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Casi tres días

Summary:

Los meses habían pasado y nadie tenia noticia de Ash. Se había esfumado completamente, y todos lo daban por muerto.
Todos menos Eiji.
Él, con su vida recuperada en su tierra natal, todavía tenía la esperanza de volvérselo a encontrar sano y salvo, y quizá fueron esos pensamientos y fe casi inquebrantable los que lo mantuvieron vivo y lo trajeron de vuelta, esta vez en Japón.

···El final que merecía esta historia. Su historia···

Notes:

*Espero hacerle justicia*

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

 

     - ¡Cuidado! 

     - ¡Dejen paso!

     - ¡Oh dios mío! ¿Qué ha pasado?

     - Puñalada en el abdomen, doctor. Una empleada de la Biblioteca del Parque Bryant lo encontró desplomado en una de sus mesas y la alertó el charco de sangre que había bajo su silla. Habría llamado antes, pero pensaba que estaba dormido.

     - Está muy pálido. Ha perdido mucha sangre. Necesita una transfusión.

     - ¿De qué tipo?

     - ¡Apártense!

     - ¿No debería aparecer en el registro?

     - No... no sabemos quién es, doctor. No tenía ningún documento de identidad. Sólo tenía esta carta y un billete de avión pero… están un tanto ilegibles por la sangre y… 

     - ¿¡No está siquiera identificado!?

     - ¡A un lado!

     - ¡Traigan 0- entonces! Tiene que haber en las reservas.

     - Sí, doctor. 

     - ¡Lo he encontrado! Es Aslan J. Callenreese. Pero... en el registro aparece como... ¿fallecido?

     - ¡Lo estamos perdiendo!

El ruido caótico que provocaban las voces a su alrededor junto con el traqueteo de las ruedas de la camilla pasando a toda velocidad por los pasillos de baldosas del hospital se fue tornando un eco cada vez más lejano.

Las luces blancas que lo cegaban intermitentemente cuando avanzaba por el corredor fueron sustituidas por una sola y mucho más brillante cuando entró en aquel quirófano del hospital, pero aún ante tanta luminosidad sentía como su visión se iba volviendo más tenue, más borrosa, menos viva.

Y el dolor, que nacía en su abdomen donde lo habían apuñalado y le atravesaba el resto del cuerpo, se iba disolviendo y transformando en una sensación cálida y tranquila a medida que su vida se esfumaba. Sin embargo, éste no se comparaba a la lacerante y desgarradora sensación de estar fallando a alguien importante, a alguien que le había devuelto las ganas de vivir y de seguir luchando, a alguien con el que había hecho una promesa que ahora ya no podrá cumplir.

 

Lo siento, Eiji 

●●●

 

     - Eiji... Tenemos que embarcar ya - dijo Ibe con tono gentil y apenado, pero no se dio cuenta de lo que había dicho hasta que le tocó suavemente el hombro con la mano, despabilándolo de golpe.

Habían llegado al aeropuerto hacía un par de horas, con tiempo suficiente para poder descansar en la cafetería del mismo hasta que escuchasen el anuncio de que su avión había llegado, e ir con calma hasta su correspondiente puerta de embarque. Sin embargo, Eiji, a pesar de no haber dormido mucho ni bien la noche anterior y necesitar, por tanto, una buena taza de café, se rehusó a tomar nada diciendo que no tenía hambre. En su lugar, le había pedido a Ibe que colocara la silla de ruedas en la que iba cerca del control que comunicaba su terminal con el resto del aeropuerto de forma que no molestara a los otros viajeros que iban y venían de sus respectivos vuelos mientras él iba a por su café y hacía algunas últimas compras antes de su viaje, con la esperanza de ver una cabellera rubia caminar con paso apurado entre el gentío, atravesar las barreras y unirse a ellos en su viaje a Japón.

Sin embargo, las dos horas habían pasado y Ash continuaba sin aparecer.

     - Eh… sí. 

Ibe llevó a su pupilo empujando la silla de ruedas por los pasillos del aeropuerto. De vez en cuando, lo veía observar por encima del hombro, volviendo la vista al frente después con el rostro afligido.

Eiji pasó los últimos trámites para subir al avión en silencio, casi haciéndolo de forma inconsciente y automática, y ya en el interior continuó con ese aire solitario, triste y apagado, acomodándose en su asiento girando ligeramente el cuerpo para poder mirar a través de la ventanilla. A su lado, Ibe lo observaba con el rostro cargado de preocupación y culpabilidad, pues sabe perfectamente que él no quería marcharse todavía de Nueva York, sobre todo dejando a Ash allí, pero su vida ya había estado en peligro en demasiadas ocasiones. Esto era lo mejor que podía hacer.

     - Eiji, deberías intentar dormir un poco.

     - Sí. Lo intentaré - contestó de forma completamente apática y sin despegar la vista de la ventana.

