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Harry is Harriet

Summary:

-¿Soy una bruja?-

 

"Te tratan como una serpiente enroscada a punto de atacar"

La historia que todos conocemos pero con Harry siendo niña.
Abra cambios significativos en la historia.
TODOS LOS PERSONAJES ASÍ COMO EL MUNDO MÁGICO SON PROPIEDAD DE J.K ROWGLING.

Notes:

Ho! Otro trabajo traido para ustedes.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Capitulo 1

Chapter Text

La niña que vivió.

El grito de James Provino del piso inferior provocando que su pecho doliera. Pero ella debía mantener a salvo a su pequeña, las runas estaban alrededor de ellas escritas con su propia sangre. Lily seguía repitiendo una y otra vez los cantos.

-Mamá te ama, papá te ama. Harriet cuídate, se buena niña, se valiente, se fuerte, se inteligente- antes de que la puerta se rompiera coloco un beso en la frente de su niña.

-Muévete- una voz fría sonó tras ellas, y Lilly se irguió ocultando a su pequeña en la cuna.

-Tenga piedad, por favor. No dañe a Harriet.- suplico la mujer encarando los ojos rojos de aquel hombre que mató a James y que tomaría su vida.

-Muévete niña, no necesito matarte- repitió el hombre con voz fría e iría.

-No Harriet, por favor. Mátame a mí en su lugar, a Harriet no, por favor. No mate a Harriet- repitió la mujer sin moverse ni un centímetro.

El hombre de ojos rojos rió fríamente lanzando la maldición asesina; el cuerpo de Lily cayó en el suelo mientras que Harriet veía todo con ojos llorosos.

La niña lloro al ver aquellos ojos rojos llenos de maldad alzándose sobre ella, una luz verde golpeo en su frente y después ya no hubo más.



El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros. Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso. La señora Dursley era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos. Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.

Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter.

La señora Potter era hermana de la señora Dursley, pero no se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Dursley fingía que no tenía hermana, porque su hermana y su marido, un completo inútil, eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar.

Los Dursley se estremecían al pensar qué dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. Sabían que los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo había visto. El niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se juntara con un niño como aquél.

El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.

Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.

A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora
Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes . «Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número 4.

El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, esa mañana habría costado concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras que las aves desfilaban una tras otra. La mayoría de las personas que no habían visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin embargo, el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas.

Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy buen humor hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la panadería que estaba en la acera de enfrente.

-Los Potter, eso es, eso es lo que he oído ...

-Sí, su hija, Harriet ...

El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo. Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba ... No, se estaba comportando como un estúpido. Potter no era un apellido tan especial. Estaba seguro de que había muchísimas personas que se llamaban Potter y que tenían una hija y para empezar según tenía entendido era un niño, aunque nunca se tomó la molestia de saber el género y nombre de la criatura. Bueno eso era, no preocuparía a Petunia por esto, ella siempre se ponía mal cuando se mencionaba a su hermana. Y no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera tenido una hermana así ...! Pero de todos modos, aquella gente de la capa ...

 


La mañana llegó y con ello la rutina de Petunia Dursley, pero la mujer nunca imaginó que ese día su rutina fuera interrumpida por una pequeña bebé que lloraba en la puerta de su casa junto con una carta en pergamino, la señora Dursley reconoció el sobre así como la firma y sus finos labios palidecieron.

Cuando su esposo el señor Dursley escuchó el llanto del bebé entró a la cocina con el ceño fruncido cargando al pequeño Dudley.


Basta decir que tuvieron una agitada conversación con respecto al bebé, mientras Dudley jalaba sus rizos oscuros. Al final Harriet Potter se unió a la familia Dursley ganando un lugar en la alacena, tres pequeñas porciones por día y los pellizcos y jalones de su primo.

-Debemos quedarnos con ella,  Vernon. Ellos sabrán si no lo hacemos. Imagina lo que harían si la dejamos tirada en algún lugar- había dicho la Señora Dursley antes de que su esposo se fuera a trabajar.




