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Nada es Para Siempre

Summary:

Bilbo Bolsón tenía una muy pacífica vida hasta que un viejo conocido suyo decidió ponerla de cabeza, y terminó aceptando un trabajo que no es... precisamente su área, y podría terminar costándole más que su acogedor estilo de vida. ¿Quién hubiera pensado que ser el tutor del prepotente sobrino de un amenazador monarca podría ser una aventura tan grande?

Notes:

Bueno, pues esto es una traducción al español de un fanfic que absolutamente adoro llamado Nothing Gold Can Stay, escrito por perkynurples. En verdad es fantástico y hasta me atrevería a decir que es mi libro favorito, así que le pedí a perkynurples permiso a traducirlo y heme aquí.

Chapter 1: Prólogo

Chapter Text

Hay veces en las que Bilbo Bolsón desea fervientemente poder vivir en un agujero; tiempos como estos, en los que llueven perros y gatos, la cafetera está averiada, y su auto en el taller, lo que significa que tendrá que regresar a casa en autobús. Aunque primero debe terminar de calificar esta nueva pila de papeles. Hay una razón por la que hoy decidió quedarse en el trabajo un poco más, aunque no la podría recordar ni aunque su vida dependiera de ello. Oh, sí, probablemente está relacionado con el hecho de que empezó a llover en cuanto terminó su última clase.

Golpeando la mesa con su pluma en un ritmo que intenta y no logra ser más rápido que el constante golpeteo de las gotas de lluvia, exhala entrecortadamente y observa los restos de café en su taza, y lucha contra una difícil decisión: terminar su bebida ahora y permanecer sin café por el resto de la tarde, o dejarlo enfriarse, olvidarlo y quejarse de eso más tarde… Sí, la vida sería definitivamente más fácil si viviera en un agujero.

Nada en mal estado, oh no; lo haría el agujero más cómodo de la historia, con numerosas habitaciones, grandes y suaves sillones y, por supuesto, una despensa. Oh, y una chimenea de verdad, con pisos de madera… Se detiene a si mismo justo a tiempo, su pluma estaba empezando a trazar planos arquitectónicos sobre el ensayo de Becky Higgins… Fantástico, otro ensayo acerca de Bajo la Misma Estrella. ¿Cuántos más han sido, seis en este cuatrimestre? Jamás debió haberlo incluido en la lista. O mejor aún, jamás debiste haber pensado en dar clases de literatura, una pequeña y regañona voz le dice, pero él la ignora fervientemente y se acomoda los anteojos, recargándose en su asiento y sumergiéndose en otro escrito acerca de cómo John Green cambió su vida.

Parece ser que al menos algunas cosas van a su favor, ya que pronto es interrumpido por el teléfono. Extrañamente, es la recepcionista del edificio principal.

“… ¿Sí?”

“¿Profesor Bolsón? Tiene una visita.”

“… ¿Eh? ¿Quién es?”

“… No quiere decirme,” le contesta… ¿Janine? demasiado nerviosa para su agrado, “Dice que es un amigo. Y que es importante.”

“¿Te parece peligroso?”

“No, pues… es viejo. Muy viejo,” la recepcionista le contesta de forma conspiradora, “muy alto. Y usa un sombrero.”

“Un sombrero.”

“¡Sí! ¿Puede venir ahora por favor?”

“Estaré ahí en un momento,” le contesta Bilbo, y frunce el ceño hacía el teléfono cuando la recepcionista cuelga.

No puede recordar a ningún viejo amigo suyo que use un sombrero, pero descubrir qué está pasando definitivamente vence a sus actuales preocupaciones. Y además hay una cafetera en la pequeña cocina del edificio principal ¿no?... Está decidido.

 

 

Hay silencio en los pasillos debido a que la vasta mayoría de lecciones ya han acabado, ha pasado más de un año ya, pero Bilbo aún se maravilla por el hecho de que apenas pasan de las cuatro de la tarde y todos los estudiantes se han ido a casa. Una preparatoria normal, se recuerda, estás en una preparatoria pública normal ahora. No es de ninguna forma un snob, pero sabe que disfrutaba la atmosfera en su anterior lugar de trabajo mucho más, hasta cierto momento…

“¡Bilbo Bolsón! ¡Bueno, mírate!”

Completamente perdido en sus pensamientos, Bilbo llegó al vestíbulo del edificio principal casi sin notarlo, y el hombre esperando en la recepción se levanta del sofá de piel ahí y va hacía él, alargando la mano.

