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Los Tres Caballeros viajan de nuevo

Chapter 4: Chapala: Introduciendo el hogar de Panchito

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Carretera Guadalajara-Chapala

Los Tres Caballeros iban en el transporte público, tomando un camión entre las ciudades de Guadalajara, donde aterrizaron, y Chapala, donde vivía la familia de Panchito.

Durante el viaje, los tres sacaron sus instrumentos y comenzaron a tocar con su típica alegría. Las demás personas sentadas en el transporte aplaudieron ante su concierto gratuito. Hasta los felicitaron un momento. Era lo que podían hacer mientras pasaban por el camino.

Así, el tiempo se fue volando, y pronto llegaron a su destino. Donald estaba parado en las escaleras para bajar, y una vez estas se abrieron, el pato cayó y golpeó fuertemente el piso. Sus amigos no lo notaron, y en cambio se despedían de su público improvisado.

- ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Somos los Tres Caballeros! -agradeció el gallo, dando reverencias a los pasajeros quitándose su sombrero.

- Onde está Donald? -preguntó en portugués José, mirando entre las personas sentadas la ubicación del pato con traje de marinero.

            Los dos giraron sus cabezas a la puerta cuando escucharon un grito de Donald. Este, al parecer, había chocado también con un poste, donde se pegó un poco de su ropa. Su vestimenta pronto comenzó a deshacerse, y en un intento por salir de aquella situación, su traje se rompió a la mitad. La reacción de Donald, como siempre, fue enfurecerse.

            Panchito, inmediatamente, corrió a ayudar a su amigo. Con sus alas rompió la delgada línea de hilo entre el pato y el poste, liberándolo de esa situación.

- ¡Vamos, amigos! ¡Las compras no se harán solas!

Antes de llegar al rancho de Panchito, los amigos acordaron ir al mercado para realizar compras para la comida. Podrían aprovechar y buscar alguna forma de arreglar el traje de Donald.

Los tres amigos, sin perder más tiempo, caminaron por la calle principal de la ciudad para llegar a la plaza municipal, cercana al mercado del pueblo. Panchito se sentía emocionado y nostálgico, viendo el lugar que lo vio nacer. Mientras las tres aves caminaban, el gallo señalaba las tiendas y los lugares a donde acudía antes de conocer a sus mejores amigos.

- ¡Y esa tienda es nueva! Antes solían vender nieves ahí. Una vez mi tío Romero me llevó ahí después de terminar quinto grado.

Mientras el gallo recordaba sus momentos de la infancia con nostalgia y cariño, algo más captó su atención. Un pingüino intentaba encender su motocicleta, fallando en el intento. Para complicar la situación, varios documentos que llevaba en su aleta se cayeron. El extraño gruñó más ante lo acontecido.

-Y ahora el viento conspira contra mí. ¡Fantástico!

Panchito, al ver al pobre extraño, desesperado tras lo que parecía una terrible racha de mala suerte ese día, se adelantó para darle una mano. El pingüino pronto se dio cuenta de la extraña ala que le ayudaba a levantar sus papeles.

-¡Gracias, gracias! No era necesario- agradeció al gallo. Detrás de él ya estaban sus otros dos amigos ayudando también.

-Como mi madre dice, siempre ayuda a quien lo necesite.

            Mientras los cuatro levantaban los documentos en silencio, José no pudo evitar ver en uno la palabra Aztlán. Él no era experto en historia mexicana, pero recordaba mucho las veces en las cuales su amigo mexicano le hablaba de la extraña tierra de la cual vino uno de los grandes pueblos de la historia de la nación en la que estaban.

-Usted debe ser un apasionado de la historia, ¿no?

- ¿Quién? ¿Yo? Bueno, sí, terminé de estudiar la carrera en historia haces unos meses. Vine a visitar unos archivos aquí en Chapala para investigar pero al parecer convencer al padre de la iglesia de que soy católico no es suficiente para que me deje pasar a ver su archivo- le respondió el pingüino al brasileño, algo decepcionado.

