Work Text:
The Scum Villain's self-saving system, demás novelas y sus personajes no son de mi autoría, sino de Mòxiāng Tóngshiù. Sólo escribo por diversión.
—¿Se puede saber qué es lo que te sucede?
—Nada, Shizun. Todo está bien con éste discípulo.
—Claro, y yo no soy tu maestro, no te enseñé y no te conozco para nada bien.
El silencio se instaló en la estancia, enervando más a Shen Qingqiu. Por suerte, se encontraba de espaldas a él y no podía verle el rostro contrariado y la mueca de desprecio que estaba haciendo en esos momentos porque tampoco era cuestión de alarmar al más joven por la imposibilidad mental que tenía para ocultar sus sentimientos.
Al cabo de unos segundos, oyó como Luo Binghe se incorporaba de su asiento y comenzaba a levantar las tazas de té que habían intentado beber hasta hacía unos momentos. Había utilizado la expresión "intentado" porque la atmósfera pesada e incómoda se los había impedido, e increíblemente la cuestión no provenía de Shen Qingqiu en ésta ocasión. Éste se había incorporado de su asiento, un poco harto del silencio y las dudas que carcomían a Luo Binghe pero que no se atrevía a expresar; había estado así desde la mañana, o quizás desde el día anterior, ya no podía recordar desde cuándo, sólo que había ido empeorando hasta el punto en que sus propios pensamientos le habían permitido desempeñarse como una persona normal y, por ende, comunicarse con el resto del mundo que lo rodeaba.
No es que a Shen Qingqiu le preocupase que de repente Luo Binghe no pudiera entablar conversación con el resto de la secta ni de la montaña Cang Qiong, pero le estaba comenzando a preocupar un poco que aquella niebla siniestra de inseguridad ya se extendía también sobre él. O, mejor dicho, Shen Qingqiu sospechaba que en realidad partía de él. Había comenzado con silencios de corta duración, miradas al vacío como si estuviese sopesando sus problemas existenciales consigo mismo, y suspiros lastimeros que al principio habían sorprendido un poco a Shen Qingqiu, pero que al cabo de algunas horas ya comenzaban a fastidiarlo.
Y al final, cuando su paciencia aparentemente infinita había llegado a su límite de tolerancia permitida para aquel discípulo, se había animado a indagar la causa de su repentino cambio de humor. Y se había topado con una pared, alta y sólida.
Por supuesto, aquello lo había indignado. Shen Qingqiu se encontró reordenando la caja de té sobre el mostrador dentro de la casa de bambú en forma compulsiva y automática, sus manos realizando una tarea ya hecha, metódica e inconsciente. Aquello le servía para calmar sus nervios y le dejaba a su mente reordenarse un poco. Supuso que era un viejo hábito que había arrastrado de su vida anterior, cuando sufría un serio trastorno obsesivo compulsivo que se exacerbaba ante situaciones de estrés, como aquella. Ah, viejas épocas. Al oír el sonido de una silla chirriando contra el suelo y alterándolo un poco más, volvió al hilo de sus pensamientos. No sabía que le molestaba más, si el hecho de que estuviese así sin motivos aparentes, o que no se lo dijera a él, su maestro. ¿Es que acaso no confiaba lo suficientemente en Shen Qingqiu, algo se había roto sin que él lo hubiese notado en tan pocas horas?
Sintió la presencia alta y poderosa de su discípulo detrás suyo, inmóvil, quizás esperando que él se diera la vuelta. No lo hizo. Estaba indignado pero tampoco tenía cara para enfrentarlo, porque se sentía un completo infeliz ante la posibilidad de dejar entrever tales sentimientos irrisorios.
—Shizun.
—¿Mph?.- con un sonido de su garganta le dejó saber que en efecto si le estaba oyendo. El silencio, nuevamente, inundó el lugar.- ¿Tienes algo que decirle a éste maestro?
—...No, Shizun. Éste discípulo no tiene nada que decir.
—Entonces ve y ordena un poco tu mente. Cultiva. No me hagas perder el tiempo.
Mierda. Mierda. Mierda.
