algunos doctores. Nos explicaron que la enfermedad estaba avanzando rápido, pero que aún no llegaba a los pulmones, así que lo mejor sería que me operaran de inmediato, y eso hicieron, me quitaron cualquier contacto que pudiera perturbarme y fui directo al quirófano.

Un silencio envolvió toda la habitación, Yuri veía fijamente a Otabek esperando que dijera algo más. 

— ¿Cómo se siente? — Yuri ya había hablado con otras personas que se habían hecho la operación, entre ellas Yakov y Lilia, pero se sentía irreal.

— No lo sé, es realmente extraño. El dolor físico se siente prácticamente igual, la recuperación es una joda, a pesar de que la flor no había perforado los pulmones, el tallo sí los rodeo y tuvieron que arrancarlas y curar dónde se habían encarnado. — Otabek se detuvo un tiempo para respirar profundamente, se había dado cuenta de que nadie le preguntó cómo se sentía, su familia asimiló que, al funcionar la operación, todo iría bien… Él no estaba tan seguro de eso. — Fue por eso que me desaparecí por tanto tiempo, sólo sientes lo físico y, de algún modo que no quiero entender, eso alarga la recuperación. 

— Ya deja de justificar que me abandonaste. — Una pequeña sonrisa se asomó por la comisura de su boca, Yuri lo conocía muy bien, ni siquiera él se dio cuenta de lo desesperado que estaba por qué el rubio lo perdonará, aunque fuera a su manera. 

— Gracias, gatito. — La cara de horror del rubio fue gloriosa para su acompañante.

— ¿Las flores se te metieron en el cerebro? Ya acabame de contar y déjate de estupideces. — A pesar de su tono hostil que usó las mejillas pálidas del ruso se colorearon de un intenso rojo.

— Está bien, no te enojes. Te juro que responderé todas tus preguntas, Yura. — Con un movimiento lento agarró la delgada mano entre las suyas y se atrevió a besar sus nudillos. — Los sentimientos son extraños, no es como lo prometen, no dejas de sentir totalmente, es como… como una pequeña molestia, como estar dentro de una pecera, todo es un leve golpeteo; hay veces que ni siquiera puedo identificar qué es lo que siento o sé que debería sentir algo y no hay nada, es horrible. — No se dió cuenta en qué momento se fue recargando sobre el rubio. — Por ejemplo sé que en este preciso instante debería sentir un amor penetrante por cómo me sostienes entre tus brazos, un terror paralizante y un tristeza insoportable por verte postrado en la cama, tan flaco y pálido, y un poco de esperanza al ver tus hermosos ojos de soldado, tan decidido como siempre… pero no hay nada, solo molestia y frustración. Ya no quiero esto, Yura, por favor haz que pare, quiero volver a amarte, aunque eso signifique seguir vomitando las malditas margaritas.

— Lo lamento, no puedo hacer eso, — La revelación inicial de las flores que su cuerpo contenía y el amor mutuo que sentían fue rápidamente opacada al darse cuenta de su realidad actual: ambos seguían terriblemente enfermos, ninguno había escupido la raíz de aquella planta, estaban perdidos. No habría un final feliz. — pero puedo prometer que estaré aquí todo el tiempo que pueda y te diré lo que yo siento, puedo sentir por los dos, inclusive amarte tan profundamente para que lo sientas, aunque sea un poco, a pesar de que te dejaste enfermar por la flor más estúpida que existe, tan fácil que es aceptar que amas a alguien.

— En ese caso tú eres aquella estúpida flor que me enfermó, gatito. — La trágica escena se vio interrumpida por una arcada de rubio, quien rápidamente empujó al kazajo para alcanzar la cubeta que se encontraba al lado suyo, una mezcla de bilis, pétalos, hojas y tallos salió de la boca de Yuri. — Esto está muy mal, la planta ya perforó tu estómago. ¡Tienes que ir a operarte ya!

— Pero mira el tamaño de esos huevos, te enfermaste por no poder admitir tus sentimientos ante los demás, pero tienes las agallas de ir a decidir sobre mi vida. — Se limpió los restos de saliva y pétalos con un pañuelo que tiró a la cubeta. — ¡Ya te dije que no me voy a operar!

— Si no te operas no podrás amarme y no estarás conmigo como lo prometiste. — Otabek sabía que chantajear al rubio era un movimiento bajo, pero no sé daría por vencido.

— ¡Es por eso que te lo digo, Otabek, no podré amarte si lo hago! —Un ataque de tos no lo dejó continuar y a pesar de que el mencionado no podía sentir emociones potentes, el tirón en su pecho fue fatal, no pudo siquiera imaginar cómo se sentiría con sus sentimientos al cien… ¿Cómo se sentiría el rubio a su lado?

Yuri tuvo que voltear a la cubeta de nuevo para no dejar un montón de pétalos ensangrentados por toda la cama, la sangre que ahora no sólo impregnaba los pétalos, también salía en pequeños chorros manchandolo todo, en especial los ojos de su abuelo que se llenaban de tristeza y lágrimas mal ocultadas cuandos los viera.