- ¿Francisco Quintero? ¡Es amigo de mi familia! ¡Vamos a verlo y lo convenceré!- ofreció el gallo alegremente, tomando por sorpresa al extraño.

-Vaya, pueblo chico, ¿no es así? Gracias, pero creo mejor otro día, ya se me hace algo tarde para comer.

- ¡Entonces acompáñanos! ¡Mi familia siempre recibe con los brazos abiertos a quien lo necesita!

            El pingüino sonrió ante la amabilidad del gallo. Por un momento se tentó en aceptar. Antes de responder, el papagayo habló antes.

- ¿Cómo te llamas, meu amigo?

- ¡Cierto! No me presenté. Soy Jesús Díaz.

- ¡Un gusto, señor Díaz. Yo soy José Carioca, mi amigo de aquí es Panchito y el otro es el Pato Donald.

            Jesús se congeló un momento al escuchar ese último nombre. Ya no podía aceptar la propuesta. Sonriendo, decidió mejor declinar la oferta, mientras recibía los documentos que le ayudaron a levantar.

-Gracias a los tres, son muy amables, pero mi papá esperaba verme ya en otro restaurante que quería probar. Tal vez sea otro día.

            Concluyendo con ello, Jesús observó con cieerta precaución a Donald, quien al parecer vio algo entre los documentos. Era mejor irse. Tras despedirse y encender su motocicleta, el extraño se fue del lugar, dejando a los tres amigos viéndolo ir.

-En verdad quería que aceptara- dijo Panchito algo decepcionado, esperando poder conocer a un verdadero historiador.

-Parecía buen sujeto- agregó José, coincidiendo.

-No confío en él- dijo Donald, cruzando los brazos.

-Oh, vamos, ¿qué te hace pensar eso, Donaldo?- preguntó el brasileño, pasando su brazo por la espalda del pato.

-El nombre del papá de Panchito estaba en uno de esos papeles. Está buscando algo.

-Mi papá hizo mucho por la ciudad, Donald. ¡Puede aparecer en muchos documentos! No te preocupes. ¡Ahora vamos! ¡Las compras no se harán solas!

            Los Tres Caballeros volvieron a caminar por las calles en dirección al mercado de Chapala. Panchito tenía razón, pues podía ser simple coincidencia que en una de aquellas copias que llevaba Díaz estuviera el nombre del padre de su mejor amigo. Pero algo no le gustaba al pato. Tal vez era su imaginación, pero los ojos de aquel extraño le recordaban a un reptil, no un pingüino.

El mercado, aunque pequeño, estaba lleno de mercancías. No solo había mucha comida para llevar a la casa de Panchito, sino también lo necesario para arreglar el traje de marinero del pato. Carne por kilos y verduras a montón pronto llenaron el poco espacio que tenían los Caballeros en sus maletas. Sin la oportunidad de poder conseguir más cosas, los tres amigos salieron del mercado, listos para llegar al rancho propiedad de la familia del gallo.

Aún así, cuando los tres amigos salieron de realizar sus compras, a la vez que discutían opciones para llegar a la casa del gallo, pues quedaba algo alejada del centro para caminar, Donald no pudo evitar posar su vista en un extraño vehículo a la venta en una de las esquinas de la cuadra.

Era un coche pequeño, sin ninguna puerta para entrar, pero lo suficientemente bajo como para permitir que de un salto las personas entraran en él. De color rojo y con asientos acolchonados marrones, había suficiente espacio para los tres. No tenía ninguna clase de techo, por lo cual sería difíci conducirlo bajo la lluvia. Aún así, Donald consideró seriamente sus opciones. Tenía el dinero y recientemente perdió su coche en Los Ángeles. Además, con el número de las placas “313”, inmediatamente le pareció cómodo.

Mientras Panchito y José seguían discutiendo si debían tomar el camión para llegar o si era mejor usar un taxi, Donald caminó al vehículo, notando que el dueño estaba al lado hablando por celular. El dueño era otro gallo, pero usaba una camisa azul sobre su plumaje. Una vez el extraño vio al pato acercarse a él, y percibiendo que estaba interesado en el vehículo, colgó inmediatamente.

