Chapter Text
“Tanto la luz como la sombra son la danza del amor
El amor no tiene causa; es el astrolabio de los secretos de Dios
El amante y el amor son inseparables y atemporales (...)
Aunque puedo tratar de describir el Amor (...)
Mi pluma se rompe y el papel se desliza
en el inefable lugar donde amante, amor y amado se convierten en uno.”
-Jelaluddin Rumi
Peculiarmente, sucede a plena luz del día.
Ninguno de los dos lo espera, por supuesto. El mundo había fallado en acabarse hace más de un año, y tanto el Cielo como el Infierno ni siquiera les habían regresado a ver de reojo después del secuestro. Como habían tomado 6000 años en planear el apocalipsis, y su primera movida en contra de Crowley y Aziraphale había fallado tan miserablemente, el dúo había asumido que tenían suficiente tiempo para relajarse antes de empezar a cuidarse las espaldas de nuevo. Crowley había mudado su departamento a la segunda planta de la librería —para el enorme desconcierto de Aziraphale, quien lo descubrió ahí una tarde— y la vida había continuado exactamente de la manera en que no debía: Feliz.
Desafortunadamente, la parte del para siempre resulta más complicada después de solo un año.
Salen del lugar que habían estado visitando; una librería al sur de Francia, donde había ido a parar uno de los libros que Aziraphale había vendido de mala gana hace algunos años. Crowley sostiene la puerta abierta para que Aziraphale no tenga que soltar por un segundo su libro recién recuperado, mientras lo ojea en busca de daños y se queja acerca del tratamiento que el libro había recibido en su ausencia.
Por eso, ninguno de los dos está prestando atención a nada más. La puerta hace un chasquido al cerrarse a sus espaldas, Aziraphale repasa un dedo sobre una de las líneas de texto, y en frente de ellos el cielo se hace negro y se quiebra de la misma manera que una ventana cuando es impactada por un bate de baseball. La luz cae en cascada a través de las grietas y dentro de ella Crowley ve deslumbrantes alas pardas y manos como garras de león estirándose hacia Aziraphale.
Gabriel.
Crowley reacciona por instinto, dejando a un lado las pretensiones de mortalidad para poder afrontar la verdadera forma de Gabriel con la suya propia; es la única manera de al menos tener una oportunidad. Sabiendo que el elemento sorpresa va a ser su única ventaja y que solo durará segundos, Crowley golpea al Arcángel con toda su potencia, sus alas afuera y sus serpientes girando. El contacto es abrasador pero Crowley sabe que el fuego del infierno que roza los aros de serpiente de su forma verdadera lastima a Gabriel de la misma manera.
Gabriel da un giro para agarrarle con unas mandíbulas de león, que se cierran bruscamente, y las serpientes dispuestas en forma de anillos que encierran el núcleo de Crowley sueltan sus colas, volteándose para formar cadenas alrededor de la magia de Gabriel, como una serpiente envuelta con fuerza al cuerpo de su presa. Todas las seis alas doradas de Gabriel se extienden para escapar de la prisión, y el agarre de Crowley se aprieta alrededor del ardiente núcleo de luz sagrada en la oquedad del pecho abierto de Gabriel. Esto lo destruirá, pero Crowley está dispuesto a quemarse con tal de derribar a Gabriel, si esto significa proteger a Aziraphale.
Trata de forzar su voluntad sobre el tiempo, pero Gabriel está tan fuera de éste como aquí, y sólo logra ralentizarlo a su alrededor; los segundos transcurren amortiguados. Crowley está consciente de que a la distancia están llamando por el nombre a su forma corpórea. Siente un dolor agudo por la mordida de los dientes de Gabriel hundiéndose en su hombro hasta penetrar al interior de su pecho. Va a perder este cuerpo. No tiene importancia. Ninguno de ellos escapará de ésta con vida.
