Chapter Text
Edward tenía siete años, pero desconfiaba con la intensidad de un adulto ante un desconocido de la nueva biblioteca de su madre. A él sencillamente no le gustaba. La biblioteca incluía una colección de libros de dudosa procedencia, el vendedor dijo que el dueño original no poseía interés alguno en conservarlos y al vendedor le pareció buena idea incluirlos; a Edward le gustaba leer, mas esos libros tampoco le agradaban. Así, se instaló una estricta costumbre entre él y la biblioteca.
Edward salía de casa a la escuela, miraba por el rabillo del ojo a la biblioteca en la sala ubicada en la mejor esquina así cualquiera que llegase la admiraba de inmediato; él sentía un escalofrío recorrerle la espalda, un nudo en el estómago y salía corriendo. Al regresar corría desde la puerta hasta su cuarto sin mirar atrás y en esas ocasiones creía que algo lo miraba, la horrible sensación tardaba horas de encierro en irse. El miércoles cuando su madre salió a las cinco de la tarde para no volver hasta pasadas las diez de la noche como era su costumbre, decidió que era el día. Temprano en la mañana juntó todas las cebollas que pudo encontrar y armó un collar en absoluto secreto, cubrió su camiseta favorita de sal. De la capilla de la escuela tomó “prestada” la biblia por si acaso. A las seis en punto se paró frente a la biblioteca listo para enfrentarla.
Cauteloso Edward inspeccionó el mueble a unos cuatro pasos de distancia, al compararla con las cortinas y floreros descubrió que estaba inusualmente limpia. Dejó la biblia en el suelo ahora observando los libros. La colección se conformaba por un grupo de textos de pasta dura blanca decorada con garabatos dorados. Edward inspeccionó tres de los ejemplares y descubrió con desgano que sus amarillentas páginas estaban en blanco, aunque cada cierto número de hojas encontró una frase escrita a mano con temblorosas letras ilegibles. Con el cuarto libro el corazón le dio un vuelco y sintió las manos sudorosas. Ahí estaba la sensación de ser observado haciéndolo temblar, decidió que era suficiente.
Allí donde antes estuvieron los libros encontró profunda oscuridad como un agujero negro, mas la sensación de ser observado no vino del extraño hoyo. No. Edward bajó el rostro de nuevo y allí en medio de un chillido aterrado que apenas logró comprender era suyo vio por primera vez los ojos que lo perseguían. Estaban en la portada de los libros, los garabatos eran sus párpados moviéndose de manera arrítmica y perezosa. Al verse descubiertos los ojos se clavaron en el pequeño, primero con asombro, luego enfado y al final caprichosa malicia, Edward volvió a gritar mucho más fuerte, soltó el libro en sus manos cuando sintió los párpados moverse contra su piel; una extraña comezón se propagó por sus brazos, el niño vio su piel cubierta de ojos negros mirándolo fijamente sin alma. Edward se encerró en su cuarto el resto de la noche, los ojos desaparecieron tan pronto cerró la puerta. ¡Oh, pero la sensación!, Esa de ser observado, la comezón, el cosquilleo de párpados contra su piel todo eso siguió allí por mucho tiempo.
