Actions

Work Header

Canción de cuna

Chapter 4: Ojo por ojo

Notes:

Último capítulo de esta breve continuación de RACUS. :) Es una especie de epílogo.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

A Martín y Andrés les habría gustado poder decir que no se habían enterado de cuándo habían vuelto Rafael y Tatiana al monasterio, que Frefré no se había despertado en toda la noche y que ellos habían dormido de un tirón. Pero ninguna de las tres enunciaciones habría sido cierta. 

Puesto que la joven pareja no tenía llaves, tuvieron que llamar al móvil de Andrés a las tantas de la madrugada cuando volvieron de celebrar la pedida de mano para que les abriera el portón principal. El español se levantó tras desasirse del abrazo de Martín a regañadientes y les franqueó la entrada con cara de pocos amigos. Ni que decir tiene que la expresión de resquemor con la que lo miró Tatiana al pasar junto a él, al menos, sirvió para alegrarle un poco la noche. Sabía que a la mujer iba a sentarle mal que Rafael le pidiera matrimonio de la misma forma que lo había hecho él, porque aquello le robaba al momento una parte importante de la magia, pero Andrés sentía que se lo debía, que, de alguna manera, tenía derecho a cobrarse su pequeña venganza después de todo. Así que, cuando su hijo le informó -como si fuera una noticia desconocida- de que se habían comprometido, entre Andrés y Tatiana pasó una mirada cargada de significado, con la que el hombre le dijo claramente que ahora sí estaban en paz.

Un minuto después, apareció Martín en la capilla, con la ropa arrugada, el pelo completamente despeinado y un hambriento bebé en los brazos. Inmediatamente, Rafael, que estaba radiante de felicidad -era obvio que Tatiana no le había contado la treta de su padre-, se hizo cargo del niño y se lo llevó hasta la cocina para darle un biberón, mientras Andrés y Martín les acercaban la cuna a su dormitorio de nuevo.

Después de aquello, consiguieron dormirse enseguida, pero cuando llegó la mañana, se sentían como si el día anterior hubieran competido en una prueba de triatlón olímpico. En verdad, sí se estaban haciendo viejos para aquellos trotes. Tras un copioso desayuno, que tomaron todos juntos en el patio aprovechando los últimos días de buen tiempo, Rafael y Tatiana recogieron sus cosas y las fueron metiendo en el todoterreno para marcharse. Mientras tanto, Andrés y Martín se quedaron un poco apartados intentando entretener al pequeño Frefré, al que ya parecía encantarle pasar tiempo con ellos. Sonreía, hacía ruiditos, llamaba su atención dando pataditas… Tanto al argentino como al español les pareció de pronto que el fin de semana se había pasado demasiado deprisa y, aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, ambos se sorprendieron al darse cuenta de que iban a echar un poquito de menos a aquel niño.

Cuando finalmente llegó el momento de separarse, Martín aupó a Frefré en brazos y, acompañados por Andrés, salieron a la explanada donde estaba el coche para despedirse del bebé y de sus padres. Después de darle un besito tierno en la coronilla, Martín le tendió el niño a Tatiana y se alejó unos pasos para que la mujer pudiera meterlo en la sillita donde lo iban a transportar durante el viaje. Dos segundos más tarde, Rafael salió del monasterio con las últimas pertenencias de la familia, colocó un par de bolsas en el maletero y, después, le puso algo sobre el regazo a Frefré, que ya estaba bien atadito en su sitio.

Con una sacudida que hizo que se le fuera toda la sangre del rostro, Martín vio que se trataba de Fonollosito, al que el crío, como siempre, empezó a chupar insistentemente en cuanto pudo. Andrés y Martín intercambiaron una mirada indecisa, una de aquellas que tan bien expresaban lo que querían transmitirse uno a otro. Entonces, Martín lanzó un suspiro y se encogió de hombros. Si había alguien que podía llevarse aquel peluche impunemente, ese era Frefré y, aunque a Martín le doliese en el alma perder un símbolo tan valioso de aquella nueva vida que tanto le gustaba, sabía que seguía teniendo al amor de su vida a su lado y eso era lo verdaderamente importante.