Despegaron poco después, y Eiji vio como entre las nubes que sobrevolaban podían percibirse algunos lugares de Nueva York, los cuales no era capaz de diferenciar por encontrarse ya a gran altura. Una gran tristeza lo invadió de golpe y tuvo que desviar la vista, reparando ahora en el asiento vacío que quedaba entre él e Ibe, aquel que habían comprado para Ash. Los ojos se le empañaron un poco y tuvo que cerrarlos con fuerza para contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse.

 

Está bien. Está sano y salvo - trataba de convencerse a sí mismo -. Sí… tiene que estarlo. Por favor, Ash. Sigue luchando.

 

 


 

 

Al borde de un ataque de nervios, Eiji apretaba tanto los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta deportiva que los nudillos se le tornaron blancos. Se encontraba en su campus universitario sentado en uno de los bancos de las instalaciones deportivas, esperando a que los otros atletas de la universidad terminasen con su exhibición y llegase su turno.

Había pasado algo más de medio año desde que llegó de Nueva York, y en ese tiempo había conseguido retomar su rutinaria vida en Japón, aunque al principio le había costado de sobremanera. Había vuelto a asistir a la universidad, recuperado el contacto con sus compañeros de clase y con alguno que otro del instituto, continuado trabajando con Ibe como su asistente, aunque más bien hacía labores de becario por contar con poco tiempo para ello… e incluso había vuelto a entrenar tras superar por fin, y no sin esfuerzo, el trauma que supuso su lesión. De hecho, la vuelta a los entrenamientos había sido tan fructífera que, tras unos cuantos muy buenos resultados en distintas competiciones menores, había llamado la atención de los seleccionadores japoneses y ahora se encontraba ante varios miembros del Comité Olímpico de su nación para ser evaluado directamente por ellos en los saltos que debía realizar y considerar si de verdad merecía formar parte del equipo para las próximas Olimpiadas.

El atleta que iba antes que él, uno que se rifaba el puesto en el equipo de salto de altura,  fue llamado para realizar su exhibición, y Eiji, con el corazón latiéndole todavía más deprisa, ocultó parte del rostro en el interior del cuello de su chaqueta.

Tranquilo, Eiji. Lo harás bien… Solo sigue saltando como estabas haciéndolo y no habrá problema - intentaba razonar consigo mismo en busca de calma - Sólo serán un par de saltos a diferentes alturas. Lo has hecho durante los entrenamientos miles de veces. Lo harás bien.

     - Siguiente: Okumura Eiji.

El escuchar su nombre nunca le había supuesto tal respingo. Se levantó del banco como un resorte, dándole a entender al comité que estaba listo. Mientras se quitaba la chaqueta y agarraba la pértiga, miró a su alrededor. Había más gente que en los entrenamientos normales, y sus gritos de ánimo llenaban las instalaciones deportivas de la universidad. Sin embargo, cada par de ojos que lo miraban desde el público no se comparaba a la intensidad de la propia presencia del comité, que lo observaba de forma evaluadora aun sin haber empezado el salto.

Cuando llegó a la marca desde la que debía empezar la carrera, el clamor fue atenuándose, lo que le permitió concentrarse de mejor manera. Cerró los ojos e inspiró lento y profundo un par de veces para terminar de relajarse mientras movía las manos sobre la pértiga para empuñarla como era debido y realizar un salto satisfactorio.

     - ¡VAMOS, EIJI!

Ese último grito de ánimo rompiendo el silencio en el que se habían convertido los demás le hizo abrir los ojos de golpe. Su mente viajó a toda velocidad a sus días en Estados Unidos - aunque, en cierto modo, sus pensamientos siempre continuaron estando vinculados al país - y al dueño de la voz.

Ash.

Se volteó rápidamente hacia la multitud que ahora lo miraba con extrañeza, pero no distinguió la cabellera dorada que tanto deseaba volver a ver. Lejos de desanimarse por ello, y con los nervios suprimidos del todo, sujetó con firmeza la garrocha y empezó a correr, sonriendo con soberbia, determinación y felicidad, hasta colocar la barra en el foso y realizar sin problemas el salto de 4 metros y medio. 

     - Eiji, buen trabajo - lo felicitó su entrenador ayudándolo a salir de la colchoneta -. Pero tienes que estar más pendiente del tiempo. Sé que sólo es una exhibición y no está reglado, pero el comité lo va tener en cuenta.

     - Sí, lo sé - asintió sin mirarlo, pues tenía otras cosas en mente.

Durante el tiempo de descanso en el que los otros gimnastas realizaban sus exhibiciones, no apartó la vista de los alrededores. Estaba seguro que había escuchado a Ash y tenía que encontrarlo. Hasta que terminase todo no podría hablar con él, pero solo quería verlo. Un par de segundos era suficiente para saber que no fueron imaginaciones suyas y que estaba bien, allí, en Japón.

Los últimos meses no había tenido ninguna noticia del estadounidense. En varias ocasiones había contactado con Sing y Max por si sabían algo, pero siempre recibía una respuesta negativa. Era como si se hubiese esfumado sin dejar rastro alguno...

