Work Text:
"Every argument, every word we can't take back
'Cause with the all that has happened
I think that we both know the way that the story ends"-Happier, Marshmello.
¿Fue instinto, quizás? Porque todo sucedió tal y como lo había previsto desde que Ranpo juró en nombre de la Port Mafia y se arrodilló frente a Mori Ōgai como un nuevo integrante del bajo mundo.
—Es una mala idea —había dicho con los ojos bañados en lágrimas—. Estar expuesto a la corrupción de la Port Mafia te cambiará. ¿No habías dicho que deseabas ayudar a la gente? Ahora serás un criminal.
Ranpo había lanzado un suspiro. Tras sacudir la cabeza, aquellos ojos verdes se clavaron en él con una parcial muestra de desinterés por cualquier queja que podría él presentar al respecto.
—¿Qué más puedo hacer? Después de la ayuda que nos prestaron durante el conflicto orquestado por Fyodor Dostoyevsky, era esencial que uno de nosotros tuviera que traspasarse al otro lado como pago —respondió Ranpo con tono cansado. Algo en él había cambiado, y no solo las prendas que ahora vestía y demostraban su compromiso con el lado de la oscuridad—. No podía permitir que alguno de ellos tuviera que pasar al bando contrario (Necesitaba protegerlos a toda costa), por eso decidí sacrificarme.
Poe no emitió réplicas y prefirió guardarse cualquier pensamiento.
Sabía que Ranpo lo había visto al principio como un sacrificio, pero sus acciones no coincidían con la profundidad que el término resguardaba.
Al estar dotado de una inteligencia mayor a la de cualquier ser humano promedio, Mori Ōgai empleó esa habilidad con gran astucia y lo nombró estratega oficial de la Port Mafia. Bajo su comando, todos los movimientos de la organización fueron tan astutos e imparables que pronto todo Yokohama quedó comiendo en la palma de su mano. Encantado por un trabajo tan bien hecho, Mori Ōgai le ofrecía los mejores elogios y regalos que, de haber permanecido en la Agencia, jamás habría podido recibir, y Ranpo sintió por primera vez que su potencial estaba empleándose en su totalidad.
El único testigo de estos eventos era un solitario escritor que permanecía resguardado en un pequeño apartamento apartado de la ciudad.
Apenas había transcurrido un año desde que su relación se había vuelto oficial. Poe decidió poner en venta todas sus propiedades y pertenencias para ir a vivir junto a Ranpo en aquel minúsculo espacio donde apenas tenían cabida un par de personas además de un mapache al que le gustaba robar comida. Quizás no tenían mucho, pero eran felices. Una vez que Ranpo cambió de bando, sin embargo, aquellos días comenzaron a escasear y fueron reemplazados por eventos angustiosos, largas discusiones, noches solitarias y amargas mañanas donde la comunicación era inexistente.
Poe quería decir que se sentía solo y expresar la preocupación que colmaba su mente acerca del futuro cargado de incertidumbre, pero Ranpo parecía tan lejano que le parecía imposible acercarse así lo intentara.
—Ranpo-kun, creo que deberías dejar la mafia —dijo Poe.
El silencio cayó de inmediato sobre la habitación, e incluso Karl había dejado de comer para prestar atención a sus padres adoptivos.
Poe tragó saliva y entrelazó los temblorosos dedos sobre la mesa, a escasos centímetros del plato de waffles que había preparado esa mañana como desayuno.
—Deja de decir tonterías —dijo Ranpo con tono ácido. En su mirada brillaba el más puro hastío—. ¿Sabes siquiera lo que hacen los mafiosos con aquellos que se atreven a desertar?
—¡Podríamos escapar! —fue la inmediata réplica que Poe ofreció—. ¡Podemos ir a algún país europeo y solicitar asilo...!
Ranpo golpeó la mesa con ambas manos y frunció el ceño.
—¡No es no! ¡No pienso dejar la mafia! ¡Al menos allí hago algo más útil que cuando estaba en la Agencia!
—¿De verdad piensas dejar tu dignidad de lado por un par de elogios mal hechos...?
—¿Dignidad? —repitió Ranpo con sorna—. Eres el menos indicado para hablar acerca de eso; tú, que lo único interesante de ti es esa habilidad que tienes... excepto porque últimamente no has creado nada bueno.
