Chapter Text
La primera palabra que formuló Sylvia en toda la mañana fue el nombre de su criada, a gritos. Al cabo de lo que le pareció a ella una eternidad, apareció: una mujer menuda y joven, vestida aún con un camisón de lino arrugado y el pelo aún revuelto, dando señas de que acababa de sorprenderla durmiendo aún a estas horas. Esto la hizo enfurecerse más.
En otros tiempos, Sylvia Carthaigh se habría contentado con tirarle el jarrón de claveles que tenía en su mesilla de noche; pero no se podía permitir el lujo de espantar a su personal, tal y como le había advertido su hermano, el propio Rey de El Dominio. [ Al cuerno tú y tus políticas morales, Luke ], pensó, porque al menos en lo más profundo de su mente, podía llamarlo así. Además de que no sería galante que una dama de alta cuna como ella le estampara a una estúpida sirvienta el emblema de su propia casa. [ Aunque estos claveles no son plateados ], tentó la mente de Sylvia de nuevo.
Sea como sea, esta simplemente acabó conformándose con una mirada fría y adusta a su subordinada. Hizo que aquella maraña de pelos revueltos se ruborizara de vergüenza. No le supuso ningún placer, ya que lo normal sería que una cochambrosa como ella palideciera de miedo en lugar de colorarse. Se propuso asustarla con una sonrisa sarcástica a la vez que cortante, cosa que hizo.
-¿Qué hora es, Priscila? – Le preguntó sin inmutarse. Con el camisón puesto, la mujer parecía de lo más regia. Regia y autoritaria.
-Hace poco que salió el sol, mi señora. – Respondió titubeante.
-Observadora. – Sus comisuras se tensaron aún más. Se dirigió hacia un baldaquín de la sala con espejo, y en este se miró. - ¿Y cuándo te pedí que me despertaras?
-Al alba –. La adolescente terminó por agachar la cabeza, como yunque que se hunde en el vacío de la desesperación.
Sylvia se acercó a ella, con expresión vacilante, queriéndole tumbar con solamente palabras que finalmente se guardó. La chica estaba temblando.
-Vístete y lávate. – Se giró -. Cuando termines, que espero que sea pronto, quiero que me laves, me vistas y me aprietes el corsé –. Vio que la criada se quedaba allí plantada, atónita - . ¿A qué esperas? Largo de mi vista.
Cuando Priscila abandonó la habitación con una leve inclinación, Sylvia se dirigió a la ventana situada junto a su cómoda y la abrió. Daba al Patio de Armas, como había podido ver desde que llegó a palacio, cuyo empedrado estaba empapado por el rocío mañanero. Miró al cielo, y advirtió que en este no había ninguna nube. [ Otro día soleado ]. La señora odiaba los días así. Por regla de tres, Sylvia odiaba todos los días, ya que todos los días en Nuevo Altojardín eran así. La propia mujer ya ni reconocía si esta inquina le venía de nacimiento o solamente desde el día de su boda forzada, viéndose prometida con un gentilhombre ruin al que no amaba ni llegaría amar solamente para sellar una tregua entre la corona plateada de claveles de los Carthaigh y una revolución señorial con que amenazaban los Lothario.
[ Pero Jon ya murió hace poco. Y las leyes de El Dominio me permiten volver a tener mi apellido de origen, con todo lo que conlleva: estar bajo la tutela de mi hermano en la corte, protegida por él ]. No sólo ella estaría protegida por él. Sino que también sus hijos. Y su sobrina.
-Cuatro pájaros de una estacada –. Pensó en voz alta Sylvia y se rió de la propia ironía que acababa de decir: su querido esposo había muerto empalado por una alabarda dorniense en el frente de El Pasó del Príncipe.
[ Supongo que algo le tendré que agradecer a esos cerdos de Dorne… ], meditó.
-¿Madre? - Le sorprendió una voz dubitativa a sus espaldas.
Se giró para asegurar que esa voz procedía del segundo hijo y primer varón que ella misma había llevado al mundo. Un chico que no aparentaba contar con más de dieciséis días de su nombre, vestido con un jubón oscuro parcialmente tapado por una capa corta azul en la que lucía orgulloso el emblema de su difunto padre, se encontraba al otro lado de la estancia, habiendo atravesado la puerta sin que ella misma se hubiera dado cuenta.
-Glenn… - Con una voz dulce. La actitud de Sylvia se volvió mucho más cordial y maternal, acercándose a él con los brazos abiertos, rodeados por su mantón de encaje myriense, reliquia antigua de la familia. Le sujetó de los hombros con delicadeza y depositó un beso en su frente, agachándose este un poco –. Tú no deberías estar aquí y verme así, con estas ropas.