Crowley envuelve sus alas alrededor de Gabriel y de él mismo para contener el ataque y su núcleo se ilumina, ardiendo con fuego del infierno y magia. Una vez fue un serafín, diseñado para crear y destruir, en el principio; su canción hecha para conceder poder a la Todopoderosa misma. Él les había otorgado a las estrellas su habilidad para que se conviertan en supernovas, para destruirse a sí mismas en el proceso de crear algo nuevo, de la misma manera que él planea hacerlo ahora.
—¡CROWLEY!
La voz de Aziraphale corta a través de la estática del fuego de Crowley; el tiempo vuelve a acelerarse y Gabriel lo arrastra hacia el cemento junto con él. Crowley dobla a medias una de sus alas, golpeando con la esquina el ojo de Gabriel —el refulgente y púrpura ubicado en su cabeza de león—, y puede oír el sonido de huesos al romperse. Se pregunta a quién le pertenecen. Ya no puede sentir bien su forma corporal.
Por un momento cristalino, Crowley ve a Aziraphale parado detrás de Gabriel; su visión del ángel es fragmentada por los miles de ojos repartidos sobre su verdadera forma. Las alas de Aziraphale resplandecen con luz sagrada. Crowley puede ver cuatro aspectos animales en él. Los principados solo tienen uno. No ha huido. Aziraphale sigue aquí y tiene una espada en sus manos; todo esto a Crowley le resulta demasiado familiar.
Habían detenido el fin. No se suponía que las cosas deberían salir así.
Sus anillos se contraen más, pero puede sentir la esencia de Gabriel ardiendo con más vigor en la oquedad de su pecho, y Crowley sabe que no sobrevivirá a ese tipo de luz sagrada por mucho tiempo. La piel de Gabriel crepita como tocino bajo el agarre de Crowley, pero no es suficiente.
Crowley arremete con todo lo que le queda; se ha convertido en una batalla de voluntades, pero incluso los serafines son de un orden inferior al de los Siete Arcángeles, y es superado en una pelea predecible. Su pozo de magia, aunque extenso, es finito, y el de Gabriel es más profundo. La fuerza vital de Crowley cederá primero, de la misma manera en la que lo hace la de un humano cuando ha suficiente sangre.
Algo se desprende de sus espirales, y al abrir sus ojos ahí está Aziraphale retirando su espada.
—¿Aziraphale? —dice, en voz alta tanto como para sus adentros. Tiene un sabor a sangre en la boca, pero no sabe en cuál de ellas. Eso no puede ser bueno.
Aziraphale lo ha apuñadado.
La luz de Gabriel está por acabar con su magia más rápido de lo que él puede reemplazarla, más rápido de lo que puede regenerarse, y Aziraphale le ha atacado con una espada flameante. «¿No la habían devuelto?» El mareo empieza a arrastrarlo. Está perdiendo.
—¡Déjalo ir! —grita Aziraphale con una voz que resuena fuertemente, y Crowley se da cuenta de que las palabras están viniendo de todas sus cabezas—. ¡Crowley! ¡Tienes que soltarlo!
Gabriel se retuerce bajo el agarre de Crowley, mientras es golpeado por seis alas. Escapará de Crowley por cuenta propia en un momento; Crowley se desvanece demasiado rápido como para detenerlo. Aziraphale tiene razón, debe dejarlo ir. Esto va a matarlo. Gabriel va a matarlo, y luego matará a Aziraphale.
Tuvieron una buena racha, piensa, lleno de arrepentimiento de que todo tenga que acabar así.
La magia de Crowley llega al fondo del pozo, y los anillos de serpientes enroscadas se sueltan cuando empieza a perder cohesión. Gabriel está sobre él en un segundo, zarpas estiradas y una luz sagrada que brilla con tal resplandor que se hace insoportable. Crowley no tiene fuerza para un segundo encuentro.
Hay un sonido, un crepitar, como de una fogata avivándose, pero mil veces más estruendoso, y la luz se retuerce cuando Gabriel da un aullido, lanzando sus garras a otra cosa, algo fuera del campo de visión de Crowley.