“… Sí, ¿puedo ayudarle?” le dice Bilbo, lanzando una mirada a la recepcionista, que simplemente se encoge de hombros.

“Eso está por verse,” el hombre sonríe, y cuando se quita el sombrero, finalmente lo reconoce.

“… ¿Gandalf? ¿En verdad eres tú?”

… Y al parecer sí lo es, claro que lo es. Ríe con entusiasmo y envuelve la mano de Bilbo con sus dos manos y, pues, ha pasado tanto tiempo que Bilbo apenas puede creerlo. Los recuerdos del Internado Bree llenan su mente de inmediato, los buenos tiempos en que Gandalf (¿Debería, por respeto, llamarlo Profesor Grey? Descarta eso rápidamente) aún era Director.

“¿Qué rayos haces aquí?” le pregunta, genuinamente sorprendido, y Gandalf simplemente ríe un poco más.

“¡Debería preguntarte lo mismo! ¿Es este pequeño infierno la única escuela que te aceptó? Oh, sin ánimos de ofender, señorita” saluda con la mano a la recepcionista, que está increíblemente boquiabierta.

“De hecho, sí,” Bilbo murmura, y Gandalf lo ve con el ceño fruncido, pero sólo consigue aguantar la risa por un instante, y Bilbo sonríe.

“¿Me contarás que estás haciendo aquí si te preparo una taza de café?” le ofrece.

“… Supongo que esta… bella, cómoda y pequeña institución no tiene su propia cafetería” Gandalf se pregunta en voz alta, y Bilbo ríe antes de poder detenerse.

“No, me temo que no tiene,” dice Bilbo, “ven conmigo.”

 

 

Con la cafetera zumbando alegremente en la afortunadamente vacía cocina cerca de los laboratorios de química, Bilbo y Gandalf se sientan en una mesa cerca de la ventana. Bilbo se da cuenta de que la lluvia no parece tan horrible ahora, y siente crecer la emoción de ver a su antiguo jefe y mentor otra vez.

“Sabes,” comenta Gandalf, buscando algo en su elegante maletín de mano, “el que te hayan despedido por ser... ¿Muy rebelde?... no significa que deberías detenerte.

Bilbo frunce el ceño.

“Si estás diciendo que acepté este trabajo porque quise…”

“No, no, para nada. Sé que Saruman se encargó de arruinar todas tus oportunidades laborales posibles con bastante esmero.”

Gandalf lo dice de una forma tan casual, después de todo así es él, y Bilbo está agradablemente sorprendido de que no siente ninguna amargura hacia el asunto, el conocimiento de que estaba haciendo lo correcto al hacer lo que hizo en sus últimos días en Bree siempre fue suficiente. De cierto modo, justo después de que Gandalf renunció y Saruman llegó, supo que las cosas solo podrían empeorar. Le apenó mucho tener que dejar a sus estudiantes de Bree, pero ellos eran la única parte disfrutable de todo el desastre, y la lucha personal que hubiera tenido que resistir para poder quedarse con ellos no hubiera valido la pena… Debería escribir esto alguna vez, y leerlo antes de irse a dormir en los días monótonos como este.

“¿Por qué estás aquí, Gandalf?” pregunta, tal vez un poco más duro de lo que pretendía, pero no parece molestar al anciano, simplemente sonríe alegremente, y saca una carpeta de cuero de su maletín.

“Ah, aquí está” dice, sacando una carpeta de papel y deslizándolo en la mesa hacia Bilbo, “dime, ¿qué tanto sabes de Erebor?”

“… ¿El país?” Bilbo balbucea, abriendo la carpeta, pero cerrándola casi de inmediato al notar el hermoso escudo de armas en la portada.

“Sí, el país,” contesta Gandalf, y cuando Bilbo levanta la vista, lo ve observándolo fijamente. Más tarde, Bilbo piensa que debió haber reconocido en ese entonces el peligroso brillo de emoción en sus ojos.

“Oh, pues…” se aclara la garganta, “es una monarquía de la Europa Central, en algún lugar entre Suiza e Italia, creo. Bastante pequeña.”

“Así es,” Gandalf asiente, “es aproximadamente del tamaño de la capital estadounidense, de no ser por las montañas. Es parte de la Unión Europea, pero aún mantiene su moneda tradicional, me parece que es llamada corona. Su PIB está entre los cinco más altos de Europa. Sufrió un memorable golpe de estado hace diez años, pero ha sido uno de los sitios más políticamente estables desde entonces.”