-Lo siento, madre. - Sonrió mientras su progenitora le revolvía los mechones de pelo trigueño mezclado con rojizo –. Pero Cleo me ha mandado a subir. Se estaba impacientando al ver que tardabas tanto. Y ni estás vestida…
Sylvia bufó, confiada por la presencia de su hijo.
-Es por culpa de la estúpida criada. – Se separó del chico, sentándose en uno de los sillones tapizados de la estancia. Clavó uno de sus codos en el brazo del sillón, para poder apoyar con la mano su mandíbula, dando una sensación de desesperación -. Es retrasada. Como todas las que me manda tu tío.
-No seas tan dura con el servicio, madre. – Glenn se movió hacia su asiento. Alzó una ceja, con una sonrisa juvenil y se agachó a la altura de sus ojos, apoyándose también en el sillón -.
Su hijo tenía una habilidad especial a la hora de hablar: su voz apaciguada y relajada que siempre mostraba con aquellos en los que confiaba eliminaba cualquier conato de agresividad. Aun así, Sylvia rodó los ojos al escuchar su comentario.
-Dentro de lo que cabe es mi servicio. Y puedo hablar de él como me venga en gana, como que soy la hermana del rey. – [ Tendría que haberle tirado el jarrón a la chica cuando tuvo tiempo ] –. ¿Y tú qué haces ahí cohibido? ¡Anda, levántate! ¡No eres un remendón! ¡Eres Lord Glenn Lothario, señor de Roca Casterly y Guardián de Occidente Norte!
-No, madre… - Le corresponde, volviéndose a erguir -. No lo soy aún. Quien lo es Lord Ron, hermano de… padre.
Al chico aun le dolía recordarlo, meses después de su muerte. Al contrario que su madre, para él significó bastante. [ Seguro que si lo viera desde mi punto de vista, lo odiaría tanto como yo por robarme la ilusión y la juventud ], pensó, pero decidió jugar su papel de viuda afligida de su esposo, reservándose su opinión sobre él a pesar de lo enfermiza que se ponía al tratar temas semejantes. Sin embargo, tendió a criticar al que fue su cuñado.
-Bah. Ron es un viejo cascarrabias estéril que morirá dentro de muy poco sin hijos a los que cederle el título. En cuando a tía Dona… No tiene el miembro correspondiente como para poder gobernar.
-¡Madre!
[ Es increíble que a su edad siga siendo tan pudoroso… ]
-Hijo mío, que hasta algunas veces pienso que ni tu tío lo tiene… Dame gracias a mí por tener tal pene regio, que viene de reyes, hijo. Tu semilla va más rápida, más potente y entra con mayor profundidad que la normal. –Resaltó con sorna, provocando un gesto de desagrado puritano en la cara de su hijo -.
-Pues a tío no parece funcionarle.
-¡Claro que le funciona! ¿Acaso crees que Buck ha salido de un melonar? Por no mencionar a otros bastardos que habrá regalado por aquí y por allá. Lo que le pasa a tu tío es que ha cogido a la cerda más embutida y fresca del mercado, le ha puesto una corona y la ha cebado. - Gruñendo-.
-Madre…
-Es verdad. Por si no fuera poco, esa gorda se contonea con su velo por los jardines como si se sintiera orgullosa de tener el apellido del rey y no ha traído más que problemas desde que se casó con él: dos mellizas igual de dementes, una marimacho y la otra en el fondo del Mander. – No se dio cuenta de cuándo su hijo empezó a mirarla como si fuera una loca –. Con un poco de suerte, cae y vuelve rodando a Antigua hecha jirones.
Para terminar de asustar a su hijo, Sylvia, sintiendo que sus mejillas iban a salir ardiendo tras haber despotricado tanto, riendo ronca con serenidad. Parecía que no acababa de decir nada. Se levantó del asiento y puso sus frías manos sobre sus mejillas, apretándolas tiernamente con halo de maternidad que connotaba algo de corrupción.
-Pasarán los años, y el Rey no tendrá hijos legítimos con esa gorda ni con ninguna. Para el día en que la Madre lo acoja en su seno, solamente estarás tú. Y no les importará que no seas hijo de Luke, ni les importará que seas un Lothario con sangre materna Carthaigh, porque no tendrán alternativa: Buck únicamente es un bastardo, Imelda es hembra y Pascal el Loco está encerrado en una torre de por vida.
Los ojos ambiciosos y venenosos color verde turquesa de Sylvia se clavaron con mayor intensidad en los ojos inocentes e intimidados color azul verdoso de Glenn
-Para entonces, tú serás Rey del Dominio.