«¡Aziraphale!» piensa Crowley, tratando de volver a ocupar su cuerpo agonizante. Ya no tiene suficiente magia en él para sanar ninguna de sus heridas. Apenas le quedan unos vestigios de magia para poder aferrarse a su existencia por unos momentos más. Había usado todos sus recursos para darle una oportunidad a Aziraphale, y el ángel no la aprovechó para salvarse a sí mismo. Se había quedado a luchar una batalla imposible de ganar.
Se había quedado para que Crowley no tuviera que morir solo.
Crowley desea que lo hubiese abandonado. No puede soportar la idea de un mundo sin Aziraphale, incluso si él mismo ya no vive en él.
Los alaridos de Gabriel se detienen, y por un horrible momento, todo se queda tan quieto que Crowley piensa que tal vez el tiempo se detuvo en verdad.
Y luego regresa la luz, penetrando incluso a través de sus párpados cerrados, y esta vez, se rinde sin dar pelea.
Sin Aziraphale no vale la pena sobrevivir.
Había pensado que tendrían más tiempo.
Crowley se despierta con un recalcitrante dolor de luz sagrada colándose en sus heridas, espesa y pegajosa como miel, destruyéndolo a su paso. Débilmente forcejea contra Gabriel, con la esperanza de que le ponga un fin breve a su agonía, pero en lugar de eso encuentra una mano, firme pero gentil, presionada contra su hombro ileso. Está consciente de escuchar gritos, y piensa que pueden ser los suyos propios, pero no puede asegurarlo.
No puede ver. No puede ver en absoluto.
Miles de ojos y no puede ver una sola cosa.
El miedo cursa por sus venas como una corriente eléctrica —casi pierde la consciencia por la intensidad de la sensación, y entonces una voz corta a través del pánico.
—Lo siento tanto —Escucha, es Aziraphale—. Por favor trata de quedarte quieto, Crowley. No estoy seguro de… lo siento tanto, estoy haciendo todo lo que puedo, pero…
Vivo. Está vivo.
Persiguiendo al miedo punzante le sigue una oleada de alivio, como un lobo que persigue a un zorro. Entonces, Crowley pierde la consciencia definitivamente.
La próxima vez que logra despertarse, todo está en silencio, pero es el tipo de silencio que implica calma en lugar de ausencia. Aún hay luz sagrada circulando bajo su piel, en su forma verdadera, y hace que todo su cuerpo se sienta como si estuviera siendo presionado en una prensa caliente, pero al menos ya no lo está matando. La busca en su interior, preparado para purgarla y volver a hundirse en la dulce y confortante oscuridad, pero se da cuenta casi demasiado tarde de que la luz es lo único que le está permitiendo mantenerse en una sola pieza.
«Debería estar muerto» piensa de la manera distante en que las personas tienen pensamientos mientras agonizan. «Debería estar muerto».
Abre su boca para tratar de hablar, pero el movimiento trae consigo una agonía fresca, y todo lo que sale de sus labios es un grito sin palabras.
Pasos y voces se deslizan bajo los sonidos crudos que Crowley emite mientras trata de respirar, antes de recordar que no necesita hacerlo y se detiene. Anathema… «¿¿Anathema??» aparece en su campo de visión, y más manos de las que ella tiene le presionan de vuelta a la cama. Le cubre por detrás una manta de plumas blancas, y él logra ladear su cabeza lo suficiente para ver a Aziraphale.
—¡Deja de retorcerte! —ordena Anathema, y Crowley casi logra obedecer. Su cuerpo entero tiembla demasiado para hacer caso, así que, a pesar de relajarse, no puede evitar moverse—. Estás a salvo, pero aún te encuentras extremadamente herido, Crowley, ¿me entiendes? Tu novio acudió a mí buscando ayuda, pero nunca antes he curado a un ángel.
—Ángel —repite Crowley, sintiendo un espasmo en su mano. Todo duele—. ¿Cómo…?
