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Londres, 1660
—Dicen que es un milagro, —la voz de Crowley fue inesperada, pero de alguna manera no fue una sorpresa. Aziraphale trató de no sonreír, mirando de reojo justo a tiempo para verlo deslizarse a su lado con su abrigo corto forrado de satén y el nuevo y más holgado estilo de pantaloncillos—. El liberarse de todo el caos de la Commonwealth.
—No voy a afirmarlo, —respondió Aziraphale, ajustándose el cuello y observando cómo el recién coronado Carlos II saludaba a sus súbditos—. Esperemos que haga un mejor trabajo que su padre.
—Lástima que no funcionó. —Crowley se inclinó hacia delante y observó la coronación desde detrás de sus lentes oscuros—. Fue una buena idea, no más reyes.
—Sí. Tal vez volverán a ella algún día. Cuando las cosas estén un poco menos... inquietas.
—¿Cuándo están las cosas siquiera menos inquietas, ángel?
—Uno debe vivir en la esperanza.
—Oh, ¿debe? —Esa sonrisa de lado, esa mirada vertiginosa—. Hablando de esperanza, no creo que la comida de por aquí haya mejorado en los últimos cincuenta años, ¿verdad?
—De hecho, conozco un pequeño lugar encantador...
—Por supuesto que lo conoces.
—...pero, desafortunadamente, me iré de Londres esta noche.
—Oh. —Verdadera decepción cruzó en el rostro de Crowley, y esto regocijó el corazón de Aziraphale—. ¿Te irás mucho tiempo?
—Algunos años, sospecho. Los otomanos se están volviendo bastante juguetones otra vez y me han dicho que vaya a echarle una mano al viejo Leopoldo.
—Bueno, —dijo Crowley, fingiendo despreocupación y apoyando su peso de un pie a otro—. No tengo ningún plan para la próxima década. Me quedaré aquí hasta que regreses. Entonces podremos cenar.
Aziraphale se mordió el labio, conteniendo la sonrisa que habría mostrado demasiado.
—Lo espero con ansias, —dijo.
La peor parte - no, esa era una forma tonta de expresarlo. La peor parte implicaba que, de alguna manera, podría haber algunas partes que fueran mejores, tolerables, menos horribles que otras.
Pero lo que atormentaba a Aziraphale era cuanto tiempo le llevó irlo a buscar. Lo atormentaba el cómo, cuando no encontró ninguna señal de Crowley a su regreso a un Londres cambiado para siempre por el Gran Incendio, se sintió decepcionado y un poco molesto, pero simplemente asumió que Crowley se había aburrido o había sido llamado para atender asuntos del infierno.
Debió comprenderlo mejor. Crowley nunca había roto una promesa. Había dicho que esperaría. Aziraphale debió comprenderlo mejor. Debería haber sabido desde antes que algo andaba mal.
Así las cosas, no comenzó a preocuparse hasta que el siglo comenzó a llegar a su fin y, para entonces, la pista estaba fría.
Sicilia, 1692
Aziraphale nunca olvidó esa primera vista de él, esa primera vez. Arrodillado en el lodo, trabajando la tierra con sus manos desnudas y el cabello más largo de lo que Aziraphale había visto durante casi dos mil años, trenzado bruscamente. Su ropa era simple, gastada y carecía de todo su estilo habitual. Su piel era morena por una vida bajo sol, sus dedos rojos por la oxidada tierra mediterránea, sus hombros estaban encorvados. Parecía mucho más joven de lo que debería, pero también más desgastado, como si hubiera pasado ese corto periodo de tiempo trabajando sin cesar. No era un gran jardín, pero cada chatarra se había utilizado para cultivar vegetales destinados a alimentar la pequeña cabaña que se encontraba detrás y las glicinas que se extendían sobre el enrejado al costado de la casa estaban en su segundo florecimiento del verano.
Aziraphale se apoyó en la pared y dejó escapar un largo suspiro de alivio, entonces se permitió sentirse ofendido.
—Así que aquí es donde te has estado escondiendo, —dijo—. Enserio, al menos podrías haberme avisado...
Crowley levantó la cabeza, sobresaltado, mirándolo, y el corazón de Aziraphale se detuvo dentro de su pecho.
—¡Tus ojos! —jadeó—. ¿Qué... qué le pasó a tus ojos?
—Yo... no hablo su idioma, —dijo Crowley, vacilante, en el dialecto local, con el ceño fruncido—. ¿Habla usted el mío, señor?
Aziraphale lo miró boquiabierto.
—¿A qué estás jugando, Crowley? —exigió, deslizándose de mala gana en su siciliano algo oxidado—. ¿Qué demonios le has hecho a tus ojos?