Pero ahí estaba por fin, ¿no? Lo había escuchado, después de todo.

Realizó sus siguientes cuatro saltos con la misma facilidad que el primero, atendiendo al tiempo como le había dicho su entrenador, y, una vez finalizada la exhibición, el propio comité olímpico acudió a felicitarlo de primera mano, pues los había impresionado, y le dijeron que lo tendrían muy en cuenta para el equipo y que esperase noticias suyas pronto con los detalles. Sintiéndose eufórico, tuvo que reprimirse para no abrazarlos a todos, y estrujó a su entrenador en su lugar, quien no se había separado de él durante la conversación.

     - ¡Ei-chan! - lo saludó Ibe con la mano mientras se acercaba a él cuando se quedó solo. Había acudido a verlo y fotografiarlo como solía hacer, aunque su principal motivo era apoyarlo - ¡Enhorabuena! ¿Qué te dijeron? ¿Vas a ir a las Olimpiadas?

     - Dijeron que me tendrán en cuenta - contestó, sonriente, y a Shunichi le brillaron los ojos de orgullo.

Se abrazaron y comenzaron a charlar animadamente del futuro de atleta de Ash, e incluso hablaron de una entrevista que Ibe quería hacerle de pasar a formar parte del equipo Olímpico, lo que sonrojó a Eiji por la vergüenza que le producía el pensarlo. Varios de sus sus compañeros y algún que otro profesor los interrumpieron en varias ocasiones para felicitarlo también. Las buenas noticias corrían rápido, al parecer.

     - Por cierto - llamó la atención de Ibe cuando se quedaron solos de nuevo -, ¿has visto a Ash? Me pareció oírlo antes de mi primer salto…

     - ¿Ash? - preguntó con extrañeza - ¿Estás seguro?

     - No… por eso te preguntaba. No tuve mucho tiempo para verificarlo yo mismo.

     - Ei-chan… - la mueca apenada que compuso disminuyó un poco la euforia y la emoción de Okumura -. Llegué tarde a tu primer salto, pero… ¿no crees que… te estás equivocando? Ash lleva completamente desaparecido casi ocho meses… ni siquiera Max o la policía de Nueva York saben que ha sido de él. Lo más probable es que…

     - No lo digas - lo interrumpió, sabiendo a donde iba a ir a parar.

Mentiría si dijese que no lo había pensado también durante los últimos meses, pero siempre había encontrado un rayo de esperanza entre el nubarrón que lo convencía de lo contrario. Era Ash,después de todo. Por muy complicado que se lo pusieran, siempre conseguía salir adelante. Ya fuese tarde o temprano, siempre aparecía de nuevo con las mismas energías y mirada incendiaria con las que se fue.

Sin embargo, esta vez no pudo evitar desmoralizarse con la idea de su muerte, pues la concibió más como una realidad que como algo imposible ante el argumento de Ibe.

     - Quizá tengas razón - suspiró con tono triste, decepcionado y desanimado por completo, bajando la cabeza al suelo. Ibe frunció el ceño con preocupación.

     - Lo siento - se disculpó colocando la mano sobre su hombro -. Pero bueno, no nos pongamos tristes ahora. ¡Vas a estar en el equipo olímpico!

     - Todavía no es fijo. Tienen que estudiar a más atletas en otras universidades y clubes… - contestó todavía ligeramente afligido, pero esbozando una pequeña sonrisa tímida.

Continuaron hablando un poco más hasta que Eiji pareció recuperar el ánimo, e incluso llamaron a sus padres para darles la buena noticia, ya no habían podido acudir a la concentración por tener que trabajar.

Con el campus más vacío, Eiji se retiró al vestuario para asearse y, a pesar de que sus amigos le habían mensajeado para ir a celebrarlo a algún bar, declinó la propuesta para poder descansar en casa como era debido. Había sido un día muy largo y con demasiadas emociones, y su cuerpo todavía cargaba con el cansancio de los últimos días en los que había intensificado su entrenamiento para prepararse para ese día. Se había ganado una noche de sofá, palomitas y series.

Las farolas del campus ya estaban encendidas bajo un cielo teñido de naranja cuando salió del vestuario vestido con ropa normal y cargando su uniforme en una mochila a sus espaldas. Refugiando su rostro en el interior del cuello subido de su sudadera para protegerse un poco del viento nocturno, avanzó un poco por el campus sin percatarse de que había alguien esperándolo, apoyado con gesto distraído en la pared.

     - Sin duda sí que sabes volar, Eiji.

A pesar de haberlo dicho con tono quedo, casi convertido en un susurro, Eiji lo escuchó a la perfección. Se detuvo en seco con los ojos muy abiertos. ¿Otra vez su mente le estaba jugando una mala pasada? Comenzó a voltearse lentamente, con su corazón latiendo de forma descontrolada, y su boca se secó de golpe al verlo allí.