Como para confirmarlo, Andrés se colocó a su lado y le acarició la mandíbula con la yema de los dedos. Justo después, antes de montarse en el todoterreno, Rafael y Tatiana se acercaron a ellos para decirles adiós.

- Papá, Martín, gracias por el fin de semana - dijo Rafael con una gran sonrisa en los labios. - Ya sabéis que estáis invitados a venir a vernos cuando queráis. A Frefré le habéis caído bien y estará encantado de volver a pasar tiempo con vosotros. Además, tenéis que venir a algún concierto de Tatiana. Verla tocar en Viena es una maravilla.

- Por supuesto. No me lo perdería por nada del mundo - aceptó Andrés al tiempo que daba un abrazo a su hijo, aunque Martín tenía casi claro que sólo lo había dicho por cumplir. Podría apostarse un brazo a que a Andrés se le había pasado el tiempo de asistir a conciertos de Tatiana en aquella vida.

- Ya os informaremos de cuándo es la boda - intervino la susodicha cuando Andrés y Rafael se separaron. En su rostro se leía una mezcla de resentimiento y cordialidad que ni a Martín ni a Andrés les pasó desapercibida. - Mandaremos invitación para los dos; espero que, para entonces, aún sigáis juntos.

- Vos no te preocupes por eso, querida. No se van a librar de mí tan fácilmente - respondió Martín rodeando la cintura de Andrés con un brazo.

Terminadas las despedidas, la joven pareja se dirigió a la parte delantera del coche para ocupar sus asientos, lo que extrañó a Martín, que esperaba que uno de los dos fuera en la parte de atrás con el niño… pero, por lo que habían visto durante aquellos días, estaba claro que ni Rafael tenía mucha idea aún de cómo ser padre, ni Tatiana sentía un gran instinto maternal. 

Por última vez antes de que arrancaran, Martín y Andrés se aproximaron juntos al asiento trasero para despedirse del pequeño Frefré, que los miraba con sus ojitos castaños muy abiertos, como si no entendiera lo que estaba pasando. Con un gorjeo, soltó el peluche que se estaba comiendo y alzó la manita hacia la ventana, que Rafael bajó con el control remoto desde dentro del coche para que Martín y Andrés pudieran tocársela. El argentino le acarició los deditos al niño un par de veces y, de repente, notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. No se tenía por un hombre blando, pero nunca se le había dado bien controlar las emociones, así que, esbozando una sonrisa fingida y triste, se apartó hacia atrás para dejar que Andrés tuviera un último momento con su nieto.

Tan sólo un instante después, cuando Martín aún se estaba secando las pestañas con los dedos, Andrés se colocó a su lado y le pasó el brazo por los hombros. Con una sonrisa algo socarrona, le dio un pequeño beso en la mejilla, pero Martín sabía que su querido compañero también estaba afectado y sólo hacía aquello para disimular. A él siempre se le habían dado mejor aquellas cosas.

Entonces, el coche arrancó y, con un par de toques de claxon, enfiló el camino que bajaba desde el monasterio hacia la ciudad para perderse en la distancia, dejando a su paso una pequeña nube de polvo. Martín levantó el brazo y lo agitó despacio en el aire un par de veces, hasta que el todoterreno desapareció y ya no pudieron oír siquiera el ruido del motor en la distancia.

Con un suspiro, Martín volvió la cara hacia Andrés, que aún tenía la vista clavada en el horizonte, con tanta intensidad como si estuviera intentando vislumbrar el futuro entre la polvareda.

- ¿Estás bien? - preguntó Martín acariciándole la espalda a la altura de las lumbares para sacarlo del trance.

Andrés asintió con la cabeza y también se volvió a mirar al hombre de su vida.

- Sí. Son muchas las emociones que aún tengo que asimilar, pero creo que me gusta ser abuelo. No se lo digas a Tatiana y a Rafael - bromeó el español, aunque en sus palabras había una profunda verdad que a Martín lo conmovió. - La edad es sólo un número. Creo que no me he sentido más joven ni más vivo en toda mi vida, aunque reconozco que estoy agotado y que he tenido suficiente nieto por ahora. ¿Tú estás bien?

- Creo que sí. Es un pibe re copado. Igual es una pena que se llevase a Fonollosito. No sé si podré perdonarlo, ¿eh? Ese muñeco significaba mucho para mí.