“Fascinante,” comenta Bilbo, levantándose para preparar el café, “pero ¿por qué me estás diciendo todo esto?... Aún lo tomas con dos de azúcar y sin leche, ¿correcto?”

“Correcto. Y te estoy diciendo todo esto porque puede que haya una oportunidad de trabajo para ti allá.”

Bilbo ríe, no puede evitarlo.

“¿En Erebor? Gandalf, sabes que me encantan las nuevas experiencias, pero no estoy seguro que abandonar toda mi vida aquí y cruzar el mundo califique como una.”

“Oh, me alegra ver que sigues teniendo una inclinación a ser dramático,” Gandalf ríe entre dientes, “¿Me permites recordarte que estamos en Inglaterra? Es un vuelo de tres horas. Y aún no te he dicho en qué consiste el trabajo.”

Bilbo suspira profundamente, coloca las tazas de café en la mesa y se sienta, cruzando los brazos.

“Muy bien,” dice indulgentemente, “cuéntame sobre el trabajo.”

“El rey está buscando un tutor personal para su sobrino, el heredero al trono.”

Por unos silenciosos minutos, Bilbo simplemente lo observa.

“Bueno, eso… no es exactamente mi área,” contesta al final.

“Oh, tonterías. Lee el archivo. El muchacho tiene trece años, y tengo entendido que es bastante encantador y…”

“Gandalf…”

“… y la paga es excelente, déjame decírtelo. Pienso que es una muy buena oportunidad para…”

Gandalf.”

El hombre enmudece, y la pequeña y firme sonrisa en sus labios ahora es un poco odiosa.

“… ¿Por qué yo?” pregunta directamente, “¿Por qué me ofreces esto a mí, entre todas las personas?”

“Simplemente pensé que podrías necesitar algo de… emoción.” Gandalf contesta de forma inocente.

“Tengo bastante emoción, lo creas o no.”

“… En verdad.”

Ese tono es demasiado familiar, y Bilbo se da cuenta de que está frunciendo el ceño cuando se recarga en su asiento y aprieta aún más sus brazos alrededor del cuerpo. Parece ser que no tiene paciencia para el juicio de Gandalf.

“Permíteme decirte que soy bastante feliz aquí,” murmura, mirando por la ventana, porque sabe perfectamente que Gandalf no estará ni de cerca convencido, “la escuela es agradable, así como la ciudad. La… la paga no es exorbitante, pero este trabajo difícilmente hace a alguien rico. Y me gusta. El trabajo. Así que, en conclusión. Me alegra mucho verte otra vez, Gandalf, y la oferta es bastante… generosa, pero me temo que no estoy interesado.”

Cuando por fin se arma de valor y voltea hacia Gandalf, ve que el hombre no está enojado, o entretenido, ni nada parecido o fácil de tratar, no. Simplemente se ve decepcionado y ay, ¿qué hizo Bilbo para merecer esto?

“Bueno, veo que has cambiado, Bilbo Bolsón, y no para bien,” Gandalf le dice llanamente, “recuerdo tiempos en los que no hubieras querido otra cosa que, como has dicho, abandonar tu vida aquí e ir al otro lado del mundo buscando nuevas experiencias.”

Bilbo gime quejumbrosamente, pero al parecer Gandalf aún no ha terminado.

“¡Organizaste un motín estudiantil en una de las mejores diez escuelas del país, por dios!” continúa con un fervor que le da nauseas a Bilbo, “tuviste una librería ilegal en tu oficina, ¿lo recuerdas? Oh sí, sé sobre eso. Saruman fue bastante específico en sus quejas.”

“Sí, y Saruman también fue el que me despidió por eso, y más.”

“¡Y más!”

“Gandalf, por favor.”

El anciano levanta una ceja, y Bilbo se da cuenta de que de alguna forma se estiró e inclinó hacia adelante, las manos en el aire para dar énfasis a su oración. Se retracta rápidamente y Gandalf chasquea la lengua.

“Bueno, me alegra ver que aún tienes algo de agallas” le dice, y Bilbo se sonroja, acomodando los hombros de su largo suéter mientras Gandalf le sonríe amablemente, casi tristemente.

“Odiaría ver como todo esto se desperdicia.”

