Chapter Text
-¿Y bien, dónde está?
Es una pregunta sencilla. Directa. No hay posibilidad de mayor interpretación. No puede generar el suspenso y la incomodidad que genera en el viejo sacerdote y sin embargo lo hace. Beocca se remueve inquieto en el lugar, inconscientemente sujeta la cruz en su pecho con una de sus manos. Alfred sabe lo que significa eso. Sabe que aquel gesto en él solo aparece cuando es portador de malas noticias.
-Lo siento, mi Lord.-Por unos segundos no dice más, como si buscara en su cabeza las palabras adecuadas. -Él no se ha encontrado muy bien..
-¿Está herido, padre Beocca? Según sus palabras, cuando Uhtred arribo a Winchester no había sido herido de gravedad..
El fastidio en la voz de Alfred es notorio. Beocca cierra los ojos, preso de su propio discurso. La incomodidad acrecentándose a cada minuto.
-No, mi Lord. No son heridas físicas las que lo aquejan. Es algo diferente..
-Padre Beocca.
Lo corta en seco. Había sido paciente, demasiado paciente. Pero todo tenía un límite. No sería la primera vez que Uhtred desobedeciera una orden directa. Si bien en teoría había dejado de ser su vasallo, el que no se presentara ante él luego de que movilizara sus fuerzas para salvarlo era interpretado como una gran falta de respeto. Su comportamiento infantil no podía ser tolerado infinitamente.
-Ha pasado una semana. Debió presentar sus respetos ese mismo día. Puedo comprender que ser esclavizado es una experiencia abrumadora, por lo que le he dado tiempo...
-Mi Lord, le aseguro que esto no se trata de un acto de rebeldía..-Intenta nuevamente Beocca, pero es interrumpido al instante.
- Mi tolerancia tiene un límite. Es necesario que Uhtred se presente en el palacio inmediatamente. Si no se haya impedido por ninguna herida física entonces no hay más razones que justifiquen su infantil comportamiento.
Beocca parece librar una tumultuosa lucha interna. Por un segundo, Alfred puede percibir que desea volver a hablar, pero se frena en el último instante. Su educación y lealtad hacia su rey, ganándole a su eterna necesidad de defender al joven danes. Con una corta reverencia, lo saluda antes de marcharse rápidamente del lugar.
Alfred suspira inclinándose en el trono. Estaba harto de ser tomado como un tonto. Uhtred siempre tendría aquella tendencia. Rebelde, desafiante. No le importaba cuanto había puesto en riesgo él como rey al liberar a un líder vikingo, a un valioso prisionero, para que fuera en su búsqueda. Cuantas veces había pedido por su bienestar en sus oraciones, cuantas noches en vela había pasado imaginando los horrores de su cautiverio.
Cuando escuchó de su regreso a Winchester, Alfred no pudo evitar que creciera en él, el irrefrenable deseo de verlo. De comprobar con sus propios ojos que se hallaba vivo. De compartir el mismo espacio físico aunque jamás volvieran a...
No. Esas eran sus debilidades. Debía combatirlas. Lo único que importaba ahora, era que el danés le debía un gran favor al rey de Wessex. Nada más.
*
Beocca ingresa a la cabaña como puede. Esquiva el desorden, las sillas volteadas, los utensilios de cocina, los restos de heno, pieles y mantas regados por doquier. Con aprensión nota la joya ámbar, tan representativa de la espada de Uhtred , asomando por debajo de una pila de paja.
El sacerdote la retira con cuidado del lugar donde ha sido olvidada. La sacude un poco y luego la apoya sobre una de las pocas tarimas que se hallan en pie. Absurdamente, se encuentra a sí mismo disculpándose con el arma por las acciones de su dueño.
Ultimamente, el comportamiento de Uhtred oscilaba entre furiosos ataques de ira seguidos de prolongados periodos de letargo en los que apenas se levantaba del lecho. La comida, que tanto él como Hild le llevaban, acumulándose invariablemente en la puerta donde era depositada.
Si Uhtred continuaba con ese comportamiento...
El escenario le resultaba demasiado horrible de solo pensarlo.
Beocca ingresa como una furia a la habitación. En esta ocasión, el período de letargo estaba durando demasiado. Honestamente, él prefería un Uhtred furioso antes que aquella fantasmagórica versión de sí mismo.
-¡Uhtred, muchacho!-Le grita a la figura refugiada bajo las pieles.-¡Ya es suficiente de esto!
