Work Text:
Para este momento Katsuki tiene más Red Bull que sangre corriendo por sus venas. Las palabras con fuente serifa impresas en el papel están comenzando a parecerse a una sucesión de garabatos ilegibles en el respaldo de huesos oraculares, cada uno de ellos prediciendo su muerte gracias a que su cerebro parece estar saliéndose por sus oídos.
Los miembros del equipo lo miran desde la mesa cuando Katsuki empuja su asiento hacia atrás y se pone de pie.
—Receso para fumar —anuncia.
Y realmente se dirige al área de fumadores —pero a la que está ubicada tres pisos debajo del departamento de TI, claro—. Abre la puerta con brusquedad y se asoma.
—Asui —saluda, como un superior muerto del cansancio a otro—. Hay un problema con el software de encriptación de correos. Voy a necesitar a Midoriya.
Ella alza una ceja mientras Izuku camina lentamente y con cuidado a través de los cubículos atestados, pero no dice nada.
—¿Qué pasa? —pregunta Izuku, cerrando cuidadosamente la puerta—. ¿Es el...? ¡Gwah!
—Cállate —murmura Katsuki, con la cabeza enterrada en el cabello de Izuku. Huele a su champú, aunque Katsuki no puede recordar cuál de los dos empezó a usar primero esa marca. Huele a las sábanas de Katsuki, limpias y calientes gracias a la secadora.
Izuku pone sus manos sobre los brazos que Katsuki ha enredado alrededor de sus hombros.
—¿Kacchan? —dice con suavidad— ¿Qué...?
—Me estoy recargando —Katsuki acaricia el cuello de Izuku con su nariz y deja escapar un suspiro pesado. Abraza a Izuku más fuerte, pegando la espalda ajena contra su pecho. Izuku es suave y cálido, como las camas de su infancia que han compartido incontables veces mientras crecían.
Con la misma voluntad de hierro que Genghis Khan traía al campo de batalla, Katsuki se separa.
—Bien —dice, arreglando las arrugas de su camisa blanca—. Mejor dejo volver tu trasero de nerd al trabajo antes de que empieces a sentirte decaído por estar alejado de tu preciosa hoja de códigos CSS por mucho tiempo.
Katsuki da un violento medio giro, con dirección a la oficina.
—¡Kacchan, espera!
Izuku embiste su pecho, arrojando sus brazos alrededor de su cuello. Con los ojos cerrados con fuerza restriega su mejilla, que nunca terminó de perder esa gordura propia de los bebés, contra el hombro de Katsuki, aferrándolo tan fuerte que le saca el aire.
Entonces retrocede, mirando con culpa a su alrededor, donde no hay nadie más. Se gira, con la punta de las orejas rosadas, al decir:
—¡No eres el único que necesita recargarse de vez en cuando...!
Katsuki se mueve el resto del día a toda máquina. Hasta tienen que enviar a Shinsou desde el piso de abajo para decirle que deje de hacer temblar las luces cuando camina.
Cuando mira fijamente desde la cera donde está el derruido edificio de su apartamento de mierda, las luces de su ventana iluminan las enredaderas y el moho que atraviesa el monótono color blanco tiza. En la puerta del apartamento pretende patear sus zapatos Oxford, pero viendo las zapatillas toscas de Izuku alineadas cuidadosamente en el genkan, termina por acomodarlos a su lado.
Izuku está encorvado sobre el escritorio de la habitación, con la mejilla aplastada contra sus notas de la tesis en lo que Katsuki llama su Posición de Estrella de Mar Triste. Incluso dormido sus labios susurran secuencias de código.
Katsuki levanta su barbilla de la mesa y corre las notas que están debajo de él antes de que se manchen. Las notas se unen a la montaña de papeles y libros amontonados en la esquina.
—Maldito nerd —dice con suavidad. Acaricia el cabello de Izuku, e Izuku resopla en sus sueños—. Nadie te pidió que trabajaras hasta quedar así. Idiota.
A veces Katsuki desearía que Izuku no fuera el tipo de loco que hace malabares por mantenerse con un posgrado y un trabajo a la vez, a pesar de que, en verdad, él mismo estaría mejor ignorando la parte suya igual de insana que, aparentemente, gusta de ese loco.