- ¿Es una belleza, no?- le dijo al gringo, intentando convencerlo de comprar.

- ¿No es un poco pequeño?

-Pero cumple su función. Tiene gasolina hasta el tope, y esas llantas han sobrevivido terrenos más hostiles que el mismo Cañón del Sumidero.

            Donald, en necesidad de un nuevo coche, y pensando en los usos cotidianos que le daría una vez regresara con sus sobrinos a Patolandia, además de estar en el dilema actual, se convenció de comprarlo.

- ¿Cuánto es el precio?

            El gallo, sonriendo ante la pregunta, vio su oportunidad de oro para poder ganar dinero. Podría sacarle unos billetes adicionales a aquel turista sin ningún problema.

-Mira, compadre, te lo voy a dejar en descuento. Treinta mil dólares debe ser un trato justo.

            ¿Treinta mil dólares? Donald casi se infarta por el precio. ¿Eso era descuento? Entonces el vehículo debía ser maravilloso. Por lo menos, desde fuera, se veía mejor que su antiguo automóvil. Tal vez valdría la pena. Donald hizo cuentas mentales, esperando que el dinero que aún conservaba de su tío le fuera suficiente. Por fortuna, así era.

            Sin otra opción, Donald sacó el dinero y se lo entregó a aquel gallo, el cual lo contó con satisfacción. Una vez se aseguró de tener el dinero, le entregó las llaves a Donald. El gallo se fue alegremente, mientras Donald, con su propia sonrisa, subió al vehículo. Por fortuna encendió, y con ello, le gritó a sus amigos para que se acercaran.

José y Panchito, aún discutiendo sobre la mejor forma de moverse, voltearon cuando su amigo les habló. Se sorprendieron al ver al pato dentro de un coche, revisando al parecer unos papeles en la guantera. Donald comenzó a gritar, al parecer porque su mano se quedó atorada en algún lado. El gallo y papagayo se acercaron curiosos.

-Donald, ¿de dónde sacaste esto?- preguntó José, sorprendido ante la inesperada acción de su amigo.

Donald tardó en responder pues intentaba sacar las plumas de la guantera cerrada. Mientras revisaba los papeles de propiedad y que todo estuviera en orden, lo cual por fortuna parecía ser así, el compartimento se cerró. Cuando el pato sacó su mano, esta estaba hinchada por el golpe. Él suspiró, sin estar sorprendido por su mala suerte. Después volteó su mirada a sus amigos, preocupados por el estadounidense.

-Un señor estaba vendiendo el auto, y como necesitábamos transporte, lo compré. Además, después de perder el otro, necesitaba uno.

            Panchito miró con atención el vehículo. Parecía estar en buenas condiciones, y Donald solía prestar atención en las cosas que compraba. A pesar de eso, no estaba seguro de la idea. Pero seguro ya era tarde para discutir. Al final era el dinero de Donald y él podía hacer lo que quisiera con él.

            Al menos, con un transporte, los Caballeros subieron sus pertenencias a este y comenzaron su recorrido hasta el rancho del gallo. El camino, por sorpresa, fue bastante agradable. No hubo ningún problema, al menos hasta que llegaron a la reja de entrada a la propiedad de la familia de Panchito. Del escape salió mucho humo, y el vehículo se detuvo inmediatamente. Los Caballeros bajaron, y Donald, preocupado, decidió ver el motor. Una fuerte columna de humo salió de este, manchando las blancas plumas del pato de un oscuro negro.

            Donald se murmuró a sí mismo con furia, decidiendo no volver a comprar algo de esa forma. Por supuesto iba a tener problemas. No era el afortunado de su primo que podía encontrar un Ferrari gratis a la mitad de la calle.

-¿Conoces algún mecánico aquí, Panchito?- preguntó José mientras sacaba las maletas, deseoso de arreglar el nuevo auto antes de volver a subir a él.