De un tirón, le quita el improvisado refugio revelando un despojo de lo que solía ser el hábil y confiado guerrero vikingo. Había perdido un peso considerable durante su cautiverio y el negarse a comer solo acentuaba su desnutrición. El cabello desordenado, la mirada vacía. Beocca no puede evitar sentir que la angustia le oprima el pecho al ver a su querido niño de Bebbanburg en ese deplorable estado.
-Uhtred, el rey ha sido demasiado paciente contigo. No puedes seguir así. Mañana te levantarás de ahí y presentarás tus respetos..
Uhtred permanece inmóvil en el lugar. No ha emitido ninguna queja ante la privación repentina de la piel que lo cubría. La mirada fija en el techo. Beocca duda seriamente de que sus palabras sean escuchadas.
-Si no quieres que él mismo venga aquí a ver en lo que te has convertido.-Y con esto, milagrosamente, ve que hay algo que vuelve a la vida en la mirada de Uhtred , por lo que sigue en ese plan.
-¡Oh si! ¡Porque lo hará! Alfred de Wessex sería perfectamente capaz de presentarse él mismo en persona para hacerte obedecer.
Beocca no está tan seguro de esto. Alfred solía respetar a raja tabla los protocolos, aunque tratándose de Uhtred ya había demostrado que no siempre hacía lo que debía hacerse. Aleja esos pensamientos. Lo único importante era que Uhtred lo creyera real para que funcionara.
-Así que ya lo sabes, hasta que no acudas con el rey que te ha salvado, no volveré aquí. Si dejarte morir es lo que verdaderamente deseas, no puedo ir contra tu decisión.
Beocca sale tan rápido como puede antes de que Uhtred pueda ver las lágrimas llenando sus ojos. La impotencia que sentía al no poder ayudarlo en esta ocasión le generaba un peso difícil de sobrellevar. Secretamente, rogaba a Dios que el rey fuese capaz de sacarlo de aquel infierno personal.
*
Aunque es un día gris, el resplandor no deja de cegarlo. Uhtred cierra los ojos con incomodidad. Demasiados días de encierro, su vista necesita acostumbrarse de nuevo a la claridad.
Se obliga a comenzar la marcha a pesar de la fuerte necesidad de volver a su refugio. La perspectiva de que Alfred irrumpiera en su hogar demandando respuestas, se había transformado en una nueva clase de humillación que ya no se sentía capaz de tolerar. Solo por eso, estaba luchando contra sus demonios para satisfacer al rey. Solo por eso.
Las voces, el gentío de la ciudad transitando a su alrededor, los olores fétidos, los cascos de los caballos, cerca muy cerca..
-¡Oiga cuidado!-Le grita el dueño de una carroza al rozarlo. Sus pasos son torpes, inseguros. Se siente enfermo, mareado. La falta de alimento creando aquella debilidad. Siente nauseas, debe frenarse para vomitar. Es una mala idea. El líquido le abrasa la garganta haciéndolo toser.
El deseo de regresar por donde vino, esta vez es mucho más fuerte. Uhtred se sostiene en la pared de una cabaña. Desde donde está es capaz de visualizar el palacio. No queda mucho y sin embargo, siente como si entre él y la estructura se abriera un abismo.
Enfrentar al rey de Wessex de pronto se convierte en una tarea titánica. Atrás han quedado los días en que irrumpía en las estancias del palacio como un vendaval. Hoy solo rogaba poder lograr juntar la fuerza para cruzar los metros que lo separaban de la entrada. Ante ese pensamiento, una irrefrenable furia lo alcanza. ¿A eso se había visto reducido?¿Era él ese ser miedoso e inseguro?
Uhtred se obliga a poner un pie delante del otro. No le hace caso al temblor en sus manos, ni a la debilidad de sus piernas, ni al hecho de que el suelo parece moverse bajo sus pies.
Los guardias de la entrada no lo reconocen. No los culpa. Él tampoco se reconoce a sí mismo. Demoran un rato que se hace eterno hasta que logran dar con alguien que pueda dar cuenta de su identidad.
El padre Beocca sale a su encuentro con una gran sonrisa que rápidamente borra de su rostro. No desea darle más importancia al asunto. No quiere herir su orgullo tratando su presencia en el palacio como un gran logro. No es su deseo pero Uhtred puede ver más allá de sus acciones.
El palacio es tan oscuro y lúgubre como siempre. A juzgar por el recorrido que realizan, Alfred se halla en la biblioteca. Beocca le ha estado hablando durante todo el trayecto pero él no ha sido capaz de escuchar. Su corazón desbocado y el creciente temblor en su mano, absorbiendo toda su atención.