Ni bien aquellas palabras habían salido de su boca, se arrepintió en el acto. Bufó casi imperceptiblemente, odiándose a sí mismo. Se había prometido realizar un ejercicio mental de no dejar fluir por su boca el mal temperamento que anidaba constantemente en su mente, y en la mayoría de las situaciones lo había logrado. Siempre se había mostrado diplomático y educado, muy pocas veces alterado y nunca grosero. Pero cuando se trataba de Luo Binghe, sus sentimientos se descontrolaban, su cerebro no podía coordinar y por ende no podía detener el filo de su lengua, para bien o para mal. Y ahí estaba él, como un imbécil, girándose no lo suficientemente brusco como para que Luo Binghe no se percatara del todo como había metido la pata hasta el fondo.
Al girarse, la expresión en el rostro de Luo Binghe era peor que cualquier puñal desgarrando su carne. Se sintió la peor basura sobre el planeta tierra. Su frente arrugada, sus cejas fruncidas y temblando, sus ojos apagados y sus labios finamente apretados en una línea le dieron a entender a Shen Qingqiu que si, efectivamente, la cuestión venía de su lado. Que probablemente Luo Binghe estaba teniendo alguna especie de crisis existencial en la cual él estaba involucrado y que no había podido hallar el valor o la fuerza mental para encararlo y, que, cuando parecía que si lo había conseguido, él la había cagado de manera legendaria.
¿Por qué el sistema ahora no se encontraba allí y le daba todos los puntos que merecía por ser un hijo de puta?
Abrió la boca para intentar remediar el tono inflexible y asesino de sus palabras, pero Luo Binghe fue más rápido que él.
—Éste discípulo...comprende bien.
Solo pudo decir aquello y se retiró. No fue demasiado rápido ni demasiado lento, pero si lo suficientemente apresurado como para que la conexión mente-lenguaje de Shen Qingqiu no se activara a tiempo. Cuando recuperó el habla ya se encontraba solo en la casa de bambú, con un brazo estirado hacia la puerta que acababa de ser cerrada de forma suave y delicada.
—No, has entendido todo mal, Luo Binghe.- susurró, más para sí mismo que para el silencio y la soledad que le rodeaban.
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La brisa fresca de la montaña Cang Qiong surtió el efecto de una caricia para su alma un poco maltratada. Luo Binghe caminó sin rumbo fijo entre los pequeños bosques de la secta Qing Jing intentando calmarse, siguiendo las instrucciones de su maestro. Le había ordenado acomodar sus ideas, cultivarse. Lo estaba intentando, en verdad que lo hacía. Cada vez que su mente intentaba ordenar la secuencia de sucesos que lo habían llevado a aquella situación dubitativa y ridícula, todo se volvía más y más confuso, y cada vez se convencía más de que era él quien quería respuestas o explicaciones que pudieran satisfacer a su mente atribulada y a su corazón comprimido por las dudas.
Suspiró, deteniéndose en el límite del bosque. No supo cuánto tiempo había pasado divagando, pero ya comenzaba a anochecer. El viento se volvía más frío y ya no se oía el canto de las aves. Incluso ya no podía oír el murmullo de las personas a lo lejos, por lo que supuso que ya todos habían terminado sus actividades del día.
Lo que lo dejó aún más enfrascado en sus elucubraciones. Introdujo una mano en una de sus mangas y, al cabo de unos segundos de búsqueda, extrajo un pequeño libro de encuadernación cocida, liviano y en apariencia inocente y común, pero que le había arruinado algunos de los conceptos que Luo Binghe ya tenía pre establecidos en su mente y que parecía nunca iban a cambiar. De hecho, no tenían porqué hacerlo, pero lo que aquel pequeño libro le había dejado entrever lo había llenado de curiosidad y dudas.
Demasiadas.
Y la dueña de aquellas páginas tampoco le había ayudado demasiado cuando le había preguntado por qué la lectura de aquellos textos le había resultado tan extraña. Luo Binghe se lo había querido devolver el día anterior argumentando que los sucesos de aquel libro eran inverosímiles y que no se apegaban a la realidad, para nada. A cambio, ella le había respondido que eran incluso más comunes que el resto de las novelas que había podido leer alguna vez en su vida, y aquello desconcertó a Luo Binghe. Indagando un poco más - lo más indirectamente que pudo para no perder más la cara - había descubierto que, en efecto, aquello era lo común, después de todo. En cambio, él se había acostumbrado a lo peculiar, fuera de lo común.
