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«Cuando se casen, el diamante será suyo».
Esas habían sido las palabras de Jeffrey.
Se suponía que el diamante sería liberado con el simple hecho de que Richard se presentara junto a su pareja potencial, pero las cosas se mostraron un poco más complicadas una vez llegaron a la mansión Claremont. Parecía que aunque Seigi era un candidato aceptable a pareja, su sangre japonesa representaba una pequeña complicación. Nada que no se pudiera resolver, aunque sí era algo a lo que no habían esperado llegar. O al menos no del todo.
Sólo tenían que firmar los papeles de la Unión Civil para que Seigi tuviera el reconocimiento total como aspirante adecuado, cumpliendo con todos los requisitos que eran necesarios para recibir la herencia. Entonces el diamante sería suyo y su plan marcharía como ya lo había acordado con Jeffrey.
O como él había planeado llevarlo a cabo a espaldas de éste.
Era consciente del costo que presentaba su pan, pero le parecía un precio pequeño a pagar con tal de darle la libertad merecida a Richard. Una forma de agradecerle por todo lo que había hecho por él. Su amabilidad, el apoyo y tiempo juntos. Además, ya había cruzado el océano sólo para verlo, no iba a darse la vuelta sin haber hecho todo lo que estuviera en sus manos para asegurar la sonrisa del joyero.
—No es necesario que se lleve una celebración, pero podríamos preparar algo rápido en caso de que lo quieran —ofreció Jeffrey.
Ambos acababan de firmar los papeles del compromiso, volviendo legal su relación. El abogado seguía presente en la habitación, llenando algunos formularios para dar por terminado el trámite. Honestamente Seigi no había imaginado que Richard fuera cooperativo con esa parte, pero agradecía que las cosas marcharan con facilidad.
—Creo que ya hemos perdido mucho tiempo, y no es por eso por lo que nos trajiste aquí, ¿verdad? —dijo mientras se ponía cómodo en el sillón.
Mantenía en su rostro la misma sonrisa que había utilizado en el auto con Jeffrey, cuando apenas terminaba de explicarle los detalles de su plan inicial. Las cosas se alargaron un poco por lo de la unión, pero ahora que todo estaba en orden podrían proceder a la siguiente parte. El motivo por el que había aceptado la propuesta en primer lugar.
—¡En verdad que nos llevaremos muy bien! —exclamó Jeffrey sonriendo.
Tal vez su verdadero plan no destacaba en ingenio, pero lo había pensado cuidadosamente desde que escuchó la propuesta que le hacía Jeffrey. Todavía recordaba con claridad las palabras de Miyashita-san acerca de lo que significó para ella que su abuela le robara aquel anillo. Para ella, que desapareciera fue igual a ser liberada de una jaula. Aquella hermosa piedra rosada en el anillo sólo representaba una pesada cadena de la que sólo pudo deshacerse gracias a que su abuela la robó.
El diamante de la herencia representaba lo mismo para Richard.
Una cadena. Una jaula.
Robarlo no era una opción como lo fue para su abuela, pero con sólo romperlo podría acabar a su vez con todo el significado que representaba para Richard. Liberarlo de una vez por todas de esa cadena invisible de la cual había escapado por mucho tiempo.
—Si se me permite tener voz aquí.
La voz de Richard hizo que la mirada de todos cayera en él. Había permanecido más callado que lo usual desde el momento que habían entrado al auto con Jeffrey. Su ceño estaba ligeramente fruncido, pero incluso estando molesto la belleza que lo rodeaba era agobiante. Seigi no había imaginado que le dirigiría la palabra tras forzarlo a hacer eso.
—¿Sí? —inquirió Jeffrey, claramente nervioso de lo que estaba por salir por la boca del joyero.
—Me gustaría tener al menos una pequeña celebración conmemorativa por la unión —Tras decirlo su mirada cayó hacia el sencillo anillo de plata en su dedo que habían utilizado como simbolismo de la unión, y agregó—. También la búsqueda de algo más adecuado que esto para su consumación.
Seigi se sintió claramente sorprendido por sus palabras.
—Ya que la unión fue hecha, tenemos todo el tiempo del mundo, así que tomar las cosas con calma desde ahora no presenta ningún imprevisto —Jeffrey sonrió en intento de ocultar la sorpresa por la declaración de Richard. Se levantó de su asiento y salió por la puerta para apresurar los preparativos antes ofrecidos.
Una vez se marchó un silencio incómodo cayó en la habitación. Seigi miró en dirección de Richard con la esperanza de poder leer lo que pasaba por su mente en su lenguaje corporal, pero en cambio se encontró con su brillante mirada. Aquellos ojos que relucían más que los zafiros. Olvidó hablar por un instante hasta que su visión se acostumbró a la belleza incomparable de Richard; ya no parecía molesto y la serenidad en su expresión le daba una apariencia magnífica.
No es como si no ocurriera lo mismo con cualquier otra de sus expresiones.
—¿Te gustaría Tanzanita?
Esta vez fue Richard quien lo miró confundido.
—Para el anillo —explicó Seigi. Había investigado sobre las piedras zodiacales y natales algún tiempo atrás, por curiosidad. La mención del joyero sobre los sencillos anillos de plata de algún modo le hizo recordar la gema que correspondía a su mes de nacimiento, y su cerebro no tardó en completarlo con una imagen de Richard con un anillo de aquella hermosa piedra—. Tal vez el Zircón también quedaría bien…
—Lo investigaste.
—¿Estuvo mal?
Richard sacudió la cabeza.