Ranpo abandonó la mesa y se encaminó al recibidor.
Poe tragó saliva.
—¿No acabarás tu desayuno...? —preguntó con tono débil, pero Ranpo aun así fue capaz de escucharlo.
—No tengo ganas. Iré a almorzar hoy con Mori.
Tras eso, Poe oyó un portazo y finalmente pudo dejar caer las lágrimas que desde hacía un rato había estado conteniendo.
Ese mismo día, aprovechando la ausencia de Ranpo, Poe guardó todas sus pertenencias en un par de maletas hasta no dejar nada que pudiera indicar que alguna vez formó parte de ese apartamento.
Karl seguía todos sus movimientos con aquellos enormes ojos oscuros, y Poe detuvo sus andanzas de vez en cuando solo para acariciar su cabeza antes de deshacerse de todo aquello que no sería capaz de transportar.
—Esto es lo mejor, Karl —dijo con una triste sonrisa, aunque más parecía intentar convencerse a sí mismo de aquellas palabras—. No sirve de nada permanecer en un hogar donde no nos quieren.
Al finalizar solo faltaba media hora para que Ranpo volviera, y Poe se apresuró a abandonar el apartamento como un fantasma que decidía esfumarse al entrar en contacto con los rayos del sol.
Por un momento vaciló y pensó dejar un mensaje escrito. Sin embargo, consideró que aquello sería una pérdida de tiempo, y así, sin decir palabra, sin una simple despedida, se marchó sin mirar atrás sin más compañía que la de su mapache y un corazón roto.
[ Los años no pasan en vano. Cada uno deja otro peso más encima.
Diez de ellos han quedado atrás, y ya nadie es el mismo. ]
Palabras no dichas y varadas en el vacío.
Un vaso de agua permanecía entre sus dedos mientras él, con aire retraído, contemplaba el monocromático paisaje capaz de vislumbrar al otro lado de la ventana. Una solitaria farola iluminaba tenuemente los arbustos cubiertos de una fina capa de escarcha que el frío invernal había dejado a su paso, y encaramado a una varilla de hierro ornamental con forma ondulada, un solitario cuervo se rascaba las plumas situadas bajo el ala mientras aguardaba con paciencia al momento justo de levantar el vuelo en busca de comida. Los apagados ojos de Edgar Allan Poe no se despegaron del animal mientras el cristal recorría el aire hasta alcanzar sus secos labios. El líquido traslúcido acompañó unas pastillas de aspecto alargado. Le resultó difícil tragarlas, pero con algo de esfuerzo consiguió que éstas lograran bajar a través del esófago. Un ataque de tos estremeció su larga y enfermiza figura hasta que fue incapaz de sostener el vaso, el cual cayó al suelo convirtiéndose en añicos.
Sus labios entreabiertos dejaron brotar un suspiro cansado y lleno de dolor mientras se inclinaba a recoger el desastre que acababa de realizar y, en su descuido, el filo entró en contacto con la frágil piel que recubría sus agrietados dedos llenos de callos.
—...Mierda.
Poe contempló cómo el corte permitía que la sangre hallara paso hacia la superficie con la extraña fascinación de un loco, pero el hilo de pensamientos que quizás cruzaban su mente fue abruptamente irrumpido por el tono de llamada de la línea fija. Dejó brotar un respingo acompañado por un sobresalto de sorpresa y, mientras se apresuraba a cubrir el corte con un pañuelo que guardaba en el bolsillo, respondió.
No era usual que las personas lo llamaran.
Su editor prefería contactarse por e-mail, y él también ya que se expresaba mejor por escrito que a viva voz. Además de esa persona, no hablaba realmente con nadie más. Había cortado el contacto con casi todos sus excompañeros del Gremio, y también con aquellos que había conocido durante su estadía en Japón. Supuso, entonces, que quizás se trataría de algún familiar de su exesposa que aún no se habría enterado del divorcio. Era la única respuesta lógica capaz de hallar a esa situación.
—¿Hola?
Su voz sonó recelosa y casi inaudible.