-Mi prima tiene una tienda de refacciones. Seguro nos pueda ayudar con esto.

-Más gastos. Genial- respondió Donald tomando su propia maleta de forma sarcástica.

Rancho de Panchito

Panchito abrió la puerta de su casa. Era bastante espaciosa. Lo que antes había sido una hacienda, se convirtió en un paraíso para toda la familia de Panchito. La casa era de un solo piso, pero con un amplio patio interior con una fuente, y pasillos a los lados que llevaban a diversas habitaciones. José y Donald ya habían estado ahí durante algunas visitas a México.

            Panchito recordaba con alegría esas visitas. La primera se dio cuando estaban estudiando. El gallo pasó las navidades con sus amigos. Fue afortunado, pues recientemente Donald tuvo otro problema con su tío y la familia de José había ido de vacaciones a otro lado. Los tres pudieron celebrar juntos

            También estuvo aquella vez donde buscaron juntos plata perdida en un convento jesuita. Por desgracia, aquello que encontraron no fue plata, sino mercurio, pero fue divertido reírse bajo las estrellas mientras asaban algunos malvaviscos frente a la fogata. Un día inolvidable.

            Ahora volvían ahí para disfrutar de unas merecidas vacaciones. Era también una excusa perfecta para extender el cumpleaños de Donald por varias semanas. Por fortuna, nada arruinaría el momento que podían pasar juntos.

- ¡Mamá! ¡Ya llegamos!- gritó el gallo a todo pulmón, haciendo que sus amigos se tuvieran que tapar los oídos ante el fuerte sonido. Le siguió otro grito proveniente de una voz femenina.

- ¡Estoy en la cocina, mijo!

            Señalando a sus amigos que podían dejar sus pertenencias al lado de la fuente, el gallo tomó solamente las bolsas de las compras del mercado y caminó a la cocina. Sus amigos lo siguieron, dispuestos a volver a saludar a la madre.

            Panchito dio la vuelta en la cocina y dejó las bolsas en el primer lugar que vio disponible. Su madre, usando un mandil, dejó de cortar las cebollas que tenía enfrente para abrazar y saludar a su hijo.

            María, la madre del Caballero, era un poco más baja que su hijo. Su plumaje era de un rojo más claro, pero su sonrisa era dulce y tierna, como la de cualquier madre.

-Aquí está mi bebé. ¿Cómo estuvo tu viaje a los Estados?

-Bien, bien. Jamás había estado en Los Ángeles. ¡Y traje a mis amigos!

            Detrás de su hijo, la madre vio al brasileño y al estadounidense que su hijo nunca dejaba de mencionar.

- ¡Hey!- saludó Donald moviendo su mano. Aún estaba sucio del rostro, pero tras limpiarse un poco con su mano se veía un poco más normal-

-Senhora, é um prazer ter outra oportunidade de poder falar com você (Señora, es un placer tener otra oportunidad de poder hablar con usted)- comentó José saludando a la mujer. Esta, sonriendo, le respondió.

-José, o gosto é meu. Sempre me das a oportunidade de refrescar o meu português (José, el gusto es mío. Siempre me das la oportunidad de refrescar mi portugués).

            La familia de Panchito era bastante peculiar. Él sí era mexicano y, en su mayoría, su sangre era mexicana. Pero curiosamente tenía ancestros por toda América Latina. Aunque su mamá creció en México, ella nació en la ciudad de Bahía, Brasil. Ella sabía portugués, e impulsaba a sus hijos a aprender el idioma también. Que uno de los mejores amigos de su hijo fuera de aquel país le hacía sentir mucha alegría.

-Y tú, ¿cómo vas con tu portugués?- le preguntó la señora María a su hijo. Panchito se puso nervioso y rascó un poco su cuello, haciendo su mayor esfuerzo por no humillarse.

