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Katsuki es un desgraciado.
Un puto desgraciado, un infeliz con la peor suerte del jodido universo, un maldito escolta con el destino más brillante frente a él, y la ha tenido que joder de esta forma. Tiene la palabra desgracia tatuada en la sangre y por eso se ha cubierto el cuerpo con un montón de símbolos tribales para tapar su vergüenza.
—¿Me dejas pasar?
—No. Vete a dormir.
—Katsuki, venga, que hace frío…
No solo tenía que dormir a la intemperie en una tienda minúscula (porque se niega a respirar el mismo aire que el imbécil de Deku y su puta espada de mierda que sirve solo cuando le da la gana brillar) sino que encima tiene que lidiar con un dragón de ojos tristes que intenta por todos los medios compartir mantas para meterle mano por debajo del pantalón.
—Eres un dragón, no puedes pasar frío.
—Que sí, mira. —Empieza a toser de forma tan falsa que a Katsuki le dan ganas de pegarle.
Y al final lo hace.
—¿Me dejarás dormir?
—Claro que sí, ¿acaso lo dudabas?
—Te conozco, por supuesto que lo dudo.
Porque no era un dragón cualquiera. Por supuesto que no. Era su dragón. Un cambiaformas de pelo rojo y sonrisa resplandeciente (que a veces le dan ganas de borrársela a mordiscos. Y otras veces lo ha hecho) que había decidido ligarse a él de forma mágica. Y, ya que estaba, de otra forma más física.
—Katsuki…
—Que no me toques pesado. Y ahora duérmete.
—Es que eres muy guapo, Katsuki.
Eijiro se acuesta detrás de él y le muerde el lóbulo de la oreja. Katsuki le da un codazo para alejarle y no rendirse ante lo inevitable.
—Amo Katsuki para ti, desgraciado.
—Amo Katsuki, prometiste cumplir todos mis deseos.
—Yo nunca dije eso.
—Venía en el contrato mágico, tendrías que haber leído la letra pequeña.
—¿De qué coño estás hablando? Si me mordiste el dedo, bebiste mi sangre y dijiste «Hala, ya estamos ligados».
Se aleja del cuerpo de Eijiro, tan cálido y duro que hace ponerse rígido él también. No quiere. No quiere. No, no, no. No por cuarta vez, hostia.
—Pero si mira cómo estás. —Eijiro se vuelve a pegar en la espada y ya no hay más espacio en la tienda para que se pueda volver a apartar—. Tú también quieres.
—Déjame en paz.
—Katsuki. —Otro mordisco, esta vez en el cuello. El gruñido que sale de su garganta es menos de cabreo y más de otra cosa—. Mi amo. Mi único y adorado señor. El más fuerte y poderoso de los nueve reinos.
—No te va a funcionar eso.
—¿No? —Los dientes se transformaron en unos labios suaves que le recorren la curva del cuello hasta el hombro. Y ambos saben que va a claudicar, que en el próximo latido se girará, le meterá la lengua en la boca («Es para que no hables, gilipollas». «Sí, mi señor») y le clavará las uñas rotas en la espalda—. Tendré que utilizar otro método.
Es un desgraciado.
Un puto desgraciado.
Porque se suponía que él tendría que montar al dragón. No que el dragón tuviera que montarle a él.