Aunque se encontraba parcialmente recortado por la sombra del edificio que se erigía a su espalda, Eiji pudo distinguir como su pelo era suavemente despeinado por la pequeña brisa que lo acariciaba emitiendo tenues destellos dorados reflejados de las luces del campus. Sus preciosos ojos color jade también brillaban, observándole con fijeza, adornando una diminuta y ladeada sonrisa.

Su mente voló de forma fugaz hacia la última vez que se cruzó con ellos, rememorando también todos sus anteriores encuentros como si de un fotograma se tratase. Por aquel entonces, todavía se encontraban en Nueva York, y la mirada que intercambiaron estaba cargada de tristeza, desesperación y de urgencia. Sin embargo, ahora no había rastro de ninguna de esas emociones, sino de las contrarias, y, lo más importante, no estaban en sus recuerdos, sino en la realidad.  En el presente. En Japón.

Aún sintiendo que sus piernas le iban a fallar de un momento a otro, y tras dar un pequeño paso dudoso, dejó caer la mochila y se abalanzó hacia él para abrazarlo.

     - ¡Lo sabía! ¡Sabía que te había escuchado! - gritó mientras se colgaba de su cuello. Ash, feliz y sorprendido por su arrebato, consiguió mantener el equilibrio dando un paso atrás, aunque se le cayó su propia mochila en el intento, y lo estrechó con fuerza contra sí, cerrando los ojos para disfrutar del momento. Cómo lo había añorado.

Permanecieron así un tiempo, Eiji temblando ligeramente entre sollozos mal acallados y Ash acunándolo mientras le acariciaba gentilmente la espalda y con la mejilla apoyada en su cabeza. Todavía tenía el pelo algo húmedo por la ducha, pero no le importaba. Por fin estaba allí. Con él.

     - ¿Por qué tardaste tanto? - se quejó Eiji con mueca infantil una vez se recompuso, con los ojos todavía empañados y sorbiendo por la nariz, a la vez que le propinaba un pequeño puñetazo en el brazo - ¡Me tenías muy preocupado!

     - Lo siento - se disculpó con una tierna sonrisa.

     - ¡Y ni siquiera contactaste! Nadie sabía nada de ti… Creí… creí que...

     - Eso pretendía - se encogió de hombros, ganándose otro golpe del pelinegro por tomarse a la ligera su desasosiego, pero ambos acabaron riéndose -. Pero ya estaba cansado de esconderme. Por eso vine. Siento haberte preocupado, Eiji, y siento haber tardado tanto en dar señales de vida.

Lo abrazó de nuevo, y esta vez el sorprendido fue Okumura. Negó con la cabeza para sacarle importancia frotando la nariz contra su pecho, embriagándose de su aroma por ello, y con una sonrisa en los labios.

     - Oh, ¿estás más alto? - le preguntó cuando se separaron de nuevo, midiendo su altura y la propia con la mano para comprobarlo.

     - Sep.  Y tú sigues siendo un anciano adorable - lo despeinó con la mano y comenzó a caminar hacia el exterior del campus. Eiji se sonrojó ligeramente más por el que lo haya llamado adorable que por el intento de molestarle, y apuró el paso para ponerse a su altura -. Por cierto, ¿de qué iba todo eso? - señaló con la barbilla a las pistas deportivas en las que también se alzaba las instalaciones del salto con pértiga.

     - Pues… digamos que lo hice muy bien en varias competiciones y quizá pase a formar parte del equipo de las Olimpiadas de Japón - respondió con soberbia y emoción en su tono.

     - ¡Felicidades, Eiji! - lo felicitó con un brillo de admiración en los ojos y le rodeó los hombros con el brazo -. Entonces habrá que celebrarlo, ¿no? ¿Qué planes tienes?

     - Ninguno, la verdad. Estoy un poco cansado y pospuse la celebración. Iba a ver películas hasta que me viniera el sueño… pero si quieres vamos tú y yo a tomar algo. El que estés aquí también es motivo de celebración para mí.

     - Nah, no te preocupes - le sacó importancia con un gesto -. Suena perfecto.

Se sonrieron y continuaron caminando hacia un aparcamiento cercano a la universidad donde Eiji había dejado el coche. Mientras el japonés conducía, Ash bromeó recordando la primera vez que lo había llevado en coche, ayudándole a escapar de Charlie y la policía sin siquiera pedirlo. Eiji se sonrojó ligeramente avergonzado al recordarlo, y Ash se rió un poco al respecto.

Continuaron rememorando más cosas que habían sucedido en Estados Unidos mientras cenaban la comida que habían comprado de camino, ya en el piso de Eiji. Por supuesto, omitían los momentos más tristes y crudos de aquel entonces, los cuales eran muchos, pero aún así consiguieron llenar los silencios con nuevas historias y pensamientos que los acompañaron estando juntos en Estados Unidos y desde que se conocían.