Al otro lado de la línea, una voz respondió:
「Ha pasado tiempo, ¿No es así, Poe?」
Los ojos de Edgar recuperaron el brillo por escasos segundos al reconocer aquel tono muy particular.
Tras haber convivido junto a él durante el tiempo en el que la Agencia Armada de Detectives era perseguida por el gobierno, Oguri Mushitaro decidió emplear sus conocimientos en crímenes para crear libros de misterio influido en parte por un pequeño gran empujón de parte del mismísimo Poe.
Sin embargo, luego de haber dejado Japón y cortado lazos con toda la gente de ahí, ya no pudo saber mucho más respecto a él.
—¡O-Oguri...! —su propia voz sonó temblorosa a causa de la emoción que invadía su pecho, e incluso percibió que algunas lágrimas amenazaban con abandonar sus ojos ante tan inesperado reencuentro—. ¡Tanto...! Espera, ¿Cómo conseguiste hallarme?
「No es como si pretendieras mantener tu vida privada en secreto, ¿cierto?」 replicó Oguri al otro lado de la línea, y Poe percibió un tinte de enfado en su voz. 「Joder, ¡ni siquiera avisaste que te irías! Lo primero que supe de ti fue que te casaste, pero no pude obtener tu número telefónico hasta ahora. ¡Argh! ¡¿En qué carajos estabas pensando?!」
Poe dejó brotar una risita nerviosa, pero a costa de eso tuvo un breve ataque de tos. Tras carraspear, se disculpó por lo bajo y con palabras atropelladas.
—Lo lamento. Tenía razones por las que no podía decir nada —dijo jugueteando de forma distraída con el bordillo de su ropa—, y me temo que la noticia te ha llegado tarde. Me he divorciado hace un par de meses.
「¿Divor...? Ah, lo siento, tío. ¿Quieres...? Uh, ¿Quieres hablar de eso?」
—No es necesario —respondió Poe de inmediato—. No iba a funcionar de todos modos. Además, si te has tomado la molestia de llamarme ha de ser por otra razón, ¿o me equivoco?
Oguri carraspeó al otro lado de la línea, y Poe pudo percibir su nerviosismo incluso si no era capaz de verlo a la cara.
「Eso es, hum, cierto. Tengo en mente un proyecto, pero necesito la mente de otro escritor a mano como colaboración para poder llevarlo a cabo. Fuiste el primero en el que pensé」
Poe suspiró y recargó la espalda contra la pared.
Debió haber supuesto que solo lo necesitaban y nada más.
—¿Qué clase de proyecto? —preguntó con tono paciente.
「No puedo explicártelo a través de la línea」 replicó Oguri 「¿Qué te parece si tomas el primer vuelo a Japón y lo discutimos cara a cara?」
Poe cerró los ojos.
Volver a Japón implicaría volver a Yokohama, al territorio en el que él se encontraba.
Si bien diez años habían transcurrido desde entonces, aún sentía una espina atravesar su garganta al recordar su nombre.
Para sorpresa de sí mismo, accedió a la propuesta sin pensarlo ni discutir mucho.
「Perfecto. Te estaré esperando, Poe. Ha sido agradable volver a escucharte」
El encuentro se desarrollaría en un bar a las afueras de la ciudad ahora controlada por la Port Mafia. Oguri lo había escogido para evitar que Poe pudiera evitar cualquier contacto con algún integrante del bajo mundo (Si bien no lo expresó abiertamente, Poe estaba seguro de que ésa fue la intención).
Con una copa de cristal traslúcido en los dedos, Poe contemplaba el manuscrito que Oguri había dejado frente a él sin muchas explicaciones y con la mirada cargada de expectativas, pero a Edgar le costaba centrarse a causa de un punzante dolor en el pecho que llenaba su garganta con un sabor metálico imposible de disfrazar con alcohol.
—Tienes una expresión de muerte —comentó su compañero con los ojos fijos en su rostro—. ¿Estás bien?
Poe forzó una sonrisa.
—Solo he bebido un poco demasiado. No soy muy tolerante al alcohol.
La mentira, no obstante, no pareció convencer del todo a Oguri, quien no despegó los ojos de él.
—¿Estás seguro?
Poe asintió con la cabeza y se puso de pie.
