Chapter Text
Abre la puerta para que salgas. Volteas a verlo una vez más, te ofrece una despedida cordial con la mano, pero no aceptas, en cambio le das un abrazo. Él se sorprende por unos segundos, su cuerpo se relaja y te corresponde. Te separas después de un instante y ves. Te ve.
—Gracias por la comida —dices.
—Cuando guste, señorita —responde. Te vas feliz a tu casa, hiciste un amigo y recuperaste a tu gato. Sonríes. Otro triunfo.
Parpadeas y ya era abril, los días pasaron volando desde aquel día que lo conociste. Desde ese abrazo. Después de aquella "insinuación" o lo que interpretaste como una, no hubo nada raro en sus lecciones de piano desde ese día. No lo entiendes. Quieres dar un paso más, pero no estás segura, no quieres arruinarlo, él no es cualquier otra persona ni una experiencia, lo ves como un ideal. Sabes que no habrá otro como él en tu vida, alguien honesto y puro. "¿Cuántos años tendrá?", te preguntas.
Es martes, otro día de lección de piano, haz aprendido a leer las partituras, aprendes rápido, siempre has sido sobresaliente para cualquier ámbito. Hoy el día es hermoso, "es el amor", piensas y caminas a su casa. Tocas, él abre, pasas, lo miras usar esos lentes pequeñitos que tanto amas. Por instinto irracional quieres quitárselos y ponértelos, pero todavía no hay confianza para ello, tendrá que esperar.
Te ofrece café, aceptas como todos los días aunque no eres muy fan de él, prefieres el té. ¿Algún día le dirás? Tomas, te sientas y tocan alguna canción tranquila y no romántica. En un arrebato de no-sé-qué te equivocas varias veces en la misma parte, falta de concentración. Él pone sus manos sobre las tuyas, te guía, cierras los ojos de manera parcial y disfrutas del tacto, él te observa y su mano sube por tu brazo, cada vez más hasta llegar a tu hombro, amas esa sensación electrizante que causan las llemas de sus dedos sobre tu piel, es tan suave y delicado, amable, no como cualquier otro que hayas conocido. Es lento y temeroso.
Cuando su mano llegó a cuello, tomas más aire y lo ves, están cerca, él mira tus labios, abres la boca ligeramente, respiras un poco más agitada de lo normal. Tus mejillas se sonrojan por la llegada de su mano, te acaricia, nuevamente cierras los ojos, quieres enmarcar ese momento para todos los días de tu vida.
Su pulgar explora la textura de tus labios, lo ves acercarse a tu boca y cuando tan solo faltan tres milímetros para cerrar el acto con un beso, él se detiene y te mira, lo miras confundida. Se separa de golpe. Abres los ojos todavía más.
—Lo siento —se disculpa y se cubre la boca con la mano que hace unos segundos recorría tu piel. Desvía la mirada, su sonrojo es notorio. Se levanta y te da la espalda. Te levantas también y te vas dejando un portazo detrás de ti.
Caminas hacia tu cuarto, estás molesta, te sientes tonta y débil, ingenua. Piensas que sólo estaba jugando contigo, evidentemente no llegarían a más porque no son nada formal. Te avergüenzas de ti misma. Subes las escaleras corriendo, sacas tus llaves, abres, cierras, te tiras en tu cama y lloras, aunque no sabes exactamente el porqué.
Las horas vuelan de nueva cuenta, han pasado dos semanas silenciosas desde ese fátidico día. Ahora es miércoles, bajas a comprar al mercadito que siempre se pone en tu calle y maldices a todos los dioses porque te lo encuentras de frente. A la vida le encanta burlarse de ti, jamás te lo habías topado en tus 3 años viviendo allí, excepto cuando quieres esconderte de él.
—Ya no ha vuelto a ir a clases, señorita Winter —dice con una sonrisa en sus labios. Lo miras y luego bajas la mirada, no sabes exactamente qué responder.
—Debo irme —huyes.
