Chapter Text
Si nacías alfa, merecías éxito.
Si nacías omega había dos ramas de pensamiento distintas: o eras visto como algo valioso que merecía de un trato especial, o como un objeto cuya única tarea era satisfacer los deseos de los alfas.
Virgil había tenido la mala suerte de nacer en un entorno donde era la segunda ideología la que regía. Apenas se presentó como omega sus padres tomaron la decisión de abandonarlo a su suerte. ¿Por qué querrían cargar con una decepción como él? No era nada. No tenía ningún valor. Había nacido para ser utilizado para el placer de otros, sin libertad, sin opción. Estaba condenado.
Ser un omega no podía traer nada bueno.
Sin muchas opciones, Virgil se dirigió a un basurero alejado de las calles bulliciosas para descansar. Sus opciones se limitaban a tratar de vivir por su cuenta entre la basura y los desperdicios de la sociedad —él era sólo uno más— o recurrir a las zonas bajas y vender su cuerpo para al menos poder obtener comida y sobrevivir. Incluso si trataba de seguir la primera opción en algún momento tendría su celo, dejándolo a merced de cualquier alfa.
Sólo pospondría lo inevitable. Estar a merced de los alfas y vivir como un objeto de placer.
—No quiero eso —murmuró para sí, abrazando sus rodillas.
El lugar olía a comida podrida y suciedad. Un asco. Al menos prefería eso a quedarse expuesto en alguna banqueta o parque. Saber que nadie pasaría por ahí lo hacía sentir algo de seguridad, una ilusión frágil que al menos le permitiría relajarse un poco. Sólo pasaría esa noche en el vertedero, cuando amaneciera podría intentar buscar un lugar más cómodo y agradable en el cual pasar el resto de su miserable existencia.
Se estremeció.
Además de la ropa que estaba usando no tenía nada. Al menos debió haberse puesto una sudadera, las noches eran especialmente frías en esa época del año. Apegó más sus piernas a su pecho para tratar de mantener más el calor hasta que algo negro fue lanzado delante de él. Un trozo de tela. Una sudadera.
—Lo necesitarás.
Virgil dio un brinco al escuchar la voz.
La persona parecía haber estado en el vertedero desde antes que él llegara. Pasó saliva tratando de encontrar con la mirada el origen de la voz, ¿cómo no notó antes que no estaba solo? Como si pudiera sentir su miedo el extraño salió detrás de un contenedor de metálico, los brazos en alto con la intención de tranquilizarlo. Usaba un sombrero desgastado ligeramente inclinado, un par de pasos más y Virgil notó que era un vano intento de cubrir las cicatrices que estaban en un lado de su rostro.
Un poco más cerca y pudo distinguir el aroma a omega.
—¿Eres…? —comenzó a preguntar como si no creyera en su olfato.
El contrario sonrió.
—El resto los deshecha y ellos se reúnen, ¿no? Soy Deceit. Puedes decirme Dee.
—Virgil.
—¿Puedo llamarte Virge?
Asintió mientras relajaba un poco su postura.
—No la necesito —señaló a la sudadera.
Deceit arqueó una de sus cejas como si no le creyera. Levantó la sudadera del suelo y tras darle una mirada más volvió a ofrecércela a Virgil.
—No, no la necesitas, como tampoco hace frío.
La mirada del otro pasó de la sudadera en el suelo al modo en que Virgil se abrazaba así mismo. Hundiéndose un poco de hombros optó por ponérsela. Tenía frío y no desperdiciaría la oportunidad de tener una capa extra sobre él. Deceit pareció satisfecho por ello.
—Hace tiempo que esperaba que alguien más viniera.
—¿En serio?
Meneó la cabeza.
—No me hagas mucho caso. La mitad de las cosas que digo no son ciertas. Es un mal hábito —aclaró.
—Eso suena complicado —murmuró.
Deceit sonrió.
—Lo es.