—Iré a lavarme la cara —respondió con tono inseguro—, y traeré algo de agua también. No tardaré.
Antes que Oguri pudiera lanzar alguna respuesta, Poe se apresuró a encaminarse al baño, pero antes de alcanzar la puerta se desvió del camino y optó por emplear la salida de emergencia, la cual guiaba hacia un oscuro callejón habitado por ratas y algún gato callejero que se animaba a cazarlas. Poe recargó la mano sobre la pared cubierta de humedad, y tosió con la boca cubierta por un pañuelo. Al retirarlo, una mancha color carmín captó su atención, pero le restó importancia y decidió retornar al bar como si nada hubiera sucedido.
Sin embargo, algo lo detuvo: Una mano en la oscuridad sostuvo su brazo, y él se sintió desfallecer.
¿Ese callejón estaba habitado por ladrones?
Giró para encarar al malhechor con la voluntad de defenderse, pero en medio de la penumbra, unos ojos verdes le devolvieron la mirada.
Si ya antes sentía que se le iba el alma, ahora Poe creía haberlo perdido todo.
Su garganta se había secado y podía percibir los latidos de su corazón en la garganta, retumbando en los oídos.
Sin querer, aquel nombre brotó entre sus labios.
—¿...Ranpo-kun?
Obtuvo una respuesta de forma instantánea.
—Poe-kun, ¿eres tú...?
—¿Qué haces aquí? —preguntó Poe con tono tembloroso, pero la respuesta apareció frente a sus ojos cuando vio a más integrantes de la Port Mafia extorsionando al dueño del bar en aquel mismo callejón.
Ranpo bajó la mirada, como si estuviera avergonzado de que Poe lo encontrara en plena faena.
—Estaba ocupándome de negocios —respondió con especial énfasis en la última palabra.
Ambos callaron.
En circunstancias normales, apresado por una terrible nostalgia no habría dudado en arrojarse a sus brazos y saludarlo como si de un viejo amigo se tratase; pero para Poe esa situación estaba lejos de ser considerada normal y, además, él era una persona muy rencorosa.
Como si saliera de un trance, Poe dejó brotar un respingo, frunció el ceño y se apartó de forma violenta.
—...Aléjate.
La exigencia fue letal y severa, nada propio de aquel hombre débil, tímido e inseguro de diez años atrás.
Ranpo abrió la boca con intención de expresar algo, pero antes que fuese capaz de pronunciar verbo, Poe ya se había adentrado al bar como quien es llevado por un vendaval.
Aún estaba alterado cuando se despidió de Oguri frente al pórtico del hogar de éste.
Si bien no ofreció explicaciones, éste fue capaz de deducir con una sola mirada qué había ocurrido, y evitó hacer preguntas para no introducir el dedo en la llaga. Esto Poe lo agradeció, aunque no empleando palabras.
Ya era medianoche, así que pretendió caminar hasta el hotel en el que se alojaría durante los siguientes días, pero a escasos metros se encontró con una familiar figura vestida con los colores oscuros de la Port Mafia.
Ranpo alzó la mirada y le dedicó una sonrisa triste y repleta de inseguridad, pero él frunció el ceño y dio media vuelta para emplear un camino distinto.
—¡Espera!
Apenas había dado un paso en dirección opuesta, cuando Ranpo reaccionó y estiró el brazo hacia él. Poe no lo miró y optó por seguir dándole la espalda.
—Si quieres decir algo, que sea rápido.
No fue capaz de reconocerse a sí mismo en aquella orden que escapó de sus labios de forma involuntaria, como si el demonio del rencor que guardaba dentro de sí hubiera tomado las riendas de la situación.
—Poe-kun —la voz de Ranpo se oía tan frágil, distinta a la que él había estado acostumbrado— Te he buscado por tanto tiempo desde el día que desapareciste. Todo ocurrió tan rápido, y aunque... a-aunque te hayas olvidado de mí, yo---
Poe giró el cuerpo lo suficiente para dedicarle una mirada ácida y desprovista de vida.
—Ve al grano.
Alterado por la actitud de Poe, Ranpo se sobresaltó y retrocedió un poco. Sus ojos verdes parecían buscar el indicio de algo en él, pero no eran capaces de hallarlo.