Se estira para agarrar el misterioso archivo y la mirada de Bilbo inmediatamente se lanza hacía él, con un impulso momentáneo de agarrarlo y quedárselo. Ve que la sonrisa de Gandalf se amplía, y hunde en su silla, suspirando profundamente y frunciendo el ceño ligeramente.

“Al menos déjame invitarte a cenar,” le ofrece Gandalf, y apuntando a la ventana le dice, “tu decisión puede verse influenciada por el hecho de que tengo auto. Odias la lluvia.”

Bilbo resopla.

“… De todas las memorables cosas sobre mí.”

Gandalf sonríe y termina su café, y Bilbo decididamente no observa la punta del suave papel marrón del archivo asomarse tentadoramente de su maletín.

“Sabes,” el hombre dice, levantándose y poniéndose el abrigo, “llueve mucho menos en Erebor, y las temperaturas son definitivamente menos volubles allá que…”

“Detente.”

 

 

Y para sorpresa de Bilbo, se detiene. Tienen una agradable cena en El Dragón Verde, uno de los lugares favoritos de Bilbo, y pasan la tarde poniéndose al corriente con todo lo que ha pasado en los años en que no se han visto. Bilbo se empieza a dar cuenta de la falta de algo extraordinario en su vida cuando Gandalf le cuenta sobre su visita a Perú, su compra de un departamento en Nueva York justo dos semanas antes de enterarse de una nueva excavación en Atenas. Sus antiguos estudiantes (e incluso colegas, Bilbo entre ellos) solían bromear llamándolo Indiana Jones Padre, y en verdad parece que la emoción en su vida nunca acaba. Pero Bilbo no está celoso. Ciertamente está feliz. Desear viajar y conocer el mundo es más como un plan de cinco años. Un plan de diez años. Algo a lo que se dedicará completamente cuando tenga más tiempo, más dinero, una vez instalado en esta posición. Cuando estaba en Bree, él y sus estudiantes iban al extranjero al menos dos veces al año, pero uno no puede tenerlo todo en esta vida, ¿no?

Y está perfectamente feliz con solo asentir a las historias de Gandalf, y se despide de él afectivamente en la puerta de su hogar.

“¿Cuánto tiempo estarás en la ciudad?”

“Me temo que no mucho,” contesta Gandalf, “tengo que volar el viernes.”

“Oh, ¿A dónde?” Bilbo pregunta con educación, revisando el callejón por algún gato callejero tratando de entrar para refugiarse de la lluvia cuando no está viendo.

“Erebor,” dice Gandalf, y cuando Bilbo voltea a verlo, está sonriendo muy inocentemente.

Bilbo odia eso.

“… ¿Enserio?” murmura evasivamente, y luego sonríe nerviosamente, “¿Vas a aceptar ese trabajo?”

“Ciertamente no,” el hombre sonríe, “no, me interesan las montañas. Han descubierto un nuevo yacimiento de Mithril recientemente, y varias pinturas rupestres en ella. ¡Obviamente iré a echar un vistazo!”

“Obviamente…” Bilbo susurra, lleno de sospechas.

Gandalf lo observa, y Bilbo le sostiene la mirada. Bilbo entrecierra los ojos y el otro alza las cejas.

“Yo…” Bilbo empieza a decir.

“Bueno, debería retirarme,” Gandalf lo interrumpe demasiado animado, extendiéndole la mano, “Fue un inmenso placer verte otra vez, Bilbo. Cuídate. ¡Vive un poco!”

“Yo…” Bilbo intenta otra vez, frunciendo el ceño aún más.

Pero la cara de Gandalf está llena de genuina amabilidad, y Bilbo exhala, asiente y estrecha su mano.

“El placer fue mío,” le dice, “Diviértete. Espero que nos veamos otra vez, pronto.”

“¡Ciertamente, ciertamente!”

… Bilbo no puede evitar mirar por encima del hombro cuando entra a su hogar, pero Gandalf ya está entrando a su auto, y Bilbo suspira, y se pasa la mano por el cabello. Está siendo ridículo, por supuesto. Le pidió a Gandalf dejar todo lo del trabajo en el extranjero de lado y eso hizo. La gente hace eso. Es educado. Sí.

 

Encuentra el grueso y lujoso archivo con el plateado y azul escudo de armas entre las carpetas en su mochila unos diez minutos después, y se da cuenta de que ha pasado mucho, mucho tiempo desde la última vez que quiso patear algo con tantas ganas. No le ayuda el haber encontrado una molesta nota rosa con ‘¡Vive un poco!’, y que Gandalf contesta su ‘¡¿Pusiste tu maldito archivo en mis cosas?!’ con un ‘Así es, eso hice.’ y una carita feliz. Bilbo odia las caritas felices.