El vidrio que desaparece.

Habían pasado aproximadamente diez años desde el día en que los Dursley se despertaron y encontraron a su sobrina en la puerta de entrada, pero Privet Drive no había cambiado en absoluto. El sol se elevaba en los mismos jardines, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y avanzaba en su salón.

Las fotos de la repisa de la chimenea eran testimonio del tiempo que había pasado. Diez años antes, había una gran cantidad de retratos de lo que parecía una gran pelota rosada con gorros de diferentes colores, pero Dudley Dursley ya no era un niño pequeño, y en aquel momento las fotos mostraban a un chico grande y rubio montando su primera bicicleta, en un carrusel en la feria, jugando con su padre en el ordenador, besado y abrazado por su madre ... La habitación no ofrecía señales de que allí viviera otro niño. Sin embargo, Harriet Potter estaba todavía allí, durmiendo en aquel momento, aunque no por mucho tiempo.

-¡Arriba! ¡A levantarse! ¡Ahora! -

Harriet se despertó con un sobresalto por la voz de su tía, el primer sonido que escuchaba todas las mañanas. Su tía llamó otra vez a la puerta.

-¡Arriba! -chilló de nuevo.

Harriet oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra el fogón. La niña se dio la vuelta y trató de recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto que volaba, había soñado lo mismo anteriormente.

Su tía volvió a la puerta. -¿Ya estás levantada? -sable de quiso.

-Casi -respondió Harriet

-Bueno, date prisa, quiero que vigiles el beicon. Y no te atrevas a dejar que se queme. Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy.-

Harriet gimió.

-¿Qué ha dicho? -gritó con ira desde el otro lado de la puerta.

-Nada, nada ...-

"El cumpleaños de Dudley ... ¿cómo había podido olvidarlo?"

Harriet se levantó lentamente y comenzó a buscar sus mallas. Encontró un par debajo de la cama y, después de sacar una araña de uno, se los puso. Harriet estaba acostumbrada a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas, y allí era donde dormía. Así que cuando las otras niñas del colegio gritaban por algún insecto ella simplemente tomaba al pequeño animal y lo lanzaba lejos para que no lo lastimaran, no le ganaba el afecto de las niñas ser tan "Masculina" pero eso le tenía sin cuidado.

Cuando estuvo vestida, con un viejo vestido naranja, tomo su viejo delantal gris que colgaba de la puerta de su alacena y se lo ato, aun cuando odiaba el color de su vestido no deseaba arruinarlo. Salió al recibidor y entró en la cocina. La mesa estaba casi cubierta por los regalos de cumpleaños de Dudley.

Parecía que éste había conseguido el ordenador nuevo que quería, por no mencionar el segundo televisor y la bicicleta de carreras. La razón exacta por la que Dudley podía querer una bicicleta era un misterio para Harriet, ya que Dudley estaba muy gordo y aborrecía el ejercicio, excepto si conllevaba pegar a alguien, por supuesto.

Pero la actividad favorita de Dudley era molestarla, jalar su corto cabello rizado o meterle el pie para que cayera, perseguirla con sus amigotes en el juego de "cazar a Harriet" y después llenarla de barro, no era muy común que eso pasara ya que Harriet era muy rápida y buena en escapar del gordo de su primo y compañía.

Tal vez tenía algo que ver con eso de vivir en una oscura alacena, pero Harriet parecía una muñeca. Pequeña para su edad, delgada y con la piel blanca como leche. Harriet tenía un rostro delgado aunque sus pómulos eran finos, su nariz era pequeña rodeada, labios rosas y carnosos, rodillas huesudas, cabello negro corto y ojos de color verde brillante. Además tenía una pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago. La tenía desde que podía acordarse, y lo primero que recordaba haber preguntado a su tía Petunia era cómo se la había hecho.

