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La oficina quedó completamente sola a excepción de él y su discípulo, quien se encontraba de pie frente al escritorio donde él estaba sentado. Sus mejillas estaban enrojecidas de forma antinatural, dos perfectos círculos color rojo vivo posados en cada una de estas. Sabía perfectamente con lo que estaba lidiando.
— Ekubo, apreciaría que dejaras en paz a Mob, gracias. —
Mantuvo su mirada fija en el papeleo que tenía pendiente, no dándole al espíritu la atención que buscaba. Era la primera vez que esto sucedía, pero estaba seguro de que, si lo necesitara, el menor no tendría problema expulsándolo de sí.
— ¿No quieres aprovechar la ocasión? —
Pausó lo que hacía por un momento, despegando su vista del escritorio. La pregunta le tomó completamente por sorpresa. El fantasma se acercó, dando pasos lentos y cortos que parecían torturar al rubio. Sabía de lo que podía ser capaz, sabía que sus morales estaban tan dañadas como las suyas; la única diferencia que había entre ellos era que él era un mentiroso por naturaleza, aunque tratara de ocultarlo y tratara de devolver aquellos pensamientos a los lugares más recónditos de su mente, justo donde debían quedarse.
— ¿A qué te refieres? — Se hizo el tonto y pretendió que ese comentario subido de tono no había sido percibido como tal. Desordenó las hojas, fingiendo buscar por una en específico sólo para reordenarlas inmediatamente después. Quería mantener su mente ocupada e ignorarlo. — Ya te dije que lo dejes en paz, Ekubo. Te aseguro que Mob no estará muy contento cuando salgas de ahí. —
— Shigeo es un chico lindo, ¿No crees? — El muchacho le sonrió, provocándole una inmensa inquietud. Lucía idéntica a la sonrisa de su discípulo, su cara tan angelical como siempre; de no ser por esos grandes redondeles que quebrantaban la armonía de su rostro. Si no fuera por esto, no hubiera sabido que no se trataba de su aprendiz. Un escalofrío recorrió su cuerpo por completo.
— … ¿Desde hace cuánto sabes? —
Llevó una de sus manos a su mentón, cubriendo su boca. Nunca en su vida habría imaginado que se encontraría a sí mismo admitiendo lo que sentía por un menor de edad a alguien, específicamente a un espectro.
— Vamos, Reigen. ¿Qué no era demasiado obvio? La forma en que lo tratas, la forma en que le hablas… — Se apoyó en el escritorio, fijando su mirada en la del hombre. Pasó sus dedos por los botones de su uniforme, desabrochándolos con parsimonia, sin romper el contacto visual. — La forma en que lo miras… —
Tragó la saliva acumulada en su boca y forzó las palabras fuera de esta.
— Por favor, no… No hagas eso. Es un chico. — Se sentía mareado, los oscuros ojos del contrario penetraban en los suyos como cuchillas que se clavaban en su ser, siendo un recordatorio de todo lo que hacía mal y cómo perdía lentamente el control de su vida.
El espectro subió al escritorio, haciendo a un lado las pertenencias del hombre para sentarse frente a él. Se quitó por completo la chaqueta del uniforme, quedándose sólo con la ropa deportiva que usaba debajo. Reigen no pudo evitar dirigir su mirada hacia sus brazos, sus clavículas, su cuello; la pálida tez del joven que tanto lo tentaba y que tanto moría por besar y marcar, reclamándolo como suyo. Su mente se inundó de esos pensamientos, aquellos que deseaba evitar a toda cosa. No estaba bien, no era correcto, no era aceptable, incluso si no era Mob quien estaba tomando esas acciones. Podría no ser su conciencia, pero era su cuerpo.
— ¿Por qué te contienes tanto? —
Reigen guardó silencio. Mordió el interior de sus labios, un suave sabor a hierro esparciéndose por su boca y sudor recorriendo sus sienes.
— Porque no es correcto, — Objetó. Se puso de pie y tomó el uniforme que yacía sobre el escritorio, sintiendo la calidez que aún se encontraba en la parte interior de éste envolver sus frías manos. Tenía la intención de rodear el cuerpo del menor con él, salir un momento y fumar un cigarro, sentir la helada brisa dar contra su rostro y limpiar un poco sus pensamientos; probablemente era la única cosa que podría calmar sus nervios ahora. Más no logró hacerlo, pues se vio interrumpido por un aura familiar que le arrebató la chaqueta, arrojándola al suelo.
Las manos del menor lo tomaron por la corbata, acercándolo a su rostro. Fue un movimiento demasiado repentino, Reigen quería apartarse y dejarlo ahí. No se veía capaz de continuar con este macabro juego, le estaba volviendo loco. A pesar de esto, no se movió. Se preguntó si Mob podría verlo, y si estaría decepcionado de él por no poner más resistencia.
— No puedo, no… —
Pestañeó varias veces, empezó a sentirse aún más mareado; todo se veía borroso, incluidas sus morales. Un suspiro escapó de sí y se acercó al rostro del azabache, quien guardaba silencio, expectante de la siguiente acción del hombre. Giró levemente su cabeza y rozó sus labios con los contrarios, deteniéndose.
— Lo siento. —
Dejó salir eso en una patética y trémula voz para luego unirse con el chico en un cálido y desesperado beso. Se movía lentamente en la boca contraria, buscando saborear y aprovechar lo mejor que pudiera este momento, guardarlo en su memoria. Subió sus manos al rostro ajeno y lo tomó suavemente, acariciando sus mejillas que lucían un adorable color carmesí por debajo de las desagradables marcas causadas por el fantasma; más, había algo fuera de lo común, sus pulgares no se deslizaban con total fluidez por la tersa piel del joven, casi como si estuvieran manchados con algo.
Se separó de su discípulo, rompiendo el beso repentinamente. Miró sus manos, sus pulgares estaban manchados con material espeso, cremoso y rojo, como si se tratara de las manchas que deja un labial.
Fue entonces cuando se percató.
Subió su mirada lentamente hasta chocar con la del menor. Los círculos perfectos que estaban en su rostro habían abandonado su forma original, quedando en su mayoría manchas color rojo esparcidas por sus mejillas.
— … ¿Eras tú todo este tiempo? —
El menor asintió silenciosamente, ahora que su fachada se había desmoronado parecía haber vuelto a su cotidiano ser. Parecía estar apenado, fijó su tímida mirada en el mayor.
Reigen retrocedió y se dejó caer en su silla. Se sentía abrumado, pensó que había perdido la poca cordura que le quedaba y que necesitaría mucho más que la brisa dando contra su rostro para lograr apaciguar su mente.