 

Aun así lee el archivo. Le es imposible no hacerlo, al estar ahí en su mesa sin hacer nada, mientras ve las noticias nocturnas. Le lanza miradas de vez en cuando, hasta que finalmente gime con desdeño y toma sus anteojos.

Inspecciona el escudo de armas primero, es muy hermoso; un águila de color plateado oscuro, en un fondo de un azul intenso, y le recuerda a Bilbo a aquellas oscuras familias reales europeas a las que no prestaba atención en la universidad… ¿Cómo era que se llamaba la familia real en Erebor?... Oh, claro, los Durin, le recuerda la primera página que ve, que contiene un pequeño atajo a la historia familiar en una hermosa caligrafía. Lo ojea y se pregunta qué tan difícil puede ser entender una oferta de trabajo que tiene que ser descrita en… todas estas hojas.

“Esto es ridículo,” murmura mientras pasa las paginas, cada una numerada y que llegan hasta la página setenta y dos.

Pero pronto se da cuenta de lo que está pasando: es el contrato. Un contrato de negocios real, y dolorosamente escrito a mano, con setenta y dos páginas, con… sí, con espacio para una firma al final. ¿Qué diablos espera Gandalf que haga con esto? ¿Firmarlo? Un poco estresado, lanza el archivo al otro lado del cuarto y le manda un mensaje de texto a Gandalf diciendo ‘No hay ninguna forma en que yo haga esto, lo siento.’ y se va a dormir sintiéndose inquieto por alguna razón.

 

 

El siguiente día es horrible, no importa que tanto intente convencerse de lo contrario. La mitad de su clase matutina se ha “olvidado” que era la fecha de entrega de sus ensayos, y tienen el descaro de tratar de adjudicarlo a “estar muy ocupados con todo”. Lo que resulta en Bilbo siendo demasiado duro con ellos y yéndose sintiéndose como un villano. Luego una alumna de primer año empieza a vomitar a la mitad de su lección de Shakespeare, y tiene que esperar a la enfermera con ella a pesar de que hay veinte alumnos desatendidos en el aula, y varios de sus colegas pasan y le ofrecen sus condolencias, y observa a la incesante lluvia por la ventana de la enfermería, y al final se pregunta si por todo esto fue que asistió a Oxford.

Jamás creyó en el destino o en señales que le mostraran hacia donde debía ir su vida. Hacer lo que amaba, poder volver. Estar cómodo siendo quien era, encontrar un trabajo que no fuera tan horrible, ir a la cama a una hora razonable. “Sé tu propio héroe” solía decirle su madre, dios la bendiga. Ella no creía en el aburrimiento, era algo que se producía de no saber que quería uno, eso era lo que solía decirle. “Asegúrate de siempre hacer lo que tú quieres hacer” le decía siempre que él iba a tomar el té con ella. Era brillante, del tipo que uno encontraría en un libro de autoayuda. Y le encantaba dar; y Bilbo siempre la amó por eso.

Ella fue la primera persona a la que le contó de sus preferencias, con dieciséis años y completamente aterrorizado, y en los meses siguientes a eso ella se dedicó a llenarle la cabeza con muchas frases sobre igualdad y valentía y belleza interna, y él de alguna forma se dejó de sentir como alguien raro, y empezó a sentirse como alguien con algo que decir.

Ella se aseguró de que él mantuviera esa idea y luchara hasta llegar a la cima del campo en que se especializaba, y lo hizo sin esfuerzo alguno, tanto así que Bilbo en verdad se sintió como si fuera su propio héroe todo el tiempo.

Lo último que Belladona vio del éxito de su hijo fue cuando consiguió el trabajo en Bree, casi dos años después de obtener su doctorado… Ella sucumbió al cáncer poco después, y Bilbo amargamente piensa que probablemente eso fue lo mejor, así al menos no vio como él pasó de “un brillante futuro para ese muchacho” a “todo ese potencial desperdiciado, que lástima”. Probablemente estaría mortificada al enterarse de que por poco y no lo contratan en la Preparatoria Westfarthing, por estar “sobre-calificado”.

Y de estar ella aquí ahora, viéndolo deprimido por un nuevo montón de mal escritas tareas, probablemente lo golpearía en la cabeza con un trapo de cocina. Probablemente necesita eso. En verdad lo necesita.