<<En el accidente de coche donde tus padres murieron >>había dicho<<Y no hagas preguntas>>

«No hagas preguntas»: ésa era la primera regla que se debía observar si se quería vivir una vida tranquila con los Dursley.

Tío Vernon entró a la cocina cuando Harriet estaba dando la vuelta al tocino.

-¡Péinate! -bramó como saludo matinal.

Harriet intento no rodar los ojos ante aquello, vamos era la niña con el cabello más corto de su clase, las demás llevaban su cabello en coletas, trenzas, suelto o de alguna manera peinado, pero ella solo necesitaba pasar el cepillo tres veces y listo, no que su cabello se quedaran en su sitio, el cabello de Harriet crecía para todos lados y su tía siempre cortaba su cabello cuando pasaba de su nuca.

Oculto el mal sabor que le producía ser la niña extraña del colegio y se concentró en el beicon, Harriet era una linda niña, al menos eso le decía la señora Figg, una anciana que vivía cerca de Privet Drive, pero el hecho de usar ropa vieja obtenida de la caridad o de segunda mano que en ocasiones le quedaba demasiado grande y de tener el cabello igual de corto que un chico no le ganaba muchas amigas, de hecho Harriet no tenía un solo amigo.

Harriet estaba friendo los huevos cuando Dudley llegó a la cocina con su madre. Dudley se parecía mucho a tío Vernon. Tenía una cara grande y rosada, poco cuello, ojos pequeños de un tono azul acuoso, y abundante pelo rubio que cubría su cabeza gorda. Tía Petunia decía a menudo que Dudley parecía un angelito. Harriet decía a menudo que Dudley parecía un cerdo con peluca.

Harriet puso sobre la mesa los platos con huevos y beicon, lo que era difícil porque había poco espacio. Entretanto, Dudley contaba sus regalos. Su cara se ensombreció.

-Treinta y seis -dijo, mirando a su madre y a su padre-. Dos menos que el año pasado-

-Querido, no has contado el regalo de tía Marge. Mira, está debajo de este grande de mamá y papá.-

-Muy bien, treinta y siete entonces -dijo Dudley, poniéndose rojo.

Harriet, que podía ver venir un gran berrinche de Dudley, comenzó a comerse el beicon lo más rápido posible, por si volcaba la mesa.

Tía Petunia también sintió el peligro, porque dijo rápidamente:

-Y vamos a comprarte dos regalos más cuando salgamos hoy. ¿Qué te parece, pichoncito? Dos regalos más. ¿Está todo bien?-

Dudley pensó durante un momento. Parecía un trabajo difícil para él. Por último, dijo lentamente.

-Entonces tendré treinta y... treinta y...-

-Treinta y nueve, dulzura -dijo tía Petunia.

-Oh -Dudley se dejó caer pesadamente en su silla y cogió el regalo más cercano-Entonces está bien.-

Tío Vernon río entre dientes.

-El pequeño tunante quiere que le den lo que vale, igual que su padre. ¡Bravo, Dudley! -dijo, y revolvió el pelo de su hijo.

En aquel momento sonó el teléfono y tía Petunia fue a cogerlo, mientras

Harriet y tío Vernon miraban a Dudley, que estaba desembalando la bicicleta de carreras, la filmadora, el avión con control remoto, dieciséis juegos nuevos para el ordenador y un vídeo. Estaba rompiendo el envoltorio de un reloj de oro, cuando tía Petunia volvió, enfadada y preocupada a la vez.

-Malas noticias, Vernon -dijo-. La señora Figg se ha fracturado una pierna. No puede cuidarla. -Volvió la cabeza en dirección a Harriet.

Harriet mantuvo su atención en el plato, cada año, el día del cumpleaños de Dudley, sus padres lo llevarían con un amigo a pasar el día a un parque de atracciones, a comer hamburguesas o al cine. Ella por supuesto no era bienvenida por lo que terminaba en casa de la Señora Figg, la mujer era la única que le decía "Eres una linda niña, Harriet" pero aun así el aroma a repollo junto con el montón de gatos que había en la casa de la Señora Figg era algo que podía cambiar fácilmente por un día fuera.