Y le hubiese gustado, aunque fuese sólo por un poco de curiosidad, vivir en carne propia lo que era considerado "común".
Abrió el libro y sus dedos deslizaron las páginas al azar. Sabía que hacer aquello no solucionaría nada, pero le alimentaba el capricho que de repente habían surgido en su interior. Se detuvo en una de las páginas que personalmente había marcado el día anterior, releyéndola. Frunció el ceño, contrariado. No podía ser que aquello fuese a lo que la gente estaba acostumbrada.
¿De verdad las personas solían ser tan cariñosas las unas con las otras cuando estaban juntas? Aquello era, después de todo, una novela romántica dirigida seguramente en específico al público femenino que había caído por casualidades de la vida en sus manos, y no debería tomarlo tan a pecho, tan literal. Pero el personaje femenino de la novela era abnegada y amorosa con el protagonista masculino en casi todas las escenas, incluso las subidas de tono. Ella siempre tenía palabras afectuosas y suaves, su actitud tierna y zalamera en ocasiones.
Y Luo Binghe no pudo evitar proyectarse a sí mismo en el protagonista masculino de aquella obra literaria y pensar que Shen Qingqiu no tenía ni siquiera un aire parecido a la actitud de la dama de la novela. La primera vez que tuvo ese pensamiento se avergonzó de si mismo y se reprendió mentalmente; naturalmente que Shizun no era así. En primer lugar, no era una mujer. En segundo lugar, era el maestro respetable de una cumbre de reputación intachable que arrastraba consigo años y años de cultivación y poderes espirituales únicos que no habían dado lugar a otro tipo de actividades que no tuviesen que ver con sus discípulos o el enfrentamiento a las fuerzas demoníacas, al menos hasta su llegada. Tenía que admitir que, desde que habían comenzado a tener una relación más o menos estable, Shen Qingqiu había dado el brazo a torcer varias veces, incluso sacrificando su propio bienestar en unas cuantas de ellas sólo para darle el gusto a él. No podía afirmar para nada que era egoísta o le maltrataba, porque eso sí era ya una falta de respeto y una falacia que no iba a poder tolerar, ni siquiera en pensamientos.
Pero aún así...no pudo dejar que la fantasía de que Shen Qingqiu fuese un poco más amoroso con él se filtrara como un veneno tóxico por su mente, invadiendo cada sector de su cerebro inflamado por los renglones llenos de ilusiones, pasiones y promesas de amor.
Y había ido empeorando conforme las horas habían transcurrido. La situación ya lo estaba consumiendo al punto de corromper su mente cuando Shen Qingqiu había decidido preparar el té en su casa de bambú, aquella tarde. El hombre había estado completamente ajeno a sus problemas mentales, ignorante de ellos, aunque Luo Binghe sabía que su maestro era sabio y observador y que ni el más mínimo detalle se escapaba de su mirada perspicaz, de su mente avispada y versada.
Una punzada de culpa lo atenazó, cerrando el libro de repente. Ya ni siquiera estaba leyendo, no sólo porque su mente se había perdido nuevamente en el circuito interno de su locura, sino también porque ya no había luz solar que lo permitiera. Apenas quedaba ya el reflejo de una pequeña luz lastimosa que proyectaba sombras largas en los objetos a su alrededor, pero que era inútil para cualquier otra cosa que no fuese distinguir elementos, formas. Mientras observaba la portada rústica de la novela, recordó la intranquilidad que había notado en la voz de su maestro. Seguramente lo había preocupado en vano, y ante la negativa que Luo Binghe le había dado, se había sentido incluso hasta traicionado.
No era un buen discípulo, pero eso él ya lo sabía. Era un inútil, ni siquiera había podido expresarse bien por temor a la reacción de su maestro y ahora se encontraba allí, con la cabeza más confundida que antes.
—¿Luo Binghe?
La voz realmente lo sobresaltó. Giró el cuello rápidamente, casi haciéndose daño. Un talismán brillaba con una luz tenue y cálida sostenida por una mano en lo alto, alumbrando en su dirección. El rostro de Shen Qingqiu se dejaba entrever a través de la llama que despedía la fuerza de su poder espiritual, su expresión intranquila y un poco perturbada.
—¿Shizun?¿Todo está bien?
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¡Claro que no está bien, Luo Binghe! ¡Nada está bien, maldita sea!