 

 

Llega a casa completamente exhausto, cansado de la lluvia y de las personas, y más que nada, cansado de sí mismo. Casi se olvida de coger la correspondencia, y simplemente la lanza al sofá, y se dispone a preparar la cena. El teléfono suena y le toma un segundo pensar en si quiere contestarlo o no, con los huevos friéndose perfectamente, y gruñe al leer el nombre en la contestadora, y piensa bueno, mejor hacerlo ahora.

“… Hola, tía Lobelia.”

“¡Bilbo, tesoro! ¿Cómo estás?”

Su voz es chillona como siempre, con un tono completamente indiferente, y Bilbo sabe que si aguanta más de dos minutos de llamada, tendrá un dolor de cabeza.

“Estoy bien, gracias. ¿Qué puedo hacer por ti?”

“Bueno, te llamo porque… Seguro lo recuerdas.”

Bilbo parpadea y mira por la ventana.

“Estoy seguro de que no, lo siento,” murmura secamente, “¿qué es, entonces?”

“¡La fiesta de cumpleaños!” Lobelia ríe con una intensidad que amenaza con romperle el tímpano a Bilbo, “¡Prímula cumple cuarenta! ¿Tu otra tía? No la has olvidado, ¿o sí?”

Bilbo aleja el teléfono de su oreja mientras Lobelia le obsequia otra de sus risas, las que Bilbo piensa son como uno de los gatos que no deja entrar a su departamento.

“Sí, claro que la recuerdo,” murmura, cuidadosamente operando el sartén con una sola mano, deslizando los huevos a un plato.

“¡Excelente!” Lobelia chilla, “¡este domingo! En verdad esperamos que vengas, no te hemos visto en años. ¡Años!”

“Sí, soy consciente de eso, tía,” le dice, hundiéndose en el sofá y revisando el correo junto a él para matar el tiempo antes de que Lobelia termine.

“¿Te mataría sonar tan siquiera un poco emocionado, tesoro?” le dice, “¡somos familia!”

“Sí, sí, lo siento. Es que mi día no ha sido particularmente brillante, y… seguro entenderás…”

Pero se olvida de lo que iba a decir, pues encuentra un extraño sobre junto a los usuales anuncios y estados de cuenta en el correo. Es largo y blanco, sin ninguna letra o algo que diga que va dirigido a Bilbo. Vagamente registra que Lobelia ha reiniciado su letanía acerca de “valores familiares” y “tiempo de calidad”, y busca entre todo el caos en la mesa un abrecartas. Prestándole un segundo de su atención a Lobelia, se entera de que sus primos pequeños estarían encantados de tocar el piano para él, y él le contesta un indiferente “Sí, sí, adorable”, y deja el teléfono en la mesa. La voz de Lobelia es como el distante zumbido de un insecto molesto, y se dispone a abrir con cuidado el sobre.

Del sobre sale un largo, grueso y lujoso papel doblado, y le toma a Bilbo un segundo, pero luego…

“Oh, tienes que estar bromeando.”

El teléfono se queda callado, y escucha un demandante “… ¡¿Bilbo?!”. Él juguetea con el teléfono en sus manos, de pronto enojado.

“Lo siento, tía Lobelia, pero me temo que tendré que llamarte después. O sabes qué, mejor no. Te veo el domingo. ¿Está bien? Está bien. Adiós.”

Y termina la llamada con un furioso gruñido, y marca un número distinto. Al parecer Gandalf está ocupado con otra llamada, y Bilbo comenta eso con una enojada risa chillona, y escribe un furioso mensaje de texto.

“¡¿Un boleto de avión?!” exclama mientras escribe, “¡¿Enserio?!”

 

 

Simplemente se sienta observándolo por lo que pueden haber sido minutos u horas, recordando que había preparado huevos, y se los traga de un bocado, hasta que, finalmente, el teléfono suena.

“¡Gandalf!” le dice a gritos.

“Hola, mi querido Bilbo.”

“Oh, no me digas ‘Querido’, ¡Me dejaste un maldito boleto de avión en mi buzón!”

“… ¿Eso hice?” Gandalf ríe.

“¡Sí, eso hiciste! ¡Lo estoy viendo en este momento! ¡Un boleto de ida a Erebor, el viernes a las 10am! ¡Ya es martes! Honestamente, ¿qué estabas pensando?”

“… ¿Vas a ir?” le pregunta Gandalf, y Bilbo escucha la maliciosa sonrisa en su voz.