—Solo q-quería decir que lo siento —dijo finalmente—. Cuando te fuiste finalmente supe el significado de la frase «No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes». Era feliz a tu lado, Poe-kun, y no lo sabía. No lo supe, y te herí. Por ese motivo te pido que me perdones... por favor.
Las últimas dos palabras sonaron quebradas, y Poe supo entonces que Ranpo se encontraba al borde del llanto.
Hubo una pausa.
Poe fue capaz de oír el sonido del viento susurrar a través de las hojas de los árboles en ese breve instante antes de sacudir la cabeza.
—Lo hecho, hecho está —respondió—. Simples palabras no bastan para remediar todo lo que pasó durante estos diez años.
—¡Supe que te casaste! —dijo Ranpo de la nada—, pero te divorciaste hace poco. ¿No es eso lo que querías? ¿Alguien que te hiciera feliz?
Poe sintió una ola de ira colapsar dentro de sí e hizo lo mejor que pudo para impedir que se desbordara.
—Si eso es lo que crees, entonces me conoces menos de lo que piensas —replicó con frialdad.
Avanzó sin nada más que decir ya que no veía sentido alguno a proseguir con aquella poco fructífera conversación, pero Ranpo caminó tras él conservando la distancia.
Poe se detuvo.
—¿Por qué me sigues?
Ranpo alzó la mirada antes de devolverla a la punta de sus propios zapatos.
—¿Tienes un lugar donde quedarte?
La pregunta fue tan sorpresiva, que Poe se cuestionó si la había oído bien; la mirada expectante de Ranpo lo confirmaba.
Decidió ignorarlo.
Con esa última sentencia, Ranpo permaneció quieto en la penumbra mientras Poe se adentraba en un sendero distinto.
La siguiente semana no fue fácil.
Si bien no había vuelto a encontrarse con Ranpo, las memorias de lo ocurrido aquella noche lo cazaban incluso en los momentos más inoportunos. Por un instante creyó que esos diez años bastarían para sepultar lo que había dejado morir allí, pero aquel breve intercambio de palabras le hicieron saber que no fue así.
Los encuentros entre él y Oguri pasaron de desarrollarse en el bar, al restaurante del hotel, y finalmente a su habitación. La paranoia no le permitía abandonar su lecho, y su amigo decidió cumplir sus extravagantes caprichos así no fuese capaz de comprender la mitad de las actitudes que solía mostrar con él.
Poe no quería volver a Ranpo.
Temía encontrarlo.
Sabía que verlo u oír su voz dolería hasta que su corazón comenzara a sangrar, y no quería lidiar con ese horrible peso encima.
Si bien Oguri hizo miles de preguntas al principio, al no obtener respuesta alguna decidió arrojar la toalla y seguir con el teatro si eso implicaba el bienestar de su amigo escritor.
Los días se tornaron tan largos y cansados que Poe muchas veces necesitaba dormir dieciséis horas solo para recobrar las energías que lo habían abandonado durante un breve lapso de tiempo.
Poe creía, ingenuamente, que así sería posible evitar encontrarse con Ranpo incluso si éste planeaba encontrarlo... pero no fue así.
La última mañana que pasaría en Japón decidió abandonar su lecho para fumar un cigarrillo en la plazoleta situada frente al hotel al que se alojaba y, como debió haber previsto, Ranpo allí lo aguardaba.
—Creí que odiabas el cigarrillo —fue lo primero que brotó de sus labios al ver al enfermizo escritor exhalar una nube de humo de la boca.
El objeto escapó de los trémulos dedos de Poe hasta alcanzar el frío suelo, pero no fue capaz de notarlo. No de inmediato, al menos.
Ranpo se esforzaba en sonreír, aunque su expresión no era más que un fantasma desgastado de aquel vívido jovencito que derrochaba la energía de un niño de cinco años. Al parecer, durante aquellos diez años la Port Mafia había acabado con la moralidad y la juventud del Ranpo del cual Poe se había enamorado.
—Las personas cambian —fue la respuesta que Poe le ofreció tras una pausa de intenso debate interno.
—Eso explica el alcohol —agregó Ranpo quien, con cierta vacilación, fue acortando distancias.
