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Capítulo 1
Colgó el teléfono con rabia después de haber tenido que reprimir lo que realmente le quería decir al Superintendente sobre lo que estaba ocurriendo. Él no era bueno escondiendo sus emociones por lo que la frustración y el enfado de ese momento eran más que obvias. Miró a través de las persianas de la oficina, atrapando la mirada de Dan Wilson sobre él. Era un oficial bastante despierto, trasladado hacía tres días, pero que se había acomodado bastante bien, y quien parecía tenerle cierta admiración por la cantidad de casos cerrados, según dijo al estrecharle la mano al conocerlo. Dejó caer la cabeza entre las manos, odiando el trabajo que se le había impuesto.
Quizá, teniendo en cuenta la aversión de Donovan por Sherlock, ella había guardado alguna lista de los casos en los que el detective había intervenido. Sería una bendición, ya que le ahorraría días interminables de bucear en los archivos. Se le había pedido, no, “ordenado”, que hiciese un informe relacionando cada caso en los que el detective consultor había tenido algo que decir, para ser sometido a una investigación individual por un equipo imparcial y detectar las trampas que el “rarito” había hecho para cerrar casos y ganar gloria, como si Sherlock necesitase reconocimiento…
A estas horas, seguramente Sherlock y John ya habrían salido del país con la ayuda de su todopoderoso hermano. Después de la huida en las puertas de Baker Street con ese teatro de amenazar a John (como si Sherlock fuese a hacerle daño al médico de alguna manera), Lestrade había hecho lo menos posible para ayudar en la búsqueda de la pareja huida. Los razonamientos de Anderson y Donovan, si bien parecían tener cierta lógica, iban perdiendo fuerza con el paso de las horas. Sherlock era un maldito genio, por nada del mundo iba a creer lo que esa periodista había publicado y que Donovan insistía en afirmar a cada oportunidad. Ella no se había molestado jamás en conocer al detective, simplemente lo había odiado desde el instante en que lo vio.
Su móvil sonó y no se sorprendió demasiado al ver que la llamada procedía de un número oculto.
-Lestrade –dijo al descolgar, con algo de más calma que minutos antes.
-Inspector –la voz de Mycroft sonó rara al otro lado de la línea, contenida y algo insegura.
-¿A qué debo el honor? Imagino que sabes las noticias…
-Greg, tengo un favor que pedirte. Me gustaría que te desplazaras a St. Bart’s y te hicieses cargo del doctor Watson. Creo que en estos momentos eres la persona adecuada para estar con él. Yo aún tardaré unos minutos en poder desplazarme hasta allí.
-Espera, ¿qué…? -la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso y una pálida Sally Donovan lo miró con los ojos desorbitados- ¿Qué ha hecho? –la pregunta apenas susurrada iba dirigida a ambas personas, escuchando apenas a Mycroft.
-Ahora sería un buen momento, Inspector –la línea se cortó, mientras Sally no parecía encontrar las palabras.
-Jefe… el fr… Holmes, ha saltado, en St. Bart’s…
Nunca en su vida había conducido de esa manera. Ni siquiera recordaba el camino que había tomado o si había respetado alguna de las señales de tráfico, simplemente puso la sirena y solo pensó en llegar lo antes posible. Bajó del coche dejando la puerta abierta y entrando en el área de emergencias a la carrera, donde un oficial al verlo con su acreditación policial en la mano le hizo una seña para que se acercase. Sabía que Sally y otro oficial lo seguían en una patrulla, pero maldita sea si los iba a esperar.
-¿Es usted el Inspector Lestrade?
-Sí, ¿y Sherlock Holmes?
-Sígame, señor –el agente se abrió paso rápidamente a la sala de espera, dejándola de lado para ser conducido a un pequeño despacho. Al abrir la puerta, Greg sólo pudo ver a John, sentado en el suelo, con la espalda pegada a la pared y la cabeza entre las manos mientras un hombre entrado en kilos le hablaba suavemente arrodillado a su lado y le ofrecía un vaso de agua.
Ante su irrupción, el hombre levantó la cabeza, con el rostro amable y una sonrisa triste.
-Oh, Inspector –se levantó, acercándose y tendiéndole la mano-, soy Mike… Stanford. Soy amigo de Sher… de John, me han avisado…
Lestrade se hizo a un lado para acercarse al compañero del detective.
-John, por Dios ¿qué ha pasado?