Una mano se desliza sobre la suya, y tal vez en un día normal se hubiese sentido cálida, pero ahora se siente como un bálsamo gélido, mucho más fría que la lava líquida que cursa por sus venas. Él no está hecho para contener algo sagrado dentro, no de esta manera. Anathema le palpa su otro costado, tocando algo que le causa un shock en todo el cuerpo, como si ella pudiera tocar su forma verdadera con dedos mortales.
—Peleaste con Gabriel, tontuelo —le reclama Aziraphale, con una voz que se atora en su garganta, y Crowley no necesita ver para saber que hay lágrimas. El filo de la cama se hunde con el peso del ángel, cuando éste se sienta junto a su cadera—. Me salvaste, ahora, deja que Anathema te salve.
«Es humana» piensa Crowley, aferrándose a los últimos pedazos de lucidez que le quedan. «Ella nunca ha curado a un ángel… ni siquiera sabe que soy un demonio»; Crowley quiere reírse, pero piensa que eso podría matarlo, así que simplemente vuelve a dejarse llevar y se desvanece de nuevo hacia la apacible nada.
La habitación está oscura y silenciosa, y todo duele incluso antes de que pueda abrir sus ojos. Aún hay rastros de luz sagrada latiendo en su interior y él yace ahí sin poder hacer nada más que tolerar las lágrimas que se escapan de las comisuras de sus ojos. No le queda nada con lo que pueda detenerlas: ni la fuerza de voluntad, ni una pizca de poder; entonces las deja fluir hasta que se agotan.
Nadie viene por él.
Cuando sus lágrimas se han consumido y él solo tiembla de nuevo, hace un esfuerzo por apoyarse en un costado. Sus alas están visibles —no tiene suficiente poder para esconderlas— pero están vendadas y recogidas cerca de su espalda, sostenidas ahí con más vendajes. No recuerda haberlas herido, pero le duelen al igual que cada centímetro de su cuerpo; por lo que sabe que debieron lastimarse. Reposa ahí de costado, sin respirar, solo mirando la oscuridad.
—¿Aziraphale? —llama eventualmente, con una voz tan temblorosa que amenaza colapsar por completo. Cuando usa sus pulmones, las profundas mordeduras en su hombro y pecho estallan de dolor, como si la piel estuviese siendo arrancada de nuevo. Cierra los ojos pero no puede hacer que las lágrimas frescas dejen de acumularse. Su sangre golpea el interior de su cráneo, errática e implacable.
Ninguna respuesta llega. Está solo.
No sabe cuánto tiempo se queda acostado ahí. Parece una eternidad. Vuelve a llamar a Aziraphale pero siente como si su corazón fuese a ser arrancado de su pecho, así que se detiene. Aziraphale no está lo suficientemente cerca para escucharlo, no está lo suficientemente cerca para palpar su sufrimiento. Tal vez Gabriel había regresado para terminar lo que había empezado. Aziraphale no hubiese tenido una sola oportunidad estando solo, no en contra de un Arcángel.
Con un esfuerzo Crowley se logra levantar. La luz sagrada sube como marea en su interior, buscando formas de sanarlo, pero lo único que hace es destrozar cada veta que encuentra. Su esencia requiere magia para existir al igual que los humanos necesitan sangre para vivir, y él lo superará de la misma manera: lentamente. Hasta entonces, esta… esta donación está llenando cada resquicio.
Aún puede matarlo, pero por ahora es lo único que lo mantiene con vida.
Al sentarse en el filo de la cama, siente el frio del piso contra el calor exagerado de sus pies, y trata de controlar el impulso innecesario de jadear por el esfuerzo y las oleadas de nausea. Vuelve a llamar, el nombre de Aziraphale se rompe en un sollozo seco cuando le golpea la insoportable sensación de movimiento. No recibe respuesta. Apesadumbrado y tambaleante, se pone de pie, desesperado por salir a buscar al ángel, por verlo y olerlo y tocarlo y saber que aún está vivo.