Crowley se puso rápidamente de pie y, para asombro y consternación de Aziraphale, dio varios pasos hacia atrás.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Que cómo se... Crowley, soy yo. Tú me conoces, ¿no es así?
Y para su incredulidad, Crowley negó con la cabeza y Aziraphale no vio nada en su rostro que no fuera honesta confusión. Sin indicios de burla, sin indicios de que se tratara de una broma de mal gusto. Sus demasiado humanos ojos, con sus pupilas redondas y sus iris de color marrón miel, estaban llenos de duda y cautela.
—Me temo que no, señor, —dijo Crowley—. ¿Puedo ayudarle?
—No—, dijo Aziraphale débilmente—. No, yo... no creo que puedas. Perdóname, yo... debo haberte confundido con alguien más.
Alquiló una habitación en la ciudad. No sabía qué más hacer. Pasaba por la cabaña todos los días. Crowley vivía tranquilamente, al parecer, y al borde de la pobreza como tantos otros en esas comunidades rurales. Cuidaba su jardín, cuidaba sus cabras y cortaba flores de glicina para llevarlas al mercado todas las semanas, a fin de ganar algunas monedas adicionales.
Él tenía historia ahí. Había personas en el pueblo que recordaban su nacimiento, su infancia, sus padres (ya fallecidos, que sus almas descansen). Si eso fue un trabajo milagroso, fue la reorganización de recuerdos más compleja y sutil que Aziraphale había visto. No solo eso, sino que, por lo que alcanzaba a observar, Crowley era completamente humano. No había rastros de poder demoníaco en él.
Aziraphale lo comprobó, finalmente, acercándose a Crowley en el mercado y, con un ademán de su mano, oscureció el recuerdo de su primer encuentro, quitando la cautela que Crowley le había mostrado desde entonces. Encontró tan poca resistencia como la encontraría en cualquier humano.
Crowley parpadeó, sacudió ligeramente la cabeza y le sonrió; su desconfianza había desaparecido. El corazón de Aziraphale se hundió. Cruzó las manos con fuerza para ocultar sus dedos temblorosos.
—Hola, —dijo Crowley, tan amable como había sido en el Jardín—. Te he visto por el lugar. Inglés, ¿verdad?
—Sí, —respondió Aziraphale, a falta de una mejor opción—. Estas... estas flores son preciosas.
Crowley parecía complacido, un orgullo y satisfacción simples que Aziraphale no recordaba haber visto antes en su rostro. Observó atentamente los racimos de glicinias y seleccionó uno con el cuidado y la intención de un artesano al elegir la pieza de madera perfecta para tallar. Se lo tendió a Aziraphale.
—Mantenlas en agua, durarán una semana más o menos, —dijo—. Y tendré más la próxima vez.
—¿Cuánto cuestan?
Crowley se encogió de hombros. —Es un regalo.
Aziraphale tomó las flores, asegurando, con un roce de sus dedos, que se mantendrían frescas y perfectas durante mucho más de una semana.
—Gracias, —tartamudeó.
Aziraphale no sabía a quién recurrir. No se atrevió a reportarlo al cielo. No tenía medios para obtener información del infierno. Sospechaba que se había impuesto algún castigo contra Crowley por parte de sus superiores y, en cuyo caso, había poco que Aziraphale pudiera hacer, excepto esperar a que la sentencia terminara.
Sin embargo, si esto era un castigo, era una decisión extraña. La vida de Crowley aquí no era glamorosa ni fácil, pero parecía... satisfecho con ella. Sin darse cuenta de lo que había perdido no había tormento, nada que satisficiera la necesidad del infierno de causar sufrimiento.
Aziraphale incluso consideró la posibilidad... de que Crowley hubiera, de alguna forma, elegido esto. De que se lo hiciera a sí mismo. Cómo pudo haberlo logrado, Aziraphale no podría adivinar, pero había visto a Crowley hacer cosas bastante notables en su tiempo en la Tierra. También había visto a Crowley llorar y enfurecerse contra toda la miseria humana que había presenciado y apoyar la cabeza con cansancio contra la pared como si su propia existencia fuera una carga demasiado pesada para soportarla. ¿Era tan difícil creer que podría haber buscado un escape de algún tipo?
Pero no, lo había prometido. Había prometido esperar en Londres, y él nunca... Crowley nunca habría hecho algo así sin al menos decirle a Aziraphale sus intenciones. Incluso si lo hubiera mantenido en secreto para evitar que Aziraphale interfiriera, habría encontrado la manera de dejar un mensaje.
¿No es así?