Katsuki empuja el flequillo de Izuku hacia atrás y besa su frente; luego reemplaza la toalla alrededor de su cuello por una manta.
—Atrapa un resfriado y muere; por lo que me importa —refunfuña.
Seguramente estará hambriento cuando se despierte, porque Izuku no puede tener irregularidades en siquiera un aspecto de su ritmo corporal. Nop. Katsuki va en busca del pollo nanba que sabe que queda de la noche anterior en el refrigerador, cuando una nota pegada a un plato cubierto con papel film transparente llama su atención.
¡Buen trabajo hoy! Lamento que no sea tan bueno como lo que hace Kacchan, pero hice algo de curry para que calientes si tienes hambre.
Katsuki cierra con fuerza el refrigerador, con los nudillos blancos alrededor de la puerta, y apoya la cabeza contra el metal frío.
En serio. Vaya idiota.
El computador suena mientras procesa el nuevo conjunto de datos recién ingresados, y Katsuki saca su teléfono celular para revisar sus mensajes mientras el equipo calcula los números. Lo pone nervioso la cantidad de regreso tarde, no me esperes despierto que encuentra en sus mensajes hacia Izuku. Han pasado veinte minutos desde que envió el último, aun sin respuesta.
El computador suena, mostrando números indeseados a través de la pantalla.
Katsuki se sostiene el puente de la nariz, sintiendo los inicios de una migraña, y da un respiro hondo.
—¡Mierda! —dice con entusiasmo.
Regresa al trabajo, todavía con Izuku en la mente. No puede recordar la última vez que tuvieron una conversación cara a cara que durara más de cuatro segundos. Cuando la alarma de Katsuki suena para que se prepare para ir a trabajar, Izuku ya está bostezando en su asiento en algún teatro de conferencias, cuatro estaciones más lejos. Cuando regresa a casa del trabajo Izuku está dormido de tanto estudiar, ya sea en el sofá o en el comedor. Una vez, incluso, Katsuki lo encontró dormitando en la entrada. Con lo ajetreado que es el plazo para este proyecto Katsuki apenas tiene tiempo de agregarle crema a su café, mucho menos de compartir el almuerzo con Izuku los días en que ambos trabajan.
Katsuki escucha el pomo de la puerta girarse, seguido de pasos. Se gira en la silla, con documentos en mano, y dice:
—Oi, Kirishima, estos--
Bañado en el suave brillo de las luces que se cuelan desde el corredor, Izuku está allí parado, vestido con una sudadera con capucha que le queda grande y que le robó a Katsuki; debajo de ella tiene una camiseta con estampado descolorido y amplios pantalones deportivos, además de que porta un leve sonrojo en sus mejillas. Izuku levanta la bolsa plástica que tiene en sus manos y sonríe:
—Entrega para Bakugou Katsuki-sama.
Katsuki pone su cara entre sus manos.
—Me estoy volviendo loco.
Su alucinación resopla y camina hasta colocar sobre la mesa la caja de comida para llevar. Mientras levanta la tapa, el dulce olor de las cebollas caramelizadas y el vapor de los rollos de verduras llena la habitación.
—Kirishima-kun está fundido hace horas —dice Izuku, arreglando la comida sobre la mesa de Katsuki. Suspira— Kacchan, cuando te pones así no tienes nada más que trabajo en tu mente.
Katsuki levanta la vista. Okay, puede jurar que la última vez que miró el reloj de pared decía 17:40, no 22:15.
—Y definitivamente no has comido como se debe —dice Izuku, acercando una silla para sentarse cerca de Katsuki—. Y sabes que te da estreñimiento cuando, además de estar estresado, no comes suficiente fibra--
Katsuki golpea la cabeza de Izuku con los documentos, y este parpadea.
—¿Sí, Señor Cliente?
La nuca la siente caliente mientras se gira de nuevo a ver la pantalla.
—Responde mi mensaje si lo viste, idiota.
—Lo siento —responde con una sonrisa avergonzada—. Quería sorprenderte.
