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Cuando Namjoon hablaba, siempre sentía el inevitable impulso de permanecer callado. Uno de sus principales problemas era que, muchas veces, su impulsividad e incapacidad de estarse quieto acababa ocasionándole circunstancias incómodas alrededor de la mayoría de la gente. No le pasaba con sus amigos, porque ya se habían acostumbrado a su ímpetu arrollador, pero sí con los desconocidos.
Eso cambiaba cuando se trataba de Kim Namjoon, que estudiaba un doble grado de filosofía y ciencias políticas y a veces daba breves pero contundentes discursos sobre las clases sociales, sobre economía, sobre ecologismo o sobre cualquier tema en el que tuviese un mínimo de conocimiento. Su voz tranquila y serena y su capacidad de expresarse y mantener la calma en cualquier circunstancia provocaban en Jungkook algo parecido a la fascinación de contemplar a un líder entre una sucesión caótica de personas. Para alguien a quien el mundo le parecía demasiado rápido, Namjoon era un remanso de paz y de calma que le hacía la promesa silenciosa de que tenía siempre un lugar al que aferrarse. Y lo que al principio había confundido con simple fascinación, había acabado por convertirse en una maraña de sentimientos complejos que le atormentaban en los momentos menos oportunos.
Jungkook había conocido a Namjoon como conocía a la mayoría de la gente, a través de Jimin y Taehyung, que eran almas inseparables e insoportablemente sociales. Sus mejores amigos siempre intentaban arrastrarle a cualquier parte, con la esperanza de que su naturaleza solitaria se acabase atenuando con el paso del tiempo. No funcionaba, y a esas alturas Jungkook era consciente de que no podía cambiar algo que estaba tan profundamente arraigado en sí mismo como era aquella necesidad de aislarse, de separarse del resto de gente. Taehyung había llegado a entenderlo, en parte porque era un alma comprensiva y tranquila y en parte porque, en cierto modo, Jungkook y él eran tan parecidos como diferentes. Tenían una forma parecida de pensar, pero se trasladaba en formas completamente distintas de actuar.
Jimin, por el contrario, no entendía realmente a ninguno de los dos. Había aprendido a aceptar las rarezas de su novio y su amigo, igual que ambos habían aprendido a aceptar su doble naturaleza. Park Jimin pasaba, en cuestión de instantes, de ser un lago calmado a ser el océano en medio de la tempestad. No tenía término medio, y pese a ser realmente inofensivo, su temperamento explosivo, arrollador e iracundo era comentado por todo el mundo en el campus. Si le caías en gracia, era el mejor de los amigos, solícito, competente y empático, con una habilidad maravillosa de decir siempre lo que los otros necesitaban oír. Si caías en su lado malo…
Simplemente era mejor no hacerlo.
La pareja que hacían Taehyung y Jimin era la clase de pareja a la que todo el mundo aspiraba. Por separado eran un mundo y cuando estaban juntos eran otro; tenían su propio lenguaje, su propia forma de resolver los conflictos y siempre que tenían que tomar una decisión cada uno exponía sus argumentos y luego echaban al azar quién acababa teniendo razón si no se ponían de acuerdo. Jungkook se veía constantemente arrastrado a esa órbita, así que había desarrollado la capacidad de cuestionar cualquier cosa que le decían, porque nunca sabía si era cierto o si ese día el azar había jugado en favor del que no tenía la razón.
La dinámica de Jimin y Taehyung se extendía también al mobiliario de la casa, plagado de diferencias estilísticas. El piso se había convertido en la mezcla de tres personalidades radicalmente diferentes. Las tazas del pato Lucas se amontonaban al lado de las de té con detalles florales que Jimin había conseguido en una tienda de antigüedades y en la cocina había un retrato bastante pobre de los tres que Taehyung había pintado en un momento de inspiración. Por las esquinas se amontonaban papeles, novelas románticas y los compendios de derecho de Jungkook. Dependiendo del sitio en el que se estuviese, las luces eran cálidas, con lámparas sacadas de rastros y mercadillos, o frías con alógenos simples pegados al techo. Lo llamaban cariñosamente El Palacio y la mayoría de sus reuniones se celebraban en el pequeño salón-comedor en el que apenas había espacio para ellos tres. Pero siempre se adaptaban para meterse como sardinas en lata los siete y pasar horas y horas hablando del mundo, de la vida y de las últimas series que habían visto en Netflix. Los días en los que se reunían en El Palacio eran los favoritos de Jungkook, no solo porque veía a Namjoon, sino porque en general y a su manera quería mucho a sus otros cinco amigos.