Aziraphale regresó al mercado todas las semanas, tanto como el tiempo en que la glicinia estaba en flor, recogiendo racimos de flores frescas (insistió en pagar, después de la primera vez) que nunca se marchitaron. Su habitación se convirtió en un enramado de flores fragantes. Entonces llegó una semana en la que Crowley no tenía más para vender, pensó sentir que su corazón se rompía un poco, pero Crowley le sonrió con tanta dulzura que contuvo el aliento y dijo que, aunque las flores habían terminado por la temporada, si alguna vez quisiera sentarse a la fresca sombra bajo las frondosas enredaderas, sería bienvenido para tomarse una copa de vino.
¿Quién podría saber lo que pensaban los aldeanos acerca del inglés que permanecía entre ellos y que parecía no hacer nada más que visitar el mercado y caminar por los senderos del campo? ¿Quién podría saber lo que Crowley pensaba de él realmente? Pero, a medida que el tiempo se enfriaba lentamente hacia el otoño, se sentaron juntos bajo la glicinia durante las largas horas de la noche.
Era extraño hablar con Crowley así. Sus debates filosóficos de largo alcance se habían ido, así como sus intercambios de miles de años de memoria y sus comentarios sobre los humanos a su alrededor. Este Crowley nunca había tenido acceso a libros o documentos, apenas podía leer, no tenía el conocimiento compartido de los temas que solían debatir, pero era tan inteligente como siempre, rápido al aprender, ansioso por escuchar. Ciertamente era lo suficientemente rápido como para captar los ocasionales momentos en que Aziraphale dejaba escapar algo y Aziraphale sentía que tenía que estar constantemente en guardia, eligiendo sus palabras con cuidado. A veces era un trabajo duro y había noches en las que echaba tanto de menos al verdadero Crowley que apenas podía soportarlo.
Y, sin embargo, también era... había una tranquilidad, una facilidad, una sensación de simplicidad que nunca habían tenido el lujo de compartir. Aziraphale nunca había visto que Crowley no mirara por encima del hombro, que no se cubriera con su armadura de desprecio. Incluso, habían pasado casi setecientos años desde que Aziraphale lo había visto sin esas características gafas oscuras y, aunque sus ojos ahora estaban mal, había una tremenda alegría al verlos tan incautos y al verlos posarse tan a menudo en el rostro de Aziraphale.
El otoño se desvaneció en el suave invierno siciliano y Crowley tenía menos que hacer en los campos y más tiempo para dedicarse a pequeñas tareas domésticas. Crowley podía hilar, tejer y coser y Aziraphale miraba fascinado sus ingeniosas manos, cómo convertían la gruesa lana en hilo liso y, finalmente, en tela suave y simple.
No le pareció extraño que Crowley solicitara más y más de su compañía, que estuvieran juntos más de lo que estaban separados. Era solo el mismo baile que habían estado danzando durante siglos, interpretado a un ritmo más rápido, esparciendo nuevos giros. Había olvidado que, mientras terminaba la temporada de Navidad y comenzaba el nuevo año, para los humanos tales cosas eran a menudo un camino hacia un destino particular, y que Crowley lo veía a través de ojos humanos.
Una noche, la tierra tembló cuando terminaban la cena, uno de los temblores que golpeaban el área algunas veces, lo suficientemente fuerte como para hacer tambalear a Aziraphale. Crowley lo atrapó, sosteniéndolo firmemente mientras esperaban a que los temblores se detuvieran, con sus cálidas manos en su espalda y sus piernas apoyadas contra tierra firme con la facilidad de la práctica. Cuando el terremoto se calmó, Aziraphale se aferró a él unos momentos más, recuperando el equilibrio, y fue entonces cuando la mano de Crowley se deslizó de su espalda a la parte superior de su brazo, a su mejilla, tomando su rostro, el pulgar rozando la línea de su mandíbula.
Nunca se tocaron, no de esta manera, y el asombro y la suavidad de ello tomaron por sorpresa a Aziraphale por lo que, por un momento, se inclinó hacia el gesto y cerró los ojos mientras recuperaba el aliento. Y entonces se lo robaron una segunda vez, cuando Crowley lo besó, gentil y ansioso, con los dedos acariciando el cabello de Aziraphale, la otra mano en su espalda, atrayéndolo lo suficientemente cerca como para sentir los rápidos latidos del corazón de Crowley.
Fue simple pánico lo que llevó a Aziraphale a alejarlo con tanta fuerza, que casi lo hizo retirarse al otro lado de la habitación en shock.
—Qué... ¿qué estás haciendo?
—Yo... yo pensé... —Crowley lo miraba fijamente en el crepúsculo oscuro, los grillos y los pájaros afuera comenzaron un coro tardío y estridente, como para protestar a la agitada tierra que los había perturbado.
