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don't fear THE BIG BAD WOLF

Summary:

La paz de las familias en la villa Gracefield comenzó a quebrantarse con la llegada al bosque del lobo más despiadado que se haya visto en la región. Dicho y temido monstruo había provocando múltiples muertos y heridos durante los últimos 13 años y aún no era capturado.

¿Cuál sería el destino de una curiosa niña, con su inseparable capucha roja y sin temor a nada, en su viaje a través del bosque?

///The Promised Neverland ©Kaiu Shirai/Demizu Posuka
///AU Fairytales (se centra en Caperucita Roja)
///Lobo feroz!Ray x Caperucita roja!Emma

Chapter 1: Prologue: The wolf cub

Chapter Text

Prólogo: El lobezno

 

Temprano en la mañana, cuando el gallo justo había cantado para el sol, una pequeña niña de 6 años tarareaba y brincaba al salir de su casa. La pacífica villa donde vivía, era conocida por sus pintorescos y agradables pueblerinos y por su tranquilidad. Emma Red, conocida por todos en el pueblo como Caperucita Roja, por la capucha de dicho color que siempre traía puesta; cada dos semanas le llevaba a su abuela un poco del Pie de Calabaza que cocinaba su mamá, la cual tenía total confianza, pues cuando ella tenía la edad de su hija, también caminaba sola por la localidad.

Emma sabía perfectamente que no debía entrar al bosque, pues podía perderse. Por ello, lo bordeaba y lo tomaba como punto de referencia para llegar a casa de su abuela. Sin embargo, ese día, escuchó un ruido proviniendo de este. Era el sonido de unos sollozos. La pequeña, como tenía un gran corazón, pensó que alguien necesitaría su ayuda, así que se adentró entre los altos árboles. Poco a poco, se hacía más audible el llanto y pudo encontrar a su autor en un claro. Un niño probablemente de su misma edad, se hallaba ocultando su cabeza entre sus manos, apoyándose de un tronco cortado que estaba en el centro del lugar. La pelirroja, preocupada, tocó su hombro para llamarlo. Él infante se giró bruscamente asustado y al descubrir su rostro, la niña se sorprendió.

Un par de orejas semi-punteagudas se encontraban en la parte superior de su cabeza y ahora que lo miraba con más atención, pudo percibir la larga y peluda cola que tenía.

- ¡Vete de aquí o si no te comeré - le gritó el chico enojado, mientras sus lágrimas seguían brotando

- ¿Por qué? No te he hecho nada malo, solo vine a ayudarte, te escuché llorando. - respondió confundida la niña

- ¡Mentira! ¡Seguro traes a tu papá para que me mate! - su posición indicaba que atacaría en cualquier momento.

- ¡No! ¡No quiero matarte! ¡Eso lo hacen las personas malas! Y yo... - comenzó a rebuscar en su canasta - ¡Te puedo brindar Pie! - le ofreció un pedazo a la rara cría

El pelinegro miró la porción dudoso. La olfateó un poco y al reconocer el olor se la arrebató de las manos y comenzó a comerla. La pequeña soltó un suspiro de relajación e intentó sentarse al lado del chico.

- No nos hemos presentado bien. ¡Yo soy Emma! Y te juro que no quiero hacerte daño. - le intentó calmar con una sonrisa - ¡Hey, hey! Eres muy extraño, pero en el buen sentido, ¿sabes? Me da curiosidad, ¿cómo te llamas? ¿Por qué tienes esas orejas y cola de más? -

Una vez terminado su pie, debía contestar la pregunta. Dudó por unos segundos hasta decidirse.

- Soy Ray y soy un lobezno. - dijo resoplando su nariz

- Oh, eso lo explica. Había oído hablar de los lobos, pero nunca había visto uno. Por cierto, que nombre más bonito, Ray. Tus papás tienen buen gusto. -

A la mención de estos, el niño chasqueo la lengua y sus ojos se aguaron de nuevo.

- ¡Mierda! - maldijo mientras le daba un puñetazo al césped

- ¿¡Por qué dices esa palabrota!? ¿¡Cuál es el problema!? - se asustó Emma

- Mis papás ellos... El cazador los... - sus lágrimas volvían a salir incontrolablemente

La pobre cría de lobo se había abrazado a sí mismo, aún triste y lleno de impotencia por no haber podido hacer nada al respecto. La pequeña no sabía bien que ocurría. Lo único que sabía es que él necesitaba alguien que lo reconfortara, así que lo abrazó fuertemente.

- No pares de llorar. Si es tan triste lo que ocurrió tienes que llorar. Y después, si te tranquilizas, puedes contármelo. - le aconsejó y no la contradijo

Las lágrimas del lobezno no parecían tener fin, y luego de un largo rato de desahogo, Ray se quedó dormido en sus brazos, sus ojos cerrados húmedos por el llanto. La niña no quería soltarlo. Sabía que si llegaba tarde a casa, su mamá se preocuparía, pero su bondad y lástima hacían que quisiera ayudar a la criatura que sostenía.

Porque algo le decía a esta caperucita roja, que no sería el último de sus sufrimientos.