-¿Eu…vou…muito bem? (¿Yo voy muy bien?)- la respuesta fue más pregunta, pues Panchito no había dedicado tanto tiempo a manejar el idioma. Sí quería hacerlo, y sabía lo básico, pero aún tenía mucho que aprender.

            María movió su cabeza en cierta decepción al ver el intento de su hijo. No dijo nada mal pero se veía que aún estaba inseguro. José logró ganar la siguiente palabra en la conversación.

-No se preocupe, señora. Le aseguro que su hijo ha estado practicando estos días que hemos estado juntos. ¿No es así, Donaldo?

- ¡Sí, sí!- asintió Donald. Para poder convencer a María decidió agregar algo más que aún no había discutido con sus amigos.- Después iremos a Brasil, así que allá tendrá toda la oportunidad de practicar que él desee.

            José, sonriendo ante la idea de viajar a su país asintió. Panchito se quedó más callado. No le incomodaba la idea de aprovechar el viaje y recorrer todo el continente, pero tal vez más tarde deberían discutir todo ello.

            María aceptó las excusas. Sabía que su hijo en realidad no había practicado, pero al menos le alegraba que tuviera aquellas amistades.

-Tienes buenos amigos, Miguel Junípero. Ándale, está bien.

            Donald, en aquel momento, se puso a reflexionar. Sabía que su amigo tenía un nombre largo, poco común, pero nunca supo el porqué. Parece que José tuvo la misma pregunta, pues el brasileño preguntó.

- ¿Cómo es que tienes un nombre tan largo? Nunca nos has dicho

            Panchito, sonriendo, miró a su madre. Ella giró sus ojos, sabiendo lo que iba a suceder. El joven gallo, viendo la oportunidad perfecta, tomó su guitarra. Durante sus tiempos libres hizo una canción explicando precisamente el tema. Era la hora de cantársela a sus amigos.

Me llamo Panchito Romero Miguel Junípero Francisco Quintero González.

Mi madre María, nacida en Bahía, fue hija del viejo Morales.

Llamado José, y un buen día fue el novio, y con él se casó.

La abuela Sofía que tuvo a María que un hijo tendría ¡y soy yo!

Mi bisa Michel fue mamá de Raquel.

¡Su nombre de pila era Alice!

Que nació, ¡mira tú! En Lima, Perú y casó con Roberto González.

Y luego Raquel tuvo a Miguel, que allí en Ecuador se crió.

Después fue a Bahía y casó con María que un hijo tendría ¡y soy yo!

¡Ay, ay, ay, ay!

¡Viva Panchito Romero Miguel Junípero González!

¿Por qué será que?...

¿Por qué tantos nombres y cuántos son?- interrumpió Jose, uniéndose a la canción.

Te lo explicaré, ¡tú pon atención!

Pues mi padre a mi madre al fin desposó y el padrino fue el primo Romero.

El cura llegó, ¿y quién los casó? ¡El Padre Francisco Quintero!

De mi madre el hermano que fue el cirujano su nombre Junípero me dio.

De mi padre y mi madre y el cura y partero, ¡sus nombres me los quedé yo!

¡Por eso es Panchito Romero Miguel Junípero Francisco Quintero González!- agregó Donald, feliz de haber aprendido el nombre de su amigo.

Desciendo de México, Chile, Brasil, de Ecuador, de Perú y McAllen.

La gente al pasar me empieza a gritar: ¿Quién es el galán que llegó?

¡Pues Panchito Romero Miguel Junípero Francisco Quintero González soy yo!

Campo del Rancho de Panchito

-¡Señor Martínez!- gritó Panchito mientras llevaba algo de comida para su caballo. No lo veía desde hace días.

            El caballo de Panchito inmediatamente giró su cabeza al escuchar la voz de su dueño. Alegremente, el corcel se acercó a Panchito, sonriendo tanto por ver a su mejor amigo como de ver la comida que llevaba en una cubeta. El gallo dejó la cubeta en el suelo. Señor Martínez inmediatamente comenzó a comer de ella, mientras disfrutaba de las caricias que su amo le hacía.