El mundo se voltea con fuerza a la derecha —o tal vez es Crowley—, y el piso llega a su encuentro. Lo último que se cruza por su mente es lo cómodo que va a sentirse el entablado del suelo.
Una vez más se encuentra acostado en la cama.
Le duele la cabeza, y la luz sagrada en su sangre continúa rugiendo en su interior, buscando grietas que desgarrar; pero cuando mira hacia el cielo se da cuenta de que duele menos. Su propia magia está empezando a recuperarse gradualmente. Su piel y huesos se recomponen, aunque lentamente. Es posible que sobreviva.
Toma una bocanada de aire experimental y se detiene de inmediato porque sigue siendo peor que la muerte. Gabriel casi le había arrancado el brazo; Crowley sospecha que lo hubiese perdido si no hubiese sido por los intentos desesperados de Aziraphale por curarle. Ahora se pregunta si todo eso fue real. Las vendas ciertamente se sienten como el trabajo de un humano, y si se concentra, aún puede encontrar huellas de magia humana que permanecen dentro de sus heridas corpóreas. Tal vez sí fue real, después de todo.
Algo se mueve en la habitación oscura y Crowley se sobresalta al ver a la figura sentada en una silla junto a la puerta, un sillón que muy definitivamente no había estado en la habitación la última vez que estuvo consciente.
—Estás vivo —dice Ella, y la respuesta de él a Su presencia le recorre hasta el núcleo: miedo y respeto, acompañados de un anhelo profundo y antiguo que pensó había dejado atrás hace ya milenios. Ella está sentada justo ahí, una pierna cruzada sobre la otra, con una revista Nuevo Acuariano abierta en su regazo, como si Ella no lo hubiese abandonado a la primera oportunidad. Como si Ella no lo hubiese arruinado.
Él quiere decirle algo, pero no sabe que palabras podría usar para encarar lo que yace frente a ellos. Ella le observa por un largo rato, esperando con una paciencia poco característica, hasta que finalmente vuelve su atención a la revista.
—Estás tan lleno de sorpresas ¿no? —Ella observa, sin dirigirle la mirada—. No debería ser así. Ciertamente, yo no te hice así, Crowley, pero… aquí estás —Suena como si estuviese… ¿impresionada? Hasta podría decirse que afectuosa, si Ella alguna vez lo fuera en verdad—. ¿Recuerdas por qué te encuentras así?
Crowley traga saliva, con el sabor dulce de la manzana aún presente en su lengua después de tantos miles de años. Desde aquel día no ha saboreado nada más que cenizas, no porque ella lo haya maldecido, sino porque él mismo se maldijo al ser partícipe. Nada volverá a saciar su sed de conocimiento. Ninguna comida sabrá tan dulce como una respuesta. Por supuesto que lo recuerda… no ha sido capaz de olvidarlo.
—Eso pensé —dice ella con una sonrisa triste, como si pudiese leerle los pensamientos. Tal vez lo ha hecho—. Mi querida y dulce serpiente, has estropeado tanto las cosas, ¿no crees?
Entonces se pone de pie y se acerca hacia él, y él se da cuenta de que no posee la energía necesaria para retirarse o pelear, incluso si sirviera de algo. Desesperado, desea que Aziraphale estuviese aquí para poder al menos despedirse antes de ser quemado hasta dejar de existir. Para poder verlo una última vez. Él cierra los ojos, incapaz de observar su propia muerte, al tanto de que se encuentra desvalido.
Cuando su roce llega, no es abrasador. Le reconforta, calmando el dolor, hasta que Ella extiende su mano hacia la luz en su interior, extrayéndola como un hilo de un carrete. Él lucha contra la extraña sensación, consciente de que la luz de Aziraphale es lo único que le mantiene con vida, sin importar cuanto dolor le cause. Gentilmente ella la desenreda, hasta que el último tramo se ha desprendido de él.
