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Language:
Español
Stats:
Published:
2020-01-02
Completed:
2020-01-02
Words:
10,545
Chapters:
5/5
Comments:
1
Kudos:
9
Bookmarks:
1
Hits:
81

Red Thread.

Summary:

Reita es un vampiro de 129 años cuyo hobby es buscar el otro extremo de su hilo rojo, pero la vida se empeña en decirle que esto del amor no es para él.

Chapter 1: Kai.

Chapter Text

Para alguien como yo, de 129 años, ya era difícil sorprenderse o encontrar una nueva actividad que me hiciera divertirme o no sentirme tan muerto. Es por eso que hace un tiempo había tomado el hobby de perseguir aquel hilo rojo que colgaba de mi dedo desde hace unos 36 años.

Al principio no sabía que era, un día simplemente desperté y el hilo estaba atado a mi dedo meñique de la mano izquierda. Pensé que era un broma de alguno de los demás vampiros, pero cuando intenté quitarlo el hilo desaparecía y volvía a formarse una vez lo dejaba.

Busqué información con viejos sabios y filósofos que me contaron las leyendas del hilo rojo del destino, aquel que te une con tu alma gemela.

Cuando estuve en soledad reí, pues era algo bastante cruel saber que, si nunca me hubieran convertido en lo que soy ahora, jamás habría conocido a mi otra mitad. No es que tuviera ganas de hacerlo en aquel momento, pero los años pasaban y me sentía cada vez más sólo, mis conocidos y amigos perecieron, el tiempo transcurría sin hacer mella físicamente en mi, pero mentalmente me destrozaba de a poco.

Así que un día tomé mis cosas y emprendí un viaje por el mundo en busca de mi alma gemela, aquella que supuestamente me haría sentir vivo otra vez, completo, ese que me acompañaría por el resto de la eternidad si así lo deseaba. Viajé durante años, grandes distancias en carretas y tramos aún más largos en barco, hasta que mi búsqueda me llevó a un pequeño pueblo de Inglaterra.

Era un bonito lugar, de gente amable, pero de mente muy cerrada y volcada directamente a la religión cristiana. Todos los domingos la gente se aglomeraba en la iglesia a las afueras del pueblo para dedicarle unas plegarias aquel ser omnipotente que nadie conocía.

Mi religión era distinta, por lo que realmente aquel lugar no me atraía para nada, además de que si tuviera que hablar con Dios, tendría una seria discusión con él por haberme condenado a una vida de eterna soledad, aunque sí había un Dios, también tendría que agradecerle por darme mi hilo, por mostrarme que si había un camino por recorrer con un precioso tesoro al final.

Como dije, aquel lugar no me atraía para nada, pero era el único lugar al que podía ir por las noches a pasar el tiempo, ver a unos cuantos peregrinos e incluso hablar con ellos mientras estaban concentrados en sus rezos, sin notar realmente mi aspecto, ligeramente, diferente al resto. Era vigorizante conocer a gente nueva, hasta que lo vi.

Mi hilo se acortó cuando se acercó a mí y subió hasta su dedo meñique donde brilló más rojo que nunca. Lo miré a los ojos y casi podía sentir que mi corazón volvía a latir. La respiración se me aceleró y si no fuera porque mi flujo sanguíneo ya no existía más, mis mejillas se habrían sonrojado.

En esa iglesia conocí a Yutaka Tanabe, un inglés de ascendencia japonesa, cuyo nombre cristiano era Kai. Si Dios existía, tenía un sentido del humor bastante retorcido. Kai era el sacerdote de aquel lugar, una persona pura y devota cuyo único amor era su fe.

Y él lo notó. Mi piel exageradamente pálida, mis ojeras, mis orejas ligeramente puntiagudas, mis ojos que cambiaban de color cuando el hambre se hacía presente y mis colmillos anormales.

Estábamos solos y él no sabía como reaccionar, me había visto un par de veces en ese lugar y no sabía si estaba realmente en peligro y le aseguré que no.

—No deberías estar aquí.— me hizo saber. Yo sólo sonreí.

—Las noches son aburridas, sin muchas actividades para alguien como yo. Aún no tengo el dinero para comprar libros nuevos que me entretengan. Este lugar es callado y con algunas personas ocasionales, suficiente como para mantenerme ocupado observandolos y aprendiendo.

—Esta es gente de bien, espero que no cruce por tu mente dañarlos.

—Por favor, padre, me ofende. Soy un vampiro, sí, pero no daño humanos, no está dentro de mis costumbres. Crecí y me formé como una persona completamente normal, pero la vida puso este obstáculo en mi camino. Los animales son mi alimento y las personas mis compañeros eternos.

Kai sólo guardó silencio un momento antes de retirarse.

