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Las campanas de la iglesia sonaron.
El medio día estaba cerca.
En el centro la plaza, a exhibición de todos, un chico con cabello rizado estaba a la espera de su hora final. Su cabello era un desastre y había suciedad en su rostro. Cientos de pequeñas heridas provocadas por el mal trato que recibía injustamente.
«Lo vi practicando magia negra», habían dicho. «Herejía».
Sólo se necesitaba la confirmación de dos personas para que se llevaran a alguien, sin importar si la evidencia era cierta o no. También podría verse como que uno sólo necesitaba ganarse el odio de dos personas para terminar de ese modo.
Yin Yu hubiera preferido no ir a la plaza en ese día con tal de no presenciar tal atrocidad. Ver un rostro conocido en la cruz de madera, una pila de leña esperando a ser encendida a sus pies.
Había escuchado lo doloroso que era morir quemado, cómo la madera era humedecida para que no provocara humo y así las víctimas del fuego no murieran a causa del humo. Presenciado con horror el olor a la carne y el cabello quemados, el borboteo de la sangre al hervir y los gritos…
Ni siquiera podía pensar en ello sin estremecerse. ¿Cómo la gente podía ser tan despiadada como para disfrutar de un espectáculo como ese?
—¡Arrepiéntete! —gritó una señora entre la multitud que se congregaba frente al chico. Yizhen. Con la hora tan cerca no tardarían en llegar más personas.
El olor a verdura podrida se sumó al ambiente, Yin Yu se obligó a apartar la mirada mientras escuchaba cómo las personas seguían atormentando a su antiguo discípulo. Quan Yizhen. Una parte de él siempre supo que terminaría así.
Siempre fue bastante problemático, ganándose el odio de sus compañeros. Sus habilidades extraordinarias y talento innato, sumando una gran irresponsabilidad, lo habían vuelto en un punto de ataque. Tarde o temprano conseguiría el odio receloso de las personas suficientes como para ser llevado a ese lugar.
Sin juicios, sin la oportunidad de que alguien testifique en contra. Una vez eras acusado todo terminaba.
Pese a la cantidad de personas que había, y a que Yin Yu era solo uno más sin nada sobresaliente, los ojos de Yizhen conectaron con los suyos. Manteniendo contacto por largos minutos mientras los segunderos del gran reloj iban avanzando. Tan poco tiempo, y a la vez, demasiado.
Al ser él un verdadero practicante de las artes oscuras, un brujo, las humillaciones públicas y ese rito cruel y despiadado hasta la hora de la muerte siempre le provocaba escalofríos. Día con día vivía con el miedo de despertar ahí, a vista de todos, esperando que el fuego fuera misericordioso con su alma. Pero encontrarse a un conocido a pocos minutos del fuego era bastante diferente.
Por un instante casi deseó abandonar su identidad, exponerse al mundo como era y hacerlos ver que se equivocaban al acusar a alguien tan prometedor como Yizhen. Alguien con un camino labrado en oro que sin duda llegaría a la grandeza si lo permitían. Él había querido intentarlo, mas sus celos lo superaron, dejándolo a su suerte.
No debió hacerlo, quizá de haber seguido acompañándolo pudo salvarlo de ganarse más enemigos. De estar ahí.
«Es tarde para arrepentirte», se dijo. Sus ojos clavados en la mirada determinada de Yizhen. «Si haces algo no saldrá bien para ninguno».
La hora llegó antes de que cualquiera lo imaginara. Tal vez no se percató del paso del tiempo por la vista que tenía frente a él. El amargo arrepentimiento subiéndole por la garganta y el profundo deseo de entender mejor al hombre como para saber lo que decía la mirada de su antiguo discípulo.
Ya no había tiempo para marcharse.
—Estamos aquí reunidos…
El padre había llegado en algún momento al centro de la plaza, parado imponente, con cruz en mano, mientras miraba a Yizhen como si fuera una especie de enfermedad mortal. Yin Yu no pudo prestar atención a sus palabras, demasiado ocupado pensando qué sería adecuado hacer.
Una seña, el fuego se acercó. El hombre que lo sostenía hizo la acción con cuidado, como si cumpliera con un ritual muy sagrado. La purificación del mal. Las primeras ramas comenzaron a encenderse, dejando que dubitativas lenguas rojizas acariciaran las ramas del alrededor y comenzaran a ascender. La determinación no desapareció del rostro del más joven.
La definición perfecta de lo que sería morir con la cabeza en alto.
Yin Yu no pudo soportarlo más.
No le importaron las miradas de los demás ni el hecho de que estaría perdiendo la vida por la que tanto se había esforzado, desplegó sus alas negras y sin plumas, no dejando que la sorpresa por los que le rodeaban le importara, y se elevó en el aire, lanzándose directamente hacia Yizhen y las llamas. Lo tomó en brazos, siendo consciente de los gritos del padre y el resto de las personas.
Algo lo golpeó en la espalda. Lo ignoró. El olor a fuego lo hizo preocuparse inicialmente, pero cuando despegó de nuevo se dio cuenta de que todo salió bien.
Su antiguo discípulo se aferró a él mientras sus alas se desplegaban y movían con la misma gracia que un pájaro. Había un lugar en donde alguien como él podía ir, un lugar donde incluso aceptarían a un humano inocente. Aquel en donde el pecado y la pureza se mezclaban; un ángel y un demonio que vivían juntos.
Dentro de los tres reinos, sólo los marginados y rechazados que querían llevar vidas pacíficas podían habitar, aunque eso significara abandonar la posibilidad a vivir entre los humanos. La vida que Yin Yu había anhelado. Claro que al pensar en las noches de miedo y ver la forma casi adorable en la que Yizhen se aferraba a él lo hacían pensar que quizá fue lo mejor que ocurriera así.
—Estaremos bien —le prometió a Yizhen, como si tratara de calmarlo, aunque el único al que quería calmar era en realidad así mismo.