Poe, ya cansado de huir y de ser consumido por la paranoia, no emitió comentarios al respecto ni tomó cartas en el asunto.
—Es la mejor manera de olvidar —replicó.
—El Poe del pasado no lo hubiera pensado así.
—El Poe del pasado murió el día que abandonó el suelo japonés para retornar a su hogar natal.
Ranpo alzó la mirada.
—Pero ahora estás aquí. Has vuelto.
—No soy más que una sombra de aquél al que conociste, Ranpo-kun. No busques en mí indicios de lo que ya no está.
Los ojos verdes se fijaron en los suyos, de color mate, que permanecían descubiertos gracias a una pequeña horquilla encajada estratégicamente a un lado de su cabeza.
Sentía que ese silencio estaba cargado de palabras y frases no dichas, pero ninguno sabía cómo expresarse. Ranpo, por orgullo; Poe, por rencor.
La tensión se alojó en los pulmones del escritor, quien sufrió un ataque de tos mientras se cubría la boca con un pañuelo. El ataque fue tal, que lo obligó a ponerse de cuclillas mientras sentía al dolor alojarse en sus órganos internos como un millar de cuchillas.
—Poe-kun, ¿estás bien...?
Los ojos de Ranpo se abrieron de par en par al observar la mancha carmín que Poe intentó ocultar con prisa.
—No es nada.
Los dedos de Ranpo se aferraron a la ropa de Poe, y su mirada buscó con desesperación una respuesta en el rostro de éste.
—¡Eso no es nada! ¿Qué diablos está pasando? El otro día (en el callejón) fue igual.
Poe se desligó del agarre con fuerza y se acomodó la ropa.
—No es de tu incumbencia.
—¡Por supuesto que lo es! ¡Después de todo, yo...!
Poe cubrió la boca de Ranpo con la mano libre.
Un brillo de tristeza se asomó en sus ojos.
—No lo digas —pidió con voz trémula, casi rogando—. No lo digas, por favor.
Ranpo bajó la mirada mientras Poe apartaba la mano.
—Entonces ayúdame a entender.
—¿A dónde fue tu súper deducción? —preguntó Poe con inseguridad—. El Ranpo que conocía ya la habría empleado.
Ranpo hizo una pausa.
—Él ya no existe.
Poe suspiró y bajó la mirada al pañuelo que aún sostenía en los dedos. Pasó un peso sobre un pie y sobre el otro. Estaba tan indeciso e inseguro que temía estar cometiendo una equivocación.
—Cáncer —respondió finalmente—. Estoy muriendo de cáncer, Ranpo-kun.
La declaración fue tan sorpresiva para el exdetective, que permaneció mudo por algunos minutos mientras asimilaba la información que acababa de obtener.
Tras mucha indecisión, Ranpo lo miró con el labio inferior tembloroso.
—...Mientes.
Poe suspiró y cerró los ojos.
—No bromearía con un asunto tan serio, Ranpo-kun —tras un último vistazo al pañuelo, lo devolvió a la seguridad de su bolsillo—. Estoy cerca de la fase terminal. Me negué a hacer un tratamiento de quimioterapia porque sentía que no merecía vivir. Quizás Oguri lo presintió desde aquí pese a que no hemos hablado en años, y es por eso que decidí ayudarlo en su proyecto —alzó la vista hasta ubicarla en Ranpo—. Solo me quedan unos meses más. Qué poético, ¿no? Morir a los cuarenta años.
Ranpo permitió que, finalmente, sus ojos se bañaran en lágrimas que había estado conteniendo todo ese rato.
Se arrojó de inmediato a los brazos de Poe y sollozó con amargura sobre el abrigo que cubría su delgado y enfermo cuerpo, ahora más frágil que el mismo cristal.
—La vida es así, Ranpo-kun —dijo Poe con simpleza, mientras sus dedos acariciaban los suaves cabellos azabache—. Nunca ha sido justa.
Aún inseguro, correspondió al abrazo.
Por primera vez desde que recibió la noticia de que el cáncer se alojaba en sus pulmones y había comenzado a expandirse hacia el resto de sus órganos, Poe se sintió devastado.