—Ya es sorpresa suficiente el ver lo feo que eres todo el tiempo —murmura Katsuki. Agarra los palillos y se mete a la boca un poco de arroz blanco, caliente y suave—. Asco. ¿Qué tanto puedes estropear el arroz? ¿No te mostré ya cómo usar la nueva olla arrocera? De verdad eres un Deku —dice, con la boca llena.
Se come otro bocado antes de hacer uso del auto control que lo llevó así de lejos en el escalafón corporativo (auto control que parece irse a la mierda cada vez que se trata de Izuku).
—Deberías ir a casa —dice—, ya es tarde y todavía tengo un montón de trabajo de mierda que hacer.
Izuku niega con la cabeza.
—No. Terminarás dejando de lado la comida hasta que se enfríe, si no te desmayas primero.
—¿Qué demonios? No soy tan débil —dice—. De verdad estoy ocupado...
Su mantra es que uno trabaja mejor mientras más cerca de la muerte se está. En contraste con la lentitud de un cerebro lleno de carbohidratos, el hambre te lleva hasta tu meta con dolor y una mente despejada.
—Deja de hablar solo y come de una vez. —Le dice Izuku, dándole una patada suave a su pie, que está cubierto por una media. En sus manos sostiene un bocado de arroz para Katsuki, con una sonrisa expectante en su cara.
—Eres un dolor en el trasero —dice Katsuki. Luego se agacha para tragar el arroz, con los dedos volando sobre su teclado.
—Sí, sí —responde Izuku con indulgencia, mientras le da otro poco en la boca.
—Mientras más tiempo estés aquí, más me vas a estorbar en el trabajo —dice Katsuki, con su boca llena de medianas y curvas de campana con sabor a teriyaki—. Riega comida en mi escritorio y te mato.
—Mhm. —Izuku le saca los huesos a la caballa y lo corta en pedazos masticables. Se los sostiene a Katsuki, quien se los devora.
—Si me quedo dormido después de esto —dice Katsuki—, te mataré en mis sueños. —Acentúa lo dicho con un click de su mouse. Un muy amenazador click.
—¿Me ves en tus sueños, Kacchan?
—Más bien pesadillas, porque tienen tu fea cara.
Kasuki reprime un bostezo mientras cambia de pestañas. Se pregunta distraídamente, a través de la neblina de números que hay en su cabeza, si acaso Izuku echó pastillas de dormir en la comida con la intención de arrastrar su cuerpo inconsciente hasta el maletero de su madre y luego amarrarlo a la cama, una vez en casa, hasta que haya “descansado como es debido”, o alguna mierda así. Izuku está lo suficientemente loco como para hacerlo.
Izuku está lo suficientemente loco como para aguantar a Katsuki, después de todo.
Izuku pasa su pulgar por la mancha de salsa que está en la comisura de la boca de Katsuki, y luego lame su dedo para limpiarlo. Sonríe.
—¿A qué viene esa cara?
En vez de una explosión de fuegos artificiales, Katsuki siente destellos; estrellas que emergen de madera seca, brasas que giran de forma hipnótica, tan relajantes como aterradoras.
—Eres horrible alimentando a otros —Katsuki carraspea, y respalda los archivos en el sistema de la compañía—. No sé cómo planeas ser útil cuando tenga setenta.
Izuku ríe.
—Bueno, podría ayudar a Kacchan a recordar cosas —anuncia, dejándose caer en el hombro de Katsuki—, cuando seas un abuelo senil y cascarrabias.
Katsuki le da un codazo en las costillas.
—Como si tú no fueras a quedarte más senil que yo, otaku demente.
—Hm. Supongo que tiene sentido —dice Izuku, con la cabeza recostada en el hombro de Katsuki. Luego se acurruca, acercándose más a él—. Pero no creo que alguna vez pueda olvidar verdaderamente a alguien que brilla tanto como lo hace Kacchan.
Cuando cruza la puerta, Izuku está hecho un ovillo en el genkan. Las pantuflas que le regaló a Katsuki el año pasado, forradas con pelusa para que parezcan explosiones, están acomodadas a su lado. Izuku alza la vista de la pantalla de su celular y sonríe.
—Bienvenido a casa, Kacchan.