“Voy a… ¿En verdad creíste que empacaría y en dos días tomaría un avión a no-sé-donde por un misterioso trabajo que me ofreciste de la nada?

“Bueno, difícilmente lo llamaría misterioso, y estarías trabajando para la realeza, sabes…”

“¡Pero no lo haré! ¡No trabajaré para la realeza, Gandalf!” Bilbo le grita casi con desesperación, “todo esto es… ¡ridículo! No entiendo porque me escogiste a mí de entre todas las personas, no sé qué has pensado pero en verdad… no soy alguien que abandona todo en un impulso y se va a vivir al otro lado del mundo.

“Ya te dije que es un vuelo corto…”

“Gandalf, detente. ¡Te lo ruego, esto ha llegado muy lejos! Debiste haber buscado en otro lado, y en verdad lo siento pero… ¡Ten un buen día!”

Y con eso, termina la llamada y lanza el teléfono, mirando hacia el techo y gruñendo. Después de un buen rato de echar humo por la rabia, logra calmarse, masajeando el puente de su nariz y decide que está muy irritado para ir a la cama aún, así que trata de arreglar un poco todo este desastre con una buena taza de té.

 

 

Es enfurecedor, piensa mientras la tetera hierve y camina de un lado a otro en su pequeña sala, es injusto. Gandalf apareciendo de repente, interrumpiendo su pacifica vida. ¿Honestamente, quién se cree que es? Se detiene frente a la ventana, con las manos en su espalda, y observa la incesante lluvia caer en el techo del garaje, y ve a dos gatos callejeros acurrucados juntos en una esquina seca cerca de las escaleras hacia el sótano, y logra concentrarse lo suficiente en aquel solemne paisaje hasta que la tetera silba.

Obviamente no necesita esto, se dice mientras enciende el televisor y se cubre con otra manta para combatir el frío, acercando la taza caliente a su pecho. Obviamente. Es feliz, se ha asentado, no se irá a ningún lado. Tiene ese compromiso familiar el domingo, claro...

“Oh, debes estar bromeando,” gruñe entre dientes.

Las noticias vespertinas están transmitiendo un reportaje acerca de Erebor, acerca de la bolsa de valores o algo así, y él resopla y busca a tientas el control remoto, con el fin de cambiar el canal y buscar algún programa de cocina… Eso dura unos diez segundos, pues sus ojos se fijan en el boleto de avión en la mesa, el archivo debajo de este, y decide que no puede pasar nada malo por… pues, ver la televisión, y le pone atención al reportaje.

“-y se espera que aumente el valor de la corona durante el siguiente cuatrimestre. Conmigo está Eric Meyers, Presidente de la rama londinense del Banco Real de Erebor. Señor Meyers, en este año pasado se ha visto un sorprendente incremento en la bolsa de valores. Algunos dicen que Erebor no mantendrá la corona como su divisa por mucho tiempo, pero hasta ahora eso parece ser la única opción lógica…”

Bilbo tiene el mínimo interés en la charla financiera, pero afortunadamente va acompañada por un vídeo de lo que parece ser una declaración oficial del Rey, un hombre vestido de forma elegante, hablando frente a una gran audiencia de políticos y periodistas.

El Rey, Thorin II, habló ayer acerca de la necesidad del país de proteger sus valores históricos, la moneda se ha usado desde el siglo XV, siendo una de las…”

Él es bastante… Real, piensa Bilbo mientras bebe cuidadosamente de su café. Un firme y apuesto rostro, con una barba que solo hace que sus pómulos resalten más, sus penetrantes ojos de un notable color azul y… Bilbo tiene que reírse de lo que está pensando. Obviamente un Rey muy apuesto no es razón suficiente para ir a Erebor. Estira los brazos y bosteza. Sí, se irá a dormir ahora, y lo habrá olvidado todo en la mañana. Oh, cierto, el boleto y el contrato… Dándose cuenta de que no tiene que llegar a trabajar hasta las 11, decide que tratara con todo eso en la mañana, y si sueña con otro lejano país, con montañas y palacios y… realeza moderna, nadie puede culparlo realmente.