Le hubiese gustado dar una patada contra el suelo y bufar, rodar los ojos, lanzarle el talismán incendiado por la cabeza en una mezcla de exasperación y alivio. Cuando las horas habían transcurrido y la noche finalmente había caído, Shen Qingqiu había llegado ya al más alto pico de desesperación dentro de su pequeña crisis existencial en la casa de bambú, preso por la culpa y la preocupación. Finalmente, había decidido que salir a dar una vuelta por el propio territorio de su secta no podía ser mal visto por nadie ni debería despertar ningún tipo de sospecha extraña, por lo que podía estar tranquilo de que, una vez que lograra encontrar a Luo Binghe, podía fingir con total seguridad que aquello había sido un tropiezo casual, una reunión no premeditada.
Pero ahora que lo veía allí - y que lo había estado observando desde hacía unos largos minutos, controlando el flujo de su poder espiritual con la esperanza de que Luo Binghe no se percatara de su presencia, perdido como estaba en sus pensamientos - ya no sabía si realmente quería mantener su mentira planificada. Seguía sosteniendo aquel libro que lo había visto ojear; no parecía algún texto de la cumbre relacionado con algún método de cultivación nuevo o algún libro antiguo sobre técnicas que Shen Qingqiu desconocía.
Después de todo, él conocía absolutamente todas las portadas de todos los libros que había en su secta, maldito fuera. Y ese no lo había visto nunca, por lo poco que alcanzaba a distinguir.
Luo Binghe se incorporó de la roca incómoda en donde había estado sentado; se acercó a él con pasos lentos y un poco inseguros, y Shen Qingqiu volvió a maldecirse internamente. Él había dicho cosas horribles, él lo había lastimado. Pero no, era Luo Binghe quien tenía una expresión descompuesta en el rostro, como si el culpable de todo fuese él. Quiso rodar los ojos, pero ya estaba demasiado cerca de su posición. Su expresión, ahora que podía apreciarlo más a la luz de aquel talismán, no había cambiado demasiado, sólo sus ojos se habían oscurecido un poco más. Otra vez,aquel extraño silencio que ya parecía volverse costumbre los rodeó, enfureciendo a Shen Qingqiu.
—Todo está bien. ¿Qué es eso que sostienes?.- hizo un gesto con la cabeza señalando el libro en su mano. Rápidamente notó el semblante pálido y asombrado de su discípulo, quien pareció quedarse repentinamente sin aire.
—N-Nada, Shizun. Es sólo un libro viejo.
—Déjame verlo. No lo reconozco.
—Es que no es de aquí, de verdad. No tiene nada de especial.- acto seguido lo guardó en una de sus mangas. Shen Qingqiu ya había extendido una mano para que se lo prestase, y su brazo quedó alargado hacia la nada. Shen Qingqiu observaba la manga donde había desaparecido el libro, y Luo Binghe la mano extendida hacia él.
—Shizun, en serio, no es nada importante.
—¿Entonces por qué no se le permite a éste maestro examinarlo? Sino tienes nada que ocultar, no debería haber problemas.
Y el silencio otra vez. Cuando vio que aquello se extendía durante algunos segundos infinitos, Shen Qingqiu pensó que ya estaba viejo para aquellas escenas. Lentamente descendió la mano que había estado aguardando en una mezcla de decepción y resignación; al ver su gesto, notó como Luo Binghe hacía ademanes, escarbando en su manga.
Con un movimiento grácil se dio la vuelta sin esperar a que terminara de hacer lo que sea que estuviese planeando. Tampoco quería que volviera a ver su cara roja por el enojo de saber que le estaba ocultando algo.
—Hace frío. Vamos a la casa.
—Si, Shizun.
Lo siguió en silencio todo el maldito camino hacia la casa de bambú. Nunca había experimentado tal incomodidad con Luo Binghe antes, y mientras caminaban, Shen Qingqiu se devanó los sesos pensando en qué era lo que atormentaba de aquella manera tan potente pero silenciosa a su discípulo. Luo Binghe lo seguía en silencio y obedientemente hacia las luces que adornaban la parte externa de la morada, incluso no emitió sonido cuando ingresaron y cerró la puerta a sus espaldas.
Shen Qingqiu apagó el talismán con un movimiento delicado de su mano, viendo como éste se consumía en el aire una vez había cumplido su función. Suspiró, un poco cansado de sus propias elucubraciones, cuando un movimiento a su izquierda atrajo su atención. Luo Binghe había extendido un brazo en su dirección sin decirle nada. En su mano estaba aquel delgado libro de encuadernación cocida, un poco maltratado por el paso de los años. Estudió su rostro. Esquivaba su mirada y en sus mejillas un leve rubor teñía su piel blanca. Shen Qingqiu abrió la boca para indagar, pero la cerró nuevamente. En cambio, extendió su mano y tomó con movimientos delicados aquel extraño libro que tanto había alterado a su discípulo.
En silencio le echó una ojeada. Sabía que Luo Binghe había dejado de respirar en el segundo en el que había comenzado a pasar las páginas y que su mirada negra y penetrante le estaba taladrando el rostro, pero aún así se mantuvo estoico en su posición, sin dejar entrever ninguna emoción en su semblante. Había captado algunos diálogos aquí y allá, y no tardó en darse cuenta de que aquello era una historia. Una novela, mejor dicho. Y por las tonterías que la protagonista femenina decía y hacía, era una de esos cuentos románticos para mujeres que resultaban incluso empalagosos.
Levantó la mirada, más confundido que antes. El tono en el rostro de Luo Binghe viraba del rojo al blanco, y ya no sabía siquiera si había vuelto a respirar.
—¿Qué es esto?.- preguntó en el tono más cortés del que fue capaz.- No sabía que eras adepto a este tipo de lectura.
—No, Shizun. Es solo un libro, no es nada importante.
—No es nada importante, pero éste maestro nota como te ha alterado.
—No es eso...
—¿Entonces?
Sin poder contenerse, Shen Qingqiu golpeó la portada de aquel libro contra la propia palma de su mano. Ya estaba un poco cansado de que fuese tan dubitativo con él, quería que confiase un poco más.
—Te he visto pensativo y abstraído todo el día de hoy. Éste maestro, preocupado de que tu mente esté sembrada de dudas innecesarias, te pide que ordenes tu mente y tu corazón. No lo has hecho, o no quieres hacerlo. Es eso, o no confías en mí.
—Shizun, no, por favor...
Antes de que tuviese tiempo de replicar, se vio envuelto por aquellos brazos fuertes y firmes. Suspiró dentro de la prisión cálida de su torso, devolviéndole el abrazo. Recién ahora podía notar el frío que había estado consumiendo sus huesos sin el calor de Luo Binghe.
—Shizun...me gusta como hueles, me agrada el roce de tu suave piel, enredar mis dedos en tus cabellos, oír tu voz temblorosa y suplicante.- susurró contra su oído, alterándolo.
—Luo Binghe...no...no desvíes la conversación...
—Te amo con locura.
Bien, eso sí lo había descolocado. Sintió un fuego abrasador cubriendo su rostro oculto en el hueco que formaba el hombro amplio de Luo Binghe; no esperaba semejante declaración, no porque le sorprendiera, sino porque nunca lo había dicho de aquella manera. Es decir, nunca lo habían dicho. Shen Qingqiu no podía negarse a sí mismo ni a Luo Binghe que estaba perdidamente enamorado, pero de ahí a decirlo abiertamente era otra cuestión muy alejada de la realidad, lo mismo para Luo Binghe. Bastaba con saberlo y expresarlo en acciones, eso era todo. El arte de Shen Qingqiu era el de persuadir, no el de andar gritando sus sentimientos.
Por lo que, cuando oyó aquellas palabras de manera tan apasionada de los labios de Luo Binghe, el que se había quedado sin palabras ahora había sido él.
¡Por qué el protagonista masculino tenía que ser tan intenso!
Se limitó a buscar sus labios en forma vacilante, su mente aturdida. Para su alivio, Luo Binghe no lo rechazó; al contrario, parecía enfebrecido, dominado por una fuerza pasional sin precedentes. Correspondió al ataque de sus labios como pudo, sintiendo una sensación de bienestar y contención que no le desagradaba, para nada. El hecho de que nunca se dijeran palabras amorosas no significaba que Shen Qingqiu estuviese hecho de hielo y no las disfrutara cuando las oía.
