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La fría cuchilla se apoya sobre la garganta del rey.
Ha sido un movimiento tan rápido y repentino que ha dejado a todos sin posibilidad de prevenirlo. Beocca grita por cordura pero él ya está mucho más allá de eso. La cordura en él se ha desvanecido de la misma forma en que lo ha hecho su esperanza de tener algún día paz.
Alfred se resiste pero la cuchilla es inclemente frente a la delicada piel de su garganta. Uthred lo arrastra hasta las afueras del salón del trono. Ve una última vez el dolor en la mirada de Beocca, las expresiones de furia y rechazo de los testigos de su traición. Está seguro de que lo creen loco y es posible que tengan razón. Tal vez la locura siempre ha sido su guía a la hora de tomar decisiones.
Una vez que están en los pasillos, Uthred retira la cuchilla de la garganta del rey para colocarla firmemente contra su espalda.
-¡Camina!-Le susurra contra su oído y Alfred emite una protesta pero coopera. Es lo suficientemente astuto para comprender que en el estado irracional en el que se encuentra el danes, puede ser capaz de cualquier cosa.
En el exterior, la atmósfera se percibe cargada. Existe una electricidad en el aire que anuncia una pronta tormenta.
La extrañeza inunda el lugar. La forma en que ambos caminan, con escasa separación entre sus cuerpos, genera interrogantes entre los guardias y el gentío, pero ninguno es capaz de comprender cómo reaccionar. Uthred cuenta con eso mientras camina presuroso entre la multitud. Tan pronto como visualiza un caballo algo separado de su jinete, e insta al rey a subirse a él, es que los guardias parecen reaccionar. Se acercan a ambos con gritos de alto y espadas levantadas pero Uthred ya se ha posicionado detrás de su alteza y presiona al animal a salir al galope.
-¡CIERREN LAS PUERTAS!¡UTHRED HA SECUESTRADO AL REY!
La ciudad es un caos de guardias y plebeyos que corren, gritan y tropiezan. La realidad de la situación poco a poco haciéndose presente en la mente de los pobladores de Winchester.
Las puertas están cerrándose pero la noticia no ha llegado tan rápido como debería a los guardias de la entrada. Uthred sonríe internamente. A pesar de sus advertencias, Alfred jamás ha reforzado la seguridad del acceso a la ciudad. Ahora su testarudez le costará caro.
El caballo cruza el umbral a todo galope antes de que los arqueros puedan posicionarse para darle alcance. Un par de flechas se entierran en sus flancos antes de poder oír la voz de uno de los generales:
-¡Alto!¡Pueden herir al rey!
Uthred fuerza a animal a dar todo de sí. Ha tenido la ventaja de la sorpresa, pero pronto será alcanzado por los jinetes. Debe perderlos cuanto antes. Llegan a las afueras de la ciudad al galope. Uthred ya puede escuchar los gritos de los jinetes que han salido a darle caza.
-¡Es inútil Uthred! ¡Termina esta locura!- Le advierte Alfred casi sin aliento, pero él solo apura al caballo a acelerar su marcha.
Tiene a su favor la oscuridad de la noche y el bosque cerrado. En un camino, da un giro cerrado metiéndose en la espesura de los árboles. Conoce bien el lugar. Por largos minutos, la persecución continua hasta que solo se oye el retumbar de los cascos contra las hojas.
*
Ha comenzado a llover. Una pequeña llovizna, de pronto ha dado paso a una furiosa tormenta. Un presagio ominoso.
Uthred jamás será un hombre devoto. Pero no puede negar que existe una fuerza que indudablemente lo acompaña en esa ocasión. La lluvia borrará sus rastros y ahogará el sonido de su avance.
Por largas horas, continúan su marcha evitando los caminos e internándose cada vez más en el bosque. El viento aullá entre los árboles, la tormenta continúa arreciando sin dar tregua. Ambos están completamente empapados.
Uthred desconoce si Alfred ha intentado hablarle para razonar con él durante el tiempo que han estado cabalgando. El alarido del viento, los truenos y las hojas revolviéndose en el suelo se anteponen a cualquier otro sonido. Su mente, por otro lado, se halla en un lugar lejano, intentando procesar su próximo paso.
Pronto tendrán que encontrar un lugar para resguardarse. El frío se cuela sin remedio entre la ropa y Uthred puede sentir los temblores que asaltan al rey. Puede percibir la debilidad ganando la batalla, haciendo que su cuerpo pierda la fuerza para sostenerse erguido. Uthred lo rodea con uno de sus brazos, atrayéndolo más hacia su pecho para mantenerlo firme. Alfred ya no protesta ante la acción. Deben darse prisa.
*
Cuando por fin llegan a su destino, Alfred se balancea como un peso muerto entre sus brazos. Uthred ha comenzado a temer por él. Ha subestimado los alcances de su enfermedad y lo ha sometido a una extenuante marcha bajo la lluvia y el frío a punta de su cuchilla. La culpa le cierra la garganta. Pero no tiene tiempo de pensar en eso.
Lyscombe los recibe con desiertas calles y casas vacías. Los recuerdos de Mildrith y su fallecido hijo lo asaltan tan pronto como pone un pie en el lugar.