Katsuki cae de rodillas, enterrando su cara en el hombro de Izuku. Este deja escapar un suave “oof” por la sorpresa, pero su mano da con la parte baja de la espalda de Katsuki, y casi por reflejo, acaricia esa zona con movimientos circulares.
—¿Tuviste un mal día en el trabajo? —pregunta gentil.
—Voy a renunciar —dice Katsuki, con la voz tensionada y con sus ojos irritados—. Trabajé hasta dejar la piel en esa presentación, y estuvo putamente fantástica —inhala, temblando—. Sí, me equivoqué en los números de los folletos, ¿pero Mierdazaki tenía que gritarme en ese momento y lugar--? —su voz suena ahogada.
La humillación, el cansancio y la rabia se cuecen en su estómago junto al exceso de café, un cóctel traído directamente de las alcantarillas. Al menos Izuku no tuvo que trabajar hoy. Siente como una pequeña muestra de misericordia que ellos sacrifiquen su orgullo por su propio beneficio sin que la persona por la que él hace todo esto sea testigo de ello.
Incluso si ahora mismo está haciendo el ridículo.
—Voy a renunciar —gruñe contra el hombro de Izuku—. Voy a renunciar, a abrir mi propia compañía y a dejarlos a todos ellos en ridículo.
—Si es Kacchan, creo que es posible —dice Izuku, acariciando su cabeza—. Porque Kacchan es increí--
—Cállate —se esconde más profundo en el abrazo de Izuku, con un sollozo—. Cállate. —Enreda los brazos alrededor de la cintura de Izuku y lo aprieta—. Elógiame más.
—Kacchan es muy inteligente —dice Izuku—. Kacchan es increíble. Es la persona más joven en la compañía a la que promueven tan rápido. —Rasca el lugar detrás de la oreja de Katsuki que hace que se le relajen los hombros— Durante las presentaciones y reuniones todos siempre están de acuerdo con Kacchan, porque es muy bueno convenciendo a las personas.
—Solo son imbéciles que me tienen miedo —Katsuki murmura. Moquea.
—Te respetan —dice Izuku—. Si Kacchan fuera jefe, su compañía triunfaría en poco tiempo--
—Y entonces te compraría una casa —dice—. Te compraría un carro para que no tuvieras que usar el tren en un viaje de una hora a la universidad todos los días. Te compraría un buen traje, uno que de verdad te sirva, para que no tengas que usar el traje viejo de tu padre en los seminarios y entrevistas. Te compraría un mejor portátil, uno que no pese como un ladrillo y no se quede frito cada minuto. Te--
Te pediría que te cases conmigo.
Esta no es la forma en que ellos pensaron que terminarían cuando se paró en el muelle a ver cómo las luces lejanas bañaban en oro la carta de aceptación en la mano de Izuku; cuando se tiró al mar desesperado por sentir otro tipo de agua salada en los ojos; cuando Izuku alcanzó su mano en la oscuridad, más allá de la luz del sol, y dijo vayamos juntos.
Si esta ciudad no es lo suficientemente grande para ti y para mí, ¿qué tal el mundo?
—Gracias, Kacchan —dice Izuku, con la voz temblorosa, mientras se aferra a la parte de atrás de la incómoda camisa de trabajo del contrario.
Katsuki le da un cabezazo al hombro de Izuku.
—¿Qué? ¿Piensas que no puedo hacerlo?
A Katsuki todavía lo asusta, a veces, pensar en que con un chasquido de sus dedos Izuku puede lanzar una avalancha sobre la vida que ha construido con tanto cuidado.
—No es eso —Izuku se separa, con los ojos tan brillantes como los cristales de mar en la orilla de su ciudad natal. Entrelazan sus manos—. Si es Kacchan, él puede definitivamente hacer eso, y más.
Le sonríe, y las lágrimas brillan en sus ojos tal y como lo hizo el mar aquel día.
—Hasta entonces —dice—, déjame estar a tu lado.
—¡¿Ka-Kacchan?!
—Ey —dice Katsuki, girando la sombrilla en sus manos mientras las gotas de lluvia golpetean en el parabrisas del reluciente Toyota tras él.