— Será mejor que descanses, puedo volver después para que sigamos ha…

— ¡Una mierda! Estoy bien solo es una maldita flor que perfora mi interior, no importa cuántas veces vengas la flor seguirá ahí, creciendo. 

— Ya te dije que podemos detenerla. — La mirada lanzada por el rubio fue lo suficientemente clara para que el kazajo se callara.

— Mira, comprendo tus preocupaciones, pero desde hace un tiempo ya tomé mi decisión. Eso no va a cambiar por nadie, ni siquiera por mi abuelo, el patinaje o tú. — Contrario a el preocupado rostro del moreno, el del ruso estaba en calma, no había ni una arruga o un brillo de preocupación o miedo en su bello rostro. Solo había calma. 

Desesperadamente el siempre sereno héroe de Kazajistán buscó algo que pudiera calmarlo del mismo modo pero solo halló culpa y duda en su mente. Esto tenía que ser una pesadilla, no podía estar pasando.

— Podría amarte, sé que lo hago. — No se dió cuenta en qué momento había comenzado a llorar, su voz salía titubeante e insegura pero no importaba, solo quería seguir viendo esos hermosos ojos esmeralda por el resto de su vida.

— Sé que sí. — No, no, no, todo estaba mal, las confesiones no deberían de ser así, ambos deberían poder estar felices de ser correspondidos, deberían de escupir toda aquella asquerosa planta que los ahogaba y seguir adelante. ¿Por qué no pasaba eso? ¿Por qué estaban llorando en medio de un hospital?

— Entonces escupe un ramo de narcisos y vamos a un lugar seguro. — sabía que su ruego no era para Yuri, sino para cualquier Dios o ser misericordioso que pudiera escucharlo.

— ¡Ay, sí, como si fuera tan fácil! No veo que tú vomites tus malditas y estúpidas margaritas, el burro hablando de orejas. — Una pequeña sonrisa salió de la cara del rubio y después volvió el silencio al cuarto. 

Potya subió a la cama, buscando atención de su dueño, quien se entretuvo rascando tras sus orejas. 

— Te lo ruego, Beka, entiéndeme, no quiero pasar mi vida sintiéndome dentro de una burbuja, con los sentimientos dormidos para que la flor no me mate del dolor.

— Y yo te ruego a ti, Yura. — Mientras hablaba, el pelinegro se levantó, quitó todo rastro de lágrimas y se hincó tomado con fuerza la mano del ojiverde. —Estoy en rodillas pidiéndote que no me abandones, no puedo darte más, perdóname por no ser suficiente, pero si no soy suficiente libérame. Te lo ruego, estoy de rodillas.

El sollozo que salió del menor fue suficiente para que el cuerpo y mente de Otabek se quebraran, se dejó caer entre lágrimas sobre sus manos, las cuales aún mantenían la delicada y pálida mano de Plisetsky.

La joven pareja siguió llorando, lentamente Yuri arrastró a Otabek con él fundiéndose en un abrazo que pretendía mantener unidos los fragmentos de sus destrozados corazones.

— Eres un maldito egoísta, te desapareces por meses y después llegas de la nada a pedirme que te libere de algo que no puedo. — hizo un pausa para sorber su nariz y aclararse la garganta, depues dijo: —Eres un estúpido sin sentimientos. — Ninguno sabría explicar el por qué se rieron.

— Entonces estamos jodidos, yo soy un estúpido sin sentimientos y tú un caprichoso egoísta con tendencias suicidas. — Lo sintió suspirar y acomodarse sobre su pecho, aún con el gato entre sus piernas. No podía ver su cara, pero sabía que estaba sonriendo. — ¿Te puedo ofrecer unas margaritas como compensación?

— Eres un estupido, Beka. 

Cuando Yuuri y los demás entraron encontraron a la pareja profundamente dormidos en un lecho repleto de pétalos de narcisos y margaritas destrozadas, de no ser por la situación sería una escena hermosa. Era un cuadro terriblemente hermoso que Nikolai capturó con su teléfono teniendo cuidado de no alterar el sueño de su nieto.

Notes:

¡Hola! Disculpa nuestra tardanza a la hora de actualizar, la universidad consume mucho de nuestro tiempo, peeero ¡aquí esta el nuevo capítulo! Sabemos que dijimos que este sería el último pero nos quedó tan largo que decidimos dividirlo en dos partes PARA MÁS PLACER JAJA.

Bueno, nosotras lloramos mientas lo escribíamos así que cuéntanos ¿lloraste o desde que viste Banana Fish eres fri@ y sin sentimientos?

Notes:

Hola querido lector, ¡gracias por interesarte en nuestra historia!, este es nuestro primer fanfic y te agradeceríamos tus comentarios y opiniones: ¿Qué crees que le espera a nuestra pareja favorita? y ¿por qué será que Otabek no le contesta los mensajes a Yurio?