Luego de dejar al fiel animal que los ha acompañado en el establo, Uthred ayuda a Alfred a ingresar en una de las cabañas. No elige el hall principal. Demasiados fantasmas. Alfred apenas se sostiene en pie y su semblante ha adquirido un tono peligrosamente pálido.
Tan pronto como están bajo techo, Alfred parece recobrar el sentido. Precariamente apoyado contra una de las paredes, su vista recorre el lugar intentando darle sentido.
-Estamos en Lyscombe. - Responde Uthred a la pregunta que no ha llegado a ser formulada -O en lo que queda de él.- Da una ojeada a su alrededor, mientras se apresta a hacer un fuego y a juntar las pieles que los habitantes del lugar han dejado atrás.
Pronto la luz de las llamas ilumina el lugar y el calor aleja poco a poco a la helada muerte. Uthred se quita las ropas empapadas arrojándolas a un lado.
-¿Qué haces?- Pregunta el rey desde su rincón. Una de sus manos firmemente apoyada contra la pared que lo estabiliza y la otra aferrando la ropa mojada que cubre su vientre.
-Deberías hacer lo mismo. -Responde Uthred envolviéndose tan rápido como puede en una de las pieles.-O te congelarás.
Por un segundo, la contrariedad se hace visible en las facciones del rey hasta que la indignación parece ganar la batalla.
-Tú, Uthred de Bebbanburg no le dirás a tu rey que se quite la ropa delante de un pagano.
Por un breve momento, es como si toda la debilidad se ausentara dando la ilusión de volver a ser la misma figura de autoridad de cuando se conocieron por primera vez. Pero solo es una ilusión.En el instante en que las palabras terminan de salir de su boca, una incontrolable tos lo asalta de repente haciéndolo doblarse en dos.
Uthred no tiene tiempo de idioteces. En dos grandes zancadas se encuentra delante del rey de Wessex. Con un rápido movimiento de su mano, le quita la corona de su cabeza arrojándola a un rincón. Alfred, quien no esperaba un acto de tal irreverencia, no puede salir de su estupefacción ante la insolencia de su ex vasallo.
Uthred usa su fuerza para estampar su cuerpo contra la pared, ganándose un débil quejido por parte del otro. Sus manos lo sujetan un segundo en esa posición. Sus manos sujetan, aferran y estiran la ropa empapada bajo ellas. Desprenden una a una las prendas que envuelven el cuerpo del rey. Alfred protesta, intenta impedírselo contorsionando su cuerpo, procurando frenar su salvaje avance contra su intimidad pero en su condición, poco puede hacer frente al iracundo vikingo.
Uthred solo puede pensar en la muerte segura que implicaría el permanecer con ropas heladas. No piensa en la humillación a la que lo somete. No lo hace, hasta que pronto el rey está desnudo frente a él.
Ha perdido un peso considerable y los huesos son visibles bajo la carne pálida. Alfred jamás ha sido un hombre corpulento. Jamás ha tenido la complexión de un guerrero. Pero la figura enfermiza que porta en esos momentos denuncia a gritos su fragilidad.
El rey ha dejado de luchar y ahora mantiene su vista firmemente inclinada hacia un costado. Lo que aún conserva de su dignidad, lo lleva a aguantar estoicamente el escrutinio del otro.
Uthred siente una confusión de sentimientos, un oscuro triunfo se mezcla con algo similar a la vergüenza.
Los recuerdos del olor de la fruta podrida y los insultos de la muchedumbre divertida durante su caminata por las calles de Winchester lo asaltan de repente. Por un segundo piensa que la desnudez del rey es un precio justo a su propia humillación. Una venganza apropiada.
Pero no..
No es lo que desea. Jamás ha estado en sus planes herirlo, humillarlo. Sin importar lo que el rey sajón haya hecho en el pasado con él.
Uthred siente nuevamente la familiar presión de la culpa cerrándole la garganta. Desviando su vista del pálido cuerpo frente a él, toma una de las mantas para cubrirlo tan rápido como le permiten unas manos que ahora tiemblan al comprender lo que acaban de hacer.
Ahora no puede evitar pensar que había otras formas, más civilizadas, para hacer que el monarca le hiciera caso. Podría haberse volteado para dejar al otro cambiarse con comodidad, podría incluso haber salido un momento de la cabaña si la privacidad era todo lo que necesitaba..
Alfred podía ser un hombre testarudo, pero jamás había sido un idiota. Su negación respondía más a evitar que Uthred viera los alcances de su enfermedad que al recato religioso. Uthred se percata de esto demasiado tarde.
De pronto se siente exhausto. La desesperada huida y la intensa cabalgata bajo la lluvia se hacen sentir como un peso sobre sus hombros.
Con movimientos pausados busca en uno de los rincones de la cabaña hasta hallar la corona previamente descartada. Pensativo, la sostiene unos segundos en su mano. Las llamas iluminando con luces y sombras sus contornos. Sentado cerca del fuego, Alfred observa con atención sus movimientos.
El vikingo finalmente, suspira derrotado. Se acerca hasta el rey y deja la corona a su lado. Ninguno quita la vista del otro.
Alfred no vuelve a colocarse la corona. Utrhed no sabe que pensar acerca de eso.
Continuará...