-¿Y ahora qué hacemos? -preguntó tía Petunia, mirando con ira a Harriet como si lo hubiera planeado todo.

-Podemos llamar a Marge -sugirió tío Vernon.

-No seas tonto, Vernon, ella no la aguanta-

Los Dursley hablaban a menudo sobre Harriet de aquella manera, como si no estuviera allí, o más bien como si pensaran que era tan tonta que no podía entenderlos, algo así como un gusano.

-¿Y qué me dices de... tu amiga...cómo se llama...Yvonne?-

-Está de vacaciones en Mallorca -respondió enfadada tía Petunia.

Harriet contuvo la esperanza y se levantó recogiendo los platos, aprendió desde pequeña que en ocasiones era mejor no decir nada para obtener algo que deseaba y este era uno de esos casos.

-Supongo que podemos llevarla al zoológico -dijo en voz baja tía Petunia-... y dejarla en el coche...-

-El coche es nuevo, no se quedará allí sola...-

Dudley comenzó a llorar a gritos. En realidad no lloraba, hacía años que no lloraba de verdad, pero sabía que, si retorcía la cara y gritaba, su madre le daría cualquier cosa que quisiera.

-Mi pequeñito Dudley no llores, mamá no dejará que te estropee tu día especial -exclamó, abrazándolo.

-¡Yo... no... Quiero... que... venga! -exclamó Dudley entre fingidos sollozos-. ¡Siempre lo estropea todo! -

Justo entonces, sonó el timbre de la puerta.

-¡Oh, Dios, ya están aquí! -dijo tía Petunia en tono desesperado y, un momento más tarde, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre. Piers era un chico flacucho con cara de rata. Era el que, habitualmente, sujetaba los brazos de los chicos detrás de la espalda mientras Dudley les pegaba. Dudley suspendió su fingido llanto de inmediato.

Media hora más tarde, Harriet, que no podía creer en su suerte, estaba sentada en la parte de atrás del coche de los Dursley, junto con Piers y Dudley, camino del zoológico por primera vez en su vida. A sus tíos no se les había ocurrido una idea mejor, pero antes de salir tío Vernon se llevó aparte a Harriet, después de que tía Petunia le aventó unos pasadores para el cabello.

-Te lo advierto -dijo, acercando su rostro grande y rojo al de Harriet-. Te estoy avisando ahora, niña: cualquier cosa rara, lo que sea, y te quedarás en la alacena hasta la Navidad.-

-No voy a hacer nada, lo prometo-.dijo Harriet con su voz cantarina.

Pero tío Vernon no le creía. Nadie lo hacía.

El problema era que, a menudo, ocurrían cosas extrañas cerca de Harriet y no conseguía nada con decir a los Dursley que no las causaba. Como aquella vez que volvió azul el peluquín de su profesor, o cuando era perseguida por Dudley y compañía y salto para evitar los contenedores terminando en el tejado de la cafetería; término encerrada en la alacena tres semanas gritando que no fue su culpa.

Otra vez, tía Petunia había tratado de meterla dentro de un repugnante jersey viejo de Dudley (marrón, con manchas anaranjadas). Cuanto más intentaba pasárselo por la cabeza, más pequeña se volvía la prenda, hasta que finalmente le habría sentado como un guante a una muñeca, pero no a Harriet. Tía Petunia creyó que debía de haberse encogido al lavarlo y, para su gran alivio, Harriet no fue castigada.

Pero aquel día nada iba a salir mal. Incluso estaba bien pasar el día con Dudley y Piers si eso significaba no tener que estar en el colegio, en su alacena, o en el salón de la señora Figg, con su olor a repollo, los gatos no estaban tan mal, pero el repollo.