Volviendo al hilo inicial, Jungkook conoció a Namjoon a través de Jimin y Taehyung, que a su vez le conocieron a través de Seokjin, un primo lejano de Jimin que acababa de graduarse en veterinaria y aparecía cada vez menos en las reuniones sociales porque aspiraba a recorrer el mundo ayudando a animales que le necesitaban más que las personas. Su novio, Hoseok, le seguía a todas partes más por comodidad que por amor. Tenían un tipo de relación distinta a la de Jimin y Taehyung y si uno no conocía bien a Jin y a Hoseok podría llegar a pensar que no tenían nada en común y que eran más bien mejores amigos que se habían acabado enamorando por la fuerza de la costumbre. Nada más lejos de la realidad, sin embargo. Ambos eran carismáticos y mordaces. Hoseok se dedicaba a viajar con Jin porque ambos se habían conocido en la carrera y tenían vocaciones y opiniones bastante similares. Solían bromear todo el tiempo y fingir que le daban poca importancia a las cosas, pero cuando estaban solos, eran realmente el pilar el uno del otro. Una vez, cuando Yoongi les preguntó si realmente existía el amor entre ellos, Hoseok esbozó una sonrisa enigmática y se limitó a decir que qué era el amor sino una amistad en la que había sexo. Yoongi no volvió a preguntar y, finalmente, nadie acabó haciéndolo, porque en realidad no importaba mucho el tipo de relación que tuviesen entre ellos. Al final del día, seguían siendo siete. Y según las cartas astrológicas que tan detenidamente Taehyung se había dedicado a estudiar a lo largo de su vida, su vínculo sobrepasaba cualquier apreciación mortal.
Namjoon llegó a El Palacio un día de invierno y, en el mismo instante en el que entró por la puerta, Jungkook supo que iba a quedarse para siempre. Tenía una buena intuición con las personas, fruto de dedicarse a observar en silencio el mundo que le rodeaba como si fuese un espectador externo. Namjoon encajaba a la perfección en aquel rompecabezas que formaban, y todos coincidieron con Jin cuando dijo que siempre habían sentido su ausencia, incluso si no le conocían. Fue un proceso natural, pues, que Jungkook acabase enamorándose de Namjoon. Durante más de dos años sufrió en silencio aquel amor juvenil, pero no fue hasta que rompió con su tercer novio de la época que las alarmas del resto de sus amigos saltaron definitivamente.
— Es una lástima. —Había dicho Jin, y Jungkook se había sentido especialmente extraño al sentir su penetrante mirada intentando leerle—. Yugyeom y tú hacíais muy buena pareja.
— No lo suficiente, al parecer. —Jungkook repasó mentalmente las palabras de su ex, la cuales probablemente se llevaría a la tumba—. No estaba destinado a pasar.
—Pasas demasiado tiempo con Taehyung. —Rezongó Yoongi, revolviéndose en el sofá—. No existe nada destinado a pasar. Si no supo apreciarte es un capullo.
— No era él quien no supo apreciarme. —Involuntariamente, Jungkook dirigió su mirada hacia Namjoon, el cual había permanecido en silencio durante toda la reunión—. Más bien fui yo el que no supo apreciarle a él.
Ese día se hizo un silencio tenso por primera vez en mucho tiempo que finalmente rompieron Hoseok y Jin con sus bromas y, durante algunas semanas, sus amigos parecieron olvidar el incidente de Yugyeom. Volvieron a la rutina y nadie volvió a mencionarlo. Pero algo había cambiado. Jungkook era sensible a todos los cambios, especialmente a los de sus amigos. Lo confirmó Jimin, un día en el que ambos estaban haciendo el desayuno juntos.
— ¿Cuánto tiempo? —Cuestionó Jimin, lanzando una mirada directa e intimidante a Jungkook.
— ¿Perdón?
— ¿Cuánto tiempo llevas enamorado de Namjoon?
La pregunta tomó a Jungkook por sorpresa. No porque se hubiese molestado en ocultarlo ni porque fuese un pecado inconfesable. No, más bien fue porque nunca se había parado a pensar aquello. Nunca se había molestado en llevar un calendario.
— No sé, un día simplemente lo estaba. —Respondió, encogiéndose de hombros.
— ¿Y qué piensas hacer al respecto?
Esta vez, Jungkook no se lo pensó antes de responder.
— Nada, ¿Por qué tendría que hacer algo al respecto?
— Porque no se trata de un simple crush, estás enamorado de él. Algo tendrás que hacer al respecto. —Jimin lo veía como algo lógico. Por regla general era un romántico. Jungkook también lo era, pero cuando no se trataba de sí mismo.
— ¿No? Estamos bien así.
— ¿Por qué nunca lo has intentado?
— Porque está enamorado de Yoongi. Todo el mundo lo sabe, aunque nunca lo hayáis dicho porque pensabais que no iba a poder lidiar con ello. —Jimin se sonrojó ante la acusación velada—. Por eso no entiendo tu pregunta, tú sabías que yo estaba enamorado de él igual que sabías que no podía ser.