Desde aquel momento la iglesia se convirtió en mi lugar favorito durante las noches. Había reunido el dinero suficiente como para comprar un par de libros que leía mientras las demás personas rezaban y Kai mantenía encendidos los inciensos. Era un lugar tan calmo que sólo se escuchaban los pasos de Kai, de las personas que arribaban o dejaban el lugar con la conciencia más limpia.

—¿Por qué has venido a Inglaterra?

Y en ocasiones raras, Kai tomaba asiento a mi lado y hablaba conmigo. Cerré mi libro, no sin antes marcar la página en la que había quedado y dirigí mi amable mirada hacía el sacerdote, dedicándole una afable sonrisa.

—Vine en busca de alguien importante.

—¿Y la encontraste?

—Sí.

Me había dado cuenta también, que Kai no podía ver nuestro vínculo, tal vez sentirlo, pero no estar consciente de este.

Muchas noches tuvimos pequeñas charlas como estas, cortadas abruptamente cuando Kai caía en cuenta de lo mucho que me observaba, de cuando su mirada se detenía especialmente en mis labios y nuestros cuerpos acortaban cada vez más la distancia. Podía escuchar su respiración acelerada, su corazón latir como loco y los murmullos donde pedía perdón a Dios por sus pensamientos impuros para conmigo.

Y a pesar de que le dolía, a pesar de que deseaba mantenerse fuerte ante la tentación, terminaba a mi lado, hablando conmigo, acortando la distancia cada vez más. Primero sólo habían pequeños roces entre nuestros hombros y dedos, luego, cuando nadie observaba, sujetabamos nuestras manos con firmeza, entrelazando nuestros dedos. Me gustaba especialmente ese contacto y ver la diferencia entre ambas me arrancaba una sonrisa.

Hasta que lo inevitable pasó. En una inusual noche desierta, sus labios y los mios chocaron entre sí, lento, como reconociéndose, probando. Sentí una descarga recorrer mi cuerpo y sé que Kai sintió lo mismo por el escalofrío que tuvo. Y mientras nos besabamos lloró. A pesar de que intenté decirle que no hacíamos nada malo, aún si intenté calmarlo, sólo podía llorar y pedir perdón entre susurros aquel ser omnipotente que había jurado fidelidad de por vida.

Aunque su culpabilidad era grande, no lo fue más que el deseo y aquellos encuentros se repitieron, nuestras bocas ya se conocían por completo e incluso nuestros cuerpos se encontraron en más de una ocasión, ocultos en aquella iglesia, bajo los ojos de aquella figura a la que, luego, mi alma gemela pedía perdón, incluso si eso significaba dañarse a sí mismo. Lo sabía. En nuestras noches de pasión había visto las marcas de flagelación en su espalda. Él odiaba lo que hacía, pero seguía de todas formas, pero lloraba porque no podía entender que era lo que le unía inevitablemente a mi, a pesar de que yo le había dicho que estábamos conectados, de que era el destino, que él no podía verlo, pero estábamos atados por el hilo rojo. No me creyó, como era de esperar, así que las dudas seguían rondando por su cabeza e incluso me culpó un par de veces de haber utilizado mis poderes contra él. Aún así, volvía a mis brazos, a mis labios y al calor que decía sentir cuando nuestros cuerpos chocaban entre sí.

Era demasiado para Kai, su cabeza era un tornado la mayor parte del tiempo, por lo que no me sorprendió una noche encontrar su cuerpo colgando de una de las maderas que sujetaban el techo de la habitación que utilizaba dentro de la iglesia. No era una sorpresa, pero sí dolió como mil demonios, como si me hubieran asesinado otra vez, como si algo se me hubiera arrebatado dentro de mi.

Lo bajé con cuidado y lo sostuve entre mis brazos y lloré, lloré como no lo había hecho en décadas, lloré con desesperación, grité con dolor y maldije a ese ser de mierda al que Kai le había entregado su vida.

Vi su cuello herido por la cuerda y su rostro azul por la falta de oxígeno y estuve tentado a morder su cuello, a traerlo de vuelta a mi lado, a llevarmelo para que nunca más tuviera que sentirse culpable. Mis colmillos estaban rozando su fina y lastimada piel, pero me detuve. ¿Quién era yo para ir en contra de su voluntad? ¿Quién me creía para seguir causándole penas, esta vez, eternamente? Kai había decidido que nuestro amor era algo erróneo, sucio y cómo disculpas entregó su vida, se entregó a un castigo incierto. Él decidió apartarse de mí de la única forma que conocía.

Tomé su cuerpo y lo enterré en el jardín de la iglesia, rodeado de todo aquello que amaba, todo lo que le daba paz y lo dejé descansar, observando como el extremo de mi hilo desaparecía bajo tierra y adquiría un tono más opaco. Un rojo apagado, demostrando que nuestro lazo se estaba disolviendo, o eso pensaba, pues el hilo jamás desapareció.