*
Se encuentra tan concentrado en evaluar la longitud de las velas que necesita para el día de la conmemoración, que no percibe su presencia hasta que Beocca no lo anuncia.
Sin poder evitarlo, la visión de Uhtred , luego de tantos meses sin verse le produce una mezcla de emociones difícil de descifrar.Una prevalece por sobre las demás: alivio. Ver a Uhtred entero, de pie, caminando por sus propios medios, le revela que inconscientemente había descreído las palabras de Beocca. Descubre que había temido que el sacerdote intentara ocultar una verdad terrible y que el guerrero se hallara postrado e impedido de alguna manera.
Sin embargo, eso abre paso a otra emoción: El enojo. No solo hacia la insolencia de Uhtred sino también hacia sí mismo al percibirse incapaz de hacer que el pagano dejara de tener la importancia que tenía en su vida.
-Te has tomado tu tiempo.-Lo saluda volviendo a centrar su atención en sus velas.-Confío en que te encuentras reestablecido.
Unos segundos pasan. Por un breve instante, Alfred está seguro de no haber sido escuchado hasta que Uhtred responde con un escueto “Lord”. La extrañeza se abre paso en la mente del rey, pero no se siente capaz de comprender que es lo que se halla fuera de lugar.
-¿Qué piensas de mis velas?
Nuevamente el silencio. Un silencio que en un principio había tomado por desafío pero que poco a poco se va volviendo algo más.
-Están bien.-Replica el guerrero con una voz tan impropia de él que parece provenir de otra persona.
No hay una réplica instantánea, un comentario sarcástico. Esto enciende una alarma en el rey. Algo extraño sucede.
Alfred lo observa, realmente lo observa. La delgadez, las ropas desaliñadas, el cabello sucio y crespo. El temblor en su mano derecha es captado antes que Uhtred pueda ocultarla detrás de su espalda. Todo aquello le da una información que se acumula como un peso sólido en su estómago. Inconscientemente dirige una mano hacia su vientre aun cuando el malestar que siente no provenga directamente de su cuerpo.
-Ragnar ha demostrado ser un hombre de palabra. Mi intención es liberarlo.
Ante esta revelación, algo en la postura del danés cambia, los hombros brevemente se relajan.
-Es muy generoso, Lord.
En esta oportunidad la respuesta es instantánea. Alfred se dice que aquella plomiza sensación es solo una ilusión. Por lo que decide continuar.
-Sin embargo, debo decir que me gustaría que volvieras a formar parte de mi ejército. Eres un gran guerrero y tu espada sería de mucha utilidad al reino de Wessex.
Sus palabras tienen un efecto insólito. En lugar de agrandar su siempre altivo ego e hinchar su orgullo, producen exactamente lo contrario. Es como si de repente, lo estuviese condenando por un crimen abominable. Uhtred parece encogerse en el lugar. El temblor en su mano siendo tan notorio que mueve su brazo aun cuando este se halla oculto detrás de su espalda.
-No puedo.
Es como si el tiempo se cortara. Una helada certeza se hace presente en la mente del rey. Aquello lo hace comprobar lo peor.
-¡Señor!-Interrumpe Beocca ya sin poder contenerse. Ha permanecido pendiente de su breve intercambio sin mediar palabra pero su nerviosismo ha sido por demás notorio. Alfred comprende su reacción.
-Lamento interrumpir, pero es preciso que de su opinión en relación al pasaje que será recitado esta tarde.
Alfred asiente con la cabeza, saliendo momentáneamente de su estupor. Su mente trabajando como una máquina de finos engranajes. Despide a Uhtred sin mayor dilación, citándolo para el día siguiente.
Más tarde, mientras se encuentre presenciando la festividad, ordenará las piezas del rompecabezas. Hará que la extrañeza del intercambio con Uhtred tenga sentido. Notará que el primer indicio fue dado desde el comienzo, cuando no sintió su presencia en la habitación. Una presencia que solía llenar cada sala y que interrumpía con la fuerza de una marea sus reuniones...
Faltaba.
Faltaba su excesiva confianza en sí mismo, su altanería, su insolencia..
Pero más fundamentalmente , y con esto no puede evitar que su preocupación se transforme en una punzada real de dolor en su vientre...
Faltaba su mirada.
Desde que había vuelto, Uhtred no lo ha mirado ni una sola vez.
Continuará...