— Pero lo de Yoongi es… Namjoon sabe que no puede ser, tiene pareja. Un colega de conservatorio. Y respeta mucho esa relación. Además, creo que si Namjoon no tiene pareja es porque no quiere, y no por estar realmente enamorado de él. —Apuntó su amigo, revolviendo el café instantáneo.
— Pareja o no, imposible o real, está enamorado y punto. —Alegó Jungkook, dispuesto a zanjar el tema—. Si él no hizo nada al respecto de Yoongi, ¿Qué derecho tengo yo a hacer algo respecto a mis sentimientos?
Jimin nunca le discutía, había aprendido a adivinar en el tono de Jungkook qué cosas eran debatibles y cuáles no. Aquello no lo era. Y Jungkook lo agradeció, porque pese a que sabía que su testarudez era un defecto más que una virtud, no estaba de humor para entrar en temas emocionales. Estaba muy ocupado con su carrera y los diez deportes distintos que practicaba en cuanto tenía un poco de tiempo libre.
Y es que, aparte de testarudo y enamorado, Jungkook tenía otra maldición: todo se le daba bien. No había nada que le supusiese un reto iniciar. Durante años se había dedicado a buscar cosas que no se le diesen particularmente bien y nunca las había encontrado. Así que, en medio de la resignación de unos padres hartos de aquella búsqueda, le habían sugerido que si no podía encontrar algo que aprender, al menos se dedicase a perfeccionar. Al principio le pareció una soberana tontería, porque no le suponía gran esfuerzo. Jungkook mantiene la firme opinión de que la obsesión con ser el mejor en todo llegó el día que descubrió que, cuando no lo era, la gente a su alrededor se decepcionaba. Y la única cosa que no se le daba bien a aquel muchacho era lidiar con aquella decepción.
Por eso lo daba todo en cualquier cosa que hiciese, calculando el mínimo detalle, llegando a sobre esforzarse en el proceso hasta acabar casi en el hospital más de una vez. Le gustaba de una forma retorcida y sádica sentir su cuerpo al borde de la extenuación. Le gustaba saber que había dado lo mejor de sí mismo, sin cabida para nada más y sin excusas. Simplemente, así era él. Sus amigos, por suerte, ya habían aprendido a predecir aquellos arranques de ambición por complacer al resto y sabían ponerle freno de forma rápida, imperceptible y eficaz. En concreto, Jin era el más hábil en hacer aquello, pues sentía especial debilidad por los inmensos ojos redondos del muchacho.
Así que, Jungkook nunca estaba realmente quieto. Su aburrimiento tenía fama de ser un animal tan mitológico como los unicornios. Se tamboleaba de un lado a otro, aprendiendo solfeo, baile y golf en la misma semana en la que tenía exámenes. El resto del grupo nunca se quejaban, porque habían aprendido que era mejor que estuviese entretenido que dejarle volver a su estado taciturno en el que no hacía más que quedarse mirando la pantalla de su ordenador.
Jungkook también tenía una doble naturaleza. Estaba la parte activa, complaciente y pícara que todos veían y la que solo estaba estrictamente reservada a los que convivían con él. Taehyung había llegado a confundirle más de una vez con los fantasmas que intentaba invocar para averiguar cosas del más allá (hasta que, tras un terrible ataque de nervios de Jimin, decidió dejar de hacerlo). Caminaba solitario por la casa, tratando de desenmarañar su propia cabeza, comía poco y hablaba menos. Se limitaba a responder a todo con monosílabos y todo le parecía muy bien, por lo que, de haber sido más social, hubiese sido realmente susceptible. Pero no lo era y al final todos coincidían en que aquellos momentos no representaban un peligro real y habían dejado de preocuparse.
— ¿Ha sucedido algo en especial? —Namjoon estaba leyendo en un banco mientras Jungkook estaba a su lado, pensativo.
— No, no lo creo. —El muchacho alzó la mirada del libro y la clavó en Jungkook, sintiendo el deseo de saber leer a las personas como el resto de sus amigos—. He estado hablando con Jimin.
— Haya sido lo que haya sido, le doy la razón entonces. —Sentenció Namjoon, devolviendo la vista al libro.
— No, no lo harías.
— ¿Y eso por qué? —Hubo un silencio, se miraron de reojo pero rápidamente ambos volvieron a apartarla. Ninguno era especialmente sentimental ni se les daba especialmente bien expresar aquellas cosas.
— Llevo años enamorado de una persona y Jimin insiste en que debería hacer algo al respecto. Yo opino que eso no tiene ningún tipo de sentido, porque esa persona está lejos de mi alcance.