            Panchito sonreía al ver a su caballo gris disfrutar de la comida. Después de comer con su madre, quizo aprovechar e ir a ver a su amigo mientras sus otros compañeros llevaban sus pertenencias al cuarto del gallo donde iban a pasar los próximos días. Donald, además, quería limpiarse y arreglarse después de todo por lo que pasó durante ese día.

            A la vez, Panchito se vio con ganas de reflexionar un momento. Aunque le gustaba estar en su rancho con su caballo y su mamá, el lugar le traía recuerdos que prefería no tener. Era increíble. Sí el gallo lo pensaba bien, aquel lugar no se sentía su hogar. Era una sensación rara. Sentía su verdadero hogar en algún lugar lejano. ¿La cabaña? Llevaba años sin estar en ella. ¿Tal vez había otro lugar que no tomaba en cuenta?

            Hablando de otros lugares, los pensamientos del mexicano rápidamente fueron al comentario de sus amigos. Viajar hasta Brasil. Honestamente, los chicos no habían discutido seriamente cuál iba a ser su recorrido de viaje. ¿A dónde iban a ir? ¿Cuánto tiempo iban a estar? Donald necesitaba esas vacaciones, y honestamente el gallo podía aprovechar para también tener unas.

            ¿A dónde podían ir? Viajar con sus amigos era uno de los placeres que Panchito disfrutaba mucho. Si en verdad iban a ir a Brasil, con el nuevo auto de Donald sería sencillo. Podrían hacer paradas en lugares que jamás habían visitado. Panchito siempre quizo visitar Centroamérica. Es más, poco conocía de Latinaomérica. Recordaba haber ido con sus amigos a Nazca mientras estaban con Xandra, así como de otros viajes a Brasil al hogar de José, al Mato Grosso y la vez cuando fueron al pueblo con la planta carnívora. Esta era la oportunidad de poder, inclusive, visitar sus raíces en Bahía. José seguro iba a querer ir ahí. Nunca dejaba de hablar de ese lugar.

            Pero aquello volvió a molestar al gallo. Le recordó a su padre, y lo relacionado con él era un recuerdo agrio en el paladar.

            Los pensamientos del Caballero se vieron interrumpidos por la llegada de un pato. Donald, después de haberse bañado, tenía sus plumas blancas como siempre. Tras arreglarse, y ver que José se había distraído hablando con María en la cocina, el americano fue a ver a su amigo mexicano, notando que estaba profundamente concentrado en sus pensamientos.

- Sueles ser más ruidoso que esto. ¿Qué pasa?

            Panchito se tomó un segundo para responder. El gallo no solía guardar secretos a sus amigos, además de que ya habían asistido al funeral esos años atrás. Podía decir aquello que perturbaba su mente.

-Estar aquí me está recordando mucho a mi padre. Ya sabes todos los problemas que han pasado. Luego me desaniman mucho, ¿entiendes? Lidiar con su legado.

            Donald entendió a su amigo. También debía lidiar constantemente con su tío quien, aunque no le gustara en el momento admitirlo, era su figura paterna. Donald y su hermana perdieron a sus padres a una temprana edad y por ello terminaron bajo la tutela de Rico.

- ¡Hey! Estoy seguro que todo se va a arreglar. Tienes los argumentos y todo a tu favor. ¿Qué hará tu primo contra eso?

-No conoces a mi primo. Él puede ser muy persuasivo. Y tiene dinero.

-Yo también tengo dinero- le respondió Donald sacando algunos billetes de su cartera. Después de ello se sentó al lado de su amigo.- Aquí estamos José y yo para ayudarte. ¿Recuerdas? ¡Somos los Tres Caballeros!

            Era cierto. Eran un equipo, el mejor que haya visto la faz del planeta. Panchito soltó una risa, agradeciendo a Donald por animarlo. Fue en aquel momento cuando José llegó, listo para pasar más tiempo con sus amigos. Pero, a la vez, quería discutir algo con ellos.