Mientras conducía, tío Vernon se quejaba a tía Petunia. Le gustaba quejarse de muchas cosas. Harriet, el ayuntamiento, Harriet, el banco y Harriet eran algunos de sus temas favoritos. Aquella mañana les tocó a los motoristas.

-... haciendo ruido como locos esos gamberros -dijo, mientras una moto los adelantaba.

Eso le recordó a Harriet el sueño que tuvo, una moto que volaba, mantuvo sus ojos fijos en el parabrisas tratando de recordar el sueño pero al final desistió soltando un suspiro, provocando que Dudley se quejara de lo ruidosa que era, por supuesto tío Vernon la regaño y Harriet deseo que una moto se estampara contra el parachoques del auto nuevo de su tío, afortunadamente para los motociclistas eso no paso.

Era un sábado muy soleado y el zoológico estaba repleto de familias. Los

Dursley compraron a Dudley y a Piers unos grandes helados de chocolate en la entrada, y luego, como la sonriente señora del puesto preguntó a Harriet qué quería antes de que pudieran alejarse, le compraron un polo de limón, que era más barato. Aquello tampoco estaba mal, pensó Harriet, chupándole mientras observaban a un gorila que se rascaba la cabeza y se parecía notablemente a Dudley, salvo que no era rubio.

Fue la mejor mañana que Harriet había pasado en mucho tiempo, mucho mejor que aquella donde fueron al museo con la clase y pudo escabullirse de los otros para ver la sección del renacimiento junto con la presentación especial de la quema de brujas, no le agradaba mucho todas esa imágenes de personas quemadas y torturadas por ser "brujas" pero era interesante la información que se adjuntaba a cada imagen.

Cuando la hora de la comida fue acercándose Harriet tuvo cuidado de no quedarse cerca de Dudley y Piers que comenzaban a aburrirse no fuera que les diera por lanzarla a los leones o algo así. Comieron en el restaurante del zoológico, y cuando Dudley tuvo una rabieta porque su bocadillo no era lo suficientemente grande, tío Vernon le compró otro y Harriet tuvo permiso para terminar el primero.

Después de comer fueron a ver los reptiles. Estaba oscuro y hacía frío, a Harriet le recordó a su alacena, claro aquí había vidrieras iluminadas a lo largo de las paredes y era mucho más amplio.

Detrás de los vidrios, toda clase de serpientes y lagartos se arrastraban y se deslizaban por las piedras y los troncos. Dudley y Piers querían ver las gigantescas cobras venenosas y las gruesas pitones que estrujaban a los hombres. Dudley encontró rápidamente la serpiente más grande. Podía haber envuelto el coche de tío Vernon y haberlo aplastado como si fuera una lata, pero en aquel momento no parecía tener ganas. En realidad, estaba profundamente dormida.

Dudley permaneció con la nariz apretada contra el vidrio, contemplando el brillo de su piel.

-Haz que se mueva -le exigió a su padre. Tío Vernon golpeó el vidrio, pero la serpiente no se movió.-Hazlo de nuevo -ordenó Dudley.

Tío Vernon golpeó con los nudillos, pero el animal siguió dormitando.

-Esto es aburrido -se quejó Dudley. Se alejó arrastrando los pies.

Harriet quien sentía un leve cosquilleo en su nuca, no creía que fuera miedo esto era diferente, se acercó al vidrio y leyó el cartel de información.

"Boa Constrictor, Brasil. Espécimen criado en cautiverio"

-seguro que no te agrada mucho que la gente de vea con cara de bobos- murmuro Harriet contemplando al reptil con un brillo de fascinación en los ojos.

De pronto, la serpiente abrió sus ojillos, pequeños y brillantes como cuentas. Lenta, muy lentamente, levantó la cabeza hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los de Harriet.

Harriet parpadeo sorprendida cuando la serpiente negó con la cabeza, mirando alrededor la niña decidió hablarle de nuevo.

-¿te gustaría ir? Ya sabes a Brasil- pregunto en tono inseguro.

La serpiente asintió.