- Hombre de poca fe… - dijo entonces Andrés alzando el brazo que tenía libre y que, hasta entonces, había permanecido fuera de la vista de Martín. Como si fuera obra de un prestidigitador, el cormorán de peluche apareció entre sus dedos, tan simpático como siempre. Los suaves pelos sintéticos de su cabeza brillaron al debilitado sol de octubre con los restos de saliva que la lengüecita de Frefré había dejado allí.

- Pero, ¿qué…? - acertó a decir Martín, estirando la mano para cogerlo. Sus ojos estaban abiertos como platos, presas de la sorpresa. - ¿Cómo…? ¿Cuándo…?

- Por favor, Martín, me ofendes. Soy ladrón.

- ¿Tuviste la poca decencia de afanarle el peluche a tu nieto de cinco meses? - preguntó el argentino entre escandalizado y agradecido.

- Te recuerdo que nos lo robó él a nosotros primero - aclaró Andrés metiéndose las manos en los bolsillos y adoptando una postura de autosuficiencia que hizo sonreír a Martín. - Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón.

- Lo que no tenés es vergüenza - rió Martín al tiempo que se acercaba a Andrés para abrazarlo por la cintura.

- Venga, hombre. Muñecos hay miles, pero Fonollosito sólo hay uno.

La elocuente mirada que le dedicó Andrés al decir aquellas palabras fue suficiente para que el ingeniero entendiera que, una vez más, no se estaba refiriendo únicamente al peluche. La profundidad de lo que sentían el uno por el otro era única en todos los sentidos y Martín sabía que Andrés, al igual que él, se negaba a deshacerse alegremente de los símbolos que representaban su unión. Sin pensarlo dos veces, porque ya podía permitirse el lujo de no dudar cuando sentía ciertos impulsos, Martín acercó su cara a la de Andrés y lo besó en los labios con dulzura, dejando que su cuerpo hablara por él en aquel idioma tan bello que ambos entendían como si fuera su lengua materna. Por supuesto, el español correspondió a aquel gesto no con uno, sino con una decena de besos que sellaron una nueva declaración de amor sin palabras.

- ¿No sentiste ni un poco de remordimiento al quitarseló? - susurró Martín contra los labios de Andrés, que aún tardó un par de segundos en abrir los ojos.

- Si te quedas más tranquilo, le mandaré otro peluche a Viena. Una serpiente o algo por el estilo.

- Sí, está bien. Al menos puedo pensar que no comparto mi vida con un psicópata que les afana muñecos a los pibes - comentó el argentino guiñándole un ojo. - Por cierto, hablando de serpientes… ¿No pensás que deberíamos entrar a ver si tu hijo y tu nuera nos robaron algo a nosotros? Te recuerdo que no sos el único ladrón de tu familia.

- Tú también te has fijado en que Tatiana miraba con ojos golosos los diez volúmenes de Les misérables , ¿no?

- Sí, la edición de 1862. Y eso sí que no lo perdono, con lo que costó robarlos…

Así que, sin más dilación, ambos echaron a andar hacia el monasterio. No obstante, cuando estaban a punto de atravesar la puerta, Andrés, sin detenerse, lanzó a Martín una mirada de reojo y se aclaró la garganta con deliberada carraspera.

- ¿Sabes? Te confieso que esperaba que hicieras algún tipo de broma sexual con lo de la serpiente. Te lo he servido en bandeja de plata y me has decepcionado, Martín. Creo que sí te estás haciendo viejo.

- Callate, boludo. Aún no terminó el día. Estás a tiempo de sacarle el veneno a mi serpiente, si querés.

Y, tras decir aquello, Andrés y Martín se tomaron de la mano y se echaron a reír a carcajadas, con el alma tranquila, el corazón henchido de felicidad y dispuestos a seguir adelante con aquella loca aventura que era pasar la vida juntos.

Notes:

Bueno, espero que hayáis disfrutado esta pequeña y tierna historia. La primera vez que Andrés y Martín fueron abuelos, que cantaron una nada juntos...

Gracias por vuestro cariño, como siempre, salmoncitos. Os echaba de menos.

Notes:

Dejadme vuestros comentarios, opiniones, críticas, quejas... Todos serán bien recibidos. :)

Series this work belongs to: