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—¿Puedo tomar su nombre?
Las mejillas del chico se sonrojaron ligeramente cuando se dio cuenta de su error.
Aclaró un poco su garganta y pareció tratar de ocultarse detrás de los mechones de cabello que tenía sobre el rostro antes de corregirse. Su mirada clavada en algún punto al otro lado de la cafetería:
—Su orden. ¿Puedo tomar su orden?
Yin Yu fingió no haber escuchado el desliz inicial, dirigiéndole una sonrisa relajante al empleado.
—Un capuchino —dijo—. Para llevar.
Pudo ver una ligera decepción en el rostro del otro cuando agregó lo último, pero trató de convencerse en que fue su imaginación.
—¿Puede darme su nombre? —preguntó, e inmediatamente agregó—: ¡Para el café! Capuchino. Y llamarlo cuando esté preparado.
—Yin Yu —respondió manteniendo su amable sonrisa.
—Soy Quan Yizhen —se presentó el otro, y como si recordara recién lo que se suponía debía hacer, anotó en el vaso los caracteres de su nombre—. ¿Quiere que le ponga su número?
Yin Yu arqueó una ceja.
Otra vez el empleado se sonrojó antes de corregirse.
—Canela. ¿Quiere que le ponga canela? Al capuchino.
Después de eso el empleado, Yizhen, se concentró en preparar su bebida. No le dijo nada más que un «espero te guste» cuando le entregó el vaso. Casi podía jurar verlo abofetearse cuando salió de la cafetería, como si recién saliera de un trance y notara lo extraño que se había comportado.
Era de cierta forma adorable.
Por más que lo intentó, no pudo evitar sonreír en la forma en la que el menor había reaccionado por él. No es como si fuera una persona realmente atractiva que pudiera presumir de la frecuencia con la que eso ocurría, así que ese breve encuentro hizo que el resto de su día fuera más tolerable.
Cuando Yin Yu ingresó a la cafetería la mañana siguiente no se sorprendió de ver al mismo chico de cabello rizado en el mostrador. Yizhen. Tuvo la esperanza de que el otro no lo reconociera vestido con ropa casual, pero ésta murió apenas llegó su turno.
—¿Un capuchino para llevar?
Antes de mudarse solía ir siempre a una cafetería en particular, y aunque pidiera lo mismo cada día, las personas que trabajaban ahí nunca parecían recordar su orden o recordarlo siquiera a él. Por años se había descrito como una persona fácil de olvidar, así que una parte dentro de él se sintió feliz de que no fuera así para ese empleado.
—De hecho, será para aquí.
Nunca admitiría que disfrutó del modo en que el empleado pareció saltar emocionado en su lugar.
—Puede tomar asiento, se lo llevaré cuando esté preparado.
Obedeciendo a la indicación, Yin Yu trató de centrarse en la lectura mientras su bebida era preparado, tratando de ignorar las miradas nada discretas que el otro le lanzaba de vez en cuando. Se sentía realmente extraño tener a otra persona interesada en él, más aún considerando que nunca antes habían hablado de un modo propiamente debido, pero no negaría que sentía cierto interés.
El empleado se acercó a él antes de lo que imaginó. Sus manos temblaban ligeramente mientras llevaba la bandeja con su capuchino y una rebanada de pastel que no recordaba haber pedido. Por supuesto que no se le permitió hacer otra cosa además de aceptarla.
—Ayer preguntaste por mi número, ¿no? —dijo antes de que el otro se marchara de regreso al mostrador. Esperaba que su rostro pareciera más confiado y relajado de lo que realmente se sentía mientras hablaba—. ¿Aún lo necesitas?
Yizhen pareció armarse de valor porque en ese momento se paró lo más recto posible, poniendo una expresión de total seriedad. Consiguió incomodar ligeramente a Yin Yu por haber tratado de sonar frívolo.
—Por favor.
Decidió anotar su número en una servilleta y entregárselo al otro quien incluso hizo una pequeña reverencia antes de alejarse. Él hubiera jurado que lo vio teclear su número en su teléfono detrás del mostrador, registrando su contacto, pero estaba lo suficientemente preocupado por lo que acababa de hacer como para admirar la forma en la que Yizhen se balanceaba en su lugar por la emoción.
Si algo salía mal siempre podría dejar de ir a esa cafetería.
Claro que eso nunca sucedió, e ir más de una vez al día se convirtió en su rutina diaria hasta que Yizhen le preguntara apropiadamente por una cita, y ambos coincidieran en una gran cantidad de gustos e intereses como para continuar viéndose sin mayor excusa que el placer de hacerlo.