—¿Shizun no tiene nada para decirle a éste discípulo, que fervorosamente expresa el sentimiento más intenso que alberga en su corazón?
Joder. Sabía que no iba a dejársela pasar tan fácilmente. Oír la expectativa en su voz le enfermó casi tanto como el hecho de saber de antemano que iba a tener que responderle algo. No estaba hecho para esas cosas, ¿por qué le pasaba esto a él?
Calmó su mente mientras volvía a tomar los labios de su discípulo, pensando. Era un pequeño sacrificio que tenía que hacer, decir unas palabras que sentía pero que nunca expresaba verbalmente. No podía ser tampoco tan difícil, ¿verdad?
Casi rueda los ojos al ver los ojos llorosos de Luo Binghe. ¡Estaba a punto de llorar, de hacer un berrinche mientras lo abrazaba y besaba como si no hubiese un mañana! ¡Todo por un maldito "te amo"!
—Yo también te amo. Y lo sabes.- susurró contra sus labios, muerto de vergüenza. Por suerte, los ojos oscuros como obsidianas de Luo Binghe recobraron el brillo deslumbrante de antaño, cautivado.
—Shizun...- su voz había salido casi estrangulada, aunque su expresión se recompuso rápidamente, para temor de Shen Qingqiu.- ¿Shizun, puedo utilizar calificativos afectuosos contigo? Sólo cuando estemos en soledad, por supuesto.
—¿Qué?
La expresión que debía de haber puesto en esos momentos debió haber sido nefasta, porque Luo Binghe pareció arrepentirse de su petición. Velozmente su rostro viró otra vez al blanco papel.
—¡Olvida lo que dije, Shizun! Éste discípulo delira de felicidad. Es todo.
—Pero repíteme lo que has dicho.
—No tiene caso, de verdad.
—Luo Binghe, maldición, ¡sólo dilo!
—¡Que me gustaría poder decirte las cosas que se dicen las parejas normalmente!
Ah.
Ahí estaba. Un millón de puntos para Shen Qingqiu, maldito sistema de auto salvación.
Luego de haber dado la causa por perdida y haberse olvidado del meollo de la cuestión, Luo Binghe acababa de delatarse a sí mismo. Claro que todo aquel maldito conflicto había tenido que ver con él y con ese maldito libro que quién sabía de dónde lo había sacado. Luo Binghe había catalogado de "normal" los sucesos y diálogos de una novela romántica que, en primer lugar, era ficticia. Irreal. Sus personajes no existían. Y no sólo eso, sino que quería adaptar su relación a una idealizada por su mente juvenil.
Como si la relación que ellos dos mantenían pudiera calificarse como "normal". Vaya, ni en la mente más abierta entre las sectas una relación amorosa entre el maestro de una cumbre renombrada y un discípulo renegado y arrepentido podía ser abiertamente aceptada y aprobada, sin mencionar que se llevaban sus cuantos años, ¡y que ambos eran hombres!
—¿Y qué es, precisamente, lo que se dicen las parejas normales, Luo Binghe?.- lo tomó de las solapas de su túnica para atraerlo bruscamente hacia abajo. Su discípulo repentinamente había perdido el vigor que lo caracterizaba, volviéndose un ser humano dubitativo y tembloroso. Luo Binghue parecía poder olfatear el peligro que se avecinaba si no medía bien sus palabras.
—Bueno, Shizun...me...a éste discípulo le complacería poder llamarte de otra manera más íntima.
¿Y qué le había pedido él, una y otra vez?¿No se había cansado y resignado ya a exigirle mientras tenían sexo, que no le llamara maestro?
Procurando contener las réplicas, no soltó el agarre firme que sus manos ejercían sobre las prendas del más alto, quien se encontraba inclinado sobre él, como una sombra amenazante pero expectante. Las cosas parecían haberse invertido; ahora, Luo Binghe parecía haber perdido todo su vigor y seguridad. Sus labios temblaban sutilmente mientras sus ojos revoloteaban sobre el rostro de Shen Qingqiu, buscando alguna señal de desagrado o desaprobación en sus facciones. Un leve sonrojo cubrió su rostro una vez más, indeciso al no obtener ninguna respuesta del mayor.
—Pero ya te lo he dicho, Shizun. Son sólo tonterías de éste discípulo.
—¿Llamas tontería a nuestra relación, acaso?.
