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Las despedidas no eran fáciles, menos cuando sabía que podía pasar una eternidad antes de que se volvieran a ver, pero Kell ya se había decidido. Por mucho que quisiera salvar su relación con Rhy, el destino de la galaxia dependía de que el Orbe no llegara a manos de los Dane, y mucho menos a las de Osaron.
Rhy no estaba allí para despedirlo, y lo que más pesar le causaba era saber la razón. No había tenido otra opción más que desacreditarlo frente a los mellizos para quedarse con la misión, ya tenía un contacto al cual entregar el Orbe, que con suerte lo mantendría a salvo. El Londres Negro estaba a varios saltos de distancia de la ubicación actual del Castillo Blanco, la nave que había sido su residencia los últimos ciclos e insignia de los Dane a lo largo del cosmos. Nunca había estado en Siljt pero no lo imaginaba muy distinto al Castillo, blanco por todas partes, obsesionados con el poder. Los Dane eran un reflejo de su pueblo, conquistadores, devastadores, decía ejercer su justicia, pero solo se dedicaban a tomar y agotar, a esclavizar a otros pueblos y oprimirlos si se resistían. Pero, sus motivos le resultaban infantiles, y en eso Kell concordaba con Osaron.
Subió a su nave, blanca y elegante como el resto del Castillo, encendió el panel de control y, mientras los motores calentaban, ingresó las coordenadas. Miró hacia el puesto vacío del copiloto, no quería arriesgar a Rhy pero sabía que en el fondo su hermano no estaba allí porque Kell no se atrevía a confiar en él. Dio una última mirada hacia el hangar y creyó ver a Rhy en el pasillo, por encima de las naves, más allá del vidrio. Se acomodó en su asiento, ambas manos en los controles, empujó hacia adelante cuando la barrera se abrió y pronto el Castillo Blanco quedó atrás.
El Londres Negro, aunque el viaje no era difícil, resultaba peligroso debido a la falta de información sobre el planeta y su pasado. Existían muchos rumores, centurias atrás aquel planeta había formado parte de la Confederación londinense, a la cual también pertenecían Siljt, Támesis e Isle, el planeta natal de Kell; todos ubicados en la galaxia Londinium y, según los antiguos saberes, todos descendientes del Londres Negro. La civilización de ese planeta, se contaba, había logrado conquistar varios sistemas solares antes de colapsar por razones desconocidas. En la actualidad, ningún ser de intelecto desarrollado poblaba el planeta, la naturaleza pronto lo había absorbido todo. Kell preparó la nave para el primer salto, apagó el rastreador y se sumió en el hiperespacio.