-Hmnn... si pudiera te ayudaría a salir de aquí- dijo Harriet.

-¡DUDLEY! ¡SEÑOR DURSLEY! ¡VENGAN A VER A LA SERPIENTE!¡NO VAN A CREER LO QUE ESTÁ HACIENDO!.- La voz de Piers hizo saltar a Harriet.

Pero antes de que Dudley llegara el vidrio que cerraba el cubículo de la boa constrictora había desaparecido. La descomunal serpiente se había desenrollado rápidamente y en aquel momento se arrastraba por el suelo. Las personas que estaban en la casa de los reptiles gritaban y corrían hacia las salidas.

Mientras la serpiente se deslizaba ante ella, con la cabeza a escasos centímetros de su rostro, susurro en tono seseante:

-Gracias pequeña- después la enorme serpiente se fue deslizando entre la multitud.

El director del zoológico en persona preparó una taza de té fuerte y dulce para tía Petunia, mientras se disculpaba una y otra vez. Mientras un cuidador revisaba a Harriet y preguntaba una y otra vez si estaba bien.

Harriet les re aseguro que la serpiente no la había atacado y que estaba bien. Mientras tío Vernon farfullaba sobre una compensación por el peligro en el que "su querida sobrina" se encontró. Tía Petunia por otro lado mantenía sus pequeños ojos en Harriet con la sospecha escrita en ellos.

Al final regresaron a casa después que el director del zoológico diera a Harriet una camisa polo de regalo con el nombre del centro y el dibujo de un ciervo en la parte trasera, además de una visita gratis para toda la familia. Todo estaba bien hasta que Piers soltó que Harriet le estaba hablando a la serpiente.

Tío Vernon esperó hasta que Piers se hubo marchado, antes de enfrentarse con Harriet. Estaba tan enfadado que casi no podía hablar.

-Ve... alacena... quédate...-pudo decir, antes de desplomarse en una silla. Tía Petunia tuvo que servirle una copa de Brandy.

La vida con los Dursley era desgraciada, diez años de no tener nada como obsequio de cumpleaños, diez años de vestir ropa que ni un mendigo usaría, diez años de aguantar ser la culpable de todo lo que sucedía cuando no tenía ni idea de que paso, diez años de ser el juguete de Dudley cuando se aburría; llenarla de lodo, romper sus libros, meterle el pie para que cayera, mojarla con los charcos de agua sucia, encerrarla en los lockers, diez años de solo comer lo que sobraba o simplemente no comer nada.

Harriet soñaba cuando era más pequeña y era encerrada en su alacena con alguna marca de cinturón en su espalda o bofetada en su mejilla, que alguien venia por ella, algún familiar lejano o alguna madrina como en los cuentos que leían en clase, por su puesto eso solo eran historias ficticias, nunca vino nadie, no había hadas madrinas que la rescataban y estaba segura que los príncipes azules solo eran un montón de niños tontos y arrogantes.

Harriet no se engañaba si quería alejarse de los Dursley debía obtener buenas notas, conseguir un espacio en una buena escuela lejos de aquí, no era sencillo por supuesto, los Dursley se enojaron la primera vez que obtuvo mejores notas que Dudley pero aprendió a ocultar sus calificaciones y nunca avisaba de las juntas de padres, Dudley cursaba en otra clase por lo que no se tomarían la molestia de asistir a la junta de padres de Harriet cuando tenían que asistir a la de su querido hijo, al final de este año Harriet estaba segura de que la admitirían en alguna secundaria lejos de aquí, lo había consultado con la profesora de la clase, una mujer demasiado sonriente que no le agradaba pero que le ayudo con los tramites.

Ahora esperaba que el verano llegara pronto y con ello la carta de admisión con su beca, su boleto para irse diez meses del número cuatro de Privet Drive. Sacando el viejo costurero que tía Petunia le dio en una de esas veces que limpiaba el ático, Harriet comenzó a coser un vestido azul que le quedaba demasiado larga.