—¿No te arrepientes de esto? —Señaló a los papeles restantes en la mesa, estirando su mano con el anillo para reafirmar su punto. Antes de que Seigi pudiera hablar, agregó—: Creí que querías detener a Tanimoto-san de contraer matrimonio con una persona a la que no amaba.
—Esto es diferente —señaló.
—¿En qué sentido?
La pregunta lo tomó desprevenido.
Por algún motivo recordó los motivos por los que Mami-san había estado por contraer matrimonio con alguien, y su inconformidad con lo que impulsaba a Tanimoto-san a decidir casarse. ¿Qué lo diferenciaba a él de ellas dos? Si bien no había sido su plan inicial contraer matrimonio con Richard, de hecho ese escenario nunca lo había visualizado cuando subió al avión con Jeffrey, ni siquiera dudó al aceptar la oferta.
¿Qué lo había impulsado en la habitación? Richard le había ofrecido la oportunidad de viajar juntos, de recorrer el mundo y escapar, pero al ver el matrimonio como la mejor forma de liberarlo, de ayudarlo, ni siquiera tuvo que pensarlo antes de acepar lo que Jeffrey les ofrecía. Incluso ahora que estaba hecho no se arrepentía. ¿Eso no lo volvía hipócrita por haber opinado sobre las decisiones de Mami-san y Tanimoto-san?
Al ver que Seigi se había perdido en sus pensamientos, Richard se aclaró la garganta.
—Pensé que tal vez preferirías la Padparadscha.
El comentario repentino hizo que Seigi recordara el anillo en el fondo de su mochila. El zafiro rosado, Pasparadscha, que los había conectado estaba ahí. ¿No sería simbólico que esa misma piedra los conectara todavía más? Estaba seguro de que Richard había pensado en eso cuando lo sugirió.
—¿No estás enojado? —preguntó temiendo la respuesta.
No tenía sentido posponer la pregunta hablando de gemas para los anillos.
—Tengo curiosidad por lo que planeabas hacer en realidad.
—¿Lo sabías?
Richard no respondió. No directamente.
—Creo que hablamos de eso una vez. A pesar de la alta dureza de los diamantes, se rompen con facilidad si son golpeados en el ángulo adecuado —recordó. Había un ligero toque de dolor en la mirada que le dirigía—. ¿Qué planeabas hacer con el diamante una vez estuviera frente a nosotros.
Seigi se encogió de hombros.
El gesto fue suficiente para que Richard suspirara. Al parecer había adivinado su plan antes de que tuviera oportunidad de llevarlo a cabo.
—Honestamente, Seigi, no sé en qué estabas pensando.
—¡Quería liberarte! —lo interrumpió.
El joyero guardó silencio ante la confesión. Se dedicó a mirar a Seigi por unos segundos, como si estuviera pensando en algo, entonces dirigió una de sus manos hacia las del japonés, envolviéndolas. Lo miró fijamente mientras se acercaba lentamente, rompiendo la distancia que separaba sus rostros. Seigi no tenía una clara idea de lo que intentaba hacer Richard hasta que la cercanía dejó más que claras sus intenciones.
—¿No vas a…? —no terminó su oración temeroso de que el sencillo movimiento de sus labios rompieran con la distancia que todavía los separaba.
—Una vez me dijiste tu opinión sobre los besos forzados.
Con ese comentario supo que estaba en sus manos dar el movimiento final. Su mente comenzaba a presentar un caos, pero apartó cualquier pensamiento racional y se dejó llevar por la misma emoción que lo había guiado a donde estaba. A cruzar el mar en busca de Richard. A aceptar la idea de la Unión Civil y a sacrificar su propia libertad con tal de asegurar la felicidad del rubio.
Un movimiento fue suficiente para terminar con la brecha que aún los separaba. El contacto fue sencillo. Ninguno apartó la mirada mientras sus labios estaban conectados. Todo lo que había a su alrededor pareció desaparecer, incluso el tiempo parecía haberse detenido para siempre. Seigi sólo era consciente de la suavidad de los labios del hombre que parecía una joya viviente.
El sonido de la puerta al abrirse los hizo separarse incluso antes de que pudieran tratar de explorar la cercanía descubierta.
—Esto está bien para mí —señaló Richard mostrando el anillo, ignorando la presencia de Jeffrey quien parecía ligeramente sorprendido de la posición en la que los había encontrado—. Así que no trates de hacerte el héroe por más tiempo. Me liberaste. No necesitas hacer ninguna locura.
—No iba a ser ninguna locura —murmuró Seigi.
—¿Del mismo modo que abandonar Japón y seguir a un desconocido a Inglaterra no fue una locura?
Seigi sonrió por el tono en la voz de Richard.
—No me arrepiento de haberlo hecho.
Richard sonrió también.
—Me alegra escucharlo.
Jeffrey tuvo que aclarar su garganta para recordarles a los otros que estaba ahí, explicando con detalle las opciones que tenían para la celebración. No iba a ser nada demasiado ostentoso e incluso les ofreció su ayuda para hacer una fiesta más “adecuada” en Japón, para que Seigi pudiera invitar a sus padres y amigos. El mero recordatorio de ellos lo hizo darse cuenta que no había pensado tan a fondo en ese detalle. Sería un poco difícil explicarle a su madre y amigos por qué pasaría de ser Seigi Nakata a Seigi Claremont, aunque tal vez hubiera sido aún más difícil explicarles por qué había atravesado el océano sin decirle a nadie, probablemente condenado a pasar algún tiempo en prisión por lo que había planeado hacer, todo en nombre del atractivo jefe para el que todos sabían que trabajaba.