El mareo inunda su ser y su visión se vuelve negra a pesar de aún sentirse presente y poder escuchar cómo Su voz se filtra a través de la realidad que se aleja poco a poco.
—Él te ama —dice Ella en un todo despreocupado. Él puede sentir que se está muriendo—. Una luz como ésta debería haberte matado, pero tú has absorbido cada pizca de él, ¿no es verdad? Su poder te reconoció como parte de sí mismo y trató de sanarte. Trató de redimirte. ¿Puedes creerlo? ¿Luz sagrada…curando a un demonio?
Ella emite una carcajada que resbala sobre él y siente otro toque, lleno de la misma calma que el primero, y luego algo… se retuerce. Su estómago cae y asciende, su cabeza da vueltas, y algo atraviesa su verdadera forma. «Entonces, esto es todo» piensa débilmente. Ella ha estado esperando para matarlo luego de recuperar la luz de Aziraphale de su interior, y ahora la paciencia que le tenía se había agotado por completo.
—¿Sabes por qué perdiste tus alas? —pregunta Ella. Si él hubiese estado respirando, se hubiese detenido ahora, por la presión del apretón que Ella ejerce sobre su verdadera forma. Él no puede responderle, pero afortunadamente sabe que Ella no necesita respuesta para una pregunta retórica. Ambos saben bien que las perdió en los ríos de azufre cuando ella lo desterró.
Pero cuando llega la respuesta, no es lo que él espera.
—Porque ya no las necesitabas.
«Por supuesto que las necesitaba» quiere decirle, aún le eran necesarias, aún deseaba tenerlas, pero una vez más Ella está explorando en su esencia antes de que él pueda intentar darle una explicación. La luz de Aziraphale regresa hacia él, diferente, y con esta, todo el dolor que estaba siendo detenido por Ella. Lo único que puede hacer es gritar retorciéndose en Su agarre, hasta que pierde el conocimiento por unos segundos. Sabe que solo son segundos porque aún puede escuchar el eco de su propia voz cuando vuelve en sí, débil y lánguido, y absolutamente incapaz de pelear.
Solo cuando queda inmóvil Ella repasa un dedo sobre su esencia, trazando su mismísimo núcleo, y desde la herida abierta surge lentamente una nueva ala. Ella repite el movimiento en el otro lado de su núcleo, y luego dos veces más, hasta que está completo, de una forma en que no había estado desde los días en que le cantaba alabanzas. Ella envuelve una mano, con suavidad, alrededor del quiebre de su ala mortal, y los huesos saltan para obedecerle —como él no puede— tejiéndolos juntos a la perfección, mientras los vendajes se desintegran bajo Su roce.
—Te di dos cuerpos —le dice ella con calma, finalmente dejándolo ir—, y al parecer no tienes el menor cuidado con ninguno de ellos. Pero él sí… tu Aziraphale.
Hay mil, un millón, un billón de cosas que desea decirle. Ha hecho tantas preguntas a través de los años, gritándolas en dirección al cielo, susurrándolas en vano a sus almohadas. Le ha estado escrutando por milenios, por más que eso, acerca de las injusticias cometidas hacia él y hacia otros.
Sin embargo, solo una pregunta importa ahora.
Crowley toma aire, ignorando el dolor que le invade, y pregunta.
—¿Dónde está?
—Imagino que con los otros ángeles —dice Ella—. ¿Sabes lo que hizo por ti?
Cerrando los ojos, el cuerpo de Crowley pierde toda sujeción, y le resulta imposible encontrar la fortaleza para responder. Solo puede haber una respuesta a esa pregunta; Aziraphale ha caído, o está a punto de hacerlo, y no hay nada que Crowley pueda hacer al respecto desde aquí. Caerá y ni siquiera tendrá el consuelo de estar acompañado, de la manera que Crowley lo estuvo. Si sobrevive —y Crowley sabe que es muy posible que no lo haga— no hay garantía de que recuerde ningún aspecto de su vida previa. Crowley recuerda, pero parece que es por casualidad, considerando que la mayoría de demonios no lo hacen. Él recuerda lo suficiente para estar consciente de qué es lo que perdió, hecho que es empeorado infinitamente por el conocimiento de que esa es precisamente la razón por la que no puede simplemente olvidarlo todo.