Izuku corre en su dirección, con la mochila golpeando contra sus piernas, arrastrando una descolorida y arrugada bufanda tras él. Se mete debajo de la sombrilla, con sus mejillas tan rosadas que casi disimula sus ojeras y sus ojos rojos.
—¿Qué haces aquí? —Izuku tira de la manga de la camisa de Katsuki— Y deja de recostarte en el carro del decano.
—Vine para recogerte, idiota —dice Katsuki, alejándose del auto tan ostentoso—. No trajiste sombrilla, aunque te da neumonía solo por beber un vaso con agua con más de cinco cubos de hielo —Izuku hace un sonido como protesta cuando Katsuki pellizca su nariz—. Revisa el reporte del clima antes de irte, estúpido.
Izuku se sonroja; debajo de la sombrilla ambos están pegados desde el hombro hasta el muslo.
—Gracias, Kacchan.
—Oi, sostén esto —Empuja contra la cara de Izuku un vaso de poli estireno con chocolate caliente—. Me dieron la orden equivocada así que puedes quedártela, o lo que sea.
Izuku enreda alrededor del vaso sus manos manchadas de tinta.
—Está caliente —dice contento—, gracias, Kacchan.
—Como sea, nerd. —Agarra la mano de Izuku—. Vámonos ya, antes de que perdamos el tren.
Izuku divaga sobre algo que aprendió hoy, acerca de modelos binarios y sistemas abiertos. Katsuki describe en extremo detalle los planes de esta semana para acabar con su jefe. Izuku sugiere cianuro.
—Tengo que recoger algo —dice Katsuki, moviendo su pulgar por encima del hombro para señalar una fila de tiendas cerca de la estación—. Espera un momento.
—Ajá —dice Izuku, tirando el vaso vacío a un cubo de basura. Gira la sombrilla que tiene apoyada sobre su hombro, con su cara cansada y su sonrisa suave enmarcadas por la luz que se refracta a través de las gotas de lluvia que caen gentilmente sobre la ciudad. Katsuki siente la presión en su pecho, y tiene que girarse.
Coge una botella de champú junto a su orden.
Cuando Katsuki sale por las puertas de vidrio, Izuku no lo ve de inmediato. Su mirada atraviesa la lluvia y colorea el paisaje grisáceo de la ciudad con autos que se manejan solos, celulares holográficos y computadores cuánticos.
El charco que pisa Katsuki lo empapa hasta sus medias.
—Oi, Deku.
—Kaccha--
Izuku parpadea. Se restriega los ojos, y vuelve a echar un vistazo a Katsuki.
—Um... —Izuku señala el ramo en las manos de Katsuki, que consiste en un peluche gigante de All Might rodeado de rosas y papel dorado—. ¿Eso es para-
—¡Para ti, idiota! —Katsuki empuja el ramo hacia los brazos de Izuku, con la cara a medio camino de una fusión nuclear. Clava la mirada en el lodo que cubre las rojas y gastadas zapatillas de Izuku— Quizá no puedo darte una casa, o un carro, o un computador nuevo--
Las gotas de un charco parecen florecer cuando vuelan hacia arriba en el momento en que la sombrilla, al caer sobre él, rompe su superficie tranquila. Izuku enreda sus brazos alrededor de él. Se le cuelga mientras la lluvia cae sobre ellos. Katsuki se pregunta si tal vez las rosas fueron una mala idea. Cuando se marchiten, Izuku va a llorar lo suficiente como para hacer que esta lluvia luzca como una broma.
Pero cuando Izuku se separa con el cabello aplastado contra su frente debido al agua, con la sudadera empapada pegada a su piel, con la expresión de su cara incomparable con computadores portátiles o carros o la ciudad entera--
Katsuki nunca ha visto flores más hermosas.
—Deberíamos irnos —dice Izuku, rojo hasta la punta de sus cabellos—, antes de que perdamos el tren.
Y mientras Izuku cae dormido contra su hombro debido al movimiento y al rumor del tren, y la calidez florece en sus cuerpos desde donde sus manos están unidas, Katsuki piensa que, de todos modos, el carro puede esperar.