 

 

Viéndolo en retrospectiva, jamás será capaz de decir qué exactamente fue lo que lo hizo tomar esa decisión al final. Tal vez estaba perdido desde el momento en que decidió no tirar el boleto de avión y el archivo a la basura y darlo por hecho. Tal vez, y con mayor seguridad, fue la incesante lluvia y la incontable cantidad de charcos con los que logró tropezar en su camino al trabajo. O tal vez fue la culpa de la directora, solicitando su presencia en su oficina y explicándole porque sería conveniente que solo trabajara medio-tiempo el siguiente cuatrimestre, dado que sólo enseña Literatura.

La gota que colmó el vaso pudo haber sido el artículo que leyó la tarde del miércoles, acerca de tres estudiantes de Bree que ganaron un concurso de ensayos y yendo a Francia con su profesor (Bilbo solía ser ese profesor).

Honestamente no lo sabe.

Lo que sí sabe es que la extraña mezcla de miedo, emoción y necio enojo que siente mientras marcha hacia la oficina de la directora el jueves con su renuncia en su demasiado-quieta mano, es algo que no ha sentido desde que hizo lo mismo con un director diferente hace un par de años.

Es el aterrador sentimiento de estar haciendo algo correcto, y saber que no hay marcha atrás. Es tonto, imprudente y horrible. Es liberador. Sabe que nunca volverá a poner un pie en la Preparatoria Westfarthing, y sabe que no logrará ir a la fiesta de cumpleaños el domingo, y sabe que no podrá recoger su auto del taller la siguiente semana, pero no le importa.

Oh, está siendo demasiado egoísta, pero lucha contra cada ataque de pánico que amenaza con abrumarlo aquella tarde, mientras escucha canciones viejas en el pequeño radio de su cocina y empaca todo en las únicas dos maletas que posee. Parece ser que no tiene un buen traje para lo que sea que estén esperando de él. La mayoría de sus corbatas tiene lunares, así como casi todos sus calcetines. No se ha cortado el cabello en semanas, y solo tiene ese par de anteojos grandes, y no hay forma de que pueda llevar todos sus libros… ¿Debería llevar consigo su té favorito? ¿Y los manteles de su madre? Debería llevárselos…

Pasa de la medianoche cuando por fin se deja caer en el sofá, solo para levantarse de un salto para buscar su teléfono y pedir un taxi para la mañana… Listo, ya está. Su destino está literalmente sellado, y siente un ligero temblor en sus manos. Se arrastra a la cama sintiéndose bastante débil, pero no logra conciliar el sueño por horas. Se recuesta sobre su espalda, con la manta hasta el cuello, escuchando a la lluvia que no ha parado por días, y se da cuenta de que probablemente se lamentará de todo esto en un futuro no muy lejano, pero justo ahora y en contra de un mejor juicio, no siente nada más que una pecaminosa emoción.

 

 

La falta de sueño prueba ser un obstáculo cuando mete sus maletas al taxi que ha estado tocando el claxon por los últimos diez minutos, y él se apresura a entrar, temblando de frío y bastante seguro de que ha olvidado al menos una docena de cosas importantes.

“¿Qué?” murmura, sus ojos fijos en su pequeña puerta verde.

“Le pregunte que a dónde” le repite el taxista impacientemente.

“Oh claro, “contesta Bilbo, apretando su cartera con el boleto adentro, “al aeropuerto, por favor.”

 

… Por supuesto que Gandalf lo encuentra justo después de registrarse, viéndose impecable con su abrigo, un sombrero y bufanda que combinan, y su elegante bastón en las manos… Se ve demasiado alegre para el gusto de Bilbo.

“Nunca me había alegrado tanto de ver a alguien, Bilbo Bolsón,” le dice animadamente, guiándolo hacia su puerta, y Bilbo por poco y le gruñe.

“Ahórratelo. Apenas y dormí veinte minutos, y honestamente no tengo idea de que hago aquí. ¡Tú me manipulaste para venir!”

“No hice nada parecido,” Gandalf sonríe, “vamos, ¡será una aventura!”

“Oh sí, brillante,” Bilbo suspira, su única preocupación siendo si tendrá que esperar antes de hundirse en el cómodo asiento del avión y poder intentar dormir.

Pero el pánico y el enojo consigo mismo por haber tomado decisiones tan precipitadas no han logrado entrar en él del todo, así que simplemente se talla los ojos y se apresura en alcanzar la larga marcha de Gandalf, logrando sonreír torcidamente cuando el hombre le sonríe.

“Te irá bien, ya verás,” le dice Gandalf, “¡Será el mejor momento de tu vida!”

Bilbo suspira profundamente.

“Está bien,” le contesta, “solo prométeme que no lloverá en Erebor.”