—¿Quiere hablar de lo que pasó ese día? Lo lamento, no debí...
—Sí, quiero hablar de eso, señor —lo interrumpes.
—Vale, entonces...
—Debo hacer las compras —otra interrupción de tu parte. Sabes que es grosero, pero así reafirmas tu molestia.
—La acompaño —se ofrece con esa sonrisa tan caracteristica suya. No dices nada y él lo interpreta como lo que es: aceptar su compañía.
Caminan, compras y van a su casa. Te sientas en el mueble verde de siempre, dejas tus verduras en el suelo. Él te ofrece café como de costumbre, lo rechazas y dices la verdad: prefieres el té.
—Ya veo —responde —, lo siento, no tengo té.
—No hay problema.
—¿Puedo ofrecerle agua? —no deja morir el tema, niegas con la cabeza. Él se acerca, se sienta en el mueble que está opuesto al tuyo —. Lamento lo que ocurrió, sé que eres una niña todavía y...
—No soy una niña, tengo 23 años —te pones a la defensiva.
—Disculpa, no quise decir eso.
—¿Para qué vine? —sólo hay una cosa que quieres que él haga, sólo necesitas que te bese y se calle, es un asco con las palabras. Es un hombre, los hombres nunca entienden. Lo maldices mentalmente mientras habla y habla —, me voy, sabía que esto era inútil.
—Lo siento —toma café y baja la mirada. Lo odias, es un cobarde. Crees que debería ser más apasionado. Tienes el ligero impulso de decirle que una vez que salgas no volverás a entrar, daña tu orgullo.
—Yo sólo quería... —las palabras salen de tu boca sin siquiera poderlas controlar —, que fueramos amigos —miras tus pies, no quieres ver su expresión. Estás avergonzada. Aprietas el vestido floreado que llevas puesto —. Debo irme —te levantas.
Él también lo hace —lamento ser un cobarde, pero no sé que espera que yo haga —es honesto.
—Sí lo sabe —tu voz no duda.
—No quiero que te vayas —dice sin pensarlo —di-disculpa —tartamudea y se sonroja. Sonriés, no es lo que esperabas, pero estás conforme.
—¿Por qué no quiere? —alzas la mirada y te encuentras con la de él.
—También quiero ser su amigo, señorita —vuelve a sonreír y ha hablarte de "usted". Sonries.
—De acuerdo —dices. Ozpin hace un ademán para mostrarte con la mano el piano, invitándote a tocar. Asientes con la cabeza. Caminas y se sientan cerca, recuerdas el motivo de la pelea, te amargas, pero te controlas. Quieres disfrutar esto de nuevo.
Él toca y canta una canción que espera que continúes con él, pero no lo haces, en cambio lo miras confundido —, ¿no conoces esta canción? —pregunta sorprendido.
—N-no —te avergüenzas.
—Señorita, ¿no ha visto Lalaland? —te mira de forma sospechosa, dudando de tu palabra. Quizás es como un regaño.
—No, profesor Ozpin —miras el piano, avergonzada.
—¿Profesor?
—De piano —regresas tu mirada hacia él. Lo ves sonreír apacible.
—De acuerdo, veamos esa película, me gustó tanto que compré el DVD jeje —ríe y te mira con esos dulces ojos color avellana. Asientes con la cabeza, te ofrece sentarte y así lo haces. Él camina hacia la tele y saca el DVD —¿es usted sentimental?
—Aamm un poco —dudas. No entiendes exactamente la pregunta.
—Quizás llore con esta película, ¿le molestará? —pregunta, piensas que ya has llorado por él, no te molestaría.
—No, me gusta —sientes cierta fascinación por el sufrimiento, le da sabor a tu vida.
—De acuerdo —termina de poner el DVD y va contigo, duda de sentarse a tu lado. Te haces a un lado para hacerle espacio, él entiende y se sienta contigo. Todo parece en orden de nuevo. El mundo vuelve a girar.