El minúsculo apartamento lo recibió como si de un amigo se tratara, y cuando Poe contempló el interior, se percató de que nada realmente había cambiado. Aún continuaba ese horrible tapete de Winnie the Pooh recibiendo a las visitas, al igual que el viejo reloj que Kunikida había regalado a Ranpo el día que anunciaron que comenzarían a vivir juntos.
—Toma asiento —invitó Ranpo—. Prepararé café.
Poe estiró el brazo y lo detuvo antes que se alejara lo suficiente. Ranpo se entregó al contacto, y Poe aprovechó para atraerlo hacia sí y darle aquel tan anhelado abrazo que había estado guardando solo para él.
Si bien el rencor era fuerte, la nostalgia (y el amor) que guardaba en el pecho resultaba vencedor.
Ranpo alojó la frente contra el hombro del escritor, y Poe besó su coronilla con afecto.
—Huyamos —sugirió Ranpo entonces.
—La mafia asesina a los desertores, ¿cierto?
—No importa —dijo Ranpo—. Podemos ir a Europa. A Islandia, quizás. Me llamaré Hirai Taro para pasar desapercibido.
Poe bajó la mirada y se encontró con aquellos ojos verdes que le dedicaban una mirada decidida; una sonrisa se asomó sobre su rostro mientras asimilaba que esa situación era real, y no el producto de alguna alucinación suya por culpa del cáncer y las drogas que empleaba para frenar temporalmente su avance.
—Suena a que lo pensaste mucho.
—Un poco, quizás —respondió Ranpo, quien infló un poco las mejillas para ocultar su vergüenza—. Desde aquel día que te fuiste no he dejado de pensar en realidad —admitió—. Pensaba en las cosas que pude haber dicho, las cosas que me habría gustado vivir a tu lado. He fantaseado con tenerte de regreso y por eso no he movido nada de su lugar. El sitio que tu ropa ocupaba en el armario sigue libre, así como tu lado de la cama, y el vaso en el que guardabas tu cepillo de dientes. También he dejado el sillón que Karl arañó y mordisqueó pese a que es prácticamente imposible de usar ahora.
Poe apretó los labios.
—Karl habría estado feliz de volver a él.
—Siempre lo recordaré. Será el único hijo que jamás he tenido y tendré.
Poe abrió un poco los ojos.
—Pero, Ranpo-kun...
Ranpo bajó la mirada.
No había brillo alguno en sus ojos, como si la tristeza finalmente hubiera devorado todo rastro que aún quedara.
—La mafia no es lugar para mí. Siempre tuviste razón, Poe-kun.
Entrelazó los dedos con los de Poe con cuidado, como si temiera quebrarlos por un descuido.
Poe tragó saliva.
—Solo me quedan meses de vida, Ranpo-kun. No vale la pena desperdiciarlos a mi lado.
Ranpo apretó los ojos y sacudió la cabeza.
—El día que dejes este mundo yo también cesaré de existir. No tendré motivos por los que continuar con vida —inhaló aire y enfocó la atención en Poe—. Siempre tuve esperanzas de volver a encontrarte, Poe-kun.
Éste tragó saliva y dejó ir las manos de Ranpo con el fin de rodearlo con los brazos.
—Este mundo no ha sido benevolente, pero si muero y vuelvo a nacer, te buscaré.
—Te seguiría a los confines del universo y más allá —replicó Ranpo.
Sus labios se encontraron en un beso breve pero significativo; los pulmones de Poe no permitirían que perdurara más tiempo.
A través de la ventana era posible ver las gotas de lluvia que golpeaban el cristal empañado con la furia que la tormenta había desatado sobre la ciudad, pero en aquel apartamento el frío no llegaba.
La chimenea crepitaba con suavidad y brindaba una iluminación tenue al escenario.
Muchas palabras quedaron marchitas por el paso de los años, pero en esos momentos no era necesario pensar en ellas.
Abrazado a Poe, Ranpo acompañaba al baile con la misma suavidad con la que su pareja lo dirigía al son de una canción lenta y cargada de sentimientos.
El escape a Europa sería al día siguiente.
Desconocían su fortuna, o si la Port Mafia ya había descubierto sus planes, pero si morían... al menos lo harían juntos para volver a encontrarse en una vida distinta, mucho más benevolente que la anterior.
Fin.