—Pensaste mal, —tartamudeó Aziraphale, le ardía la cara, le temblaba todo el cuerpo. Y luego huyó, tratando de bloquear de su mente la imagen de Crowley agarrando la mesa como apoyo, repentinamente inseguro de sus pies a pesar de que los temblores habían cesado.
Aziraphale se mantuvo alejado al día siguiente. Crowley no lo buscó. Cenó solo por primera vez en meses. Se tocaba los labios una y otra vez y, cuando su conmoción disminuyó, quedó aturdido y consternado por el anhelo que surgió en él, de regresar a la cabaña, devolver el beso y calmar el dolor que había dejado al marcharse. Sus pensamientos eran un desastre revuelto, un cenagal; caminó por su habitación durante toda la noche, atormentado por el aroma de las imperecederas flores de glicina. Al día siguiente todavía no sabía qué hacer
Crowley llegó a la casa donde se hospedaba, poco después del mediodía, pero Aziraphale le dijo a la mujer que lo acogió que no se sentía bien y que no podía atender a visitantes. Observó a través de la rendija de las persianas cuando Crowley se fue, con los hombros caídos. No es él mismo, pensó Aziraphale, él no entiende, no sabe lo que está haciendo.
Pasó la tarde lejos. Deseó con todo su corazón poder traer de vuelta al verdadero Crowley, el que lo llamaba ángel y el que sabía dónde estaban todos los límites y cuáles no podían cruzarse. Casi todo su corazón, al menos. Un rincón traicionero y egoísta susurraba que este Crowley sabía exactamente lo que estaba haciendo, sabía que no había ninguna razón para no ofrecerse tan libremente, sabía lo que quería y cómo pedirlo.
Aziraphale cenó con sus anfitriones, tarde al anochecer como era costumbre y, cuando ocurrió el segundo terremoto (o, como Aziraphale entendería más tarde, el verdadero terremoto, para el que el temblor anterior no había sido más que un adelanto), aunque la casa se derrumbó a su alrededor, la familia sobrevivió milagrosamente.
Otros en el pueblo no tuvieron tanta suerte, y al principio Aziraphale corrió de casa en casa, haciendo lo que podía por los sobrevivientes, sin pensar en Crowley. ¿Cuántos desastres de este tipo habían resistido, cuántas veces se habían encontrado entre los escombros después? Si Aziraphale pensaba en él en absoluto, durante esas primeras horas desesperadas, solo pensaba en que se encontrarían más tarde, se sostendrían y construirían un monumento, como tantas veces lo habían hecho anteriormente.
Había olvidado, nuevamente, todo lo que la aparente humanidad de Crowley implicaba. Lo recordó, en un instante, como la caída del hacha del verdugo, cuando escuchó a uno de los aldeanos decir que no quedaba nada de pie en las laderas más lejanas.
Él podría haber corrido hasta allí. Podría haber volado, con la oscuridad ocultando sus frenéticas alas. Podría haber cruzado la distancia en un instante. No importaba, ya era demasiado tarde. La cabaña de Crowley no era más que un montón de piedras rotas, las glicinias rasgadas y abatidas, el jardín revuelto y arruinado. Aziraphale gritó su nombre, pero ya lo sabía, podía ver como se había derrumbado completamente la estructura, no podía sentir vida ni destello dentro de ella. No había ocurrido ningún milagro ahí.
Buscó de todos modos, levantando piedra tras piedra, hasta que descubrió una mano fría y sin pulso. Luego, sus rodillas cedieron, y lloró hasta el amanecer.
No se fue de inmediato. Continuó prestando ayuda a los heridos y a los recién desamparados. Los ayudó a enterrar a sus muertos.
Enterró a Crowley.
Mantuvo la esperanza, hasta que se cavaron las tumbas, de que esta muerte aparente pudiera provocar un retorno a su verdadera forma, de que el cuerpo envuelto en tela, que Aziraphale no soportaba mirar, se desvanecería en la nada, como sucedía con la forma mortal de un demonio o ángel en caso de que fuera descorporizado y Aziraphale sabría entonces que, después de todo, las cosas no habían ido tan lejos del curso en el que deberían estar.
Pero las tumbas estaban preparadas y los muertos esperaban en silencio, por lo que fueron enterrados bajo el pálido sol de enero. Y Aziraphale sintió como si le hubieran arrancado el alma y la hubieran arrojado a un lugar frío y sin luz.
Reunió las pocas pertenencias que habían sobrevivido al terremoto. Todos los manojos de glicinias habían sido aplastados, excepto uno, el primero que Crowley le había dado y aún el más encantador. Lo envolvió en tela, lo aseguró en su estuche y se fue de Sicilia sin otro destino en mente que no fuera lejos.