Ash volvió a felicitarlo por su exhibición del día cuando mencionó su gran salto en East River. Se había quedado completamente impresionado tanto por la fortaleza que había mostrado en ese momento en el que se encontraban prácticamente entre la espada y la pared, cuando él mismo había dado todo por perdido; como por cómo lo había realizado. Ash también describió sus saltos del día, de cómo lo habían encandilado, haciendo que el japonés se sonrojara de nuevo ante el halago, pero los comentó también animadamente, contándole también como había sido su vuelta a ese mundo.

Hablaron del día en el que Ash le había enseñado a disparar, o por lo menos intentado, en Boston, y de cómo cambió su actitud al respecto desde que vió su pistola el primer día en el que se conocieron hasta que se separaron; de aquel día de paz que consiguieron pasar refugiados en uno de los escondites de Ash tras escaparse de la mansión de Golzine; de su miedo a las calabazas, avergonzándose Ash esta vez, y del intento de celebración de Halloween que hicieran meses después; las clases de japonés que empezaron días antes de irse Eiji y de que algún día tendrían que retomarlas… También recordaron aquel momento íntimo que compartieron en ese primer apartamento, cuando el estadounidense le compartió sus miedos tras la pesadilla, recuerdo que Eiji acompañó acarciándole la mano sobre la mesa mientras sonreía con dulzura, diciéndole como le pareció que se uniera más a él. A Ash le dio un vuelco el corazón mientras miraba su mano y se avergonzaba internamente de haber estado tan vulnerable en ese momento, pero terminó coincidiendo en que los unió más con una sonrisa, para nada arrepentido.

Estuvieron más de dos horas charlando de sus días en Estados Unidos entre risas y sonrojos, y también de su vida actual, aunque solo de la de Eiji, pues cada vez que éste intentaba saber cómo le había ido a Ash esos meses, el americano intentaba desviar la atención hacia otro cuestión. Al principio, Eiji lo pasó por alto, pero en una de esas veces  se le quebró la sonrisa un instante, componiendo una expresión seria acto seguido, pues tenía un mal presentimiento por la razón de aquello.

Antes de que el Ash preguntase qué pasaba, Eiji habló con tono triste y temeroso.

     - Oye, Ash… ¿Todavía no está todo solucionado, no? - apretó los puños sobre la isla de su cocina.

     - ¿A qué te refieres? - se extrañó levantándose de la silla para depositar los platos sucios de la cena en el fregadero a su espaldas, intentando ocultar así su intranquilidad por la pregunta.

     - Lo sabes perfectamente… Sigue… sigue sin ser completamente seguro que estés aquí, ¿verdad? Es que… no sé, supongo que tengo esa sensación. Te noto un tanto preocupado y distante, como si no estuvieses aquí realmente, y siempre cambias de tema cuanto te pregunto por algo relacionado.

     - Ash se detuvo a medio camino de abrir el grifo para empezar a fregar su plato, y Eiji supo que estaba en lo cierto.

Suspirando largamente con los ojos cerrados, el rubio se reprendió a sí mismo por haberse dejado descubrir tan pronto. Tenía pensado contárselo, por lo menos una parte, pero no quería romper el ambiente de paz, complicidad y diversión que habían creado mientras hablaban, además de que no quería preocuparlo en demasía.

     - Está bien. Me has pillado - se volteó para mirarlo, sin ápice alguno de la despreocupación que mostraba momentos antes -. No puedo contártelo todo con detalles. De hecho, cuanto menos sepas, mejor...

     - Ash… - le interrumpió con tono dulce y comprensivo -. No hace falta que me lo digas. Sé que es complicado, así que está bien.

     - Da igual - negó con la cabeza -. No quiero ocultarte nada. Digamos que... - cogió aire - estuve tratando de borrar mi huella del todo, con la ayuda de Blanca, para poder empezar de cero mi vida.

Tras decir eso, y con Eiji casi aguantando la respiración para dejarle hablar, se acomodó apoyado con la espalda sobre la nevera a su lado y los brazos cruzados sobre el pecho. Comenzó contándole el motivo por el que no pudo ir al aeropuerto el día en el que se marchaba e ir con él e Ibe a Japón, aunque sin detallarlo demasiado por la mirada de horror y preocupación con la que el pelinegro le escuchaba. Le explicó cómo consiguió escapar del hospital en el que había acabado ese día, tras recuperarse un poco, con la ayuda del asesino profesional; y como había vivido desde entonces escondido e intentando borrar su rastro. No le confió los métodos que siguió para ello, pues no quería preocuparlo todavía más ni hacerle recordar esa parte de él, pero sí le contó lo horrible que fue el comienzo. Había tenido que estar prácticamente con los ojos vendados hacia el mundo, sin contactar con nadie ni recibir información, con el fin de que todos creyesen que había desaparecido del mapa por completo y eliminar cualquier relación con él y siempre bajo la supervisión y protección de Blanca. Después de todo, él lo había conseguido antes. 

No fue hasta hacía unos meses cuando consiguió alcanzar un nivel de seguridad que le permitió, poco a poco, saber de los suyos, y omitió el hecho de que el primero del que quiso saber fue el propio Eiji, ya que todos y cada uno de los pensamientos que había tenido esos meses estuvieron dedicados a él, a sí estaba a salvo en Japón, cómo le había sentado la vuelta a su casa, si también pensaba en él...