A él le duele más el recordar. A Aziraphale le dolerá peor el olvidar.
Crowley no puede hacer nada por ninguno de los dos, y eso es, posiblemente, lo más trágico.
—Ha matado a un arcángel —continúa Ella, casi como si estuviese convencida de que Sus palabras ofrecen algún tipo de consuelo—. Gabriel ha sido asesinado, entre ustedes dos. Aziraphale enfrentará a los otros por ello.
—Por favor —implora Crowley con voz ronca, tratando de someter a sus necios ojos para que se abran, tratando de mirarla para poder suplicar como es debido. Ella es el único ser que puede impedir que lastimen a Aziraphale. De los dos presentes, Ella es la única que puede salvarlo—. Fui yo, llévame a mí, castígame a mí. Por favor…
Una mano tersa recorre su frente febril, pasando por su sien, para colocarse sobre su mejilla.
—Ahora guarda silencio —le dice para calmarlo—. Bien conozco tu parte en esto. Es la razón por la que estoy aquí. Sabes, me imaginé un sinfín de cosas al crearlos, mi pequeña serpiente, pero nada parecido a esto. Nunca a un demonio tan ansioso por sacrificarse por algo sagrado. Nunca a un ángel tan dispuesto a proteger a uno de los Caídos. ¿Qué se supone que debo hacer con ustedes dos?
—Por favor —ruega, a punto de perder el conocimiento a causa de la adrenalina y el miedo que le recorre. No puede perder a Aziraphale. No ahora. No después de todo.
El contacto de su mejilla se disipa y por un momento cree que Ella debe haberse marchado. Pesadas lágrimas flanquean su rostro hasta remojar su almohada; su garganta se está cerrando y sus músculos siguen rehusándose a obedecer; su magia es demasiado débil para cargar con él. No había esperado que Ella ayudase a Aziraphale, pero había tenido esperanzas. Esperanzas de que la aparición de Ella después de tanto tiempo significaría algo más que otro castigo.
—Ya basta de eso, hacedor de estrellas —le dice, con toda la ternura de un moretón—. Ven aquí. Dame una de tus alas de vuelo.
A pesar de que él no cree poder moverse, y de que no quiere darle nada, de alguna manera levanta el ala que queda más cerca de Ella, una de las dos que usa para volar, y Ella la toma con delicadeza. Luego desliza su mano a lo largo del patagio, y clava la mirada en sus ojos, de una manera en que jamás lo había hecho antes. Él ahora posee las alas necesarias para cubrir sus ojos y escudarse de Su mirada, pero descubre que Ella tenía razón. No las necesita.
—Estabas dispuesto a entregar todo de ti mismo para protegerlo —Palabras tan ciertas que lastiman— ¿Aún lo estás?
—Sí —contesta él, sin rastro de duda.
—Entonces entrégate a mí —le dice Ella, pero de manera gentil. Es una petición, no una exigencia y él entiende el por qué. Ya había usado todo lo que podría haberle entregado. Lo que le queda es apenas suficiente para mantenerle vivo…entregarle siquiera un fragmento lo matará, y ambos lo saben.
Pero se trata de Aziraphale, así que Crowley da su consentimiento.
Ella acaricia con una palma sus plumas primarias y la luz sagrada dentro de él responde al toque, siguiendo el contacto. Debajo de Sus dedos, el profundo color negro se disipa, dejando plumas de un blanco prístino delineadas de negro, y cuando Ella retira su mano, se lleva una parte vital de él.
Tiene el tiempo suficiente para pensar cuánto sus alas se ven como las de una urraca, antes de que la pérdida de sus poderes le envía de cara hacia el olvido.