— Como he dicho, Jimin tiene razón. —Dijo Namjoon, y Jungkook contuvo las ganas de reprocharle, porque supuestamente él no sabía nada de Yoongi—. Más que nada, porque sé perfectamente que no lo haces porque esté lejos de tu alcance, nadie está lejos de tu alcance.
Namjoon tenía razón, y Jungkook se obligó a reconocerlo a regañadientes. Había otras razones que pesaban más en su decisión.
— ¿Qué pasa si…? ¿Qué pasa si en el momento en el que la otra persona me corresponda, dejo de verlo como un reto? ¿Y si simplemente solo estoy enamorado porque me supone algo que no se me da bien?
El otro chico permaneció en silencio algunos instantes, meditando su respuesta. Namjoon siempre hacía eso, así que Jungkook había aprendido a no impacientarse durante sus conversaciones.
— Yo me lo plantearía de otra forma.
— ¿En serio? Ilumíname.
— Cuando intentas ser el mejor no lo haces por ti, sino por intentar complacer a los demás y las expectativas que tienen sobre ti. Y creo que te enamorarías de una persona que te produjese la suficiente seguridad de no verlo todo como un reto. —Expuso Namjoon, esbozando una pequeña sonrisa en la que resaltaron sus hoyuelos—. Así que considero que nunca te enamorarías de nadie porque intentas que sea un reto a superar. Al contrario, creo que si realmente te has enamorado deberías perseguirlo, porque no te veo una persona que se enamora fácilmente.
Jungkook permaneció en silencio, porque responder conllevaría reconocer que era una batalla que había perdido y él nunca perdía batallas. O al menos, no lo hacía excepto cuando se trataba de Namjoon.
Así que, aquella noche, cuando volvió a casa después de haber pasado la tarde al lado del otro meditando sus siguientes acciones, comprendió que había tomado una decisión. Y que debía empezar a escuchar a los demás cuando le decían que Jimin siempre tenía razón por más rabia que le diese.
Se dejó arrastrar entonces hasta la cocina, donde el otro chico estaba preparando la cena. Taehyung tenía clases de violoncelo hasta tarde aquel día.
— ¿Qué debería hacer? —Cuestionó Jungkook, apoyándose en la encimera sin mirarle para no ver la sonrisa ladina en el rostro ajeno.
— Cuando yo intentaba conquistar a Taehyung… Oye, te he visto rodar los ojos. —Increpó Jimin, cruzándose de brazos—. ¿Quieres mi ayuda o no?
— ¡Señor, sí, señor!
— No te soporto.
— Ya somos dos.
— En fin, por dónde iba… cuando yo intentaba conquistar a Taehyung tuve siempre claro que nunca lo haría a costa de renunciar a lo que yo soy, así que intenté buscar cosas que tuviésemos en común. ¿Qué tienes tú en común con Namjoon?
— ¿Puedo usar el comodín del público?
— Venga ya, ¿Qué es lo que te gusta de él?
Jungkook se vio repentinamente entre la espada y la pared, en su mente, más que palabras, se agolparon momentos de su vida en los que Namjoon le había hecho sentir de nuevo como un adolescente. Y por mucho que intentase ponerlo en palabras, le resultaba realmente imposible.
— ¿Crees que estoy enamorado de él en serio? —Esta vez le tocó a Jimin rodar los ojos y luego señaló la montaña de libros románticos.
— ¿Sabes que la gran mayoría me los recomendó él?
— Eso es imposible, Namjoon odia el romanticismo.
— Namjoon tiene la capacidad suficiente de análisis y autocrítica como para consumir un producto y saber que ese consumo está mal, pero le hace realmente feliz. Por eso las lee a escondidas y a veces las comentamos. —Explicó Jimin—. Mira, es un soñador y un idealista, por más que intente disimular que es otra cosa. En eso os parecéis los dos.
— No soy un soñador, mucho menos un idealista. Soy la persona más pragmática del mundo.
— Sí, como aquella vez en la que pensaste que no te descubriríamos metiendo a aquellos gatos callejeros en casa.
— ¡Tenían frío!
— Y pulgas.
— Te he pedido perdón por eso miles de veces.
— Lo hiciste una vez y porque te juré por mi amor por Tae que si no lo hacías me encargaría de que tuvieses un escupitajo en cada comida durante el resto de tu vida. —Apuntó, señalándole—. ¡Y no lo hiciste hasta que me viste escupir en tu comida por tercera vez!
— Bien, vale, tienes razón. Tal vez soy un poco idealista y soñador y en el fondo me gustaría que el mundo fuese un lugar mejor. Pero eso no…
— Jungkook, no te estoy acusando. Lo único que te digo es que lo utilices con Namjoon.
Iba a salir mal, de algún modo estaba totalmente convencido de ello. Pero se había prometido que lo intentaría. Y de algún modo, al hacerlo, también se lo había prometido a Namjoon y a Jimin.