Sin embargo, no buscó nada vinculado con Eiji hasta que se cercioró de que no había pasado nada por alto que lo pudiese poner en peligro otra vez.

     - Hace un par de semanas conseguí por fin la posibilidad de vivir sin ocultarme tanto y moverme más libremente, aunque siempre sin llamar demasiado la atención, así que planeé venir aquí para verte - se volteó para mirarlo, con expresión calmada. Eiji bajó la mirada, avergonzado sin saber muy bien el motivo -. Al principio, a Blanca no le hizo mucha gracia mi idea, después de todo, no quería echar por tierra todo el trabajo de estos meses. Le convencí diciendo que esto es una prueba de que lo que estuvimos haciendo estaba funcionando, y me concedió el capricho - terminó, encogiéndose de hombros. 

Eiji se tomó unos minutos para procesar todo lo que le acababa de contar, con los labios apretados formando una fina línea. 

     - Entonces… ¿cuánto tiempo puedes quedarte? - preguntó tras llegar a la conclusión de que el que estuviese allí no era definitivo.

     - Casi tres días - admitió con un suspiro resignado y apenado -. Tengo el vuelo el martes por la mañana.

     - Bueno - sonrió con picardía tras un rato más en silencio, terminando de procesar todo, y le arrebató el sitio delante del fregadero con un golpe de cadera -, pues no te preocupes que haré que estas vacaciones tuyas merezcan la pena. Venga, vete a dejar tus cosas a mi habitación. Los invitados no friegan los platos.

Lo echó de la cocina con un gesto, y Ash sonrió divertido y aliviado por volver a cómo estaban antes de confiarle aquello, rodando también los ojos. Pensando en que Eiji no tendría que hacer nada especial para que disfrutara de esos días de descanso, pues con estar con él era suficiente, se cargó la mochila al hombro y avanzó por el pasillo hacia las otras dos estancias de la casa, y sonrió de nuevo al descubrir el cuarto de Eiji tras la primera puerta.

Estaba ordenado salvo por la cama que todavía estaba sin hacer, y estaba decorado con posters en las paredes y fotografías en un corcho sobre el escritorio. Dejando a un lado su bolsa, se acercó a él para mirarlas, y el corazón le dio un vuelco al descubrirse en algunas de ellas. No recordaba que se las hubiera sacado, pero le llenó de felicidad que lo considerase alguien tan importante como para estar junto a fotografías con su familia y amigos, e incluso al lado de un reportaje sobre él mismo acerca de alguna competición de salto con pértiga, cómo pudo adivinar por la fotografía que lo acompañaba.

Sobre la mesa había varias hojas de apuntes con garabatos en los bordes, habiendo un pollito dibujado en más de alguna ocasión, y tuvo que reprimir una carcajada ante lo adorable que le pareció aquello. Inspirando una última vez para embriagarse del olor, relajado no solo a nivel físico, se volteó para salir del cuarto e ir a la otra habitación, pues suponía que allí sería donde dormiría, pero allí sólo encontró un baño.

     - Eiji, ¿dónde voy a dormir? - preguntó con extrañeza, asomándose a la cocina.

     - En mi cuarto - contestó secándose las manos con un trapo -. ¿Por… por qué pones esa cara? - frunció el ceño, sin entender por qué sonreía con picardía.

     - Ah, no. Por nada - niega con la cabeza y empieza a caminar hacia él con aire seductor -. Es solo que no me esperaba esto de ti.

     - ¿Esperar el qué….? - la profundidad de su ceño aumentó por la confusión, sin entender de verdad a lo que se refería.

     - Es que… - se apoyó en el marco de la puerta, dejando que el pelo le cayese a un lado acariciando su cuello -. Solo hay una cama… y no sabía que podías llegar a ser tan... indecente 

El color rojo invadió las mejillas de Eiji. Crispado y pudoroso, se dirigió a su cuarto caminando con pisadas fuertes, y Ash bufó para reprimir una carcajada al verlo tan alterado. El japonés se puso de puntillas para coger lo que parecía una manta gruesa de lo alto de su armario, y cuando lo estiró en el suelo descubrió que en realidad se trataba de un futón.

     - Yo aquí. Tú allí - señaló primero lo que acababa de extender y después la cama, todavía algo arrebolado y con tono enfurruñado. Esta vez Ash no pudo ocultar la carcajada. Eiji se cruzó de brazos, desviando la mirada de él, de morros, y añadió en voz baja -. No soy un indecente - al verlo tan adorablemente ofendido, el rubio decidió ponerse serio y dejar de molestarlo.

     - Eiji, no hace falta que duermas en un futón - suspiró -. Es tu propia casa. Dormiré yo en él.