- ¡Señor Martínez! ¡Hace años que no nos vemos!

            José, emocionado por ver al otro gran amigo del mexicano, se acercó a acariciar al caballo, el cual relinchó ante el tacto de la exótica ave. Donald, también deseando tener interacción con el caballo, se acercó a la espalda de este para acariciarlo. En cambio, ante el acercamiento del pato, Martínez movió su cola agresivamente al americano. Los pelos de la cola entraron a la nariz y la boca de Donald.

            Ante el contacto de su paladar y olfato con el pelo de caballo, Donald hizo varias muecas por el asqueroso sabor. Unos segundos después, y sin poder aguantarlo, estornudó fuertemente, haciendo que saltara un poco y cayera en una de las pilas de heno del lugar. José y Panchito se rieron ante ello. Donald, haciendo una mueca para no volver a estornudar, se fue levantando.

- ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? ¿Esa vez cuando encontramos el mercurio?

- ¡Sí, José! Jaja. ¡Cantamos en tu espectáculo montados sobre él!

            Panchito tomó a sus amigos de sus hombros para que se sentaran a su lado mientras veían al caballo tomar de la cubeta. Donald aún se sacudía un poco su ropa para quitarse la tierra y polvo que llevaba encima.

-Hablando de espectáculos, ¿hay algún lugar aquí donde podamos tocar? Debemos traer de vuelta a la banda- preguntó Donald, mirando a Panchito al conocer Chapala como las plumas de su mano.

            El gallo se rascó un poco su nuca mientras pensaba. Había varios lugares en la ciudad pero ninguno tenía espacios abiertos por las próximas semanas.

-Por ahora no hay ningún lugar. Tal vez en Guadalajara.

- ¿Por qué no vamos a Acapulco después? Escuché que habrá un festival como en el que tocamos hace años- sugirió José, intentando no reirse un poco recordando lo sucedido con Donald esa vez.

- ¡No es mala idea! ¿Tú qué dices, Donaldo?

            Donald descartó la idea con su cabeza, recordando el solo que realizó aquella vez, lo cual le resultó en varios abucheos e inclusive un golpe con una silla de parte del público.

- ¡Oh, no, no, no! ¡No otra vez! ¡Never!

- ¡Será divertido, compadre! Hay que traer la banda de nuevo, ¿no?

- ¡Sim, Donald! ¿Por favor?

            Sus amigos pusieron ojos de perro. El pato odiaba esos. Siempre los usaban para convencerlo de algo. Pero, recordando también lo que se divirtió durante aquel día hace años, se convenció de ir. Estaban de vacaciones al final. Debían divertirse.

-Está bien, está bien. Por los viejos tiempos.

            Con un grito, Panchito se levantó, acomodando su sombrero. Sus amigos se cubrieron los oídos por el fuerte sonido, menos el Señor Martínez, quien solo giró los ojos antes de regresar a saciar sus necesidades.

- ¡Los Tres Caballeros volverán a la cima!

            Ya estaban comenzando a formar un plan para su viaje. Pero, mientras los tres amigos se levantaban para ir a cenar y posteriormente descansar después de un largo día, no se dieron cuenta de una figura a lo lejos, entre los árboles que estaban afuera de la propiedad, observándolos.

            Solo se percibe la forma de una criatura grande, portando alguna clase de aparato metálico sobre su figura reptiliana, así como unas enormes alas de murciélago en su espalda. La figura tenía ojos de reptil, los únicos perceptibles, los cuales estaban enfocados en el trío de amigos bailando mientras regresaban al edificio. El extraño puso una de sus garras al lado de su oído, donde había una especie de comunicador.

-Estoy en posición, papá. Los tres están en mi mira.

-No los pierdas de vista. Si queremos llegar a Aztlán antes que nadie, los necesitaremos.

-Entendido. Esta será una noche larga.

Notes:

Perdonen el portugués. Sé un poco y espero haber dado en el clavo con los diálogos de José. Cualquier comentario siéntanse libres de hacerlo.