Mierda, eso era irse al extremo. Shen Qingqiu estaba estirando demasiado la verdad. No es que le afectara realmente la manera en cómo aquel muchacho le llamaba, incluso cuando estaban solos, pero ya se había metido sólo en aquel dilema y Shen Qingqiu había tenido que soportar sus escenas de sufrimiento interno y dudas sin resolver como para que ahora él no obtuviera ninguna diversión o beneficio de aquello. Después de todo, como bien había dicho Luo, estaban solos.
—Claro que no, Shizun.- la presión de sus brazos se incrementó en torno a su espalda y Shen Qingqiu notó un leve temblor también extendiéndose por aquellos fuertes brazos.- Pero...
—Éste maestro disfruta más de las acciones, que de las palabras, A-Luo.
Al susurrar aquello, el efecto fue inmediato. Luo Binghe dejó de respirar y luego inspiró violentamente, atenazándolo contra su pecho. El rubor y el brillo de sus ojos se habían intensificado, lo cual conmovió a Shen Qingqiu. Aquella sensación cálida y reconfortante se expandió por su propio pecho, ablandándolo un poco. Acarició el rostro de su discípulo tiernamente, acomodando sus cabellos.
—¿Puedes repetirlo para mi, Shizun?
—¿Qué, específicamente?
—¿Cómo me has llamado recién?
—Como siempre lo he hecho.
—¡Shizun, por favor!.- estaba comenzando a hacer otro berrinche mientras corcoveaba en su lugar, agitando el cuerpo de Shen Qingqiu entre sus brazos. Éste contuvo la risa lo mejor que pudo, intentando mantener una expresión indignada por el trato brusco que estaba recibiendo.- Solo una vez más, por favor. Por favor.
—A-Luo.- volvió a murmurar contra sus labios, sintiendo la respiración pesada del otro producto de la satisfacción que experimentaba.
—Otra vez.
—Has dicho una sola vez.
Luo caminó prácticamente con él en brazos, chocándose los asientos y algo más que produjo un tenebroso tintineo metálico, como si estuviese a punto de caerse. La parte inferior de la espalda de Shen Qingqiu dio de lleno contra el reborde de una de las mesas altas, lo que lo obligó a fruncir el ceño por el dolor. Incluso ahora se le dificultaba la respiración, porque Luo Binghe no había aflojado el agarre ni la presión, como si quisiera arrasar también con aquella parte del mobiliario. Sintió el ya conocido tironeo a sus prendas; suspirando, se deshizo de su túnica antes de que corriera un terrible final.
—Shizun, no te cuesta nada.- dijo con la voz agitada contra su cuello, mordisqueando su piel.
Se había acomodado a la fuerza entre sus piernas al sentarlo sobre la mesa de madera, y pese a que Shen Qingqiu intentaba presionarlo hacia atrás, parecía que lograba el efecto contrario. Luo Binghe parecía querer aplastarlo contra el mueble de manera implacable. Con una de sus manos tuvo que sostenerse contra la madera en un intento por no caer hacia atrás; incluso parecía que los besos de aquel hombre tenían una fuerza arrolladora propia, procurando tumbarlo.
—¿Qué hay de éste maestro?.- suspiró con dificultad. Le estaba costando encontrar un equilibrio a la mala posición en la que estaba, y eso le dificultaba también la coordinación en el habla. ¿No puede pedir el mismo favor?
—¿Cómo debería llamarte éste discípulo?
Mientras pronunciaba aquella interrogante, Shen Qingqiu pensó que Luo Binghe estaba poseído por alguna fuerza demoníaca aparte de la suya propia; su voz había sonado baja y poco contenida, casi ronca, y en el instante en el que iba a contestarle alguna tontería para ganar tiempo, sintió el sonido de tela rasgándose violentamente. Y frío.
—Luo Binghe, más despacio.
—Yo...a éste discípulo le cuesta ser amable en situaciones así.
—Siempre te cuesta.- murmuró, un poco cansado de que sus ropas siempre sufrieran el mismo destino, hiciese lo que hiciese. Las mordidas en su cuello y su hombro cedieron paso a besos tranquilos y cálidos, ascendiendo por su barbilla hacia sus labios.