     - Mañana vas a tener que caminar con bastón si lo haces, y si duermes en el sofá otro tanto. Yo ya estoy acostumbrado, no te preocupes - Ash compuso una expresión pensativa. Tenía razón, su espalda no estaba familiarizada con ninguno de ellos y se podría resentir (aunque peores cosas había sufrido), pero tampoco era justo que Eiji tuviese que pasar por eso al día siguiente aunque dijese estar acostumbrado.

     - Tú tampoco vas a dormir aquí - dijo agachándose para recoger el futón -. Por muy invitado que sea, sigue siendo tu casa… La cama es suficientemente grande para los dos, así que…

     - Vaya, vaya. ¿Quién es el indecente ahora? - exclama con tono burlesco y los brazos en jarras -. Seguro que es lo que pretendías desde un principio y has intentado tirarme el muerto a mí para ocultarlo - a Ash casi se le cae el delgado colchón sobre la cabeza al escuchar su acusación. Por suerte para él, su rostro se encontraba fuera del campo se visión de Eiji, por lo que no pudo ver cómo se arrebolaba ligeramente - No lo niegas, ¿eh? - le pinchó con el dedo en las costillas, haciendo que el rubio diese un respingo por las cosquillas.

     - Eiji, para, se va a caer - se revolvió con los brazos todavía en alto sujetando el futón intentando esquivar los nuevos pinchazos de Okumura.

     - Uuuuuh, así que sí, ¿eh? - lo ignoró, apretándole los costados con ambas manos esta vez -. Eres un in-de-cen-te.

Incapaz de contener más las carcajadas, se bajó ambas manos de golpe para intentar cubrirse el lugar donde Eiji continuaba intentando hacerle cosquillas, y consiguió sujetarle de ambas manos. Entre risas, se midieron con la mirada a escasos centímetros de distancia, Eiji intentando liberarse y esquivando el contraataque de Ash, pues lo mantenía sujeto con una sola mano teniendo la otra libre para hacerle cosquillas. Los ruegos de Eiji para que parara una vez logró alcanzar su axila solo acrecentó las ganas de Ash de continuar, riéndose malévolamente.

Entonces, cuando Eiji chocó de espaldas contra el armario todavía abierto, el futón perdió el equilibrio y cayó sobre ambos, cubriendolos con su peso. Sorprendidos y todavía entre risas, se encontraron bajo la delgada colchoneta, distinguiendo el rostro sonriente del otro aun con la sombra que les proporcionaba. Ash estudió el rostro de Eiji, sonrojado y con los ojos llorosos por reírse tanto con su ataque de cosquillas, y, de nuevo, sintió como se relajaba por completo, tanto que su subconsciente tomó el control de su mente y bajó la vista a sus labios, y un fugaz deseo de juntarlos con los propios se apoderó de él.

Sin embargo, antes siquiera de avergonzarse por tener ese tipo de pensamientos, Eiji se abalanzó hacia él y le rodeó la cintura con los brazos, estrechádolo con fuerza contra sí.

     - Me alegra mucho tenerte aquí, Ash - frotó su cara contra el pecho del rubio, en el interior del cual latía con fuerza su corazón. 

     - Y a mí estar aquí - lo abrazó a su vez, cerrando los ojos y apoyando la mejilla contra su cabeza.

Permanecieron así un rato hasta que el calor por estar bajo el futón comenzó a sofocarlos, y se destaparon con rapidez para coger una gran bocanada de aire. Se sonrieron nuevamente y Eiji alargó la mano para peinarle con gentileza, colocando varios mechones detrás de su oreja, ya que había quedado despeinado cuando arrastraron el colchón, y Ash se sonrojó bajando un poco la mirada, a gusto con ese gesto de cariño y todavía avergonzado.

     - Bueno. Recojamos esto de una vez - dijo Eiji sonriente agachándose mientras se arreglaba su propio pelo - tras sacudir la cabeza para centrarse de nuevo, Ash ayudó a Eiji a doblar y colocar el futón en lo alto del armario -. Por cierto, si quieres ducharte o algo puedes. Estás en tu casa.

     - Pues sí. El viaje en avión fue demasiado largo y me sentará bien - se estalló el cuello con las manos, percatándose de lo agarrotado que tenía el cuerpo.

     - Boh, ¿y por qué no lo dijiste antes? - frunció el ceño y empezó a empujarlo por la espalda camino del baño -. Tienes las toallas en el armario, y si quieres puedes poner la ropa a lavar.

Y cerró la puerta del baño, dejando a Ash allí. Se rió por lo bajo y se metió en la ducha tras desvestirse, tomándose su tiempo en ella para destensarse con el agua que se escurría por su cuerpo, y sonrió para sí cuando se empezó a enjabonarse el pelo, pues el champú, con un olor parecido a la manzana, era tal cual el de Eiji.

Salió poco después, todavía con algunas gotas sobre su piel y el pelo húmedo, envuelto en una toalla anudada en la cintura, y se adentró en la habitación de Eiji con toda la tranquilidad del mundo.