El ex soldado no respondió, ni tan siquiera reconoció la presencia de Lestrade. Tenía los ojos cerrados y un sonido atrapado en el fondo de la garganta escapaba de cuando en cuando.
-Al parecer… -la voz suave de Stanford llegó desde atrás-, Sherlock subió al techo del edificio. Estaba hablando por teléfono con John, despidiéndose… él estaba justo abajo…
Lestrade cerró los ojos pasando las manos por el rostro, abrumado por lo que significaba. No podía llegar a imaginar ni por segundo lo que su amigo debía de estar sintiendo en esos momentos.
-Le he dado un calmante, estará tranquilo unas horas…
-¿Y… Sherlock? –Lestrade mantuvo la voz baja, acercándose a Mike sin apartar la vista de John.
-Lo llevaron a urgencias -Mike habló con cuidado, compartiendo la preocupación del Inspector-, pero no había nada que pudieran hacer. Está en la morgue, Molly se ha hecho cargo de él. Está esperando a que un familiar llegue para la identificación.
-¿Molly? –Lestrade volvió a cerrar los ojos una vez más, recordando a la muchacha que estaba enamorada de Sherlock…- Dios, qué desastre –sintió el ardor en los ojos, y por un terrible momento, pensó que sería incapaz de mantenerse firme. El oficial que lo había interceptado a la llegada, abrió de nuevo la puerta del despacho asomando la cabeza.
-Inspector, la sargento Donovan y el agente Wilson están aquí
A la mención de Donovan, John gruñó, haciendo el intento de levantarse del suelo. Mike se acercó a él para sostenerlo mientras Lestrade se dirigía a la puerta y salía, manteniendo a la pareja dentro del despacho. Sally se mantuvo a varios metros de distancia, observando la actividad de urgencias mientras esperaba. Seguía pálida y le lanzó lo que Lestrade pensó que era una mirada de arrepentimiento. Sintiendo como el estómago se le subía a la garganta, Lestrade se dirigió a grandes pasos a los servicios de la sala de espera, cerrando la puerta con fuerza. Se apoyó contra ella, cerrado los ojos una vez más con fuerza, manteniendo a raya el ardor, apretando los dientes y los puños.
Sherlock, joven, impulsivo, perdido cuando lo conoció. Sherlock vulnerable, solo, inteligente e incapaz de darse a nadie hasta que John apareció… Sherlock, emocionalmente un niño apenas, que había confiado en él… y que apenas unas horas antes había puesto unas esposas en sus muñecas…
-¡JODER! ¡JODER! ¡JODER! -gritó sin poder contenerse- ¡Estúpido imbécil de mierda! –apretó las palmas de las manos sobre los ojos, intentando regular la respiración. Se concentró en meter el aire en sus pulmones y dejarlo salir, ignorando el dolor del pecho cada vez más intenso. No podía dejarse llevar, no ahora, no podía fallarle a Sherlock ahora…
Pasaron unos minutos hasta que se sintió lo suficientemente sereno como para abrir los ojos y acercarse al lavabo. Observó los ojos enrojecidos y el rostro pálido en el espejo antes de echarse agua fría e intentar mantenerse en control. Seguramente, Sally aún estaba al otro lado de la puerta y lo habría oído gritar. Cuando se sintió capaz, abrió la puerta y debía estar dejando claro en su expresión lo que sentía en aquellos momentos, porque Sally sólo bajó los ojos, avergonzada.
-No te quiero aquí –murmuró Lestrade al pasar a su lado con voz ronca.
-Señor… yo…
-Fuera, Donovan. Si John te ve, dudo mucho que quiera contenerlo.
Sally recuperó algo de su compostura, alzando la barbilla ante el desafío.
- Dimmock viene hacia aquí, el Superintendente le ha pedido que se haga cargo. Quiere que el doctor Watson esté en la central para prestar declaración ya que sigue vigente la orden de arresto. Ha pedido tambien que usted se presente para entregar su acreditación y el arma, al parecer ha sido suspendido…
Sin una palabra, Lestrade sacó su arma y su identificación entregándoselas a la sargento Donovan.
-Yo me encargaré de llevar al doctor Watson a prestar declaración cuando se encuentre coherente, en estos momento intenta hacerse a la idea de que su mejor amigo ha muerto gracias a nosotros –escupió las últimas palabas como si le quemasen en la garganta. Tuvo la satisfacción de ver como la sargento Sally Donovan volvía a bajar los ojos.
-Sí, señor.