—Lo siento, Shizun. Siento ser tan inútil.- el tono lastimero de su voz afectó un poco el estado emocional de Shen Qingqiu. Tampoco era para que se afligiera de esa manera. Probablemente había oído el reproche en su voz.
—No eres inútil, deja de decir eso. Además, ya eres así, y éste maestro te acepta tal como eres.
—Shizun, ¿cómo debo llamarte?
Lo dijo mientras tironeaba de su ropa destruida, dejando expuesto su torso; por suerte, la nueva piel descubierta distrajo a Luo Binghe y le dejó un momento de reflexión interna e intensa. Mientras acariciaba sus cabellos e intentaba también deshacerse de la túnica de su discípulo, Shen Qingqiu sopesó seriamente sus posibilidades. Hasta donde sabía, Luo Binghe no conocía la historia completa de aquel villano escoria, por lo que creía no conocía del todo bien su pasado tortuoso más allá de un par de recuerdos desagradables. Tenía bien presente que el nombre real - o por lo menos, el que usaba en su niñez - de Shen Qingqiu era Shen Jiu, pero nadie le llamaba así, porque teóricamente el único que conocía aquel nombre era Yue, el líder de secta. No creía que Luo Binghe hubiese escarbado tanto en su pasado como para llegar a eso, y si incluso lo había hecho, Shen Qingqiu podía alegar un error de vocablos, si fuese necesario.
Porque aquella nueva posibilidad se había abierto en su mente, de repente. ¿Y si, realmente sacaba algo provechoso de todo aquello? La idea le entusiasmaba y asustaba a partes iguales, y se sentía como un niño pequeño haciendo una travesura que temiera alguien descubriera.
—Puedes...llamarme por el nombre que usaba antes de adoptar el de la familia Qiu.- dijo suavemente, como evaluando sus reacciones. Luo Binghe elevó el rostro hacia sus ojos, esperando.- Yo...nadie lo utiliza.
—Éste discípulo cree desconocer ese dato tan importante.
—No te culpo, nadie lo sabe. Lo enterré hace mucho tiempo, años. Incluso antes de que tu nacieras, probablemente.
—¿Y por qué recién ahora me lo dices, Shizun?
—Porque...extraño oírlo.
Bien, eso no era una mentira del todo. Luo Binghe se incorporó del todo, abrazándolo otra vez sin perder contacto visual. Shen Qingqiu sentía su cara arder, y al igual que su discípulo, a esas alturas ya estaba conteniendo su respiración.
—Dímelo, Shizun.
—Mi nombre...- se atragantó, más nervioso que nunca.- Es...Shen Yuan.
Otra vez aquel silencio, pero ésta vez no era incómodo. El rostro de Luo Binghe parecía gritar en todas direcciones que su cerebro estaba grabando a fuego aquel nombre en lo más profundo de sus pensamientos, mientras Shen Qingqiu esperaba algún tipo de reacción real, palpable. Acomodó el cabello desordenado de Luo Binghe tras su oreja, y ésto pareció hacerlo reaccionar. Lo besó tierna, apaciblemente durante un buen rato. Shen Qingqiu se permitió recostar el peso de su cuerpo contra el ajeno, suspirando al fin.
—Entonces, que así sea, A-Yuan.- susurró contra sus labios.
Shen Qingqiu no pudo evitar que una sonrisa tonta se escapara. Luo Binghe le correspondió el gesto, ambos sonriendo como estúpidos en medio de la pequeña cocina de la casa de bambú. Ellos no necesitaban palabras tiernas de por medio, promesas de amor ni declaraciones pasionales que avivaran la llama de su relación. Así eran, maestro y discípulo, una relación atípica que ellos habían transformado en su propia normalidad. Y Shen Qingqiu estaba feliz de haber podido fusionar algo de sus dos mitades, al fin. Extrañamente, un peso invisible sobre sus hombros dejó de estar allí. Se sintió más liviano, más libre.
Rodeó el cuello de Luo Binghe con sus brazos, colgándose de él.
—Ahora, demuéstrame lo que sabes hacer, A-Luo.
Luo Binghe no necesitó que se lo dijera dos veces. Cargó su cuerpo, otra vez chocándose algunos muebles, ambos riendo y besándose de camino a la cama que pertenecía al maestro. Tenían toda la noche por delante para incursionar y cansarse de sus nuevos apodos amorosos. En realidad, toda una vida.