     - Eiji, ¿puedes prestarme una camiseta para dormir o algo? Se me olvidó traer el pijama y tengo las camisetas justas para estos días - explicó apoyándose en el marco de la puerta, Eiji se encontraba arreglando la cama, ya con su propio pijama puesto: un nique y un pantalón corto simples, de color blanco y azul respectivamente.

     - Sí, creo que tengo alguna en el armario que te pueda servir. A mi… me… queda grande - la voz se le fue cortando cuando se volteó para mirarlo y encontrarlo de ese modo, al tiempo que el rubor de sus mejillas se iba extendiendo al resto del rostro. Intentó ocultarlo desviando la vista al suelo, pero Ash lo presenció todo a la perfección, componiendo una sonrisa ladina.

     - ¿Hah? ¿Qué ocurre, Eiji? - se contoneó al caminar hacia él, con la toalla bailando a la altura de sus rodillas -. ¿Te gusta lo que ves? - se apartó el pelo de la cara con el mismo aire sensual. El rojo llegó a las orejas de Eiji.

     - S-… No. No es eso - sacudió la cabeza para centrarse, levantándose con los ojos cerrados y caminando hacia el armario -. Es que me acabo de dar cuenta de que estás más moreno. Se te nota por la marca de la camiseta en el brazo - cambió e tema encogiéndose de hombros.

     - Sí. En el sitio en el que estoy el sol da con fuerza y es muy fácil ganar color - se miró los brazos descubrió en ellos la marca de la que hablaba… -. ¿De que te ríes? - preguntó enarcando una ceja cuando escuchó a Eiji reírse por lo bajo mirando en el interior de su armario.

     - De nada - se giró ocultando algo a su espalda, y miró a los ojos de Ash aguantando la risa-. He encontrado el pijama perfecto para ti. Cierra los ojos y levanta las manos. Yo te lo pondré.

Aún sabiendo que se traía algo entre manos, suspiró y le dejó hacer. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo cuando las manos de Eiji rozaron su piel sientiendo sus risitas muy cerca.

     - Ya puedes bajar los brazos, ¡pero no abras los ojos todavía! - Ash lo oyó alejarse y rebuscar algo, y suspiró -. Vale, ya puedes. Estás divino - y rompió en carcajadas mientras le enseñaba la pantalla del móvil. Ash se acercó para poder ver mejor la foto que le acababa de sacar, y Eiji se rió todavía más fuerte cuando lo vió crisparse al darse cuenta de lo que llevaba puesto.

     - Da igual. Me pondré una camiseta de las mías - comenzó a quitarse la camiseta negra que ponía I love pumpkins con letras naranjas, siendo el punto de la “i” una calabaza .

     - ¡No, Ash! - rogó entre risas intentando mantenerle puesta la camiseta -. ¡Si te queda genial!

     - ¡Pero si es horrible! ¿Por qué la tienes, siquiera? ¡Suéltame, Eiji! - se quejó forcejeando con él.

     - ¡Nunca! Déjate la camiseta. ¡La compré para ti!

     - ¿Hah? ¿Por qué me odias? Sabes que definitivamente no me gustan las calabazas - le empujó de la cabeza para apartarlo, pues ahora le abrazaba de la cintura impidiéndole agarrar la camiseta.

     - La vi en una tienda y fue un flechazo. ¡Me recordó a ti!

     - ¿Y no podías relacionarme con otra cosa? ¡Quita, Eiji! Me la voy a sacar.

     - Eso se puede malinterpretar, calabacita indecente .

A Ash no le dio tiempo a sonrojarse, ni por procesar lo que acababa de decir ni por el apelativo con el que lo acababa de llamar, pues ambos cayeron sobre el colchón con una exclamación ahogada, uno encima del otro.

Eiji se recompuso rápidamente y pasó a sujetar las manos de Ash sobre su cabeza para que no intentase quitársela otra vez ni apartarlo. El corazón del rubio dio un vuelco al procesar cómo se encontraban, pero consiguió mantener los nervios y la vergüenza a raya antes de que se apoderasen de su rostro cuando Eiji se apartó una vez se dio cuenta de que ya no iba a poner resistencia.

     - Solo por esta noche, porfi - pidió con tono y expresión infantiles, puchero y ojos de cachorrito incluidos.

     - Está bien - cedió con un suspiro, ligeramente sonrojado e iluminando la cara de Eiji al hacerlo.

Con un suspiro resignado, el estadounidense se levantó de la cama y se agachó frente a su mochila de espaldas al pelinegro para buscar en ella su ropa interior, y Eiji enrojeció al ser consciente de que todo aquello había pasado con Ash desnudo bajo esa toalla, la cual bendijo por mantenerse bien atada con todo el forcejeo. Por suerte, Ash no lo vió ni percibió su nerviosismo cuando se la quitó del todo ya con un calzoncillo puesto.

Se tumbó al lado de Eiji, y ambos se acomodaron arropados por las sábanas. A oscuras, todavía estuvieron hablando y molestándose un poco hasta que el sueño al fin los venció, sintiendo la calidez del otro a su lado al que tanto habían añorado.